Mucho antes de que ningún barco fenicio avistara sus costas, el actual territorio de Túnez estaba habitado por los antepasados de los bereberes o amazighes (que en su lengua significa 'hombres libres'), los pobladores originarios de todo el norte de África. Su presencia se remonta a milenios: en el interior tunecino y en el vecino este argelino floreció, entre el 10000 y el 6000 a.C., la llamada cultura capsiense —bautizada así por la ciudad de Gafsa, la antigua Capsa—, una cultura de cazadores y recolectores del Sáhara todavía verde que dejó herramientas de sílex, adornos de cáscara de huevo de avestruz y enterramientos.
Cuando el clima se secó y el Sáhara se convirtió en desierto, aquellos pueblos se organizaron en tribus de pastores y agricultores. Los griegos y romanos los llamaron 'líbicos', 'númidas' o 'getulos'; hablaban lenguas bereberes emparentadas que aún hoy sobreviven en algunos rincones del país, como la isla de Djerba y los pueblos de montaña del sur. Los bereberes no fueron nunca un simple telón de fondo de las civilizaciones que llegaron por mar: fueron actores centrales. Comerciaron y guerrearon con los fenicios, formaron reinos poderosos como la Numidia del rey Masinisa —aliado decisivo de Roma contra Cartago—, y su territorio, adaptaciones y su sangre están en la base de todo lo que vino después.
Esa continuidad es una de las claves para entender Túnez: por encima de fenicios, romanos, vándalos, bizantinos, árabes, turcos y franceses, el sustrato bereber nunca desapareció. La lengua árabe y el islam terminaron por imponerse tras la conquista del siglo VII, pero la identidad amazigh —en la arquitectura de tierra del sur, en los dialectos, en las tradiciones tribales— sigue latiendo bajo la superficie de la Túnez contemporánea.
Hacia el 814 a.C., según la tradición, colonos fenicios procedentes de la ciudad de Tiro (en el actual Líbano) fundaron en una península del golfo de Túnez una ciudad a la que llamaron Qart-Hadasht, la 'Ciudad Nueva', que los romanos deformarían en Carthago: Cartago. La leyenda atribuyó su fundación a la reina Elisa —la Dido que Virgilio inmortalizaría siglos después en la Eneida—, huida de Tiro tras el asesinato de su marido a manos de su propio hermano, el rey Pigmalión. Los fenicios eran los grandes navegantes y mercaderes del Mediterráneo antiguo, y Cartago, con su doble puerto artificial y su posición estratégica en el centro del mar, estaba destinada a heredar y superar a su metrópoli.
Cuando en el siglo VI a.C. la propia Fenicia cayó bajo el dominio de los imperios de Oriente, Cartago se independizó y se convirtió en cabeza de su propio imperio. Fue la mayor potencia marítima y comercial de su tiempo: controló las costas del norte de África, el sur y el este de la península ibérica, y las islas de Sicilia, Cerdeña, Córcega, Malta y las Baleares. Sus flotas comerciaban con estaño, plata, oro, marfil, esclavos y púrpura; el navegante cartaginés Hannón llegó a explorar la costa atlántica de África. La ciudad, gobernada por una oligarquía de familias mercantiles a través de magistrados llamados sufetes y de un poderoso Senado, llegó a tener cientos de miles de habitantes.
La cultura cartaginesa o púnica era brillante y también, para la mirada grecorromana, inquietante. Adoraban a dioses fenicios como Baal Hammon y la diosa Tanit, protectora de la ciudad, y les dedicaban un santuario, el tofet, donde se han hallado miles de urnas con restos incinerados de niños pequeños. Los autores antiguos denunciaron sacrificios infantiles rituales, y el debate historiográfico sigue abierto: parte de los especialistas los considera un hecho, mientras otros sostienen que el tofet era un cementerio para niños muertos de forma natural y que las acusaciones fueron amplificadas por la propaganda de sus enemigos. Sea como fuere, aquel imperio próspero y expansivo estaba en rumbo de colisión con una potencia que crecía al otro lado del estrecho de Sicilia: Roma.
