Mucho antes de que existiera nada llamado Serbia, estas tierras fueron habitadas por pueblos ilirios, tracios y celtas, y más tarde absorbidas por la expansión de Roma. Hacia el siglo I d.C., el territorio quedó dividido entre las provincias romanas de Mesia y Panonia, atravesadas por el Danubio, que hacía de frontera y de ruta comercial al mismo tiempo. Ciudades como Singidunum (la actual Belgrado), Sirmium (hoy Sremska Mitrovica) y Naissus (Niš) se convirtieron en centros militares y administrativos de primer orden.
Sirmium llegó a ser una de las cuatro capitales del Imperio durante la Tetrarquía, y estas provincias danubianas dieron a Roma varios emperadores. El más célebre nació en Naissus alrededor del año 272: Constantino el Grande, el emperador que legalizó el cristianismo con el Edicto de Milán en el 313 y fundó Constantinopla. Que el hombre que cambió el destino religioso de Europa haya nacido en la actual Niš es un dato que los serbios recuerdan con orgullo, y una pista de hasta qué punto este suelo estuvo en el corazón del mundo antiguo.
Con la división del Imperio en el 395, el territorio quedó en la órbita del Imperio Romano de Oriente, es decir, de Bizancio. Esa pertenencia al mundo bizantino, y no al latino, marcaría para siempre la lengua, la escritura y, sobre todo, la religión de los serbios.
Entre los siglos VI y VII, oleadas de pueblos eslavos cruzaron el Danubio y se asentaron en los Balcanes, desplazando o mezclándose con la población romanizada. Entre ellos estaban los antepasados de los serbios, que fueron ocupando los valles montañosos del interior, en torno a los ríos Ibar, Drina y Morava. Durante siglos vivieron organizados en pequeños principados tribales, las župas, bajo la sombra de dos potencias: Bizancio al sur y, más tarde, los reinos húngaro y búlgaro al norte y al este.
El acontecimiento decisivo de esta época fue la cristianización. En el siglo IX, los misioneros bizantinos Cirilo y Metodio y sus discípulos difundieron el cristianismo en lengua eslava y crearon un alfabeto propio, el que evolucionaría hacia el cirílico que Serbia usa hasta hoy. Los serbios adoptaron el cristianismo en su versión oriental, la que después del Cisma de 1054 quedaría definida como ortodoxa.
Esa elección fue mucho más que religiosa: ató la identidad serbia al mundo bizantino y ortodoxo, y trazó una línea cultural con los pueblos vecinos que se volcaron hacia Roma, como croatas y eslovenos. Escritura cirílica, calendario litúrgico, arte de los iconos: buena parte de lo que hoy distingue a la cultura serbia se decidió en estos siglos de formación.
El gran salto llegó con la dinastía Nemanjić, que gobernó Serbia durante casi dos siglos y la convirtió en una potencia balcánica. Su fundador, Stefan Nemanja, unificó a fines del siglo XII los principados serbios en un Estado sólido. Su hijo Stefan fue coronado rey en 1217, y otro hijo, Rastko, se hizo monje con el nombre de Sava: como san Sava logró en 1219 la autocefalía de la Iglesia ortodoxa serbia, es decir, una Iglesia nacional independiente. Rey propio e Iglesia propia: los dos pilares de la Serbia medieval.
Los Nemanjić dejaron su huella más perdurable en piedra y pintura. Levantaron monasterios que todavía asombran: Studenica, con su iglesia de mármol blanco; Žiča, sede de las coronaciones; Sopoćani y Mileševa, cuyos frescos, como el célebre Ángel Blanco, están entre las cumbres del arte medieval europeo. Estos monasterios no eran solo templos, sino centros de poder, cultura y escritura.
El esplendor culminó con Stefan Dušan. Coronado rey en 1331, expandió el reino a costa de Bizancio hasta duplicar su tamaño, incorporando Macedonia, Albania, Épiro y Tesalia. El 16 de abril de 1346, en Skopje, se hizo coronar 'emperador de los serbios y los griegos', reclamando para sí la herencia bizantina. Ese mismo año elevó la Iglesia serbia al rango de patriarcado. Bajo Dušan, Serbia fue el Estado más poderoso del sudeste europeo, con un código de leyes propio, el Zakonik de 1349. Pero el imperio dependía demasiado de un solo hombre: cuando Dušan murió en 1355, con apenas 47 años, la construcción empezó a resquebrajarse.
