En la Alta Edad Media, las orillas del Dniéper eran el eje de una gran ruta comercial que unía el Báltico con Constantinopla, «de los varegos a los griegos». Sobre esa ruta, mercaderes y guerreros escandinavos (los varegos o rus) se mezclaron con las tribus eslavas orientales y, hacia finales del siglo IX, dieron forma a un Estado con centro en Kiev: la Rus de Kiev (Kýivska Rus), la primera gran civilización de los eslavos orientales y la cuna común de la que descienden ucranianos, rusos y bielorrusos. La tradición atribuye la fundación de Kiev al legendario príncipe Kyi y sus hermanos, y el traslado de la capital allí al príncipe Oleg hacia el año 882.
El acontecimiento decisivo llegó en el año 988, cuando el gran príncipe Vladímir (Volodímir el Grande) se bautizó y ordenó el bautismo colectivo de los habitantes de Kiev en las aguas del Dniéper, adoptando el cristianismo de rito bizantino que llegaba de Constantinopla. Su abuela, la princesa Olga, ya se había convertido décadas antes, pero fue el bautismo de 988 el que ató para siempre a la Rus a la cristiandad ortodoxa, con su liturgia en eslavo eclesiástico, su alfabeto y su arte de iconos y cúpulas. Aquella elección orientó a estas tierras hacia Bizancio y no hacia la Roma latina, una bifurcación cuyas consecuencias culturales durarían mil años.
El apogeo llegó bajo Yaroslav el Sabio (1019-1054), que hizo de Kiev una de las mayores ciudades de Europa, promulgó el primer código de leyes eslavo (la Rúskaya Pravda), fundó bibliotecas y emparentó a su familia con las cortes reales del continente. De su tiempo datan los dos grandes monumentos que todavía coronan Kiev: la catedral de Santa Sofía, con sus mosaicos bizantinos, y el monasterio de las Cuevas (Kýivo-Pecherska Lavra), fundado hacia 1051, cuna del monacato y de las primeras crónicas. La herencia de la Rus de Kiev es hoy objeto de una vieja disputa entre las historiografías ucraniana y rusa, que reclaman su legado; lo que no se discute es que en aquellas orillas del Dniéper nació la civilización de la que todos ellos proceden.
La Rus de Kiev, dividida desde el siglo XII en principados rivales, no resistió el golpe que llegó de la estepa. En el invierno de 1240, los ejércitos mongoles de Batú Kan sitiaron y arrasaron Kiev: entre el 28 de noviembre y el 6 de diciembre, la ciudad fue tomada, incendiada y despoblada. Las crónicas, seguramente con exageración, cuentan que de decenas de miles de habitantes solo sobrevivieron unos pocos miles, y que apenas quedaron en pie un puñado de los grandes edificios. La caída de Kiev quebró para siempre la centralidad de la ciudad y sometió a las tierras rusas al dominio de la Horda de Oro, el kanato mongol que durante generaciones exigió tributo y sumisión a los príncipes.
Mientras el noreste (la futura Rusia moscovita) quedaba largo tiempo bajo el yugo tártaro, en el suroeste sobrevivió y floreció un Estado sucesor de la Rus: el principado —luego reino— de Galitzia-Volinia (Halych-Volín), que agrupaba las tierras del oeste de la actual Ucrania. Su gobernante más notable, Daniel de Galitzia (Danýlo Románovych), reconstruyó las ciudades, negoció con los mongoles y con Occidente, y en 1253 fue coronado rey de la Rus (rex Rusiae) con el reconocimiento del papa. A él se atribuye la fundación de Lviv, que llamó así en honor a su hijo León (Lev).
Durante casi un siglo, Galitzia-Volinia mantuvo viva la tradición estatal, cultural y religiosa de la Rus en el oeste, orientada tanto hacia Bizancio como hacia la Europa central. Pero, extinguida su dinastía a mediados del siglo XIV, el reino fue disputado y repartido entre sus vecinos: Polonia se quedó con Galitzia, y las demás tierras rusas cayeron en la órbita de un nuevo poder que crecía desde el norte, el Gran Ducado de Lituania. Así terminó la herencia política directa de la Rus de Kiev y comenzaron los siglos en que los ucranianos vivirían bajo soberanías ajenas.
A lo largo del siglo XIV, la mayor parte de las tierras de la antigua Rus —incluida la propia Kiev, incorporada hacia 1362 tras la batalla del río Azul (Síni Vody)— pasó a formar parte del Gran Ducado de Lituania, un Estado enorme que se extendía del Báltico casi hasta el mar Negro. Los grandes duques lituanos, en un principio paganos, gobernaron sobre una mayoría de súbditos eslavos y ortodoxos, adoptaron su lengua administrativa (el ruteno antiguo, antepasado del ucraniano y el bielorruso) y respetaron en gran medida sus costumbres y su fe. Fue una época en que la herencia de la Rus siguió viva bajo un cetro extranjero relativamente tolerante.
Todo cambió con la unión de Lituania y Polonia. Iniciada con el matrimonio dinástico de 1385-1386, la unión culminó en 1569 con la Unión de Lublin, que fundió a ambos Estados en la Rzeczpospolita, la Mancomunidad polaco-lituana. En ese acuerdo, las tierras ucranianas fueron transferidas del Gran Ducado a la Corona de Polonia, con consecuencias profundas: sobre los campesinos ortodoxos rutenos se impuso la nobleza polaca y católica, se extendió la servidumbre y llegó una fuerte presión cultural y religiosa. La Unión de Brest de 1596 creó además la Iglesia greco-católica (uniata), que conservaba el rito bizantino pero reconocía la autoridad del papa, y que dividió a los ucranianos entre uniatas y ortodoxos, una fractura religiosa que perdura.
Bajo el dominio polaco, la sociedad ucraniana quedó estratificada de forma tensa: una aristocracia y unas ciudades cada vez más polonizadas y católicas por arriba; una masa campesina ortodoxa y rutena, sometida a la servidumbre, por abajo. En ese mundo de latifundios, magnates y siervos, en la frontera salvaje de la estepa del sur donde el poder del Estado apenas llegaba, iba a nacer un fenómeno nuevo y explosivo, hecho de hombres libres y armados que no aceptaban ni el yugo del señor ni la ley del rey: los cosacos.
En las tierras sin dueño de la estepa, más allá de los rápidos (los porohy) del bajo Dniéper, se congregaron desde el siglo XV campesinos fugitivos, aventureros y hombres libres que vivían de la caza, la pesca y la guerra contra los tártaros y los turcos. Eran los cosacos zapórogos (de za porohy, «más allá de los rápidos»), organizados en una comunidad militar autogobernada, la Sich zapóroga, que elegía a sus jefes y se regía por sus propias asambleas. Con el tiempo se convirtieron en una fuerza militar temible y en el símbolo de una libertad ucraniana que desafiaba tanto al rey polaco como a los imperios vecinos.
La gran explosión llegó en 1648, cuando el hetman (jefe) cosaco Bohdán Jmelnitski encabezó un levantamiento masivo contra la Mancomunidad polaco-lituana. Apoyado por los campesinos rutenos y aliado en un principio con el kanato de Crimea, Jmelnitski infligió a los ejércitos polacos una serie de derrotas y liberó buena parte de las tierras ucranianas, dando origen a un Estado cosaco propio: el hetmanato (el Ejército Zapórogo), en el centro de la actual Ucrania. El alzamiento tuvo también una cara terrible: fue acompañado de matanzas masivas de la población judía y polaca, uno de los mayores pogromos de la historia europea premoderna.
