La presencia humana en la isla es antiquísima. En yacimientos como la cueva de Fa Hien y Batadombalena se hallaron restos del llamado 'hombre de Balangoda', cazadores-recolectores mesolíticos que vivían en Sri Lanka desde hace decenas de miles de años —las dataciones más citadas hablan de al menos 35.000 años, y algunos estudios estiran la ocupación humana mucho más atrás—. De aquellos pobladores originarios descienden, según la tradición, los vedda, un pueblo indígena que conservó durante milenios un modo de vida de caza y recolección en los bosques del interior y que todavía subsiste, muy reducido, como la comunidad más antigua de la isla.
La historia de la mayoría cingalesa arranca, en cambio, con un relato fundacional. La gran crónica en pali Mahavamsa cuenta que hacia el siglo V a. C. el príncipe Vijaya, desterrado del norte de la India, desembarcó en la isla con setecientos seguidores y fundó el primer reino cingalés. Como todo mito de origen, el episodio mezcla historia y leyenda; lo que la evidencia lingüística y arqueológica sí respalda es que, en torno a esos siglos, se produjo una migración de pueblos indoarios desde el subcontinente que trajeron el idioma cingalés —emparentado con el sánscrito— y las primeras formas de organización estatal y de agricultura de regadío.
Esos colonos se asentaron sobre todo en la 'zona seca' del norte y el centro de la isla, donde la clave de la supervivencia era guardar el agua del monzón. Aprendieron a construir tanques (wewa) y canales que convertían la llanura árida en arrozales, y sobre esa base hidráulica levantarían, unos siglos después, la primera gran civilización de Sri Lanka.
Anuradhapura, fundada según la tradición en el siglo IV a. C., fue la capital de Sri Lanka durante más de mil años y el centro de su primera gran civilización. Pero el hecho que cambió para siempre la identidad de la isla ocurrió en el siglo III a. C., durante el reinado del rey Devanampiya Tissa. La crónica cuenta que el emperador Ashoka de la India, convertido al budismo, envió a su propio hijo, el monje Mahinda, a predicar la nueva doctrina. Mahinda se encontró con el rey en la colina de Mihintale y le expuso las enseñanzas de Buda; Devanampiya Tissa se convirtió y, con él, la corte y buena parte del reino.
Fue una conversión de consecuencias enormes: Sri Lanka se volvió uno de los primeros Estados budistas del mundo y el gran bastión del budismo theravada, la rama más antigua, que desde la isla se irradiaría luego a Birmania, Tailandia y el sudeste asiático. En Anuradhapura se fundó el Mahavihara, el 'gran monasterio', y poco después la monja Sanghamitta, hermana de Mahinda, llegó con un gajo del árbol Bodhi de Bodh Gaya —aquel bajo el cual Buda había alcanzado la iluminación—. Ese esqueje se plantó en Anuradhapura y sobrevive hasta hoy como el Sri Maha Bodhi, considerado el árbol plantado por mano humana más antiguo del mundo con historia documentada.
Sobre esa base espiritual, y sobre su prodigiosa ingeniería de tanques y canales, Anuradhapura se transformó en una metrópoli. Sus reyes erigieron dagobas colosales de ladrillo —la Ruwanwelisaya, la Jetavanaramaya— que estuvieron entre las estructuras más altas de la Antigüedad, solo superadas por las grandes pirámides. Fue también un cruce de rutas comerciales y un foco de erudición monástica. La ciudad resistió invasiones, sobre todo desde el sur de la India, hasta que en el siglo X ese empuje terminó por desplazarla.
En el año 993 el imperio Chola del sur de la India, una de las grandes potencias de su tiempo, invadió Sri Lanka y saqueó Anuradhapura, poniendo fin a su largo reinado como capital. Los Chola trasladaron el centro de poder a Polonnaruwa, más al sureste y más fácil de defender. Recién en 1070 el rey cingalés Vijayabahu I logró expulsar a los invasores y reunificar la isla, pero conservó Polonnaruwa como nueva capital. Empezaba así la segunda gran era clásica de Sri Lanka.
