Las Comoras se poblaron tarde y desde muchas direcciones a la vez, y esa mezcla explica lo que son hoy. Los primeros en llegar, entre los siglos VIII y XIII, fueron navegantes austronesios, marinos del sudeste asiático que en las mismas travesías colonizaron la vecina Madagascar. Trajeron consigo cultivos asiáticos —el arroz, el plátano, el taro— y dejaron una huella genética que todavía se rastrea en la población comorense, con una contribución austronesia estimada en torno al 20 por ciento.
Casi en paralelo, desde fines del primer milenio, llegaron desde la costa de África Oriental pueblos bantúes de habla sabaki, agricultores y pescadores que se sumaron a los recién llegados. De ese encuentro nació el corazón cultural del archipiélago: los comorenses y su lengua, el shikomori (o comorense), un idioma bantú emparentado con el suajili y cargado de préstamos árabes. Yacimientos arqueológicos como el de Dembeni, en Mayotte, o Sima, en Anjouan, muestran ya entre los siglos IX y XII aldeas activas en el comercio del Índico, con cerámica china y persa importada.
Sobre esa base africana y austronesia se depositó, con los siglos, una tercera capa: la de los comerciantes árabes y persas del golfo, que introdujeron el islam y las redes mercantiles que conectaban las islas con Arabia, Persia, la India y el mundo suajili. No fue una simple colonización extranjera, sino la lenta fusión de tres mundos —africano, asiático y árabe— en un pueblo nuevo, isleño y musulmán, abierto al mar por todos sus costados.
Hacia el siglo X, el comercio del Índico ya había traído a las islas el islam y a las élites que lo encarnaban: los shirazi. El nombre alude a la ciudad persa de Shiraz, y una célebre leyenda cuenta que siete hermanos shirazi zarparon en siete barcos y fundaron colonias en la costa suajili, en el noroeste de Madagascar y en las Comoras. Los historiadores discuten si fueron migrantes reales del golfo o si "shirazi" fue sobre todo una identidad de prestigio que las familias dirigentes locales adoptaron para legitimar su poder. Lo cierto es que, entre los siglos XV y XVI, linajes shirazi y, más tarde, familias árabes hadramíes emparentaron con la nobleza isleña y fundaron dinastías gobernantes en cada isla.
Con ellos, las Comoras se integraron de lleno en la civilización swahili que se extendía por la costa de África Oriental, desde Mogadiscio hasta Sofala. Aparecieron ciudades de piedra de coral con mezquitas, casas de patios interiores y puertas talladas, la escritura árabe y una vida urbana refinada volcada al comercio marítimo. El islam sunní se afianzó como religión de todos —hoy más del 98 por ciento de los comorenses son musulmanes— y modeló el derecho, la educación y el calendario de fiestas.
La cultura comorense que cristalizó en esos siglos sigue viva: las bodas suntuosas del gran matrimonio (anda), la música y los ritos cofrades de raíz sufí, la arquitectura de las medinas. Las Comoras no fueron una periferia pobre del mundo suajili, sino uno de sus eslabones prósperos, un puente entre el continente africano, Madagascar y el gran comercio del Índico.
A diferencia de un gran reino unificado, las Comoras vivieron durante siglos fragmentadas en una constelación de pequeños sultanatos que competían y guerreaban entre sí. Los franceses bautizarían más tarde a este mosaico, sobre todo en Gran Comora, como los "sultanats batailleurs", los sultanatos guerreros. La isla de Ngazidja llegó a estar dividida en once sultanatos simultáneos; los más poderosos fueron los de Itsandra y Bambao, cada uno con su capital, su palacio y su corte de consejeros. Los sultanes de Ngazidja tenían, en realidad, un poder limitado, y las alianzas y rivalidades entre ciudades cambiaban sin cesar.