Acorralado entre Polonia, Crimea y el imperio otomano, Jmelnitski buscó un protector poderoso y lo halló en el zar de Moscovia: en 1654, el Acuerdo de Pereiáslav puso al hetmanato bajo la protección del zar, un pacto de interpretación disputadísima —los cosacos lo entendieron como una alianza entre iguales; Moscú, como una sumisión— que marcaría el comienzo de la larga absorción de Ucrania por Rusia. Las décadas siguientes, conocidas como «la Ruina», fueron de guerras devastadoras que dividieron las tierras ucranianas entre Polonia, Rusia y los otomanos. El último gran intento de emancipación fue el del hetman Iván Mazepa, que en 1708 se alió con Suecia contra el zar Pedro el Grande; su derrota en la batalla de Poltava, en 1709, selló el destino del hetmanato, que Catalina la Grande terminaría de abolir en 1764, arrasando además la Sich zapóroga en 1775.
A finales del siglo XVIII, el reparto de Polonia y la expansión rusa dejaron a los ucranianos divididos entre dos grandes imperios que se mantendrían durante más de cien años. La inmensa mayoría —el centro, el este y el sur, incluida Kiev— quedó bajo el Imperio ruso, que llamaba a estas tierras «Pequeña Rusia» (Malorossia) y negaba la existencia misma de una nación ucraniana distinta de la rusa. La minoría del oeste —Galitzia, con capital en Lviv (Lemberg), y más al sur la Bucovina— cayó en 1772 bajo la monarquía de los Habsburgo, que la organizó como el reino de Galitzia y Lodomeria.
Las dos experiencias fueron muy distintas y explican buena parte de las diferencias que aún hoy recorren el país. En la Ucrania rusa, el régimen zarista aplicó una política de rusificación y de represión de la lengua y la cultura ucranianas: el idioma fue tachado de simple «dialecto» y su uso público llegó a prohibirse por decreto (la Circular de Valúyev de 1863 y el Ukaz de Ems de 1876). La servidumbre, que ataba a los campesinos a la tierra, no se abolió hasta 1861. En cambio, en la Galitzia austríaca, sobre todo tras las reformas liberales de los años 1860, los ucranianos (llamados allí rutenos) gozaron de escuelas, prensa, diputados y asociaciones propias, y la Iglesia greco-católica actuó como sostén de la identidad nacional.
Por eso Galitzia se convirtió en el «Piamonte ucraniano», el refugio donde pudo desarrollarse con libertad el movimiento nacional que en el este era perseguido. Allí floreció una vida política e intelectual ucraniana moderna, mientras Lviv se transformaba en una gran ciudad multicultural de polacos, ucranianos y judíos. En el este ruso, pese a la represión, la nación también despertaba: en la primera mitad del siglo XIX, el poeta Tarás Shevchenko —antiguo siervo comprado y liberado, luego desterrado por el zar— dio a los ucranianos, con su Kobzar, una lengua literaria y una conciencia nacional que ninguna prohibición pudo ya borrar. Shevchenko es hoy el símbolo mayor de la nación ucraniana.
El derrumbe simultáneo de los imperios ruso y austrohúngaro al final de la Primera Guerra Mundial abrió, por primera vez en siglos, la posibilidad de un Estado ucraniano. En marzo de 1917, tras la caída del zar, se formó en Kiev una asamblea nacional, la Rada Central, que fue proclamando la autonomía y luego, en enero de 1918, la independencia plena de la República Popular Ucraniana. En el oeste, sobre las ruinas de Austria-Hungría, se proclamó en 1918 la República Popular de Ucrania Occidental, con centro en Lviv, y ambas anunciaron su unión el 22 de enero de 1919 (el «Acto de Unión», que Ucrania conmemora cada año).
Pero la independencia se hundió en el caos de una guerra de todos contra todos. Entre 1917 y 1921, las tierras ucranianas fueron campo de batalla del Ejército Rojo bolchevique, los Ejércitos Blancos, las tropas polacas, los alemanes, los anarquistas de Néstor Majnó y varios gobiernos ucranianos rivales. Fue un período de violencia extrema, con hambrunas y con una oleada de pogromos que costó la vida a decenas de miles de judíos. En el oeste, la guerra polaco-ucraniana de 1918-1919 terminó con la derrota de los ucranianos, y Galitzia quedó incorporada a la nueva Polonia; la Bucovina fue a Rumania y la Transcarpatia a Checoslovaquia.
En el centro y el este triunfaron finalmente los bolcheviques, que en 1922 integraron a Ucrania como una de las repúblicas fundadoras de la Unión Soviética: la República Socialista Soviética de Ucrania. En sus primeros años, la política soviética de «indigenización» (korenizatsia) llegó a favorecer la lengua y la cultura ucranianas, y floreció una brillante generación de escritores, artistas y cineastas. Aquella primavera cultural terminó de forma brutal a comienzos de los años treinta, cuando Stalin la aniquiló en las purgas que la memoria ucraniana llama «el Renacimiento fusilado», y desató sobre el campo ucraniano una catástrofe todavía mayor.
Entre 1932 y 1933, Ucrania sufrió una de las mayores catástrofes de su historia: una hambruna masiva provocada por las políticas del régimen soviético de Stalin, conocida en ucraniano como Holodomor, «matar de hambre». No fue una hambruna natural. Fue el resultado de la colectivización forzosa de la agricultura, de la fijación de cuotas de grano imposibles de cumplir y de las requisas implacables con que el Estado confiscó a los campesinos hasta la última reserva de alimento, mientras cerraba las fronteras de la república para impedir que la gente huyera a buscar comida.
Las cifras de víctimas están sujetas a estudio y a debate historiográfico. Las estimaciones demográficas más rigurosas sitúan el número de muertos por hambre en Ucrania en torno a los 3,5 a 5 millones de personas en poco más de un año, dentro de una hambruna soviética más amplia que mató a varios millones más en otras regiones. Los especialistas coinciden en que la cifra exacta nunca se conocerá con certeza. También se discute la intención: numerosos historiadores y varios Estados la califican de genocidio deliberado contra la nación ucraniana, mientras que otros investigadores la interpretan como la consecuencia atroz —aunque previsible y en gran medida evitable— de una colectivización criminal aplicada con especial dureza en Ucrania. Lo que no se discute es la magnitud del horror ni la responsabilidad del régimen que lo causó y luego lo negó y lo ocultó durante décadas.
Durante el resto de la era soviética, mencionar siquiera la hambruna estuvo prohibido, y el mundo tardó en conocerla. Solo con la independencia pudo Ucrania honrar abiertamente a sus muertos: hoy el Holodomor es reconocido oficialmente como genocidio por el Parlamento ucraniano y por decenas de países, se recuerda cada cuarto sábado de noviembre y tiene en Kiev un memorial nacional. La herida de 1933 —pueblos enteros vaciados, la aniquilación de buena parte del campesinado que era el corazón de la nación— quedó grabada en la memoria ucraniana como el símbolo extremo de lo que significó para el país el dominio de Moscú.
Ninguna región de Europa sufrió la Segunda Guerra Mundial de forma más devastadora que Ucrania, convertida en el principal campo de batalla del frente oriental y en escenario de algunos de los mayores crímenes del siglo. Tras el pacto germano-soviético de 1939, la Unión Soviética anexionó Galitzia oriental, la Volinia occidental y la Bucovina del norte, sometiendo a sus habitantes a deportaciones y ejecuciones de la NKVD. Después, en junio de 1941, la Alemania nazi invadió la Unión Soviética y ocupó toda Ucrania, tratándola como espacio de colonización y de saqueo dentro de sus planes de exterminio.
