Mucho antes de que existiera el nombre Azerbaiyán, el territorio al norte del río Aras estuvo habitado desde el Paleolítico: los petroglifos de Gobustan, con grabados de hasta doce mil años que muestran cazadores, barcas y danzas rituales, son uno de los testimonios de arte rupestre más antiguos y densos del mundo. Sobre ese sustrato milenario floreció, hacia los siglos IV y III antes de nuestra era, el reino de la Albania caucásica (sin relación con la Albania balcánica), un Estado que agrupaba a decenas de tribus y cuya primera capital fue Gabala, en el actual distrito de Qabala, trasladada más tarde hacia el sur, a Partaw, la actual Barda.
La Albania caucásica fue uno de los primeros Estados del mundo en adoptar el cristianismo, ya a comienzos del siglo IV, y desarrolló un alfabeto y una liturgia propios. Pero la región cargaba además con una impronta espiritual más antigua y singular, ligada a su extraordinaria geología. En la península de Absheron y en amplias zonas del país, el gas natural del subsuelo aflora a la superficie y se enciende de forma espontánea, creando fuegos perpetuos que arden sin combustible visible. Esas llamas naturales convirtieron a la región en un lugar sagrado para el zoroastrismo, la antigua religión persa que veneraba el fuego como símbolo de la pureza divina.
De allí proviene, según la etimología más difundida, el propio nombre del país: Azerbaiyán derivaría de una raíz persa vinculada al fuego (azar) y, a través de la figura del sátrapa Atropates, a la idea de tierra guardada por el fuego sagrado. Los templos del fuego y las laderas ardientes como Yanardag mantuvieron viva esa fama durante siglos, atrayendo peregrinos zoroástricos, hindúes y sijs desde Persia y la India hasta bien entrada la época moderna. La Tierra del Fuego no es, por lo tanto, un eslogan reciente, sino una identidad que hunde sus raíces en la prehistoria y en la religión más antigua de la meseta iraní.
En el siglo VII, la expansión árabe alcanzó el Cáucaso: hacia mediados de esa centuria los ejércitos del Califato sometieron la Albania caucásica y toda la región quedó incorporada al mundo islámico. La islamización fue gradual pero profunda, y el árabe convivió con el persa como lengua de cultura. La antigua identidad albanocaucásica se fue diluyendo, absorbida en parte por la Iglesia armenia y en parte por la nueva civilización musulmana, mientras la población local abrazaba mayoritariamente el islam, que sigue siendo hoy la religión predominante del país, con amplia mayoría chií.
Entre los siglos XI y XII, oleadas de pueblos turcos —sobre todo los selyúcidas oghuz— se asentaron en la región y transformaron para siempre su composición étnica y lingüística: de esa fusión entre el sustrato local, la lengua turca y la altísima cultura persa nació el pueblo azerí y su idioma, una lengua túrquica escrita durante siglos con caracteres árabes. Fue una época de esplendor cultural bajo dinastías turco-persas como los atabegs eldiguzíes de Azerbaiyán, que gobernaron desde Ganja y Nakhchivan y convirtieron a la región en un foco brillante de la civilización islámica.
El símbolo máximo de aquel florecimiento es Nizami Ganyaví (c. 1141-1209), nacido y muerto en Ganja, considerado el mayor poeta épico romántico de la lengua persa. Sus cinco grandes poemas, reunidos en el Jamsé o Quinteto —entre ellos Layla y Majnún y Las siete princesas—, son cumbres de la literatura universal y consagraron a Nizami como una gloria nacional celebrada hasta hoy con museos y mausoleos. Su figura resume la naturaleza profundamente persa de la alta cultura azerí medieval, un rasgo que, siglos más tarde, reforzaría la dinastía safávida: fundada en 1501 por Shah Ismail I —de origen y lengua azeríes—, convirtió el chiismo en religión de Estado en todo el mundo persa y ató el destino de Azerbaiyán al de Irán durante más de tres siglos.
