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Historia del país

Historia de Catar

Los asentamientos antiguos y las caravanas del desierto

La presencia humana en la península catarí es mucho más antigua de lo que su paisaje árido haría sospechar. Los arqueólogos han hallado herramientas de piedra y restos que se remontan a la Edad de Piedra, con yacimientos como Al Da'asa, en la costa noroeste, que atestiguan campamentos estacionales de cazadores, pescadores y recolectores hace miles de años. Ya entonces, la vida se organizaba alrededor del mar y de los escasos pozos de agua dulce, en un territorio donde sobrevivir exigía un conocimiento profundo del desierto y de la costa.

Durante la Edad del Bronce, la península quedó ligada a las grandes redes comerciales del golfo Pérsico. Se han encontrado indicios de contacto con la cultura mesopotámica y con la civilización de Dilmun —centrada en la actual Baréin—, que articulaba el comercio marítimo entre Mesopotamia, el este de Arabia y el valle del Indo. Catar era un punto en esas rutas de agua y arena por las que circulaban cobre, cerámica, perlas y mercancías de lugares remotos. Restos de asentamientos, túmulos funerarios y hallazgos cerámicos jalonan ese pasado en distintos puntos del país.

En los siglos siguientes, la vida en la península osciló entre dos mundos complementarios: el de la costa, con sus pescadores, buzos de perlas y mercaderes, y el del interior, dominio de las tribus beduinas que se desplazaban con sus camellos y rebaños entre los pozos, siguiendo las rutas de las caravanas. Esa dualidad entre el mar y el desierto —entre el marinero y el beduino— quedó grabada en la identidad catarí y todavía se percibe en su cultura, su gastronomía y su memoria. Sobre ese sustrato antiguo se construiría, siglo tras siglo, todo lo demás.

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Siglos de perlas y de pesca: la economía del mar

Antes del petróleo, antes del gas y de los rascacielos, la razón de ser de Catar estuvo en el mar. Las aguas cálidas y poco profundas que rodean la península eran uno de los grandes bancos de ostras perlíferas del mundo, y durante generaciones los hombres de la costa se ganaron la vida buceando. Cada verano, cuando el agua se entibiaba, las tripulaciones salían en sus dhows de madera durante meses; los buzos, los ghawwas, bajaban una y otra vez sin equipo alguno, con una pinza de hueso en la nariz y una piedra atada al pie para hundirse rápido, aguantando la respiración para arrancar ostras del fondo, mientras los seeb los subían por una cuerda.

Era un oficio agotador, peligroso y jerarquizado. A bordo mandaba el nakhoda, el capitán, y toda la temporada funcionaba dentro de un sistema de deudas que encadenaba a los buceadores con los capitanes y a estos con los mercaderes de perlas. Las perlas del golfo, admiradas por su lustre, se vendían a comerciantes que las llevaban a la India y, desde allí, a Europa y al resto del mundo. Alrededor de esa actividad se levantaron pueblos costeros como Doha, Al Wakrah, Al Khor y la próspera Al Zubarah, cada uno con sus flotas, sus mercaderes y sus artesanos de la madera que construían los dhows.

La pesca complementaba a las perlas como sustento cotidiano, y el comercio marítimo unía la península con Persia, la India, el este de África y el resto del golfo, en un ir y venir de telas, especias, dátiles, arroz, madera y café. Esa economía del mar moldeó físicamente los pueblos —casas de coral y barro, torres de viento (barjeel), mezquitas junto a la orilla— y forjó una sociedad de pescadores, buzos, capitanes y comerciantes con una cultura beduina y marinera propia. Esa memoria del mar y de las perlas es la que el Catar de hoy recuerda con orgullo en sus museos y monumentos, y la clave para entender de dónde viene todo lo demás.

https://en.wikipedia.org/wiki/Pearl_huntinghttps://en.wikipedia.org/wiki/History_of_Qatarhttps://www.britannica.com/topic/history-of-Qatar