La ocupación alemana fue de una brutalidad extrema. En suelo ucraniano se cometió una parte inmensa del Holocausto: cerca de un millón y medio de judíos ucranianos fueron asesinados, muchos de ellos fusilados a las orillas de sus propias ciudades por los escuadrones móviles de las SS. El símbolo de esa matanza es el barranco de Babi Yar, a las afueras de Kiev, donde en dos días de septiembre de 1941 los alemanes asesinaron a casi 34.000 judíos, y donde siguieron ejecutando a decenas de miles de personas más. Millones de civiles ucranianos murieron por las represalias, el hambre y el trabajo forzado, y más de dos millones fueron deportados a Alemania como mano de obra esclava.
La guerra fue también, en Ucrania, un conflicto de una complejidad trágica. Mientras millones de ucranianos combatían y morían en las filas del Ejército Rojo, en el oeste surgió un movimiento nacionalista armado —el Ejército Insurgente Ucraniano (UPA), ligado a la facción de la OUN de Stepán Bandera— que luchó contra los soviéticos con la esperanza de una Ucrania independiente, colaboró en distintos momentos con los alemanes y protagonizó, en 1943-44, la limpieza étnica y matanza de decenas de miles de polacos en Volinia, un episodio que sigue envenenando la memoria entre ambos países. Cuando el Ejército Rojo reconquistó Ucrania en 1943-1944, las pérdidas humanas y materiales eran colosales: se calcula que murieron entre cinco y siete millones de habitantes de la Ucrania soviética, y ciudades enteras quedaron en ruinas.
Terminada la guerra, Ucrania quedó reconstruida e integrada de nuevo en la Unión Soviética, ahora con sus fronteras casi completas: en 1945 se le incorporó por fin la Transcarpatia, y en 1954, con motivo del tercer centenario del Acuerdo de Pereiáslav, el líder soviético Nikita Jrushchov —él mismo formado políticamente en Ucrania— transfirió la península de Crimea de la república rusa a la ucraniana, un traspaso administrativo interno cuyas consecuencias estallarían medio siglo después. La resistencia armada nacionalista del oeste fue aplastada a comienzos de los años cincuenta, con deportaciones masivas a Siberia.
Las décadas soviectas de posguerra fueron de industrialización pesada, urbanización y relativa estabilidad, pero también de rusificación cultural y de dura represión de toda disidencia nacional: en los años sesenta y setenta, una generación de intelectuales y activistas ucranianos (los shestydesiátnyky, «los del sesenta») fue perseguida y encarcelada por defender la lengua y los derechos del país. Ucrania era, con todo, una de las repúblicas más ricas y pobladas de la URSS, su granero y una de sus grandes bases industriales y militares.
El golpe que empezó a resquebrajar esa fachada llegó el 26 de abril de 1986, cuando el reactor número 4 de la central nuclear de Chernóbil, al norte del país, explotó durante una prueba de seguridad mal ejecutada sobre un reactor de diseño defectuoso. Fue el peor accidente nuclear de la historia: una nube radiactiva se extendió por buena parte de Europa, se evacuó para siempre a la vecina ciudad de Prípiat y a decenas de miles de personas, y se estableció una zona de exclusión de treinta kilómetros de radio que aún hoy permanece. La respuesta movilizó a cientos de miles de «liquidadores». El intento inicial del régimen de ocultar la catástrofe, y la lentitud y el secretismo con que actuó, minaron gravemente la confianza en Moscú y dieron un impulso enorme al despertar cívico y nacional que, cinco años después, llevaría a la independencia.
La perestroika de Gorbachov abrió en la segunda mitad de los años ochenta un espacio de libertad que Ucrania aprovechó con rapidez: surgieron movimientos cívicos como el Rukh, se reivindicó la memoria del Holodomor y de Chernóbil, y las repúblicas empezaron a reclamar soberanía. Cuando en agosto de 1991 fracasó en Moscú el golpe de Estado de los comunistas de línea dura, el Parlamento ucraniano proclamó la independencia el 24 de agosto. El 1 de diciembre de 1991, un referéndum la ratificó de forma abrumadora: más del 90% de los votantes apoyó la independencia, con mayoría en todas las regiones, incluida Crimea. La Unión Soviética se disolvió pocas semanas después.
Los primeros años de la nueva Ucrania fueron difíciles: una transición económica caótica, hiperinflación, corrupción y el peso de una clase dirigente heredada del aparato soviético. En 1994, el país dio un paso trascendental al renunciar al enorme arsenal nuclear que había heredado de la URSS —el tercero del mundo— a cambio de garantías de seguridad recogidas en el Memorándum de Budapest, firmado entre otros por Rusia, garantías que Moscú violaría veinte años más tarde.
La Ucrania independiente demostró pronto una notable capacidad de movilización cívica. En el invierno de 2004, el fraude electoral que dio la victoria al candidato prorruso Víktor Yanukóvich sacó a millones de personas a las calles en la Revolución Naranja, una protesta pacífica que forzó la repetición de los comicios y la victoria del reformista Víktor Yúshchenko. Diez años más tarde, en el invierno de 2013-2014, la decisión de Yanukóvich —ya presidente— de dar marcha atrás en el acuerdo de asociación con la Unión Europea desató el Euromaidán, o Revolución de la Dignidad: meses de protestas en la plaza de la Independencia de Kiev que culminaron en febrero de 2014 con la muerte de alrededor de un centenar de manifestantes a manos de las fuerzas de seguridad, la huida de Yanukóvich a Rusia y la instauración de un gobierno decidido a acercar el país a Europa.
La respuesta de Rusia al Euromaidán fue inmediata y militar. En febrero y marzo de 2014, soldados rusos sin insignias —los llamados «hombrecillos verdes»— tomaron el control de la península de Crimea, y tras un referéndum celebrado bajo ocupación militar y considerado ilegal por la abrumadora mayoría de la comunidad internacional, Rusia anexionó Crimea el 18 de marzo de 2014. La Asamblea General de la ONU votó, poco después, no reconocer esa anexión. Casi al mismo tiempo, Moscú fomentó y armó un levantamiento separatista en las regiones orientales del Donbás (Donetsk y Lugansk), que derivó en una guerra de baja intensidad prolongada durante ocho años y decenas de miles de muertos.
El 24 de febrero de 2022, Rusia lanzó una invasión a gran escala de Ucrania. Columnas rusas atacaron simultáneamente desde el norte (por Bielorrusia hacia Kiev), desde el este y desde el sur (por Crimea), con el objetivo declarado por el Kremlin de descabezar el Estado ucraniano en cuestión de días. El plan fracasó: bajo el liderazgo del presidente Volodímir Zelenski, que rechazó abandonar la capital, el ejército y la sociedad ucranianos resistieron, frenaron el avance sobre Kiev y obligaron a las fuerzas rusas a retirarse del norte del país en la primavera de 2022. La guerra se transformó entonces en un conflicto de desgaste prolongado, con un frente que se extiende por el este y el sur del país.