Su momento de esplendor llegó con Parakramabahu I 'el Grande' (1153-1186), bajo cuyo reinado Polonnaruwa vivió una edad de oro. Se le atribuye la construcción o reparación de miles de obras hidráulicas —la tradición menciona su célebre frase de que no debía dejarse escapar al mar ni una gota de agua de lluvia sin antes servir al hombre— y la creación del enorme embalse conocido como 'Mar de Parakrama'. De su época quedan los budas colosales tallados en la roca del Gal Vihara, considerados una cumbre del arte cingalés, junto a palacios, monasterios y salas de audiencias.
Ese esplendor fue, sin embargo, breve. En 1215 un invasor del sur de la India, Kalinga Magha, tomó Polonnaruwa con un ejército numeroso y desató un gobierno recordado por su dureza. La antigua civilización hidráulica de la zona seca entró en una decadencia de la que no se recuperaría: probablemente por una combinación de invasiones, colapso de los sistemas de riego y propagación de la malaria, la población cingalesa fue abandonando el norte y el centro y se desplazó hacia el suroeste húmedo. Durante los siglos siguientes el poder cingalés se fragmentó en reinos sucesivos —Dambadeniya, Yapahuwa, Gampola, Kotte— cada vez más pequeños y más al sur.
La presencia tamil en Sri Lanka es tan antigua como la propia historia escrita de la isla. Desde los primeros siglos hubo migraciones, comerciantes, mercenarios y dinastías del sur de la India —tamil, telugu, cingalés y de otros pueblos se mezclaron y se enfrentaron durante siglos—. Ya en la época de Anuradhapura hubo reyes de origen tamil, y episodios como el del rey Elara, un soberano chola recordado incluso por las crónicas cingalesas como un gobernante justo, muestran que la frontera entre ambos mundos no era una línea nítida sino una zona de contacto permanente.
El hecho decisivo fue la consolidación, hacia el siglo XIII, de un reino tamil propio en el extremo norte de la isla: el reino de Jaffna, gobernado por la dinastía Arya Chakravarti. Con capital en la península de Jaffna y en Nallur, fue un Estado hindú de lengua tamil, con su propia corte, sus templos y su economía basada en el comercio, la pesca de perlas y el cultivo. Durante buena parte de la Baja Edad Media convivió —y a menudo compitió— con los reinos cingaleses del sur, en un equilibrio inestable de guerras y treguas.
De esa larga historia nace la geografía humana que todavía define a Sri Lanka: un norte y un este con fuerte presencia tamil e hindú, y un centro y un sur de mayoría cingalesa y budista, más los musulmanes descendientes de comerciantes árabes (los 'moros') repartidos por toda la isla, sobre todo en el este y en las ciudades. Esa diversidad, viva y en general pacífica durante siglos, sería después manipulada y tensada por las potencias coloniales y por la política del siglo XX, con consecuencias trágicas.
En 1505 una flota portuguesa al mando de Lourenço de Almeida llegó por casualidad a las costas de Sri Lanka y descubrió lo que la isla ofrecía: la mejor canela del mundo, además de elefantes, gemas y una posición clave en las rutas del océano Índico. Los portugueses se aliaron primero y sometieron después al reino cingalés de Kotte, y para mediados del siglo XVI controlaban buena parte de la costa. En 1619 conquistaron también el reino de Jaffna, en el norte. Su dominio, concentrado en el litoral, trajo la primera oleada de conversiones al catolicismo, que todavía hoy marca a comunidades pesqueras enteras de la costa oeste.
