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La odisea de volver: un terremoto, cinco vuelos y una frontera que se cerraba

Última actualización: agosto de 2026

Entre el domingo 15 de marzo de 2020, cuando cerró Deer Valley, y el lunes 23, cuando crucé el puente de Foz de Iguazú, pasaron ocho días. En esos ocho días hubo un terremoto, cinco vuelos que no salieron o que no pude tomar, un avión al que no me dejaron subir, y dos fronteras que se cerraron a mis espaldas. Esto es lo que pasó, con las fechas que después reconstruí con las fotos.

Las chicas vuelven primero

Mica y Paula tenían el pasaje de vuelta comprado en una agencia de viajes del Chaco. Fue su suerte: en esos días las aerolíneas se volvieron flexibles como nunca, y la agente les cambió todo por teléfono para volver antes con Copa, vía Panamá. Les preguntaron a qué aeropuerto de la Argentina querían llegar y eligieron Rosario en vez de Buenos Aires, por miedo a la ciudad grande. Hasta Rosario fueron a buscarlas sus padres en auto: los de Paula desde Resistencia, los de Mica desde Leandro N. Alem, Misiones. Muchas horas de ruta, en los días en que el país entraba en cuarentena.

Selva y yo teníamos vuelo con Avianca y no existíamos para Avianca. Dos tardes enteras con el teléfono en espera, tres horas reloj cada vez, sin que nadie atendiera. Decidimos comprar otro. En la página de Delta encontramos un Salt Lake City–Atlanta–San Pablo por unos 300 dólares con valija, y desde San Pablo un vuelo de Azul a Foz de Iguazú. Con nosotros viajaba Mati, de Mar del Plata, que compró lo mismo y desde San Pablo seguía a Buenos Aires con Ethiopian.

La cama que se movió sola

El miércoles 18 de marzo, a las 7:09 de la mañana, me desperté porque alguien me sacudía la cucheta. No había nadie. El teléfono sonaba con la alerta de terremoto: magnitud 5,7, epicentro en Magna, en las afueras de Salt Lake City, a unos cincuenta kilómetros de Park City. Lo sintieron casi tres millones de personas. Ese mismo día hubo más de dos mil réplicas; la de las 13:12, de magnitud 4,6, nos agarró a Selva y a mí arriba del colectivo yendo a comprar a TJ Maxx, con todos los teléfonos del bus sonando a la vez.

En TJ Maxx quise entrar a mi reserva de Delta y no existía. Ni con el correo, ni con el nombre, ni con el pasaporte. Llamé (Delta sí atendía) y me dijeron que entre tantos intentos con la tarjeta la compra nunca se había efectuado. El mismo vuelo, ahora, costaba casi 800 dólares. Entonces usé la única ventaja de la pandemia: Delta había eliminado el cargo por cambio de fecha para todos los pasajes de marzo. Busqué el mismo itinerario dos días después, al precio viejo, lo compré, llamé, y pedí que me lo cambiaran al día de Selva y Mati. Me lo cambiaron. Mismo avión, mismo precio, por la ventana de atrás.

El aeropuerto roto y el piloto que no vino

El terremoto había evacuado el aeropuerto de Salt Lake City, roto una cañería que inundó una de las terminales y cerrado el aeropuerto unas cuatro horas. Nuestro vuelo original era, según reconstruyo, el 18: cancelado. Volamos el jueves 19. Y ese vuelo, que no estaba demorado, no tenía piloto: el piloto asignado no se presentó a trabajar. Cuando consiguieron uno de reemplazo llevábamos más de una hora de atraso, exactamente el margen que teníamos en Atlanta para el vuelo a San Pablo. Las chicas del mostrador prometieron avisar a Atlanta para que nos esperaran. Llegamos corriendo a una puerta cerrada.

El avión a Chile

En Atlanta nos ofrecieron una alternativa: un vuelo a Santiago de Chile que salía en una hora y seguía, con el mismo avión y sin bajarnos, a San Pablo. Dijimos que sí a todo. Estábamos en la fila de embarque, dentro de la sala, cuando las azafatas empezaron a rechazar a los pasajeros de adelante: Chile había cerrado sus fronteras a los extranjeros, una medida que regía desde el día anterior, y solo chilenos y residentes podían abordar. Explicamos que no íbamos a bajar del avión. No importó. Nos quedamos en la sala mirando cómo cerraban la puerta.

Volvimos al mostrador de Delta. Había un vuelo a San Pablo al día siguiente, a las nueve de la noche; eran las diez de la noche. Sabía que cuando el pasajero pierde una conexión por culpa de la aerolínea, la aerolínea se hace cargo, pero tampoco quería pelear en medio de un aeropuerto en pánico. Pregunté con cuidado dónde íbamos a dormir. Nos dieron, a los tres, una noche en el Hilton del aeropuerto y vouchers para cenar, almorzar y volver a cenar. La foto del 20 de marzo es en ese hotel. A las 21:26 de ese día estábamos sentados en el avión a San Pablo.

