Mucho antes de que existiera nada llamado Serbia, estas tierras fueron habitadas por pueblos ilirios, tracios y celtas, y más tarde absorbidas por la expansión de Roma. Hacia el siglo I d.C., el territorio quedó dividido entre las provincias romanas de Mesia y Panonia, atravesadas por el Danubio, que hacía de frontera y de ruta comercial al mismo tiempo. Ciudades como Singidunum (la actual Belgrado), Sirmium (hoy Sremska Mitrovica) y Naissus (Niš) se convirtieron en centros militares y administrativos de primer orden.
Sirmium llegó a ser una de las cuatro capitales del Imperio durante la Tetrarquía, y estas provincias danubianas dieron a Roma varios emperadores. El más célebre nació en Naissus alrededor del año 272: Constantino el Grande, el emperador que legalizó el cristianismo con el Edicto de Milán en el 313 y fundó Constantinopla. Que el hombre que cambió el destino religioso de Europa haya nacido en la actual Niš es un dato que los serbios recuerdan con orgullo, y una pista de hasta qué punto este suelo estuvo en el corazón del mundo antiguo.
Con la división del Imperio en el 395, el territorio quedó en la órbita del Imperio Romano de Oriente, es decir, de Bizancio. Esa pertenencia al mundo bizantino, y no al latino, marcaría para siempre la lengua, la escritura y, sobre todo, la religión de los serbios.
Entre los siglos VI y VII, oleadas de pueblos eslavos cruzaron el Danubio y se asentaron en los Balcanes, desplazando o mezclándose con la población romanizada. Entre ellos estaban los antepasados de los serbios, que fueron ocupando los valles montañosos del interior, en torno a los ríos Ibar, Drina y Morava. Durante siglos vivieron organizados en pequeños principados tribales, las župas, bajo la sombra de dos potencias: Bizancio al sur y, más tarde, los reinos húngaro y búlgaro al norte y al este.
El acontecimiento decisivo de esta época fue la cristianización. En el siglo IX, los misioneros bizantinos Cirilo y Metodio y sus discípulos difundieron el cristianismo en lengua eslava y crearon un alfabeto propio, el que evolucionaría hacia el cirílico que Serbia usa hasta hoy. Los serbios adoptaron el cristianismo en su versión oriental, la que después del Cisma de 1054 quedaría definida como ortodoxa.
Esa elección fue mucho más que religiosa: ató la identidad serbia al mundo bizantino y ortodoxo, y trazó una línea cultural con los pueblos vecinos que se volcaron hacia Roma, como croatas y eslovenos. Escritura cirílica, calendario litúrgico, arte de los iconos: buena parte de lo que hoy distingue a la cultura serbia se decidió en estos siglos de formación.
El gran salto llegó con la dinastía Nemanjić, que gobernó Serbia durante casi dos siglos y la convirtió en una potencia balcánica. Su fundador, Stefan Nemanja, unificó a fines del siglo XII los principados serbios en un Estado sólido. Su hijo Stefan fue coronado rey en 1217, y otro hijo, Rastko, se hizo monje con el nombre de Sava: como san Sava logró en 1219 la autocefalía de la Iglesia ortodoxa serbia, es decir, una Iglesia nacional independiente. Rey propio e Iglesia propia: los dos pilares de la Serbia medieval.
Los Nemanjić dejaron su huella más perdurable en piedra y pintura. Levantaron monasterios que todavía asombran: Studenica, con su iglesia de mármol blanco; Žiča, sede de las coronaciones; Sopoćani y Mileševa, cuyos frescos, como el célebre Ángel Blanco, están entre las cumbres del arte medieval europeo. Estos monasterios no eran solo templos, sino centros de poder, cultura y escritura.
El esplendor culminó con Stefan Dušan. Coronado rey en 1331, expandió el reino a costa de Bizancio hasta duplicar su tamaño, incorporando Macedonia, Albania, Épiro y Tesalia. El 16 de abril de 1346, en Skopje, se hizo coronar 'emperador de los serbios y los griegos', reclamando para sí la herencia bizantina. Ese mismo año elevó la Iglesia serbia al rango de patriarcado. Bajo Dušan, Serbia fue el Estado más poderoso del sudeste europeo, con un código de leyes propio, el Zakonik de 1349. Pero el imperio dependía demasiado de un solo hombre: cuando Dušan murió en 1355, con apenas 47 años, la construcción empezó a resquebrajarse.