El reino cingalés de Kandy, refugiado en las montañas del centro, nunca se sometió. Buscando aliados contra Portugal, los reyes de Kandy pactaron con una potencia europea rival: la Compañía Neerlandesa de las Indias Orientales (VOC). Entre 1638 y 1658, tras una guerra larga y sangrienta, los holandeses expulsaron a los portugueses y se quedaron ellos con las tierras bajas costeras. Kandy había cambiado de amo extranjero en la costa sin liberarse del todo.
Los holandeses gobernaron cerca de siglo y medio con una lógica sobre todo comercial: el monopolio de la canela era su gran negocio. Fortificaron ciudades como Galle y Colombo, dejaron un derecho —el 'derecho romano-holandés' que aún hoy pervive en parte del sistema legal cingalés—, iglesias reformadas y una comunidad mestiza, los 'burghers', descendientes de europeos y locales. Pero su poder también se limitaba a la franja costera: el interior montañoso seguía siendo de Kandy.
Durante las guerras napoleónicas, con los Países Bajos ocupados por Francia, Gran Bretaña se apoderó de las posesiones holandesas de la isla, que en 1802 se convirtió en la colonia de la Corona de Ceilán. Faltaba, sin embargo, la pieza que ningún europeo había logrado en tres siglos: el reino de Kandy. En 1815, mediante una mezcla de presión militar y de las intrigas de los propios jefes kandyanos contra su rey, los británicos firmaron la Convención de Kandy y depusieron al último monarca cingalés, Sri Vikrama Rajasinha. Por primera vez en más de dos mil años, toda la isla quedaba bajo un solo poder, y ese poder era extranjero. Una rebelión kandyana en 1817-1818 fue aplastada con dureza.
Britania transformó la economía de la isla. Primero apostó por el café, que llenó de plantaciones las tierras altas; pero hacia 1870 un hongo, la roya del cafeto (Hemileia vastatrix), arrasó los cafetales. La salvación llegó de otra planta: en 1867 el escocés James Taylor plantó las primeras hectáreas de té en la finca Loolecondera, cerca de Kandy, y el experimento resultó un éxito rotundo. En pocas décadas las montañas se cubrieron de plantaciones y el 'té de Ceilán' se volvió una marca mundial que todavía hoy sostiene buena parte de la economía.
Ese imperio del té tuvo un costo humano enorme y una herencia duradera. Como la población local se resistía a trabajar en las plantaciones, los británicos trajeron a cientos de miles de trabajadores tamiles del sur de la India, los llamados 'tamiles de la India' o del Hill Country, que vivieron en condiciones muy duras y quedaron socialmente separados tanto de los cingaleses como de los tamiles del norte. Tras la independencia, muchos serían despojados de la ciudadanía. La era británica también difundió el inglés, las misiones cristianas, el ferrocarril y una administración moderna, pero gobernando con la vieja lógica de dividir para reinar, favoreciendo a veces a minorías para el reclutamiento administrativo, algo que dejaría resentimientos.
A diferencia de la vecina India, el camino de Ceilán hacia la independencia fue gradual y en gran medida pacífico, sin un movimiento de masas ni una figura al estilo de Gandhi. Las élites educadas en inglés fueron ganando cuotas de autogobierno a través de sucesivas reformas constitucionales —la Comisión Donoughmore de 1931 introdujo, notablemente temprano, el sufragio universal, incluido el voto femenino—. La presión de la descolonización de posguerra hizo el resto.
El 4 de febrero de 1948, Ceilán se convirtió en un Estado independiente dentro de la Commonwealth, como dominio con la corona británica todavía como jefa de Estado nominal. El primer jefe de gobierno fue Don Stephen Senanayake, considerado el 'padre de la nación'. La transición ordenada hizo que en su momento se viera a Ceilán como una de las democracias más prometedoras de Asia, con buenos indicadores de salud y alfabetización.
