El Parque Marino de Mohéli es la joya natural de las Comoras y una de las grandes historias de conservación del océano Índico. Creado en 2001 como el primer parque nacional del país, protege la costa sur de la isla más salvaje del archipiélago: un mosaico de playas de arena, islotes, arrecifes de coral y manglares donde anidan miles de tortugas verdes, pasan las ballenas jorobadas y sobreviven especies tan raras como el dugongo.
Lo que hace único a este parque no es solo su biodiversidad, sino el modo en que se protege: son las propias comunidades de los pueblos costeros las que, junto al Estado, gestionan la reserva, vigilan las playas de desove y organizan el ecoturismo. Ese modelo de conservación comunitaria devolvió la vida a los arrecifes, multiplicó las playas donde anidan las tortugas y hasta duplicó la pesca, y le valió a Mohéli reconocimiento internacional.
Esta guía te explica qué podés ver —tortugas verdes desovando de noche, ballenas jorobadas entre julio y octubre, delfines, arrecifes vivos para hacer snorkel—, cómo organizarte para visitarlo desde Fomboni o desde un lodge de la costa sur, cuándo ir y cómo hacerlo de forma responsable, para que tu visita ayude a proteger este paraíso frágil.
El Parque Marino de Mohéli fue creado en abril de 2001 como el primer parque nacional de las Comoras, sobre unos 404 km² de la costa sur de la isla. Nació de un proceso pionero en el que las comunidades locales, con apoyo del PNUD, el PNUMA y la UICN, decidieron proteger sus arrecifes, tortugas y ballenas frente a la sobrepesca y la destrucción. En pocos años recuperó corales y fauna, y en 2020 se integró en una reserva de biosfera de la UNESCO. Su historia completa se cuenta en la página de historia.
Leer la historia completa ↓La isla más pequeña, salvaje y despoblada: cuna del acuerdo que refundó el país y hogar del primer parque marino, con tortugas verdes, ballenas y arrecifes vivos.
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Origen, formación y qué dicen las fuentes.
La costa sur de Mohéli es uno de esos lugares donde la naturaleza se muestra en su máxima abundancia. En pleno canal de Mozambique, uno de los corredores marinos más ricos del planeta, las aguas cálidas y poco profundas de esta isla albergan arrecifes de coral con cientos de especies, praderas submarinas, manglares y un rosario de islotes. Es sitio de anidación de tortugas verdes, ruta de las ballenas jorobadas, hogar de delfines, refugio de una pequeña población de dugongos y de aves marinas, y de rarezas como el celacanto, el 'pez fósil' que sobrevive en las profundidades comorenses.
Durante siglos, las comunidades de pescadores de Mohéli vivieron de ese mar de forma sostenible, con técnicas artesanales. Pero en las últimas décadas del siglo XX, la presión sobre los recursos empezó a crecer peligrosamente: aumento de la población, pesca cada vez más intensiva, uso de métodos destructivos, captura de tortugas y de sus huevos, y degradación de los arrecifes. La 'despensa' marina de la isla se estaba agotando, y con ella el sustento de las propias comunidades. Los pescadores notaban que cada vez había menos peces y que las playas de desove de tortugas se reducían.
Ante esa amenaza, a fines de los años noventa surgió una idea revolucionaria para el país: proteger legalmente ese patrimonio marino antes de que fuera demasiado tarde. Pero, a diferencia de muchos parques del mundo, creados 'desde arriba' por los gobiernos y a veces contra las poblaciones locales, en Mohéli se optó por un camino distinto: hacer de las propias comunidades las protagonistas de la conservación. Esa decisión marcaría toda la historia del parque.
En abril de 2001, tras un largo proceso de consultas y de trabajo con las aldeas costeras, se declaró oficialmente el Parque Marino de Mohéli, que protegía unos 404 km² de la costa sur de la isla: playas, zonas rocosas, islotes, arrecifes de coral y manglares. Fue el primer parque nacional de la historia de las Comoras, un hito para un país joven y con enormes dificultades. El proyecto contó con el apoyo técnico y financiero de organismos internacionales como el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), el Programa de la ONU para el Medio Ambiente (PNUMA) y la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN).
