Durante siglos, Troya fue considerada pura leyenda: el escenario imaginario de la Ilíada de Homero, donde griegos y troyanos se enfrentaron durante diez años por la bella Helena, donde murieron Aquiles y Héctor y donde el astuto Ulises ideó el engaño del caballo de madera con el que los aqueos, escondidos en su vientre, tomaron por fin la ciudad. Nadie sabía si aquella Troya había existido de verdad, hasta que en el siglo XIX un excéntrico buscador de tesoros llamado Heinrich Schliemann, guiado por los versos de Homero, se puso a excavar una colina en el noroeste de Anatolia y encontró las murallas de una ciudad muy real.
Lo que hoy se visita en Troya no es una única ciudad, sino el asombroso apilamiento de al menos nueve ciudades superpuestas, construidas una sobre las ruinas de la anterior a lo largo de más de tres mil años, desde la Edad del Bronce hasta la época romana. El visitante que llegue esperando un decorado de película puede sentirse al principio desconcertado ante un montículo de piedras y trincheras de excavación: Troya no es Éfeso ni Roma. Pero con un poco de imaginación, una buena guía y la visita al moderno Museo de Troya, el lugar se vuelve fascinante, porque aquí se toca a la vez el mito y la historia.
Esta guía te ayuda a sacarle el jugo a la visita: cómo llegar desde Çanakkale o Estambul, qué son las distintas capas de la ciudad, dónde está el famoso caballo (hay una réplica en el sitio y otra, la de la película, en el puerto de Çanakkale), cuánto cuesta la entrada y cómo combinar Troya con Galípoli o Assos. Venir hasta aquí es un pequeño peregrinaje literario: pisar el suelo donde, según Homero, se decidió el destino de héroes y dioses.
Troya es el yacimiento de la ciudad que Homero inmortalizó en la Ilíada como escenario de la guerra de Troya. Durante siglos se dudó de su existencia real, hasta que en la década de 1870 el arqueólogo aficionado alemán Heinrich Schliemann, siguiendo las pistas de la epopeya, excavó la colina de Hisarlık y sacó a la luz las ruinas de una antiquísima ciudad amurallada. Sus excavaciones (algo destructivas para los estándares actuales) revelaron que allí no había una sino varias ciudades superpuestas: hoy se cuentan al menos nueve niveles principales, de Troya I a Troya IX, que van desde el 3000 a.C. hasta la época romana. La Troya de la guerra homérica se suele identificar con los niveles VI o VII, de finales de la Edad del Bronce. Schliemann creyó haber hallado el 'tesoro de Príamo', un conjunto de joyas de oro que sacó de contrabando y que corrió una historia azarosa. Declarada Patrimonio de la Humanidad en 1998, Troya sigue excavándose y su historia completa, del mito a la arqueología, la contamos en nuestra página de historia.
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Origen, formación y qué dicen las fuentes.
Todo empezó, según el mito, con una manzana. En la boda de los padres del héroe Aquiles, la diosa de la discordia, Eris, no invitada, lanzó una manzana de oro 'para la más bella'. Tres diosas —Hera, Atenea y Afrodita— se la disputaron, y Zeus encargó de arbitrar a un pastor troyano, el príncipe Paris. Afrodita lo sobornó prometiéndole el amor de la mujer más hermosa del mundo: Helena, esposa de Menelao, rey de Esparta. Paris raptó a Helena y se la llevó a Troya, y así, cuenta la leyenda, se desató la guerra más famosa de la Antigüedad.
Para vengar la afrenta, los reinos griegos se unieron bajo el mando de Agamenón, rey de Micenas y hermano de Menelao, y cruzaron el mar Egeo con mil naves para sitiar la ciudad amurallada de Troya. El asedio duró diez años. La Ilíada, el gran poema épico atribuido al poeta griego Homero y compuesto hacia el siglo VIII a.C., no narra toda la guerra, sino unas pocas semanas del último año, centradas en la cólera del mejor guerrero aqueo, Aquiles, y su duelo con el héroe troyano Héctor, hijo del rey Príamo. Es una obra sobre la gloria y la muerte, el honor y el destino, con dioses que intervienen del lado de unos y otros.
El final de la guerra, con el ardid del caballo de madera —el enorme caballo hueco en cuyo vientre se escondieron los guerreros griegos para entrar en la ciudad, dejado como falsa ofrenda tras fingir la retirada—, no aparece en la Ilíada, sino en la Odisea y en otros poemas posteriores. La Ilíada y la Odisea, las dos grandes epopeyas homéricas, están en el origen mismo de la literatura occidental: durante casi tres mil años, poetas, dramaturgos, pintores y cineastas han vuelto una y otra vez a Troya. Pero durante casi todo ese tiempo, nadie sabía si la ciudad había existido de verdad.
Durante la Antigüedad, griegos y romanos daban por sentado que Troya había existido y hasta la localizaban en el noroeste de Anatolia: Jerjes, Alejandro Magno y los emperadores romanos visitaron el lugar como turistas del pasado heroico. Pero con el paso de los siglos, la ubicación se perdió y muchos eruditos llegaron a pensar que Troya era pura fantasía poética.