Anjouan siguió un camino distinto. Hacia el año 1500 se fundó allí el sultanato de Ndzuani, que logró unificar toda la isla y se volvió el más poderoso y comercial del archipiélago: sus puertos naturales de Domoni y Mutsamudu eran escalas vitales para los barcos que iban y venían entre África, Madagascar, la India y el golfo Pérsico. Mohéli, la más pequeña, tuvo su propia historia: su sultanato tomó forma tardíamente, en 1830, cuando el príncipe malgache Ramanetaka —que adoptaría el nombre de Abderemane— llegó desde Madagascar y se hizo con la isla.
Esta fragmentación fue, a la vez, riqueza y debilidad. Riqueza cultural, porque cada sultanato dejó medinas, ciudadelas y mezquitas que hoy se cuentan entre los grandes tesoros del país. Debilidad política, porque unas islas divididas y enfrentadas serían presa fácil, primero de las razzias esclavistas venidas de Madagascar y, después, de las potencias europeas que se repartían el Índico.
La prosperidad de las Comoras nació del mar. Situadas en el paso entre África y Madagascar, y batidas por los monzones, las islas exportaban clavo de olor, ámbar gris, tortuga, arroz y esclavos, e importaban tejidos, armas y manufacturas. Anjouan, en particular, se especializó en abastecer de agua, víveres y refresco a los barcos europeos que hacían la ruta de la India; los capitanes ingleses la conocían como Johanna, y muchos marinos guardaron memoria de su hospitalidad.
En ese mundo, la esclavitud fue una realidad central que conviene nombrar sin eufemismos. Las islas participaban de la trata del Índico como mercado y como puente, y a la vez fueron víctimas de ella. Entre fines del siglo XVIII y comienzos del XIX, flotas de guerreros malgaches —betsimisaraka y sakalava— lanzaron devastadoras razzias esclavistas sobre las Comoras: asaltaban las aldeas costeras, incendiaban las medinas y se llevaban a miles de personas cautivas. Aquellas incursiones despoblaron regiones enteras, obligaron a fortificar los pueblos y dejaron un trauma profundo en la memoria isleña.
Europa había asomado mucho antes. Los portugueses avistaron el archipiélago hacia 1505, camino de la India, y en 1529 lo visitaron los hermanos franceses Parmentier; ingleses y neerlandeses recalaron después. Pero durante siglos ninguna potencia se instaló de forma permanente: las Comoras siguieron siendo un archipiélago de sultanatos, próspero y vulnerable, hasta que la debilidad sembrada por las guerras internas y las razzias abrió la puerta a la conquista francesa.
La colonización de las Comoras empezó por una sola isla. En 1841, el sultán Andriantsoly (Andrian Souli), un príncipe de origen malgache que gobernaba una Mayotte debilitada por las guerras y las razzias, cedió su isla a Francia a cambio de protección militar y de una pensión vitalicia. Con ese tratado, Mayotte se convirtió en posesión francesa, y su destino se separó por primera vez del de las otras tres islas: una fractura que, dos siglos después, seguiría marcando la política del archipiélago.
El resto llegó en 1886. Tras una campaña militar en Gran Comora, donde las fuerzas francesas derrotaron cerca de Moroni al sultán Said Ali, Francia declaró protectorados sobre Ngazidja, Ndzuani y Mwali. Los sultanes, antaño temibles, quedaron reducidos a figuras ceremoniales y, hacia 1909-1912, el último de ellos abdicó. La figura clave de esos años fue Léon Humblot, un naturalista y empresario francés nombrado residente en Gran Comora, que acumuló un poder inmenso: llegó a controlar buena parte de la isla como si fuera su feudo personal, entre la administración colonial y su propia compañía de plantaciones.
En 1908 las cuatro islas fueron incorporadas administrativamente a la colonia de Madagascar, con capital en Dzaoudzi, en Mayotte. Las Comoras dejaban así de ser un conjunto de sultanatos soberanos para convertirse en un apéndice colonial lejano y descuidado, gobernado desde Antananarivo y pensado, sobre todo, como una fuente de cultivos tropicales para el mercado francés.
