En el extremo sur del país, a orillas del Amu Daria y frente a Afganistán, se encuentra Termez, una de las ciudades más antiguas y singulares de Uzbekistán. Situada en un cruce de rutas entre Asia Central y el subcontinente indio, fue un gran centro del budismo entre los siglos I y IV, en la época del Imperio kushán. De aquel pasado quedan estupas y monasterios como Fayaz-Tepe y Kara-Tepe, donde se hallaron notables esculturas y frescos budistas hoy dispersos en los museos.
Con la llegada del islam, Termez se convirtió también en un centro religioso musulmán, del que dan fe mausoleos como el del santo Al-Hakim at-Termezi y el conjunto de Sultan Saodat. Su condición fronteriza y militar la mantuvo durante mucho tiempo cerrada al turismo, lo que la convierte en uno de los destinos más auténticos y menos visitados del país, ideal para quienes buscan el legado arqueológico de la región.
Al pie de las montañas de Nurata, en el límite con el desierto de Kyzylkum, el pueblo de Nurata guarda las ruinas de una fortaleza cuyo origen la tradición atribuye a Alejandro Magno, que habría fundado aquí un puesto defensivo (el Nur) en su avance por Asia Central. Junto a la fortaleza brota un manantial sagrado, el Chashma, poblado de peces considerados santos, que convierte a Nurata en un lugar de peregrinación musulmana.
Nurata es además la puerta de entrada al desierto y a la estepa: desde aquí se accede a los campamentos de yurtas que permiten experimentar la vida nómada, los paseos en camello y el silencio de las dunas. La región es conocida también por sus tradicionales bordados suzani, otra de las grandes artesanías uzbekas.
En pleno desierto de Kyzylkum se extiende el lago Aydarkul, una enorme masa de agua que, paradójicamente, es en buena parte producto de la era soviética: se formó y creció a partir de las décadas de 1960 y 1969 con los desbordes y desagües del embalse de Chardara sobre el Sir Daria. Hoy sus orillas, entre dunas y estepa, ofrecen una de las experiencias más buscadas del país: dormir en yurtas, contemplar cielos estrellados sin contaminación lumínica y recorrer el desierto a lomo de camello.
Esta región de arena y estepa, la más vacía y silenciosa de Uzbekistán, permite acercarse a la vida seminómada que durante siglos convivió con las ciudades caravaneras. Es un contrapunto natural perfecto a las cúpulas y madrazas de la Ruta de la Seda, y una de las escapadas favoritas entre Samarcanda, Bujará y Nurata.