Gobustan es una de las excursiones más fascinantes que se pueden hacer desde Bakú, y una de las más antiguas del mundo en un sentido literal: en sus rocas hay grabados de hasta 40.000 años, hechos por cazadores y pastores que vivieron aquí cuando el paisaje era muy distinto. Es un parque nacional y reserva Patrimonio de la Humanidad, en un anfiteatro de peñascos sobre el Caspio, donde miles de petroglifos cuentan la vida de aquellas gentes: cacerías, danzas rituales, barcas de juncos, animales hoy extinguidos en la zona y hasta escenas que parecen ceremonias.
A pocos kilómetros, y en total contraste, está el otro gran atractivo: la mayor concentración de volcanes de lodo activos del planeta. No son volcanes de fuego, sino cráteres que expulsan barro frío, agua y gas desde las profundidades, formando conos, burbujas que estallan y un paisaje gris, agrietado y casi lunar. Verlos borbotear, meter el dedo en el barro fresco y caminar entre los cráteres es una experiencia rara y divertida, muy fotogénica, sobre todo al atardecer.
Esta guía te ayuda a organizar la visita a Gobustan con sentido práctico: cuánto cuesta la entrada al museo y a la reserva, cómo llegar a los volcanes de lodo (que tienen su truco), cuándo ir para no achicharrarse y cómo combinarlo con la península de Absheron. Es un plan que junta arqueología profunda y geología extravagante a una hora de la capital, y uno de los grandes imprescindibles de Azerbaiyán.
Los petroglifos de Gobustan son uno de los grandes tesoros arqueológicos del mundo: más de seis mil grabados repartidos por las rocas, con una antigüedad que va desde hace unos 40.000 años hasta la Edad Media, testimonio continuo de la vida humana en esta tierra durante decenas de milenios. Los descubrió y estudió sobre todo el arqueólogo azerbaiyano Ishag Jafarzade a partir de los años cuarenta del siglo XX, y en 2007 la Unesco los declaró Patrimonio de la Humanidad. En una de las piedras hay incluso una inscripción latina, dejada por una legión romana del emperador Domiciano en el siglo I, la más oriental que se conoce del Imperio Romano. Junto al arte rupestre, la zona guarda los volcanes de lodo, un fenómeno geológico ligado a los mismos yacimientos de gas y petróleo que hicieron de Azerbaiyán la 'tierra del fuego'. Esa larguísima historia, de los cazadores del Paleolítico a los romanos y la geología del Caspio, está contada en nuestra página de historia.
Leer la historia completa ↓La capital frente al Caspio y su entorno de fuego eterno: la ciudad amurallada Patrimonio de la Humanidad y las Torres de la Llama conviven con los petroglifos milenarios de Gobustan y las laderas ardientes de Absheron, corazón zoroástrico de la Tierra del Fuego.
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Origen, formación y qué dicen las fuentes.
La historia de Gobustan no se cuenta en siglos, sino en decenas de miles de años. En estos peñascos calizos sobre el mar Caspio, el ser humano dejó su huella desde el Paleolítico superior, hace unos 40.000 años, y siguió haciéndolo, sin apenas interrupción, hasta la Edad Media. El resultado es uno de los conjuntos de arte rupestre más ricos y continuos del planeta: más de seis mil grabados repartidos por más de un millar de rocas, que forman un archivo visual de la vida humana en esta tierra durante casi toda la prehistoria.
El paisaje de entonces no era el semidesierto seco de hoy. Durante buena parte de ese tiempo, el clima de la región fue más húmedo y templado, con más vegetación, ríos y abundante fauna. Los grabados lo reflejan: en las rocas aparecen toros salvajes, gacelas, cabras, ciervos, caballos, camellos, leones e incluso animales que hoy no existen en la zona, además de escenas de caza con arcos y lanzas, y figuras humanas de las que se deduce cómo vivían, cazaban y se organizaban aquellos grupos. Es, literalmente, un cuaderno de dibujo de nuestros antepasados más remotos.
Entre las imágenes más famosas están las filas de figuras humanas cogidas en actitud de danza, que los especialistas relacionan con la yalli, una danza colectiva en círculo que todavía se baila en Azerbaiyán: una tradición que, si la conexión es cierta, tendría miles de años. También llaman la atención unas barcas de juncos con una figura solar en la proa, que el explorador noruego Thor Heyerdahl estudió con interés, especulando con antiguas rutas de navegación por el Caspio. Gobustan es así una de las ventanas más profundas que existen a la mente y la vida del ser humano prehistórico.