Durante buena parte de la Edad Media, el poder local más duradero fue el de los shirvanshás, una dinastía que gobernó el reino de Shirván —el noreste del actual Azerbaiyán— durante casi ocho siglos, uno de los linajes más longevos del mundo islámico. Su capital fue durante mucho tiempo Shamakhi, rodeada de viñedos y golpeada una y otra vez por los terremotos, hasta que en el siglo XV trasladaron su corte a Bakú. Allí levantaron el majestuoso Palacio de los Shirvanshás, hoy corazón de la ciudad amurallada Ícheri Sheher (la Ciudad Vieja de Bakú), Patrimonio de la Humanidad junto con la enigmática Torre de la Doncella.
La región soportó las devastadoras invasiones mongolas del siglo XIII y las campañas de Tamerlán, y quedó luego integrada en las grandes potencias turco-persas: los Ak Koyunlu, los safávidas y, en el siglo XVIII, el efímero imperio de Nader Shah. La muerte violenta de este conquistador en 1747 provocó el colapso del poder central persa y abrió un período de fragmentación decisivo: el actual territorio de Azerbaiyán se dividió en una veintena de kanatos independientes o semiindependientes —Bakú, Shaki, Ganja, Karabaj, Guba, Shirván, Talysh, Nakhchivan, entre otros—, pequeños Estados gobernados por kanes que guerreaban entre sí y buscaban alternativamente la protección de Persia, Rusia o el Imperio otomano.
Aquella época de kanatos, pese a su inestabilidad, dejó un notable patrimonio. El kanato de Shaki, floreciente entre 1743 y 1819, hizo de la ciudad un gran centro de la seda y legó el espléndido Palacio del Kan de 1762, construido sin un solo clavo y decorado con vitrales artesanales (shebeke) y frescos, hoy Patrimonio de la Humanidad. Estos kanatos serían, muy pronto, las piezas que las grandes potencias se disputarían en el tablero del Cáucaso, y su suerte quedaría sellada por el avance imparable del Imperio ruso desde el norte.
A comienzos del siglo XIX, el Imperio ruso se lanzó a la conquista del Cáucaso meridional, lo que lo enfrentó con la Persia de la dinastía Qayar en dos largas guerras. La primera guerra ruso-persa (1804-1813) terminó con la derrota persa y el Tratado de Gulistán, firmado el 24 de octubre de 1813: por él, Persia reconocía la soberanía rusa sobre la mayor parte de los kanatos del actual Azerbaiyán —Ganja, Karabaj, Shaki, Shirván, Guba, Bakú y Lankarán, entre otros—, además del sur de Daguestán y el este de Georgia.
La segunda guerra (1826-1828) selló definitivamente el reparto. El Tratado de Turkmanchái, firmado el 10 de febrero de 1828, obligó a Persia a ceder los kanatos que aún conservaba al norte del río Aras, incluidos los de Ereván, Nakhchivan y Talysh. El resultado fue una fractura histórica de enormes consecuencias: el río Aras se convirtió en frontera, y el pueblo azerí quedó partido en dos. La mitad norte, la actual República de Azerbaiyán, pasó a ser parte del Imperio ruso; la mitad sur —donde aún hoy vive una población azerí muy numerosa, mayor incluso que la del país independiente— permaneció dentro de Irán, en la región conocida como Azerbaiyán iraní.
Bajo el dominio ruso, la sociedad azerí comenzó a transformarse. Los tratados incluyeron cláusulas que fomentaron el reasentamiento de población armenia cristiana desde Persia y el Imperio otomano hacia los territorios recién conquistados, sobre todo hacia las zonas de Ereván y Karabaj, alterando el equilibrio demográfico de una manera cuyas consecuencias estallarían un siglo y medio después. Al mismo tiempo, la incorporación al vasto mercado ruso y la llegada del capitalismo industrial prepararon el terreno para el acontecimiento que cambiaría el destino del país: el petróleo.