Muerto Dušan, el imperio se fragmentó en señoríos rivales justo cuando aparecía en los Balcanes un enemigo formidable: el Imperio otomano. El choque decisivo llegó el 28 de junio de 1389, día de San Vito (Vidovdan), en el campo de Kosovo, cerca de la actual Priština. Allí, un ejército serbio y aliado encabezado por el príncipe Lazar Hrebeljanović se enfrentó a las tropas otomanas del sultán Murad I.
Los hechos históricos son, en parte, inciertos. Se sabe que la batalla fue extraordinariamente sangrienta, que murieron tanto el príncipe Lazar como el sultán Murad, y que ambos ejércitos quedaron diezmados. Muchos historiadores la consideran, en el plano estrictamente militar, un empate o un resultado indeciso. Pero, agotada, Serbia no pudo reponer sus pérdidas, mientras el vasto Imperio otomano sí: en las décadas siguientes Serbia fue quedando reducida a la vasallaje y, finalmente, a la absorción.
Más que por lo que ocurrió, Kosovo pesa por lo que significó. Con los siglos, la batalla se transformó en el gran mito fundacional de la identidad serbia: el príncipe Lazar convertido en mártir, la elección del 'reino celestial' antes que el terrenal, el sacrificio del pueblo por la fe. Ese relato, cantado en la poesía épica popular durante generaciones, dio a los serbios un sentido de continuidad bajo la dominación extranjera, pero también fue instrumentalizado políticamente, sobre todo a fines del siglo XX. Conviene recordar la distinción que exige toda historia honesta: una cosa es el hecho de 1389 y otra la leyenda que se construyó sobre él.
Tras la caída de Smederevo en 1459, el último bastión del Estado serbio, Serbia dejó de existir como entidad política y quedó incorporada al Imperio otomano, donde permanecería, con matices, durante casi cuatro siglos y medio. Fue un período largo y complejo, muy lejos de la simple 'esclavitud' de los relatos nacionalistas, pero también muy lejos de una convivencia idílica.
Los serbios, como cristianos, eran súbditos de segunda: pagaban impuestos especiales y, sobre todo, sufrieron durante generaciones el devşirme, el 'impuesto de sangre' por el cual el Estado otomano se llevaba niños cristianos para convertirlos al islam y formarlos como soldados jenízaros o funcionarios. Al mismo tiempo, el sistema del millet permitió que la Iglesia ortodoxa sobreviviera como institución y preservara la lengua, la fe y la memoria del pueblo. El Patriarcado de Peć, restaurado en 1557, cumplió ese papel de columna vertebral de la identidad serbia sin Estado.
La frontera entre el mundo otomano y el Habsburgo atravesaba estas tierras y las convertía en zona de guerras recurrentes. En 1690, tras una fallida rebelión, se produjo la Gran Migración Serbia: decenas de miles de familias, encabezadas por el patriarca Arsenije III, huyeron hacia el norte, hacia territorios de los Habsburgo en la actual Voivodina y Hungría. Ese desplazamiento reconfiguró el mapa demográfico de los Balcanes y explica por qué buena parte de la vida cultural serbia moderna germinó al norte del Danubio, fuera del dominio otomano.
El renacimiento político serbio empezó con violencia y desesperación. En 1804, un grupo de jenízaros renegados, los dahije, tomó el poder en el bajalato de Belgrado y masacró a decenas de notables serbios en el episodio conocido como la 'Matanza de los knezes'. La respuesta fue el Primer Levantamiento Serbio (1804-1813), encabezado por Đorđe Petrović, apodado Karađorđe ('Jorge el Negro'). Lo que empezó como una revuelta contra funcionarios abusivos se transformó en una guerra de independencia tras casi tres siglos de dominio otomano. Los rebeldes llegaron a gobernar un Estado de hecho, pero en 1813, sin el apoyo ruso, los otomanos aplastaron el levantamiento.
Dos años después estalló el Segundo Levantamiento (1815), dirigido por Miloš Obrenović, más hábil en la negociación que en la guerra. Su estrategia de presión y diplomacia dio frutos: en 1830 y 1833 Serbia fue reconocida como principado autónomo, con príncipes hereditarios que pagaban tributo al sultán. La rivalidad entre las dos dinastías fundadoras, los Karađorđević y los Obrenović, marcaría con sangre la política serbia durante todo el siglo.
La independencia plena llegó por etapas. En 1867 se retiraron las últimas guarniciones otomanas de las fortalezas serbias, y en 1878, tras la guerra ruso-turca, el Congreso de Berlín reconoció formalmente la independencia de Serbia. En 1882 el principado se convirtió en reino. En apenas ochenta años, un pueblo campesino sin Estado había vuelto a poner a Serbia en el mapa de Europa.
