Si Belgrado es intensa y balcánica, Novi Sad es su contrapunto sereno y centroeuropeo. La segunda ciudad de Serbia y capital de la provincia de Voivodina se despliega llana y ordenada a orillas del Danubio, con una plaza principal de aire vienés, calles peatonales llenas de cafés, fachadas pastel del Imperio austrohúngaro y, coronándolo todo desde la orilla opuesta, la imponente fortaleza de Petrovaradin, el 'Gibraltar del Danubio'. Es una ciudad para pasear sin prisa, sentarse en una terraza y dejarse llevar por su ritmo amable.
Novi Sad nació en el siglo XVII como la ciudad civil serbia que creció al pie de la fortaleza habsbúrgica, y siempre fue un cruce de pueblos y religiones: serbios, húngaros, eslovacos, alemanes, judíos y otras comunidades convivieron aquí, dejando iglesias ortodoxas y católicas, una gran sinagoga y una cultura mestiza que le valió el apodo de 'la Atenas serbia' por su papel en el renacimiento cultural del siglo XIX. En 2022 fue Capital Europea de la Cultura, la primera fuera de la Unión Europea. Y durante un cuarto de siglo fue famosa en toda Europa por el festival EXIT, que llenaba cada julio los túneles y bastiones de Petrovaradin de música (su última edición en la fortaleza fue en 2025).
Esta guía recorre lo esencial de Novi Sad con mirada práctica y cálida: cómo organizar la visita entre la plaza de la Libertad, el casco y la fortaleza; cómo cruzar a Petrovaradin y subir a su torre del reloj; dónde comer y tomar algo; y cómo escaparse al Danubio, a la playa del Štrand, al pueblo barroco de Sremski Karlovci y a los monasterios y viñedos de la Fruška Gora. Novi Sad es una escapada perfecta de uno o dos días desde Belgrado, y una de las ciudades más disfrutables de Serbia.
La historia de Novi Sad está ligada a la de su fortaleza. En la orilla derecha del Danubio, sobre una roca estratégica, hubo asentamientos desde la Antigüedad, pero fue el Imperio austrohúngaro quien, tras arrebatar la región a los otomanos a finales del siglo XVII, levantó allí la colosal fortaleza de Petrovaradin (construida sobre todo entre 1692 y mediados del siglo XVIII) para frenar cualquier avance turco. Al otro lado del río, la población serbia, prusiana y de otras comunidades que no podía vivir dentro de la ciudadela militar fue creciendo en un asentamiento civil que en 1748 recibió de la emperatriz María Teresa el estatus de ciudad libre real con el nombre de Novi Sad ('Nuevo Jardín', Neoplanta en latín, Neusatz en alemán, Újvidék en húngaro). Durante el siglo XIX, Novi Sad se convirtió en el gran centro cultural, político y religioso de los serbios del Imperio austrohúngaro, hasta el punto de ser llamada 'la Atenas serbia'. Sufrió una durísima destrucción durante la Revolución de 1848-1849, cuando fue bombardeada desde la propia fortaleza. En el siglo XX pasó a formar parte de Yugoslavia; padeció la ocupación húngara y la trágica 'razzia' de 1942 durante la Segunda Guerra Mundial, y los bombardeos de la OTAN de 1999, que destruyeron sus puentes sobre el Danubio. La historia completa está en nuestra página de historia.
Leer la historia completa ↓La llanura del norte, mosaico de pueblos y lenguas bajo la vieja herencia austrohúngara: la Serbia de la Mitteleuropa, con Novi Sad, la joya modernista de Subotica y los viñedos de Fruška Gora.
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Origen, formación y qué dicen las fuentes.
La historia de Novi Sad no empieza en la ciudad, sino en la roca de enfrente. En la orilla derecha del Danubio se alza un promontorio rocoso que ha atraído a soldados y constructores desde hace milenios, porque quien lo controla domina el paso del gran río en un punto clave de la llanura de Panonia. Allí hubo asentamientos prehistóricos, un fuerte romano vinculado al limes danubiano y, en la Edad Media, fortificaciones húngaras y una abadía cisterciense de la que el lugar tomó buena parte de su nombre.