El petróleo aflorante de Absheron se conocía desde la antigüedad, pero fue en la segunda mitad del siglo XIX cuando se convirtió en una fuente de riqueza colosal. En 1846, cerca de Bakú, se perforó lo que suele considerarse el primer pozo petrolero del mundo, décadas antes que en Pensilvania. A partir de la década de 1870, con la llegada de la perforación industrial, Bakú vivió una fiebre del oro negro que la transformó en la capital mundial del petróleo: hacia 1901 producía más de la mitad de todo el crudo del planeta.
A esa explosión acudieron los grandes capitales de la época. Los hermanos suecos Nobel fundaron la compañía Branobel, que construyó oleoductos y el primer buque petrolero a vapor del mundo; la familia Rothschild entró en el negocio en la década de 1880. Bakú se llenó de mansiones opulentas de los magnates petroleros —los llamados "reyes del petróleo"— y, al mismo tiempo, de un proletariado industrial hacinado y multiétnico en el que se forjaron tempranas luchas obreras; un joven revolucionario llamado Stalin hizo allí sus primeras armas. Esa modernización acelerada convivió con crecientes tensiones nacionales entre azeríes y armenios, que estallaron en violencia en 1905 y de nuevo en 1918.
El derrumbe del Imperio ruso en 1917 abrió una ventana histórica. El 28 de mayo de 1918, líderes azeríes proclamaron en Tiflis la República Democrática de Azerbaiyán, con capital finalmente en Bakú. Fue un hito mundial: la primera república parlamentaria y secular de todo el mundo musulmán, que en su breve existencia estableció un parlamento electo, declaró el azerí lengua oficial, fundó la primera universidad del país y otorgó a las mujeres el derecho al voto, adelantándose a numerosas democracias occidentales. La joven república apenas sobrevivió veintitrés meses: el 28 de abril de 1920 el Ejército Rojo bolchevique entró en Bakú y puso fin a la independencia.
Absorbida en la URSS, Azerbaiyán se convirtió primero en parte de la efímera República Federativa Socialista Soviética de Transcaucasia y, desde 1936, en la República Socialista Soviética de Azerbaiyán, con Bakú como capital. Fue una de las regiones económicamente más estratégicas de toda la Unión Soviética: su petróleo alimentó la industrialización estalinista y resultó vital durante la Segunda Guerra Mundial, hasta el punto de que la conquista de los campos de Bakú fue uno de los objetivos declarados de la ofensiva alemana hacia el Cáucaso en 1942. En este período soviético se decidió también una cuestión cargada de futuro: la creación, en 1923, de la Región Autónoma de Nagorno Karabaj, un enclave de mayoría armenia dentro de la república azerbaiyana.
La era soviética industrializó y alfabetizó al país, impuso el ateísmo de Estado y cambió tres veces el alfabeto —del árabe al latino y luego al cirílico—, pero también reprimió con dureza cualquier disidencia nacional. Una figura clave emergió en esas décadas: Heydar Aliyev, jefe del KGB local y luego primer secretario del Partido Comunista de Azerbaiyán desde 1969, que se convertiría en el hombre fuerte del país durante medio siglo.
El ocaso de la URSS trajo violencia. En enero de 1990, tropas soviéticas entraron en Bakú para sofocar el movimiento independentista y reprimieron una manifestación dejando más de un centenar de muertos civiles, en la jornada recordada como el "Enero Negro". En medio de una creciente movilización nacional y ya enredado en el conflicto de Nagorno Karabaj, Azerbaiyán declaró su independencia el 30 de agosto de 1991 y la confirmó por acta constitucional el 18 de octubre de ese año, poco antes de la disolución definitiva de la Unión Soviética. El país recuperaba así, setenta años después, la soberanía perdida en 1920, pero lo hacía en las peores condiciones: en plena guerra.
