Nurata es una de esas paradas modestas que esconden mucho más de lo que aparentan. A primera vista es un pueblo tranquilo al borde del desierto de Kyzylkum, pero cada uno de sus rincones cuenta una historia de siglos. En lo alto, las ruinas de una fortaleza de adobe que la leyenda atribuye nada menos que a Alejandro Magno; a sus pies, un manantial sagrado, el Chashma, donde brotan aguas cristalinas habitadas por peces que los peregrinos consideran sagrados; alrededor, mezquitas, un baño antiguo y el ir y venir de fieles que vienen a rezar y a beber del agua bendita.
Pero para muchos viajeros Nurata es, sobre todo, una puerta. La puerta del desierto de Kyzylkum y de una de las experiencias más memorables de Uzbekistán: dormir en un campamento de yurtas junto al lago Aydarkul, pasear en camello entre las dunas, contemplar un cielo estrellado sin una sola luz artificial y escuchar, junto al fuego, las canciones de un músico con su dombra. Nurata es la última parada 'civilizada' antes de esa aventura, y su historia y su manantial merecen una visita antes de adentrarse en la arena.
Esta guía te ayuda a sacarle partido: qué ver en el pueblo (Chashma, la fortaleza, el museo), cómo llegar desde Samarcanda o Bujará, cómo organizar la noche en yurta y la excursión a Aydarkul, qué cuesta cada cosa y cuándo ir. También te contamos las opciones de senderismo en las montañas de Nurata, un rincón verde y poco conocido de casas de familia y pueblos de montaña. Nurata es el enlace perfecto entre la Uzbekistán monumental y la Uzbekistán salvaje del desierto.
Nurata debe su origen, según la tradición, a Alejandro Magno, que hacia el siglo IV a.C. habría mandado construir aquí una fortaleza llamada Nur ('rayo', 'luz') para vigilar la frontera entre las tierras cultivadas y el desierto de las estepas nómadas. De aquella fortaleza quedan las ruinas de adobe que dominan el pueblo, consideradas de las más antiguas de Uzbekistán. A sus pies brota el manantial de Chashma, venerado desde tiempos inmemoriales: una leyenda musulmana lo atribuye a un meteorito o a un golpe del profeta o del santo Nur-ata (el 'padre de la luz') que dio nombre al lugar, y sus peces se consideran sagrados. Situada en el límite entre el oasis y el desierto, Nurata fue durante siglos un punto de la Ruta de la Seda, un lugar de peregrinación y la puerta de las tierras de los pastores nómadas del Kyzylkum. Su historia, de la fortaleza de Alejandro al manantial sagrado y a las yurtas del desierto, está contada en nuestra página de historia.
Leer la historia completa ↓El Uzbekistán menos transitado: Termez y su legado budista en la frontera afgana, Nurata con su fortaleza atribuida a Alejandro Magno y su manantial sagrado, y el lago Aydarkul con sus campamentos de yurtas en pleno desierto de Kyzylkum.
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Origen, formación y qué dicen las fuentes.
Hay lugares cuya historia se explica por su geografía, y Nurata es uno de ellos. Este pueblo del centro de Uzbekistán se encuentra exactamente en el filo entre dos mundos: a un lado, las tierras verdes y regadas del oasis, con sus huertos y sus campos; al otro, la inmensidad árida del desierto de Kyzylkum, dominio ancestral de los pastores nómadas. Durante milenios, esa frontera invisible entre el sedentario y el nómada, entre el agua y la arena, definió la vida de Nurata y le dio su razón de ser.
En ese punto estratégico brotó, además, un manantial de agua purísima, un milagro en el borde del desierto, que convirtió a Nurata en lugar sagrado y de peregrinación. Y sobre la colina que lo domina se levantó una fortaleza que, según la leyenda, mandó construir el mayor conquistador de la Antigüedad. Fortaleza, manantial y desierto: en esas tres claves se resume la larga historia de un pueblo pequeño pero cargado de significado, que hoy es también la puerta de una de las experiencias más bellas de Uzbekistán, la noche en las yurtas del Kyzylkum.
La tradición vincula el origen de Nurata a Alejandro Magno. Cuando el joven rey macedonio conquistó estas tierras de Asia Central, hacia el año 327 a.C., en su avance hacia la India, se encontró con la línea difusa que separaba las provincias cultivadas del imperio persa de las estepas de los nómadas escitas del norte. Según el relato, Alejandro mandó levantar en este punto una fortaleza para vigilar esa frontera y proteger el oasis de las incursiones de los pueblos de las estepas. La fortaleza recibió el nombre de Nur, que significa 'rayo' o 'luz', quizá por un fenómeno luminoso o por su posición dominante.
De aquella fortificación, conocida como Nur Qala, quedan hoy las ruinas de adobe que coronan la colina sobre el pueblo: murallas y torres erosionadas por más de dos mil años de sol y viento, que sin embargo conservan su traza y su posición estratégica. Los arqueólogos las cuentan entre las fortificaciones más antiguas del país. Es difícil saber con certeza cuánto hay de histórico y cuánto de leyenda en la atribución a Alejandro —el nombre del conquistador se adhirió a muchos lugares de Asia Central—, pero la antigüedad del enclave y su función de frontera están fuera de duda.