El siglo XX se abrió para Serbia con ambición y tragedia. Las guerras balcánicas de 1912 y 1913 le permitieron expandirse hacia el sur, recuperando Kosovo y parte de Macedonia y duplicando su territorio. Pero ese crecimiento tensó las relaciones con Austria-Hungría, que veía en la Serbia pujante una amenaza para su dominio sobre los eslavos del sur.
El 28 de junio de 1914, en Sarajevo, un joven nacionalista serbobosnio, Gavrilo Princip, asesinó al archiduque Francisco Fernando, heredero del trono austrohúngaro. El atentado desató la crisis que en pocas semanas arrastró a las grandes potencias a la Primera Guerra Mundial. Austria-Hungría declaró la guerra a Serbia el 28 de julio, y el sistema de alianzas hizo el resto.
Para Serbia, la guerra fue devastadora. Tras resistir con éxito las primeras ofensivas, en 1915 fue invadida por fuerzas austrohúngaras, alemanas y búlgaras. El ejército serbio y miles de civiles emprendieron entonces la trágica retirada a través de las montañas de Albania en pleno invierno, una marcha en la que murieron de frío, hambre y enfermedad cientos de miles de personas. Se calcula que Serbia perdió alrededor de una cuarta parte de su población en la guerra, una de las mortandades proporcionalmente más altas de todo el conflicto. Los supervivientes, reorganizados en el frente de Salónica, participaron en la ofensiva final que derrotó a las potencias centrales en 1918.
Del sacrificio de la Gran Guerra surgió un viejo sueño: unir a todos los eslavos del sur en un solo Estado. El 1 de diciembre de 1918 se proclamó el Reino de los Serbios, Croatas y Eslovenos, bajo la dinastía serbia de los Karađorđević. Serbia, potencia vencedora, aportó la corona y buena parte del aparato estatal, lo que desde el comienzo alimentó la percepción, sobre todo entre croatas, de que se trataba de una 'Gran Serbia' disfrazada.
El nuevo reino nació con tensiones profundas entre el centralismo defendido desde Belgrado y el federalismo que reclamaban croatas y otros pueblos. La crisis política llegó a su punto más violento en 1928, cuando un diputado serbio disparó en pleno parlamento contra líderes croatas, matando entre otros a Stjepan Radić. En respuesta, el rey Alejandro I suspendió la constitución en 1929, instauró una dictadura y rebautizó el país como Reino de Yugoslavia, buscando forjar por decreto una nación única. El propio Alejandro sería asesinado en Marsella en 1934.
Aquella primera Yugoslavia fue un experimento inestable, incapaz de resolver la cuestión nacional que la desgarraba por dentro. No tuvo tiempo de encontrar el equilibrio: en abril de 1941, la Alemania nazi y sus aliados la invadieron y la desmembraron.
La Segunda Guerra Mundial fue en Yugoslavia una guerra dentro de la guerra: contra el ocupante alemán e italiano, pero también una brutal guerra civil. En el territorio croata gobernó el régimen fascista de los ustacha, responsable del genocidio de serbios, judíos y gitanos, con el campo de Jasenovac como su símbolo más atroz. Frente a la ocupación se alzaron dos movimientos rivales: los chetniks monárquicos y serbios de Draža Mihailović, y los partisanos comunistas y multiétnicos liderados por Josip Broz, Tito. La lucha entre ellos, además de contra los ocupantes, dejó un saldo de cientos de miles de muertos.
Los partisanos de Tito ganaron la guerra y el poder. En 1945 se fundó la República Federativa Socialista de Yugoslavia, con seis repúblicas: Serbia, Croacia, Eslovenia, Bosnia y Herzegovina, Macedonia y Montenegro, más dos provincias autónomas dentro de Serbia, Voivodina y Kosovo. En 1948, Tito rompió con Stalin y llevó a Yugoslavia por una vía propia, distinta del bloque soviético: autogestión obrera, apertura relativa a Occidente y liderazgo del Movimiento de Países No Alineados.
La Yugoslavia de Tito ofreció décadas de estabilidad, modernización y crecimiento, con un nivel de vida y una libertad de movimiento que la distinguían del resto del Este europeo. Pero el equilibrio descansaba sobre el carisma de un solo hombre y sobre el lema 'hermandad y unidad', que mantenía a raya, sin resolverlas, las tensiones nacionales. Cuando Tito murió en 1980, esas tensiones quedaron sin dique de contención.
