Mucho antes de que ningún europeo divisara sus montañas, el territorio de la actual Sierra Leona estaba habitado por una diversidad de pueblos que todavía definen su mosaico humano. En el norte y en la península costera se asentaron los temne; en el sur y el este, los mende; a lo largo del litoral, los bullom y los sherbro; y en distintas regiones, los limba —considerados de los pobladores más antiguos—, los loko, los kono, los kuranko, los susu, los fula y los mandinga, entre otros. Hoy el país reconoce cerca de dieciséis grupos etnolingüísticos.
Estos pueblos vivían de la agricultura del arroz, de la pesca, del comercio y de la herrería, organizados en jefaturas y pequeños reinos. La vida política y espiritual se estructuraba en torno a sociedades iniciáticas —como la Poro para los hombres y la Sande o Bondo para las mujeres—, instituciones poderosas que regulaban la educación, la justicia y los ritos de paso, y que siguen vivas en muchas comunidades.
A partir de los siglos XV y XVI, migraciones y expansiones fueron redibujando el mapa. La llegada de grupos mane, guerreros vinculados a los mundos mande del interior, alteró el equilibrio de la costa e introdujo nuevas técnicas militares. De esa larga trama de pueblos, lenguas y creencias —muchas de ellas anteriores a cualquier registro escrito— nació la extraordinaria diversidad cultural que los siglos siguientes, con la trata y la colonización, pondrían a prueba una y otra vez.
Sierra Leona debe su nombre a los navegantes portugueses del siglo XV. Hacia 1462, la expedición del explorador Pedro de Sintra (Pero de Sintra) recorrió esta parte de la costa del África Occidental y bautizó la cadena de montañas que rodea la bahía de la actual Freetown como "Serra Lyoa", que puede traducirse como "montañas del león" o "sierra leonina". Las razones exactas del nombre se debaten: para algunos las cumbres recordaban dientes de león, para otros el estruendo de las tormentas sobre la sierra sonaba como el rugido de la fiera.
Sea cual fuere el motivo, la forma se fijó con el tiempo. Los marinos ingleses del siglo XVI hablaban de "Sierra Leoa", que en el XVII derivó en "Sierra Leone". Conviene la cautela histórica: el profesor C. Magbaily Fyle ha señalado indicios de menciones de la sierra anteriores a 1462, de modo que la autoría precisa del nombre no está del todo cerrada.
Los portugueses no vinieron a conquistar sino a comerciar. Levantaron factorías, cambiaron telas, hierro y baratijas por marfil, oro, cueros y, cada vez más, por seres humanos. Algunos comerciantes se establecieron, se mezclaron con las poblaciones locales y dieron origen a comunidades de lançados y afroportugueses que hicieron de intermediarios. La bahía de Freetown, uno de los mejores puertos naturales de África, se convirtió así, desde muy temprano, en escala del comercio atlántico.
Con los siglos, aquel comercio derivó en una de las páginas más oscuras de la historia atlántica. Entre los siglos XVI y XVIII, la costa de Sierra Leona se integró plenamente en la trata transatlántica de esclavos, y su gran puerto natural la convirtió en un punto clave del tráfico de personas hacia América.
El símbolo de ese horror es la isla de Bunce, situada unos 30 kilómetros río arriba en el estuario del río Sierra Leona. Allí, durante buena parte del siglo XVIII, funcionó el mayor castillo negrero de la región, operado por comerciantes británicos. Hombres, mujeres y niños capturados en el interior eran conducidos hasta la isla, encerrados en sus barracones y embarcados encadenados rumbo a las plantaciones del Nuevo Mundo. Un número especialmente alto de cautivos de Bunce terminó en las plantaciones de arroz de Carolina del Sur y Georgia, donde su pericia en el cultivo era codiciada.
De ese tráfico brutal nació un lazo que perdura: los descendientes de aquellos cautivos formaron el pueblo gullah (o geechee) de las islas costeras del sudeste de Estados Unidos, que conservó lengua, comida y tradiciones de raíz sierraleonesa. Las ruinas de Bunce siguen en pie en medio del estuario como un memorial de piedra de la trata, y son hoy lugar de peregrinación para afroamericanos que buscan reencontrarse con sus orígenes. Es un pasado que debe nombrarse sin eufemismos, con la misma precisión con que se cuenta cualquier otro capítulo.
