Última actualización: julio de 2026
Este es el viaje que me enseñó todo lo que sé sobre irse a la nada misma. Tenía dieciocho años, acababa de terminar primer año de la facultad y me fui a Brasil una temporada. Lo cuento entero porque las partes útiles están en el medio del desastre.
En primer año viajé al Congreso Internacional de Turismo, que se hace todos los años en una ciudad distinta de Argentina. Ese año tocaba San Martín de los Andes, en Neuquén. Ahí escuché a unos chicos de cuarto o quinto año contar que se iban a Brasil a trabajar la temporada, y pensé una sola cosa:
Si estos chicos pueden, yo también puedo.
Terminé primer año en noviembre y me fui. Era 2016.
Le hice creer a mi mamá que me iba a encontrar con esos chicos allá. Era mentira. Me fui solo, con el pasaje de ida nada más y con mil pesos, que para 2016 ya era muy poca plata.
De Posadas a Puerto Iguazú en colectivo, y de ahí el internacional hasta Foz do Iguaçu, que me dejó en el aeropuerto. Y ahí me subí a un avión por primera vez en la vida. Yo, que era fanático de los aviones desde chico, tenía dieciocho años y nunca había volado.
Fueron tres vuelos con Azul: Foz do Iguaçu → Curitiba, Curitiba → Porto Alegre, Porto Alegre → Florianópolis. El primero lo hice en un ATR-72, que es un avión chico de unos setenta pasajeros, con las turbohélices ahí nomás al costado, a la vista. El que voló en uno sabe de qué hablo: es como una avioneta hecha avión comercial. Sentí cada turbulencia. Fue una mezcla de gracia y de miedo, y fue el mejor comienzo posible.



Llegué a Florianópolis de noche y no tenía dónde ir. Literalmente. Me había reservado un hostel para un par de noches y hasta ahí llegaba el plan. Taxi, llegué tardísimo, me acosté a dormir.
Me desperté a las once de la mañana del día siguiente, y recién ahí empecé.
Redacté un mensaje que decía que era estudiante de turismo de Argentina, nativo de español, portugués básico e inglés intermedio. Lo del portugués era mentira: no hablaba una palabra.
Con ese mensaje me puse a escribirles por Facebook a los hostels de Florianópolis, que son muchísimos. Habré escrito a cincuenta. Para la tarde me habían contestado cuatro o cinco, y uno me citó a una entrevista.



La primera era un hostel chiquito que administraba la dueña. Ahí conocí a tres chicas de Montevideo. Ella quería voluntariado puro: trabajar a cambio del alojamiento y nada más. Igual me trató increíble: me fue a buscar con su propio auto para que pudiera ir por mi valija.
Al día siguiente fui al House Sport Hostel, en Campeche. La propuesta era mejor: alojamiento y comida a cambio de trabajo cinco días, y el sexto me lo pagaban. Quedé.
Y acá pasó algo que todavía me acuerdo. Le conté a la primera señora que me habían tomado en el otro, y no solo lo entendió: me dijo que me convenía porque allá me iban a poder pagar, y me llevó ella misma hasta el otro hostel, en su auto.
En Campeche estuve tres semanas y conocí gente que todavía tengo: dos alemanes con los que salí a recorrer el centro y que sigo teniendo en Instagram, una chica de San Pablo y un chico de Estados Unidos con los que nos hicimos compinches. Las dunas de la Joaquina, la Lagoa da Conceição.
Yo entraba a las ocho de la noche. Ese día estaba en la Lagoa, se me había apagado el teléfono, y miraba el sol, que estaba bien arriba, así que iba tranquilo. Cuando pregunté la hora me dijeron que eran las ocho y media de la noche.
Y acá está la cosa: en Misiones el sol se va temprano. En mi cabeza era imposible que en pleno atardecer fueran las ocho y media. Me confié del sol, literalmente. Llegué tarde y me dijeron que no hacía falta que hiciera el turno, que estaba despedido.
Entiendo perfectamente la parte que me toca: llegué tarde y era mi responsabilidad. Lo que no entendí nunca fue la falta de empatía. Estaba trabajando gratis, a cambio de una cama —ni siquiera de una habitación— y no hubo una sola pregunta sobre por qué.