Muerto Dušan, el imperio se fragmentó en señoríos rivales justo cuando aparecía en los Balcanes un enemigo formidable: el Imperio otomano. El choque decisivo llegó el 28 de junio de 1389, día de San Vito (Vidovdan), en el campo de Kosovo, cerca de la actual Priština. Allí, un ejército serbio y aliado encabezado por el príncipe Lazar Hrebeljanović se enfrentó a las tropas otomanas del sultán Murad I.
Los hechos históricos son, en parte, inciertos. Se sabe que la batalla fue extraordinariamente sangrienta, que murieron tanto el príncipe Lazar como el sultán Murad, y que ambos ejércitos quedaron diezmados. Muchos historiadores la consideran, en el plano estrictamente militar, un empate o un resultado indeciso. Pero, agotada, Serbia no pudo reponer sus pérdidas, mientras el vasto Imperio otomano sí: en las décadas siguientes Serbia fue quedando reducida a la vasallaje y, finalmente, a la absorción.
Más que por lo que ocurrió, Kosovo pesa por lo que significó. Con los siglos, la batalla se transformó en el gran mito fundacional de la identidad serbia: el príncipe Lazar convertido en mártir, la elección del 'reino celestial' antes que el terrenal, el sacrificio del pueblo por la fe. Ese relato, cantado en la poesía épica popular durante generaciones, dio a los serbios un sentido de continuidad bajo la dominación extranjera, pero también fue instrumentalizado políticamente, sobre todo a fines del siglo XX. Conviene recordar la distinción que exige toda historia honesta: una cosa es el hecho de 1389 y otra la leyenda que se construyó sobre él.
Tras la caída de Smederevo en 1459, el último bastión del Estado serbio, Serbia dejó de existir como entidad política y quedó incorporada al Imperio otomano, donde permanecería, con matices, durante casi cuatro siglos y medio. Fue un período largo y complejo, muy lejos de la simple 'esclavitud' de los relatos nacionalistas, pero también muy lejos de una convivencia idílica.
Los serbios, como cristianos, eran súbditos de segunda: pagaban impuestos especiales y, sobre todo, sufrieron durante generaciones el devşirme, el 'impuesto de sangre' por el cual el Estado otomano se llevaba niños cristianos para convertirlos al islam y formarlos como soldados jenízaros o funcionarios. Al mismo tiempo, el sistema del millet permitió que la Iglesia ortodoxa sobreviviera como institución y preservara la lengua, la fe y la memoria del pueblo. El Patriarcado de Peć, restaurado en 1557, cumplió ese papel de columna vertebral de la identidad serbia sin Estado.
La frontera entre el mundo otomano y el Habsburgo atravesaba estas tierras y las convertía en zona de guerras recurrentes. En 1690, tras una fallida rebelión, se produjo la Gran Migración Serbia: decenas de miles de familias, encabezadas por el patriarca Arsenije III, huyeron hacia el norte, hacia territorios de los Habsburgo en la actual Voivodina y Hungría. Ese desplazamiento reconfiguró el mapa demográfico de los Balcanes y explica por qué buena parte de la vida cultural serbia moderna germinó al norte del Danubio, fuera del dominio otomano.
El renacimiento político serbio empezó con violencia y desesperación. En 1804, un grupo de jenízaros renegados, los dahije, tomó el poder en el bajalato de Belgrado y masacró a decenas de notables serbios en el episodio conocido como la 'Matanza de los knezes'. La respuesta fue el Primer Levantamiento Serbio (1804-1813), encabezado por Đorđe Petrović, apodado Karađorđe ('Jorge el Negro'). Lo que empezó como una revuelta contra funcionarios abusivos se transformó en una guerra de independencia tras casi tres siglos de dominio otomano. Los rebeldes llegaron a gobernar un Estado de hecho, pero en 1813, sin el apoyo ruso, los otomanos aplastaron el levantamiento.
Dos años después estalló el Segundo Levantamiento (1815), dirigido por Miloš Obrenović, más hábil en la negociación que en la guerra. Su estrategia de presión y diplomacia dio frutos: en 1830 y 1833 Serbia fue reconocida como principado autónomo, con príncipes hereditarios que pagaban tributo al sultán. La rivalidad entre las dos dinastías fundadoras, los Karađorđević y los Obrenović, marcaría con sangre la política serbia durante todo el siglo.