La invasión de 2022 provocó la mayor guerra en Europa desde 1945 y una tragedia humanitaria de enorme escala: ciudades como Mariúpol, Bajmut o Járkov quedaron devastadas, se documentaron crímenes de guerra como las matanzas de civiles en Bucha, y millones de ucranianos se convirtieron en refugiados o desplazados. Las bajas militares de ambos bandos se cuentan por cientos de miles. Al mismo tiempo, la guerra selló como pocas cosas la identidad nacional ucraniana y aceleró su rumbo occidental: en 2022 el país obtuvo el estatus de candidato a la Unión Europea. Al escribirse estas líneas, la guerra continúa sin una solución a la vista, y su desenlace marcará no solo el futuro de Ucrania, sino el orden de seguridad de toda Europa. Esta es una historia todavía abierta, que Ucrania afronta con una determinación forjada en mil años de existencia en la frontera de los imperios.
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El noreste de Ucrania forma una región histórica conocida como la Slobozhánschina, cuyo centro es la ciudad de Járkov (Járkiv). El nombre viene de las slobodá, los asentamientos libres que en los siglos XVI y XVII poblaron esta frontera despoblada y peligrosa, entonces expuesta a las incursiones de los tártaros de Crimea. Los colonos, en su mayoría cosacos y campesinos ucranianos que huían de la servidumbre polaca, recibieron tierras y ciertas libertades a cambio de defender el límite meridional del Estado ruso.
Járkov fue fundada hacia mediados del siglo XVII como una de esas fortalezas de frontera. Con el tiempo, a medida que la línea de defensa avanzaba hacia el sur y la amenaza tártara desaparecía, la comarca se transformó en una próspera región agrícola y comercial. En 1805 se fundó en Járkov una de las primeras universidades del Imperio ruso en tierras ucranianas, que convirtió a la ciudad en un temprano foco de vida cultural e intelectual y, más adelante, en un centro del despertar nacional ucraniano.
A lo largo del siglo XIX, Járkov creció como nudo ferroviario y como uno de los grandes centros industriales del sur del Imperio ruso, con fábricas, bancos y una activa vida urbana. Esa vocación industrial y universitaria marcaría su destino en el siglo XX, cuando la ciudad, la mayor del este ucraniano, se convertiría por unos años en la capital de la nueva Ucrania soviética y en escenario de algunos de los capítulos más brillantes y más trágicos de la historia cultural del país.
Entre diciembre de 1919 y enero de 1934, Járkov fue la capital de la República Socialista Soviética de Ucrania. Los bolcheviques la eligieron por su fuerte carácter obrero e industrial y por su proximidad a Rusia, en una época en que aún no controlaban del todo la más nacionalista Kiev. Durante esos años, Járkov vivió una expansión frenética: se llenó de audaces edificios de estilo constructivista, entre ellos el gigantesco complejo Derzhprom, una de las obras maestras de la arquitectura de vanguardia de los años veinte, y su población se disparó.
Aquellos fueron también los años de la política soviética de «ucranización», que en la década de 1920 promovió la lengua y la cultura ucranianas y atrajo a la capital a una extraordinaria generación de escritores, poetas, dramaturgos y artistas. Fue un auténtico renacimiento cultural, uno de los momentos más creativos de toda la historia ucraniana, con figuras como Mykola Jvyliovi o el director teatral Les Kurbás abriendo caminos nuevos en la literatura y las artes.
Aquella primavera terminó de la forma más brutal. A comienzos de los años treinta, mientras el Holodomor asolaba el campo ucraniano, Stalin desató el terror contra esa élite cultural: la mayoría de aquellos escritores y artistas fueron detenidos, deportados o fusilados en las purgas, y muchos otros se suicidaron. La memoria ucraniana llama a esa generación aniquilada el «Renacimiento fusilado» (Rozstríliane vidródzhennia). En 1934, Stalin trasladó la capital de vuelta a Kiev, y Járkov quedó como la gran segunda ciudad, un enorme centro industrial y científico. En la guerra iniciada en 2022, por su cercanía a la frontera, ha sido una de las ciudades más castigadas por los bombardeos rusos, y su resistencia se ha convertido en un símbolo nacional.
A orillas del gran río que le da nombre, Dnipro (antes Dnipropetrovsk) es la cuarta ciudad de Ucrania y uno de sus grandes centros industriales. Fue fundada por el Imperio ruso a finales del siglo XVIII, en el marco de la colonización de la recién conquistada Nueva Rusia, y bautizada Yekaterinoslav —«la gloria de Catalina»— en honor a la emperatriz Catalina II, que en 1787 colocó simbólicamente la primera piedra de su catedral durante su famoso viaje por el sur. La ciudad fue concebida por el príncipe Grigori Potemkin, favorito de la emperatriz, como una gran capital imperial del sur.
Durante el siglo XIX, y sobre todo con la llegada del ferrocarril y la explotación de los yacimientos de hierro y carbón de la cuenca del Dniéper y el Donbás, Yekaterinoslav se transformó en una potencia industrial: siderurgia, metalurgia y química hicieron de ella una de las ciudades de más rápido crecimiento del Imperio ruso. En 1926, ya en época soviética, cambió su nombre por el de Dnipropetrovsk, combinando el del río Dniéper con el del dirigente comunista Grigori Petrovski; solo en 2016, en el marco de las leyes de «descomunización», recuperó un nombre neutro, Dnipro.
En la era soviética, Dnipro fue una «ciudad cerrada», prohibida a los extranjeros por albergar la industria militar más secreta del país: aquí, en la enorme fábrica Yuzhmash, se diseñaban y construían misiles balísticos y cohetes espaciales, lo que convirtió a la ciudad en uno de los corazones del programa de misiles soviético. Hoy Dnipro es un pujante centro industrial, financiero y tecnológico, y durante la guerra iniciada en 2022 ha desempeñado un papel logístico y humanitario clave como gran ciudad de retaguardia del frente oriental.
Járkov y Dnipro son las grandes ciudades del este ucraniano, una vasta región de estepas y de industria pesada que incluye también la cuenca minera del Donbás (Donetsk y Lugansk), más al sureste. A partir de finales del siglo XIX, el descubrimiento y la explotación de sus enormes reservas de carbón y hierro convirtieron a todo el este en uno de los grandes polos industriales del Imperio ruso primero y de la Unión Soviética después: minas, altos hornos, fábricas de acero y de armamento hicieron de esta tierra el motor económico del país.
Esa industrialización atrajo durante generaciones a trabajadores de toda la Unión Soviética, sobre todo rusos, lo que dio al este —y en especial al Donbás— una población fuertemente rusohablante y unos lazos económicos y humanos muy estrechos con Rusia. Al mismo tiempo, el este es histórica y mayoritariamente ucraniano, y ciudades como Járkov o Dnipro han sido focos de la cultura y la ciencia ucranianas. Reducir la región a una simple frontera entre «lo ruso» y «lo ucraniano» sería, por tanto, una simplificación: su identidad ha sido siempre mixta y compleja.
Esa complejidad se volvió trágica a partir de 2014, cuando Rusia aprovechó y alimentó el descontento en el Donbás para fomentar un levantamiento separatista armado que, con apoyo militar ruso, desató una guerra en Donetsk y Lugansk. Aquel conflicto, que se prolongó durante ocho años y causó miles de muertos, fue el preludio de la invasión a gran escala de 2022, en la que el este se convirtió en el principal campo de batalla: ciudades enteras como Mariúpol o Bajmut quedaron arrasadas. Járkov y Dnipro, en la retaguardia inmediata de ese frente, han resistido bombardeos constantes y encarnan hoy la determinación de la Ucrania oriental de defender su tierra.
