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Historia del país

Historia de Túnez

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Los bereberes: los primeros habitantes

Mucho antes de que ningún barco fenicio avistara sus costas, el actual territorio de Túnez estaba habitado por los antepasados de los bereberes o amazighes (que en su lengua significa 'hombres libres'), los pobladores originarios de todo el norte de África. Su presencia se remonta a milenios: en el interior tunecino y en el vecino este argelino floreció, entre el 10000 y el 6000 a.C., la llamada cultura capsiense —bautizada así por la ciudad de Gafsa, la antigua Capsa—, una cultura de cazadores y recolectores del Sáhara todavía verde que dejó herramientas de sílex, adornos de cáscara de huevo de avestruz y enterramientos.

Cuando el clima se secó y el Sáhara se convirtió en desierto, aquellos pueblos se organizaron en tribus de pastores y agricultores. Los griegos y romanos los llamaron 'líbicos', 'númidas' o 'getulos'; hablaban lenguas bereberes emparentadas que aún hoy sobreviven en algunos rincones del país, como la isla de Djerba y los pueblos de montaña del sur. Los bereberes no fueron nunca un simple telón de fondo de las civilizaciones que llegaron por mar: fueron actores centrales. Comerciaron y guerrearon con los fenicios, formaron reinos poderosos como la Numidia del rey Masinisa —aliado decisivo de Roma contra Cartago—, y su territorio, adaptaciones y su sangre están en la base de todo lo que vino después.

Esa continuidad es una de las claves para entender Túnez: por encima de fenicios, romanos, vándalos, bizantinos, árabes, turcos y franceses, el sustrato bereber nunca desapareció. La lengua árabe y el islam terminaron por imponerse tras la conquista del siglo VII, pero la identidad amazigh —en la arquitectura de tierra del sur, en los dialectos, en las tradiciones tribales— sigue latiendo bajo la superficie de la Túnez contemporánea.

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Cartago: la fundación fenicia y el imperio del mar

Hacia el 814 a.C., según la tradición, colonos fenicios procedentes de la ciudad de Tiro (en el actual Líbano) fundaron en una península del golfo de Túnez una ciudad a la que llamaron Qart-Hadasht, la 'Ciudad Nueva', que los romanos deformarían en Carthago: Cartago. La leyenda atribuyó su fundación a la reina Elisa —la Dido que Virgilio inmortalizaría siglos después en la Eneida—, huida de Tiro tras el asesinato de su marido a manos de su propio hermano, el rey Pigmalión. Los fenicios eran los grandes navegantes y mercaderes del Mediterráneo antiguo, y Cartago, con su doble puerto artificial y su posición estratégica en el centro del mar, estaba destinada a heredar y superar a su metrópoli.

Cuando en el siglo VI a.C. la propia Fenicia cayó bajo el dominio de los imperios de Oriente, Cartago se independizó y se convirtió en cabeza de su propio imperio. Fue la mayor potencia marítima y comercial de su tiempo: controló las costas del norte de África, el sur y el este de la península ibérica, y las islas de Sicilia, Cerdeña, Córcega, Malta y las Baleares. Sus flotas comerciaban con estaño, plata, oro, marfil, esclavos y púrpura; el navegante cartaginés Hannón llegó a explorar la costa atlántica de África. La ciudad, gobernada por una oligarquía de familias mercantiles a través de magistrados llamados sufetes y de un poderoso Senado, llegó a tener cientos de miles de habitantes.

La cultura cartaginesa o púnica era brillante y también, para la mirada grecorromana, inquietante. Adoraban a dioses fenicios como Baal Hammon y la diosa Tanit, protectora de la ciudad, y les dedicaban un santuario, el tofet, donde se han hallado miles de urnas con restos incinerados de niños pequeños. Los autores antiguos denunciaron sacrificios infantiles rituales, y el debate historiográfico sigue abierto: parte de los especialistas los considera un hecho, mientras otros sostienen que el tofet era un cementerio para niños muertos de forma natural y que las acusaciones fueron amplificadas por la propaganda de sus enemigos. Sea como fuere, aquel imperio próspero y expansivo estaba en rumbo de colisión con una potencia que crecía al otro lado del estrecho de Sicilia: Roma.

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Las guerras púnicas y Aníbal

El choque entre Cartago y Roma por el dominio del Mediterráneo occidental se libró en tres guerras terribles, las guerras púnicas (264-146 a.C.), llamadas así por 'puni', el nombre latino de los fenicios de Cartago. La Primera Guerra Púnica (264-241 a.C.) se peleó sobre todo por Sicilia y en el mar: Roma, que no tenía tradición naval, construyó de la nada una flota, aprendió a combatir en el agua y acabó imponiéndose, arrebatando a Cartago Sicilia y luego Cerdeña y Córcega. Fue una derrota humillante que empujó a los cartagineses a compensar sus pérdidas expandiéndose por la península ibérica bajo la familia de los Barca.

La Segunda Guerra Púnica (218-201 a.C.) es la de la gran figura de la historia cartaginesa: Aníbal Barca. Desde la base de Cartago Nova (Cartagena, en España), Aníbal emprendió una de las hazañas militares más audaces de la Antigüedad: cruzó los Pirineos, la Galia y, en pleno invierno, los Alpes, con decenas de miles de soldados y sus célebres elefantes de guerra, para caer sobre Italia por sorpresa. Durante quince años derrotó una y otra vez a los ejércitos romanos en su propio suelo. En la batalla de Cannas (216 a.C.) logró la obra maestra de la táctica militar: rodeó y aniquiló a un ejército romano que le doblaba en número, en una de las derrotas más sangrientas de la historia de Roma. Pero no consiguió tomar la ciudad de Roma ni quebrar la lealtad de sus aliados italianos.

Roma cambió de estrategia: en lugar de perseguir a Aníbal en Italia, el general Publio Cornelio Escipión llevó la guerra a África, obligando a Cartago a llamar de vuelta a su gran capitán para defender la patria. En el 202 a.C., en la batalla de Zama, en suelo tunecino, Escipión —apoyado por la caballería del rey bereber Masinisa de Numidia— derrotó por fin a Aníbal. Cartago tuvo que rendirse, entregar su flota y sus territorios y pagar una indemnización aplastante. Aníbal, perseguido, acabaría sus días exiliado en Oriente, envenenándose para no caer en manos romanas. Cartago sobrevivía, pero humillada y a merced de su enemiga.

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La destrucción de Cartago y la África romana

A pesar de estar sometida y desarmada, la sola recuperación económica de Cartago bastó para alarmar a Roma. El senador Catón el Viejo terminaba, según la tradición, cada uno de sus discursos con la misma frase: 'Ceterum censeo Carthaginem esse delendam' —'por lo demás, opino que Cartago debe ser destruida'—. En el 149 a.C., con un pretexto, Roma lanzó la Tercera Guerra Púnica. Cartago resistió un asedio desesperado de tres años, pero en la primavera del 146 a.C. las legiones de Escipión Emiliano irrumpieron en la ciudad. Tras seis días de combates casa por casa, Cartago fue arrasada, su población superviviente vendida como esclava y su territorio convertido en la provincia romana de África. La leyenda de que los romanos sembraron el suelo con sal para que nada volviera a crecer es un mito posterior, pero el exterminio de la ciudad fue real y total.

Un siglo después, sin embargo, los propios romanos refundaron Cartago —primero Julio César, luego Augusto— como colonia romana, y la nueva ciudad renació hasta convertirse en una de las mayores y más ricas del Imperio, capital de la provincia y granero y aceitera de Roma. La provincia de África Proconsular vivió siglos de prosperidad: sus llanuras producían trigo y aceite de oliva en cantidades colosales que alimentaban a la ciudad de Roma, y de esa riqueza brotó un urbanismo monumental cuyos restos hacen de la Túnez actual un museo del mundo romano.