En la misma costa que había alimentado la trata surgió, por una de las grandes paradojas de la historia, la primera gran colonia de esclavos liberados del mundo. La empujó el movimiento abolicionista británico, y en particular Granville Sharp, que soñaba con una "Provincia de la Libertad" donde los africanos libres pudieran gobernarse a sí mismos.
El primer contingente llegó en 1787: unos cuatrocientos "Black Poor", africanos y afrodescendientes pobres que malvivían en las calles de Londres, se asentaron en tierras compradas a un jefe temne, el llamado "King Tom", y fundaron Granville Town. El experimento inicial fracasó por las enfermedades, los conflictos y un ataque local que destruyó el poblado. Pero la idea no murió: la Sierra Leone Company reorganizó el proyecto.
El 11 de marzo de 1792 se produjo la fundación propiamente dicha de Freetown, cuando más de mil cien colonos negros llegados de Nueva Escocia —antiguos esclavos que se habían pasado al bando británico durante la Revolución Norteamericana a cambio de su libertad— desembarcaron en la bahía guiados por figuras como Thomas Peters y el oficial abolicionista John Clarkson. Según la tradición, celebraron un culto de acción de gracias bajo un gran algodonero, el Cotton Tree, que se convertiría en el símbolo de la ciudad. En 1800 se sumaron unos quinientos cimarrones jamaicanos (los Maroons de Trelawny Town), deportados tras su guerra contra los británicos.
El último y más numeroso grupo llegó tras la abolición de la trata británica en 1807: a partir de 1808, la Marina Real usó Freetown como base de su escuadra de África Occidental, que interceptaba barcos negreros y liberaba a sus cautivos. Estos "recaptives" o africanos liberados, procedentes de decenas de pueblos de todo el continente, fueron desembarcados por miles en Freetown a lo largo del siglo XIX. De la fusión de nova scotians, cimarrones, africanos liberados y población local nació un pueblo nuevo, los krio, con su lengua criolla de base inglesa —el krio—, su cristianismo, su educación y una cultura propia que marcaría la historia del país y de toda la región.
En 1808, la corona británica tomó el control directo de Freetown y su entorno, que pasó a ser Colonia de la Corona. La ciudad se convirtió en el gran faro de la "misión civilizadora" británica en África Occidental: sede de la escuadra antiesclavista, base misionera y centro educativo.
Ese impulso educativo dio uno de sus frutos más notables en 1827, con la fundación del Fourah Bay College, reconocido como la primera universidad de estilo occidental del África subsahariana. Afiliado más tarde a la Universidad de Durham, atrajo a estudiantes de toda la región y le valió a Freetown el apodo de "la Atenas del África Occidental". De sus aulas salieron maestros, clérigos, médicos y funcionarios krio que difundieron el cristianismo, el inglés y la educación por buena parte de la costa; uno de sus hijos más célebres, Samuel Ajayi Crowther, se convirtió en el primer obispo anglicano africano.
Mientras la colonia costera prosperaba, el interior seguía en manos de los reinos y jefaturas temne, mende y de otros pueblos. En 1896, Gran Bretaña declaró Protectorado sobre ese vasto interior. La imposición, dos años después, de un impuesto por vivienda —el "hut tax"— desató en 1898 la llamada Guerra del Impuesto de las Chozas. En el norte, el jefe temne Bai Bureh encabezó una tenaz resistencia armada; en el sur estalló una revuelta mende. La represión británica fue dura: Bai Bureh fue capturado el 11 de noviembre de 1898 y desterrado, y decenas de sus aliados fueron ahorcados. La colonia y el protectorado, con estatutos jurídicos distintos, quedaron unidos bajo el dominio británico hasta mediados del siglo XX, sembrando también tensiones entre la élite krio de Freetown y los pueblos del interior.
El siglo XX trajo el ascenso del nacionalismo. Tras la Segunda Guerra Mundial, reformas constitucionales sucesivas fueron ampliando la participación africana y acercando el autogobierno. La figura clave de la transición fue Sir Milton Margai, médico y líder del Sierra Leone People's Party (SLPP), que supo tender puentes entre la vieja élite krio de la colonia y los pueblos del protectorado.
El 27 de abril de 1961, Sierra Leona alcanzó la independencia del Reino Unido, con Milton Margai como primer ministro y dentro de la Commonwealth. Aquel fue un momento de esperanza: un país pequeño, con recursos minerales notables —sobre todo diamantes—, una universidad prestigiosa y una tradición educativa envidiable parecía bien situado para prosperar.
