Lviv es, para muchos, la ciudad más bella de Ucrania y la más 'europea' de todas: un casco histórico de callejones empedrados, plazas señoriales, iglesias de todos los ritos y cafés con siglos de historia, declarado Patrimonio Mundial de la Unesco en 1998. Capital histórica de Galitzia, fue fundada en el siglo XIII y pasó por manos polacas, austrohúngaras y soviéticas antes de ser ucraniana; esa mezcla de culturas —ucraniana, polaca, judía, armenia, austriaca— quedó grabada en su arquitectura y le da un aire inconfundible de Cracovia o Praga. Es también la capital cultural y espiritual del oeste del país y una de las cunas del nacionalismo ucraniano.
Importante: desde la invasión rusa a gran escala de febrero de 2022, Ucrania está en guerra y bajo ley marcial. Aunque Lviv está lejos del frente y es de las zonas más seguras del país —de hecho acogió a cientos de miles de desplazados—, no es, por ahora, un destino turístico plenamente seguro: hay alertas aéreas y ataques ocasionales con misiles y drones, rige un toque de queda nocturno y los gobiernos, incluido el argentino, desaconsejan viajar a Ucrania. Esta guía es informativa y cultural, pensada para conocer Lviv y planificar una visita cuando las condiciones de seguridad lo permitan, sin frivolizar una guerra que sigue en curso.
Con esas advertencias por delante, esta guía recorre la Lviv imprescindible: la plaza del Mercado y su ayuntamiento, las grandes catedrales de los distintos ritos, la capilla Boim, la Ópera, la colina del Alto Castillo, el emotivo cementerio de Lichakiv y la incomparable cultura cafetera de la ciudad. Muchos precios, horarios y servicios están hoy alterados por la guerra, así que todo dato debe reconfirmarse antes de cualquier viaje futuro.
Lviv fue fundada hacia mediados del siglo XIII por el rey Daniel de Galitzia (Danylo Románovich), que la llamó así en honor a su hijo León (Lev). En el siglo XIV pasó al reino de Polonia, y bajo dominio polaco floreció como gran ciudad comercial multiétnica, con comunidades ucraniana, polaca, judía, armenia y alemana. Tras las particiones de Polonia (1772) quedó bajo el Imperio austrohúngaro como capital de la provincia de Galitzia, con el nombre alemán de Lemberg, y vivió una edad de oro cultural. En el siglo XX fue escenario de guerras, del Holocausto que aniquiló a su enorme comunidad judía, y de la anexión soviética que expulsó a su población polaca. Desde 1991 es una de las ciudades más queridas de la Ucrania independiente y un símbolo de su identidad europea. Su casco histórico es Patrimonio Mundial de la Unesco desde 1998. La historia completa está en nuestra página de historia.
Leer la historia completa ↓La Ucrania más centroeuropea: la Lviv de la Galitzia habsbúrgica, «Piamonte» del despertar nacional; la elegante Chernivtsi de la Bucovina; las aldeas hutsules de los Cárpatos; la Transcarpatia de Úzhgorod; y las grandes fortalezas de Kámianets-Podilskyi y Jotín.
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Origen, formación y qué dicen las fuentes.
El nombre de Lviv guarda su origen: significa 'la ciudad de León'. Fue fundada a mediados del siglo XIII por el rey Daniel de Galitzia (Danylo Románovich), el más poderoso de los príncipes del reino de Galitzia-Volinia, uno de los estados que heredaron el legado de la Rus de Kiev tras su fragmentación. Daniel bautizó a la nueva ciudad en honor a su hijo León (Lev), y la situó estratégicamente en un cruce de rutas comerciales entre el Báltico y el mar Negro, entre Europa central y las estepas del este.
Era una época turbulenta. El reino de Galitzia-Volinia acababa de sufrir la devastadora invasión mongola de 1240-1241, y Daniel tuvo que maniobrar entre la sumisión a la Horda de Oro y la búsqueda de aliados en Occidente; llegó incluso a ser coronado rey con el reconocimiento del papa. Lviv nació, así, como una ciudad de frontera entre mundos: el ortodoxo oriental y el católico occidental, una condición que marcaría toda su historia.
Desde su origen, la ciudad atrajo a mercaderes y artesanos de muchos pueblos —rutenos (ucranianos), armenios, judíos, alemanes—, lo que la convirtió muy pronto en un enclave comercial próspero y multiétnico. Su ubicación la hacía codiciada, y a la muerte de la dinastía de Galitzia-Volinia sería objeto de disputa entre sus vecinos.
En 1349, el rey Casimiro III el Grande de Polonia conquistó Lviv y la incorporó al reino polaco, al que pertenecería durante más de cuatro siglos. Bajo dominio polaco, y con el nombre de Lwów, la ciudad vivió una larga etapa de esplendor comercial. Situada en las grandes rutas del comercio entre Oriente y Occidente, recibió el derecho de Magdeburgo, se rodeó de murallas y creció en torno a su gran plaza del Mercado.
Lviv fue, ante todo, una ciudad de muchas naciones y credos conviviendo en un mismo espacio. Cada comunidad tenía su barrio, sus iglesias y su rito: los católicos latinos (sobre todo polacos), los ortodoxos y luego greco-católicos (rutenos-ucranianos), los armenios —con su propia catedral—, y una numerosa y antiquísima comunidad judía. Esa diversidad quedó grabada para siempre en el paisaje urbano, con catedrales de distintos ritos a pocos metros unas de otras, un caso poco común en Europa.