Dos sitios lo resumen. En Thysdrus, la actual El Jem, la riqueza del aceite del Sahel levantó hacia el 238 d.C. un anfiteatro colosal para unos 35.000 espectadores, uno de los mejor conservados del mundo y rival del Coliseo de Roma. Y en las colinas del interior, Thugga —la Dougga de hoy— se conserva como la ciudad romana mejor preservada del norte de África, con su capitolio, su teatro y sus templos levantados sobre el trazado de una antigua capital númida. El Museo del Bardo, en la capital, guarda además la mayor colección de mosaicos romanos del mundo, testimonio del esplendor de aquella África latina.

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El cristianismo, San Agustín, vándalos y bizantinos

La África romana fue una de las cunas del cristianismo latino. Ya en el siglo II y III floreció aquí una Iglesia vigorosa que dio a la historia figuras enormes: Tertuliano, el primer gran escritor cristiano en lengua latina, cartaginés; San Cipriano, obispo de Cartago martirizado en el 258; y las mártires Perpetua y Felicidad, ejecutadas en el anfiteatro de Cartago en el 203, cuyo relato de prisión es uno de los textos más conmovedores del cristianismo primitivo. Sobre todos ellos se alza San Agustín de Hipona (354-430), nacido en Tagaste y obispo de Hipona (en la vecina Argelia, pero dentro del mismo mundo africano romano): sus 'Confesiones' y 'La Ciudad de Dios' se cuentan entre los cimientos del pensamiento occidental y de la teología cristiana.

El cristianismo africano estuvo desgarrado por un cisma profundo, el donatismo, que enfrentó durante más de un siglo a quienes exigían una Iglesia de puros —que rechazaba a los clérigos que habían flaqueado durante las persecuciones— con la Iglesia oficial que defendía Agustín. Fue una fractura religiosa y también social, con tintes de protesta bereber y campesina contra el orden romano.

En el 439, la provincia cayó en manos de los vándalos, un pueblo germánico que cruzó desde Hispania, tomó Cartago y fundó un reino que dominó el Mediterráneo occidental y llegó a saquear la propia Roma en el 455. Los vándalos, cristianos arrianos, gobernaron un siglo hasta que, en el 533-534, el general Belisario, enviado por el emperador Justiniano desde Constantinopla, reconquistó África para el Imperio bizantino. El dominio bizantino, cristiano y de lengua griega y latina, se prolongó durante siglo y medio más, defendido con líneas de fortalezas, hasta que por el este ya avanzaba una fuerza nueva e imparable: los ejércitos del islam.

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La conquista árabe y Kairuán, capital del islam en el Magreb

En la segunda mitad del siglo VII, los ejércitos árabes portadores de la nueva fe del islam, que ya habían conquistado Egipto, avanzaron hacia el oeste, hacia el Magreb. Hacia el año 670, el general árabe Uqba ibn Nafi fundó tierra adentro, lejos de la costa y de las flotas bizantinas, una ciudad-campamento destinada a servir de base para la conquista de todo el norte de África: Kairuán (al-Qayrawan, 'el campamento'). La resistencia fue feroz: los bizantinos aguantaron en la costa y los bereberes opusieron una defensa encabezada por figuras legendarias como el rey Kusayla y, sobre todo, la Kahina, una reina-guerrera bereber que dirigió la resistencia hasta su muerte hacia el 700. Ese mismo año los árabes tomaron y destruyeron la Cartago bizantina, y toda la región quedó bajo dominio musulmán con el nombre de Ifriqiya.

Kairuán se convirtió en la capital de esa vasta provincia y, muy pronto, en el gran centro religioso e intelectual del islam en todo el Occidente musulmán. Su Gran Mezquita, fundada por Uqba y reconstruida en el siglo IX, es una de las más antiguas y venerables del mundo islámico y sirvió de modelo arquitectónico a las mezquitas del Magreb y de al-Ándalus. La ciudad llegó a ser considerada la cuarta ciudad santa del islam, después de La Meca, Medina y Jerusalén, y un peregrinaje a Kairuán se tenía por acto de gran mérito religioso.

Más que una conquista militar, lo decisivo fue la lenta pero profunda arabización e islamización de la población. A lo largo de los siglos siguientes, el árabe fue desplazando a las lenguas bereberes y al latín africano, y el islam se convirtió en la religión de la inmensa mayoría. Kairuán fue el motor de ese proceso: desde su universidad y sus escuelas jurídicas —donde enseñaron sabios como Sahnun, gran difusor de la escuela malikí que aún hoy predomina en el Magreb— irradiaron la lengua, la fe y la cultura árabe-islámicas que definirían para siempre la identidad de Túnez.

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Las dinastías: aglabíes, fatimíes y ziríes

Bajo el gobierno lejano de los califas de Damasco y luego de Bagdad, Ifriqiya empezó a caminar por su cuenta. En el año 800, el califa abasí Harún al-Rashid reconoció a Ibrahim ibn al-Aghlab como emir hereditario, y nació así la dinastía de los aglabíes (800-909), que gobernó desde Kairuán con creciente autonomía. Fue una época de esplendor: los aglabíes embellecieron su capital, ampliaron la Gran Mezquita, construyeron los grandes aljibes de agua que aún se ven en Kairuán y dotaron a Sousse y otras ciudades costeras de ribats, monasterios-fortaleza para la guerra y la fe. Desde Ifriqiya, además, lanzaron la conquista de Sicilia, que quedó bajo dominio musulmán durante más de dos siglos.

A los aglabíes los derribó un movimiento religioso y político venido del chiismo: los fatimíes. Predicando la llegada del Mahdi, el misionero Abu Abdallah al-Shii sublevó a las tribus bereberes kutama y en el 909 derrocó a los aglabíes, proclamando un nuevo califato chií rival del de Bagdad. Su líder, Abdallah al-Mahdi, fundó en la costa una nueva capital fortificada, Mahdia, que lleva su nombre. Desde Ifriqiya, los fatimíes se lanzaron a la conquista de todo el norte de África y, en el 969, de Egipto, donde fundaron una nueva capital: El Cairo. Al trasladar allí el centro de su imperio, dejaron el gobierno de Ifriqiya en manos de sus lugartenientes bereberes, los ziríes.

Los ziríes acabaron rompiendo con sus antiguos señores fatimíes y volviendo a la ortodoxia sunní. La respuesta fatimí desde Egipto fue devastadora: en el siglo XI lanzaron sobre Ifriqiya a las tribus árabes beduinas de los Banu Hilal, cuya migración masiva —recordada en la épica popular árabe— arrasó campos y ciudades, aceleró la ruina del campo y completó, ahora sí de raíz, la arabización lingüística del país. Kairuán fue saqueada en 1057 y perdió para siempre su primacía. De aquel largo período de dinastías quedó, sin embargo, un legado inmenso: Ifriqiya se había convertido de manera irreversible en tierra árabe y musulmana, con una identidad cultural propia y brillante.

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Los hafsíes y el reino de Túnez

Tras el paso del imperio de los almohades —el gran movimiento reformador bereber que dominó el Magreb y al-Ándalus en los siglos XII y XIII—, Ifriqiya recuperó su independencia bajo una dinastía que gobernaría durante más de tres siglos: los hafsíes (1229-1574). Su fundador, Abu Zakariya, gobernador almohade, se declaró soberano independiente y estableció su capital ya no en la vieja Kairuán del interior, sino en Túnez, la ciudad junto al mar que desde entonces sería para siempre la capital del país y le daría su nombre.

Bajo los hafsíes, Túnez vivió una edad de oro comercial y cultural. La ciudad se convirtió en una de las grandes metrópolis del Mediterráneo, cruce de rutas entre Europa, el África subsahariana y Oriente. Se levantaron la mezquita Zaytuna como gran centro de enseñanza, medersas, zocos y palacios; la medina de Túnez que hoy es Patrimonio de la Humanidad tomó en buena medida su forma en esta época. Comerciantes genoveses, pisanos, venecianos y catalanes tenían sus fondas en la ciudad, y los soberanos hafsíes llegaron a reclamar para sí el título de califa. En su corte trabajó, en el siglo XIV, el gran historiador y pensador Ibn Jaldún, nacido en Túnez, considerado uno de los fundadores de la sociología y de la filosofía de la historia.