La realidad política, sin embargo, se torció pronto. A la muerte de Milton Margai en 1964 lo sucedió su medio hermano Albert Margai, acusado de corrupción y de favoritismo. Las disputadas elecciones de 1967 desembocaron en varios golpes militares, hasta que en 1968 Siaka Stevens, del All People's Congress (APC), se afianzó en el poder. Stevens gobernó durante casi dos décadas: en 1971 proclamó la república y, en 1978, convirtió a Sierra Leona en un Estado de partido único en torno al APC. Su régimen se apoyó en el clientelismo y en el control de los diamantes, y dejó una economía debilitada y unas instituciones erosionadas. Cuando en 1985 entregó el poder a su sucesor, Joseph Saidu Momoh, el país arrastraba ya una crisis profunda que estaba a punto de estallar.
El 23 de marzo de 1991, un grupo armado llamado Frente Revolucionario Unido (RUF), encabezado por el ex cabo Foday Sankoh y respaldado por el señor de la guerra liberiano Charles Taylor, cruzó la frontera desde Liberia y atacó el sur y el este de Sierra Leona. Comenzaba así una guerra civil que duraría once años y se convertiría en una de las más atroces de finales del siglo XX.
El conflicto se alimentó de los diamantes. El RUF financió su rebelión con las piedras extraídas en las zonas mineras del este, los tristemente célebres "diamantes de sangre" o "diamantes de conflicto", vendidos de contrabando a cambio de armas. La guerra se caracterizó por una violencia extrema contra la población civil: masacres, esclavitud, reclutamiento masivo de niños soldado y, como marca siniestra del RUF, la amputación de manos y brazos de civiles como forma de terror. Se estima que el conflicto causó alrededor de cincuenta mil muertos y desplazó a cerca de dos millones de personas, más de un tercio de la población. Estas cifras deben tomarse como estimaciones, sujetas a revisión.
El país se hundió en el caos. Hubo golpes de Estado, treguas rotas y la intervención de fuerzas regionales de África Occidental (ECOMOG). El Acuerdo de Paz de Lomé, firmado el 7 de julio de 1999, ofreció a Sankoh la vicepresidencia y el control de las minas a cambio de la paz, pero el RUF volvió a romper la tregua. El punto de inflexión llegó en 2000: el RUF llegó a tomar como rehenes a cientos de cascos azules de la misión de la ONU (UNAMSIL), y una intervención militar británica —la Operación Palliser— ayudó a estabilizar Freetown y a quebrar el avance rebelde. La guerra fue declarada oficialmente terminada en enero de 2002. Después vino la difícil tarea de la memoria y la justicia: se creó una Comisión de la Verdad y la Reconciliación y un Tribunal Especial para Sierra Leona, que en 2012 condenó a Charles Taylor a cincuenta años de prisión por crímenes de guerra y de lesa humanidad; Foday Sankoh, capturado, murió bajo custodia en 2003.
Apenas una década después del fin de la guerra, cuando el país empezaba a levantarse, llegó otro golpe devastador. En 2014, la mayor epidemia de ébola de la historia, surgida en la vecina Guinea, se propagó por Sierra Leona y Liberia. Un sistema de salud frágil, debilitado por años de conflicto, quedó desbordado.
Entre mayo de 2014 y comienzos de 2016, Sierra Leona registró más de catorce mil casos y cerca de cuatro mil muertes por ébola. La epidemia paralizó la economía, cerró escuelas y mercados, dejó miles de huérfanos y desnudó las carencias sanitarias del país; a ella se sumó, en 2017, un trágico alud de barro en las afueras de Freetown que se cobró más de mil vidas. La OMS declaró finalmente a Sierra Leona libre de transmisión de ébola, no sin recaídas.
Pese a todo, el país siguió adelante. La democracia, recuperada tras la guerra, ha sostenido varias alternancias pacíficas de poder entre el SLPP y el APC; desde 2018 gobierna Julius Maada Bio. Sierra Leona sigue siendo una nación pobre, muy dependiente de la minería de diamantes, hierro y oro, y con enormes desafíos en salud, educación y empleo juvenil. Pero también es un país de una belleza natural extraordinaria —playas de arena blanca en la península de Freetown, selvas llenas de chimpancés, islas de ensueño— y de una hospitalidad legendaria. Después de sobrevivir a la trata, a la guerra y a la peste, Sierra Leona vuelve a mirar al mar y a su historia con una mezcla rara de dolor y de orgullo.
Las 5 historias, una detrás de la otra. Usá los botones de arriba para saltar a la que buscás.
