La ciudad de Yibuti es tan joven como el país al que da nombre. Fue fundada en 1888 por el administrador colonial francés Léonce Lagarde sobre un promontorio de arrecifes de coral en la orilla sur del golfo de Tadjoura, un lugar elegido por su magnífica bahía natural y su mejor ubicación frente a la vieja Obock. En 1892 se convirtió en la capital administrativa de la Costa Francesa de los Somalíes, desplazando definitivamente a Obock.
La ciudad creció con un doble rostro que todavía conserva: el barrio europeo, de arcadas blancas, plazas y edificios de estilo colonial francés y morisco, y el barrio africano, más popular y bullicioso, con su gran mercado central y la mezquita Hamoudi, uno de sus emblemas. En sus calles se cruzaban franceses, afar, issa-somalíes, árabes yemeníes e indios, en una mezcla cosmopolita típica de los puertos del mar Rojo.
El motor de todo era el puerto y, desde 1917, su conexión ferroviaria con Adís Abeba. Yibuti se consolidó como la salida al mar de Etiopía y como escala en la ruta del canal de Suez. Cuando el país se independizó en 1977, la ciudad pasó de capital colonial a capital de una república soberana, y hoy concentra a la mayor parte de la población nacional.
Si Yibuti existe como país es, en buena medida, por su puerto. La capital se asienta a las puertas del estrecho de Bab el-Mandeb, el cuello de botella entre el mar Rojo y el golfo de Adén por el que pasa una porción gigantesca del comercio marítimo mundial. Esa posición convirtió a la ciudad en la salida natural del comercio de Etiopía y en un nudo logístico de primer orden, con modernas terminales de contenedores.
La misma geografía atrajo a los ejércitos del mundo. En torno a la capital se concentra la mayor densidad de bases militares extranjeras del planeta: la principal base francesa en África, el estadounidense Camp Lemonnier, la primera base china en el exterior inaugurada en 2017, y contingentes japoneses e italianos, entre otros. El alquiler de esas bases es una fuente de ingresos decisiva para el país.
Esa combinación —puerto comercial y plaza militar— hace de la ciudad de Yibuti un lugar peculiar: una capital pequeña y calurosa que, sin embargo, pesa enormemente en la seguridad y el comercio globales. Para el viajero es, además, la base logística inevitable: aquí llegan los vuelos, salen las excursiones y se organiza cualquier recorrido por el país.
Frente a la capital, las aguas del golfo de Tadjoura esconden algunos de los mayores tesoros naturales del país. Las islas Musha y Maskali, dos islotes coralinos de lagunas turquesa a un paso de la ciudad, forman un pequeño paraíso de arrecifes, manglares y aguas transparentes, ideal para el buceo y el snorkel, y figuran entre los sitios propuestos para su protección por su valor natural.
El golfo es célebre, sobre todo, por un espectáculo estacional: la llegada de los tiburones ballena, el pez más grande del mundo. Entre noviembre y enero, estos gigantes inofensivos se concentran en las aguas ricas en plancton del fondo del golfo, y lugares como la playa de Arta, a la entrada del golfo, se convierten en algunos de los mejores puntos del planeta para nadar junto a ellos.
Al fondo del golfo se abre la bahía de Ghoubbet-el-Kharab, el "abismo de los demonios", un cuerpo de aguas oscuras y profundas rodeado de acantilados de lava, donde el rift geológico se hunde bajo el mar. Sus aguas, temidas por las leyendas locales, concentran tiburones ballena juveniles y marcan el punto donde el paisaje volcánico del interior se encuentra con el mar. Todo el golfo es, en el fondo, la misma gran cicatriz geológica que parte África en dos.