Gonarezhou es la última gran frontera salvaje de Zimbabwe: un parque enorme, remoto y poco visitado en el rincón sureste del país, pegado a Mozambique. Su nombre lo dice todo —'el lugar de los elefantes' en shangaan— y lo cumple con creces, con más de 11.000 paquidermos recorriendo sus llanuras, ríos y bosques de mopane. Es el segundo parque más grande del país, pero recibe una fracción de los visitantes de Hwange o Mana Pools, lo que lo convierte en un paraíso para quien busca África salvaje sin multitudes.
El emblema del parque son los acantilados de Chilojo: murallones de arenisca roja que se alzan sobre el valle del río Runde y que al atardecer se encienden en tonos dorados y anaranjados, mientras los elefantes bajan a beber. A eso se suman los pozos del Runde y del Save, cargados de hipopótamos y cocodrilos, una fauna que incluye leones, leopardos, guepardos, licaones (perros salvajes africanos), búfalos y antílopes poco comunes como el nyala y el suni, y más de 400 especies de aves. Gonarezhou forma parte del Gran Parque Transfronterizo del Limpopo, un enorme 'parque de la paz' que conecta con el Kruger y Mozambique.
Esta guía recorre Gonarezhou con mirada práctica: qué ver, cómo llegar a este rincón apartado, qué tarifas y logística tener en cuenta, dónde dormir (del camping rústico al lodge exclusivo) y por qué vale la pena el esfuerzo. No es un destino fácil ni masivo, pero para el viajero aventurero que quiere elefantes, silencio y paisajes de película, Gonarezhou es una de las grandes recompensas de Zimbabwe.
Gonarezhou, 'el lugar de los elefantes' en shangaan, fue durante siglos territorio del pueblo shangaan (tsonga) y escenario del comercio de marfil. Fue declarado reserva de caza en 1934-1935 y elevado a parque nacional en 1975; su creación implicó el desalojo forzado de las comunidades shangaan que lo habitaban. Tras décadas de caza furtiva, guerras y sequías, el parque renació a partir de 2007-2017 gracias al Gonarezhou Conservation Trust, una alianza entre la autoridad de parques de Zimbabwe (ZimParks) y la Frankfurt Zoological Society. Hoy es parte del Gran Parque Transfronterizo del Limpopo. Su historia completa —los shangaan, el marfil, los desalojos y la recuperación— se cuenta en nuestra página de historia.
Leer la historia completa ↓La cuna del país: aquí se levanta el Gran Zimbabwe que le dio nombre a la nación, con base en la vieja Masvingo y, al este, los acantilados rojos del salvaje Gonarezhou.
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Origen, formación y qué dicen las fuentes.
El nombre lo dice todo: Gonarezhou significa 'el lugar de los elefantes' en lengua shangaan (también llamada tsonga), el pueblo que ha habitado durante siglos este rincón del sureste africano, en la frontera entre la actual Zimbabwe, Mozambique y Sudáfrica. Los shangaan vivían de la agricultura, la ganadería, la caza y la pesca a lo largo de los grandes ríos —el Save, el Runde y el Mwenezi— que atraviesan la región, y convivían con una de las mayores concentraciones de elefantes del continente.
Esa abundancia de elefantes convirtió a la zona en un centro histórico del comercio del marfil. Durante siglos, el marfil de Gonarezhou alimentó las rutas comerciales que llegaban hasta la costa del océano Índico, en manos de mercaderes swahili, árabes y, más tarde, portugueses. Los colmillos de los elefantes del sureste eran una mercancía codiciada que conectaba este territorio remoto con mercados lejanos, del mismo modo que el oro conectaba al altiplano shona con el mundo.
Gonarezhou ganó fama, además, por sus elefantes de grandes colmillos, los llamados 'tuskers'. Esta reputación, sumada a lo agreste del terreno, forjó la imagen de un lugar salvaje y bravío, difícil de domesticar, donde el elefante era el verdadero señor. Una imagen que, en buena medida, el parque conserva hasta hoy.
