Konya es el alma espiritual de Turquía. En esta ciudad tranquila y religiosa de la meseta de Anatolia vivió en el siglo XIII uno de los poetas más grandes y queridos de la humanidad: Mevlana Celaleddin Rumi, maestro sufí cuyos versos sobre el amor divino se siguen leyendo, traducidos, cantados y citados en todo el mundo ochocientos años después. Su mausoleo, coronado por una inconfundible cúpula de azulejos verdes, es hoy uno de los lugares más visitados del país, meta de peregrinos y viajeros que llegan a recogerse ante la tumba del poeta.
De Konya salió también una de las imágenes más hipnóticas de Turquía: los derviches giróvagos (o giradores) de la orden mevleví, fundada por los seguidores de Rumi. Vestidos con largas túnicas blancas y altos gorros de fieltro, giran y giran sobre sí mismos en una danza sagrada llamada sema, una meditación en movimiento con la que buscan acercarse a Dios. Ver una ceremonia del sema en Konya, donde nació, es una experiencia serena y conmovedora, muy distinta de los espectáculos turísticos de otras ciudades.
Pero Konya es más que Rumi. Fue la capital del sultanato selyúcida de Rum, y de aquella época dorada conserva mezquitas, madrasas y palacios con una decoración de azulejos y piedra tallada exquisita. Y a un paso está Çatalhöyük, uno de los primeros pueblos-ciudad de la historia de la humanidad, de hace nueve mil años. Esta guía te ayuda a organizar la visita: qué ver, cuándo y dónde presenciar el sema, cuánto cuestan las cosas, cómo llegar en tren rápido y cómo moverte. Konya premia al viajero que busca historia, arte y espiritualidad, lejos del bullicio turístico.
Konya es una de las ciudades habitadas más antiguas del mundo: en sus cercanías está Çatalhöyük, un asentamiento neolítico de hace unos nueve mil años considerado uno de los primeros protopueblos de la humanidad. Con el nombre de Iconio fue ciudad frigia, griega, romana (el apóstol Pablo la visitó) y bizantina. Su gran esplendor llegó en los siglos XII y XIII, cuando se convirtió en la capital del sultanato selyúcida de Rum, la potencia turca que dominó Anatolia central: se llenó de mezquitas, madrasas y palacios de exquisita decoración. En esa Konya cosmopolita y culta recaló, huyendo de los mongoles, la familia de Mevlana Celaleddin Rumi, el poeta y místico persa que allí vivió, enseñó y murió en 1273, y cuyos seguidores fundaron la orden sufí de los derviches giróvagos (mevleví). Tras los selyúcidas llegaron los beyliks y el Imperio otomano, y Konya siguió siendo un gran centro religioso y de peregrinación. Toda esa historia —de Çatalhöyük a Rumi y los otomanos— está contada en nuestra página de historia.
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Origen, formación y qué dicen las fuentes.
Pocas ciudades pueden presumir de una antigüedad como la de Konya. A pocos kilómetros de la ciudad actual se encuentra Çatalhöyük, un asentamiento neolítico habitado hace unos nueve mil años (entre el 7400 y el 5200 a.C.), considerado uno de los primeros protopueblos o 'ciudades' de la historia de la humanidad. Allí, en un momento decisivo en que el ser humano dejaba de ser nómada para volverse agricultor, miles de personas vivían en casas de adobe pegadas unas a otras, sin calles, a las que se entraba por el techo. Sus pinturas murales, sus relieves de toros y sus figuras de la 'diosa madre' están entre los testimonios más antiguos del arte y la religión.
La ciudad propiamente dicha, sobre la colina que hoy llaman de Alâeddin, también tiene miles de años de historia continua. Fue un centro de la época del bronce, y en la Antigüedad clásica se llamó Iconio (Ikónion), ciudad de la región de Licaonia. Bajo dominio frigio, luego persa, después helenístico tras Alejandro Magno, y finalmente romana, Iconio fue una parada importante en las rutas de Anatolia central. El apóstol Pablo la visitó en sus viajes misioneros, según narran los Hechos de los Apóstoles, y la ciudad tuvo una temprana comunidad cristiana.
Como parte del Imperio bizantino, Iconio siguió siendo una ciudad de frontera, expuesta a las incursiones. Su nombre fue evolucionando de Iconio a Konya. Pero su gran momento, el que la convertiría en una de las capitales culturales del mundo islámico, estaba aún por llegar, de la mano de un pueblo recién llegado a Anatolia: los turcos selyúcidas.
Tras la batalla de Manzikert (1071), en la que los turcos selyúcidas derrotaron al ejército bizantino y abrieron Anatolia a la colonización turca, se formó en la península un nuevo Estado: el sultanato selyúcida de Rum (es decir, 'de Roma', por las tierras que habían sido bizantinas). A comienzos del siglo XII, los sultanes eligieron Konya como su capital, y la ciudad vivió entonces su época de mayor esplendor, entre finales del siglo XII y el siglo XIII.
Bajo sultanes como Alâeddin Keykubad I, Konya se convirtió en una gran capital culta y cosmopolita, uno de los centros intelectuales y artísticos del mundo islámico medieval. Se levantaron mezquitas, madrasas (escuelas), palacios, caravasares y murallas, con una decoración de azulejos turquesa, piedra tallada y caligrafía que definió el estilo selyúcida, refinado y elegante. Todavía hoy se conservan joyas de aquella época: la mezquita de Alâeddin, las madrasas de Karatay (con su cúpula de azulejos estrellada) e İnce Minare (con su portada de piedra labrada), y los mausoleos de los sultanes.
