Hay pocas ciudades en el mundo donde la naturaleza y la vida urbana se abracen con tanta belleza como en Río de Janeiro. La 'Cidade Maravilhosa' se despliega entre morros cubiertos de selva atlántica, playas de arena clara que se pierden en el horizonte y la enorme Bahía de Guanabara, todo coronado por dos íconos que se ven desde casi cualquier punto: el Cristo Redentor con los brazos abiertos sobre el Corcovado y el inconfundible Pão de Açúcar. Ese paisaje espectacular —el 'paisaje carioca entre la montaña y el mar'— es Patrimonio Mundial de la Unesco desde 2012.
Pero Río no es solo postal: es energía, calle y cultura. Es Copacabana e Ipanema con su vereda de mosaicos en olas, sus quioscos, su agua de coco y su ritual del atardecer; es la bohemia de Lapa con sus arcos coloniales y su samba en vivo; es la bajada del bondinho por las calles empinadas de Santa Teresa; es la explosión de color de la Escadaria Selarón; y es, por supuesto, el Carnaval, la fiesta popular más famosa del planeta, con sus escuelas de samba desfilando por el Sambódromo. El carioca vive de cara al mar y a la música, y contagia esa alegría.
Esta guía recorre lo esencial de Río con mirada práctica y cálida: cómo subir al Cristo y al Pão de Açúcar, qué playas elegir, dónde ver el mejor atardecer, cómo moverse, qué barrios visitar y cómo hacerlo con sentido común en materia de seguridad. Río es una ciudad grande, intensa y a veces caótica, pero con un poco de planificación regala algunos de los días más inolvidables de cualquier viaje por Brasil.
El nombre de la ciudad nace de un malentendido geográfico. El 1 de enero de 1502, una expedición portuguesa llegó a la entrada de una enorme bahía —la que los pueblos originarios llamaban Guanabara— y, creyendo que era la desembocadura de un gran río, la bautizó 'Rio de Janeiro' (Río de Enero), porque en el portugués de la época también se llamaba 'río' a ese tipo de entradas de mar y era el mes de enero. Antes de los europeos, la región estaba habitada por los tupinambás. A mediados del siglo XVI, los franceses intentaron instalar acá la colonia de la 'França Antártica', aliándose con indígenas tamoios. Para expulsarlos, los portugueses fundaron la ciudad de São Sebastião do Rio de Janeiro el 1 de marzo de 1565, de la mano de Estácio de Sá. Con el ciclo del oro de Minas Gerais en el siglo XVIII, Río ganó importancia como puerto y, en 1763, se convirtió en capital del Brasil colonial, desplazando a Salvador. Su momento más glorioso llegó en 1808, cuando la Corte portuguesa, huyendo de Napoleón, se instaló en la ciudad y la transformó en capital de todo el Imperio portugués. Río fue capital del Brasil independiente y de la República hasta 1960, cuando ese rol pasó a la flamante Brasilia. A comienzos del siglo XX, las grandes reformas urbanas del intendente Pereira Passos la modernizaron 'a la parisina', abriendo avenidas y construyendo joyas como el Theatro Municipal. De su mezcla única de pueblos nació la cultura carioca: el samba, el Carnaval, la bossa nova. La historia completa está en nuestra página de historia.
Leer la historia completa ↓Si tenés un solo día, hacé una excursión guiada el primero: te ordena el resto del viaje y te evita caminar de más. Nosotros las buscamos en Civitatis: son con guía en español y se reserva online sin vueltas. En Rio De Janeiro tienen más de 50 excursiones. Y acá hay free tours: reservás sin pagar nada y al final le dejás al guía lo que te parezca, así que probar no te cuesta. Abajo te dejo tres para que veas de qué se trata: tocá cualquiera y se abren todas.
Si reservás desde acá nos queda una comisión y a vos no te cuesta más. Precios y disponibilidad los pone Civitatis.
Sin precios exactos: escala de $ (económico) a $$$$$ (lujo), con 2-3 opciones por categoría.
Origen, formación y qué dicen las fuentes.
El nombre de Río de Janeiro nace, curiosamente, de un equívoco geográfico. El 1 de enero de 1502, una expedición portuguesa de reconocimiento que recorría la costa recién avistada por Pedro Álvares Cabral llegó a la entrada de una enorme bahía: la que los pueblos originarios llamaban Guanabara. Los navegantes, al ver esa gran abertura de agua que se internaba en la tierra, creyeron que se trataba de la desembocadura de un río caudaloso. Como era el primer día del mes de enero —'janeiro' en portugués—, bautizaron el lugar como 'Rio de Janeiro', el 'Río de Enero'.
Hay un detalle lingüístico que explica el error y lo vuelve menos burdo de lo que parece. En el portugués náutico de la época, era común llamar 'río' (o 'ría') no solo a los cursos de agua, sino también a ciertas grandes entradas de mar y estuarios. De modo que llamar 'río' a una bahía no era tan extraño para aquellos marinos. Lo que sí quedó fijado para siempre fue el nombre: cuando, décadas más tarde, se fundó la ciudad junto a esa bahía, heredó el topónimo de aquel enero de 1502.