San Pablo: tres aeropuertos y una carta

Aterrizamos el sábado 21 a la mañana, un día después de lo previsto, y nuestros vuelos de conexión eran del día anterior. Azul y Ethiopian pedían lo mismo: una carta de Delta asumiendo la responsabilidad, de una oficina administrativa, no del mostrador. La encontramos en Guarulhos, expliqué la cadena entera (terremoto, aeropuerto, piloto, Atlanta, Chile) y salimos con la carta en la mano.

Al lado estaba el mostrador de Ethiopian cerrando el embarque a Buenos Aires. Hablé por Mati, en portugués y en inglés, con la carta levantada. No la miraron: «¿dónde está él? ¿esa es su valija? pasaporte, vamos, vamos». Lo subieron último y se fue. Menos de tres horas después aterrizaba en Ezeiza, donde lo esperaban sus padres, que habían manejado desde Mar del Plata.

Nosotros fuimos a Azul con la misma carta. El vuelo del día a Foz de Iguazú ya había salido. Y era el último: los de los días siguientes, desde Guarulhos, estaban cancelados. Quedaba Viracopos, el tercer aeropuerto de San Pablo, a una hora de Uber, con un vuelo al día siguiente. Del hotel no se hacían cargo: reubicarnos ya era la cortesía. Reservamos por nuestra cuenta un hotel sencillo con las comidas incluidas, al lado de Viracopos, y pagamos el Uber más caro del viaje.

Cancelado en el mostrador

Domingo 22. Selva entregó su valija en un mostrador y yo la mía en el de al lado; me la pesaron y le pusieron la etiqueta. En ese instante la pantalla se actualizó: vuelo cancelado. Nos devolvieron las valijas. En el mostrador de Azul nos dijeron que intentarían meternos en el vuelo del día siguiente, sin garantía, porque ese vuelo ya tenía sus pasajeros. Fuimos de los primeros en llegar y entramos. Esta vez sí: voucher de hotel, traslado y comidas. El hotel era el mismo en el que habíamos dormido la noche anterior pagando nosotros.

Lunes 23 de marzo, una de la tarde. Hay una foto mía y de Selva en la manga del avión. Por fin.

El puente

En Foz tomamos un taxi hasta el puente y el taxi nos cruzó hasta el control argentino. Del otro lado esperaba el papá de Selva, que había manejado desde Eldorado. Puerto Iguazú ese día era un hervidero: cientos de personas que venían de Brasil, sin aviones (el cabotaje estaba suspendido desde el 20) y con el país en cuarentena desde ese mismo viernes. Los colectivos de Río Uruguay estaban ahí, pero salían solo si se completaban: te daban una planilla y vos tenías que juntar cincuenta y pico de personas que quisieran ir a tu mismo destino. Había gente gritando «¡Córdoba!», «¡Tucumán!», «¡Rosario!» en la vereda. Nosotros nos subimos a un auto y pasamos dos controles de Gendarmería hasta Eldorado.

Cuatro días después, el 27 de marzo, la Argentina cerró sus fronteras del todo, también para los argentinos que estaban afuera. Entramos justo.

Catorce días en una casa prestada

La mamá de Selva se fue a lo de su hermana y nos dejó su casa. Ahí hicimos los catorce días de cuarentena, los dos solos. Como habíamos contado el viaje en las historias, todo Eldorado sabía que habíamos llegado, y en un grupo de Facebook del pueblo que se usa para escrachar gente nos escracharon: por qué los dejaron entrar, por qué no se quedaron allá con la peste, que alguien vigile que hagan la cuarentena. Nos vigilaban, y estaba bien: del hospital SAMIC nos escribían todos los días por WhatsApp para preguntar cómo estábamos, y una tarde vinieron a hacernos el test. Los dos negativos.

Terminada la cuarentena tenía que llegar a Posadas y las rutas estaban vacías: no se podía circular. El papá de Selva fue a Gendarmería, consiguió un permiso y me llevó. No a lo de mi mamá, con quien yo vivía, porque en esa casa había dengue en ese momento, y un mosquito que picara a mi mamá y después a mí me contagiaba. Me dejó en lo de mi papá, donde hice otros catorce días, ya en familia, saliendo por turnos al supermercado. Desde que crucé el puente hasta que dormí en mi cama pasó un mes entero.

En esos días nos llamaron radios, después los diarios de la provincia y después Canal 12, en vivo por videollamada en el noticiero de la mañana. No por volver en pandemia: por cómo volvimos. Primera Edición publicó la nota el 6 de abril de 2020, con nuestros nombres, el terremoto, Atlanta y Chile. Es el único documento que tengo de todo esto que no sea una foto.

Lo que sacaría en limpio

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Créditos de las imágenes
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Milford Sound in Fiordland National Park 12