Río arriba en el estuario del río Sierra Leona, la pequeña isla de Bunce guarda uno de los memoriales más importantes de la trata transatlántica en toda África Occidental. Durante buena parte del siglo XVIII funcionó allí un gran castillo negrero operado por comerciantes británicos, desde el que se embarcaron miles de cautivos rumbo a América.
Bunce tuvo un destino particular: muchos de los africanos vendidos aquí, expertos en el cultivo del arroz, fueron llevados a las plantaciones de Carolina del Sur y Georgia. Sus descendientes formaron el pueblo gullah o geechee, que conservó lengua, cocina y tradiciones de raíz sierraleonesa. Por eso Bunce es hoy lugar de peregrinación para afroamericanos que buscan reconectar con sus orígenes, y su historia ha sido documentada por historiadores como Joseph Opala.
De aquel castillo quedan hoy ruinas cubiertas de vegetación en medio del estuario: muros, restos de cañones, los cimientos de los barracones. Visitarlas es un ejercicio de memoria sobrio y necesario, un recordatorio de que la misma bahía que vería nacer la ciudad de la libertad fue antes escenario de una de las mayores tragedias de la historia humana.
Frente al extremo sur de la península de Freetown, el pequeño archipiélago de las islas Banana ofrece la cara luminosa del estuario y la costa. De aguas turquesas y aldeas de pescadores, son hoy un refugio para el snorkel, el buceo y la desconexión, a pocas horas de la capital.
Su historia, sin embargo, también está tejida con la del Atlántico. Las islas fueron un enclave comercial ligado al tráfico costero, y conservan ruinas coloniales y vestigios de aquel pasado. Fue precisamente hacia las islas Banana adonde estaban destinados originalmente los cimarrones jamaicanos que en 1800 acabaron asentándose en Freetown para sofocar una rebelión de colonos.
Hoy sus habitantes viven de la pesca y, cada vez más, de un turismo incipiente y de baja escala. Caminar entre los cocoteros, bucear sobre los arrecifes y dormir en sencillas cabañas frente al mar convierte a las Banana en uno de esos lugares donde la belleza del presente convive con las capas silenciosas de la historia.