Bajo el dominio francés, las Comoras adquirieron el apodo que aún las define: las Islas de los Perfumes. La compañía de Humblot y otras sociétés francesas transformaron las tierras más fértiles en grandes plantaciones de cultivos de exportación: vainilla, clavo de olor, cacao, copra y, sobre todo, ylang-ylang, un árbol de flores amarillas y perfume embriagador cuyo aceite esencial se destila para la perfumería fina. Las Comoras se volvieron uno de los mayores productores mundiales de esencia de ylang-ylang, ingrediente de perfumes legendarios, y sus destilerías artesanales impregnaron el aire de las islas con un aroma dulce e inconfundible.
Detrás del romanticismo del nombre se escondía una economía brutalmente extractiva. Las mejores tierras quedaron en manos de las compañías coloniales, y la población comorense fue empujada a trabajar por salarios miserables o confinada a las peores parcelas. El cultivo de alimentos se descuidó en favor de los productos de renta, de modo que un archipiélago fértil se volvió dependiente de importar buena parte de su comida, una vulnerabilidad que perdura hasta hoy. La colonia se administró con mínima inversión en escuelas, caminos o salud.
El estatus político fue cambiando lentamente. Ocupadas por los británicos durante la Segunda Guerra Mundial, las Comoras se separaron administrativamente de Madagascar en 1946 y pasaron a ser territorio de ultramar francés, con representación en la Asamblea Nacional. Un referéndum en 1958 confirmó el vínculo con Francia y en 1961 las islas obtuvieron autonomía interna, con capital en Moroni. Pero el reclamo de independencia crecía, alimentado por la pobreza, la emigración y el ejemplo de la descolonización africana.
En diciembre de 1974, Francia organizó un referéndum de autodeterminación en las Comoras. En el conjunto del archipiélago, una abrumadora mayoría votó por la independencia, pero los resultados se contaron isla por isla, y en Mayotte —de mayoría cristiana y católica en parte, con élites vinculadas a Francia— predominó el voto por seguir siendo francesa. Amparándose en ese detalle, París maniobró para desgajar a Mayotte del proceso.
El 6 de julio de 1975, el parlamento comorense cortó por lo sano: proclamó de forma unilateral la independencia de las cuatro islas, con Ahmed Abdallah como primer presidente. Las Naciones Unidas admitieron a las Comoras como Estado miembro sobre la base de sus fronteras coloniales completas, es decir, incluyendo Mayotte, y desde entonces múltiples resoluciones han reafirmado la soberanía comorense sobre la isla. Francia, sin embargo, retuvo el control efectivo de Mayotte, y en referendos posteriores sus habitantes ratificaron una y otra vez su voluntad de seguir ligados a París; en 2011, Mayotte se convirtió en el departamento número 101 de Francia.
Así nació el diferendo que aún hoy define la relación entre las Comoras y Francia: para las Comoras y para la ONU, Mayotte es una isla comorense ocupada; para Francia y para la mayoría de los mahoreses, es territorio francés de pleno derecho. El asunto es todo menos abstracto. Cada año, miles de comorenses cruzan el brazo de mar entre Anjouan y Mayotte en frágiles lanchas llamadas kwassa-kwassa buscando entrar en territorio francés, en una de las rutas migratorias más mortíferas del mundo. La independencia dejó, desde el primer día, una herida sin cerrar.
Pocos países acumulan una historia postcolonial tan convulsa. Las Comoras han sufrido más de veinte golpes o intentos de golpe desde 1975, y muchos llevan la firma de un mismo personaje: el mercenario francés Bob Denard. Apenas un mes después de la independencia, en agosto de 1975, Denard derrocó al presidente Ahmed Abdallah y lo reemplazó por Ali Soilih, un revolucionario que impuso un régimen socialista radical y anticlerical que escandalizó a la sociedad musulmana. En 1978, Denard volvió —esta vez con apoyo de Rodesia y Sudáfrica—, derrocó y mató a Ali Soilih y repuso en el poder a Abdallah, sobre cuya guardia presidencial reinaría durante once años como verdadero hombre fuerte en la sombra.