La independencia plena llegó por etapas. En 1867 se retiraron las últimas guarniciones otomanas de las fortalezas serbias, y en 1878, tras la guerra ruso-turca, el Congreso de Berlín reconoció formalmente la independencia de Serbia. En 1882 el principado se convirtió en reino. En apenas ochenta años, un pueblo campesino sin Estado había vuelto a poner a Serbia en el mapa de Europa.
El siglo XX se abrió para Serbia con ambición y tragedia. Las guerras balcánicas de 1912 y 1913 le permitieron expandirse hacia el sur, recuperando Kosovo y parte de Macedonia y duplicando su territorio. Pero ese crecimiento tensó las relaciones con Austria-Hungría, que veía en la Serbia pujante una amenaza para su dominio sobre los eslavos del sur.
El 28 de junio de 1914, en Sarajevo, un joven nacionalista serbobosnio, Gavrilo Princip, asesinó al archiduque Francisco Fernando, heredero del trono austrohúngaro. El atentado desató la crisis que en pocas semanas arrastró a las grandes potencias a la Primera Guerra Mundial. Austria-Hungría declaró la guerra a Serbia el 28 de julio, y el sistema de alianzas hizo el resto.
Para Serbia, la guerra fue devastadora. Tras resistir con éxito las primeras ofensivas, en 1915 fue invadida por fuerzas austrohúngaras, alemanas y búlgaras. El ejército serbio y miles de civiles emprendieron entonces la trágica retirada a través de las montañas de Albania en pleno invierno, una marcha en la que murieron de frío, hambre y enfermedad cientos de miles de personas. Se calcula que Serbia perdió alrededor de una cuarta parte de su población en la guerra, una de las mortandades proporcionalmente más altas de todo el conflicto. Los supervivientes, reorganizados en el frente de Salónica, participaron en la ofensiva final que derrotó a las potencias centrales en 1918.
Del sacrificio de la Gran Guerra surgió un viejo sueño: unir a todos los eslavos del sur en un solo Estado. El 1 de diciembre de 1918 se proclamó el Reino de los Serbios, Croatas y Eslovenos, bajo la dinastía serbia de los Karađorđević. Serbia, potencia vencedora, aportó la corona y buena parte del aparato estatal, lo que desde el comienzo alimentó la percepción, sobre todo entre croatas, de que se trataba de una 'Gran Serbia' disfrazada.
El nuevo reino nació con tensiones profundas entre el centralismo defendido desde Belgrado y el federalismo que reclamaban croatas y otros pueblos. La crisis política llegó a su punto más violento en 1928, cuando un diputado serbio disparó en pleno parlamento contra líderes croatas, matando entre otros a Stjepan Radić. En respuesta, el rey Alejandro I suspendió la constitución en 1929, instauró una dictadura y rebautizó el país como Reino de Yugoslavia, buscando forjar por decreto una nación única. El propio Alejandro sería asesinado en Marsella en 1934.
Aquella primera Yugoslavia fue un experimento inestable, incapaz de resolver la cuestión nacional que la desgarraba por dentro. No tuvo tiempo de encontrar el equilibrio: en abril de 1941, la Alemania nazi y sus aliados la invadieron y la desmembraron.
La Segunda Guerra Mundial fue en Yugoslavia una guerra dentro de la guerra: contra el ocupante alemán e italiano, pero también una brutal guerra civil. En el territorio croata gobernó el régimen fascista de los ustacha, responsable del genocidio de serbios, judíos y gitanos, con el campo de Jasenovac como su símbolo más atroz. Frente a la ocupación se alzaron dos movimientos rivales: los chetniks monárquicos y serbios de Draža Mihailović, y los partisanos comunistas y multiétnicos liderados por Josip Broz, Tito. La lucha entre ellos, además de contra los ocupantes, dejó un saldo de cientos de miles de muertos.
Los partisanos de Tito ganaron la guerra y el poder. En 1945 se fundó la República Federativa Socialista de Yugoslavia, con seis repúblicas: Serbia, Croacia, Eslovenia, Bosnia y Herzegovina, Macedonia y Montenegro, más dos provincias autónomas dentro de Serbia, Voivodina y Kosovo. En 1948, Tito rompió con Stalin y llevó a Yugoslavia por una vía propia, distinta del bloque soviético: autogestión obrera, apertura relativa a Occidente y liderazgo del Movimiento de Países No Alineados.