La llegada del islam (siglo VII)

Un giro decisivo en la historia de la península llegó en el siglo VII con la expansión del islam. Según las fuentes tradicionales, hacia el año 628 el profeta Mahoma envió a su emisario Al-Ala al-Hadhrami a Munzir ibn Sawa al-Tamimi, gobernante de la histórica región de Baréin, que en aquel entonces abarcaba también la costa catarí. Munzir aceptó la invitación y abrazó la nueva fe, y con él la adoptaron los habitantes de sus dominios, incluidas las poblaciones costeras de Catar. Así, en vida del propio Profeta, la península entró en el mundo islámico.

La conversión integró a Catar en la vasta civilización árabe-islámica que en pocas décadas se extendería desde la península ibérica hasta la India. Bajo los sucesivos califatos —omeya y luego abasí—, la costa del golfo participó del florecimiento comercial de ese mundo. Excavaciones en sitios como Murwab, en el noroeste del país, han sacado a la luz restos de un asentamiento de época islámica temprana, con viviendas, mezquitas y fuertes, testimonio de una vida organizada en la península durante los primeros siglos del islam.

Desde entonces, el islam se volvió el cimiento de la identidad, el derecho y la vida cotidiana de Catar, como en todo el golfo. Con el tiempo se arraigó en el país la corriente rigorista asociada a la reforma de Muhammad ibn Abd al-Wahhab, surgida en la vecina península de Arabia en el siglo XVIII, que dejaría una impronta duradera en la religiosidad catarí. La fe islámica, la lengua árabe y las tradiciones tribales conformaron el marco cultural sobre el que, siglos más tarde, se levantaría el Estado moderno.

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Los Al Thani, el tratado de 1868 y el protectorado británico

La familia que hoy gobierna Catar, los Al Thani, desciende del clan Al-Maadhid, de la gran tribu Bani Tamim, originaria de la región de Najd, en el centro de Arabia. Como tantas familias, sus antepasados migraron hacia la costa del golfo en el siglo XVIII buscando oportunidades en el comercio y las perlas, pasando por el emporio perlero de Al Zubarah antes de establecerse en Doha hacia mediados del siglo XIX. Allí, el jeque Mohammed bin Thani unificó a las tribus de la península y es considerado el primer gobernante de la dinastía.

Su gran mérito fue político y diplomático. En aquella época, Catar vivía a la sombra de Baréin y en medio de las tensiones entre las potencias de la zona. El punto de inflexión llegó en 1868: tras un conflicto con Baréin, el representante británico, el coronel Lewis Pelly, firmó un acuerdo con Mohammed bin Thani que lo reconocía como el principal jefe de Catar. Más allá de sus tecnicismos, aquel tratado tuvo un efecto histórico enorme: consagró a Catar como una entidad política propia, separada de Baréin, y a los Al Thani como su casa gobernante. Por eso se considera un punto fundacional del Estado catarí.

En las décadas siguientes, Catar navegó entre la influencia otomana —que instaló una guarnición en Doha en 1871— y la británica. La tensión con los otomanos estalló en 1893, cuando el jeque Jassim bin Mohammed Al Thani, hijo del fundador, se enfrentó a una expedición militar turca. En la batalla de Al Wajbah, a unos quince kilómetros al oeste de Doha, las fuerzas cataríes, con su conocimiento del terreno, derrotaron al ejército otomano y afirmaron de hecho la autonomía del país; Jassim es venerado hoy como el fundador de la nación. Finalmente, en 1916, disuelto ya el dominio otomano en la zona, el jeque Abdullah bin Jassim firmó un tratado que colocó a Catar bajo protección británica: el Reino Unido se encargaba de las relaciones exteriores a cambio de no interferir en los asuntos internos. Los Al Thani conservaron el poder, y Doha siguió siendo una pequeña capital perlera a la espera de su destino.