Pero bajo esa fachada de estabilidad ya latían las tensiones que marcarían el resto del siglo. Casi de inmediato, en 1948-1949, el nuevo Estado aprobó leyes de ciudadanía que dejaron sin nacionalidad ni voto a la enorme mayoría de los tamiles de origen indio de las plantaciones, unas 700.000 personas, con el argumento de que no eran verdaderos ciudadanos de la isla. Fue la primera señal, apenas nacida la nación, de que la relación entre la mayoría cingalesa y las minorías tamiles iba a ser el gran problema no resuelto del país.
El conflicto que desgarraría a Sri Lanka no fue un odio ancestral e inevitable, sino el producto de decisiones políticas concretas tomadas después de la independencia. La mayoría cingalesa —cerca de tres cuartas partes de la población— sentía que bajo el dominio británico las minorías, en especial los tamiles, habían tenido un acceso desproporcionado a la educación en inglés y a los empleos públicos, y buscó revertir esa situación afirmando su lengua, su religión y su identidad.
El punto de quiebre fue la ley del 'Solo cingalés' (Sinhala Only Act) de 1956, impulsada por el primer ministro S. W. R. D. Bandaranaike, que hizo del cingalés el único idioma oficial y desplazó al tamil (y al inglés) de la administración y la vida pública. Para la minoría tamil fue una señal de exclusión de segunda clase en su propio país. Le siguieron otras medidas percibidas como discriminatorias, como la 'estandarización' de 1970, que endureció el acceso de los estudiantes tamiles a la universidad. Las protestas tamiles, al principio pacíficas, se toparon con represión y con estallidos de violencia comunal: hubo pogromos antitamiles en 1956, 1958, 1977 y 1981.
A medida que la vía política se cerraba, entre los jóvenes tamiles fue creciendo el reclamo de un Estado propio, el Tamil Eelam, y surgieron grupos armados separatistas. El más despiadado y eficaz de ellos, los Tigres de Liberación del Eelam Tamil (LTTE), fundado en 1976 y liderado por Velupillai Prabhakaran, terminaría eclipsando y eliminando a los demás. La escalada de agravios, represión y radicalización estaba a punto de desembocar en una guerra abierta.
La guerra civil de Sri Lanka empezó formalmente en julio de 1983, con el episodio conocido como 'Julio Negro'. Después de que los Tigres tendieran una emboscada que mató a trece soldados en Jaffna, estallaron en Colombo y otras ciudades disturbios antitamiles de una violencia extrema: turbas atacaron casas y comercios con listas de direcciones en la mano, y las cifras de muertos oscilan, según las fuentes, entre unos 400 y 600 según estimaciones oficiales, mientras otras las elevan bastante más. Miles de tamiles huyeron del país o hacia el norte, y muchos jóvenes se sumaron a la insurgencia. Es la fecha que casi todos los historiadores toman como inicio del conflicto.
La guerra se prolongó durante veintiséis años, con fases muy distintas y una crueldad ejercida por todos los bandos. El LTTE construyó un cuasi-Estado en el norte y el este, con su propia policía, tribunales y hasta una flota, y se hizo tristemente célebre por sus atentados suicidas —fue pionero en el uso sistemático de cinturones explosivos— y por el reclutamiento de niños soldados; asesinó además a líderes políticos, entre ellos al primer ministro indio Rajiv Gandhi (1991) y al presidente cingalés Ranasinghe Premadasa (1993). Hubo una fallida intervención de una fuerza de paz india (IPKF) entre 1987 y 1990, treguas rotas y una mediación noruega a comienzos de los 2000 que también fracasó. Las fuerzas armadas cingalesas, por su parte, fueron acusadas de desapariciones forzadas, torturas y bombardeos indiscriminados.
