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Diez dólares la hora: el resto de mi primer invierno

Última actualización: agosto de 2026

La primera parte de esta historia termina con un tobillo lastimado, los martes de O'Shucks y un portugués mejor que mi inglés. Esta es la segunda: lo que pasó con la plata, lo que pasó con el trabajo, y el día en que la montaña cerró en pleno turno.

El primer sueldo y la deuda con mi tío

Mi primer paycheck llegó a fines de diciembre de 2019. Con el segundo, los primeros días de enero, le pagué a mi tío Sergio los pasajes que me había prestado con su tarjeta. El plan era devolvérselos en tres cuotas; se los devolví en una. Y con el primer sueldo entero de enero fui y me compré una MacBook Pro. Hoy lo cuento y parece un capricho. En ese momento era la primera vez en mi vida que podía comprar algo así con plata mía.

Diez dólares la hora

Acá va el dato que nadie te dice antes de firmar. En Utah el salario mínimo es el federal: 7,25 dólares la hora, congelado desde 2009. Yo cobraba 10 como restaurant attendant y 11 como cook. Era legal, y era poco. Para que se entienda cuánto: hoy vivo en California, donde el mínimo en 2026 es de 16,90 dólares y se ajusta cada enero; al lado, en Nevada, son 12. En Park City, en 2020, con diez dólares la hora te estaban pagando lo mismo que a un banquet server, y al banquet server le cerraba porque encima cobraba las propinas de los banquetes, que eran muy buenas. A mí, en el restaurante y en la cocina, no.

Lo compensé con horas. Tenía dos trabajos en Deer Valley: a la mañana en el restaurante y a la noche en la cocina del buffet de mariscos de Snow Park Lodge, el edificio de la base de la montaña. Entre uno y otro bajaba al área de empleados, abría el locker, me cambiaba de uniforme y volvía a subir. Cuatro días por semana hacía doble turno; los otros dos o tres, simple. Hubo semanas de siete días. Y con diez dólares la hora, trabajando así, me alcanzó para la computadora, para el road trip de Bryce y Antelope, para ropa de marca en los outlets, para un gimbal para filmar con el celular y para un iPhone 11. Nunca había tenido ese poder de compra. La lección no es que diez dólares alcancen: es que la temporada te paga por las horas que le pongas, y que las horas se terminan.

El plan del final de temporada

Mi contrato vencía el 31 de marzo de 2020. Con Mica, Paula y Selva armamos en un Word el viaje de despedida. Paula soñaba con Seattle, así que ella volaba a Seattle y de ahí a Chicago. Nosotros tres nos íbamos a tomar el California Zephyr, el tren de Amtrak que cruza el país y pasa por Salt Lake City, hasta Chicago: dos días arriba de un tren, por la experiencia. En Chicago nos juntábamos, alquilábamos un auto, bajábamos por Washington y Filadelfia y terminábamos en Nueva York, que Mica y Selva no conocían. Faltaba decidir si devolver el auto al llegar o quedárnoslo un día más para ir y volver a Boston. Eso era a fines de febrero. Ninguno de los cuatro tenía claro todavía el vuelo de regreso a la Argentina.

Las noticias llegan antes que el virus

El primer caso confirmado de coronavirus en Estados Unidos había sido en enero, en el área de Seattle. En marzo dejó de ser una noticia de Asia. Cada día había más casos, y la información que circulaba era brutal: no hay cura, no hay vacuna, se contagia respirando cerca de alguien o tocando lo que tocó. Desde la Argentina me llenaban de preguntas por las redes. Y en el pueblo el razonamiento era simple y aterrador: si ya está en Seattle, con cientos de vuelos por día entre Asia, Europa y cada ciudad de Estados Unidos, ya está en todos lados.

Unos días antes del cierre, un compañero de la cocina, Federico, se puso el uniforme, entró a trabajar, y se enteró de que un empleado de un bar del pueblo era un caso confirmado. Se sacó el uniforme, fue a la casa, armó la valija, se tomó un Uber al aeropuerto de Salt Lake City y voló a la Argentina ese mismo día. Ese era el nivel de pánico. Con las chicas tuvimos charlas largas, y alguno lloró: no querés morirte en un pueblo de Utah lejos de tu familia, pero tampoco querés volver contagiado y matar a tus padres. Las dos cosas pasaban por la cabeza a la vez.

15 de marzo de 2020: cerrados

El sábado 14 Utah confirmó su primer contagio comunitario, y era en Summit County, nuestro condado. El domingo 15 fui a trabajar igual. En el restaurante se sentía la tensión: los huéspedes cancelaban y se volvían a sus ciudades, dejaban de esquiar para encerrarse en sus casas, y los managers entraban y salían de reuniones. Terminé el turno de la mañana, bajé, me cambié, subí a la cocina y empezamos a preparar el buffet como cualquier noche. En los últimos días ya no dejábamos que la gente se sirviera sola: servíamos nosotros.

El chef dejó lo que estaba haciendo y se fue a la reunión de los directivos. Cuando bajó, nos lo dijo ahí, en plena cocina, con las hornallas prendidas: estamos cerrados. El restaurante, el resort, todo. Ese era nuestro último día de trabajo. Que juntáramos nuestras cosas, hiciéramos clock out y nos fuéramos a casa. Deer Valley suspendió operaciones ese domingo 15 de marzo, junto con todos los resorts de su grupo, y Park City Mountain hizo lo mismo. Dos semanas antes de que venciera mi contrato, la temporada se había terminado en una frase.

Lo que sacaría en limpio

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Milford Sound in Fiordland National Park 12