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El colapso de las perlas: los años del hambre

El primer gran golpe a Catar llegó desde el otro extremo del mundo: Japón. En las primeras décadas del siglo XX, Kokichi Mikimoto y otros perfeccionaron el cultivo de perlas, es decir, la técnica de inducir a la ostra a producir perlas de forma controlada. La perla cultivada japonesa, más barata y de oferta constante, inundó el mercado mundial en los años 20 y 30 y hundió el precio de la perla natural del golfo, la única gran riqueza que Catar tenía para ofrecer.

A esa catástrofe se sumó la Gran Depresión mundial, que redujo la demanda de artículos de lujo. En pocos años, la industria que había sostenido a la península durante siglos se derrumbó por completo. Los barcos quedaron amarrados, los mercaderes quebraron, y una sociedad entera que dependía del buceo de perlas cayó en una pobreza durísima. Muchas familias emigraron hacia otros puntos del golfo; las que quedaron sobrevivieron de la pesca, el comercio menor y poco más. Aquella década es recordada en la memoria del país como una época de gran penuria: literalmente, los años del hambre.

Fue, quizá, el momento más sombrío de la historia catarí. La población se redujo, Doha y los pueblos costeros se vaciaron en parte, y el futuro parecía cerrado para una tierra sin recursos aparentes más allá de un mar que ya no daba de comer. Nadie podía imaginar entonces que, bajo esa misma arena y bajo el fondo del golfo, dormía una riqueza infinitamente mayor que la de todas las perlas juntas, y que estaba a punto de cambiar el destino del país para siempre.

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El petróleo, el gas del North Field y la independencia de 1971

La salida a la miseria vino del subsuelo. En 1939 se descubrió petróleo en el yacimiento de Dukhan, en el oeste de la península. La Segunda Guerra Mundial retrasó su explotación, pero las exportaciones comenzaron a fines de los años 40 y, poco a poco, transformaron la economía. El dinero del crudo permitió a Catar construir sus primeras escuelas, hospitales, caminos y redes de agua corriente, y la pequeña capital, Doha, empezó a crecer y modernizarse tras décadas de estancamiento.

El salto definitivo, sin embargo, no sería el petróleo sino el gas. En 1971 se descubrió frente a la costa noreste el North Field, el yacimiento de gas natural no asociado más grande del mundo, que Catar comparte con Irán bajo el nombre iraní de South Pars. En aquel momento pocos midieron su alcance, pero ese campo submarino contenía la llave de una fortuna colosal. Décadas más tarde, cuando el país dominó la tecnología para licuar el gas y exportarlo por barco en forma de GNL —el primer cargamento partió hacia Japón en diciembre de 1996—, ese yacimiento convertiría a Catar en uno de los mayores exportadores de gas del planeta y en uno de los países con mayor ingreso per cápita del mundo.

Ese mismo año de 1971 llegó también la independencia. A fines de los años 60, el Reino Unido había anunciado su retirada del golfo Pérsico y el fin de los tratados de protección. Se discutió que Catar se sumara a una federación con Baréin y los emiratos de la Tregua —los futuros Emiratos Árabes Unidos—, pero las negociaciones no prosperaron, y el país optó por seguir su propio camino: el 3 de septiembre de 1971 declaró su independencia como Estado soberano, gobernado por los Al Thani. Nacía así, diminuto en población pero sentado sobre una de las mayores reservas de gas del planeta, el Catar moderno.

https://en.wikipedia.org/wiki/History_of_Qatarhttps://www.qatarenergylng.qa/english/About-Us/North-Fieldhttps://es.wikipedia.org/wiki/Catar

El ascenso de una potencia: Al Jazeera, el Mundial, la kafala y el bloqueo

El rumbo del Catar contemporáneo se definió en 1995, cuando el jeque Hamad bin Khalifa Al Thani asumió el poder tras destituir a su padre en un golpe palaciego incruento e impulsó una modernización acelerada y una política exterior audaz para un Estado tan pequeño. Con el gas garantizando la riqueza, Doha invirtió en algo más difícil de comprar: influencia y prestigio. En 1996 nació Al Jazeera, la cadena de noticias en árabe financiada por Catar que rompió el monopolio informativo de la región y convirtió a un país minúsculo en una voz escuchada —y temida— en todo Oriente Medio. Por los mismos años, la aerolínea Qatar Airways se lanzó a la conquista de los cielos hasta volverse una de las mejores del mundo, y la Qatar Foundation, presidida por la jequesa Moza bint Nasser, levantó la Education City con sedes de universidades estadounidenses de élite.