El choque entre Cartago y Roma por el dominio del Mediterráneo occidental se libró en tres guerras terribles, las guerras púnicas (264-146 a.C.), llamadas así por 'puni', el nombre latino de los fenicios de Cartago. La Primera Guerra Púnica (264-241 a.C.) se peleó sobre todo por Sicilia y en el mar: Roma, que no tenía tradición naval, construyó de la nada una flota, aprendió a combatir en el agua y acabó imponiéndose, arrebatando a Cartago Sicilia y luego Cerdeña y Córcega. Fue una derrota humillante que empujó a los cartagineses a compensar sus pérdidas expandiéndose por la península ibérica bajo la familia de los Barca.
La Segunda Guerra Púnica (218-201 a.C.) es la de la gran figura de la historia cartaginesa: Aníbal Barca. Desde la base de Cartago Nova (Cartagena, en España), Aníbal emprendió una de las hazañas militares más audaces de la Antigüedad: cruzó los Pirineos, la Galia y, en pleno invierno, los Alpes, con decenas de miles de soldados y sus célebres elefantes de guerra, para caer sobre Italia por sorpresa. Durante quince años derrotó una y otra vez a los ejércitos romanos en su propio suelo. En la batalla de Cannas (216 a.C.) logró la obra maestra de la táctica militar: rodeó y aniquiló a un ejército romano que le doblaba en número, en una de las derrotas más sangrientas de la historia de Roma. Pero no consiguió tomar la ciudad de Roma ni quebrar la lealtad de sus aliados italianos.
Roma cambió de estrategia: en lugar de perseguir a Aníbal en Italia, el general Publio Cornelio Escipión llevó la guerra a África, obligando a Cartago a llamar de vuelta a su gran capitán para defender la patria. En el 202 a.C., en la batalla de Zama, en suelo tunecino, Escipión —apoyado por la caballería del rey bereber Masinisa de Numidia— derrotó por fin a Aníbal. Cartago tuvo que rendirse, entregar su flota y sus territorios y pagar una indemnización aplastante. Aníbal, perseguido, acabaría sus días exiliado en Oriente, envenenándose para no caer en manos romanas. Cartago sobrevivía, pero humillada y a merced de su enemiga.
A pesar de estar sometida y desarmada, la sola recuperación económica de Cartago bastó para alarmar a Roma. El senador Catón el Viejo terminaba, según la tradición, cada uno de sus discursos con la misma frase: 'Ceterum censeo Carthaginem esse delendam' —'por lo demás, opino que Cartago debe ser destruida'—. En el 149 a.C., con un pretexto, Roma lanzó la Tercera Guerra Púnica. Cartago resistió un asedio desesperado de tres años, pero en la primavera del 146 a.C. las legiones de Escipión Emiliano irrumpieron en la ciudad. Tras seis días de combates casa por casa, Cartago fue arrasada, su población superviviente vendida como esclava y su territorio convertido en la provincia romana de África. La leyenda de que los romanos sembraron el suelo con sal para que nada volviera a crecer es un mito posterior, pero el exterminio de la ciudad fue real y total.
Un siglo después, sin embargo, los propios romanos refundaron Cartago —primero Julio César, luego Augusto— como colonia romana, y la nueva ciudad renació hasta convertirse en una de las mayores y más ricas del Imperio, capital de la provincia y granero y aceitera de Roma. La provincia de África Proconsular vivió siglos de prosperidad: sus llanuras producían trigo y aceite de oliva en cantidades colosales que alimentaban a la ciudad de Roma, y de esa riqueza brotó un urbanismo monumental cuyos restos hacen de la Túnez actual un museo del mundo romano.
Dos sitios lo resumen. En Thysdrus, la actual El Jem, la riqueza del aceite del Sahel levantó hacia el 238 d.C. un anfiteatro colosal para unos 35.000 espectadores, uno de los mejor conservados del mundo y rival del Coliseo de Roma. Y en las colinas del interior, Thugga —la Dougga de hoy— se conserva como la ciudad romana mejor preservada del norte de África, con su capitolio, su teatro y sus templos levantados sobre el trazado de una antigua capital númida. El Museo del Bardo, en la capital, guarda además la mayor colección de mosaicos romanos del mundo, testimonio del esplendor de aquella África latina.