La Túnez hafsí también acogió a miles de refugiados musulmanes y judíos expulsados de la península ibérica por la Reconquista cristiana, que enriquecieron su artesanía, su música y su vida urbana. Pero el poder de la dinastía se debilitó con las luchas internas, y a partir del siglo XVI el país quedó atrapado en la gran pugna mediterránea entre dos imperios: el de los Habsburgo españoles y el otomano. Esa rivalidad convertiría a Túnez, y a sus puertos, en escenario de una nueva época: la de los corsarios.

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Los corsarios y el dominio otomano

En el siglo XVI, el Mediterráneo era un tablero de guerra entre la España de los Habsburgo y el Imperio otomano, y las costas del norte de África se convirtieron en frontera candente. Los grandes corsarios turcos —sobre todo los hermanos Barbarroja— pusieron sus flotas al servicio del sultán de Estambul. Túnez cambió de manos varias veces: el corsario Jeireddín Barbarroja la tomó en 1534, el emperador Carlos V la reconquistó para su protegido hafsí en 1535, y finalmente, en 1574, una gran expedición otomana al mando de Sinán Bajá capturó Túnez de forma definitiva, puso fin a la dinastía hafsí y anexionó el país al Imperio otomano como provincia (regencia) gobernada desde Estambul.

Durante los tres siglos siguientes, Túnez formó parte del Imperio otomano, aunque con creciente autonomía. Al principio la gobernaron un bajá enviado por el sultán y una milicia de jenízaros turcos; pronto el poder real pasó a jefes militares locales llamados dey y bey. La economía de la regencia se apoyó en buena medida en el corso: flotas basadas en Bizerta, La Goleta, Sousse y Sfax asaltaban los barcos cristianos del Mediterráneo, capturaban mercancías y apresaban cautivos que eran rescatados o vendidos como esclavos, en un tráfico que funcionaba en ambas direcciones entre las dos orillas del mar.

A comienzos del siglo XVIII, el bey Husayn ibn Ali fundó la dinastía de los husainíes (1705-1957), que gobernaría Túnez —primero como beyes otomanos, luego bajo el protectorado francés, y al final como reyes independientes— hasta la proclamación de la república. Los beyes husainíes convirtieron Túnez en un Estado cada vez más autónomo de Estambul, con su propia corte en el palacio del Bardo. En el siglo XIX intentaron modernizar el país: abolieron la esclavitud en 1846 —antes que muchos países europeos— y en 1861 promulgaron la primera constitución del mundo árabe-musulmán. Pero las reformas y el endeudamiento con los bancos europeos arruinaron las finanzas del Estado, y esa bancarrota daría a Francia el pretexto que buscaba para intervenir.

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El protectorado francés (1881-1956)

En 1881, aprovechando una incursión de tribus fronterizas hacia la Argelia ya colonizada como pretexto, Francia invadió Túnez con un ejército de decenas de miles de hombres. El bey Muhammad al-Sadiq, sin fuerzas para resistir, se vio obligado a firmar el 12 de mayo de 1881, en su palacio, el Tratado del Bardo, que ponía la política exterior y la defensa del país en manos de Francia. Dos años después, la Convención de La Marsa (1883) completó el sometimiento: Túnez quedaba convertido en un protectorado francés. Formalmente el bey seguía reinando, pero el poder real pasó a un residente general francés y a la administración colonial.

El protectorado transformó el país. Francia construyó ferrocarriles, puertos, carreteras, escuelas y explotó los recursos —sobre todo los ricos yacimientos de fosfatos de Gafsa, que hicieron de Túnez uno de los mayores productores mundiales—. Se instaló una numerosa población de colonos europeos, franceses e italianos, que se apropió de las mejores tierras agrícolas. Bajo el barniz de 'misión civilizadora', el sistema colonial era profundamente desigual: los tunecinos quedaban relegados a un papel subordinado, con menos derechos, peores salarios y escaso acceso a la educación y a los puestos de decisión.

De esa injusticia nació el nacionalismo tunecino. En 1920 se fundó el partido Destur ('Constitución'), y en 1934 un joven abogado formado en Francia, Habib Burguiba, rompió con los viejos notables y creó el Neo-Destur, un partido moderno y de masas que llevaría la lucha por la independencia a todo el país. Burguiba fue encarcelado y desterrado una y otra vez por los franceses. Tras la Segunda Guerra Mundial —durante la cual Túnez fue escenario, en 1942-1943, de la dura campaña que enfrentó a los Aliados con las fuerzas del Eje—, la presión nacionalista se volvió irresistible: hubo huelgas, atentados y una guerrilla, los fellagas, en las montañas. Finalmente, la Francia debilitada por la guerra de Indochina y por la que ya se le venía encima en Argelia optó por negociar. El 20 de marzo de 1956, Túnez obtuvo su independencia.

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La independencia, Burguiba y Ben Ali

Túnez alcanzó la independencia el 20 de marzo de 1956, y al año siguiente, en 1957, Habib Burguiba abolió la monarquía de los beyes y proclamó la república, de la que se convirtió en primer presidente. Burguiba, que gobernaría durante treinta años, encarnó un proyecto modernizador, laico y autoritario. Su reforma más célebre fue el Código del Estatuto Personal de 1956, que dio a las mujeres tunecinas los derechos más avanzados del mundo árabe: abolió la poligamia, estableció el divorcio judicial, fijó una edad mínima para el matrimonio y exigió el consentimiento de la mujer. Impulsó además la educación universal, la sanidad pública y un Estado moderno, y mantuvo a Túnez como uno de los países más seculares y progresistas de la región.

Pero el reverso de aquel proyecto fue un régimen de partido único —el Neo-Destur, luego rebautizado— sin espacio para la oposición. Burguiba concentró todo el poder, cultivó un culto a su persona como 'Combatiente Supremo' y en 1975 se hizo proclamar presidente vitalicio. Con los años, ya anciano y con la salud deteriorada, su gobierno se volvió errático y represivo, sobre todo frente al creciente movimiento islamista.

El 7 de noviembre de 1987, su primer ministro, Zine El Abidine Ben Ali, lo destituyó en un golpe incruento amparándose en un certificado médico de incapacidad, y asumió la presidencia. Ben Ali prometió apertura democrática, pero pronto instauró un régimen todavía más policial y corrupto. Durante veintitrés años gobernó mediante un aparato de seguridad omnipresente, la censura de la prensa, el fraude electoral y la represión de cualquier disidencia, mientras su familia y la de su esposa, Leila Trabelsi, acaparaban buena parte de la economía a través de la corrupción y el clientelismo. De cara al exterior, Túnez ofrecía la imagen de un país estable, turístico y con buenos indicadores económicos; puertas adentro, bullían el desempleo juvenil, la desigualdad entre la costa próspera y el interior olvidado, y una asfixia política que no encontraba salida.

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La Revolución de 2011: cuna de la Primavera Árabe

El 17 de diciembre de 2010, en el pueblo interior de Sidi Bouzid, un joven vendedor ambulante de frutas llamado Mohamed Bouazizi, humillado por la confiscación de su mercancía y por el maltrato de los funcionarios, se prendió fuego frente a la sede del gobierno local. Su gesto desesperado —murió a comienzos de enero por las quemaduras— se convirtió en la chispa de una revolución. La rabia acumulada por el desempleo, la carestía, la corrupción y la falta de libertades desbordó las calles: las protestas se extendieron del interior olvidado a las ciudades y a la capital, alimentadas por las redes sociales y por la brutalidad de la represión policial, que dejó centenares de muertos.