El este y el centro de Ucrania están unidos por el hilo del Dniéper (Dnipró), el tercer río más largo de Europa y la gran arteria histórica del país, que lo atraviesa de norte a sur a lo largo de más de mil kilómetros hasta desembocar en el mar Negro. Sobre sus orillas nació la Rus de Kiev, y durante siglos su curso —con los temibles rápidos que había más abajo de la actual Dnipro— marcó rutas comerciales, fronteras y el territorio mismo de los cosacos zapórogos, que se asentaron «más allá de los rápidos».
En la época soviética, el Dniéper fue domesticado por una cadena de grandes presas y centrales hidroeléctricas que anegaron los antiguos rápidos y crearon enormes embalses. La más célebre fue la central de Dniprogués, junto a Zaporiyia, inaugurada en 1932 como símbolo monumental de la industrialización estalinista y de la electrificación del país; su construcción, con un coste humano altísimo, fue presentada como una de las grandes hazañas de la Unión Soviética. El río se convirtió así en la columna vertebral energética e industrial de Ucrania.
Hoy el Dniéper sigue siendo el eje geográfico, económico y simbólico del país: sobre él se asientan Kiev, Dnipro, Zaporiyia y Jersón, y de sus aguas dependen la energía, el riego y el transporte de buena parte de Ucrania. La guerra iniciada en 2022 volvió a hacer del río una línea estratégica de primer orden, y la destrucción de la presa de Kajovka en 2023 provocó una catástrofe humanitaria y ecológica en su curso bajo. De la Rus de Kiev a nuestros días, la historia de Ucrania se ha escrito, una y otra vez, a orillas del Dniéper.
Lviv (Lvov en ruso, Lwów en polaco, Lemberg en alemán) es la gran ciudad del oeste ucraniano y una de las de historia más rica y multicultural del país. Fue fundada hacia mediados del siglo XIII por el rey Daniel de Galitzia, que la bautizó en honor a su hijo León (Lev). Tras la caída del reino de Galitzia-Volinia, la ciudad pasó en el siglo XIV a manos del reino de Polonia, y durante los siglos siguientes prosperó como un gran centro comercial en las rutas entre el mar Negro, el Báltico y Europa central, con comunidades polacas, rutenas (ucranianas), armenias y judías conviviendo dentro de sus murallas.
Ese pasado dejó a Lviv uno de los cascos históricos más hermosos y mejor conservados de Europa oriental, una mezcla de estilos gótico, renacentista, barroco y modernista que le valió la inscripción en el Patrimonio Mundial de la Unesco. Iglesias de tres ritos distintos —latino, greco-católico y armenio—, la gran plaza del Mercado (Rýnok), las callejuelas empedradas y una arraigada cultura del café dan a la ciudad un inconfundible aire centroeuropeo, muy distinto del de las ciudades del centro y el este del país.
Desde 1772, con el primer reparto de Polonia, Lviv quedó bajo el Imperio de los Habsburgo como capital del reino de Galitzia y Lodomeria, y ese periodo austríaco, que se prolongó hasta 1918, marcó profundamente su carácter. Tras la Primera Guerra Mundial fue disputada por ucranianos y polacos y quedó en Polonia; solo en 1939-1945, con las anexiones soviéticas y la tragedia de la guerra, se convirtió en una ciudad de mayoría ucraniana. Hoy Lviv es el gran bastión de la identidad y la lengua ucranianas y el corazón cultural del oeste del país.
Mientras en la Ucrania del Imperio ruso la lengua y la cultura nacionales eran perseguidas y hasta prohibidas por decreto, la Galitzia bajo los Habsburgo se convirtió en el refugio donde el movimiento nacional ucraniano pudo desarrollarse con libertad. Por eso los historiadores llaman a Galitzia el «Piamonte ucraniano», comparándola con la región que sirvió de base a la unificación de Italia: fue el territorio desde el que se irradió la conciencia nacional al resto del país.
Tras las reformas liberales de la monarquía austrohúngara, sobre todo desde los años 1860, los ucranianos de Galitzia (llamados allí rutenos) obtuvieron derechos políticos, escuelas, prensa, sociedades culturales como la Prosvita y diputados en los parlamentos de Lviv y Viena. Aunque la administración y la aristocracia estaban dominadas por los polacos, y aunque las tensiones entre polacos y ucranianos por el control de la provincia fueron constantes, el marco de libertades del imperio permitió una vida nacional ucraniana imposible al otro lado de la frontera rusa.
Un papel central en esa supervivencia lo desempeñó la Iglesia greco-católica, nacida de la Unión de Brest de 1596, que unía el rito bizantino con la obediencia a Roma y que se convirtió en la iglesia nacional de los ucranianos del oeste y en guardiana de su lengua y sus tradiciones. Su figura mayor, el metropolita Andréi Sheptytski, fue durante décadas el gran patriarca moral de la Galitzia ucraniana. Reprimida y prohibida durante la era soviética, la Iglesia greco-católica resurgió con la independencia y sigue siendo hoy uno de los rasgos que distinguen al oeste del resto de Ucrania.
Más al sur, junto a los Cárpatos, la ciudad de Chernivtsi es la capital histórica de la Bucovina, una región de frontera cuya historia refleja como pocas la complejidad del este de Europa. Mencionada por primera vez hacia 1408 como plaza del principado de Moldavia, Chernivtsi pasó luego a los otomanos y, en 1774, al Imperio de los Habsburgo, que hizo de la Bucovina una provincia propia y de su capital una elegante ciudad de estilo centroeuropeo.
Bajo el gobierno austríaco, Chernivtsi floreció como un excepcional crisol de pueblos: en ella convivían ucranianos, rumanos, alemanes, judíos, polacos y armenios, y se la llegó a apodar «la pequeña Viena» o «la Jerusalén del Prut» por su vibrante vida judía y cultural. De aquella época dorada procede su monumento más admirado, la antigua residencia de los metropolitas de Bucovina y Dalmacia, un espléndido conjunto arquitectónico del siglo XIX hoy sede de la universidad e inscrito en el Patrimonio Mundial de la Unesco.
La Bucovina fue también uno de los primeros lugares donde el movimiento nacional ucraniano se desarrolló con fuerza, en paralelo a Galitzia, con una red de escuelas y asociaciones propias. Tras la caída de Austria-Hungría en 1918, la región fue anexionada por Rumania; solo en 1940, y de forma definitiva tras la Segunda Guerra Mundial, su mitad norte —con Chernivtsi— pasó a la Ucrania soviética, mientras el sur quedaba en Rumania, división que se mantiene. Chernivtsi conserva de todo ese pasado un carácter mestizo y cosmopolita que la hace única entre las ciudades ucranianas.
El extremo suroeste de Ucrania está dominado por la muralla verde de los Cárpatos, la única gran cadena montañosa del país, cubierta de bosques de hayas y abetos —algunos protegidos como Patrimonio Natural de la Unesco— y salpicada de aldeas, pastos de altura y ríos de montaña. Es una región de naturaleza espectacular y de una cultura popular riquísima, muy distinta de la de las llanuras.
En los valles altos de los Cárpatos vive uno de los grupos más singulares del pueblo ucraniano: los hutsules, montañeses de las tierras altas de Galitzia, Bucovina y Transcarpatia. Pastores y artesanos, los hutsules conservaron durante siglos, gracias al aislamiento de sus montañas, un modo de vida, un dialecto, una música, una indumentaria y unas tradiciones propias que los convirtieron en un símbolo del folclore ucraniano. Su arte —los tejidos, la talla de madera, la cerámica, los famosos huevos de Pascua decorados (pýsanky)— es célebre en todo el país.