El conflicto de Nagorno Karabaj es la cuestión que ha definido a la Azerbaiyán independiente. Sus raíces están en la decisión soviética de 1923 de crear una región autónoma de mayoría armenia dentro de Azerbaiyán. Con el debilitamiento de la URSS, en 1988 la población armenia del enclave reclamó su unión con Armenia, y el desacuerdo derivó en la Primera Guerra de Nagorno Karabaj (1988-1994). Aquella guerra terminó con una victoria armenia: Armenia y las fuerzas del autoproclamado Artsaj pasaron a controlar Nagorno Karabaj y siete distritos azerbaiyanos circundantes, mientras que cerca de un millón de azeríes fueron desplazados de esas zonas. El conflicto dejó también un rastro de matanzas por ambos lados y una herida abierta durante casi tres décadas.
En el plano interno, la inestabilidad de los primeros años dio paso al regreso al poder de Heydar Aliyev, presidente desde 1993, que estabilizó el país y firmó en 1994 el llamado "Contrato del Siglo" con un consorcio de petroleras occidentales, sentando las bases de una nueva era del petróleo y del gas del Caspio. El oleoducto Bakú-Tiflis-Ceyhan, inaugurado en 2006, permitió exportar ese crudo hacia el Mediterráneo sin pasar por Rusia ni Irán, y convirtió a Azerbaiyán en un actor energético clave. En 2003 Heydar Aliyev fue sucedido en la presidencia por su hijo Ilham Aliyev, en una transmisión de poder de tipo dinástico; los ingresos petroleros financiaron la espectacular transformación de Bakú —con íconos como las Torres de la Llama— pero también consolidaron un régimen fuertemente personalista y criticado por las restricciones a las libertades.
El statu quo del conflicto se rompió en 2020. En una guerra de 44 días (la Segunda Guerra de Nagorno Karabaj), Azerbaiyán, con apoyo de Turquía, recuperó los siete distritos y buena parte del enclave, incluida la simbólica ciudad de Shusha, hasta un alto el fuego mediado por Rusia el 10 de noviembre de 2020. En septiembre de 2023, una ofensiva relámpago azerbaiyana provocó la rendición de las autoridades de Artsaj y el éxodo de prácticamente toda la población armenia de la región, cerrando por la fuerza más de tres décadas de conflicto. Azerbaiyán recuperó así el control total de Nagorno Karabaj, un desenlace celebrado en Bakú como una reunificación nacional y llorado por los armenios como una limpieza de su presencia ancestral. El país afronta hoy los desafíos de la posguerra, la reconstrucción de los territorios recuperados y la necesidad de diversificar una economía todavía intensamente dependiente del petróleo y el gas.
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Bakú, la capital y mayor ciudad de Azerbaiyán, se asoma al mar Caspio desde una bahía en forma de anfiteatro. Su núcleo histórico es la ciudad amurallada de Ícheri Sheher, un laberinto medieval de callejuelas de piedra que conserva el Palacio de los Shirvanshás —los antiguos soberanos de Shirván que trasladaron aquí su corte en el siglo XV— y la enigmática Torre de la Doncella (Qız Qalası), cuyo origen y función siguen siendo objeto de debate. Todo el conjunto fue declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco en el año 2000, el primero del país.
El segundo Bakú es el de la fiebre del petróleo. Entre fines del siglo XIX y comienzos del XX, la ciudad se convirtió en la capital mundial del crudo, y los magnates de la época levantaron a su alrededor un cinturón de mansiones y bulevares de aire europeo. Ese ADN petrolero volvió a expresarse en el siglo XXI con una arquitectura espectacular financiada por los nuevos ingresos energéticos: las Torres de la Llama (Flame Towers), tres rascacielos con forma de llamarada que iluminan el perfil nocturno de la ciudad, el sinuoso Centro Heydar Aliyev diseñado por Zaha Hadid y un paseo marítimo, el Bulevar, que exhibe el brillo de la Bakú contemporánea.