Tras 28 días de manifestaciones imparables, el 14 de enero de 2011 el presidente Ben Ali huyó del país y se refugió en Arabia Saudita, poniendo fin a sus veintitrés años de dictadura. Fue la primera vez que una revuelta popular derribaba a un autócrata árabe, y su onda expansiva desató la llamada Primavera Árabe: en las semanas y meses siguientes estallaron levantamientos en Egipto, Libia, Yemen, Siria y Baréin. La revolución tunecina, conocida como Revolución del Jazmín o Revolución de la Dignidad, encendió toda la región.

A diferencia de casi todas las demás, la de Túnez fue la única de aquellas revueltas que logró desembocar en una democracia. El país celebró elecciones libres, redactó una nueva constitución en 2014 elogiada como una de las más avanzadas del mundo árabe, y un Cuarteto de organizaciones de la sociedad civil que medió en la crisis política recibió el Premio Nobel de la Paz en 2015. El camino, sin embargo, fue difícil: crisis económica, atentados yihadistas que golpearon el turismo, inestabilidad y desencanto. En 2021, el presidente Kais Said suspendió el Parlamento y concentró el poder, en un giro autoritario que muchos observadores consideran un grave retroceso democrático. Frágil y disputado, el legado de 2011 sigue en juego, pero nadie discute que fue en un pueblo del centro de Túnez donde empezó a temblar todo el mundo árabe.

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El Sahel y la costa este

Historia de El Sahel y la costa este · Túnez

El Sahel: la tierra del olivo

El Sahel tunecino —que no debe confundirse con el Sahel africano subsahariano— es la franja costera del centro-este del país, entre el golfo de Hammamet y el de Gabès. Su nombre viene del árabe 'sahil', 'costa'. Es una llanura suave y luminosa cubierta hasta el horizonte por millones de olivos, y esa imagen no es nueva: ya en época romana, el olivo y su aceite fueron la fuente de riqueza de la región. Ciudades como Thysdrus (El Jem) se hicieron opulentas gracias al comercio del aceite que se exportaba a Roma, y esa prosperidad quedó fosilizada en los monumentos que aún se conservan.

El olivo modeló no solo el paisaje, sino la sociedad. El Sahel desarrolló una estructura de pequeños y medianos propietarios agrícolas, una densa red de pueblos y ciudades y una población laboriosa y emprendedora. De esta tierra salieron buena parte de las élites del Túnez moderno: no es casualidad que tanto Habib Burguiba, padre de la independencia, como su sucesor Ben Ali nacieran en el Sahel, en Monastir y Hammam Sousse respectivamente. Durante décadas, la región disfrutó de una posición privilegiada en la política y la economía del país.

Esa preeminencia del Sahel y del litoral frente al interior desatendido —el 'otro Túnez' pobre y sin oportunidades— fue precisamente una de las fracturas que estallaron en la Revolución de 2011, que empezó en el olvidado centro del país. El Sahel encarna, así, las dos caras de Túnez: la de la costa próspera, turística y bien conectada, y la de un desarrollo desigual que la revolución puso en el centro del debate nacional.

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Sousse, la perla del Sahel

Sousse, la tercera ciudad de Túnez, es una animada urbe costera cuya historia se remonta a los fenicios, que fundaron aquí la colonia de Hadrumetum, una de las más antiguas del país. Bajo Roma fue una ciudad importante, y de aquella época se conservan mosaicos y catacumbas cristianas de kilómetros de galerías. Pero su fisonomía actual la definió el período islámico: su medina, Patrimonio de la Humanidad, es un magnífico ejemplo de ciudad árabe de los primeros siglos del islam en el Magreb.

En el corazón de la medina se alza el ribat de Sousse, del siglo VIII-IX, uno de los mejor conservados del mundo islámico: un monasterio-fortaleza donde los combatientes de la fe montaban guardia frente a las incursiones cristianas por mar y a la vez se dedicaban a la oración y al estudio. Junto a él, la Gran Mezquita de aspecto austero y casi militar, y la kasbah que corona la ciudad, completan un conjunto que refleja la Ifriqiya de los aglabíes, cuando estas costas eran una frontera fortificada del islam.

En el siglo XX, Sousse se convirtió en uno de los grandes centros turísticos del país, rodeada de playas y complejos hoteleros. Esa condición la puso trágicamente en el mapa mundial en junio de 2015, cuando un atentado yihadista en una playa de la vecina localidad de Port El Kantaoui asesinó a 38 turistas extranjeros, en el peor ataque de la historia reciente del país. El golpe hundió durante años al turismo, uno de los pilares de la economía tunecina, y puso a prueba la resiliencia de la joven democracia surgida de la revolución.

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Monastir, el ribat y la cuna de Burguiba

Un poco más al sur, sobre una punta que se adentra en el mar, está Monastir, la antigua Ruspina romana. Su monumento más imponente es el ribat de Harthema, del siglo VIII, el más antiguo de este tipo de fortalezas-monasterio del norte de África y uno de los mejor conservados; sus torres y murallas se han hecho célebres también por haber servido de escenario para el rodaje de películas como 'La vida de Brian' de los Monty Python.

Pero Monastir es, sobre todo, la ciudad natal de Habib Burguiba, nacido aquí en 1903. El fundador y primer presidente de la Túnez independiente convirtió a su ciudad en un escaparate del régimen: la modernizó, la dotó de infraestructuras y de un aeropuerto internacional, y mandó construir junto al ribat un grandioso mausoleo familiar coronado por una cúpula dorada y flanqueado por minaretes, donde reposan sus restos desde su muerte en el año 2000. El mausoleo de Burguiba es hoy uno de los grandes lugares de memoria del país.

La figura de Burguiba resume las tensiones del Túnez contemporáneo: el modernizador que emancipó a las mujeres, universalizó la educación y construyó un Estado laico, y a la vez el autócrata que gobernó sin oposición durante treinta años y se hizo proclamar presidente vitalicio. Recorrer Monastir —su ribat medieval y su mausoleo del siglo XX, uno junto al otro— es contemplar en pocos metros los dos grandes relatos de la ciudad y del país: la vieja Ifriqiya guerrera de la fe y la moderna república nacida en 1957.

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El Jem y el coloso del desierto

En medio de la llanura de olivos del Sahel, la pequeña ciudad de El Jem guarda uno de los monumentos más asombrosos de todo el mundo romano: un anfiteatro colosal que se ve desde kilómetros de distancia, alzándose sobre las casas bajas del pueblo como un espejismo. Fue construido hacia el año 238 d.C. en la próspera ciudad de Thysdrus, enriquecida por el comercio del aceite de oliva, y con sus 148 metros de eje mayor y una capacidad estimada de unos 35.000 espectadores es uno de los mayores anfiteatros del Imperio, comparable al Coliseo de Roma, y el mejor conservado de África.

En su arena se celebraron combates de gladiadores, luchas con fieras y espectáculos que congregaban a las multitudes del Sahel romano. La solidez de su construcción en piedra le permitió sobrevivir a los siglos: en época medieval sirvió incluso de fortaleza y refugio en las revueltas contra el poder, y la tradición local lo asocia con la Kahina, la reina bereber que resistió a la conquista árabe. Hoy, declarado Patrimonio de la Humanidad, acoge cada verano un prestigioso festival internacional de música sinfónica que llena de nuevo sus gradas de piedra.

El anfiteatro de El Jem es el testimonio más espectacular de aquella África romana opulenta que fue el granero y la aceitera del Imperio. Su presencia colosal en medio de un pueblo modesto y de un mar de olivos resume como pocos lugares la historia de esta tierra: la de un rincón del Mediterráneo que, gracias a la riqueza de su campo, se permitió levantar monumentos a la altura de las grandes capitales del mundo antiguo.

