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Mi primer invierno en Park City

Última actualización: agosto de 2026

Llegué a Utah el 8 de diciembre de 2019 con doscientos dólares, una valija sin ruedas y una campera de invierno de Misiones. Esto es lo que pasó en mi primera temporada de nieve, contado como me hubiera gustado que me lo contaran a mí.

La casualidad del City Creek

Mica y Paula me habían explicado cómo llegar de Salt Lake City a Park City: un bus, otro bus, un taxi. O un Uber, que salía caro, y yo tenía doscientos dólares. Pero ese mismo día, de pura casualidad, ellas estaban en Salt Lake City alquilando los esquís para toda la temporada, porque ahí sale muchísimo más barato que en Park City. Me dijeron: venite al centro, nosotras tenemos que volver en auto igual por las botas y los esquís, y volvemos juntos.

Nos encontramos en el City Creek, el shopping del centro. La última vez que nos habíamos visto era en Posadas. Mica es de Leandro N. Alem, un pueblo de Misiones; Paula es de Resistencia, Chaco; yo soy de Posadas. Y estábamos los tres parados en un shopping de Salt Lake City, Utah, diciéndonos «qué loco, qué loco» sin poder parar. Pedimos un Lyft, que yo conocí ahí, y nos fuimos a Park City.

El housing: Snowshoe Inn

Deer Valley tenía tres alojamientos para empleados: uno alejado, camino a Provo, y dos en Park City mismo, uno en el barrio Prospector y otro en 1450 Empire Avenue, el Snowshoe Inn, con la parada de colectivo justo enfrente. A Paula y Mica les había tocado el Snowshoe Inn, juntas. A Selva, que llegaba dos días después, Prospector con gente que no conocía. A mí también el Snowshoe Inn: las habitaciones son de hombres con hombres y mujeres con mujeres, así que dormía en otro cuarto que ellas, pero en el mismo edificio. Me tocó con dos peruanos y un estadounidense.

Dejamos mi valija en la casa de ellas y me fui en colectivo a Recursos Humanos a hacer el onboarding: las llaves, quién iba a ser mi jefe, dónde iba a trabajar. Desde ese momento tenía casa, trabajo y tres amigas a cuatro cuadras. El resto era problema mío.

En qué se fueron los primeros doscientos dólares

En Posadas no había pensado en una cosa: no tenía zapatos de nieve ni campera de nieve. Tenía una campera de invierno normal, de las que sirven para el invierno de Misiones. Fuimos a un Skechers y había una promoción de dos pares por unos ciento cuarenta dólares: Paula quería renovar los suyos, yo necesitaba unos, y dividimos. Setenta dólares. Después una campera de nieve, la más barata que encontré, unos noventa. Me duró cuatro años, y en 2023 se la vendí a mi amigo Rodrigo, que venía a su primer Work and Travel. Buena campera.

Me quedaron unos cincuenta dólares para comer hasta el primer sueldo. Y acá viene lo que me salvó, y que nadie me había contado.

La cafetería que me salvó

Deer Valley tiene una cafetería para empleados. El desayuno es gratis. El almuerzo y la cena se pagan con la tarjeta de empleado, y lo que gastás se descuenta del sueldo cuando cobrás, igual que el alojamiento. El menú del empleado costaba tres dólares con cincuenta. Desayunaba ahí cuando entraba, almorzaba ahí porque estaba trabajando, y a las cuatro de la tarde, cuando salía, compraba algo y me lo llevaba para la noche.

O sea: llegué con cincuenta dólares para dos semanas de comida y no los necesité. Todo lo que comí y todo lo que dormí esas semanas se pagó solo, del primer cheque. Si estás por hacer un Work and Travel en un resort grande, preguntá esto antes de viajar: si hay cafetería de empleados y cómo se paga. Cambia por completo cuánta plata necesitás llevar.

La misma tarjeta de empleado era el pase de esquí para la montaña de Deer Valley, y además nos daba un día por mes en otras cuatro montañas de la zona, por un acuerdo entre las empresas grandes. Un detalle: en Deer Valley el snowboard está prohibido. Solo esquí.

El día que aprendí a esquiar y el día que dejé

Me alquilé los esquís en Salt Lake City para toda la temporada, como las chicas. Paula ya esquiaba bien y el año anterior le había enseñado a Mica. Selva aprendió con ellas en las primeras salidas. Y a mí me enseñó Selva, que me llevaba dos o tres bajadas de ventaja, en la Magic Carpet, la cinta de la pista de chicos. Dos bajadas sin caerme y fuimos a una pista verde.

