Nukus no debería existir como destino de viaje, y sin embargo es una de las paradas más fascinantes de Uzbekistán. En esta ciudad de aspecto soviético, plantada en medio del desierto de Karakalpakia, a cientos de kilómetros de todo, se guarda un secreto que tardó décadas en revelarse al mundo: el Museo Savitsky, que atesora la segunda colección más grande de arte de vanguardia ruso del planeta, miles de cuadros prohibidos por Stalin que un hombre obsesivo y valiente reunió y escondió en el rincón más remoto del imperio soviético para salvarlos de la destrucción.
Ese hombre fue Ígor Savitsky, un artista y arqueólogo que llegó a Karakalpakia en los años cincuenta y dedicó su vida a rescatar obras de artistas perseguidos, comprándolas a viudas y familias, a veces sin dinero para pagarlas, y guardándolas en un museo perdido donde la mano de la censura no llegaba. Gracias a él sobreviven hoy obras maestras del vanguardismo ruso y de la escuela orientalista de Asia Central que en cualquier otro lugar habrían acabado en el fuego o en el gulag. Recorrer sus salas, en medio de la nada, es una de las experiencias culturales más emocionantes que ofrece el país.
Pero Nukus es también la puerta de entrada a otra historia, mucho más triste: la del mar de Aral, uno de los mayores desastres ambientales provocados por el ser humano. Desde aquí salen las excursiones a Moynaq, el antiguo puerto pesquero hoy varado en un desierto de barcos oxidados, y los tours en 4x4 hasta la orilla actual del Aral, a través de canyons y estepas. Esta guía te ayuda a organizar la ciudad y su museo, y a preparar la aventura hacia el mar que ya no está.
Nukus es una ciudad joven en una tierra antiquísima. El territorio de Karakalpakia, en el delta del río Amu Daria, fue en la Antigüedad el corazón de Corasmia (Khorezm), una civilización de regadío con imponentes fortalezas de adobe cuyas ruinas todavía salpican el desierto. Pero la Nukus actual es una creación soviética: hasta los años veinte era una aldea, y en 1932 fue designada capital de la recién creada república autónoma de Karakalpakia, dentro de Uzbekistán. Se planificó como una ciudad moderna de trazado ortogonal, con avenidas anchas, edificios administrativos y fábricas. Su nombre quedó ligado para siempre al de Ígor Savitsky, que en 1966 fundó allí el museo que lleva su nombre y convirtió a esta capital remota en un santuario del arte prohibido. En las últimas décadas, la tragedia del mar de Aral —que la industria algodonera soviética secó casi por completo— marcó el destino de la región. Su historia, de Corasmia a Savitsky y al Aral, está contada en nuestra página de historia.
Leer la historia completa ↓El extremo oeste de Uzbekistán: la república autónoma de Karakalpakia, con el sorprendente Museo Savitsky de Nukus y el estremecedor cementerio de barcos de Moynaq, testimonio del desastre del mar de Aral.
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Origen, formación y qué dicen las fuentes.
Imaginá que las obras de arte más peligrosas del imperio soviético, aquellas que Stalin quería borrar de la historia, no fueran destruidas ni quemadas, sino escondidas a plena vista en el rincón más remoto y polvoriento de ese mismo imperio, a salvo precisamente por su lejanía. Esa es, en pocas palabras, la increíble historia de Nukus, la capital de Karakalpakia, una ciudad de aspecto soviético plantada en medio del desierto del noroeste de Uzbekistán.
Nukus no tiene la belleza de Samarcanda ni la fama de Bujará. Es una ciudad joven, de avenidas anchas y edificios grises, en una tierra durísima marcada por el desierto y por la tragedia del mar de Aral. Y sin embargo guarda uno de los mayores secretos culturales de Asia Central: el Museo Savitsky, la segunda colección de arte de vanguardia ruso más grande del mundo. Para entender cómo llegó hasta aquí ese tesoro, y qué le pasó a la tierra que lo rodea, hay que remontarse muy atrás, a una civilización de hace más de dos mil años, y también muy cerca, a la vida de un hombre obsesivo y valiente.
Mucho antes de que existiera Nukus, esta región fue el corazón de Corasmia (Khorezm), una de las civilizaciones más antiguas y sorprendentes de Asia Central. En el delta del río Amu Daria, donde el gran río se abre en abanico antes de desembocar en el mar de Aral, floreció desde el primer milenio antes de nuestra era una cultura de regadío que domesticó el agua en un entorno hostil. Los corasmios construyeron ciudades y fortalezas colosales de adobe, algunas de las cuales todavía se alzan, medio derruidas por el viento, en el desierto que rodea Nukus: son las llamadas 'fortalezas del desierto', como Ayaz Kala o Toprak Kala.
Corasmia fue contemporánea de los persas aqueménidas, de Alejandro Magno, de los partos y de los kushanes. Practicaba el zoroastrismo, tenía su propia escritura y su propio calendario, y fue un nudo comercial entre las estepas nómadas del norte y las rutas de la seda del sur. Con la llegada del islam en los siglos VII y VIII, y más tarde bajo dinastías como los corasmios del siglo XII —que llegaron a formar un imperio antes de ser aniquilados por Gengis Kan en 1220—, la región siguió siendo un centro de cultura y regadío.