Aunque los grabados llevaban milenios en las rocas, su estudio científico es reciente. Fue en los años cuarenta del siglo XX, en plena época soviética, cuando el arqueólogo azerbaiyano Ishag Jafarzade emprendió la exploración y catalogación sistemática de los petroglifos de Gobustan, revelando al mundo la magnitud del yacimiento. A partir de entonces, generaciones de arqueólogos han seguido documentando los grabados, excavando refugios y cuevas donde vivieron aquellas gentes, y encontrando herramientas, restos de hogares y objetos que completan el retrato de la vida en la zona.
Esas excavaciones mostraron que Gobustan no fue solo un lugar de paso, sino un espacio habitado de forma prolongada, con campamentos y refugios bajo las rocas, y probablemente también un lugar de reunión y de rito. La combinación de arte, restos de vivienda y elementos como la 'piedra musical' Gaval Dash, que suena al golpearla y pudo acompañar ceremonias, sugiere que aquí no solo se sobrevivía: también se celebraba y se creía.
En 2007, la Unesco declaró el paisaje cultural de arte rupestre de Gobustan Patrimonio de la Humanidad, reconociendo su valor universal excepcional como testimonio de la evolución de la humanidad durante un período larguísimo. Hoy la reserva está protegida y cuenta con un moderno museo que hace accesible al gran público esta historia inmensa, y es uno de los sitios más visitados de Azerbaiyán, a una hora de Bakú.
Entre los miles de grabados prehistóricos, Gobustan guarda un tesoro histórico de otra clase, mucho más 'reciente' pero de enorme significado: una inscripción en latín tallada por soldados romanos en el siglo I de nuestra era. El texto, grabado en una roca, alude a soldados de una legión romana (asociada tradicionalmente a la Legio XII Fulminata) en tiempos del emperador Domiciano, que reinó entre los años 81 y 96.
El dato es asombroso porque se trata de la inscripción latina más oriental que se conoce en todo el mundo. Es decir: la prueba física de que el ejército romano, o al menos un destacamento suyo, llegó hasta las orillas del mar Caspio, en el actual Azerbaiyán, mucho más lejos hacia el este de lo que solemos asociar con las fronteras del Imperio. Probablemente estuviera vinculado a las campañas y alianzas romanas en la región del Cáucaso, un territorio disputado entre Roma y el Imperio Persa (parto y luego sasánida) durante siglos.
La imagen es poderosa: unos legionarios romanos, a miles de kilómetros de casa, dejando su marca en la misma piedra donde, decenas de milenios antes, los cazadores del Paleolítico habían grabado sus escenas de caza y sus danzas. Gobustan condensa así, en un mismo lugar, la enorme profundidad de la historia humana y el papel del sur del Cáucaso como frontera y cruce de los grandes imperios de la Antigüedad.
El otro gran protagonista de Gobustan no es humano, sino geológico: los volcanes de lodo. Azerbaiyán concentra la mayor cantidad de volcanes de lodo activos del mundo (se calculan varios cientos, entre tierra firme y el fondo del Caspio), y muchos de los más accesibles están en la zona de Gobustan. No tienen nada que ver con los volcanes de fuego: son estructuras que expulsan barro frío, agua salada, sedimentos y, sobre todo, gas natural, desde grandes profundidades del subsuelo.
El mecanismo está directamente ligado a lo que hizo famoso a Azerbaiyán como 'tierra del fuego': el enorme volumen de hidrocarburos (petróleo y gas) atrapado bajo estas tierras. La presión del gas empuja hacia arriba una mezcla de agua y arcilla que, al salir a la superficie, forma conos, cráteres y lagunas de lodo que burbujean sin cesar y de vez en cuando 'estallan'. En ocasiones, cuando el gas que emiten se inflama, algunos de estos volcanes llegan a lanzar llamaradas espectaculares, uniendo de forma literal el barro y el fuego.
Así, los volcanes de lodo de Gobustan no son una curiosidad separada de la historia de la región, sino otra cara del mismo fenómeno que definió su destino. El gas que empuja el barro es hermano del que alimentaba los fuegos eternos de Absheron, venerados por los zoroastrianos, y del petróleo que, siglos después, hizo de Bakú la capital mundial del crudo. En Gobustan, la larguísima historia de la humanidad y la fuerza geológica de la 'tierra del fuego' se dan la mano en un mismo paisaje seco, agrietado y sobrecogedor a orillas del Caspio.