La Yugoslavia de Tito ofreció décadas de estabilidad, modernización y crecimiento, con un nivel de vida y una libertad de movimiento que la distinguían del resto del Este europeo. Pero el equilibrio descansaba sobre el carisma de un solo hombre y sobre el lema 'hermandad y unidad', que mantenía a raya, sin resolverlas, las tensiones nacionales. Cuando Tito murió en 1980, esas tensiones quedaron sin dique de contención.
La década posterior a la muerte de Tito estuvo marcada por la crisis económica, el resurgir de los nacionalismos y la parálisis del gobierno federal. En Serbia, Slobodan Milošević llegó al poder aprovechando el descontento y el agravio en torno a Kosovo, y en 1989 recortó la autonomía de esa provincia y de Voivodina. Su discurso, apoyado en la retórica del sacrificio de 1389, alarmó a las demás repúblicas.
En 1991, Eslovenia y Croacia declararon la independencia; en 1992 lo hicieron Bosnia y Herzegovina y Macedonia. La desintegración de Yugoslavia derivó en una serie de guerras que fueron las más sangrientas en suelo europeo desde 1945. En Croacia y, sobre todo, en Bosnia, el conflicto adquirió tintes de limpieza étnica. El sitio de Sarajevo se prolongó casi cuatro años. En julio de 1995, en Srebrenica, fuerzas serbobosnias asesinaron a unos 8.000 hombres y niños bosnios musulmanes en lo que tribunales internacionales calificaron como genocidio.
Este es el capítulo más doloroso y disputado de la historia serbia reciente, y exige precisión. Hubo crímenes graves cometidos por todos los bandos, pero los tribunales internacionales establecieron que la mayor parte y los más graves, incluido el genocidio de Srebrenica, fueron responsabilidad de fuerzas serbias y serbobosnias. Reconocer esto no equivale a culpar colectivamente al pueblo serbio, que también contó con sus víctimas, sus refugiados y sus opositores al régimen. Milošević sería juzgado en La Haya, donde murió en 2006 antes de que concluyera su proceso. Las guerras dejaron más de 100.000 muertos y millones de desplazados en toda la ex Yugoslavia.
La última guerra de la desintegración yugoslava se libró en Kosovo, la provincia de mayoría albanesa que Serbia considera cuna de su identidad histórica y religiosa. A fines de los años noventa, la represión de las fuerzas serbias contra la insurgencia del Ejército de Liberación de Kosovo (UÇK) y contra la población civil albanesa desató una crisis humanitaria, con desplazamientos masivos.
Ante el fracaso de las negociaciones, la OTAN inició el 24 de marzo de 1999 una campaña de bombardeos aéreos contra la República Federal de Yugoslavia que se prolongó once semanas, hasta el 10 de junio. Fue una intervención sin autorización expresa del Consejo de Seguridad de la ONU, lo que abrió un debate jurídico y político que continúa hasta hoy. Las bombas alcanzaron objetivos militares pero también infraestructura civil en Belgrado y otras ciudades, y causaron centenares de muertos entre la población. En Serbia, aquellos bombardeos dejaron una herida honda y son recordados cada aniversario.
La campaña terminó con la retirada de las fuerzas serbias de Kosovo y la instalación de una administración de la ONU. En 2008, Kosovo declaró unilateralmente su independencia, reconocida por buena parte de los países occidentales pero no por Serbia, que sigue considerándolo parte de su territorio, ni por Rusia, China y varios otros Estados. La disputa por Kosovo continúa sin resolverse y condiciona toda la política serbia. En octubre de 2000, un levantamiento popular derrocó a Milošević, cerrando la década más trágica de la Serbia contemporánea.
Tras la caída de Milošević, Serbia inició una transición difícil. En 2003, la vieja Yugoslavia se transformó en la unión de Serbia y Montenegro, que se disolvió en 2006 cuando Montenegro se independizó por referéndum: desde entonces Serbia es un Estado plenamente soberano e independiente. El primer ministro reformista Zoran Đinđić, que había entregado a Milošević a La Haya, fue asesinado en 2003 por sectores vinculados al viejo régimen.
En el plano internacional, Serbia camina sobre una línea delicada. Solicitó el ingreso a la Unión Europea en 2009 y obtuvo el estatus de país candidato en 2012; las negociaciones de adhesión comenzaron en 2014. Sin embargo, el proceso se estancó, y Belgrado mantiene al mismo tiempo lazos estrechos con Rusia y China, un equilibrio que tensiona su acercamiento a Europa. La normalización de las relaciones con Kosovo sigue siendo la condición de fondo para avanzar hacia la UE.