Pedí quedarme una noche más. Esa noche estaban parando unos hombres de Entre Ríos con los que me hice compinche enseguida. Les conté lo que había pasado y que no tenía plata. Esa misma noche me pagaron la cena.
Ellos se iban a Bombinhas en auto y sobraba un lugar. Fui. Y en el camino seguí haciendo lo mismo de siempre: escribirles a los hostels. A una hora de llegar me contestó el Hostel do Mangue Branco y me dijo que me recibía esa misma noche.
Cuando me dejaron ahí, uno de esos señores me dio 50 reales y me dijo algo que no me olvido más:
Vos lo necesitás más que yo. Todo en la vida vuelve, así que ojalá se te multiplique.
Entendé lo que era eso en ese momento. Yo estaba a punto de escribirle a mi papá para decirle: me mandé una cagada, vine a la nada misma, no tengo plata, no tengo para comer y no tengo cómo volver. No tenía nada. Y un tipo que me conocía hacía un día me dio cincuenta reales.
En el Mangue Branco me pidieron seis horas en vez de cuatro. No tenía alternativa, dije que sí. Pero el dueño me dio algo que valía mucho más que el trabajo: me mandó a un grupo de Facebook que se llamaba «Empregos em Bombinhas».
Y ahí descubrí el truco, que es lo más útil que tengo para darte de todo este viaje:
Poné «Empregos em» —empleos en, en portugués— seguido del nombre de la ciudad, y vas a encontrar grupos de Facebook llenos de trabajo, publicado todo el tiempo.
Funciona en cualquier pueblo de Brasil. Si te vas a hacer una temporada allá, este párrafo es el que te sirve.
En uno de esos grupos vi que un hotel lindo buscaba recepcionistas. Fui en bicicleta —el hostel tenía— y el jefe de recepción no estaba: era su día libre. Me habían hecho ir al pedo.
Volviendo, en una rotonda, vi una pizzería y pensé: pregunto acá también, por las dudas. Entré, pregunté si buscaban gente y me dijeron que sí. ¿Querés empezar ahora?
Yo tenía ojotas y un short. Me explicaron —todo en portugués, que yo apenas masticaba— que dejaba la bici en su depósito y que un empleado me llevaba hasta donde vivía para que me cambiara. Salí al garaje a ver quién me llevaba y apareció un chico en una moto grande. A mí las motos en Brasil ya me daban miedo, porque manejan como locos, metiéndose entre los autos.
Me subí, me puse el casco, me lo abroché. El pibe arrancó a toda velocidad cruzando la rotonda. Enfrente había una estación de servicio, y de ahí salió una camioneta. La chocamos al medio.
La moto rebotó para atrás y volamos, pero ninguno se separó de ella: yo iba agarrado atrás y él del manubrio. La moto cayó con nosotros encima. Me golpeé la cabeza y caí de espaldas. Lo que vi después fue todo borroso: gente acercándose a levantarnos. Tenía el pie debajo de la moto, lo estiré para sacarlo y me lo torcí ahí mismo, aunque en la desesperación ni lo sentí. Intentaron pararme, me mareé y me fui para atrás.
Y ahí cometí el error:
Me saqué el casco. Eso no se hace nunca. Si te rompiste la cabeza, el casco te la está conteniendo. Nunca te lo saques después de un accidente en moto.
Lo que de verdad me asustó fue mirar al conductor y ver que no se movía. Recién cuando me estaban subiendo a la ambulancia lo vi moverse. Estaba bien.
Me llevaron con el cuello inmovilizado. Placas de cabeza y de piernas: no tenía nada, solo el golpe. La mamá del chico me pidió disculpas y me llevó de vuelta al hostel. Llegué rengueando y le conté al dueño que me había subido a una moto y que habíamos chocado una camioneta.
Me preguntó por la bicicleta. Eso fue lo que le importó.
Estuve tres o cuatro días sin poder caminar. Le escribí al hotel, le expliqué y me esperaron. Fui a la entrevista y quedé.
Era el Atlântico Hotel & Convenções, en Mariscal, Bombinhas. Novecientos o mil reales por mes, más alojamiento y comida. Después de dos meses de trabajar por una cama, eso era otro mundo. El hotel tenía una cosa que lo hacía inconfundible: dos edificios, uno a cada lado de la calle, unidos por un techo que cruzaba por arriba hasta la recepción.
Me dieron uniforme y una cama en un departamento compartido con gente de Foz do Iguaçu. Fue bastante chocante: era un desastre, se consumía de todo ahí adentro y estaba muy sucio. No dije nada. Recién había conseguido el trabajo. En el trabajo, en cambio, me fue muy bien.