En 1989, el presidente Abdallah murió de un disparo en circunstancias nunca aclaradas, en un episodio que apuntaba al propio Denard; la presión de Francia forzó por fin la salida del mercenario. Pero Denard aún regresaría en 1995, en un último golpe (la operación Kaskari) contra el presidente Said Mohamed Djohar, que Francia sofocó desembarcando tropas en la operación Azalée. Entre golpe y golpe, la inestabilidad era crónica, la economía se hundía y la política se fragmentaba.
El punto más grave llegó en 1997, cuando Anjouan y Mohéli, hartas del centralismo de Gran Comora y de la miseria, declararon su secesión. Anjouan llegó a votar en referéndum, con más del 99 por ciento, su independencia, e incluso pidió —sin éxito— reintegrarse a Francia siguiendo el modelo de Mayotte. El intento del gobierno de recuperar la isla por la fuerza desató un conflicto armado. La salida vino de la mano de la Organización para la Unidad Africana: el Acuerdo de Fomboni de 2001 refundó el país como la Unión de las Comoras, con una nueva Constitución que concedió amplia autonomía a cada isla —presidente y gobierno propios— y estableció una presidencia rotativa de la Unión entre las tres islas.
Ese es, a grandes rasgos, el país de hoy. El coronel Azali Assoumani, que había tomado el poder en un golpe en 1999, se consolidó bajo el nuevo sistema y ha dominado la política comorense durante buena parte del siglo XXI, reelegido en comicios cuestionados por la oposición y tras reformar la Constitución en 2018 para prolongar su mandato; en 2023 las Comoras llegaron incluso a presidir la Unión Africana. Nación joven, pobre y frágil, dependiente de las remesas de su enorme diáspora y todavía marcada por el reclamo de Mayotte, las Comoras siguen siendo, pese a todo, un rincón de belleza serena en el corazón del Índico: tres islas de volcanes, medinas de coral y campos de ylang-ylang que aún perfuman el aire.
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Anjouan —Ndzuani o Nzwani en shikomori, y Johanna para los marinos ingleses— tuvo una historia distinta de la fragmentada Gran Comora. Hacia el año 1500, familias árabes hadramíes de alto rango emparentaron con la nobleza local y fundaron el sultanato de Ndzuani, que unificó toda la isla y llegó a ser el más poderoso y comercial de las Comoras, extendiendo a veces su influencia sobre Mohéli y Mayotte.
Su fuerza venía del mar. Los puertos naturales de Domoni y Mutsamudu eran escalas privilegiadas para los barcos que hacían la ruta entre África, Madagascar, la India y el golfo Pérsico, y Anjouan se especializó en aprovisionarlos de agua, arroz y víveres. La isla tuvo tres capitales sucesivas que marcan su historia: Sima, del siglo VIII al XIII; Domoni, del XIII al XVIII; y finalmente Mutsamudu, desde el siglo XVIII hasta hoy.
Esa prosperidad la hizo también blanco de las razzias esclavistas malgaches de fines del siglo XVIII y comienzos del XIX, que obligaron a fortificar sus ciudades. Anjouan, la más montañosa y verde de las islas, guarda así una densidad de historia extraordinaria: medinas, ciudadelas y mezquitas centenarias que la convierten en un museo al aire libre de la civilización swahili.
Mutsamudu es la capital de Anjouan y la segunda ciudad del país. Según la tradición, fue fundada en 1482 por el sultán Mohamed bin Sultan Hassan como puerto swahili en la costa noroeste de la isla, ligado a la migración de familias shirazi llegadas de Kilwa, en la actual Tanzania, que se mezclaron con la población bantú local.
Su casco antiguo es una medina laberíntica de callejones estrechos, casas de piedra de coral y puertas talladas, entre las que destaca el Ujumbe, una casa de piedra swahili del siglo XVIII. Sobre el puerto se alza la ciudadela (la Citadelle), una fortaleza construida en el siglo XVIII para defender la ciudad de los piratas y de los sultanatos rivales, cuyos muros y cañones todavía dominan la bahía.
Mutsamudu fue, en 1997, el epicentro del separatismo anjouanés: el arresto del líder secesionista desató disturbios en la ciudad, y desde aquí Anjouan proclamó su independencia y votó, en referéndum, separarse de las Comoras e incluso reintegrarse a Francia. Aquella crisis, resuelta con el Acuerdo de Fomboni de 2001, dejó a Mutsamudu como símbolo de las tensiones entre las islas y el poder central de Moroni.