El mundo hutsul y el paisaje de los Cárpatos inspiraron algunas de las grandes obras de la cultura ucraniana, como la novela Sombras de los antepasados olvidados de Mijaíl Kotsiubinski, llevada al cine en 1965 por Serguéi Paradzhánov en una película que es un clásico del arte soviético y ucraniano. Hoy los Cárpatos son también el gran destino de naturaleza y montaña del país: senderismo y esquí en torno a cumbres como el Hoverla —la más alta de Ucrania—, balnearios, aldeas de madera y una hospitalidad montañesa que atrae a viajeros de dentro y fuera del país.
Al otro lado de la cordillera, en la vertiente suroeste de los Cárpatos, se extiende la Transcarpatia (Zakarpáttia), una franja de tierra que durante casi mil años tuvo una historia por completo distinta de la del resto de Ucrania. Aislada geográficamente por las montañas, quedó desde comienzos del siglo XI bajo el reino de Hungría, del que formó parte durante casi un milenio, lo que dejó en ella una huella cultural, arquitectónica y religiosa singular, con influencias húngaras, eslovacas, rumanas y judías junto a la mayoría rutena (ucraniana).
Su capital, Úzhgorod, es una tranquila ciudad fronteriza a orillas del río Uzh, dominada por un castillo medieval y con un ambiente centroeuropeo de calles arboladas y cafés. Fue aquí donde se selló, con la Unión de Úzhgorod de 1646, la adhesión de los rutenos de la región a la Iglesia greco-católica, un hito de su historia religiosa. La ciudad conserva además uno de los grandes museos de arquitectura popular al aire libre del país, con iglesias de madera trasladadas de las aldeas de la comarca.
Tras la caída de Austria-Hungría, la Transcarpatia se integró en 1919 en la nueva Checoslovaquia, y en 1938-1939 vivió un episodio fugaz y notable: la proclamación de una efímera Ucrania Carpática autónoma, aplastada de inmediato por Hungría. Solo en 1945, al término de la Segunda Guerra Mundial, la región fue incorporada a la Ucrania soviética, completando así el mapa del país. Por su mezcla de pueblos y su encrucijada de fronteras —hoy limita con Eslovaquia, Hungría, Rumania y Polonia—, la Transcarpatia sigue siendo la más diversa y centroeuropea de las regiones ucranianas.
El oeste de Ucrania guarda dos de las fortalezas más espectaculares del país, testigos de siglos de guerras de frontera entre la cristiandad y el imperio otomano. La primera es la de Kámianets-Podilskyi, en la región histórica de Podolia: una ciudad vieja encaramada sobre una isla rocosa que un meandro del río Smotrych rodea como un foso natural, unida a tierra firme por un puente que desemboca en un imponente castillo de piedra. Este emplazamiento extraordinario hizo de Kámianets una de las plazas fuertes clave de la Mancomunidad polaco-lituana frente a los turcos y los tártaros; llegó a estar en manos otomanas entre 1672 y 1699, y su castillo, ampliado a lo largo de los siglos, es una de las grandes postales de Ucrania.
A pocos kilómetros, a orillas del río Dniéster, se alza la fortaleza de Jotín (Jótyn), otra mole medieval de torres y murallas que domina el paso del río. Comenzada en piedra a finales del siglo XIV, cuando estas tierras pertenecían al principado de Moldavia, y ampliada por los príncipes moldavos, fue escenario de grandes batallas: aquí el ejército de la Mancomunidad polaco-lituana derrotó a los otomanos en dos ocasiones célebres, en 1621 y en 1673, esta última bajo el mando del futuro rey Juan III Sobieski.
Ambas fortalezas, hoy monumentos muy visitados y candidatas al reconocimiento internacional, resumen el papel histórico de esta región como frontera disputada entre imperios. Durante siglos, Podolia y las orillas del Dniéster fueron el borde donde chocaron Polonia, el imperio otomano, Moldavia y, más tarde, Rusia; y esas guerras dejaron en el paisaje ucraniano estas siluetas de piedra sobre los ríos, entre las más impresionantes de toda Europa oriental.
Odesa (Odessa) es una ciudad joven en comparación con Kiev o Lviv, y su historia es la de la conquista rusa de la costa del mar Negro. Durante siglos, estas estepas del sur —la llamada Nueva Rusia o Novorossia— estuvieron bajo el kanato de Crimea y el imperio otomano, con una pequeña plaza fuerte turco-tártara llamada Hadjibéi en el lugar de la actual ciudad. Tras derrotar a los otomanos, la emperatriz Catalina II la Grande ordenó en 1794 fundar allí un puerto y una ciudad nueva, que pronto recibió el nombre de Odesa.
El desarrollo de la ciudad debe mucho a los gobernantes extranjeros que la dirigieron en sus primeras décadas, sobre todo al duque de Richelieu, un noble francés emigrado que fue su gobernador entre 1803 y 1814 y a quien se considera el gran artífice de su despegue: impulsó el comercio, atrajo colonos e inversores y dotó a Odesa de infraestructuras modernas. Su estatua corona hoy la ciudad. Convertida en puerto franco, Odesa creció a un ritmo vertiginoso gracias a la exportación del trigo ucraniano, hasta llegar a ser, a finales del siglo XIX, la cuarta ciudad más grande del Imperio ruso.
Odesa nació así como una ciudad abierta al mar y al mundo, planificada con amplias avenidas y elegante arquitectura del siglo XIX, y poblada por una extraordinaria mezcla de pueblos: rusos, ucranianos, judíos, griegos, italianos, franceses, armenios. De esa mezcla surgió un carácter urbano propio —comerciante, cosmopolita, irónico y rebelde— que hizo de Odesa una ciudad distinta a todas las demás y que dejó una huella profunda en la literatura, el humor y la música de toda la región.
Pocos lugares del mundo tuvieron una vida judía tan intensa y creativa como la Odesa del siglo XIX y comienzos del XX. Atraídos por la prosperidad del puerto franco y por un clima relativamente tolerante, los judíos llegaron a formar cerca de un tercio de la población de la ciudad, y Odesa se convirtió en uno de los grandes centros de la cultura judía de Europa oriental, tanto en su vertiente religiosa como, sobre todo, en la moderna y secular.
Odesa fue cuna o escenario de una brillante generación de escritores y pensadores judíos: aquí escribieron figuras del renacimiento de la literatura hebrea y del yiddish, y de ella salió el gran cuentista Isaak Bábel, cuyos Cuentos de Odesa inmortalizaron el pintoresco mundo de los gánsteres judíos del barrio de Moldavanka. La ciudad fue también un foco importante del nacimiento del sionismo político. Ese esplendor tuvo, sin embargo, una contracara sangrienta: Odesa sufrió algunos de los peores pogromos del Imperio ruso, con oleadas de violencia antijudía especialmente graves en 1905.
La comunidad judía de Odesa fue casi por completo aniquilada durante la Segunda Guerra Mundial. La ciudad fue ocupada por las tropas rumanas aliadas de la Alemania nazi, que en el otoño de 1941 masacraron y deportaron a decenas de miles de judíos de Odesa en uno de los episodios más atroces del Holocausto en la región. Aun así, el recuerdo de la «vieja Odesa» judía —su humor, sus canciones, su forma de hablar— sobrevivió como una parte esencial de la identidad y del mito de la ciudad, que sigue siendo célebre por su ironía y su espíritu único.