Kenema es la capital de la Provincia Oriental y una de las mayores ciudades de Sierra Leona. Situada en tierras mende, creció como centro comercial de una región rica en cacao, café, madera y, sobre todo, diamantes. Sus mercados coloridos y su bullicio la convierten en la puerta de entrada al este profundo del país.
La cercanía de los yacimientos diamantíferos marcó su destino. La región oriental, y en particular la zona de Kono y Tongo Field, fue durante décadas el centro de la extracción de diamantes de Sierra Leona, una riqueza que, en lugar de traer prosperidad, alimentó la corrupción y, durante la guerra civil, financió al RUF: fueron los tristemente célebres "diamantes de sangre". El este fue uno de los escenarios más castigados del conflicto.
Tras la guerra, Kenema recuperó su papel de nudo comercial y agrícola. Es también un centro médico y de investigación de primer orden en la región, conocido por su trabajo con la fiebre de Lassa, endémica en la zona. Hoy la ciudad simboliza la difícil pero real reconstrucción del este sierraleonés.
En la frontera con Liberia se extiende el Parque Nacional de la Selva de Gola, la mayor extensión de selva tropical de tierras bajas que le queda a Sierra Leona. Declarado parque nacional en 2011, protege un fragmento del antiguo bosque de la Alta Guinea, uno de los ecosistemas más amenazados y biodiversos de África Occidental.
Gola es un refugio de especies raras: aves endémicas como el picatartes cuelliblanco, chimpancés occidentales, elefantes de bosque, pangolines y una asombrosa variedad de mariposas e insectos. Junto al bosque de Gola en Liberia forma un área protegida transfronteriza, un "parque de la paz" que busca conservar el corredor selvático más allá de las fronteras.
La conservación de Gola no es sencilla: la presión de la agricultura, la minería y la tala amenaza sus límites, y su gestión depende del delicado equilibrio con las comunidades que viven en su entorno. Programas de ecoturismo, de empleo local y de venta de créditos de carbono intentan que el bosque valga más en pie que talado. Gola es hoy uno de los grandes símbolos del esfuerzo ambiental del país.
Makeni es la capital de la Provincia Norte y una de las ciudades de mayor crecimiento de Sierra Leona. Situada en el corazón del país temne, es un nudo de rutas comercial y universitario, punto de partida hacia el norte profundo y hacia la frontera con Guinea.
El norte es tierra de los temne —el otro gran grupo étnico del país junto a los mende— y de los limba, considerados de los pobladores más antiguos de Sierra Leona. Fue en estas tierras donde, en 1898, el jefe temne Bai Bureh encabezó la resistencia armada contra el impuesto colonial de las chozas, uno de los episodios más recordados de la lucha contra el dominio británico.
Durante la guerra civil, Makeni llegó a ser un bastión del RUF, y sufrió duramente el conflicto. En las últimas décadas, sin embargo, la ciudad ha vivido una notable transformación: nuevas universidades, comercio, energía y una vida urbana pujante la han convertido en símbolo del renacer del interior. Varios líderes nacionales han salido de esta región, que reclama su lugar en la vida política del país.
En el noroeste del país, junto a la frontera con Guinea, el Parque Nacional de Outamba-Kilimi es el mejor lugar de Sierra Leona para ver fauna en libertad. A diferencia de las grandes sabanas de África Oriental, aquí el safari se hace a pie y en canoa por los ríos, en un paisaje de bosque y sabana húmeda.
El parque protege elefantes de bosque, hipopótamos, chimpancés occidentales, distintas especies de primates y una gran riqueza de aves. Creado para conservar esta fauna en el norte del país, funciona en estrecha relación con las comunidades que viven en su entorno, un modelo de conservación participativa que busca compatibilizar la protección de los animales con la vida de la gente.
Menos conocido y visitado que otros destinos, Outamba-Kilimi ofrece una experiencia auténtica y de baja escala, lejos del turismo masivo. Navegar sus ríos al atardecer, con los hipopótamos asomando entre las aguas, es una de las estampas más memorables del norte sierraleonés.
En el noreste del país, en las montañas de Loma, se alza el monte Bintumani, también llamado pico Loma Mansa. Con 1.945 metros de altitud, es la cumbre más alta de Sierra Leona y una de las más altas del África Occidental al oeste del Camerún, lo que le vale ser considerado uno de los grandes techos de la región.