En la costa este de Anjouan sobrevive Domoni, una de las ciudades históricas más importantes del país. Fue capital del sultanato de Ndzuani entre los siglos XIII y XVIII, antes de que el poder pasara a Mutsamudu, y conserva una de las medinas antiguas mejor preservadas de las Comoras: una ciudad amurallada de origen shirazi, con mezquitas centenarias, casas de coral y estrechas callejuelas que respiran siglos de comercio del Índico.
Domoni es también un lugar de memoria política reciente: fue la ciudad natal de Ahmed Abdallah Abderemane, el primer presidente de las Comoras independientes, derrocado y repuesto varias veces por golpes de Estado y finalmente asesinado en 1989. En Domoni se conserva su mausoleo, y la ciudad quedó ligada para siempre a la turbulenta historia de la independencia.
Entre murallas defensivas levantadas contra las razzias malgaches, mezquitas antiguas y el recuerdo de sultanes y presidentes, Domoni condensa la larga trayectoria de Anjouan: de próspero sultanato swahili a escenario de las tormentas políticas de la República.
Anjouan es la más montañosa y frondosa de las Comoras, y su relieve abrupto la cubre de bosque húmedo, plantaciones y cascadas. En su interior se alza el Mont Ntringui, con 1.595 metros la cima más alta de la isla, protegida hoy por un parque nacional: sus laderas de selva tropical guardan una biodiversidad única y ofrecen caminatas entre especias silvestres, con vistas al mar. Saltos de agua como la cascada de Tatinga, rodeada de vegetación exuberante, son excursiones clásicas de esta isla verde.
Esa fertilidad hizo de Anjouan un corazón de la economía perfumista colonial. En regiones como Bambao, en el centro de la isla, se extienden las plantaciones y destilerías artesanales de ylang-ylang, donde el aceite esencial de sus flores amarillas —base de perfumes legendarios— se extrae aún con métodos tradicionales, impregnando toda la comarca de un aroma dulce. Junto al ylang-ylang prosperan el clavo de olor y la vainilla, los otros grandes cultivos de renta de las Comoras.
Detrás de esa belleza hay una tierra bajo presión: Anjouan es la isla más densamente poblada y una de las más pobres, y la deforestación de sus laderas para cultivar amenaza sus bosques y sus fuentes de agua. De aquí zarpan, además, muchas de las frágiles lanchas kwassa-kwassa que intentan alcanzar la cercana Mayotte francesa. La isla más verde y perfumada de las Comoras es también la que mejor resume sus contrastes y sus dramas.
Gran Comora, Ngazidja en shikomori, es la mayor y más poblada de las islas, y la que da nombre y capital al país. Es también la más joven geológicamente: casi toda ella es obra del volcán Karthala, con vastas coladas de lava negra, suelos porosos que se tragan la lluvia y costas de roca volcánica alternadas con playas de arena clara y ocre.
Durante siglos, Ngazidja fue el ejemplo perfecto de los "sultanats batailleurs": llegó a estar dividida en once sultanatos que competían y guerreaban entre sí. Los más poderosos fueron los de Itsandra y Bambao, cada uno con su capital y su palacio. A diferencia de la vecina Anjouan, unificada bajo un solo sultanato, Ngazidja vivió esa fragmentación política que la hizo, a la vez, culturalmente riquísima y militarmente débil.
Esa historia de reinos rivales quedó escrita en el paisaje: medinas de piedra de coral, mezquitas antiguas, ruinas de palacios y ciudadelas repartidas por la isla. Fue aquí, cerca de Moroni, donde en 1886 las fuerzas francesas derrotaron al sultán Said Ali y sellaron el protectorado; y fue aquí donde Léon Humblot montó su imperio de plantaciones. Ngazidja concentra, en pocos kilómetros, casi toda la historia comorense.