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Mahdia, Sfax y el sur del Sahel

Al sur de Monastir, la costa del Sahel guarda otras dos ciudades cargadas de historia. Mahdia, sobre una estrecha península que se adentra en el mar, fue fundada en el año 921 por Abdallah al-Mahdi, el primer califa de la dinastía fatimí, como capital fortificada e inexpugnable de su naciente imperio chií. Desde este bastión, protegido por murallas y por su posición casi insular, los fatimíes lanzaron la conquista que los llevaría hasta Egipto y la fundación de El Cairo. De aquella época se conservan la gran puerta fortificada del Skifa el-Kahla y la mezquita fatimí, reconstruida sobre la original. Más tarde, Mahdia fue un célebre nido de corsarios y un centro de la industria de la seda.

Más al sur, Sfax es la segunda ciudad del país y su capital económica: un gran puerto industrial y comercial, corazón de la exportación del aceite de oliva y de los fosfatos, con fama de laboriosa y austera. Conserva una de las medinas amuralladas mejor preservadas y menos turísticas de Túnez, un casco antiguo vivo y auténtico rodeado por sus murallas de época aglabí.

Frente a Sfax se encuentran las tranquilas islas Kerkennah, un archipiélago llano y arenoso de pescadores, con sus palmerales y sus artes de pesca tradicionales, que fue lugar de exilio del propio Burguiba durante la lucha por la independencia. Todo este tramo meridional del Sahel enlaza la costa mediterránea con el mundo del sur: la puerta hacia los oasis, el desierto y la isla de Djerba.

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📍 Destinos de El Sahel y la costa este
SousseMonastirEl Jem

📚 Bibliografía

  • Wikipedia (EN) — «Tunisian Sahel»: https://en.wikipedia.org/wiki/Tunisian_Sahel
  • Unesco — «Medina of Sousse»: https://whc.unesco.org/en/list/498/
  • Wikipedia (EN) — «Sousse»: https://en.wikipedia.org/wiki/Sousse
  • Wikipedia (EN) — «Monastir, Tunisia»: https://en.wikipedia.org/wiki/Monastir,_Tunisia
  • Unesco — «Amphitheatre of El Jem»: https://whc.unesco.org/en/list/38/
  • Wikipedia (EN) — «Amphitheatre of El Jem»: https://en.wikipedia.org/wiki/Amphitheatre_of_El_Jem
  • Wikipedia (EN) — «Mahdia»: https://en.wikipedia.org/wiki/Mahdia
  • Wikipedia (EN) — «Sfax»: https://en.wikipedia.org/wiki/Sfax

El interior y el patrimonio romano

Historia de El interior y el patrimonio romano · Túnez

Dougga, la ciudad romana mejor conservada de África

En las colinas fértiles del noroeste tunecino, dominando un valle de trigales y olivares, se despliega Dougga, la antigua Thugga, considerada la ciudad romana mejor conservada del norte de África y declarada Patrimonio de la Humanidad. Antes de la llegada de Roma, Thugga fue la capital de un importante reino líbico-púnico, y de aquel pasado bereber y cartaginés conserva una joya única: el mausoleo líbico-púnico, una torre funeraria del siglo II a.C. que es uno de los escasos monumentos de arquitectura númida que se conservan en pie.

Bajo Roma, la ciudad floreció durante siglos, y lo hizo de una manera peculiar: en lugar de arrasar el trazado indígena para imponer la cuadrícula romana habitual, los romanos edificaron sobre el plano irregular de la vieja ciudad númida, lo que da a Dougga sus calles serpenteantes y su encanto único. El resultado es un conjunto excepcional: el capitolio de columnas corintias dedicado a la tríada Júpiter, Juno y Minerva, el teatro con vistas al valle, el foro, los templos de Saturno y de Juno Celeste, los arcos, las termas y hasta un burdel con su cartel de piedra, todo ello disperso por una ladera de una belleza serena.

Dougga permite comprender como pocos lugares la profundidad de la romanización de África y, al mismo tiempo, su carácter mestizo: aquí el mundo romano se levantó literalmente sobre los cimientos del mundo bereber y púnico. Su relativo aislamiento la salvó de la destrucción y del expolio, y hoy caminar por sus calles casi desiertas, entre monumentos casi intactos y campos de cereal, es una de las experiencias más evocadoras del patrimonio antiguo de todo el Mediterráneo.

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Kairuán, cuarta ciudad santa del islam

En la llanura seca del centro de Túnez se alza Kairuán, la ciudad más venerada del país y una de las más sagradas de todo el islam. Fue fundada hacia el año 670 por el general árabe Uqba ibn Nafi como base militar para la conquista del Magreb, y se convirtió pronto en la primera gran capital árabe del norte de África y en el faro religioso e intelectual del islam en Occidente. Durante siglos, Kairuán irradió la lengua árabe, la fe musulmana y la escuela jurídica malikí a todo el Magreb y a al-Ándalus. La tradición la consagró como la cuarta ciudad santa del islam, después de La Meca, Medina y Jerusalén.

Su monumento supremo es la Gran Mezquita de Uqba, fundada con la propia ciudad y reconstruida en el siglo IX por los aglabíes en la forma monumental que hoy conserva: un vasto patio, un bosque de columnas antiguas reaprovechadas de ruinas romanas y bizantinas, y un macizo minarete que es uno de los más antiguos del mundo y que sirvió de modelo a los alminares de todo el Occidente islámico. En torno a ella, la medina de Kairuán, Patrimonio de la Humanidad, guarda otros tesoros como la mezquita de las Tres Puertas, los grandes aljibes aglabíes que abastecían de agua a la ciudad, y el mausoleo de Sidi Sahab, el 'Barbero', compañero del Profeta.

Kairuán es también una ciudad viva de artesanos, célebre en todo el mundo árabe por sus alfombras anudadas a mano, una tradición secular que sostiene buena parte de su economía. Recorrer sus callejones blancos, su gran mezquita y sus zocos es sumergirse en el corazón espiritual de Túnez, allí donde el islam echó raíces en el Magreb y desde donde se difundió a lo largo de más de un milenio.

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Kairuán, capital de los aglabíes y de la ciencia

El gran momento de Kairuán fue el siglo IX, bajo la dinastía de los aglabíes (800-909), que la convirtieron en su capital y en una de las ciudades más ricas y cultas del mundo islámico, comparada con Basora y Kufa en Oriente. Los emires aglabíes embellecieron la ciudad, reconstruyeron la Gran Mezquita en su forma definitiva y levantaron obras hidráulicas monumentales como los grandes aljibes circulares que aún hoy se conservan, prodigios de la ingeniería que garantizaban el agua en plena estepa.

Pero el mayor legado de aquella época fue intelectual. La Gran Mezquita de Kairuán albergó una universidad y escuelas de enseñanza que hicieron de la ciudad un centro de saber de primer orden, comparado a veces con lo que sería la Universidad de París en la Europa medieval. Aquí enseñaron juristas como Sahnun, autor de una obra fundamental de la escuela malikí, y sabios como Asad ibn al-Furat. En Kairuán florecieron no solo la teología y el derecho islámicos, sino también la medicina —con figuras como Ibn al-Jazzar, cuyos tratados se tradujeron al latín y se estudiaron en Europa— y otras ciencias.

Ese esplendor terminó cuando los fatimíes derribaron a los aglabíes en el 909 y trasladaron el poder primero a Mahdia y luego a El Cairo. El golpe definitivo llegó en 1057, con el saqueo de la ciudad por las tribus árabes de los Banu Hilal, que hundió a Kairuán y le hizo perder para siempre su primacía política a favor de Túnez. Pero su prestigio religioso sobrevivió intacto: despojada del poder, Kairuán siguió siendo, y sigue siendo, el corazón sagrado de Túnez y una de las grandes ciudades santas del islam.