La África romana fue una de las cunas del cristianismo latino. Ya en el siglo II y III floreció aquí una Iglesia vigorosa que dio a la historia figuras enormes: Tertuliano, el primer gran escritor cristiano en lengua latina, cartaginés; San Cipriano, obispo de Cartago martirizado en el 258; y las mártires Perpetua y Felicidad, ejecutadas en el anfiteatro de Cartago en el 203, cuyo relato de prisión es uno de los textos más conmovedores del cristianismo primitivo. Sobre todos ellos se alza San Agustín de Hipona (354-430), nacido en Tagaste y obispo de Hipona (en la vecina Argelia, pero dentro del mismo mundo africano romano): sus 'Confesiones' y 'La Ciudad de Dios' se cuentan entre los cimientos del pensamiento occidental y de la teología cristiana.
El cristianismo africano estuvo desgarrado por un cisma profundo, el donatismo, que enfrentó durante más de un siglo a quienes exigían una Iglesia de puros —que rechazaba a los clérigos que habían flaqueado durante las persecuciones— con la Iglesia oficial que defendía Agustín. Fue una fractura religiosa y también social, con tintes de protesta bereber y campesina contra el orden romano.
En el 439, la provincia cayó en manos de los vándalos, un pueblo germánico que cruzó desde Hispania, tomó Cartago y fundó un reino que dominó el Mediterráneo occidental y llegó a saquear la propia Roma en el 455. Los vándalos, cristianos arrianos, gobernaron un siglo hasta que, en el 533-534, el general Belisario, enviado por el emperador Justiniano desde Constantinopla, reconquistó África para el Imperio bizantino. El dominio bizantino, cristiano y de lengua griega y latina, se prolongó durante siglo y medio más, defendido con líneas de fortalezas, hasta que por el este ya avanzaba una fuerza nueva e imparable: los ejércitos del islam.
En la segunda mitad del siglo VII, los ejércitos árabes portadores de la nueva fe del islam, que ya habían conquistado Egipto, avanzaron hacia el oeste, hacia el Magreb. Hacia el año 670, el general árabe Uqba ibn Nafi fundó tierra adentro, lejos de la costa y de las flotas bizantinas, una ciudad-campamento destinada a servir de base para la conquista de todo el norte de África: Kairuán (al-Qayrawan, 'el campamento'). La resistencia fue feroz: los bizantinos aguantaron en la costa y los bereberes opusieron una defensa encabezada por figuras legendarias como el rey Kusayla y, sobre todo, la Kahina, una reina-guerrera bereber que dirigió la resistencia hasta su muerte hacia el 700. Ese mismo año los árabes tomaron y destruyeron la Cartago bizantina, y toda la región quedó bajo dominio musulmán con el nombre de Ifriqiya.
Kairuán se convirtió en la capital de esa vasta provincia y, muy pronto, en el gran centro religioso e intelectual del islam en todo el Occidente musulmán. Su Gran Mezquita, fundada por Uqba y reconstruida en el siglo IX, es una de las más antiguas y venerables del mundo islámico y sirvió de modelo arquitectónico a las mezquitas del Magreb y de al-Ándalus. La ciudad llegó a ser considerada la cuarta ciudad santa del islam, después de La Meca, Medina y Jerusalén, y un peregrinaje a Kairuán se tenía por acto de gran mérito religioso.
Más que una conquista militar, lo decisivo fue la lenta pero profunda arabización e islamización de la población. A lo largo de los siglos siguientes, el árabe fue desplazando a las lenguas bereberes y al latín africano, y el islam se convirtió en la religión de la inmensa mayoría. Kairuán fue el motor de ese proceso: desde su universidad y sus escuelas jurídicas —donde enseñaron sabios como Sahnun, gran difusor de la escuela malikí que aún hoy predomina en el Magreb— irradiaron la lengua, la fe y la cultura árabe-islámicas que definirían para siempre la identidad de Túnez.