La década posterior a la muerte de Tito estuvo marcada por la crisis económica, el resurgir de los nacionalismos y la parálisis del gobierno federal. En Serbia, Slobodan Milošević llegó al poder aprovechando el descontento y el agravio en torno a Kosovo, y en 1989 recortó la autonomía de esa provincia y de Voivodina. Su discurso, apoyado en la retórica del sacrificio de 1389, alarmó a las demás repúblicas.
En 1991, Eslovenia y Croacia declararon la independencia; en 1992 lo hicieron Bosnia y Herzegovina y Macedonia. La desintegración de Yugoslavia derivó en una serie de guerras que fueron las más sangrientas en suelo europeo desde 1945. En Croacia y, sobre todo, en Bosnia, el conflicto adquirió tintes de limpieza étnica. El sitio de Sarajevo se prolongó casi cuatro años. En julio de 1995, en Srebrenica, fuerzas serbobosnias asesinaron a unos 8.000 hombres y niños bosnios musulmanes en lo que tribunales internacionales calificaron como genocidio.
Este es el capítulo más doloroso y disputado de la historia serbia reciente, y exige precisión. Hubo crímenes graves cometidos por todos los bandos, pero los tribunales internacionales establecieron que la mayor parte y los más graves, incluido el genocidio de Srebrenica, fueron responsabilidad de fuerzas serbias y serbobosnias. Reconocer esto no equivale a culpar colectivamente al pueblo serbio, que también contó con sus víctimas, sus refugiados y sus opositores al régimen. Milošević sería juzgado en La Haya, donde murió en 2006 antes de que concluyera su proceso. Las guerras dejaron más de 100.000 muertos y millones de desplazados en toda la ex Yugoslavia.
La última guerra de la desintegración yugoslava se libró en Kosovo, la provincia de mayoría albanesa que Serbia considera cuna de su identidad histórica y religiosa. A fines de los años noventa, la represión de las fuerzas serbias contra la insurgencia del Ejército de Liberación de Kosovo (UÇK) y contra la población civil albanesa desató una crisis humanitaria, con desplazamientos masivos.
Ante el fracaso de las negociaciones, la OTAN inició el 24 de marzo de 1999 una campaña de bombardeos aéreos contra la República Federal de Yugoslavia que se prolongó once semanas, hasta el 10 de junio. Fue una intervención sin autorización expresa del Consejo de Seguridad de la ONU, lo que abrió un debate jurídico y político que continúa hasta hoy. Las bombas alcanzaron objetivos militares pero también infraestructura civil en Belgrado y otras ciudades, y causaron centenares de muertos entre la población. En Serbia, aquellos bombardeos dejaron una herida honda y son recordados cada aniversario.
La campaña terminó con la retirada de las fuerzas serbias de Kosovo y la instalación de una administración de la ONU. En 2008, Kosovo declaró unilateralmente su independencia, reconocida por buena parte de los países occidentales pero no por Serbia, que sigue considerándolo parte de su territorio, ni por Rusia, China y varios otros Estados. La disputa por Kosovo continúa sin resolverse y condiciona toda la política serbia. En octubre de 2000, un levantamiento popular derrocó a Milošević, cerrando la década más trágica de la Serbia contemporánea.
Tras la caída de Milošević, Serbia inició una transición difícil. En 2003, la vieja Yugoslavia se transformó en la unión de Serbia y Montenegro, que se disolvió en 2006 cuando Montenegro se independizó por referéndum: desde entonces Serbia es un Estado plenamente soberano e independiente. El primer ministro reformista Zoran Đinđić, que había entregado a Milošević a La Haya, fue asesinado en 2003 por sectores vinculados al viejo régimen.
En el plano internacional, Serbia camina sobre una línea delicada. Solicitó el ingreso a la Unión Europea en 2009 y obtuvo el estatus de país candidato en 2012; las negociaciones de adhesión comenzaron en 2014. Sin embargo, el proceso se estancó, y Belgrado mantiene al mismo tiempo lazos estrechos con Rusia y China, un equilibrio que tensiona su acercamiento a Europa. La normalización de las relaciones con Kosovo sigue siendo la condición de fondo para avanzar hacia la UE.
La Serbia actual es un país de contrastes: una economía que crece pero que arrastra emigración y desconfianza en las instituciones, protestas ciudadanas recurrentes, una capital, Belgrado, cada vez más viva y cosmopolita, y un peso todavía enorme del pasado reciente. Para el viajero, Serbia ofrece hospitalidad genuina, monasterios milenarios, montañas y ríos espectaculares y una vida nocturna célebre. Viajarla con conocimiento de su historia, sin prejuicios pero sin ingenuidad, es la mejor manera de entender uno de los rincones más intensos y malentendidos de Europa.