A esa Konya próspera y tolerante, refugio de sabios, poetas, artesanos y místicos llegados de todo el mundo islámico —muchos huyendo del avance de los mongoles por Asia central y Persia—, arribó a comienzos del siglo XIII una familia de eruditos procedente de la ciudad de Balj (en el actual Afganistán). Entre ellos venía un niño llamado Celaleddin, que con el tiempo sería conocido en el mundo entero como Mevlana Rumi, y que ligaría para siempre el nombre de Konya a la poesía y la espiritualidad.
Mevlana Celaleddin Rumi (1207-1273) es una de las figuras más grandes y queridas de la historia de la humanidad. Nacido probablemente en Balj, en Asia central, su familia emigró hacia el oeste huyendo de la invasión mongola y se instaló finalmente en Konya, entonces capital selyúcida. Allí, Rumi se formó como maestro y jurista islámico, respetado y con muchos discípulos. Su vida dio un vuelco decisivo hacia 1244, cuando conoció a un derviche errante llamado Şems de Tabriz, un místico intenso y enigmático que se convirtió en su amigo del alma y su guía espiritual.
El encuentro con Şems transformó a Rumi: del maestro sabio y sobrio surgió un poeta arrebatado, embriagado de amor divino. La misteriosa desaparición de Şems (probablemente asesinado por discípulos celosos) sumió a Rumi en un dolor profundo del que brotó una torrencial poesía. De su pluma salieron el Divan-e Şems (dedicado a su amigo) y sobre todo el Masnavi, un extenso poema en persa de miles de versos, lleno de historias, parábolas y enseñanzas, que ha sido llamado 'el Corán en persa' y es una de las cumbres de la literatura mística universal.
El mensaje de Rumi —el amor como camino hacia Dios, la tolerancia, la unidad de todas las cosas, la búsqueda interior— trascendió su época, su religión y su lengua. Sus versos, traducidos a incontables idiomas, se siguen leyendo, cantando y citando en todo el mundo ochocientos años después, y Rumi es hoy uno de los poetas más leídos del planeta. Murió en Konya el 17 de diciembre de 1273, una fecha que sus seguidores llaman Şeb-i Arus, la 'noche de bodas', porque para ellos ese día el alma del maestro se unió por fin con lo divino. Cada año, en esa fecha, Konya se llena de peregrinos para recordarlo.
Tras la muerte de Rumi, su hijo Sultan Veled y sus discípulos organizaron sus enseñanzas en una hermandad sufí: la orden mevleví (de Mevlana, 'nuestro maestro'), conocida en Occidente como la de los derviches giróvagos o giradores. La casa madre de la orden se estableció en torno a la tumba de Rumi en Konya, donde se construyó el mausoleo con su célebre cúpula de azulejos verdes, y desde allí la orden se extendió por todo el mundo otomano, con conventos (tekke) en Estambul, los Balcanes, Siria y Egipto.
El rasgo más famoso de los mevleví es su ceremonia, el sema: una danza ritual en la que los derviches giran lentamente sobre sí mismos, con los brazos abiertos —uno hacia el cielo, recibiendo la gracia divina, y otro hacia la tierra, transmitiéndola—, vestidos con largas túnicas blancas y altos gorros de fieltro, al son de la música sufí y de la flauta ney. No es un baile de entretenimiento, sino una meditación en movimiento, una forma de oración con la que el derviche busca desprenderse del ego y unirse con Dios, girando como giran los planetas y todas las cosas del universo. La ceremonia del sema fue reconocida por la Unesco como Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad.
La orden mevleví tuvo enorme influencia cultural en el mundo otomano durante siglos: fue un centro de música, poesía y caligrafía, y varios sultanes fueron sus protectores. Pero en 1925, la joven República de Turquía de Atatürk, en su política de secularización, cerró todas las órdenes sufíes y sus conventos, incluida la mevleví, y la tekke de Konya se transformó en museo. La danza sobrevivió como manifestación cultural y, con los años, se recuperó también su dimensión ceremonial. Hoy los derviches vuelven a girar en Konya, sobre todo en el festival de diciembre, manteniendo viva una tradición de ochocientos años.
Tras el declive del sultanato selyúcida en el siglo XIII —debilitado por la presión de los mongoles—, Konya pasó por manos de distintos beyliks (principados turcos), como el de los Karamánidas, hasta que fue incorporada al Imperio otomano en el siglo XV. Bajo los otomanos, Konya dejó de ser capital pero siguió siendo un importante centro religioso, agrícola y de peregrinación, gracias al prestigio del santuario de Mevlana, que atraía a fieles de todo el imperio. Se levantaron mezquitas otomanas, como la elegante Aziziye, y la ciudad conservó su carácter piadoso y tradicional.
En la época republicana, Konya se consolidó como una de las grandes ciudades de la Anatolia central: capital agrícola de una vasta llanura cerealera (se la conoce como 'el granero de Turquía'), centro industrial y universitario, y bastión de la Turquía conservadora y religiosa. A la vez, mantuvo su identidad espiritual: el cierre de la orden mevleví en 1925 no borró la devoción por Rumi, cuyo mausoleo se convirtió en uno de los museos más visitados del país, mezcla de museo y lugar de peregrinación.
La Konya de hoy es una ciudad grande y moderna, con tranvía, universidades y una economía pujante, pero profundamente ligada a su herencia. Cada diciembre, en torno al aniversario de la muerte de Rumi, celebra el festival Şeb-i Arus, que atrae a miles de visitantes de Turquía y del mundo para asistir a las ceremonias del sema. Y durante todo el año, peregrinos y viajeros llegan a recogerse ante la tumba del poeta que predicó el amor y la tolerancia. Entre el yacimiento de Çatalhöyük —los orígenes mismos de la vida urbana—, los monumentos selyúcidas y el legado universal de Rumi, Konya ofrece al viajero un viaje único por la historia, el arte y la espiritualidad de Anatolia.