El monumento más famoso de Odesa es su gran escalinata que baja desde el centro de la ciudad hasta el puerto: la escalinata Potemkin (Potiómkinski), construida entre 1837 y 1841 como acceso monumental al mar. Diseñada con un ingenioso efecto óptico —vista desde arriba parecen solo peldaños; vista desde abajo, solo rellanos—, es la puerta simbólica de la ciudad y una de sus imágenes más reconocibles.
La escalinata debe su fama mundial al cine. En 1905, en el marco de la revolución que sacudía el Imperio ruso, la tripulación del acorazado Potemkin, fondeado frente a Odesa, se amotinó contra sus oficiales, en un episodio que se convirtió en símbolo de la rebelión obrera y militar contra el zarismo. Dos décadas después, el director soviético Serguéi Eisenstein llevó aquel motín a la pantalla en su película El acorazado Potemkin (1925), una de las obras más influyentes de la historia del cine.
La escena de la escalinata de Odesa en esa película —en la que los soldados del zar disparan contra una multitud indefensa que huye escalones abajo, con el célebre plano del cochecito de bebé rodando— es una de las secuencias más citadas e imitadas del cine mundial, aunque la matanza tal como la muestra Eisenstein sea una recreación dramática y no un hecho literal. Gracias a ella, la escalinata de Odesa quedó grabada en el imaginario universal, y hoy los visitantes suben y bajan sus peldaños siguiendo, sin saberlo a veces, los pasos de una de las imágenes fundacionales del séptimo arte.
En el siglo XX, Odesa siguió siendo el gran puerto del sur y una ciudad de fuerte personalidad dentro de la Unión Soviética. Durante la Segunda Guerra Mundial resistió en 1941 un largo asedio antes de caer en manos de las fuerzas del Eje, y por su defensa recibió más tarde el título soviético de «Ciudad Heroica». Bajo la ocupación rumano-alemana sufrió, como se ha dicho, el exterminio de su gran comunidad judía. Reconstruida tras la guerra, mantuvo su fama de ciudad alegre, marinera y algo díscola, con su mezcla de idiomas y su humor característico.
Con la independencia de 1991, Odesa quedó integrada en Ucrania como su principal salida al mar y uno de los grandes puertos del país, esencial para la exportación del grano ucraniano al mundo. Ciudad de población mayoritariamente rusohablante pero de fuerte arraigo ucraniano, encarna la complejidad cultural del sur del país. En mayo de 2014, en el contexto del conflicto abierto tras el Euromaidán, un choque violento entre manifestantes prorrusos y proucranianos terminó en un incendio en la Casa de los Sindicatos que causó decenas de muertos, uno de los episodios más trágicos de aquel año.
Desde la invasión rusa de 2022, Odesa ha vuelto a estar en primera línea. Objetivo estratégico de primer orden por su puerto y su posición sobre el mar Negro, ha sufrido numerosos ataques con misiles y drones que han dañado infraestructuras portuarias e incluso su casco histórico, protegido por la Unesco, que en 2023 inscribió el centro de Odesa en la Lista del Patrimonio Mundial y, a la vez, en la de patrimonio en peligro. Pese a los bombardeos, la ciudad se mantiene como símbolo de la resistencia y del espíritu inconfundible del sur ucraniano.
Odesa es la capital de una región más amplia, la del sur de Ucrania sobre el mar Negro, una tierra de estepas fértiles, salinas, lagunas y costas que durante siglos fue frontera móvil entre el mundo sedentario y el nómada. Antes de la conquista rusa, estas llanuras fueron dominio de los tártaros de Crimea y de los cosacos zapórogos, y aún antes las recorrieron escitas, griegos y otros pueblos de la antigüedad: en la costa del norte del mar Negro florecieron colonias de la Grecia clásica cuyos restos aún se estudian.
Bajo el Imperio ruso, tras la anexión de finales del siglo XVIII, toda esta región fue colonizada y repoblada como «Nueva Rusia» (Novorossia), con oleadas de colonos ucranianos, rusos, alemanes, búlgaros, griegos y de otros orígenes que convirtieron la estepa en granero y en tierra de ciudades nuevas. Esa historia de colonización relativamente reciente explica el carácter mixto y multicultural del sur, distinto tanto del oeste ucraniano como del centro cosaco.
Hoy el sur es una de las grandes regiones agrícolas e industriales de Ucrania y su fachada marítima. Sus puertos —con Odesa a la cabeza— son la llave de la exportación del trigo y del girasol ucranianos, de los que depende buena parte del abastecimiento alimentario de países de África y Asia; por eso el bloqueo y los ataques a estos puertos durante la guerra iniciada en 2022 tuvieron repercusión mundial. Entre playas del mar Negro, estuarios, viñedos y una estepa inmensa, el sur conserva su identidad propia dentro del mosaico ucraniano: la de una tierra abierta al mar y a todos los pueblos que la poblaron.
Kiev (Kýiv), a orillas del Dniéper, es una de las ciudades más antiguas y cargadas de historia de Europa oriental. La tradición sitúa su fundación en tiempos legendarios, obra del príncipe Kyi y sus hermanos, y ya en el siglo IX era el centro de la ruta comercial «de los varegos a los griegos» y la capital de la Rus de Kiev, el primer gran Estado de los eslavos orientales. Las crónicas medievales la llamaron «la madre de las ciudades de la Rus», y de ella irradió, tras el bautismo de 988, el cristianismo ortodoxo que definiría a toda la región.
Bajo Yaroslav el Sabio, en el siglo XI, Kiev alcanzó su apogeo como una de las mayores y más ricas ciudades de Europa, con centenares de iglesias, una vida cultural intensa y lazos dinásticos con las cortes de todo el continente. De aquella edad de oro sobreviven sus dos monumentos más célebres, hoy Patrimonio de la Humanidad: la catedral de Santa Sofía y el monasterio de las Cuevas, de los que se habla más abajo. La destrucción mongola de 1240 hundió a la ciudad durante siglos, y Kiev pasó luego por manos lituanas, polacas y rusas antes de renacer.
En los siglos XIX y XX, Kiev volvió a crecer como gran ciudad del Imperio ruso y luego como capital de la Ucrania soviética (desde 1934) y de la Ucrania independiente (desde 1991). Fue escenario del Holocausto en Babi Yar, de las revoluciones cívicas de 2004 y 2014 —cuya plaza central, el Maidán, se convirtió en símbolo mundial— y, desde 2022, del asedio que no logró tomarla. Su perfil de cúpulas doradas sobre las colinas del Dniéper resume, mejor que ningún otro, los mil años de historia de Ucrania.
El monumento más venerable de Kiev es la catedral de Santa Sofía (Sofíyivski sobor), mandada construir por Yaroslav el Sabio en el siglo XI a imitación de la Santa Sofía de Constantinopla, como símbolo de que la Rus se incorporaba a la gran civilización cristiana de Bizancio. Bajo su exterior barroco, añadido siglos después, conserva la estructura, los frescos y los espléndidos mosaicos bizantinos originales del siglo XI, entre ellos la célebre imagen de la Virgen orante. Fue sede metropolitana, panteón de príncipes —allí reposa el propio Yaroslav— y el gran centro espiritual e intelectual de la Rus.