La bahía, en cambio, conservó su nombre indígena: Guanabara, palabra de origen tupí que suele traducirse como 'seno del mar' o 'brazo de mar', y que refleja cómo la veían sus habitantes originarios. Así, la geografía de Río guarda en sus nombres la huella de los dos mundos que se encontraron en sus orillas: el portugués 'Río de Janeiro' de la ciudad y el tupí 'Guanabara' de la bahía.
Mucho antes de que existiera ciudad alguna, las orillas de la bahía de Guanabara estaban habitadas por pueblos de lengua tupí, principalmente los tupinambás (y, en alianzas cambiantes, los tamoios). Vivían de la pesca, la caza, la recolección y el cultivo de la mandioca, en aldeas repartidas por la costa, las islas y los morros de la región. Para ellos, la bahía y sus alrededores eran un territorio rico y conocido mucho antes de la llegada de los europeos.
Los primeros en intentar instalarse de forma estable no fueron los portugueses, sino los franceses. En 1555, una expedición comandada por el vicealmirante Nicolas Durand de Villegagnon fundó en una isla de la bahía la colonia de la 'França Antártica' ('France Antarctique'), un proyecto que buscaba establecer una presencia francesa —y un refugio para protestantes hugonotes— en el Atlántico Sur. Los franceses se aliaron con los tamoios locales, enemistados con los portugueses, lo que convirtió a la bahía de Guanabara en un escenario de disputa colonial.
Para expulsar a los franceses y asegurar el territorio, la Corona portuguesa decidió fundar una ciudad fortificada. La tarea recayó en Estácio de Sá, sobrino del gobernador general Mem de Sá. El 1 de marzo de 1565, Estácio de Sá fundó la ciudad de São Sebastião do Rio de Janeiro, en un istmo entre el Morro Cara de Cão y el Pão de Açúcar, levantando una empalizada defensiva. Siguieron años de combates contra franceses y tamoios; en 1567 las fuerzas portuguesas —con el apoyo de los jesuitas Manuel da Nóbrega y José de Anchieta y de indígenas aliados— lograron la victoria decisiva, aunque Estácio de Sá murió a causa de una herida recibida en combate. La ciudad fue entonces trasladada al Morro do Castelo, donde echó raíces definitivas.
Durante sus primeros dos siglos, Río de Janeiro fue una ciudad importante pero secundaria dentro del Brasil colonial, cuya capital era Salvador, en Bahía. La región carioca giraba en torno a su puerto, a los ingenios de azúcar de los alrededores y a la defensa de la entrada de la bahía de Guanabara, fortificada para protegerla de ataques de potencias rivales y piratas. Todo cambió con un acontecimiento que reordenó la economía de toda la colonia: el descubrimiento de oro y, más tarde, de diamantes en la región de Minas Gerais, a fines del siglo XVII.
El llamado 'ciclo del oro' atrajo a una enorme cantidad de gente al interior del centro-sur de Brasil y volcó hacia esa región el eje económico de la colonia. Y Río de Janeiro, por su ubicación, se convirtió en la puerta natural de salida de esa riqueza: el oro de Minas bajaba por los caminos hacia el puerto carioca, desde donde partía rumbo a Portugal. La ciudad creció, se enriqueció y ganó una importancia estratégica que Salvador, más alejada de las minas, ya no tenía.
La consecuencia política llegó en 1763: por determinación de la Corona portuguesa —en tiempos del rey Don José I y de su poderoso ministro, el futuro Marqués de Pombal—, la capital del Estado de Brasil se trasladó de Salvador a Río de Janeiro. La decisión reconocía la nueva realidad económica y respondía también a necesidades militares, ya que desde Río se podía apoyar mejor a las fuerzas portuguesas en las disputas con España por el sur del continente. A partir de entonces, Río fue el centro político y administrativo de la mayor colonia portuguesa de América, un papel que prepararía el terreno para su época más brillante.
El acontecimiento que transformó a Río de Janeiro para siempre ocurrió en 1808. Huyendo de las tropas de Napoleón, que avanzaban sobre Portugal, la familia real portuguesa entera —encabezada por el príncipe regente Don João (futuro Don João VI) y la reina Doña María I— cruzó el Atlántico con buena parte de la nobleza de Lisboa y se instaló en Río de Janeiro. Por primera y única vez en la historia, una capital europea se trasladaba a una de sus colonias: Río pasó a ser la sede de la Corte y, de hecho, la capital de todo el Imperio portugués.