La otra gran apuesta fue la cultura y el deporte. Catar encargó a los mejores arquitectos del planeta museos que se volvieron íconos —el Museo de Arte Islámico de I. M. Pei (2008) y el Museo Nacional de Jean Nouvel (2019)—, desarrolló la aldea cultural de Katara y la isla de lujo The Pearl, y montó un skyline de rascacielos en West Bay. En 2013, el jeque Hamad abdicó pacíficamente en su hijo Tamim bin Hamad Al Thani, actual emir. El broche de esa estrategia llegó con la organización de la Copa del Mundo de fútbol de 2022, el primer Mundial celebrado en un país árabe y en Oriente Medio: una vitrina global sin precedentes, con estadios nuevos, un metro flamante, la nueva ciudad de Lusail y una capital transformada.

Ese ascenso deslumbrante tuvo, sin embargo, una cara incómoda y bien documentada: las condiciones de los trabajadores migrantes que construyeron literalmente el país y las sedes del Mundial. La enorme infraestructura catarí se levantó con mano de obra extranjera —en su mayoría del sur de Asia— bajo el sistema de patrocinio laboral conocido como kafala, que ataba al trabajador a su empleador y le exigía permiso para cambiar de empleo o salir del país. Organizaciones como Amnistía Internacional, Human Rights Watch y la Organización Internacional del Trabajo documentaron abusos, salarios impagos, pasaportes retenidos y muertes de obreros, y presionaron por reformas. A partir de 2017, y con el acompañamiento de la OIT, Catar introdujo cambios significativos: fue el primer país del golfo en abolir el requisito del certificado de no objeción para cambiar de trabajo, eliminó los permisos de salida para la mayoría de los trabajadores y estableció en 2020 un salario mínimo mensual (1.000 riales, vigente desde marzo de 2021). Los propios organismos, no obstante, advirtieron que la implementación fue desigual y que muchos problemas persistieron. Es una parte real, y no menor, de la historia reciente del país.

En el plano regional, Catar vivió entre 2017 y 2021 su mayor crisis diplomática: el 5 de junio de 2017, Arabia Saudita, los Emiratos Árabes Unidos, Baréin y Egipto rompieron relaciones e impusieron un bloqueo terrestre, marítimo y aéreo, acusando a Doha de apoyar el terrorismo y de acercarse a Irán. Lejos de doblegarse, Catar reorientó su comercio, estrechó lazos con Turquía e Irán y resistió tres años y medio, hasta que el 5 de enero de 2021 la Declaración de Al-Ula, firmada en la cumbre del Consejo de Cooperación del Golfo, puso fin al conflicto y reabrió las fronteras. Hoy, bajo el emir Tamim bin Hamad Al Thani, Catar es una monarquía absoluta próspera y con peso diplomático muy superior a su tamaño: mediador en conflictos internacionales, potencia energética global y sede de grandes eventos, un país que en apenas un siglo pasó del hambre de las perlas a la opulencia del gas, sin haber terminado de saldar las tensiones entre su vertiginosa riqueza, su régimen político y los derechos de quienes lo construyeron.

https://en.wikipedia.org/wiki/Qatarhttps://www.hrw.org/news/2020/09/24/qatar-significant-labor-https://en.wikipedia.org/wiki/2017%E2%80%932021_Qatar_diplomhttps://en.wikipedia.org/wiki/2022_FIFA_World_Cup

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📚 Bibliografía

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