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Historia de Santo Tomé y Príncipe

Islas deshabitadas: el descubrimiento portugués (~1470)

A diferencia de casi cualquier otro rincón de África, Santo Tomé y Príncipe no tenía una población originaria: cuando llegaron los europeos, las islas estaban completamente deshabitadas. Eran dos montañas volcánicas cubiertas de selva ecuatorial en pleno golfo de Guinea, a unos 300 kilómetros de la costa del continente, sobre la línea del ecuador.

En el marco de la gran expansión atlántica de Portugal, los navegantes João de Santarém y Pêro Escobar avistaron las islas hacia 1470-1471. La tradición fija el descubrimiento de São Tomé el 21 de diciembre de 1471, día de Santo Tomás, de donde tomó su nombre; Príncipe fue avistada poco después, en enero de 1472, y se llamó primero Santo Antão antes de rebautizarse Ilha do Príncipe en honor al príncipe heredero, a cuyas rentas quedó ligada.

El primer intento serio de poblamiento llegó recién en 1493, cuando la corona entregó São Tomé en capitanía a Álvaro de Caminha; Príncipe se colonizó hacia 1500 con un arreglo parecido. La posición de las islas era estratégica: se convirtieron en base y almacén del tráfico portugués con la costa africana, un nudo desde el que se organizaría el comercio —y muy pronto la trata de esclavos— de todo el golfo de Guinea.

El primer gran modelo de plantación esclavista del Atlántico

Atraer colonos a unas islas ecuatoriales, húmedas y palúdicas era casi imposible, así que Portugal las pobló con quienes no podían negarse. Enviaron degredados —convictos y desterrados— y, en uno de los episodios más siniestros de la historia atlántica, cerca de dos mil niños judíos arrancados a sus familias durante la expulsión de los judíos de la península ibérica en la década de 1490. Bautizados a la fuerza y embarcados hacia São Tomé, la mayoría de esos niños, algunos de apenas dos años, murió en las islas malsanas.

Sobre ese suelo volcánico fértil, y con mano de obra esclava traída del continente, se levantó algo nuevo en el mundo: la primera economía de plantación azucarera a gran escala basada en el trabajo de africanos esclavizados. Hacia mediados del siglo XVI funcionaban decenas de engenhos (ingenios), y São Tomé llegó a ser por un tiempo el mayor productor de azúcar del planeta, con unas sesenta plantaciones activas.

La importancia histórica de este ensayo es enorme: el modelo santotomense —monocultivo de exportación, ejércitos de esclavos, propietarios ausentes y condiciones brutales— fue el prototipo que luego se trasplantaría a Brasil, el Caribe y el sur de Estados Unidos. La plantación esclavista atlántica, que marcaría siglos de historia, se inventó aquí, en estas dos islas diminutas.

Decadencia del azúcar, rebeliones, piratas y el auge del cacao

El esplendor azucarero fue corto. Desde fines del siglo XVI, la competencia del azúcar brasileño, más barato y abundante, hundió los precios, y el suelo santotomense se fue agotando. A esa crisis se sumaron las revueltas de esclavos. La más célebre estalló en 1595, cuando Rei Amador, al frente de los Angolares y de esclavos de las plantaciones, se sublevó y llegó a controlar buena parte de la isla antes de ser vencido y ejecutado; hoy es héroe nacional. Las islas sufrieron además ataques de piratas y corsarios, y una ocupación neerlandesa que tomó São Tomé entre 1641 y 1648.

Con el azúcar en ruinas, las islas entraron en un largo letargo de dos siglos, sostenidas apenas como escala del tráfico de esclavos y con una economía de subsistencia. La inseguridad y las revueltas fueron tales que en 1753 la capital se trasladó de São Tomé a Santo António, en Príncipe, que tenía mejor puerto; allí permanecería hasta 1852.

El renacer llegó en el siglo XIX con dos cultivos americanos. Primero el café y, sobre todo, el cacao —la planta que había llegado a las islas y desde aquí se difundiría por el golfo de Guinea— transformaron el paisaje. Se levantaron las roças, enormes plantaciones-pueblo autosuficientes con su hospital, su capilla, sus almacenes y hasta ferrocarriles propios. A comienzos del siglo XX, São Tomé y Príncipe llegó a ser uno de los mayores productores de cacao del mundo.

El "cacao de esclavos" y el escándalo de los serviçais

Portugal había abolido oficialmente la esclavitud, pero en las roças se mantuvo con otro nombre. La mano de obra eran los serviçais, "trabajadores contratados" traídos sobre todo de Angola: en teoría, obreros con contrato; en la práctica, esclavos. Un decreto de 1903 obligaba a ofrecerles la repatriación tras cinco años de contrato, pero casi ninguno volvió jamás a Angola; los reclutadores seguían las viejas rutas esclavistas hacia el interior del continente y los contratos se renovaban sin consultar a nadie.