El pueblo karakalpako, que da hoy nombre a la república, es más reciente: un pueblo de lengua turca, emparentado con los kazajos, seminómada y pescador, que se asentó en el delta del Amu Daria y en las orillas del Aral entre los siglos XVI y XVIII. Su nombre significa 'gorros negros', por el tocado tradicional. Durante siglos vivieron de la ganadería, la agricultura de regadío y, sobre todo, de la pesca en el mar de Aral, entonces uno de los lagos más grandes del mundo.
La Nukus que se ve hoy es, en cambio, una creación del siglo XX. Hasta los años veinte no era más que una pequeña aldea a orillas del Amu Daria. Todo cambió con la llegada del poder soviético y su reorganización de Asia Central en repúblicas y regiones según criterios étnicos. En 1925 se creó una región autónoma karakalpaka y, en 1932, la República Socialista Soviética Autónoma de Karakalpakia, integrada poco después en la República Socialista Soviética de Uzbekistán. Nukus fue elegida capital y planificada desde cero como una ciudad moderna: trazado en cuadrícula, avenidas amplias, edificios administrativos, fábricas y bloques de viviendas.
La etapa soviética trajo modernización, escuelas y hospitales, pero también las sombras del sistema: la colectivización forzosa, la represión política y, sobre todo, la decisión que marcaría para siempre el destino de la región: convertir Asia Central en la gran plantación de algodón de la URSS. Para regar los inmensos campos de algodón, la planificación soviética desvió masivamente el agua de los ríos Amu Daria y Syr Daria, los dos que alimentaban el mar de Aral. Las consecuencias, que se harían catastróficas en las décadas siguientes, empezaban a gestarse.
Fue en esa Nukus soviética, remota y aparentemente gris, donde iba a ocurrir algo extraordinario en el terreno del arte, gracias a un hombre que llegó buscando ruinas antiguas y terminó salvando la memoria de una generación entera de artistas.
Ígor Savitsky nació en Kiev en 1915, en el seno de una familia acomodada, y estudió arte en Moscú en unos años terribles, los del estalinismo, cuando la única corriente permitida era el 'realismo socialista' y todo lo que se apartara de él —el cubismo, el constructivismo, la abstracción, cualquier vanguardia— era condenado como 'formalismo burgués'. Muchos artistas de la brillante vanguardia rusa de los años veinte fueron silenciados, encarcelados en el gulag o fusilados, y sus obras, escondidas, destruidas u olvidadas.
Savitsky llegó a Karakalpakia en 1950 como dibujante de una expedición arqueológica dedicada a la antigua Corasmia. Quedó fascinado por la región, por su arte popular y por sus ruinas, y en 1957 se instaló definitivamente en Nukus. Al principio se dedicó a reunir arte popular karakalpako y piezas arqueológicas, pero pronto empezó su gran obsesión: rescatar la pintura de vanguardia soviética que el régimen había proscrito. Recorrió el país buscando obras 'perdidas' —'enrolladas bajo la cama de viejas viudas, enterradas en la basura familiar, en los rincones oscuros de los estudios', como se contaría después— y las compró a las familias y viudas de los artistas represaliados, muchas veces a crédito, prometiendo pagar más adelante con presupuestos que el propio museo aún no tenía.
En 1966 logró fundar en Nukus un museo estatal de arte, del que fue su primer director, y allí fue acumulando aquella colección imposible: decenas de miles de obras que en cualquier lugar más visible habrían sido confiscadas. La lejanía de Nukus y la relativa indiferencia de las autoridades locales, más preocupadas por el algodón que por el arte, permitieron que la colección creciera casi en secreto. Savitsky trabajó hasta agotarse, expuesto él mismo a productos tóxicos de restauración, y murió en 1984, sin ver del todo reconocida su hazaña.
Mientras Savitsky salvaba cuadros, a pocos cientos de kilómetros se consumaba uno de los mayores desastres ambientales de la historia. El desvío de los ríos Amu Daria y Syr Daria para el algodón hizo que el mar de Aral, que en 1960 era el cuarto lago más grande del mundo, empezara a menguar sin freno. En pocas décadas perdió más del 90 % de su volumen, se dividió en varias masas de agua salobre y dejó al descubierto un vasto desierto de sal —el Aralkum— sobre el antiguo lecho marino. La pesca, que sostenía a decenas de miles de personas en Karakalpakia, desapareció; los puertos como Moynaq quedaron a más de cien kilómetros del agua; los vientos levantaron tormentas de polvo tóxico cargado de sal y pesticidas, y la salud de la población se deterioró gravemente. La tragedia del Aral se cuenta con más detalle en la página de historia de Moynaq.
Con la independencia de Uzbekistán en 1991, Karakalpakia siguió siendo república autónoma dentro del nuevo país, y Nukus continuó como su capital. La colección de Savitsky, que solo pudo mostrarse plenamente con la apertura de la perestroika y la caída de la URSS, empezó por fin a recibir el reconocimiento internacional que su fundador siempre supo que merecía: hoy el Museo Savitsky es célebre en el mundo del arte y atrae a viajeros de todo el planeta hasta este rincón perdido.
El Nukus de hoy vive en esa doble condición: capital de una tierra golpeada por el desastre del Aral, con problemas económicos y de despoblación, y a la vez guardián de un tesoro artístico único y puerta de entrada a un paisaje sobrecogedor. Sus museos y sus excursiones al desierto ofrecen dos caras de una misma historia: la de la creación humana que se salva contra todo pronóstico y la de la destrucción humana que se paga durante generaciones.