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El noroeste: Bulla Regia, Chemtou y las llanuras del trigo

El noroeste de Túnez, más húmedo y montañoso, fue el granero de la África romana y guarda, además de Dougga, otros yacimientos notables. En Bulla Regia, los romanos idearon una solución arquitectónica única frente al calor: construyeron villas con plantas subterráneas, verdaderas casas bajo tierra decoradas con soberbios mosaicos que se conservan en su sitio original, un caso excepcional en todo el mundo romano. En Chemtou, la antigua Simitthus, se explotaban las famosas canteras de mármol amarillo veteado de rojo —el 'giallo antico'—, uno de los más apreciados del Imperio, arrancado por miles de trabajadores forzados y transportado hasta Roma para adornar sus templos y palacios.

Esta región fue el corazón de la Numidia, el reino bereber que jugó un papel decisivo en las guerras púnicas. Su rey Masinisa, aliado de Roma contra Cartago en la batalla de Zama, unificó a las tribus númidas y creó un Estado poderoso; su nieto Yugurta desafiaría más tarde a Roma en una larga y célebre guerra. Bajo el Imperio, estas llanuras se cubrieron de ciudades, villas y campos de trigo cuya producción alimentaba a la capital.

El noroeste guarda también memorias más recientes y más duras. En la Segunda Guerra Mundial, estas colinas y valles fueron escenario de la campaña de Túnez (1942-1943), la batalla final del norte de África entre los Aliados y las fuerzas del Eje de Alemania e Italia, que terminó con la rendición de cientos de miles de soldados y abrió la puerta a la invasión aliada de Italia. Numerosos cementerios militares en la región recuerdan a los miles de caídos de aquella campaña.

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El interior olvidado y la chispa de la revolución

El Túnez interior —las estepas y ciudades del centro y el noroeste, lejos de la costa próspera y turística— arrastra una historia de marginación económica que la política del país nunca resolvió. Mientras el litoral del Sahel y la capital concentraban las inversiones, el turismo y los empleos, las regiones del interior, como Sidi Bouzid, Kasserine o Gafsa —esta última, corazón de las minas de fosfatos—, sufrían el desempleo, la pobreza y el abandono. Esa brecha entre las dos Túnez fue una fractura profunda del país durante todo el siglo XX y el comienzo del XXI.

De esa herida brotó la Revolución de 2011. No fue en la capital ni en la costa donde empezó todo, sino en Sidi Bouzid, una modesta ciudad agrícola del interior: allí, el 17 de diciembre de 2010, el joven vendedor ambulante Mohamed Bouazizi se prendió fuego tras ser humillado por la policía municipal, en un gesto de desesperación que condensaba la frustración de toda una generación sin futuro. La noticia corrió por las redes sociales, y las protestas se extendieron primero por las ciudades del interior antes de llegar a la capital y provocar, el 14 de enero de 2011, la caída del dictador Ben Ali.

Que la chispa de la Primavera Árabe prendiera precisamente en el interior olvidado de Túnez no fue casual: fue la explosión de décadas de desigualdad regional. La revolución puso ese 'otro Túnez' en el centro del debate nacional, pero los problemas de fondo —el paro, la falta de oportunidades, la distancia entre la costa y el interior— siguieron sin resolverse en los años siguientes, alimentando el desencanto con la joven y frágil democracia. El interior sigue siendo, así, no solo el guardián del gran patrimonio romano e islámico del país, sino también la conciencia social de la Túnez contemporánea.

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📍 Destinos de El interior y el patrimonio romano
DouggaKairuan

📚 Bibliografía

  • Unesco — «Dougga / Thugga»: https://whc.unesco.org/en/list/794/
  • Wikipedia (EN) — «Dougga»: https://en.wikipedia.org/wiki/Dougga
  • Unesco — «Kairouan»: https://whc.unesco.org/en/list/499/
  • Wikipedia (EN) — «Kairouan»: https://en.wikipedia.org/wiki/Kairouan
  • Muslim Heritage — «Kairouan, Capital of Political Power and Learning in the Ifriqiya»: https://muslimheritage.com/kairouan-capital-political-power-learning-ifriqiya/
  • Wikipedia (EN) — «Bulla Regia»: https://en.wikipedia.org/wiki/Bulla_Regia
  • Wikipedia (EN) — «Tunisian campaign»: https://en.wikipedia.org/wiki/Tunisian_campaign
  • Wikipedia (EN) — «Tunisian revolution»: https://en.wikipedia.org/wiki/Tunisian_revolution

El sur, el desierto y Djerba

Historia de El sur, el desierto y Djerba · Túnez

Djerba, la isla de los mil rostros

Frente a la costa sudeste de Túnez, en el golfo de Gabès, se extiende Djerba, la mayor isla del norte de África, una tierra llana y soleada de palmerales, olivos y pueblos blancos. Djerba tiene fama de ser la 'isla de los lotófagos' que Homero describe en la Odisea, donde los marineros de Ulises, al probar el fruto del loto, olvidaban el deseo de volver a casa. Más allá de la leyenda, la isla fue un enclave codiciado por su posición estratégica: fenicios, romanos, bizantinos, árabes, normandos de Sicilia, corsarios y españoles se la disputaron a lo largo de los siglos. Un episodio quedó grabado en la memoria: tras una batalla naval en 1560, los otomanos victoriosos amontonaron los cráneos de los soldados cristianos caídos en una macabra torre que se mantuvo en pie durante siglos.

Djerba desarrolló una identidad singular y tolerante, marcada por su carácter insular. Buena parte de su población es de origen bereber y de confesión ibadí, una rama minoritaria del islam distinta de la mayoría sunní del continente, con sus propias mezquitas de aspecto fortificado y encalado repartidas por la isla. Esa arquitectura de tierra —las casas-patio fortificadas o 'houch', las mezquitas subterráneas, los sistemas de recogida de agua— llevó a que en 2023 Djerba fuera declarada Patrimonio de la Humanidad como testimonio de un modo de asentamiento adaptado a un territorio árido e insular.

Hoy Djerba es también uno de los grandes destinos turísticos del país, con sus playas, su capital Houmt Souk de zocos animados, y proyectos de arte urbano como el barrio de Erriadh, cubierto de murales por artistas de todo el mundo. Bajo el sol y el turismo, la isla conserva su mosaico de identidades —bereber e ibadí, árabe sunní, judía— que la convierten en uno de los lugares más singulares del Mediterráneo.

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La Ghriba y la comunidad judía de Djerba

Djerba alberga una de las comunidades judías más antiguas del mundo y la más antigua de África. Su símbolo es la sinagoga de la Ghriba ('la extraordinaria' o 'la apartada'), en el pueblo de Hara Seghira. Según la tradición, sus orígenes se remontan a los sacerdotes que huyeron de Jerusalén tras la destrucción del Templo de Salomón por los babilonios en el 586 a.C., o bien tras la destrucción del Segundo Templo por los romanos en el año 70; se dice incluso que una piedra del Templo está incorporada en el santuario. El edificio actual es del siglo XIX, pero el lugar es venerado como sitio de culto judío desde hace milenios.

La Ghriba es meta de una peregrinación anual que, cada primavera, en la fiesta de Lag Baomer, congrega a judíos de origen tunecino llegados de Israel, Francia y todo el mundo, en una de las manifestaciones más vivas del judaísmo del Magreb. La comunidad judía de Djerba, que llegó a ser numerosa, se ha reducido mucho tras las grandes emigraciones del siglo XX, pero aún perviven en la isla alrededor de un millar de judíos, sobre todo en los pueblos de Hara Kebira y Hara Seghira, que mantienen sus tradiciones, sus escuelas talmúdicas y sus oficios.

Esa presencia no ha estado exenta de tragedia: en 2002, un atentado con un camión bomba de Al Qaeda frente a la Ghriba mató a una veintena de personas, en su mayoría turistas alemanes, y en 2023 un tiroteo durante la peregrinación causó de nuevo varias víctimas. Pese a todo, la comunidad y la peregrinación resisten, y la Ghriba sigue siendo un testimonio conmovedor de la convivencia milenaria entre judíos y musulmanes en esta isla del sur de Túnez, hoy reconocida por la Unesco como parte del patrimonio de Djerba.