Lo verdaderamente innovador fue el modelo de gestión. El parque quedó cogestionado entre el Estado y las comunidades de los pueblos costeros, a través de un comité de gestión en el que las aldeas tenían la mayoría de los miembros. Fueron los propios habitantes quienes acordaron las reglas —zonas de veda, prohibición de recolectar huevos de tortuga, control de las artes de pesca destructivas— y quienes se encargaron de vigilarlas. La conservación dejó de ser una imposición externa para convertirse en un asunto de la comunidad, que veía en el mar protegido su propio futuro.
Los resultados no tardaron en llegar y fueron espectaculares. En pocos años, los arrecifes de coral, gravemente dañados, empezaron a recuperarse; las capturas de pescado por pescador aumentaron notablemente al repoblarse las aguas; y el número de playas donde anidaban las tortugas verdes se multiplicó. La combinación de protección efectiva y participación local funcionaba. En 2002, apenas un año después de su creación, el Parque Marino de Mohéli fue finalista del Premio Ecuador de las Naciones Unidas, que reconoce iniciativas comunitarias de conservación y desarrollo sostenible. La pequeña Mohéli se convertía en un ejemplo mundial.
El gran símbolo del parque son las tortugas verdes (Chelonia mydas). Las playas del sur de Mohéli están entre los sitios de anidación de esta especie más importantes de todo el océano Índico: miles de hembras salen cada año, de noche, a poner sus huevos en la arena. El pueblo de Itsamia, en el este, se convirtió en el emblema de esta protección: su asociación comunitaria vigila las playas junto a biólogos, protege los nidos de los depredadores y del expolio, y organiza las visitas nocturnas para que los viajeros puedan asistir al desove sin perturbarlo. De perseguidas por su carne, las tortugas pasaron a ser un tesoro que la comunidad cuida y del que obtiene ingresos por el ecoturismo.
Entre julio y octubre, el parque vive otro de sus grandes espectáculos: la llegada de las ballenas jorobadas. Alrededor de dos centenares de estos gigantes migran a las aguas cálidas de Mohéli para reproducirse y criar a sus ballenatos. Verlas saltar desde una barca, o a una madre acompañada de su cría, es una de las experiencias más impresionantes que ofrece el Índico. A ellas se suman delfines, mantas y otras especies pelágicas que frecuentan estas aguas.
Pero la biodiversidad del parque va mucho más allá. Sus arrecifes albergan cientos de especies de coral y de peces; en sus praderas submarinas sobrevive una de las poblaciones más amenazadas de dugongo del planeta; en los bosques cercanos vive el zorro volador de Livingstone, un murciélago gigante endémico y en peligro crítico; y sus islotes acogen colonias de aves marinas. Este conjunto excepcional llevó a que, en 2020, la zona fuera integrada en una reserva de biosfera de la UNESCO, un reconocimiento internacional al valor natural de Mohéli y a su modelo de convivencia entre el ser humano y la naturaleza.
El Parque Marino de Mohéli es una historia de éxito, pero no exenta de dificultades. La financiación es siempre precaria, el país es pobre y las presiones sobre los recursos no desaparecen: la tentación de la pesca ilegal, la captura de tortugas o la extracción de arena de las playas reaparecen en tiempos de escasez. Mantener la vigilancia, el equipamiento y la motivación de las comunidades a lo largo de los años es un reto permanente, que depende de que el ecoturismo y el apoyo institucional sigan dando frutos tangibles a la población local.
El cambio climático añade nuevas amenazas: el blanqueo de los corales por el calentamiento del mar, la subida del nivel del agua que erosiona las playas de desove, y ciclones cada vez más intensos. Proteger Mohéli ya no depende solo de lo que se haga en la isla, sino también de fenómenos globales que la superan. Aun así, el parque sigue siendo un laboratorio vivo de soluciones, y su experiencia ha inspirado planes para crear nuevas áreas protegidas en el resto del archipiélago comorense.
Para el viajero, conocer esta historia transforma la visita. Nadar sobre un arrecife recuperado, ver una tortuga desovar bajo la vigilancia atenta de la gente de Itsamia o avistar una ballena con su cría no es solo turismo: es ser testigo de uno de los ejemplos más notables de conservación comunitaria de África. Cada tasa pagada, cada guía contratado, cada regla respetada ayuda a que este modelo siga en pie. El Parque Marino de Mohéli demuestra que, cuando las comunidades son dueñas de su naturaleza, proteger el mar y vivir de él pueden ir de la mano.