A una hora al sur de Bakú, el Parque Nacional de Gobustan protege una de las mayores concentraciones de arte rupestre del planeta: alrededor de seis mil grabados, algunos de hasta doce mil años de antigüedad, que representan escenas de caza, barcas de juncos, danzas rituales, animales y figuras humanas. Este paisaje cultural, Patrimonio de la Humanidad desde 2007, documenta miles de años de poblamiento continuo y ofrece una ventana única a la vida de los cazadores y pastores prehistóricos del Caspio.
Gobustan es también un prodigio geológico. En sus llanuras se concentra la mayor densidad de volcanes de lodo activos del mundo: cráteres que burbujean y escupen barro frío, gas y agua desde las profundidades, un espectáculo lunar directamente ligado a las mismas bolsas de hidrocarburos que hicieron célebre a la región. Junto a los petroglifos se conserva además una piedra que, golpeada, produce sonidos musicales (el gaval dash), testimonio de que este paraje fue durante milenios un lugar de reunión y ceremonia.
La península de Absheron, sobre la que se asienta Bakú, es el epicentro de la Tierra del Fuego. Aquí el gas natural aflora del subsuelo y arde de manera espontánea, un fenómeno que hizo de la región un santuario para el culto al fuego. En Yanardag, la "montaña que arde", una ladera de la colina lleva siglos ardiendo sin apagarse, alimentada por el gas que se filtra a través de la roca; es la imagen viva de por qué esta tierra fue sagrada para los zoroastrianos.
A pocos kilómetros se levanta el Ateshgah, el templo del fuego de Surakhani, un santuario pentagonal construido en torno a un pozo de gas natural entre los siglos XVII y XVIII. Fue lugar de peregrinación de zoroastrianos, hindúes y sijs llegados desde Persia y la India, que veían en la llama perpetua del altar central una manifestación de lo divino. Yanardag y Ateshgah son hoy los grandes testimonios turísticos de esa herencia ígnea que dio nombre y alma al país.
Bakú concentra buena parte de la población, la riqueza y el poder de Azerbaiyán. Es la mayor ciudad del Cáucaso y una de las más importantes de la cuenca del Caspio, sede del gobierno, de la industria petrolera y gasífera y de una vida cultural cosmopolita heredada de su pasado imperial y soviético. Desde aquí parten los grandes oleoductos y gasoductos que llevan la energía azerí hacia Europa, y aquí se decide el rumbo de un país que en las últimas décadas se ha volcado a proyectarse internacionalmente.
Esa vocación de escaparate se ha traducido en la organización de grandes eventos: un Gran Premio de Fórmula 1 que corre entre las murallas de la Ciudad Vieja, festivales, competencias deportivas continentales y, en 2024, la cumbre climática mundial COP29. La Bakú del siglo XXI combina así el peso de su historia milenaria con la ambición de una capital energética que quiere ser vista, una tensión que define el pulso de todo Azerbaiyán.
Ganja, la segunda ciudad de Azerbaiyán, es sobre todo la cuna del poeta Nizami Ganyaví (c. 1141-1209), el mayor épico romántico de la lengua persa, cuyo mausoleo se levanta a las afueras de la ciudad y cuya figura es motivo de orgullo nacional. Fundada en la Alta Edad Media, Ganja fue un centro brillante de la cultura islámica bajo los atabegs y un importante kanato en el siglo XVIII, hasta que resistió el avance ruso: su último kan, Javad Khan, murió defendiéndola en 1804, episodio que la memoria azerí recuerda como símbolo de resistencia.
La ciudad conserva mezquitas de ladrillo del período de Shah Abbas, antiguos caravasares y una curiosa Casa de las Botellas, una vivienda cubierta con decenas de miles de botellas de vidrio. En la época soviética se la rebautizó Kirovabad, hasta recuperar su nombre histórico con la independencia. En sus cercanías, entre bosques de montaña, se encuentra el bellísimo lago Goygol, formado por un terremoto en el siglo XII y protegido hoy como parque nacional.