Bajo el gobierno lejano de los califas de Damasco y luego de Bagdad, Ifriqiya empezó a caminar por su cuenta. En el año 800, el califa abasí Harún al-Rashid reconoció a Ibrahim ibn al-Aghlab como emir hereditario, y nació así la dinastía de los aglabíes (800-909), que gobernó desde Kairuán con creciente autonomía. Fue una época de esplendor: los aglabíes embellecieron su capital, ampliaron la Gran Mezquita, construyeron los grandes aljibes de agua que aún se ven en Kairuán y dotaron a Sousse y otras ciudades costeras de ribats, monasterios-fortaleza para la guerra y la fe. Desde Ifriqiya, además, lanzaron la conquista de Sicilia, que quedó bajo dominio musulmán durante más de dos siglos.
A los aglabíes los derribó un movimiento religioso y político venido del chiismo: los fatimíes. Predicando la llegada del Mahdi, el misionero Abu Abdallah al-Shii sublevó a las tribus bereberes kutama y en el 909 derrocó a los aglabíes, proclamando un nuevo califato chií rival del de Bagdad. Su líder, Abdallah al-Mahdi, fundó en la costa una nueva capital fortificada, Mahdia, que lleva su nombre. Desde Ifriqiya, los fatimíes se lanzaron a la conquista de todo el norte de África y, en el 969, de Egipto, donde fundaron una nueva capital: El Cairo. Al trasladar allí el centro de su imperio, dejaron el gobierno de Ifriqiya en manos de sus lugartenientes bereberes, los ziríes.
Los ziríes acabaron rompiendo con sus antiguos señores fatimíes y volviendo a la ortodoxia sunní. La respuesta fatimí desde Egipto fue devastadora: en el siglo XI lanzaron sobre Ifriqiya a las tribus árabes beduinas de los Banu Hilal, cuya migración masiva —recordada en la épica popular árabe— arrasó campos y ciudades, aceleró la ruina del campo y completó, ahora sí de raíz, la arabización lingüística del país. Kairuán fue saqueada en 1057 y perdió para siempre su primacía. De aquel largo período de dinastías quedó, sin embargo, un legado inmenso: Ifriqiya se había convertido de manera irreversible en tierra árabe y musulmana, con una identidad cultural propia y brillante.
Tras el paso del imperio de los almohades —el gran movimiento reformador bereber que dominó el Magreb y al-Ándalus en los siglos XII y XIII—, Ifriqiya recuperó su independencia bajo una dinastía que gobernaría durante más de tres siglos: los hafsíes (1229-1574). Su fundador, Abu Zakariya, gobernador almohade, se declaró soberano independiente y estableció su capital ya no en la vieja Kairuán del interior, sino en Túnez, la ciudad junto al mar que desde entonces sería para siempre la capital del país y le daría su nombre.
Bajo los hafsíes, Túnez vivió una edad de oro comercial y cultural. La ciudad se convirtió en una de las grandes metrópolis del Mediterráneo, cruce de rutas entre Europa, el África subsahariana y Oriente. Se levantaron la mezquita Zaytuna como gran centro de enseñanza, medersas, zocos y palacios; la medina de Túnez que hoy es Patrimonio de la Humanidad tomó en buena medida su forma en esta época. Comerciantes genoveses, pisanos, venecianos y catalanes tenían sus fondas en la ciudad, y los soberanos hafsíes llegaron a reclamar para sí el título de califa. En su corte trabajó, en el siglo XIV, el gran historiador y pensador Ibn Jaldún, nacido en Túnez, considerado uno de los fundadores de la sociología y de la filosofía de la historia.
La Túnez hafsí también acogió a miles de refugiados musulmanes y judíos expulsados de la península ibérica por la Reconquista cristiana, que enriquecieron su artesanía, su música y su vida urbana. Pero el poder de la dinastía se debilitó con las luchas internas, y a partir del siglo XVI el país quedó atrapado en la gran pugna mediterránea entre dos imperios: el de los Habsburgo españoles y el otomano. Esa rivalidad convertiría a Túnez, y a sus puertos, en escenario de una nueva época: la de los corsarios.