La montaña y sus alrededores son un mosaico de selva de montaña, bosque de galería y sabana de altura, hogar de una fauna diversa y de plantas endémicas. Para los pueblos de la zona, kuranko y otros, la montaña tiene un fuerte significado cultural y espiritual, rodeada de historias y prohibiciones tradicionales.
Ascender el Bintumani es una expedición de varios días que atraviesa aldeas remotas, ríos y bosques antes de coronar la cima, desde la que en los días claros se abarca un inmenso horizonte de colinas. Es la gran aventura de trekking de Sierra Leona, reservada a quienes buscan lo más salvaje y menos transitado del país.
Bo es la segunda ciudad de Sierra Leona y la capital histórica del sur, corazón del pueblo mende, uno de los dos grupos mayoritarios del país. Creció al calor del comercio del interior y del ferrocarril colonial, que la conectó con Freetown a comienzos del siglo XX, y se consolidó como centro de una región agrícola y minera.
La ciudad tiene un lugar especial en la historia educativa del país: en 1906 los británicos fundaron allí la Bo School, un internado destinado a formar a los hijos de los jefes del protectorado, que se convertiría en semillero de buena parte de la clase dirigente sierraleonesa. Bo fue también un foco temprano de la política del interior frente a la élite krio de la capital.
Durante la guerra civil, el sur y el este mende estuvieron entre las regiones más golpeadas por el RUF. Bo resistió y hoy es una ciudad animada, de mercados bulliciosos, puerta de entrada a la región diamantífera y a las selvas del interior. Su universidad y su vida comercial la mantienen como uno de los grandes polos del país fuera de Freetown.
En el río Moa, en el sur del país, la isla de Tiwai es uno de los grandes tesoros naturales de Sierra Leona. Este santuario de vida silvestre, gestionado con las comunidades locales, alberga una de las mayores densidades y diversidades de primates de África: aquí conviven once especies de monos, entre ellas el colobo y el mono diana, además del esquivo y amenazado hipopótamo pigmeo.
Tiwai fue pionera del ecoturismo comunitario en la región. El proyecto de conservación arrancó en la década de 1980, se interrumpió durante los años de la guerra civil y fue reactivado después con apoyo internacional y de las aldeas ribereñas. Es un ejemplo de cómo la conservación puede convertirse en fuente de ingresos y de orgullo para las comunidades.
Recorrer sus senderos al amanecer, navegar el río en canoa y dormir en el campamento en medio de la selva es una de las experiencias naturales más intensas del país. Tiwai demuestra que, más allá de los diamantes y de la costa, el interior de Sierra Leona guarda una riqueza biológica extraordinaria.
Frente a la costa sur, dispersas en el Atlántico, las islas Turtle son el destino definitivo para quien busca sentirse náufrago. Este remoto archipiélago de playas vírgenes y aldeas de pescadores carece de electricidad y de señal, y solo se llega tras un largo viaje en barco.
Sus habitantes, en buena parte del pueblo sherbro, uno de los grupos más antiguos del litoral, viven de la pesca y de una relación con el mar que se remonta a siglos. Fue precisamente en estas costas del sur donde florecieron antiguas jefaturas sherbro y bullom, y donde los comerciantes europeos y afroportugueses establecieron factorías desde muy temprano.
Hoy las Turtle son un lugar casi fuera del tiempo, de arena blanca y palmeras, sin apenas infraestructura turística. Su aislamiento, que durante siglos las mantuvo al margen, es hoy su mayor atractivo: pocas experiencias de viaje se acercan tanto a la idea de desaparecer del mundo.
Freetown es, literalmente, la "ciudad libre": su nombre proclama su origen único. Fue fundada el 11 de marzo de 1792 por más de mil cien colonos negros llegados de Nueva Escocia, antiguos esclavos que habían ganado su libertad sirviendo al bando británico en la Revolución Norteamericana, guiados por el oficial abolicionista John Clarkson. Antes, en 1787, un primer grupo de "Black Poor" de Londres había intentado asentarse en Granville Town, la efímera "Provincia de la Libertad".
A los nova scotians se sumaron, en 1800, los cimarrones de Jamaica y, desde 1808, miles de africanos liberados de los barcos negreros por la escuadra británica que hizo de Freetown su base. De esa mezcla asombrosa nació el pueblo krio y su lengua. La ciudad se convirtió en el gran centro cristiano, educativo y administrativo del África Occidental británica.