La Serbia actual es un país de contrastes: una economía que crece pero que arrastra emigración y desconfianza en las instituciones, protestas ciudadanas recurrentes, una capital, Belgrado, cada vez más viva y cosmopolita, y un peso todavía enorme del pasado reciente. Para el viajero, Serbia ofrece hospitalidad genuina, monasterios milenarios, montañas y ríos espectaculares y una vida nocturna célebre. Viajarla con conocimiento de su historia, sin prejuicios pero sin ingenuidad, es la mejor manera de entender uno de los rincones más intensos y malentendidos de Europa.
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Belgrado —Beograd, 'la ciudad blanca'— se levanta en la confluencia del Danubio y el Sava, un punto estratégico que la convirtió en una de las plazas más disputadas de la historia europea. Fundada por los celtas y romanizada como Singidunum, la ciudad cambió de manos una cantidad asombrosa de veces: bizantinos, francos, búlgaros, húngaros, otomanos y austríacos la conquistaron, la perdieron y la reconquistaron. Se calcula que Belgrado fue arrasada y reconstruida decenas de veces, lo que la ha convertido en una de las capitales más destruidas del mundo.
Esa posición fronteriza explica su historia militar y también su carácter. Durante siglos, Belgrado fue la llave del Danubio y la puerta entre el mundo cristiano y el otomano. Hoy, esa herencia de cruce de caminos se percibe en su mezcla de arquitecturas: fortalezas otomanas, palacios austrohúngaros, bloques socialistas y edificios modernos conviven en pocas cuadras.
El corazón histórico de Belgrado es la fortaleza de Kalemegdan, encaramada sobre el promontorio donde el Sava desemboca en el Danubio. Sus muros condensan dos mil años de historia: cimientos romanos, ampliaciones bizantinas y húngaras, murallas otomanas y bastiones austríacos. El propio nombre, de origen turco, significa algo así como 'campo de batalla del castillo', un resumen exacto de su destino.
Hoy, la fortaleza es el gran parque de la ciudad, con museos, iglesias, una torre reloj otomana y vistas magníficas sobre la confluencia de los ríos. Pasear por Kalemegdan al atardecer, entre cañones antiguos y parejas que miran el Danubio, es la mejor introducción a Belgrado: un lugar donde la guerra se transformó en paseo y la historia dura se volvió paisaje cotidiano.
Durante buena parte del siglo XX, Belgrado no fue solo la capital de Serbia sino de toda Yugoslavia, primero la monárquica y después la de Tito. Como tal, concentró el poder político, la vida cultural y las grandes instituciones del Estado federal. El barrio de Novi Beograd, levantado desde cero al otro lado del Sava en la posguerra, es un testimonio monumental de la ambición urbanística del socialismo yugoslavo.
Belgrado también cargó con los momentos más duros del final del siglo. Fue bombardeada por la aviación nazi en 1941 y de nuevo por la OTAN en 1999. Los edificios semiderruidos del antiguo Estado Mayor, en pleno centro, se conservaron durante años como recordatorio de aquella campaña. Comprender esta doble condición —capital gloriosa y ciudad golpeada— es clave para entender el orgullo y la herida que conviven en el ánimo de los belgradenses.
Si algo distingue a Belgrado en la Europa de hoy es su vida nocturna, legendaria en todos los Balcanes. Los splavovi, las célebres balsas-discoteca amarradas sobre el Danubio y el Sava, ofrecen fiesta hasta el amanecer en verano. A ellos se suman los bares del bohemio barrio de Skadarlija, la antigua calle de los artistas, y una escena musical que va del turbo-folk a la electrónica más actual.
Esta energía nocturna no es un capricho reciente: es también una forma de respuesta al aislamiento y las penurias de los años noventa, cuando la juventud de Belgrado encontró en la fiesta y en la música una vía de escape y de resistencia. Hoy, esa reputación de ciudad barata, hospitalaria y despierta hasta cualquier hora convirtió a Belgrado en uno de los destinos favoritos del turismo joven europeo.
Al este de Belgrado, siguiendo el curso del Danubio, el gran río se encajona en el desfiladero de Djerdap, conocido internacionalmente como las Puertas de Hierro. Es el cañón fluvial más largo y espectacular de Europa, donde el Danubio marca la frontera natural entre Serbia y Rumania y se abre paso entre paredes de roca de cientos de metros. El parque nacional de Djerdap protege este paisaje de bosques, aguas profundas y fauna abundante.