El final llegó entre 2008 y mayo de 2009, cuando el ejército, bajo el gobierno de Mahinda Rajapaksa, lanzó una ofensiva total que fue arrinconando al LTTE en una franja cada vez más estrecha de la costa noreste, en la zona de Mullaitivu y Mullivaikkal. Prabhakaran murió y los Tigres fueron aniquilados como fuerza militar. Pero la fase final se cobró un número altísimo de víctimas civiles atrapadas en la zona de combate: las estimaciones para esos últimos meses van, según la fuente, desde unos 15.000 hasta más de 40.000 muertos —un informe de un panel de expertos de la ONU consideró creíble la cifra de hasta 40.000—, en su mayoría por el fuego de artillería. En total, se calcula que la guerra dejó entre 80.000 y 100.000 muertos. Los reclamos de rendición de cuentas por los crímenes de ambos bandos siguen abiertos y son objeto de debate internacional hasta hoy.
El 26 de diciembre de 2004, un terremoto submarino de magnitud cercana a 9,1 frente a la costa de Sumatra generó el tsunami más mortífero de la historia registrada, que arrasó las costas del océano Índico. Sri Lanka, con miles de kilómetros de litoral y sin ningún sistema de alerta, fue el segundo país más golpeado después de Indonesia. Las olas, que llegaron sin aviso en una mañana de domingo, entraron en las costas sur, este y norte y borraron pueblos enteros.
El balance fue devastador: alrededor de 35.000 personas murieron en la isla y más de medio millón quedaron sin hogar. El episodio más recordado fue el del tren costero conocido como 'Reina del Mar', arrollado por las olas cerca de Peraliya, en el suroeste: murieron más de mil pasajeros, en el peor desastre ferroviario de la historia por número de víctimas.
La catástrofe golpeó a un país que ya cargaba con la guerra civil. Durante un breve momento pareció que el desastre común —que afectó por igual a zonas cingalesas, tamiles y musulmanas— podía acercar a los bandos, y hubo intentos de coordinar la ayuda; pero las disputas sobre el reparto de los fondos de reconstrucción entre el gobierno y las zonas controladas por el LTTE terminaron por agriar aún más las relaciones. La reconstrucción de la costa, con ayuda internacional masiva, tardó años y rediseñó buena parte del litoral turístico que hoy conocen los viajeros.
El fin de la guerra en 2009 abrió una etapa de reconstrucción y de crecimiento turístico, pero también de concentración de poder en manos de la familia Rajapaksa, que había dirigido la victoria militar. En 2019, tras los atentados yihadistas del Domingo de Pascua —una serie de ataques suicidas contra iglesias y hoteles que mataron a más de 250 personas—, Gotabaya Rajapaksa ganó la presidencia con un discurso de seguridad, y su hermano Mahinda volvió como primer ministro. La deriva autoritaria y una gestión económica desastrosa marcaron esos años.
En 2022 el país se hundió en la peor crisis económica desde su independencia. Una combinación de deuda externa insostenible, caída del turismo por la pandemia, recortes de impuestos mal calculados y una abrupta prohibición de fertilizantes químicos que hundió las cosechas dejó al Estado sin divisas. Faltó de todo: combustible, gas, medicinas, y hubo cortes de luz de horas. En abril, Sri Lanka anunció que dejaba de pagar su deuda externa, de unos 51.000 millones de dólares, el primer default de su historia.
La respuesta fue un levantamiento popular pacífico y transversal, el Aragalaya ('la lucha'), que reunió durante meses a gente de todas las etnias y clases con un reclamo central: que se fueran los Rajapaksa. En julio de 2022, miles de manifestantes ocuparon el palacio presidencial en Colombo; Gotabaya Rajapaksa huyó del país y renunció. Le siguió el gobierno de Ranil Wickremesinghe, que negoció un rescate con el Fondo Monetario Internacional y estabilizó la economía a costa de una fuerte austeridad. En 2024, en un giro histórico, los votantes eligieron presidente a Anura Kumara Dissanayake, líder de una coalición de izquierda antes marginal, en un claro rechazo a la vieja clase política. Hoy Sri Lanka, con unos 22 millones de habitantes, sigue negociando su futuro: un país de enorme belleza y patrimonio, con las heridas de la guerra todavía abiertas y el desafío de reconstruir su economía y su convivencia.