Hoy Freetown es una capital caótica y llena de vida, encaramada entre el mar y las montañas del león que le dan nombre al país. Su corazón guarda la memoria de esa historia: el Cotton Tree, el enorme algodonero bajo el cual, según la tradición, los primeros colonos dieron gracias, fue durante dos siglos el símbolo de la ciudad, hasta que una tormenta lo derribó en 2023.
La península de Freetown es una rareza geográfica: una franja de montañas cubiertas de selva que caen directamente al Atlántico, formando algunas de las playas más bellas del África Occidental. Fueron precisamente estas alturas boscosas las que los portugueses del siglo XV bautizaron "Serra Leoa", las montañas del león, dando nombre a todo el país.
A lo largo de la costa de la península se suceden arenales de postal: la bahía de River No. 2, donde un río de agua dulce desemboca en el mar entre palmeras; Tokeh, larga franja dorada con la selva y las montañas de fondo; Bureh, media luna que se convirtió en la cuna del surf sierraleonés; y Lakka, uno de los primeros balnearios en reabrir tras la guerra. Durante el conflicto y la epidemia de ébola, estas playas quedaron casi vacías; su reapertura es un símbolo de la recuperación del país.
Las montañas que las respaldan siguen cubiertas de selva tropical, protegida en parte por la Área Natural de la Península de Freetown. Es en esa foresta, a media hora del bullicio de la capital, donde sobrevive buena parte de la biodiversidad de la región.
En la selva de las montañas de la península, a apenas media hora de Freetown, funciona el Santuario de Chimpancés de Tacugama, fundado en 1995 por los hermanos Bala y Sharmila Amarasekaran. Nació como refugio para chimpancés huérfanos rescatados del tráfico ilegal y de la caza, y ha resistido incluso los años de la guerra civil.
El chimpancé occidental, en peligro de extinción, tiene en Sierra Leona una de sus poblaciones importantes, amenazada por la deforestación y la caza. Tacugama no solo rehabilita animales: desarrolla programas de educación ambiental y de conservación, y en 2019 el chimpancé fue declarado animal nacional de Sierra Leona, un reconocimiento impulsado en buena parte por la labor del santuario.
Para el visitante, Tacugama ofrece visitas guiadas y ecolodges donde dormir entre los árboles, escuchando de noche los gritos de los chimpancés. Es uno de los grandes emblemas del ecoturismo sierraleonés y una muestra de cómo la conservación puede sobrevivir incluso en los contextos más difíciles.
Río arriba en el estuario del río Sierra Leona, la pequeña isla de Bunce guarda uno de los memoriales más importantes de la trata transatlántica en toda África Occidental. Durante buena parte del siglo XVIII funcionó allí un gran castillo negrero operado por comerciantes británicos, desde el que se embarcaron miles de cautivos rumbo a América.
Bunce tuvo un destino particular: muchos de los africanos vendidos aquí, expertos en el cultivo del arroz, fueron llevados a las plantaciones de Carolina del Sur y Georgia. Sus descendientes formaron el pueblo gullah o geechee, que conservó lengua, cocina y tradiciones de raíz sierraleonesa. Por eso Bunce es hoy lugar de peregrinación para afroamericanos que buscan reconectar con sus orígenes, y su historia ha sido documentada por historiadores como Joseph Opala.
De aquel castillo quedan hoy ruinas cubiertas de vegetación en medio del estuario: muros, restos de cañones, los cimientos de los barracones. Visitarlas es un ejercicio de memoria sobrio y necesario, un recordatorio de que la misma bahía que vería nacer la ciudad de la libertad fue antes escenario de una de las mayores tragedias de la historia humana.
Frente al extremo sur de la península de Freetown, el pequeño archipiélago de las islas Banana ofrece la cara luminosa del estuario y la costa. De aguas turquesas y aldeas de pescadores, son hoy un refugio para el snorkel, el buceo y la desconexión, a pocas horas de la capital.
Su historia, sin embargo, también está tejida con la del Atlántico. Las islas fueron un enclave comercial ligado al tráfico costero, y conservan ruinas coloniales y vestigios de aquel pasado. Fue precisamente hacia las islas Banana adonde estaban destinados originalmente los cimarrones jamaicanos que en 1800 acabaron asentándose en Freetown para sofocar una rebelión de colonos.
Hoy sus habitantes viven de la pesca y, cada vez más, de un turismo incipiente y de baja escala. Caminar entre los cocoteros, bucear sobre los arrecifes y dormir en sencillas cabañas frente al mar convierte a las Banana en uno de esos lugares donde la belleza del presente convive con las capas silenciosas de la historia.