El desfiladero también guarda un pasado remotísimo. En la orilla serbia se encuentra Lepenski Vir, uno de los asentamientos más antiguos y enigmáticos de Europa, con una cultura mesolítica de hace más de ocho mil años que dejó esculturas de piedra con rostros humanos. Muy cerca, la placa romana de Trajano y los restos de su puente recuerdan que este paso fue una arteria estratégica del Imperio. Djerdap une así naturaleza sobrecogedora y una densidad histórica que se remonta a los primeros pobladores del continente.
El oeste de Serbia es un país de montañas, bosques y valles encajonados, muy distinto de las llanuras del norte. Cumbres como Zlatibor, Tara y Zlatar, y ríos de aguas verdes como el Drina, dibujan uno de los paisajes más bellos de los Balcanes. Aquí la vida siempre fue más dura y más aislada, y quizá por eso esta región conservó con especial fuerza las tradiciones, la lengua y las costumbres de la Serbia rural.
Estas montañas fueron también refugio y bastión. Durante la dominación otomana, su terreno abrupto amparó a los rebeldes; durante la Segunda Guerra Mundial, fueron escenario de la resistencia. El propio nombre de Zlatibor ('pino dorado') evoca los bosques que cubren estas alturas, hoy destino predilecto del turismo interno serbio que busca aire puro, senderismo y desconexión.
En estas tierras se encuentra uno de los monumentos más sagrados de Serbia: el monasterio de Studenica, fundado hacia 1190 por Stefan Nemanja, el fundador de la dinastía Nemanjić, poco antes de retirarse como monje. Es la mayor y más rica de las fundaciones monásticas serbias medievales, y su iglesia principal, revestida de mármol blanco, marcó el nacimiento de un estilo propio, la escuela de Raška.
Studenica guarda algunos de los frescos bizantinos más valiosos del arte europeo, como la célebre Crucifixión de 1209. Declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco, el monasterio fue durante siglos el centro espiritual, cultural y político de la Serbia medieval, y allí reposan los restos de varios miembros de la dinastía fundadora. Visitarlo es entrar en el santuario donde se forjó la identidad estatal y religiosa serbia.
El parque nacional de Tara protege uno de los últimos grandes bosques vírgenes de Europa, hogar del pino de Pančić, una especie reliquia que sobrevivió a las glaciaciones. Desde el mirador de Banjska Stena, la vista se abre sobre el cañón del Drina y el embalse de Perućac, un paisaje de aguas de color esmeralda encajadas entre paredes de roca.
El río Drina, que marca buena parte de la frontera con Bosnia, tiene un peso enorme en el imaginario serbio. Fue frontera entre imperios y entre religiones, y protagonista de la novela 'Un puente sobre el Drina', del premio Nobel Ivo Andrić, que a través de un puente otomano en la ciudad de Višegrad narró siglos de convivencia y conflicto entre las comunidades de la región. El Drina resume, en su curso sinuoso, la historia de frontera que define a todo el oeste serbio.
Al pie de las montañas, Mokra Gora conserva una de las obras de ingeniería ferroviaria más singulares de los Balcanes: el Šargan Eight, un tramo de vía estrecha que salva un fuerte desnivel dibujando la forma de un ocho, con túneles y viaductos que hoy funcionan como tren turístico. Fue parte de la histórica línea que conectaba Belgrado con Sarajevo y Dubrovnik.
Muy cerca está Drvengrad ('la ciudad de madera'), la aldea étnica que el cineasta Emir Kusturica construyó para su película 'La vida es un milagro' y que luego convirtió en un pueblo real, con casas tradicionales de madera trasladadas de toda la región. Sede de un festival de cine, Drvengrad es un ejemplo de cómo el oeste serbio recreó y puso en valor su patrimonio rural para el turismo, mezclando nostalgia, arquitectura tradicional y cultura contemporánea.
En el borde sur de esta región montañosa se levanta Kopaonik, la principal estación de esquí de Serbia y a la vez parque nacional. Su nombre deriva de la minería ('kopati' es cavar): durante siglos, sus laderas se explotaron por su riqueza en plata, plomo y otros metales, ya desde la época romana y medieval, cuando la minería fue una fuente clave de riqueza para el Estado serbio.