En el siglo XVI, el Mediterráneo era un tablero de guerra entre la España de los Habsburgo y el Imperio otomano, y las costas del norte de África se convirtieron en frontera candente. Los grandes corsarios turcos —sobre todo los hermanos Barbarroja— pusieron sus flotas al servicio del sultán de Estambul. Túnez cambió de manos varias veces: el corsario Jeireddín Barbarroja la tomó en 1534, el emperador Carlos V la reconquistó para su protegido hafsí en 1535, y finalmente, en 1574, una gran expedición otomana al mando de Sinán Bajá capturó Túnez de forma definitiva, puso fin a la dinastía hafsí y anexionó el país al Imperio otomano como provincia (regencia) gobernada desde Estambul.
Durante los tres siglos siguientes, Túnez formó parte del Imperio otomano, aunque con creciente autonomía. Al principio la gobernaron un bajá enviado por el sultán y una milicia de jenízaros turcos; pronto el poder real pasó a jefes militares locales llamados dey y bey. La economía de la regencia se apoyó en buena medida en el corso: flotas basadas en Bizerta, La Goleta, Sousse y Sfax asaltaban los barcos cristianos del Mediterráneo, capturaban mercancías y apresaban cautivos que eran rescatados o vendidos como esclavos, en un tráfico que funcionaba en ambas direcciones entre las dos orillas del mar.
A comienzos del siglo XVIII, el bey Husayn ibn Ali fundó la dinastía de los husainíes (1705-1957), que gobernaría Túnez —primero como beyes otomanos, luego bajo el protectorado francés, y al final como reyes independientes— hasta la proclamación de la república. Los beyes husainíes convirtieron Túnez en un Estado cada vez más autónomo de Estambul, con su propia corte en el palacio del Bardo. En el siglo XIX intentaron modernizar el país: abolieron la esclavitud en 1846 —antes que muchos países europeos— y en 1861 promulgaron la primera constitución del mundo árabe-musulmán. Pero las reformas y el endeudamiento con los bancos europeos arruinaron las finanzas del Estado, y esa bancarrota daría a Francia el pretexto que buscaba para intervenir.
En 1881, aprovechando una incursión de tribus fronterizas hacia la Argelia ya colonizada como pretexto, Francia invadió Túnez con un ejército de decenas de miles de hombres. El bey Muhammad al-Sadiq, sin fuerzas para resistir, se vio obligado a firmar el 12 de mayo de 1881, en su palacio, el Tratado del Bardo, que ponía la política exterior y la defensa del país en manos de Francia. Dos años después, la Convención de La Marsa (1883) completó el sometimiento: Túnez quedaba convertido en un protectorado francés. Formalmente el bey seguía reinando, pero el poder real pasó a un residente general francés y a la administración colonial.
El protectorado transformó el país. Francia construyó ferrocarriles, puertos, carreteras, escuelas y explotó los recursos —sobre todo los ricos yacimientos de fosfatos de Gafsa, que hicieron de Túnez uno de los mayores productores mundiales—. Se instaló una numerosa población de colonos europeos, franceses e italianos, que se apropió de las mejores tierras agrícolas. Bajo el barniz de 'misión civilizadora', el sistema colonial era profundamente desigual: los tunecinos quedaban relegados a un papel subordinado, con menos derechos, peores salarios y escaso acceso a la educación y a los puestos de decisión.
De esa injusticia nació el nacionalismo tunecino. En 1920 se fundó el partido Destur ('Constitución'), y en 1934 un joven abogado formado en Francia, Habib Burguiba, rompió con los viejos notables y creó el Neo-Destur, un partido moderno y de masas que llevaría la lucha por la independencia a todo el país. Burguiba fue encarcelado y desterrado una y otra vez por los franceses. Tras la Segunda Guerra Mundial —durante la cual Túnez fue escenario, en 1942-1943, de la dura campaña que enfrentó a los Aliados con las fuerzas del Eje—, la presión nacionalista se volvió irresistible: hubo huelgas, atentados y una guerrilla, los fellagas, en las montañas. Finalmente, la Francia debilitada por la guerra de Indochina y por la que ya se le venía encima en Argelia optó por negociar. El 20 de marzo de 1956, Túnez obtuvo su independencia.