En 1526, tras la derrota húngara en la batalla de Mohács, toda esta región cayó bajo el Imperio otomano, que la gobernó durante siglo y medio. La roca de Petrovaradin quedó en la frontera móvil entre el mundo otomano y el de los Habsburgo, y fue escenario de guerras recurrentes. El gran giro llegó a finales del siglo XVII, cuando, tras el fracaso del segundo sitio otomano de Viena (1683), los ejércitos austríacos pasaron a la ofensiva y empujaron a los turcos hacia el sur. En 1691 se libró cerca de aquí la batalla de Slankamen, y en 1716 la gran batalla de Petrovaradin, en la que el príncipe Eugenio de Saboya derrotó a un ejército otomano muy superior en número al pie mismo de la fortaleza.
Para asegurar la conquista, los Habsburgo emprendieron la construcción de una fortaleza colosal sobre la roca, la Petrovaradinska tvrđava, levantada en su mayor parte entre 1692 y mediados del siglo XVIII según los principios de la fortificación abaluartada de la época (el estilo Vauban). Con sus murallas escalonadas, sus bastiones y una increíble red de galerías subterráneas de kilómetros, se ganó el apodo de 'Gibraltar del Danubio'. Esa mole militar sería la sombra protectora bajo la cual nacería, al otro lado del río, la ciudad de Novi Sad.
Bajo la protección de la fortaleza, en la orilla izquierda y llana del Danubio, empezó a crecer a partir de la década de 1690 un asentamiento civil. Dentro de la ciudadela militar solo podían vivir soldados y personal autorizado, así que la población serbia ortodoxa, junto con húngaros, alemanes, griegos, armenios, judíos y otras comunidades atraídas por el comercio y los servicios que necesitaba la guarnición, se instaló al otro lado del río. Aquel núcleo, conocido al principio con nombres como 'la trinchera de los racianos' (los serbios), fue prosperando gracias al comercio fluvial y a los artesanos.
La comunidad serbia, próspera y cada vez más numerosa, aspiraba a librarse de la tutela militar y a gobernarse como ciudad libre. Tras reunir una considerable suma de dinero para pagar el privilegio, lo consiguió: el 1 de febrero de 1748, la emperatriz María Teresa de Austria concedió al asentamiento el estatuto de ciudad libre real, con derecho a autogobierno. La nueva ciudad recibió el nombre latino de Neoplanta, que en las distintas lenguas de sus habitantes se decía Novi Sad ('Nuevo Jardín') en serbio, Neusatz en alemán y Újvidék en húngaro.
Aquel acto de nacimiento marcó el carácter de la ciudad para siempre: una urbe comercial, plural y burguesa, hecha por la convivencia de muchos pueblos y confesiones. A lo largo del siglo XVIII, Novi Sad se llenó de iglesias ortodoxas y católicas, sinagogas, escuelas y casas señoriales, y se convirtió en la mayor concentración de población serbia de todo el Imperio austrohúngaro, un lugar donde la cultura y la lengua serbias podían florecer al abrigo de la monarquía de los Habsburgo.
El siglo XIX fue el gran siglo de Novi Sad. La ciudad se convirtió en el corazón cultural, político y espiritual de los serbios que vivían dentro del Imperio austrohúngaro, es decir, al norte de la frontera con la Serbia otomana y luego autónoma. Aquí florecieron periódicos, editoriales, escuelas, teatros y sociedades culturales en lengua serbia; aquí escribieron y publicaron poetas y pensadores; y aquí, en 1864, se trasladó desde Budapest la Matica srpska, la más antigua e importante institución cultural y científica de los serbios, fundada en 1826. Por todo ello, Novi Sad recibió el sobrenombre de la 'Atenas serbia' (Srpska Atina).