Hoy Kopaonik es sobre todo un destino de naturaleza y deporte, con pistas de esquí en invierno y senderos en verano, y una biodiversidad protegida que incluye especies endémicas. Como buena parte del oeste y el centro serbio, encarna esa relación estrecha entre la montaña, la supervivencia y la identidad: durante siglos, estas alturas fueron a la vez despensa, refugio y símbolo de la resistencia de un pueblo acostumbrado a replegarse a las cumbres cuando el llano caía en manos ajenas.
Niš, la mayor ciudad del sur de Serbia, es una de las más antiguas de los Balcanes. Fundada por los celtas y convertida por Roma en la importante Naissus, fue un nudo de calzadas estratégico en la Vía Militaris que unía Europa central con Constantinopla. Su título de gloria es haber sido la cuna del emperador Constantino el Grande, nacido allí hacia el año 272, el hombre que legalizó el cristianismo y fundó Constantinopla.
En las afueras se conserva Mediana, el complejo residencial romano vinculado a Constantino, con mosaicos y termas. Por su posición de encrucijada, Niš fue siempre puerta del sur: quien controlaba Niš controlaba el paso entre el mundo europeo y el oriental, y por eso la ciudad cambió de manos innumerables veces a lo largo de la historia.
Niš conserva como pocas ciudades serbias la marca de los siglos otomanos. Su fortaleza, bien conservada, fue reconstruida por los turcos en el siglo XVIII sobre cimientos romanos y bizantinos, y sigue siendo el centro monumental de la ciudad. Pero el monumento más estremecedor de Niš es la Ćele Kula, la Torre de las Calaveras.
Fue levantada por los otomanos tras la batalla de Čegar, en 1809, durante el Primer Levantamiento Serbio: para escarmentar a los rebeldes, incrustaron en una torre los cráneos de los combatientes serbios caídos. Lejos de amedrentar, el macabro monumento se convirtió en símbolo del sacrificio por la independencia. Hoy, protegida dentro de una capilla, la Ćele Kula es a la vez lugar de memoria y advertencia sobre la crueldad de aquellas guerras. Niš también albergó, durante la Segunda Guerra Mundial, uno de los primeros campos de concentración nazis en los Balcanes, el Crveni Krst, otro capítulo doloroso que la ciudad conserva como memorial.
El este de Serbia, hacia el Danubio y la frontera con Rumania y Bulgaria, fue durante milenios una tierra de límites. Aquí pasaba el limes, la frontera fortificada del Imperio romano, jalonada de campamentos y ciudades como Viminacium, uno de los mayores yacimientos romanos de la región, con su necrópolis y sus mosaicos. Por estas tierras avanzaron y retrocedieron los ejércitos de Roma, Bizancio, los búlgaros y los otomanos.
La región, montañosa y minera, conserva una fuerte identidad propia y comunidades valacas de habla romance, herencia de esa condición de cruce de pueblos. El desfiladero de Đerdap, las Puertas de Hierro, con el yacimiento prehistórico de Lepenski Vir y los vestigios del puente de Trajano, concentra en pocos kilómetros una densidad histórica que va desde los primeros pobladores de Europa hasta la ingeniería romana.
En el suroeste, hacia la región de Sandžak, la reserva natural de Uvac ofrece uno de los paisajes más fotografiados de Serbia: los meandros del río Uvac, que serpentea en curvas cerradas y vertiginosas encajado entre paredes de roca de más de cien metros. Desde los miradores de altura, el río dibuja una sucesión de eses casi irreal.
Uvac es también un santuario de naturaleza: es uno de los pocos refugios europeos del buitre leonado, una especie que estuvo al borde de la extinción y que aquí se recuperó gracias a programas de protección. El cañón esconde además un sistema de cuevas con largas galerías. La zona pertenece al Sandžak, región de fuerte presencia musulmana bosníaca, un recordatorio de que la diversidad religiosa y cultural de Serbia se extiende también por su sur montañoso.
En el corazón de la Serbia central, el pequeño pueblo de Guča salta cada verano a la fama mundial con el Sabor de Guča, el mayor festival de trompetas de los Balcanes. Nacido en 1961, reúne a orquestas de metales y músicos de todo el país y del extranjero en una competición y una fiesta popular que llena las calles de música, baile, comida y multitudes durante varios días.
El protagonista es el sonido inconfundible de la trompeta balcánica, heredera de las bandas militares otomanas y del folclore local, popularizado en todo el mundo por bandas y por el cine de Emir Kusturica. Guča es mucho más que un evento musical: es una celebración de la identidad festiva, ruidosa y desbordante de la Serbia rural, y una de las mejores ocasiones para ver de cerca su cultura popular más viva.