Shamakhi (Şamaxı) fue durante siglos la capital del reino de Shirván y la residencia de los shirvanshás antes de su traslado a Bakú. Situada en una región de viñedos, fue un gran centro comercial de la Ruta de la Seda y un foco cultural de primer orden, aunque su historia está marcada por los terremotos que la destruyeron y reconstruyeron una y otra vez. Conserva la mezquita Juma (del viernes), una de las más antiguas del Cáucaso, cuyos orígenes se remontan al siglo VIII y que ha sido reconstruida tras sucesivos sismos.
A las afueras de la ciudad se hallan los Yeddi Gumbez, los "siete domos", mausoleos de la familia de los kanes de Shamakhi que constituyen uno de los conjuntos funerarios más evocadores del país. La región mantiene una fuerte tradición vitivinícola, herencia de un pasado en que el vino de Shirván era célebre, y alberga también el observatorio astrofísico nacional, aprovechando sus cielos de montaña.
Naftalan es un lugar único en el mundo: un balneario cuyo tratamiento estrella son los baños de petróleo crudo. Desde fines del siglo XIX se explota allí un tipo particular de crudo, el naftalán, al que se atribuyen propiedades terapéuticas para dolencias de la piel, articulaciones y el sistema nervioso. Los pacientes se sumergen en tinas de petróleo tibio bajo supervisión médica, en una práctica que atrajo curiosos y enfermos de todo el bloque soviético y que hoy sostiene una peculiar industria de turismo de salud.
El nombre naftalán, derivado de la misma raíz que "nafta", llegó a dar nombre a productos farmacéuticos comercializados en distintos países. La ciudad, pequeña y tranquila, vive volcada a sus sanatorios y encarna, en clave curativa, la relación íntima y milenaria que Azerbaiyán mantiene con su petróleo: aquí el oro negro no se quema ni se exporta, sino que se usa para sanar.
Sheki es una de las ciudades más antiguas de Azerbaiyán y una de sus más bellas, encaramada en las estribaciones boscosas del Gran Cáucaso. Situada sobre la antigua Ruta de la Seda, floreció durante siglos como centro comercial y como capital de un poderoso kanato entre 1743 y 1819. La cría del gusano de seda y el comercio de capullos la enriquecieron, y esa prosperidad quedó plasmada en sus caravasares de piedra y en las casas de los mercaderes.
Su monumento más célebre es el Palacio del Kan (Xan Sarayı), construido hacia 1762 sin utilizar un solo clavo, con vidrieras artesanales llamadas shebeke —mosaicos de miles de piezas de vidrio de colores ensambladas sin pegamento— y frescos que cubren sus salas con flores, aves, cacerías y batallas. En 2019, el centro histórico de Sheki y el Palacio del Kan fueron declarados Patrimonio de la Humanidad por la Unesco, reconociendo su arquitectura única y su papel en las rutas comerciales entre Oriente y Occidente.
La actual Gabala (Qabala) guarda una de las memorias más antiguas del país: fue la primera capital del reino de la Albania caucásica, allá por los siglos IV y III antes de nuestra era, cuando se la conocía como Kabalaka. Durante siglos fue un centro urbano de primer orden en el Cáucaso, y sus ruinas antiguas todavía se pueden visitar cerca de la ciudad moderna, testimonio de aquel Estado que abrazó el cristianismo antes que la mayor parte de Europa.
Hoy Gabala se ha reconvertido en uno de los principales destinos de montaña de Azerbaiyán. Rodeada de bosques, ríos y cascadas del Gran Cáucaso, ofrece el lago Nohur, el complejo de esquí y teleféricos de Tufandag y una infraestructura turística moderna que la ha vuelto popular entre los propios azeríes. La combinación de un pasado milenario y una naturaleza espectacular hace de la región de Gabala un cruce singular entre historia y aire libre.
Colgado de las montañas en un valle de difícil acceso, el pueblo empedrado de Lahij es célebre desde hace siglos por su artesanía del cobre. Sus caldereros y herreros trabajan todavía a golpe de martillo, cincelando bandejas, jarras y utensilios con motivos tradicionales, en una tradición que se transmite de generación en generación y que ha convertido a la aldea en un pequeño museo vivo de los oficios del Cáucaso.