Ese esplendor cultural convivió con la agitación política. En la revolución europea de 1848-1849, los serbios de Voivodina se levantaron reclamando autonomía frente a las autoridades húngaras, en el marco de una guerra civil compleja. Novi Sad pagó un precio terrible: en junio de 1849, durante los combates, la ciudad fue bombardeada desde la propia fortaleza de Petrovaradin, entonces en manos húngaras, y quedó en gran parte destruida e incendiada. Miles de habitantes huyeron y la población se desplomó. La ciudad tuvo que reconstruirse casi por completo en las décadas siguientes, y buena parte de su elegante centro actual data precisamente de esa reconstrucción de la segunda mitad del siglo XIX.
A pesar de la catástrofe, Novi Sad se recuperó y siguió siendo el faro cultural de los serbios del imperio hasta el final de la Primera Guerra Mundial. Figuras como el poeta Jovan Jovanović Zmaj o el político Svetozar Miletić, cuyas estatuas presiden hoy la ciudad, encarnan aquel periodo de fervor nacional y cultural.
Con el final de la Primera Guerra Mundial y la disolución del Imperio austrohúngaro, en 1918 Novi Sad y toda la Voivodina se incorporaron al nuevo Reino de los Serbios, Croatas y Eslovenos, después llamado Yugoslavia. La ciudad, que hasta entonces había sido una urbe fronteriza del imperio danubiano, pasó a formar parte de un Estado eslavo del sur y siguió creciendo como centro regional de la fértil llanura de Voivodina, granero del país.
La Segunda Guerra Mundial trajo el capítulo más oscuro de su historia. En 1941, tras la invasión del Eje, la Voivodina fue repartida y la zona de Novi Sad quedó bajo ocupación de la Hungría aliada de Alemania. En enero de 1942, fuerzas húngaras de ocupación llevaron a cabo la llamada 'razzia' (Novosadska racija): durante varios días de terror, en pleno invierno, asesinaron a miles de civiles serbios, judíos y romaníes, muchos de ellos arrojados bajo el hielo del Danubio. Es una de las masacres más recordadas de la ciudad, hoy conmemorada con un memorial en la orilla. Más tarde, en 1944, la comunidad judía que aún quedaba fue deportada a los campos de exterminio nazis, y la ciudad fue liberada por los partisanos yugoslavos a finales de ese año.
Tras la guerra, Novi Sad se convirtió en la capital de la provincia autónoma de Voivodina dentro de la Yugoslavia socialista de Tito, y vivió décadas de industrialización y crecimiento. La ciudad se expandió con nuevos barrios y se consolidó como segunda urbe de Serbia, conservando su carácter multicultural y su ambiente relajado.
El final del siglo XX volvió a golpear a Novi Sad. Durante la disolución de Yugoslavia y las guerras que la acompañaron —un proceso complejo y doloroso que aquí solo se menciona en su marco general—, la ciudad se libró de combates en su territorio, pero sufrió las consecuencias del aislamiento y la crisis. En la primavera de 1999, durante la campaña de bombardeos de la OTAN sobre Serbia en el contexto de la guerra de Kosovo, la aviación aliada destruyó los tres puentes de Novi Sad sobre el Danubio, dejando a la ciudad partida en dos y cortando el tráfico fluvial durante años. La reconstrucción de los puentes se prolongó buena parte de la década siguiente.
Superada aquella etapa, Novi Sad protagonizó una notable recuperación. En el año 2000, en los últimos tiempos del régimen de Milošević, un grupo de estudiantes organizó en la ciudad la primera edición de EXIT, un festival que nació con espíritu de protesta ('salida' de aquella época) y que con los años se transformó en uno de los grandes festivales de música de Europa, celebrado cada verano en la fortaleza de Petrovaradin y motor turístico de la ciudad durante un cuarto de siglo, hasta su última edición en la ciudadela en 2025.
El reconocimiento mayor llegó en 2022, cuando Novi Sad fue Capital Europea de la Cultura, la primera ciudad fuera de la Unión Europea en recibir ese título. El programa impulsó la restauración de espacios, la creación de nuevos centros culturales (como el Distrito Chino y el barrio de Almaš rehabilitados) y una intensa agenda de arte y música. Hoy Novi Sad se presenta al viajero como una ciudad amable, culta y multicultural, orgullosa de su fortaleza, de su plaza vienesa y de un pasado que resume, en pequeño, toda la complejidad centroeuropea y balcánica de Serbia.