En el hotel conocí a Meyve, que trabajaba en recreación. Nos hicimos amigos rápido, y no por casualidad: ella también estudiaba turismo, en Blumenau.
Terminando la temporada empezaron a cortar contratos. El de ella terminó un lunes; el mío, el martes. Ella se iba a lo de su tía, en Meia Praia, y me insistió hasta que le dije que sí.
Ella se fue el martes. Yo tenía que llegar solo el miércoles, con la valija, sin internet y sin saber cómo. Me dejó todo anotado: colectivo hasta Porto Belo, que pasaba una o dos veces por día, y ahí otro que iba a Balneário Camboriú pasando por Meia Praia, bajándome en la avenida Nereu Ramos a la altura de la 297. Caminé una cuadra y ella estaba esperándome afuera, sin que yo hubiera podido avisarle nada.
Me presentó a su tía y a su amiga Duda. Y resultó que la tía no era la tía: era la mamá de Duda. Se decían tía y sobrina porque entre ellas eran como hermanas. Era una docente jubilada que vivía de su jubilación y alquilaba un departamento para pasar ahí su vida de jubilada.
Me quedé tres o cuatro días y les dije que ya estaba, que muchas gracias. Y la señora me dijo que no, que me quedara: que le caía bien, que le parecía un hijo, y que me fuera con ellas a su pueblo.
Pero antes pasó lo que todavía hoy me parece increíble: se fueron y me dejaron el departamento solo. La única que me conocía de verdad era Meyve, del hotel; la señora me conocía hacía tres días y me confió su casa. Me levantaba, me hacía un café, me iba a la playa.
Después me llevaron a Timbó, y ahí conocí al hermano de la señora, que trabajaba para el Banco do Brasil inspeccionando casas en construcción. Me dijo que al día siguiente salía tempranísimo a recorrer varios pueblos por trabajo, y que si quería me llevaba.
Fui. Y así, sin planearlo, hice el mejor recorrido del viaje: Timbó, Rodeio, Indaial, Blumenau, Itajaí, Penha, São Francisco do Sul, Joinville, Jaraguá do Sul y Pomerode.
Blumenau es la ciudad de raíz alemana de Santa Catarina, donde se hace el Oktoberfest más famoso de Brasil. Ese día solo pasamos, pero después volví: me llevaron a la Vila Germânica.
Y resultó que Meyve era de Pomerode y Duda de Timbó, pueblos pegados, y las dos estudiaban en Blumenau. Meyve me llevó a su universidad y me metió de colado en una clase de su carrera de turismo. Un estudiante de turismo argentino sentado en una clase de turismo brasileña, sin hablar bien el idioma. Eso no lo planificás.

El 5 de marzo, mi cumpleaños, me llevaron a Beto Carrero World, en Penha. Yo tenía la entrada gratis y quería ir sí o sí. Me dejaron ahí y les dije que ya vería cómo volvía.
Empecé a hacer los juegos solo y me cruzaba una y otra vez con una chica. Le pregunté de dónde era: de Córdoba. Le dije que yo también era de Córdoba. No era cierto. Pero me pasé el día entero con ella y su familia, juego tras juego.
A la tarde me preguntaron cómo volvía y les dije la verdad: que no sabía y que no tenía cómo avisarle a nadie. Ellos iban a Bombinhas y les quedaba de paso. Esa familia cordobesa me llevó hasta la puerta de la casa en Meia Praia y no tengo el contacto de ninguno. Nunca voy a poder agradecerles.
Esto no fue un curso: fue una cadena. Empezó en el hostel de Campeche, con la chica de San Pablo y el estadounidense. Siguió en el hotel, con mis compañeros de recepción, practicando todo el día. Y lo terminaron de cerrar Meyve, Duda y la señora, porque les pedí que me hablaran solo en portugués y que si no entendía me lo explicaran. Cuando no salía, lo puenteábamos con el inglés.
Me fui sin hablar una palabra y volví hablándolo.

Me compré el pasaje para el 7 de marzo, de la terminal de Balneário Camboriú a Foz do Iguaçu. Me despedí de ellas y les agradecí todo lo que me habían dado, que fue muchísimo.
El 8 de marzo llegué a casa. Quería llegarle de sorpresa a mi mamá para el Día de la Mujer. Llegué de sorpresa, sí, aunque para ser honesto una cosa no tenía nada que ver con la otra: me quedaba lindo en la cabeza y ya.
Me había ido con mil pesos y el pasaje de ida. Volví hablando portugués.