Lahij conserva además un urbanismo tradicional notable, con calles adoquinadas, un antiguo sistema de alcantarillado y casas de piedra adaptadas a la sismicidad de la zona. Sus habitantes hablan una lengua irania propia, el tat, distinta del azerí, lo que da cuenta de la enorme diversidad étnica y lingüística que atesoran estas montañas. Es uno de los pueblos con más encanto del país y una parada obligada para quien recorre el noroeste.
En el extremo noroeste, ya casi en el límite con Georgia y Rusia, Zaqatala es una ciudad tranquila rodeada de extensos bosques de avellanos, nogales y castaños. La avellana es, de hecho, uno de los grandes productos de la región, exportada a buena parte del mundo. Su entorno de montañas y aldeas, en una zona de gran diversidad étnica donde conviven azeríes, ávaros, tsajures y otros pueblos caucásicos, la convierte en una base ideal para explorar la naturaleza fronteriza.
Zaqatala tiene también su lugar en la historia moderna: en el siglo XIX fue escenario de levantamientos contra el dominio ruso, y su antigua fortaleza fue utilizada como prisión, donde llegaron a estar recluidos marineros amotinados del acorazado Potemkin. Bosques, cascadas, pueblos de montaña y un pasado rebelde definen este rincón apartado y verde del país.
Quba (Guba) es el centro de una fértil región de huertos, célebre en todo Azerbaiyán por sus manzanas y por sus alfombras tejidas a mano, que forman parte de la gran tradición alfombrera azerí reconocida por la Unesco. Fue capital de un kanato en el siglo XVIII, cuando el kan Fatali extendió su poder por buena parte del noreste, y conserva mezquitas y baños históricos, además de una notable comunidad de judíos de montaña asentada en la vecina Krasnaya Sloboda, una de las últimas del mundo.
Quba guarda también una página trágica de la historia reciente: en 1918, durante los enfrentamientos étnicos que acompañaron el derrumbe del Imperio ruso, la ciudad y sus alrededores fueron escenario de matanzas de población musulmana. En 2007 se descubrió allí una fosa común, hoy convertida en un memorial del genocidio que recuerda aquellos hechos. La región es, por lo demás, la puerta de entrada a los cañones, ríos y aldeas espectaculares del norte del país.
A unos 2.200 metros de altura, Khinalug (Xınalıq) es una de las aldeas habitadas de forma continua más altas y antiguas del Cáucaso. Sus casas de piedra se apilan en terrazas sobre la ladera, de modo que el techo de una vivienda sirve de patio a la de arriba, en un urbanismo vertical adaptado a la montaña. Aislada durante siglos, la aldea conserva una lengua propia y única —el ketsh o khinalug, distinta de todas las demás—, hablada solo por su comunidad y considerada una de las lenguas más singulares del planeta.
En 2023, el paisaje cultural de Khinalug y la antigua ruta de trashumancia conocida como Köç Yolu fueron inscritos en la lista del Patrimonio Mundial de la Unesco, en reconocimiento a un modo de vida pastoril milenario que aún mueve rebaños entre los pastos de montaña y las tierras bajas. Visitar Khinalug es asomarse a un mundo suspendido en el tiempo, entre nubes, piedra y tradición.
Cerca de la ciudad de Qusar se extiende Shahdag, el principal complejo de montaña y esquí de Azerbaiyán, desarrollado en las últimas décadas como buque insignia del turismo de invierno del país. A los pies del monte Shahdag y del Bazardüzü —el pico más alto de Azerbaiyán, con más de 4.400 metros—, ofrece pistas de esquí y snowboard en invierno y senderismo entre picos y valles alpinos en verano.
La región forma parte de la gran barrera del Gran Cáucaso que separa a Azerbaiyán de Rusia y Daguestán, un mundo de altas cumbres, glaciares y aldeas remotas. Shahdag simboliza la apuesta del país por diversificar su oferta más allá de Bakú y del petróleo, aprovechando un patrimonio natural montañoso tan imponente como poco conocido fuera del Cáucaso.