La ciudad resistió asedios cosacos, tártaros, suecos y otomanos, y se ganó el sobrenombre de 'Semper Fidelis' ('siempre fiel') a la corona polaca. En los siglos XVI y XVII floreció el arte: se levantaron la capilla Boim, la Casa Negra, los palacios renacentistas de la plaza del Mercado y las grandes iglesias barrocas que aún hoy definen su casco histórico.
Con la primera partición de Polonia, en 1772, Lviv pasó al Imperio de los Habsburgo y se convirtió, con el nombre alemán de Lemberg, en la capital del reino de Galitzia y Lodomeria, la mayor y más poblada provincia del imperio austríaco. Durante casi siglo y medio de dominio austrohúngaro, la ciudad vivió una segunda edad de oro: se modernizó, se cubrió de elegantes edificios de estilo vienés, tendió tranvías, abrió cafés y teatros —como la espléndida Ópera— y se llenó de la atmósfera centroeuropea que todavía se respira.
La relativa tolerancia cultural del régimen austríaco, sobre todo tras la autonomía concedida a Galitzia, convirtió a Lviv en un hervidero de vida nacional. Fue a la vez un gran centro de la cultura polaca y la cuna del renacer nacional ucraniano en Galitzia: aquí se desarrollaron la prensa, las asociaciones, el teatro y la política ucranianos, y la Iglesia greco-católica, con su catedral de San Jorge, se erigió en pilar de la identidad rutena. También prosperó la comunidad judía, que llegó a ser una de las mayores de Europa central.
Esa convivencia, sin embargo, no estuvo exenta de tensiones nacionales crecientes entre polacos, ucranianos y judíos, que estallarían con violencia en el siglo XX. A comienzos del siglo XX, Lviv era una ciudad brillante, cosmopolita y culta, en la frontera de tres mundos.
El siglo XX fue devastador para Lviv. Tras el hundimiento del Imperio austrohúngaro en 1918, polacos y ucranianos se enfrentaron en una guerra por el control de la ciudad; venció Polonia, y Lviv (Lwów) volvió a ser polaca durante el período de entreguerras. Pero la Segunda Guerra Mundial la arrastró a la catástrofe. En septiembre de 1939, en virtud del pacto entre la Alemania nazi y la Unión Soviética, la ciudad fue ocupada por los soviéticos, que impusieron su terror: deportaciones, arrestos y ejecuciones.
En 1941, la invasión alemana de la URSS trajo el capítulo más atroz. La numerosa comunidad judía de Lviv —más de cien mil personas— fue perseguida, confinada en un gueto y casi por completo aniquilada en el Holocausto, entre las masacres de las primeras semanas, el gueto y el cercano campo de exterminio de Bełżec y el campo de trabajo de Janowska. Fue el fin de siglos de vida judía en la ciudad.
Con la victoria soviética, en 1944-1945, Lviv fue incorporada a la Ucrania soviética, y su histórica población polaca fue expulsada casi en su totalidad hacia la nueva Polonia, en un gigantesco traslado forzoso de poblaciones. La ciudad multiétnica de siglos desapareció: Lviv se convirtió en una urbe mayoritariamente ucraniana. Bajo el régimen soviético fue, pese a la represión, un bastión discreto de la identidad y la lengua ucranianas, y la Iglesia greco-católica, prohibida, sobrevivió en la clandestinidad.
Con la independencia de Ucrania en 1991, Lviv recuperó su papel de capital cultural y espiritual del oeste del país y se convirtió en uno de los grandes símbolos de la identidad nacional ucraniana. La Iglesia greco-católica salió de la clandestinidad y recuperó sus templos, empezando por la catedral de San Jorge; el idioma ucraniano, siempre fuerte aquí, floreció, y la ciudad se volcó al turismo y a la cultura, redescubriendo su patrimonio centroeuropeo.
Ese reconocimiento culminó en 1998, cuando la Unesco inscribió el conjunto del centro histórico de Lviv en la lista del Patrimonio Mundial, valorando su trazado urbano intacto y la extraordinaria mezcla de tradiciones arquitectónicas y artísticas —de Oriente y Occidente, latinas, bizantinas, judías y armenias— acumuladas a lo largo de los siglos. Lviv se consolidó como una de las ciudades más visitadas y queridas de Ucrania, célebre por sus cafés, su gastronomía y su ambiente romántico.
Desde la invasión rusa a gran escala de febrero de 2022, Lviv, por su posición en el extremo occidental, se convirtió en uno de los principales refugios del país: acogió a cientos de miles de desplazados internos, en tránsito hacia la frontera polaca o buscando un lugar más seguro. Aunque lejos del frente, no ha quedado a salvo: ha sufrido ataques con misiles y drones que han causado víctimas y daños. Hoy la ciudad combina su vida cultural con la realidad de la guerra —refugios, toque de queda, funerales de soldados en el cementerio de Lichakiv— y se ofrece a esta guía como testimonio de una Europa que Ucrania defiende con su historia y su cultura milenarias.