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Matmata y los bereberes trogloditas

En las áridas colinas del sur, cerca de Gabès, se encuentra Matmata, un pueblo bereber célebre por sus extraordinarias casas trogloditas. Para protegerse del calor extremo del día y del frío de la noche del desierto, los habitantes bereberes de la región excavaron sus viviendas en la tierra: grandes fosas circulares abiertas en el suelo, en torno a las cuales se horadan las habitaciones como cuevas, comunicadas por túneles. El resultado es un paisaje lunar de cráteres habitados, invisibles desde la superficie, que mantienen una temperatura estable todo el año y que constituyen uno de los ejemplos más notables de arquitectura vernácula adaptada al clima.

Estas casas subterráneas son el legado de las poblaciones bereberes del sur tunecino, que conservaron durante siglos su lengua, sus costumbres y su modo de vida al margen de las ciudades. La región guarda también otros tipos de arquitectura amazigh singular: los ksour, aldeas fortificadas de graneros colectivos —los ghorfas—, celdas abovedadas apiladas unas sobre otras donde las tribus almacenaban el grano y el aceite, como los espectaculares conjuntos de Ksar Ouled Soltane o de Chenini y Douiret, pueblos colgados de las crestas.

Matmata alcanzó fama mundial por una razón inesperada: en 1976, el cineasta George Lucas rodó aquí escenas de la primera película de 'Star Wars'. El hotel troglodita Sidi Driss, una de estas casas excavadas, se convirtió en el hogar del joven Luke Skywalker en el planeta Tatooine —cuyo nombre, de hecho, se inspira en la vecina ciudad tunecina de Tataouine—. Desde entonces, generaciones de viajeros llegan a Matmata para dormir bajo tierra en el 'hogar de Luke' y para descubrir, de paso, la milenaria cultura bereber que dio origen a estas casas mágicas.

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Tozeur, Nefta y los oasis del Yerid

A las puertas del Sáhara, en la región del Yerid, los oasis de Tozeur y Nefta forman un asombroso contraste con el desierto que los rodea: inmensos palmerales de cientos de miles de datileras, regados por manantiales a través de un antiguo y sofisticado sistema de canales de reparto del agua diseñado, según la tradición, por el sabio medieval Ibn Chabbat en el siglo XIII. Bajo la sombra de las palmeras crecen frutales y hortalizas en una agricultura de tres pisos, una obra maestra del ingenio humano frente a la aridez.

Tozeur, la capital de la región, es célebre por su arquitectura tradicional de ladrillo cocido, con fachadas decoradas con motivos geométricos en relieve que forman un característico juego de luces y sombras, sobre todo en el viejo barrio de Ouled el-Hadef. La ciudad fue durante siglos una etapa importante de las rutas caravaneras que cruzaban el Sáhara transportando oro, sal y esclavos entre el Magreb y el África subsahariana. Nefta, su vecina, es un gran centro del sufismo, con decenas de mausoleos de santos y su espectacular 'Corbeille', un anfiteatro natural de fuentes y palmeras.

Toda esta región del sudoeste se ha convertido en la puerta de entrada al desierto tunecino y en escenario de cine: los paisajes de dunas y los oasis de montaña de Chebika, Tamerza y Mides —enclavados en desfiladeros de las montañas del Atlas junto a la frontera argelina— sirvieron de decorado a numerosas películas. Cerca de Tozeur se conservan además los restos del set de Mos Espa, la ciudad del desierto de la saga 'Star Wars', hoy asediado lentamente por las arenas del Sáhara, que atrae a viajeros de todo el mundo.

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El Chott el Djerid y el Sáhara tunecino

Entre los oasis del Yerid y el gran desierto se extiende el Chott el Djerid, el mayor lago salado del Sáhara, una depresión de unos 7.000 kilómetros cuadrados que en verano se seca casi por completo y se convierte en una inmensa costra blanca de sal que brilla cegadora bajo el sol. La carretera que lo atraviesa parece flotar sobre la nada; en las horas de más calor, el aire caliente hace danzar espejismos de agua y de lagos inexistentes sobre la superficie. En invierno, cuando las lluvias lo inundan en parte, el chott se tiñe de reflejos rosados y violáceos por la acción de las algas y los minerales, en un paisaje de una belleza irreal.

Más allá del chott empieza el verdadero Sáhara: el gran mar de dunas del Grand Erg Oriental, con la localidad de Douz como célebre 'puerta del desierto', punto de partida de las expediciones en camello o en todoterreno hacia las arenas y de un tradicional festival del Sáhara que reúne a las tribus del sur. Es el territorio de los antiguos nómadas, cuyas caravanas cruzaban durante meses estas inmensidades siguiendo los pozos y los oasis.

El desierto tunecino, con su luz, su silencio y sus paisajes de otro planeta, ha fascinado a viajeros y cineastas por igual —fue aquí, en el sur, donde se filmaron los desiertos de Tatooine—. Pero para las gentes del lugar, bereberes y árabes del sur, no es un decorado sino un mundo con sus propias reglas, su cultura milenaria de la supervivencia y su modo de habitar uno de los entornos más extremos de la Tierra. El Chott el Djerid y las dunas que se abren tras él son el confín austral de Túnez, allí donde el país se disuelve en el gran mar de arena del Sáhara.

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DjerbaTozeurMatmataChott El Djerid

📚 Bibliografía

  • Unesco — «Djerba: Testimony to a settlement pattern in an island territory»: https://whc.unesco.org/en/list/1640/
  • Wikipedia (EN) — «Djerba»: https://en.wikipedia.org/wiki/Djerba
  • Wikipedia (EN) — «El Ghriba Synagogue»: https://en.wikipedia.org/wiki/El_Ghriba_Synagogue
  • Wikipedia (EN) — «Matmata, Tunisia»: https://en.wikipedia.org/wiki/Matmata,_Tunisia
  • Wikipedia (EN) — «Ksar»: https://en.wikipedia.org/wiki/Ksar
  • Wikipedia (EN) — «Tozeur»: https://en.wikipedia.org/wiki/Tozeur
  • Wikipedia (EN) — «Chott el Djerid»: https://en.wikipedia.org/wiki/Chott_el_Djerid
  • Encyclopædia Britannica — «Chott el Djerid»: https://www.britannica.com/place/Chott-el-Djerid

Túnez capital y el norte

Historia de Túnez capital y el norte · Túnez

Cartago, de la reina Dido a las columnas frente al mar

En una península del golfo de Túnez, a pocos kilómetros de la capital, se levantan las ruinas de Cartago, la ciudad que fue capital del mayor imperio marítimo del Mediterráneo occidental. Fundada por colonos fenicios de Tiro hacia el 814 a.C. —la tradición la atribuye a la reina Elisa o Dido—, Cartago dominó durante siglos el mar, comerció desde el Atlántico hasta Oriente y libró contra Roma las guerras púnicas, en las que brilló la figura de Aníbal. Arrasada por completo por los romanos en el 146 a.C., fue refundada por Augusto y renació como una de las mayores ciudades del Imperio, capital de la provincia de África.

Hoy el yacimiento, Patrimonio de la Humanidad, es un mosaico de capas superpuestas: el barrio púnico de la colina de Byrsa, el tofet con sus estelas dedicadas a Tanit, los enormes puertos artificiales que fueron el orgullo de la ciudad, las termas romanas de Antonino asomadas al mar —de las mayores del Imperio—, las cisternas, el anfiteatro y las villas con mosaicos. Sobre la colina se alza también la catedral de San Luis, recuerdo del rey francés Luis IX, muerto en Cartago durante la octava cruzada en 1270.