Con el paso de los siglos, aquella fortaleza fronteriza fue el núcleo en torno al cual creció Nurata, primero como puesto de vigilancia y punto de la Ruta de la Seda, y después como lugar de peregrinación, gracias al manantial que brota a sus pies.
Si la fortaleza dio origen a Nurata, el manantial le dio su alma. A los pies de la colina brota Chashma (que significa, sencillamente, 'manantial'), una fuente de agua cristalina y de temperatura constante que forma un estanque alargado y limpísimo. En un entorno donde el agua es el bien más precioso, un manantial así, surgiendo junto al desierto, no podía sino considerarse un milagro, y desde tiempos inmemoriales fue venerado como lugar sagrado.
Las leyendas sobre su origen se mezclan y se superponen, como suele ocurrir en los lugares santos de Asia Central. Una versión, de raíz musulmana, cuenta que el manantial nació donde cayó un meteorito o una estrella enviada del cielo; otra lo atribuye a un santo, Nur-ata, el 'padre de la luz' que da nombre al pueblo, o al propio profeta, que habría hecho brotar el agua golpeando la tierra. Todas coinciden en el carácter milagroso y curativo de sus aguas, que los peregrinos beben y se llevan en botellas creyendo en sus poderes.
En el estanque viven numerosos peces —un tipo de barbo— que se consideran sagrados: está prohibido pescarlos o hacerles daño, y la creencia popular sostiene que quien lo haga sufrirá una desgracia. En torno al manantial se fue construyendo, a lo largo de los siglos, un conjunto religioso con mezquitas (entre ellas la mezquita del Viernes), un antiguo baño y otras dependencias, que hacen de Chashma uno de los grandes centros de peregrinación del centro de Uzbekistán. Todavía hoy, cada día, llegan fieles a rezar, a pedir por la salud o la descendencia y a beber del agua bendita.
Por su posición en el límite del desierto, Nurata fue durante siglos un punto de paso y de encuentro. Las caravanas de la Ruta de la Seda que cruzaban el Kyzylkum entre las grandes ciudades —Samarcanda, Bujará— hacían escala en oasis como este, donde encontraban agua, descanso y protección. Nurata era también un lugar de contacto y a veces de fricción entre dos formas de vida: la de los agricultores y comerciantes sedentarios del oasis y la de los pastores nómadas que recorrían las estepas y el desierto con sus rebaños, sus caballos y sus yurtas.
Esa cultura nómada dejó una huella profunda en la región. Las montañas de Nurata (Nuratau), al este del pueblo, con sus valles verdes escondidos, fueron y son hogar de comunidades rurales tayikas y uzbekas que conservan tradiciones antiguas; en sus rocas hay petroglifos, grabados de cazadores y animales de hace miles de años. Y el desierto de Kyzylkum que se abre al otro lado mantuvo hasta tiempos recientes el modo de vida nómada de los pastores, con sus yurtas de fieltro y sus camellos, ese mismo mundo que hoy los viajeros conocen, adaptado, en los campamentos turísticos.
A lo largo de la Edad Media y la Edad Moderna, Nurata perteneció a los sucesivos estados que dominaron la región —el imperio timúrida, el kanato y luego emirato de Bujará—, siempre como un enclave menor pero significativo, valorado por su manantial sagrado y su posición. Su santuario atraía peregrinos, y su condición de última parada antes del desierto le daba un papel logístico.
El siglo XX trajo a la región un cambio inesperado en pleno desierto: el nacimiento del lago Aydarkul. En la depresión de Arnasay, al norte de Nurata, no había más que estepa árida hasta que, a mediados de siglo, la gestión soviética del agua alteró el paisaje. En los años sesenta se construyó un embalse en el río Syr Daria, y una serie de crecidas y desbordamientos —en especial la gran inundación de 1969— hicieron que enormes cantidades de agua se vertieran en la depresión, llenándola y formando un vasto lago donde antes solo había desierto. Con los años, alimentado por los excedentes del río, Aydarkul se consolidó como una de las mayores masas de agua del país, un ecosistema lleno de peces y aves en medio de la nada. Es, paradójicamente, un hijo tardío y afortunado de la misma política de aguas soviética que, más al oeste, secó el mar de Aral.
Con la independencia de Uzbekistán en 1991 y el desarrollo del turismo en las últimas décadas, Nurata y su entorno encontraron una nueva vocación. El manantial de Chashma sigue atrayendo a los peregrinos uzbekos, pero al pueblo llegan ahora también viajeros de todo el mundo, casi siempre de camino a una experiencia que se ha vuelto emblemática del país: la noche en un campamento de yurtas junto a Aydarkul, con paseo en camello, cena junto al fuego, música tradicional y el cielo estrellado del Kyzylkum. Al mismo tiempo, las montañas de Nurata se han abierto al turismo rural y comunitario, con casas de familia en pueblos de valle y rutas de senderismo.
Así, el viejo pueblo del filo del desierto vive hoy de lo que siempre fue: un lugar de frontera entre el oasis y la arena, entre lo sedentario y lo nómada. Su fortaleza milenaria, su manantial sagrado y su papel de puerta del Kyzylkum siguen dándole sentido, y le permiten ofrecer al viajero contemporáneo una versión, cómoda y hospitalaria, de la vida que durante milenios se desplegó en estas tierras entre el agua y el desierto.