Voivodina, la provincia autónoma del norte, es una Serbia distinta de la del sur. Mientras el resto del país vivía bajo dominio otomano, esta llanura fértil al norte del Danubio y el Sava quedó, desde fines del siglo XVII, bajo el Imperio de los Habsburgo. Fue aquí, en territorio austríaco, donde se refugiaron los serbios de la Gran Migración de 1690 y donde floreció buena parte de la cultura serbia moderna, lejos del yugo otomano.
Esa pertenencia centroeuropea se nota en todo: en las iglesias barrocas, en las ciudades trazadas con orden imperial, en la arquitectura y hasta en la gastronomía. Voivodina mira tanto a Viena y Budapest como a Belgrado, y conserva un aire inconfundible de Mitteleuropa que la diferencia del resto de los Balcanes.
Voivodina es la región más diversa de Serbia. Junto a la mayoría serbia conviven húngaros, eslovacos, rumanos, rusinos, croatas y otras comunidades, herencia de siglos de colonización habsbúrgica que trajo pobladores de todo el imperio para repoblar las tierras reconquistadas a los otomanos. La provincia reconoce oficialmente varias lenguas además del serbio, y en muchos pueblos los carteles aparecen en dos, tres o incluso más idiomas.
Esta convivencia multiétnica, con sus iglesias ortodoxas, católicas y protestantes casi puerta con puerta, hace de Voivodina un caso singular en los Balcanes: una región que, en general, atravesó las guerras de los años noventa sin los estallidos de violencia que asolaron otras zonas, y que hoy suele presentarse como ejemplo de coexistencia. Su autonomía, recortada en la era de Milošević, sigue siendo un tema político vivo.
Novi Sad, la capital de Voivodina y segunda ciudad de Serbia, encarna el espíritu de la región. Fundada como plaza comercial serbia frente a la fortaleza austríaca de Petrovaradin, llegó a ser un centro tan vibrante de la vida cultural serbia que se la apodó la 'Atenas serbia'. Aquí tuvo su sede la Matica srpska, la institución cultural serbia más antigua, fundada en 1826.
Sobre el Danubio se alza Petrovaradin, imponente fortaleza barroca construida por los Habsburgo, apodada 'el Gibraltar del Danubio' por sus kilómetros de galerías subterráneas. Cada verano, esos muros albergan el festival EXIT, uno de los grandes festivales de música de Europa, nacido en el año 2000 como movimiento juvenil contra el régimen de Milošević. Novi Sad, además, fue Capital Europea de la Cultura en 2022, un reconocimiento a su papel histórico.
En el extremo norte, casi tocando la frontera húngara, Subotica es un pequeño tesoro de la arquitectura modernista. A comienzos del siglo XX, cuando era una próspera ciudad del reino de Hungría, se llenó de edificios de Art Nouveau (o Secession, en su versión centroeuropea): el Ayuntamiento, la Sinagoga y numerosos palacetes exhiben fachadas de cerámica coloreada, motivos florales y líneas ondulantes de una elegancia sorprendente.
Subotica es también un espejo de la diversidad de Voivodina: ciudad de mayoría húngara y croata bunjevac además de serbia, con una vida cultural bilingüe y un ambiente que recuerda más a Szeged o a Budapest que a Belgrado. Su cercano lago Palić, con villas de época y parque balneario, completó a comienzos del siglo XX el aire de retiro elegante de la Mitteleuropa.
En el sur de Voivodina se levanta la montaña de Fruška Gora, una isla verde en medio de la llanura, célebre por dos cosas: sus monasterios y su vino. En sus laderas se conservan más de una decena de monasterios ortodoxos, muchos fundados entre los siglos XV y XVIII, que hicieron de la zona un refugio espiritual de los serbios bajo dominio extranjero: por eso se la llamó a veces 'el Monte Athos serbio'.
A sus pies está Sremski Karlovci, un pueblo barroco de importancia histórica enorme para los serbios: fue sede del Patriarcado y del primer gimnasio serbio, y en él se firmó en 1699 la Paz de Karlowitz, que reconfiguró las fronteras entre otomanos y Habsburgo en Europa central. Rodeado de viñedos que se cultivan desde época romana, Sremski Karlovci es hoy famoso por su vino, en especial el dulce bermet, y por su ambiente sereno de iglesias y bodegas.