El otro gran conjunto es la Lavra de las Cuevas (Kýivo-Pecherska Lavra), el monasterio de las Cuevas, fundado hacia 1051 por monjes que se retiraron a vivir en galerías excavadas en las colinas sobre el Dniéper. Convertido en el monasterio más importante del mundo eslavo oriental, fue cuna del monacato ortodoxo, taller de iconos y crónicas —de aquí salió la Crónica de Néstor, fuente capital de la historia de la Rus— y lugar de peregrinación. En sus catacumbas se conservan las reliquias momificadas de monjes venerados durante siglos.
Ambos conjuntos —Santa Sofía y la Lavra— forman juntos uno de los sitios inscritos por la Unesco en la Lista del Patrimonio Mundial, un testimonio único del esplendor de la Rus de Kiev y del arte bizantino en suelo eslavo. Sus cúpulas doradas, que brillan sobre el río, son la imagen misma de Kiev y uno de los grandes tesoros artísticos y religiosos de toda Europa oriental.
Kiev guarda también la memoria de las dos grandes tragedias del siglo ucraniano. A las afueras de la ciudad, el barranco de Babi Yar fue escenario de una de las mayores matanzas del Holocausto: los días 29 y 30 de septiembre de 1941, poco después de la ocupación alemana, los nazis asesinaron allí a casi 34.000 judíos de Kiev en apenas dos jornadas, y en los meses siguientes continuaron fusilando en el mismo lugar a decenas de miles de personas más, judíos, prisioneros soviéticos, gitanos y otros. Durante la era soviética, el crimen fue silenciado y el lugar casi borrado; hoy Babi Yar es un memorial que recuerda a las víctimas.
En el centro de la ciudad, la plaza de la Independencia —el Maidán Nezalézhnosti, conocido simplemente como el Maidán— se convirtió en el escenario de la historia reciente de Ucrania. Allí se concentró en 2004 la Revolución Naranja, y allí, sobre todo, se levantó en el invierno de 2013-2014 el Euromaidán o Revolución de la Dignidad, cuando durante meses cientos de miles de personas ocuparon la plaza para exigir el rumbo europeo del país y la caída del gobierno de Yanukóvich.
El Maidán vivió también su tragedia: en febrero de 2014, las fuerzas de seguridad abrieron fuego contra los manifestantes y mataron a alrededor de un centenar de personas, a las que Ucrania recuerda como la «Centena Celestial». Aquellos muertos precipitaron la huida del presidente y el vuelco político del país. Desde entonces, el Maidán es para los ucranianos un lugar sagrado de la democracia y de la lucha por su independencia, y su nombre se ha vuelto sinónimo, en todo el mundo, de la voluntad de un pueblo de decidir su destino.
A poco más de cien kilómetros al norte de Kiev, junto a la frontera con Bielorrusia, la central nuclear de Chernóbil (Chornóbyl) fue escenario del peor accidente nuclear de la historia. En la madrugada del 26 de abril de 1986, durante una prueba de seguridad mal planificada sobre un reactor de diseño intrínsecamente peligroso, el reactor número 4 sufrió una brusca subida de potencia y explotó, liberando a la atmósfera una enorme cantidad de material radiactivo que se esparció por buena parte de Europa.
Las consecuencias fueron inmensas. Los primeros bomberos y operarios que acudieron recibieron dosis mortales de radiación; la vecina ciudad de Prípiat, construida para los trabajadores de la central, fue evacuada por completo y quedó abandonada para siempre, convertida hoy en un célebre pueblo fantasma. Se estableció una zona de exclusión de unos treinta kilómetros de radio, de la que fueron desalojadas decenas de miles de personas y que aún permanece cerrada. La limpieza y el confinamiento del reactor movilizaron a cientos de miles de «liquidadores» de toda la Unión Soviética, muchos de los cuales pagaron con la salud su trabajo.
El intento del régimen soviético de ocultar la magnitud del desastre, y su reacción lenta y secretista, minaron la confianza de los ucranianos en Moscú y alimentaron el movimiento por la independencia. Con los años, y de forma paradójica, la zona de exclusión —hoy sitio de la Unesco por sus valores conmemorativos— se convirtió también en un santuario involuntario de fauna salvaje y en un destino de turismo histórico, donde se visitan el sarcófago del reactor y las ruinas de Prípiat como testimonio sobrio de lo que ocurrió. Durante la invasión de 2022, la zona volvió a la actualidad al ser ocupada temporalmente por las tropas rusas en su avance sobre Kiev.
En el centro del país, la ciudad de Uman guarda dos historias muy distintas y fascinantes. La primera es la de su joya paisajística: el parque Sofíyivka, uno de los jardines románticos más bellos de Europa oriental, mandado crear a finales del siglo XVIII (hacia 1796) por el conde polaco Stanisław Szczęsny Potocki como regalo para su esposa Sofía, de quien tomó el nombre. Con sus lagos, grutas, cascadas artificiales y estatuas de tema mitológico, es una obra maestra del arte de jardines de su época y uno de los lugares más visitados de la región.
La segunda historia es religiosa y da a Uman una fama mundial. La ciudad es el lugar de sepultura del rabino Najman de Breslov (1772-1810), bisnieto del fundador del jasidismo y creador de una de sus corrientes más influyentes, el jasidismo de Breslov. Desde el año siguiente a su muerte, sus seguidores acuden a rezar ante su tumba, y con el tiempo la visita se convirtió en una gran peregrinación anual.
Cada año, en Rosh Hashaná (el año nuevo judío), decenas de miles de peregrinos jasídicos —más de treinta mil en los años de mayor afluencia, procedentes de Israel, Estados Unidos y de todo el mundo— viajan a Uman para pasar la festividad junto al sepulcro del rabino Najman, en una de las mayores peregrinaciones judías del planeta. Ni siquiera la guerra iniciada en 2022 ha interrumpido del todo esta tradición. Uman resume así, en una sola ciudad, dos capas de la riquísima historia multicultural de Ucrania: la de la antigua nobleza polaca y la del mundo judío jasídico que floreció en estas tierras.
La ciudad de Poltava, en el centro-este de Ucrania, dio nombre a una de las batallas más decisivas de la historia europea. En el marco de la Gran Guerra del Norte, el rey Carlos XII de Suecia, entonces la gran potencia militar del norte, invadió Rusia con la intención de derrotar al zar Pedro el Grande. En su empresa contó con un aliado ucraniano de peso: Iván Mazepa, el hetman de los cosacos, que en 1708 rompió con Moscú y se unió a los suecos con la esperanza de librar a Ucrania de la tutela rusa.
El 8 de julio de 1709 (27 de junio en el viejo calendario), junto a Poltava, el ejército de Pedro el Grande aplastó a las fuerzas suecas y cosacas. La derrota fue catastrófica para Suecia: hundió su condición de gran potencia y marcó el comienzo de la hegemonía rusa en Europa oriental. Para Ucrania, el desastre significó el fin de las esperanzas de Mazepa —que huyó con Carlos XII al Imperio otomano, donde murió— y selló el sometimiento definitivo del hetmanato cosaco a Rusia, que en las décadas siguientes iría vaciándolo de autonomía hasta abolirlo.
Más allá de la batalla, Poltava tiene un lugar destacado en la cultura ucraniana. Fue tierra de la región cosaca por excelencia y cuna de figuras clave de la literatura nacional: aquí nació y escribió Iván Kotliarevski, cuya Eneida (Eneída), publicada en 1798, es considerada la primera obra de la literatura ucraniana moderna, escrita en la lengua popular del pueblo y no en el eslavo eclesiástico. Así, el nombre de Poltava evoca a la vez la gran derrota política de la Ucrania cosaca y el nacimiento literario de la Ucrania moderna.