Porto Velho es la capital de Rondônia y una de las grandes ciudades del oeste amazónico, asomada al imponente río Madeira, el mayor afluente del Amazonas. Es una urbe joven y pujante, surgida y crecida al calor de uno de los episodios más épicos y trágicos de la historia de Brasil: la construcción de la Ferrovia Madeira-Mamoré, el 'ferrocarril del diablo', una obra faraónica levantada en plena selva a comienzos del siglo XX a costa de miles de vidas.
Hoy, esa historia es el corazón de su patrimonio: las viejas locomotoras, los galpones y el museo ferroviario, junto al malecón sobre el Madeira, cuentan la epopeya del caucho, los inmigrantes de medio mundo y la lucha contra la selva. Porto Velho es también una ciudad de frontera y de paso, puerta hacia Bolivia, hacia el Acre y hacia el interior amazónico, con la energía mestiza de las regiones que crecieron de prisa en el corazón de la selva.
Esta guía recorre Porto Velho con mirada práctica: qué ver en la ciudad y su entorno, cómo se llega y se mueve, cuándo conviene viajar y cómo aprovecharla como base o escala en un viaje por la Amazonía occidental. No es un destino de postales clásicas, pero quien sabe mirar encuentra aquí una de las historias más fascinantes de la conquista de la selva y la vida cotidiana del río Madeira.
La región del río Madeira estuvo habitada por diversos pueblos indígenas mucho antes de la llegada de los europeos. Porto Velho como ciudad nació a comienzos del siglo XX, ligada de manera indisoluble a la construcción de la Ferrovia Madeira-Mamoré, el ferrocarril que se levantó para sortear las cachoeiras (rápidos) del río Madeira y permitir la salida del caucho boliviano y del oeste amazónico hacia el Atlántico. La obra, retomada por empresarios estadounidenses entre 1907 y 1912, atrajo a miles de trabajadores de todo el mundo y se cobró un altísimo número de muertes por la malaria, la fiebre amarilla y las durísimas condiciones de la selva, lo que le valió el apodo de 'ferrocarril del diablo'. Alrededor de la cabecera del ferrocarril creció el poblado de Porto Velho ('puerto viejo'), que se convirtió en ciudad. Tras el declive del caucho y, más tarde, el cierre del ferrocarril, la región vivió nuevos ciclos económicos: la extracción de minerales (como el oro y el estaño/casiterita), la migración impulsada por la apertura de la carretera BR-364, que pobló Rondônia, y la conversión de Porto Velho en capital cuando el territorio fue elevado a estado en 1981. En el siglo XXI, la construcción de las grandes represas hidroeléctricas de Santo Antônio y Jirau sobre el Madeira transformó nuevamente la región, con fuertes debates ambientales y sociales. La historia completa está en nuestra página de historia.
Leer la historia completa ↓El estado de la Amazonia occidental abierto en el siglo XX: tierra del caucho y del 'ferrocarril del diablo' Madeira-Mamoré, que costó miles de vidas. Lleva el nombre del mariscal Rondon, protector de los indígenas, y fue el gran destino de la colonización amazónica dirigida de los años 70 y 80.
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Origen, formación y qué dicen las fuentes.
La historia de Porto Velho es inseparable del río Madeira, el mayor afluente del río Amazonas y uno de los más caudalosos del mundo. Su nombre, 'Madeira' (madera, en portugués), alude a la enorme cantidad de troncos y vegetación que el río arrastra durante sus crecidas. Sus aguas, cargadas de sedimentos andinos, lo convierten en un río de 'aguas blancas', muy distinto de los ríos de aguas negras como el Río Negro.
Mucho antes de la llegada de los europeos, la cuenca del Madeira estaba habitada por numerosos pueblos indígenas, pertenecientes a distintas familias lingüísticas, que vivían de la pesca, la caza, la recolección y el cultivo en las márgenes y los afluentes del río. La región, en el suroeste de la Amazonía, era un territorio de gran riqueza natural y de complejas redes de poblamiento, parte de las cuales perviven hoy en las tierras indígenas de Rondônia.
El alto curso del Madeira presentaba un obstáculo natural decisivo para la navegación: una larga sucesión de cachoeiras (rápidos y saltos) que hacían imposible remontar el río en barco más allá de cierto punto. Ese accidente geográfico, que durante siglos limitó la penetración y el comercio, sería precisamente la razón que daría origen, a comienzos del siglo XX, a una de las obras más épicas de la historia de Brasil y a la propia ciudad de Porto Velho.
El nacimiento de Porto Velho está ligado de manera indisoluble a una de las epopeyas más trágicas de la historia de la ingeniería: la construcción de la Estrada de Ferro Madeira-Mamoré (EFMM). El objetivo de la obra era sortear por tierra las decenas de cachoeiras que hacían innavegable el alto río Madeira, para permitir la salida del caucho producido en el oeste amazónico y, sobre todo, en Bolivia, hacia el Atlántico. La cuestión tenía una dimensión geopolítica: tras la cesión del Acre por parte de Bolivia a Brasil (Tratado de Petrópolis, 1903), Brasil se comprometió a construir el ferrocarril como compensación, para dar a Bolivia una salida para sus productos.
