Si Guiza es el gran icono de Egipto, Menfis y Saqqara son su origen. Aquí, a unos veinte kilómetros al sur de El Cairo, empezó todo: Menfis fue la primera capital del Egipto unificado, la ciudad desde la que los primeros faraones gobernaron el país durante siglos, y Saqqara, su inmensa necrópolis, es el lugar donde se levantó la primera pirámide de la historia. Antes que Keops, antes que la Esfinge, estuvo Zoser y su pirámide escalonada, la construcción de piedra tallada más antigua del mundo.
Saqqara es un sitio menos concurrido que Guiza y, para muchos, más fascinante: una vasta llanura desértica salpicada de pirámides, mastabas y tumbas excavadas a lo largo de más de tres milenios. Aquí se puede bajar a tumbas de nobles decoradas con relieves de colores asombrosamente vivos, escenas de la vida cotidiana del Egipto antiguo —caza, pesca, cosecha, banquetes— que parecen pintadas ayer. Y aquí siguen apareciendo, casi cada año, sarcófagos, momias y tesoros que dan la vuelta al mundo, porque Saqqara es una de las necrópolis más ricas y menos agotadas del país.
Esta guía recorre Menfis y Saqqara con mirada práctica: qué ver en cada sitio, cómo combinarlos en una excursión desde El Cairo, cuánto cuestan las entradas (la pirámide de Zoser, el Serapeum, las tumbas de nobles se pagan aparte), y por qué merecen un lugar en cualquier viaje a Egipto. Venir hasta aquí es asomarse al amanecer mismo de la civilización faraónica, al momento en que los egipcios aprendieron a construir para la eternidad.
Menfis fue fundada, según la tradición, por el rey Narmer (o Menes) hacia el 3100 a.C., al unificar el Alto y el Bajo Egipto, y se convirtió en la primera capital del país y en su gran centro durante todo el Imperio Antiguo. Consagrada al dios Ptah, patrón de los artesanos, llegó a ser una de las mayores ciudades del mundo antiguo. Su necrópolis, Saqqara, se extiende por el desierto vecino y se usó como cementerio sagrado durante más de 3.000 años, desde la I dinastía hasta la época grecorromana. Su monumento más célebre es la pirámide escalonada del faraón Zoser (Djeser), de la III dinastía, hacia el 2650 a.C., diseñada por el arquitecto Imhotep: la primera pirámide y la primera gran obra monumental de piedra tallada de la historia, precedente de todas las demás. En Saqqara está también el Serapeum, las galerías subterráneas donde se enterraban los toros sagrados Apis en enormes sarcófagos de granito. Con el traslado de la capital a Tebas y luego a Alejandría, Menfis perdió importancia, y tras la fundación árabe de Fustat y El Cairo quedó abandonada y expoliada. La historia completa está en nuestra página de historia.
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Origen, formación y qué dicen las fuentes.
La historia de Egipto como Estado empieza aquí. Según la tradición recogida por los antiguos, hacia el 3100 a.C. un rey del sur llamado Narmer —identificado a menudo con el legendario Menes— unificó por la fuerza los dos reinos que hasta entonces se repartían el valle del Nilo: el Alto Egipto (el estrecho valle al sur) y el Bajo Egipto (el ancho delta al norte). Para gobernar ese país recién nacido, fundó una nueva capital justo en la bisagra entre ambos, donde el valle se abre en el delta: Menfis. No fue una elección casual, sino un gesto político y geográfico: quien controlaba Menfis controlaba todo Egipto.
Menfis se convirtió durante el Imperio Antiguo, la 'era de las pirámides', en el gran centro político, administrativo y religioso del país, y en una de las mayores ciudades del mundo. Su nombre egipcio más conocido, 'Men-nefer', dio origen al griego Menfis. La ciudad estaba consagrada al dios Ptah, el creador y patrón de los artesanos y arquitectos, cuyo gran templo, el Hut-ka-Ptah ('la mansión del ka de Ptah'), dio nombre —a través del griego 'Aigyptos'— a todo el país: Egipto.
Durante siglos, incluso cuando la capital política se trasladó a Tebas en el sur, Menfis siguió siendo una metrópolis venerada, un centro religioso y económico de primer orden, sede de la coronación de los faraones. Griegos, persas y romanos la conocieron todavía como una gran ciudad. Su decadencia llegó de la mano del ascenso de Alejandría y, sobre todo, de la fundación árabe de Fustat y El Cairo, tras la cual Menfis fue abandonada y sus piedras, reutilizadas. Hoy, de aquella inmensa capital apenas quedan estatuas dispersas entre palmerales.
Saqqara, la vasta necrópolis de Menfis extendida por el desierto vecino, es el escenario de uno de los mayores saltos de la historia de la arquitectura. Hasta la III dinastía, los faraones y nobles se enterraban en mastabas: tumbas rectangulares de adobe o piedra, bajas y macizas, bajo las cuales se abría la cámara funeraria. Pero hacia el 2650 a.C., el faraón Zoser (Djeser) y su arquitecto Imhotep concibieron algo revolucionario: apilar varias mastabas de piedra, cada una menor que la anterior, formando una escalera monumental hacia el cielo. Había nacido la pirámide.
La pirámide escalonada de Zoser, de unos sesenta metros de altura y seis escalones, fue la primera pirámide del mundo y, sobre todo, la primera gran construcción hecha enteramente de piedra tallada, en una época en que se construía con adobe y madera. No era solo una tumba, sino el centro de un enorme complejo funerario amurallado, con patios rituales, capillas y edificios simbólicos, pensado para que el rey difunto reprodujera eternamente las ceremonias de su reinado.