Las pistas en Estados Unidos se clasifican por color: verde es la fácil, azul intermedia, negra difícil y doble negra para expertos. Algunas montañas de la empresa Vail separan además azul claro de azul fuerte. Deer Valley no: verde, azul, negra, doble negra.

La verde me salió bien. Me caía, me levantaba, seguía. Y en una verde un poco más difícil me caí girando: un esquí se soltó y el otro no, y me quedó la pierna doblada hacia atrás con el esquí apuntándome a la espalda. Se me salió el casco, que no tenía bien abrochado, y me sangraba la nariz —por la altura, no por el golpe, pero desde afuera no se notaba la diferencia—. De pura suerte pasaba un patrullero de esquí justo por ahí. Me miró, me subió a la moto de nieve, me bajó, y me dijo: «vos hoy no esquiás más».

Era un esguince. Anduve rengo dos semanas. Y no volví a ponerme los esquís en toda la temporada, aunque los tenía alquilados y el pase era gratis. Me agarró miedo, y lo digo sin vergüenza porque creo que le pasa a más gente de la que lo cuenta. Selva sí siguió: terminó la temporada bajando azules. Paula ya hacía negras. Mica hizo su primera negra ese invierno. Yo hice una verde y media.

Martes de O'Shucks

Salí muchísimo esa temporada, y la semana tenía una estructura que cualquiera que haya hecho un Work and Travel en Park City va a reconocer. Los martes eran de O'Shucks, un bar de Main Street donde la copa gigante de cerveza —medio litro, más o menos— costaba tres dólares, con dos mesas de pool y unos jueguitos de arcade. Iban todos los J-1. Ese local hoy ya no está ahí: se mudó más abajo en Main Street y en su lugar hay otro restaurante. Los miércoles abría Downstairs, la discoteca de la parte baja de Main Street. Los jueves eran de Flanagan's, aunque yo fui una o dos veces en todo el invierno. Los domingos, fiesta latina en The Cabin. Y viernes y sábado, o había una fiesta en una casa, o nos juntábamos en el housing de Selva o en el nuestro.

En mi habitación no organizaba juntadas. Con los peruanos no habría habido problema, pero el compañero estadounidense casi no hablaba con nosotros y no quería incomodarlo. Una sola vez, cuando se fue de viaje, mi cuarto fue el punto de encuentro.

Y cuando no había nada, con Mica tomábamos el té. En el trabajo había unos tés riquísimos, nos llevábamos saquitos a casa y merendábamos. Es de las cosas que más me acuerdo.

El road trip: Bryce, Horseshoe Bend y Antelope Canyon

El único viaje grande de la temporada lo hicimos en van alquilada, con los amigos que se habían armado en esos meses: Connie de Chile, Alex y Santi de Chaco, Dayan de Tucumán, una chica de Costa Rica, otro chileno, y nosotros cuatro. Fuimos al Parque Nacional Bryce Canyon, que es de los lugares más impactantes que vi en mi vida, y desde ahí cruzamos a Arizona: Horseshoe Bend, la curva del río Colorado cerca de Page, y el Upper Antelope Canyon.

Antelope Canyon está en tierra de la Nación Navajo y no se puede entrar por tu cuenta: la visita es obligatoriamente con guías navajos autorizados, y conviene reservar con semanas de anticipación porque los cupos se agotan. Nosotros la hicimos con ellos y fue de lo mejor del viaje, justamente por eso: te lo cuenta gente de ahí.

Fuera de eso, Salt Lake City muchas veces. Liberty Park. Y sí, fui a la East High School, donde se filmó High School Musical. No me da vergüenza.

Terminé hablando mejor portugués que inglés

Esto es lo que menos esperaba de una temporada en Estados Unidos. Había tantos brasileños en Deer Valley que terminé el invierno hablando muchísimo mejor portugués —el que había aprendido tres años antes en Brasil— y casi igual de inglés. Con el inglés mejoré el oído: entendía todo. Pero no podía sostener una conversación larga ni de un tema complejo. Con el portugués, en cambio, vivía juntándome con brasileños. Cuando terminó la temporada se sacaron la foto de grupo, todos los brasileños de Deer Valley, y me llamaron para que me metiera: era «el argentino que habla portugués».

De esa foto salió una amiga que conservo hasta hoy, Ana Luisa. Y de esa temporada, Ailén, de Mar del Plata, que sigue viviendo en Park City. La gente es lo que queda.

Lo que sacaría en limpio

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Milford Sound in Fiordland National Park 12