Moroni, la capital, fue en su origen un pequeño sultanato costero y hoy es el corazón político y espiritual del país. Su nombre significaría "en el corazón del fuego", en alusión al Karthala que la domina. El alma de la ciudad es su Vieille Ville, un laberinto de callejones estrechos, casas de patios interiores y puertas de madera tallada que baja hasta un pequeño puerto de dhows, esas embarcaciones a vela que cruzan el Índico desde hace siglos.
Su joya es la Ancienne Mosquée du Vendredi, la Antigua Mezquita del Viernes, cuya construcción se remonta a 1427 y que la convierte en una de las mezquitas más antiguas de la región. Asomada al mar, con su minarete blanco, es el símbolo de Moroni y un testimonio vivo de la fe musulmana que llegó con los shirazi y que profesa la casi totalidad de los comorenses.
Modesta para ser capital nacional —apenas unas decenas de miles de habitantes—, Moroni conserva un encanto detenido en el tiempo, entre el bullicio de su mercado, el canto del muecín y el olor a clavo y a ylang-ylang. Desde ella se gobierna la Unión de las Comoras y se administra el reclamo, nunca abandonado, sobre la isla de Mayotte.
Antes de que Moroni concentrara el poder, otras ciudades de Ngazidja fueron cabeza de sultanato, y sus ruinas siguen en pie. A pocos kilómetros al sur de la capital, Iconi fue la capital del poderoso sultanato de Bambao, dos siglos antes del apogeo de Itsandra. Allí se alzan las ruinas del palacio de los sultanes y una ciudadela sobre acantilados que asoman al mar, un lugar cargado de memoria: la tradición recuerda que, durante las razzias esclavistas malgaches, mujeres de Iconi se arrojaron desde los acantilados para no ser capturadas.
Al norte de Moroni, Itsandra fue el otro gran centro de poder de la isla. Su medina, con orígenes que se remontan al siglo XIV, es considerada una de las cunas de la cultura swahili en las Comoras. Junto al pueblo se conservan las ruinas de un fuerte histórico y una playa tranquila, y sus atardeceres sobre el Índico son de los más celebrados del archipiélago.
Estos dos enclaves resumen la historia política de Ngazidja: un tablero de sultanatos que se disputaban el mar y las cosechas, dejando tras de sí palacios, murallas y mezquitas. Recorrer Iconi e Itsandra es leer, sobre la piedra, la historia de los sultanatos guerreros de Gran Comora.
Toda Gran Comora vive a la sombra del Karthala, uno de los volcanes activos más grandes del mundo. Con 2.361 metros, es el punto más alto de las Comoras, y su caldera es uno de los cráteres más anchos del planeta. Sigue en actividad —tuvo erupciones importantes en las últimas décadas, en 2005 y 2006— y ascender a su borde, en una caminata exigente de uno o dos días entre selva de altura y desierto de cenizas, es la gran aventura del archipiélago.
El volcán modeló buena parte del paisaje isleño. En el norte, el Lac Salé es un lago de cráter de agua salada e intenso color turquesa-verdoso, encajado entre coladas de lava negra al borde del mar, una de las postales naturales más famosas del país. En la costa este, calas como la playa de Chomoni combinan arena clara con roca volcánica oscura y cocoteros, en algunos de los rincones más fotogénicos y solitarios de las Comoras.
Esa naturaleza volcánica es una bendición y una amenaza a la vez. La lava dio a la isla suelos fértiles para el ylang-ylang y las especias, pero su porosidad hace que el agua dulce escasee, y las erupciones del Karthala recuerdan periódicamente que Ngazidja es, literalmente, una montaña viva emergida del Índico.
Mohéli —Mwali en shikomori— es la más pequeña, menos poblada y más pristina de las tres islas de la Unión. Su relieve de colinas boscosas, sus playas casi desiertas y sus islotes de arrecife hacen de ella un refugio de naturaleza intacta, muy alejado del bullicio de Gran Comora o de la densa Anjouan.