La llegada de la Corte produjo una metamorfosis acelerada. La ciudad, hasta entonces una capital colonial relativamente modesta, se llenó de instituciones que cambiaron su rostro: se abrieron los puertos al comercio con las naciones amigas (rompiendo el monopolio portugués), se fundaron el Banco do Brasil, la Imprensa Régia (la primera imprenta del país), la Biblioteca Real, el Jardín Botánico, escuelas, academias y teatros. En 1815, el propio reino se reorganizó y Brasil fue elevado a la categoría de Reino Unido de Portugal, Brasil y los Algarves, con Río como capital.
Cuando Don João VI regresó a Portugal en 1821, dejó a su hijo Pedro como regente. Al año siguiente, en 1822, Pedro proclamó la independencia de Brasil y fue coronado emperador: Río de Janeiro se convirtió entonces en la capital del Imperio del Brasil. Durante todo el siglo XIX, como capital imperial, la ciudad fue el corazón político, cultural y económico del país: aquí gobernaron Don Pedro I y Don Pedro II, y aquí se vivieron los grandes acontecimientos del Imperio, hasta la abolición de la esclavitud en 1888 y la proclamación de la República en 1889.
Con la proclamación de la República en 1889, Río de Janeiro siguió siendo la capital del país, ahora como Distrito Federal de la República de los Estados Unidos del Brasil. Era una ciudad enorme y contradictoria: cosmopolita y elegante en algunas zonas, pero también superpoblada, con calles estrechas heredadas de la época colonial y graves problemas sanitarios, con epidemias de fiebre amarilla y viruela que afectaban su imagen y su comercio.
A comienzos del siglo XX llegó la gran transformación. Entre 1902 y 1906, el intendente (alcalde) Francisco Pereira Passos llevó adelante una reforma urbana radical, inspirada en la París remodelada por el barón Haussmann. Pereira Passos demolió manzanas enteras del viejo centro colonial para abrir grandes avenidas —como la Avenida Central (hoy Avenida Rio Branco)—, ensanchar calles, sanear la ciudad y dotarla de edificios monumentales de estilo ecléctico. De esa época son joyas como el Theatro Municipal, la Biblioteca Nacional y el Museu Nacional de Belas Artes. La reforma modernizó y embelleció Río, pero también tuvo un costo social alto: miles de familias pobres fueron expulsadas del centro, lo que empujó la expansión de los morros y el crecimiento de las favelas.
Río siguió siendo la capital de Brasil durante casi toda la primera mitad del siglo XX, y fue escenario de la vida política y cultural del país. El cambio llegó en 1960: ese año se inauguró Brasilia, la nueva capital construida en el interior para impulsar el desarrollo del centro del país, y Río dejó de ser la capital nacional. La ciudad se convirtió primero en el efímero estado de Guanabara y, en 1975, se fusionó con el antiguo estado de Río de Janeiro, del que pasó a ser la capital. Aunque perdió el rango de capital nacional, Río conservó su peso simbólico, cultural y turístico como una de las ciudades más emblemáticas del mundo.
La identidad de Río no se explica solo por su historia política, sino sobre todo por su cultura, nacida del encuentro y la mezcla de pueblos: indígenas, portugueses y, de manera decisiva, africanos. La presencia africana —fruto de siglos de esclavitud, ya que Río fue uno de los mayores puertos esclavistas de América, como recuerda el Cais do Valongo, hoy Patrimonio Mundial— dejó una huella profunda en la música, la religiosidad, la danza y la cocina cariocas.
De ese crisol nació el samba, el género musical que se convirtió en símbolo de Brasil. A comienzos del siglo XX, en los barrios populares y los morros de Río, comunidades de origen africano dieron forma al samba moderno; en 1928 se fundó la primera escuela de samba (Deixa Falar, antecesora de las grandes escuelas) y el Carnaval carioca empezó a transformarse en el espectáculo que conocemos hoy. Los desfiles de las escuelas de samba —desde 1984 en el Sambódromo Marquês de Sapucaí, obra de Oscar Niemeyer— convirtieron al Carnaval de Río en la mayor fiesta popular del mundo. Décadas más tarde, en los años cincuenta y sesenta, los barrios de la Zona Sur vieron nacer la bossa nova, esa fusión sofisticada de samba y jazz inmortalizada en canciones como 'Garota de Ipanema'.
Esa riqueza cultural convive con un paisaje natural extraordinario, y la combinación de ambos fue finalmente reconocida por la humanidad entera. El 1 de julio de 2012, la Unesco inscribió en su lista de Patrimonio Mundial el sitio 'Río de Janeiro, paisajes cariocas entre la montaña y el mar', un bien clasificado como 'paisaje cultural'. La distinción reconoce la manera singular en que la ciudad se integró con su entorno natural espectacular —el Corcovado con el Cristo Redentor, el Pão de Açúcar, la Floresta da Tijuca, la bahía de Guanabara, las playas de Copacabana e Ipanema—, y cómo ese escenario inspiró formas de cultura urbana, música y arte que hicieron de Río una ciudad única en el mundo.