Todo cambió con un personaje extraordinario: Heinrich Schliemann, un empresario alemán autodidacta que hizo fortuna en el comercio y que, obsesionado desde niño con Homero, decidió dedicar su riqueza a encontrar Troya. Convencido de que la Ilíada describía lugares reales, y siguiendo también las indicaciones de un diplomático británico, Frank Calvert, que ya había señalado el sitio, Schliemann empezó a excavar en 1871 la colina de Hisarlık, en Turquía. Y allí, bajo la tierra, encontró murallas, casas, cerámica: una ciudad antiquísima, o más bien varias, unas encima de otras.
En 1873, Schliemann anunció al mundo el hallazgo de un fabuloso conjunto de objetos de oro y joyas que bautizó como el 'Tesoro de Príamo', el rey troyano de la Ilíada. Fotografió a su joven esposa griega, Sofía, luciendo las 'joyas de Helena'. El descubrimiento causó sensación mundial. Sin embargo, Schliemann fue tan pionero como polémico: sus métodos eran brutales para los estándares actuales —cavó una gran zanja que destruyó capas valiosísimas—, exageró y falseó parte de sus relatos, y sacó el tesoro de contrabando fuera de Turquía, lo que originó un conflicto que dura hasta hoy (buena parte de aquellas piezas acabó en Berlín y, tras la Segunda Guerra Mundial, en Moscú). Además, se equivocó de capa: el 'tesoro de Príamo' pertenecía en realidad a una Troya mil años anterior a la de la guerra homérica. Pero, con todos sus errores, Schliemann había demostrado algo enorme: Troya era real.
Las excavaciones que siguieron a Schliemann —dirigidas por su colaborador Wilhelm Dörpfeld, luego por el estadounidense Carl Blegen en los años 30 y, en las últimas décadas, por el alemán Manfred Korfmann y otros equipos— revelaron que la colina de Hisarlık no contenía una ciudad, sino la superposición de al menos nueve grandes asentamientos, cada uno construido sobre las ruinas del anterior a lo largo de más de tres mil años. Los arqueólogos los numeran de Troya I a Troya IX.
La Troya I es la más antigua, un pequeño poblado de la Edad del Bronce hacia el 3000 a.C. La Troya II, la de las murallas y la rampa que Schliemann tomó por la ciudad homérica y donde halló su 'tesoro', floreció hacia el 2500 a.C. Pero la ciudad que hoy la mayoría de los especialistas identifica con la Troya de la Ilíada es la Troya VI y su fase final, la VIIa, de finales de la Edad del Bronce (siglos XIII-XII a.C.): una ciudad grande, próspera y bien fortificada, con murallas ciclópeas y torres, que controlaba el estratégico estrecho de los Dardanelos. En sus niveles se han encontrado huellas de destrucción por incendio y guerra hacia el 1180 a.C., más o menos la época en que la tradición griega situaba la caída de Troya.
Los textos del Imperio hitita, la gran potencia de Anatolia de aquella época, mencionan una ciudad llamada Wilusa, que muchos historiadores identifican con Wilios/Ilión, otro nombre griego de Troya, y hablan de tensiones en la región con los aqueos (los micénicos de Grecia). Todo ello sugiere que detrás del mito pudo haber conflictos reales por el control de esta esquina estratégica del mundo. Después de la caída de la Troya de la Edad del Bronce, el lugar siguió habitado: hubo una Troya griega y una Troya romana (Ilión), que los antiguos visitaban como el escenario venerado de la epopeya. La ciudad fue perdiendo importancia en época bizantina hasta quedar en el olvido, enterrada bajo la colina, esperando a Schliemann.
En 1998, la Unesco inscribió el sitio arqueológico de Troya en la lista del Patrimonio de la Humanidad, reconociendo su valor excepcional tanto por su importancia arqueológica —como uno de los yacimientos más famosos del mundo y testimonio del contacto entre las civilizaciones de Anatolia y el Mediterráneo durante milenios— como por su profunda influencia cultural: la Ilíada y la Odisea, inspiradas en Troya, han alimentado el arte y la literatura de Occidente desde la Antigüedad hasta hoy.
Las excavaciones continúan, y cada campaña añade matices a lo que sabemos de la ciudad y su entorno. En 2018, coincidiendo con el 'Año de Troya', se inauguró a poca distancia del yacimiento el Museo de Troya, un llamativo edificio de arquitectura contemporánea, un gran cubo de acero de color óxido que ha ganado premios internacionales. El museo reúne los hallazgos de Troya y de la región de la Tróade, cuenta la historia de las excavaciones y del disputado 'tesoro de Príamo', y ofrece por fin el contexto que durante décadas les faltaba a los visitantes desconcertados ante las ruinas.
El 'tesoro de Príamo' sigue siendo motivo de disputa internacional: Turquía reclama la devolución de las piezas que Schliemann sacó del país y que hoy se reparten sobre todo entre Rusia y Alemania. Mientras tanto, en 2022 los arqueólogos anunciaron nuevos hallazgos que refuerzan la idea de que la Troya tardía de la Edad del Bronce vivió un episodio de destrucción violenta compatible con el relato de una guerra.
Para el viajero de hoy, Troya no ofrece la grandiosidad visual de Éfeso o de las ruinas romanas, sino algo más sutil y quizás más profundo: la emoción de pisar el suelo donde el mito y la historia se tocan, de contemplar unas murallas de tres mil años imaginando a Héctor y Aquiles, y de comprobar que uno de los relatos fundacionales de nuestra cultura tenía, después de todo, un lugar real en el mundo. Como escribió el poeta, la gloria de Troya no está solo en sus piedras, sino en los versos que la hicieron inmortal.