Cartago es, además, tierra sagrada del cristianismo antiguo: aquí predicaron y fueron martirizados San Cipriano, Perpetua y Felicidad, y aquí se celebraron los grandes concilios de la Iglesia africana en la que despuntó San Agustín. Pasear entre sus columnas caídas frente al golfo es contemplar, en un mismo lugar, el nacimiento y la caída de un imperio, la huella de Roma y los orígenes de la fe que marcaría a Occidente.

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La medina de Túnez y la ciudad capital

La ciudad de Túnez, que da nombre al país, fue durante siglos una población menor a la sombra de la vecina Cartago, hasta que la dinastía hafsí la eligió como capital en el siglo XIII. Desde entonces no dejó de crecer. Su medina —el casco antiguo amurallado— es hoy Patrimonio de la Humanidad y una de las mejor conservadas del mundo árabe: un laberinto de callejones, zocos cubiertos, fondouks (posadas de mercaderes), palacios y hammams organizados en torno a la gran mezquita Zaytuna, la 'mezquita del olivo', que fue durante siglos uno de los principales centros de enseñanza islámica del Magreb.

En la medina y sus arrabales floreció una cultura urbana refinada: la artesanía de la cerámica, el cuero, los tejidos y el metal, los oficios organizados en gremios, y una vida cosmopolita alimentada por los andalusíes —musulmanes y judíos expulsados de España— que se instalaron aquí desde el siglo XV y aportaron su arquitectura, su gastronomía y su música. Junto a la ciudad árabe, bajo el protectorado francés, se construyó la 'ville nouvelle', la ciudad europea de amplias avenidas y edificios de estilo colonial que rodea a la vieja medina.

A las afueras, en el antiguo palacio beylical del Bardo, se encuentra el Museo Nacional del Bardo, uno de los grandes museos del Mediterráneo, célebre por albergar la mayor colección de mosaicos romanos del mundo, rescatados de El Jem, Dougga, Cartago y otros yacimientos. En 2015, el museo fue escenario de un atentado yihadista que costó decenas de vidas, un golpe al turismo y a la joven democracia tunecina; su reapertura fue vivida como un acto de resistencia cultural.

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Sidi Bou Said, el pueblo azul y blanco

Encaramado sobre un acantilado que domina el golfo de Túnez, muy cerca de Cartago, el pueblo de Sidi Bou Said es la postal más reconocible del país: un dédalo de casas encaladas de un blanco deslumbrante, con puertas y celosías pintadas de un azul intenso, buganvillas y calles empedradas que bajan hacia el mar. El pueblo debe su nombre a un santo sufí del siglo XIII, Abu Said al-Baji, cuyo mausoleo corona la colina y convirtió el lugar en un centro de espiritualidad musulmana.

La característica combinación de blanco y azul no es casual: fue impulsada a comienzos del siglo XX por un aristócrata y musicólogo francés, el barón Rodolphe d'Erlanger, que se instaló aquí, construyó el suntuoso palacio de Ennejma Ezzahra —hoy centro de música árabe y mediterránea— y promovió la protección estética del pueblo, fijando por ordenanza sus colores. Sidi Bou Said se convirtió así en refugio de artistas, escritores y pintores: por sus cafés y terrazas pasaron figuras como Paul Klee, August Macke o Michel Foucault, atraídos por su luz.

Hoy Sidi Bou Said es un destino bohemio y turístico, célebre por sus vistas al Mediterráneo, sus cafés tradicionales —como el legendario Café des Nattes—, sus jazmines y su ambiente de calma. Bajo el encanto pintoresco late, sin embargo, una historia real: la de un santuario religioso convertido en pueblo de pescadores y, más tarde, en símbolo del Túnez cosmopolita que fascinó a la vanguardia europea.

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Hammamet, Nabeul y la península de Cap Bon

Al sudeste de la capital se extiende la península de Cap Bon, una franja fértil de huertas, viñedos, naranjales y campos de jazmín y azahar que se adentra en el Mediterráneo hacia Sicilia. En su costa se encuentra Hammamet, el balneario clásico de Túnez. La localidad, de origen antiguo, conserva una pequeña medina amurallada del siglo XV y una kasbah junto al mar, pero su fama moderna nació en el siglo XX: en los años treinta, el millonario rumano George Sebastian construyó aquí una villa de gran belleza que atrajo a artistas e intelectuales europeos —Winston Churchill, André Gide o Paul Klee estuvieron por la zona— y convirtió a Hammamet en un refugio cosmopolita.

A partir de los años sesenta, ya en el Túnez independiente, Hammamet se transformó en la capital del turismo de playa del país, con grandes complejos hoteleros que la hicieron conocida en toda Europa. Su villa Sebastian se convirtió en un centro cultural internacional que acoge cada verano un célebre festival de teatro y música.

Cerca está Nabeul, la capital de la región, famosa desde antiguo por su alfarería y su cerámica esmaltada, herederas de una tradición artesanal que se remonta a la época púnica y romana —aquí estuvo la antigua Neápolis— y que se enriqueció con la llegada de los andalusíes. Cap Bon guarda además yacimientos púnicos como Kerkouane, la única ciudad cartaginesa que no fue reconstruida por Roma y que conserva, casi intacto, el trazado urbano y las casas de una población púnica, un caso único en el mundo declarado Patrimonio de la Humanidad.

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Tabarka, Bizerta y el litoral verde del norte

El extremo norte de Túnez es el más verde y montañoso del país: la región del Tell y de la Kroumiria, cubierta de bosques de alcornoques y encinas, con un clima húmedo muy distinto del resto del territorio. Frente a esa costa se encuentra Tabarka, un tranquilo pueblo pesquero al pie de un promontorio coronado por un castillo genovés, célebre por sus formaciones rocosas —como las 'Agujas', columnas de piedra que emergen del mar— y por sus fondos marinos ricos en coral rojo, que hacen de la zona un destino de buceo.

Tabarka tiene una historia singular: entre 1540 y 1741, la isla frente al pueblo estuvo en manos de la familia genovesa de los Lomellini, que la explotó como base para la pesca del coral y el comercio, en un enclave cristiano y europeo en plena costa del Magreb, hasta que el bey de Túnez la recuperó. Hoy el pueblo es conocido, además, por su festival internacional de jazz.

Más al este está Bizerta, la ciudad más septentrional de África, con su viejo puerto pesquero y su medina. Su posición estratégica, junto a un canal que comunica un gran lago interior con el Mediterráneo, la convirtió en una codiciada base naval. Bajo el protectorado, Francia la transformó en una potente base militar, y tras la independencia se convirtió en el escenario de un episodio dramático: en 1961, el gobierno de Burguiba exigió la evacuación de la base, y el enfrentamiento con las tropas francesas —la 'crisis de Bizerta'— dejó centenares de muertos tunecinos. Francia no abandonó definitivamente la base hasta 1963, cerrando así el último capítulo de la presencia colonial en el país.

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📚 Bibliografía

  • Unesco — «Archaeological Site of Carthage»: https://whc.unesco.org/en/list/37/
  • Unesco — «Medina of Tunis»: https://whc.unesco.org/en/list/36/
  • Encyclopædia Britannica — «Carthage»: https://www.britannica.com/place/Carthage-ancient-city-Tunisia
  • Wikipedia (EN) — «Tunis»: https://en.wikipedia.org/wiki/Tunis
  • Wikipedia (EN) — «Sidi Bou Said»: https://en.wikipedia.org/wiki/Sidi_Bou_Said
  • Wikipedia (EN) — «Hammamet, Tunisia»: https://en.wikipedia.org/wiki/Hammamet,_Tunisia
  • Unesco — «Punic Town of Kerkuane»: https://whc.unesco.org/en/list/332/
  • Wikipedia (EN) — «Tabarka»: https://en.wikipedia.org/wiki/Tabarka

📚 Bibliografía

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Sidi Bou Said, Tunisia, 19 March 2018 DSC 8004