En 1934, el gobierno colonial de Rhodesia del Sur declaró la zona área protegida, y hacia 1935 quedó establecida como reserva de caza. La medida buscaba proteger la fauna —muy castigada por la caza— pero tuvo un costo humano severo: las comunidades shangaan que habitaban el territorio fueron obligadas, a lo largo de varias décadas, a abandonar sus tierras y a reasentarse fuera de los límites del área protegida. Como en tantos parques africanos, la conservación se construyó sobre el desalojo de la población originaria.
En 1975, poco antes de la independencia, la reserva fue elevada a la categoría de parque nacional, con sus actuales 5.053 km². Pero los años siguientes fueron durísimos. La guerra de liberación de Zimbabwe y, sobre todo, la prolongada guerra civil de la vecina Mozambique (1977-1992) convirtieron la región fronteriza en un territorio inestable, plagado de armas. La caza furtiva de elefantes y rinocerontes se disparó, y las poblaciones de fauna sufrieron un golpe brutal.
A ese castigo se sumaron las sequías periódicas del sureste, especialmente la devastadora de 1991-1992, que mató a miles de animales. Durante décadas, Gonarezhou fue un parque 'de papel': enorme sobre el mapa, pero con escasos recursos, fauna diezmada y elefantes tan perseguidos que huían del solo ruido de un motor. Su recuperación parecía una tarea imposible.
El punto de inflexión llegó en el siglo XXI. A partir de 2007, la Frankfurt Zoological Society —una prestigiosa organización conservacionista alemana— comenzó a apoyar la gestión del parque junto a la autoridad de vida silvestre de Zimbabwe. La colaboración se formalizó en 2017 con la creación del Gonarezhou Conservation Trust (GCT), una alianza entre la Zimbabwe Parks and Wildlife Management Authority (ZimParks) y la Frankfurt Zoological Society que asumió la gestión conjunta del parque por veinte años.
Este modelo de coadministración transformó a Gonarezhou. Con financiamiento estable, mejor equipamiento y un cuerpo de guardaparques reforzado, la caza furtiva se redujo drásticamente y las poblaciones de fauna empezaron a recuperarse de manera notable. Los elefantes volvieron a multiplicarse hasta superar los 11.000 ejemplares, y proyectos de reintroducción devolvieron especies que habían desaparecido o menguado, como los rinocerontes en áreas protegidas vecinas. Los elefantes, antes aterrorizados, se fueron acostumbrando de nuevo a la presencia de vehículos.
Gonarezhou se convirtió así en un caso de éxito de la conservación africana moderna, citado como ejemplo de cómo las alianzas público-privadas pueden rescatar un parque al borde del colapso. Para el viajero, ese renacimiento significa poder recorrer hoy un ecosistema vivo y saludable, con grandes manadas y paisajes intactos, en un lugar que hace apenas unas décadas parecía condenado.
La historia reciente de Gonarezhou está ligada a una idea ambiciosa: la de los 'parques de la paz' o áreas de conservación transfronterizas. En el año 2000-2002 se estableció formalmente el Gran Parque Transfronterizo del Limpopo (Great Limpopo Transfrontier Park), que une tres joyas de la conservación de África austral: el célebre Parque Nacional Kruger de Sudáfrica, el Parque Nacional del Limpopo de Mozambique y, en el vértice zimbabuense, Gonarezhou.
La idea de fondo es tan sencilla como poderosa: la fauna no entiende de fronteras. Al derribar barreras y conectar los tres parques en un continuo protegido de decenas de miles de kilómetros cuadrados, los animales —en especial los elefantes, que recorren enormes distancias— pueden desplazarse libremente entre países, siguiendo sus antiguas rutas de migración. Es también un símbolo de cooperación regional y de reconciliación en una zona que fue frontera de guerra.
Para Gonarezhou, formar parte de este conjunto significa integrarse a un ecosistema de escala continental y ganar relevancia internacional en la conservación. Y para quien lo visita, agrega una dimensión fascinante: recorrer el parque es asomarse a uno de los grandes experimentos de conservación transfronteriza del planeta.
Hoy Gonarezhou combina esa importancia ecológica con su carácter salvaje y remoto. Menos famoso que Hwange o Mana Pools, ofrece justamente lo que muchos buscan y cada vez cuesta más encontrar: África de verdad, sin multitudes, con los elefantes como dueños del paisaje y los acantilados rojos de Chilojo ardiendo bajo el sol del atardecer.