La construcción definitiva del ferrocarril se llevó adelante entre 1907 y 1912, encabezada por empresarios e ingenieros estadounidenses. La obra atrajo a una verdadera Babel de trabajadores: miles de hombres de decenas de nacionalidades —caribeños, europeos, asiáticos, brasileños de todas las regiones— llegaron a la selva para tender los rieles. Las condiciones eran infernales: la malaria, la fiebre amarilla, la disentería, los accidentes y el clima implacable mataron a una cantidad enorme de trabajadores. La leyenda popular —que dice que había 'un muerto por cada durmiente' de la vía— exagera las cifras, pero refleja la magnitud de la tragedia que le valió al ferrocarril el sobrenombre de 'ferrocarril del diablo' o 'ferrocarril de los muertos'.
Alrededor de la cabecera del ferrocarril, sobre el río Madeira, creció un campamento que se transformó en poblado y luego en ciudad: Porto Velho ('puerto viejo'). La ironía histórica es que, para cuando el ferrocarril se completó en 1912, el ciclo del caucho amazónico ya estaba en plena crisis, derrumbado por la competencia de las plantaciones del sudeste asiático. La obra que tantas vidas había costado nacía, en buena medida, obsoleta.
Una vez completado en 1912, el ferrocarril Madeira-Mamoré funcionó durante varias décadas, pero nunca llegó a cumplir las expectativas económicas que habían justificado su construcción, en buena medida porque el colapso del caucho amazónico había arruinado su razón de ser. Aun así, Porto Velho, nacida como su cabecera, se consolidó como núcleo urbano y centro de la región del Madeira.
Durante la primera mitad del siglo XX, la ciudad y su entorno vivieron al ritmo de los altibajos de la economía amazónica. Hubo un breve repunte del caucho durante la Segunda Guerra Mundial —cuando los aliados, privados del caucho asiático ocupado por Japón, impulsaron de nuevo la extracción amazónica con los llamados 'soldados de la goma'—, lo que reactivó parcialmente la región y el ferrocarril. Pero, pasada la guerra, volvió la decadencia.
El ferrocarril Madeira-Mamoré fue finalmente desactivado y clausurado en la década de 1960-1970, poniendo fin a más de medio siglo de historia. Sus locomotoras, galpones y estaciones, lejos de desaparecer del todo, quedaron como testimonio de aquella epopeya y son hoy el principal patrimonio histórico de Porto Velho, convertidos en complejo y museo. La memoria del 'ferrocarril del diablo' sigue siendo el alma de la identidad de la ciudad.
La gran transformación de Porto Velho y de toda la región llegó en la segunda mitad del siglo XX con la integración por tierra. La apertura y, más tarde, la pavimentación de la carretera BR-364, que conecta Porto Velho con Cuiabá y el Centro-Oeste, desató un proceso de colonización y migración masiva hacia el antiguo Territorio Federal de Rondônia, impulsado por las políticas de ocupación de la Amazonía y por la promesa de tierras.
Entre las décadas de 1970 y 1980, cientos de miles de migrantes —especialmente del sur y el sudeste de Brasil— llegaron por la BR-364 buscando tierras y oportunidades, en uno de los procesos de poblamiento más acelerados de la Amazonía. Esa migración multiplicó la población, transformó el paisaje (con el avance de la agricultura y la ganadería sobre la selva) y dio a Porto Velho y a Rondônia su característico mestizaje de gentes de todo el país, sumadas a los pueblos indígenas y a los bolivianos de la frontera.
Ese crecimiento llevó a la reorganización político-administrativa: en 1981, el Territorio Federal de Rondônia fue elevado a la categoría de estado de la federación brasileña, y Porto Velho se convirtió en su capital. La rápida colonización trajo desarrollo, pero también graves problemas: deforestación, conflictos por la tierra, presión sobre los pueblos indígenas y especulación. Porto Velho consolidó así su rol de capital de un estado joven, dinámico y atravesado por las tensiones típicas de la frontera amazónica.
En el siglo XXI, un nuevo ciclo transformó otra vez el río y la región: la construcción de grandes usinas hidroeléctricas sobre el río Madeira. Las represas de Santo Antônio, muy cerca de Porto Velho, y de Jirau, más aguas arriba, fueron levantadas para generar energía a gran escala en el marco de los planes de expansión eléctrica de Brasil. Las obras, de enorme magnitud, alteraron por completo el régimen del río que durante siglos había estado marcado por las cachoeiras.
La construcción de estas megarrepresas en plena Amazonía generó —y sigue generando— intensos debates ambientales y sociales. Entre las preocupaciones figuran el impacto sobre la fauna acuática (especialmente la migración de los peces, base de la economía y la alimentación ribereña), la inundación de áreas, los efectos sobre las comunidades desplazadas, los pueblos indígenas y las poblaciones tradicionales, y los cambios en la dinámica del río. La llegada de obras de tal envergadura también provocó un fuerte crecimiento poblacional y urbano en Porto Velho.
Así, la historia de Porto Velho dibuja un arco fascinante: de las cachoeiras que mataban hombres y justificaron el 'ferrocarril del diablo', a las gigantescas represas que las domesticaron un siglo después. La ciudad encarna, como pocas, los sucesivos ciclos de la conquista y la transformación de la Amazonía —el caucho, el ferrocarril, la migración, la minería, las represas—, con todo lo que tienen de epopeya, de progreso y de conflicto. Hoy, Porto Velho mira al futuro entre el desarrollo y el desafío de preservar la selva que la rodea.