Lankaran (Lənkəran) es la principal ciudad del sur de Azerbaiyán, un rincón subtropical junto al mar Caspio y muy cerca de la frontera con Irán. Fue la capital del kanato de Talysh, un pequeño Estado independiente surgido hacia 1747 tras la muerte de Nader Shah, que sobrevivió hasta que la victoria rusa en la guerra de 1826-1828 lo disolvió y lo incorporó, por el Tratado de Turkmanchái, al Imperio ruso. La ciudad conserva restos de aquella época, como su faro y su antigua fortaleza, y un ambiente relajado de ciudad costera.
El clima húmedo y templado del sur hace de esta región una de las más fértiles del país. Aquí se cultivan té, arroz y cítricos, y la gastronomía local tiene sabores propios, distintos del resto de Azerbaiyán. Es también el territorio del pueblo talysh, una minoría de lengua irania que habita el extremo sur, entre las montañas y el mar, y que da a la zona una identidad cultural particular.
En el extremo sur, pegada a la frontera con Irán, Astara es una localidad fronteriza entre el Caspio y las densas selvas de las montañas del Talysh. Su gran tesoro natural son los bosques hircanos, un tipo de selva húmeda subtropical y templada de origen muy antiguo, reliquia de las masas forestales que cubrían la región antes de las glaciaciones. Este ecosistema, que se extiende también por el norte de Irán, alberga una biodiversidad extraordinaria y árboles de especies únicas.
En 2019, los bosques hircanos fueron declarados Patrimonio de la Humanidad por la Unesco por su valor natural excepcional, y en Azerbaiyán están protegidos en el Parque Nacional de Hirkan (Girkan). Astara suma a este patrimonio boscoso playas del Caspio, aguas termales y una cultura fronteriza donde se mezclan las influencias azerí, talysh e iraní, en uno de los paisajes más verdes y húmedos de todo el país.
La República Autónoma de Najicheván (Naxçıvan) es una peculiaridad geográfica: un territorio azerbaiyano separado del resto del país por una franja de Armenia, con la que no tiene continuidad terrestre, y que limita además con Irán y Turquía. Su historia es antiquísima; la tradición local vincula incluso su nombre con Noé y su arca, y sostiene que la ciudad habría sido uno de los primeros asentamientos tras el Diluvio, lo que la convertiría en una de las poblaciones más antiguas del mundo.
Najicheván fue un kanato independiente en el siglo XVIII y, tras el Tratado de Turkmanchái de 1828, pasó como el resto de la región al Imperio ruso. En la época soviética se constituyó como república autónoma dentro de Azerbaiyán, estatus que conserva hoy. Durante el conflicto de Nagorno Karabaj quedó aislada y bloqueada, y su supervivencia dependió del apoyo de Turquía e Irán, con los que mantiene sus únicas fronteras abiertas.
El monumento más célebre de la región es el mausoleo de Momine Khatun, en la ciudad de Najicheván, una torre funeraria de finales del siglo XII levantada por orden del atabeg eldiguzí Jahan Pahlavan en memoria de su madre. Con su cuerpo decagonal cubierto de intrincados patrones geométricos y caligrafía en ladrillo esmaltado turquesa, es una obra maestra de la escuela arquitectónica de Nakhchivan y uno de los grandes íconos del arte medieval azerí.
Más allá de este monumento, Najicheván conserva un rico patrimonio de mausoleos, fortalezas de montaña y el complejo de Alinja, una ciudadela encaramada en un pico casi inexpugnable que resistió durante años el asedio de las tropas de Tamerlán. Árida y montañosa, ligada por la leyenda a los orígenes bíblicos de la humanidad, Najicheván condensa en un pequeño territorio buena parte de las capas históricas que hacen de Azerbaiyán un cruce de civilizaciones.