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Historia de El sur desértico: Lago Abbé y el Grand Bara

El lago Abbé, un paisaje de otro planeta

En el extremo suroeste del país, sobre la frontera con Etiopía, el lago Abbé despliega uno de los paisajes más extraños de África. Es el último de una cadena de lagos salados alimentados por el río Awash, y está salpicado de espectaculares chimeneas de caliza —de travertino— que alcanzan hasta unos 50 metros de altura y que, al amanecer, exhalan columnas de vapor por el agua caliente que brota del subsuelo.

Estas chimeneas se formaron por la actividad geotérmica del rift: el agua caliente cargada de minerales, al brotar y enfriarse, va depositando carbonato de calcio y levantando estas torres del mismo modo en que se forman las estalagmitas en las cuevas. El resultado es un escenario tan sobrecogedor que suele describirse como "lunar" o "de otro planeta", envuelto en vapor, con flamencos en las orillas y caravanas de camellos afar cruzando el horizonte.

La fama del lugar creció por su aura cinematográfica: se lo asocia popularmente con la película El planeta de los simios de 1968, aunque en rigor aquel filme se rodó en Estados Unidos y no aquí. Sea leyenda o no, el lago Abbé sigue siendo uno de los destinos más deslumbrantes del país y territorio ancestral de los afar, que habitan estas tierras extremas con sus chozas de esteras y sus rebaños.

Dikhil y Ali Sabieh, ciudades de la encrucijada

El sur interior de Yibuti está jalonado por ciudades de encrucijada, nacidas o crecidas al calor de las rutas caravaneras y del ferrocarril. Dikhil, en el camino hacia el lago Abbé, es una animada ciudad de mercado y punto de encuentro cerca de la frontera etíope, base habitual para las excursiones hacia el lago y sus chimeneas humeantes.

Más al sureste, Ali Sabieh se levanta entre montañas rojizas y desfiladeros rocosos, junto a las fronteras con Etiopía y Somalilandia. Es una de las principales ciudades del país y fue una estación clave del histórico ferrocarril entre Yibuti y Adís Abeba, inaugurado en tramos a comienzos del siglo XX. El tren transformó a estos pueblos del interior en nudos de comercio y transporte entre la costa y las tierras altas etíopes.

Estas ciudades reflejan el carácter fronterizo y mestizo del sur yibutiano, donde conviven afar e issa-somalíes y donde las fronteras coloniales trazadas entre Francia, Etiopía y los territorios británicos partieron pueblos y rutas que venían de mucho antes. Hoy siguen siendo puntos de paso del comercio regional y puertas de entrada al desierto del sur.

El Grand Bara, la planicie infinita

Entre la capital y el sur se extiende el desierto del Grand Bara, una inmensa planicie seca y llana de horizonte infinito, el lecho de un antiguo lago hoy convertido en una llanura de arena y arcilla endurecida. Su superficie plana y despejada la hace ideal para actividades como el land-sailing o carrovelismo —carros a vela impulsados por el viento—, y ha servido incluso de improvisada pista y escenario de maniobras.

El Grand Bara forma parte de la Yibuti más árida y despoblada, un ambiente extremo donde el calor y la falta de agua ponen a prueba a hombres y animales. Aun así, es tierra de paso de pastores nómadas y de su ganado, que aprovechan los escasos pastos que brotan tras las lluvias esporádicas, y forma parte de las rutas que históricamente conectaron la costa con el interior.

Estas planicies desérticas del sur completan el asombroso muestrario geológico de un país minúsculo: en pocas horas de viaje se pasa de las playas del golfo a las montañas verdes de Goda, de los lagos de sal bajo el nivel del mar a los campos de lava del rift, y de las chimeneas humeantes del lago Abbé a la inmensidad plana del Grand Bara. Un territorio pequeño que concentra algunos de los paisajes más extraordinarios del Cuerno de África.

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📚 Bibliografía

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