El genio detrás de todo ello, Imhotep, fue mucho más que un arquitecto: canciller y sumo sacerdote, la posteridad lo veneró tanto que, unos dos mil años después de su muerte, fue divinizado como dios de la sabiduría y la medicina, un honor extraordinario para alguien que no era faraón. Los griegos lo identificaron con su dios de la medicina, Asclepio. Que el nombre del primer gran arquitecto de la historia haya sobrevivido cuatro milenios y medio dice mucho del impacto de su obra: sin la pirámide de Zoser, probablemente no habría habido pirámides de Guiza.
Saqqara no es un monumento aislado, sino una inmensa ciudad de los muertos que estuvo en uso durante más de tres mil años, desde los albores del Egipto dinástico hasta la época grecorromana. Ningún otro cementerio del mundo ha funcionado tanto tiempo. A lo largo de esos milenios, faraones, príncipes, altos funcionarios, sacerdotes, escribas y artesanos fueron enterrados aquí, capa sobre capa, dejando un paisaje desértico salpicado de pirámides, mastabas, tumbas rupestres y galerías subterráneas.
Junto a la pirámide de Zoser se levantaron otras pirámides posteriores, como las de Userkaf, Unis o Teti. La de Unis, de la V dinastía, encierra un tesoro invisible desde fuera: los 'Textos de las Pirámides', el corpus de literatura religiosa más antiguo del mundo, hechizos y oraciones grabados en las paredes de la cámara funeraria para guiar al faraón en el más allá; fue el primer rey que los hizo inscribir, iniciando una tradición milenaria. Las mastabas de nobles —Ti, Mereruka, Kagemni, los 'dos hermanos' Nianjjnum y Jnumhotep— conservan relieves de una viveza asombrosa que retratan la vida cotidiana del Imperio Antiguo.
Uno de los lugares más singulares es el Serapeum, un laberinto de galerías subterráneas donde, durante más de mil años, se enterró a los toros sagrados Apis, considerados encarnación del dios Ptah. Cada toro Apis se momificaba como un faraón y se sepultaba en un colosal sarcófago de granito de decenas de toneladas. Redescubierto por el francés Auguste Mariette en 1850, el Serapeum sigue asombrando por la escala y precisión de sus sarcófagos. Y Saqqara continúa dando sorpresas: es una de las necrópolis más activas de la arqueología egipcia, con hallazgos casi anuales de tumbas y momias intactas.
Aunque Menfis fue una de las ciudades más importantes del mundo antiguo durante más de dos milenios, su declive fue largo y, al final, casi total. El primer golpe llegó con el traslado del centro de gravedad de Egipto hacia el sur, a Tebas (la actual Luxor), durante el Imperio Nuevo, y hacia el norte, a las nuevas capitales del delta. Aun así, Menfis conservó su prestigio religioso y su papel como sede de coronaciones. Persas, griegos ptolemaicos y romanos la conocieron todavía como una gran urbe.
El declive se aceleró con dos acontecimientos. Primero, la fundación de Alejandría por Alejandro Magno en el 331 a.C., que desplazó a Menfis como gran metrópolis del país. Y sobre todo, la llegada del cristianismo y luego del islam: con la conquista árabe del siglo VII y la fundación de Fustat y, más tarde, de El Cairo, muy cerca de Menfis pero en la otra orilla, la vieja capital quedó definitivamente eclipsada por la nueva ciudad.
A partir de entonces, Menfis se convirtió en una cantera. Durante siglos, sus templos, palacios y estatuas fueron desmantelados y sus piedras y bloques se transportaron para construir El Cairo medieval: mezquitas, murallas y palacios de la capital islámica se levantaron, literalmente, con los restos de la primera capital de los faraones. La crecida anual del Nilo, cargada de limo, fue enterrando poco a poco lo que quedaba. Por eso hoy, donde estuvo una de las mayores ciudades de la humanidad, solo se conservan un puñado de estatuas —como el colosal Ramsés II tumbado— y restos dispersos entre los palmerales de Mit Rahina, mientras su necrópolis, Saqqara, protegida por las arenas del desierto, ha sobrevivido mucho mejor que la propia ciudad a la que servía.
El redescubrimiento científico de Menfis y Saqqara es obra de la egiptología moderna, nacida en el siglo XIX. Exploradores y arqueólogos como Auguste Mariette —que halló el Serapeum en 1850 y fundó el Servicio de Antigüedades de Egipto— empezaron a excavar sistemáticamente la necrópolis, sacando a la luz tumbas, estatuas y galerías. En el siglo XX, el egiptólogo francés Jean-Philippe Lauer dedicó más de setenta años de su vida, desde 1926 hasta su muerte en 2001, a excavar y restaurar pacientemente el complejo de Zoser, en una de las labores de restauración más largas y devotas de la historia de la arqueología.
En 1979, la Unesco inscribió el conjunto de Menfis y su necrópolis —que abarca los campos de pirámides desde Guiza hasta Dahshur, con Saqqara en el centro— en la lista del Patrimonio Mundial, reconociendo su valor universal excepcional como testimonio del nacimiento de la civilización faraónica y de la arquitectura monumental.
Lejos de ser un yacimiento agotado, Saqqara vive hoy una auténtica edad de oro de descubrimientos. En los últimos años, las misiones arqueológicas egipcias han anunciado hallazgos espectaculares: pozos con decenas de sarcófagos sellados e intactos de sacerdotes y funcionarios, momias con lengua de oro, talleres de momificación humana y animal, tumbas policromadas de una conservación asombrosa y galerías con miles de animales momificados (gatos, ibis, cocodrilos) ofrendados a los dioses. Cada temporada, Saqqara sigue devolviendo tesoros que dan la vuelta al mundo y recuerdan que, bajo la arena de la necrópolis de la primera capital de Egipto, todavía duerme buena parte de su historia por descubrir.