Túnez alcanzó la independencia el 20 de marzo de 1956, y al año siguiente, en 1957, Habib Burguiba abolió la monarquía de los beyes y proclamó la república, de la que se convirtió en primer presidente. Burguiba, que gobernaría durante treinta años, encarnó un proyecto modernizador, laico y autoritario. Su reforma más célebre fue el Código del Estatuto Personal de 1956, que dio a las mujeres tunecinas los derechos más avanzados del mundo árabe: abolió la poligamia, estableció el divorcio judicial, fijó una edad mínima para el matrimonio y exigió el consentimiento de la mujer. Impulsó además la educación universal, la sanidad pública y un Estado moderno, y mantuvo a Túnez como uno de los países más seculares y progresistas de la región.
Pero el reverso de aquel proyecto fue un régimen de partido único —el Neo-Destur, luego rebautizado— sin espacio para la oposición. Burguiba concentró todo el poder, cultivó un culto a su persona como 'Combatiente Supremo' y en 1975 se hizo proclamar presidente vitalicio. Con los años, ya anciano y con la salud deteriorada, su gobierno se volvió errático y represivo, sobre todo frente al creciente movimiento islamista.
El 7 de noviembre de 1987, su primer ministro, Zine El Abidine Ben Ali, lo destituyó en un golpe incruento amparándose en un certificado médico de incapacidad, y asumió la presidencia. Ben Ali prometió apertura democrática, pero pronto instauró un régimen todavía más policial y corrupto. Durante veintitrés años gobernó mediante un aparato de seguridad omnipresente, la censura de la prensa, el fraude electoral y la represión de cualquier disidencia, mientras su familia y la de su esposa, Leila Trabelsi, acaparaban buena parte de la economía a través de la corrupción y el clientelismo. De cara al exterior, Túnez ofrecía la imagen de un país estable, turístico y con buenos indicadores económicos; puertas adentro, bullían el desempleo juvenil, la desigualdad entre la costa próspera y el interior olvidado, y una asfixia política que no encontraba salida.
El 17 de diciembre de 2010, en el pueblo interior de Sidi Bouzid, un joven vendedor ambulante de frutas llamado Mohamed Bouazizi, humillado por la confiscación de su mercancía y por el maltrato de los funcionarios, se prendió fuego frente a la sede del gobierno local. Su gesto desesperado —murió a comienzos de enero por las quemaduras— se convirtió en la chispa de una revolución. La rabia acumulada por el desempleo, la carestía, la corrupción y la falta de libertades desbordó las calles: las protestas se extendieron del interior olvidado a las ciudades y a la capital, alimentadas por las redes sociales y por la brutalidad de la represión policial, que dejó centenares de muertos.
Tras 28 días de manifestaciones imparables, el 14 de enero de 2011 el presidente Ben Ali huyó del país y se refugió en Arabia Saudita, poniendo fin a sus veintitrés años de dictadura. Fue la primera vez que una revuelta popular derribaba a un autócrata árabe, y su onda expansiva desató la llamada Primavera Árabe: en las semanas y meses siguientes estallaron levantamientos en Egipto, Libia, Yemen, Siria y Baréin. La revolución tunecina, conocida como Revolución del Jazmín o Revolución de la Dignidad, encendió toda la región.
A diferencia de casi todas las demás, la de Túnez fue la única de aquellas revueltas que logró desembocar en una democracia. El país celebró elecciones libres, redactó una nueva constitución en 2014 elogiada como una de las más avanzadas del mundo árabe, y un Cuarteto de organizaciones de la sociedad civil que medió en la crisis política recibió el Premio Nobel de la Paz en 2015. El camino, sin embargo, fue difícil: crisis económica, atentados yihadistas que golpearon el turismo, inestabilidad y desencanto. En 2021, el presidente Kais Said suspendió el Parlamento y concentró el poder, en un giro autoritario que muchos observadores consideran un grave retroceso democrático. Frágil y disputado, el legado de 2011 sigue en juego, pero nadie discute que fue en un pueblo del centro de Túnez donde empezó a temblar todo el mundo árabe.