Las cifras eran atroces. Hacia comienzos del siglo XX trabajaban en las islas decenas de miles de serviçais —entre unos 20.000 y 40.000 en São Tomé, más otros miles en Príncipe—, con tasas de mortalidad que algunos estimaron cercanas al 10-20% anual. El periodista británico Henry Nevinson recorrió la ruta y publicó en 1906 su demoledor "A Modern Slavery" (Una esclavitud moderna).

El escándalo estalló en el corazón de la industria del chocolate. La firma cuáquera Cadbury, que compraba buena parte de su cacao en São Tomé, encargó a William Cadbury investigar las condiciones de las plantaciones. Ante la evidencia, y presionadas por campañas abolicionistas, sufragistas y una guerra de tribunales, las grandes chocolateras británicas —Cadbury, Fry y Rowntree— boicotearon en 1909 el cacao santotomense. El "cacao de esclavos" se volvió sinónimo de la hipocresía colonial de una Europa que se decía civilizada.

La masacre de Batepá (1953)

El eje de la sociedad colonial era la tensión entre las roças y los forros, los criollos descendientes de esclavos liberados que se consideraban libres y se negaban a trabajar la tierra de las plantaciones, porque para ellos eso era volver a la esclavitud. Esa negativa mantenía a las roças siempre cortas de brazos.

En 1953 corrió el rumor de que el gobierno colonial obligaría a los forros a trabajar como contratados en las plantaciones y les quitaría tierras para entregárselas a colonos llegados de Cabo Verde. La indignación derivó en protestas. El gobernador Carlos Gorgulho acusó a los forros de estar manipulados por comunistas y, el 3 de febrero de 1953, desató una feroz represión: la policía colonial, secundada por colonos blancos y trabajadores contratados, se lanzó contra los criollos.

La violencia dejó centenares de muertos —las cifras exactas se siguen discutiendo— en detenciones, torturas y ejecuciones. Una investigación posterior concluyó que la supuesta conspiración comunista nunca había existido, pero, lejos de castigarlo, la administración protegió a Gorgulho: lo llamó a Lisboa y hasta lo ascendió. Para los santotomenses, Batepá se convirtió en la herida fundacional del nacionalismo, la prueba de que bajo el mito salazarista de la "armonía multirracial" latía el racismo colonial. El 3 de febrero es hoy feriado nacional, el Día de los Mártires de la Libertad.

La lucha por la independencia y el 12 de julio de 1975

El eco de Batepá y la ola descolonizadora africana alimentaron el nacionalismo santotomense. En 1960 se fundó en el exilio el Comité de Libertação de São Tomé e Príncipe, que en 1972 se transformó en el Movimento de Libertação de São Tomé e Príncipe (MLSTP), liderado por Manuel Pinto da Costa. A diferencia de otras colonias portuguesas, no hubo aquí una guerra de guerrillas prolongada: la lucha fue sobre todo política y diplomática.

La llave la abrió la propia metrópoli. La Revolución de los Claveles de abril de 1974 derrocó a la dictadura portuguesa y abrió el camino a la descolonización de todo el imperio. Portugal reconoció al MLSTP como representante del pueblo y negoció el traspaso del poder.

El 12 de julio de 1975, São Tomé y Príncipe proclamó su independencia. Manuel Pinto da Costa se convirtió en el primer presidente y Miguel Trovoada en primer ministro. Nacía así la República Democrática de São Tomé e Príncipe, uno de los Estados más pequeños de África, con la enorme tarea de sostener una economía que dependía casi por completo de un cacao en decadencia y de unas roças que los colonos abandonaban a toda prisa.

Del partido único a la democracia, el petróleo esquivo y el país de hoy

La joven república adoptó al principio un régimen de partido único en torno al MLSTP, con una economía planificada de inspiración socialista y fuertes lazos con el bloque del Este y con Angola —en gratitud, la mayor roça del país, la antigua Rio do Ouro, fue rebautizada Roça Agostinho Neto en honor al presidente angoleño—. Pero la nacionalización de las plantaciones no frenó la caída del cacao, y la crisis económica erosionó al gobierno.

A fines de los años ochenta, São Tomé fue uno de los primeros países africanos en girar hacia la apertura. Una nueva Constitución, aprobada por referéndum en agosto de 1990 con cerca del 95% de los votos, instauró el multipartidismo y limitó el mandato presidencial. En las primeras elecciones libres, en 1991, Miguel Trovoada llegó a la presidencia. Desde entonces el país es una de las democracias más estables y pacíficas de África, aunque con una política agitada por mociones de censura y hasta breves intentos de golpe.

Durante años, la gran esperanza fue el petróleo del golfo de Guinea. A comienzos de los 2000 se firmaron acuerdos y una zona de desarrollo conjunto con Nigeria, y se soñó con convertir a las islas en un pequeño emirato africano; pero las perforaciones no dieron los resultados prometidos y el maná petrolero nunca llegó de verdad. Hoy São Tomé y Príncipe vive del cacao de calidad, la pesca y, cada vez más, de un ecoturismo que descubre sus roças, su selva ecuatorial y sus playas casi vírgenes. Un país minúsculo y tranquilo que carga una historia inmensa: la del lugar donde se inventó la plantación esclavista atlántica.

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📚 Bibliografía

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