Su sultanato fue el más tardío del archipiélago. En 1830, un príncipe malgache llamado Ramanetaka —que adoptaría el nombre musulmán de Abderemane— llegó desde Madagascar huyendo de las guerras de la corte merina y se hizo con el control de la isla, fundando el sultanato de Mwali. La isla, cruce de rutas del Índico, había recibido durante siglos a comerciantes bantúes, suajili, malgaches, shirazi y europeos, y hasta tuvo, según la tradición, célebres sultanatos regidos por mujeres.
Esa historia de mezcla y de aislamiento marcó el carácter de Mohéli: un lugar apartado y de ritmo lento, que la modernidad y el turismo apenas rozan. Su capital, Fomboni, es un pueblo tranquilo y de aire dormido que sirve de puerta de entrada a la isla más salvaje de las Comoras.
Fomboni, la modesta capital de Mohéli, tiene un lugar inesperadamente grande en la historia reciente de las Comoras. Fue aquí donde, en febrero de 2001, se firmó el Acuerdo de Fomboni, el pacto que puso fin a la crisis separatista abierta en 1997, cuando Anjouan y la propia Mohéli habían declarado su secesión del país.
Aquel acuerdo, auspiciado por la Organización para la Unidad Africana, refundó el Estado como la Unión de las Comoras. La nueva Constitución concedió a cada isla —Gran Comora, Anjouan y Mohéli— un amplio autogobierno, con presidente y gobierno propios, y estableció una presidencia rotativa de la Unión que iría pasando entre las tres islas. Fue la fórmula que permitió mantener unido a un país que había estado al borde de la desintegración.
Que el pacto llevara el nombre de Fomboni no fue casual: la pequeña Mohéli, la isla más débil, había sentido con especial fuerza el centralismo de Moroni, y su papel en la reconciliación le dio un peso simbólico. Desde entonces, Fomboni es sinónimo del difícil equilibrio sobre el que se sostiene la Unión de las Comoras.
El mayor tesoro de Mohéli está bajo el agua y en sus playas. En el año 2000 se creó, en la mitad sur de la isla, el Parque Marino de Mohéli, la primera área protegida del país y una de las pioneras en la conservación marina de todo el océano Índico occidental. Nació de un modelo de gestión comunitaria, con las aldeas locales implicadas en cuidar sus propios recursos.
El parque protege uno de los mayores sitios de anidación de tortuga verde (Chelonia mydas) del Índico: cada noche, en playas como la de Itsamia, las tortugas salen del mar a desovar en la arena, un espectáculo natural que se ha convertido en emblema de la isla. Sus aguas cálidas albergan además ballenas jorobadas —que llegan a criar entre julio y octubre—, delfines, dugongos ocasionales y arrecifes de coral vivos, entre los más ricos de la región.
Mohéli fue durante dos décadas el único parque nacional del país; recién en los últimos años las Comoras han empezado a crear nuevas áreas protegidas siguiendo su ejemplo. Frágil y biodiverso, el Parque Marino de Mohéli es la mejor prueba de que el futuro de estas islas está tan ligado al mar como lo estuvo toda su historia.
Frente a la costa sur de Mohéli se despliega el rosario de islotes de Nioumachoua, pequeñas islas de arena y arrecife que forman parte del parque marino. Albergan colonias de zorros voladores —grandes murciélagos frugívoros— y algunos de los mejores fondos para bucear y hacer snorkel de todo el archipiélago, en un entorno casi virgen de aguas transparentes.
En el interior de la isla, una caminata corta entre naturaleza intacta conduce al lago Dziani Boundouni, un lago de cráter de aguas verdosas y ricas en azufre, refugio de aves acuáticas y rodeado de vegetación. Es una de esas estampas que resumen a Mohéli: un paisaje volcánico, silencioso y salvaje, muy lejos de cualquier desarrollo turístico masivo.
Junto con el bosque húmedo de sus colinas y las playas de tortugas del sur, estos rincones hacen de Mohéli la joya natural de las Comoras. Es la cara más ecológica del archipiélago, un lugar donde la fragilidad de estas islas del Índico —amenazadas por la deforestación, la pobreza y el cambio climático— convive con una belleza que apenas empieza a valorarse.