A diferencia de casi cualquier otro rincón de África, Santo Tomé y Príncipe no tenía una población originaria: cuando llegaron los europeos, las islas estaban completamente deshabitadas. Eran dos montañas volcánicas cubiertas de selva ecuatorial en pleno golfo de Guinea, a unos 300 kilómetros de la costa del continente, sobre la línea del ecuador.
En el marco de la gran expansión atlántica de Portugal, los navegantes João de Santarém y Pêro Escobar avistaron las islas hacia 1470-1471. La tradición fija el descubrimiento de São Tomé el 21 de diciembre de 1471, día de Santo Tomás, de donde tomó su nombre; Príncipe fue avistada poco después, en enero de 1472, y se llamó primero Santo Antão antes de rebautizarse Ilha do Príncipe en honor al príncipe heredero, a cuyas rentas quedó ligada.
El primer intento serio de poblamiento llegó recién en 1493, cuando la corona entregó São Tomé en capitanía a Álvaro de Caminha; Príncipe se colonizó hacia 1500 con un arreglo parecido. La posición de las islas era estratégica: se convirtieron en base y almacén del tráfico portugués con la costa africana, un nudo desde el que se organizaría el comercio —y muy pronto la trata de esclavos— de todo el golfo de Guinea.
Atraer colonos a unas islas ecuatoriales, húmedas y palúdicas era casi imposible, así que Portugal las pobló con quienes no podían negarse. Enviaron degredados —convictos y desterrados— y, en uno de los episodios más siniestros de la historia atlántica, cerca de dos mil niños judíos arrancados a sus familias durante la expulsión de los judíos de la península ibérica en la década de 1490. Bautizados a la fuerza y embarcados hacia São Tomé, la mayoría de esos niños, algunos de apenas dos años, murió en las islas malsanas.
Sobre ese suelo volcánico fértil, y con mano de obra esclava traída del continente, se levantó algo nuevo en el mundo: la primera economía de plantación azucarera a gran escala basada en el trabajo de africanos esclavizados. Hacia mediados del siglo XVI funcionaban decenas de engenhos (ingenios), y São Tomé llegó a ser por un tiempo el mayor productor de azúcar del planeta, con unas sesenta plantaciones activas.
La importancia histórica de este ensayo es enorme: el modelo santotomense —monocultivo de exportación, ejércitos de esclavos, propietarios ausentes y condiciones brutales— fue el prototipo que luego se trasplantaría a Brasil, el Caribe y el sur de Estados Unidos. La plantación esclavista atlántica, que marcaría siglos de historia, se inventó aquí, en estas dos islas diminutas.
El esplendor azucarero fue corto. Desde fines del siglo XVI, la competencia del azúcar brasileño, más barato y abundante, hundió los precios, y el suelo santotomense se fue agotando. A esa crisis se sumaron las revueltas de esclavos. La más célebre estalló en 1595, cuando Rei Amador, al frente de los Angolares y de esclavos de las plantaciones, se sublevó y llegó a controlar buena parte de la isla antes de ser vencido y ejecutado; hoy es héroe nacional. Las islas sufrieron además ataques de piratas y corsarios, y una ocupación neerlandesa que tomó São Tomé entre 1641 y 1648.
Con el azúcar en ruinas, las islas entraron en un largo letargo de dos siglos, sostenidas apenas como escala del tráfico de esclavos y con una economía de subsistencia. La inseguridad y las revueltas fueron tales que en 1753 la capital se trasladó de São Tomé a Santo António, en Príncipe, que tenía mejor puerto; allí permanecería hasta 1852.
El renacer llegó en el siglo XIX con dos cultivos americanos. Primero el café y, sobre todo, el cacao —la planta que había llegado a las islas y desde aquí se difundiría por el golfo de Guinea— transformaron el paisaje. Se levantaron las roças, enormes plantaciones-pueblo autosuficientes con su hospital, su capilla, sus almacenes y hasta ferrocarriles propios. A comienzos del siglo XX, São Tomé y Príncipe llegó a ser uno de los mayores productores de cacao del mundo.
Portugal había abolido oficialmente la esclavitud, pero en las roças se mantuvo con otro nombre. La mano de obra eran los serviçais, "trabajadores contratados" traídos sobre todo de Angola: en teoría, obreros con contrato; en la práctica, esclavos. Un decreto de 1903 obligaba a ofrecerles la repatriación tras cinco años de contrato, pero casi ninguno volvió jamás a Angola; los reclutadores seguían las viejas rutas esclavistas hacia el interior del continente y los contratos se renovaban sin consultar a nadie.
Las cifras eran atroces. Hacia comienzos del siglo XX trabajaban en las islas decenas de miles de serviçais —entre unos 20.000 y 40.000 en São Tomé, más otros miles en Príncipe—, con tasas de mortalidad que algunos estimaron cercanas al 10-20% anual. El periodista británico Henry Nevinson recorrió la ruta y publicó en 1906 su demoledor "A Modern Slavery" (Una esclavitud moderna).
El escándalo estalló en el corazón de la industria del chocolate. La firma cuáquera Cadbury, que compraba buena parte de su cacao en São Tomé, encargó a William Cadbury investigar las condiciones de las plantaciones. Ante la evidencia, y presionadas por campañas abolicionistas, sufragistas y una guerra de tribunales, las grandes chocolateras británicas —Cadbury, Fry y Rowntree— boicotearon en 1909 el cacao santotomense. El "cacao de esclavos" se volvió sinónimo de la hipocresía colonial de una Europa que se decía civilizada.
El eje de la sociedad colonial era la tensión entre las roças y los forros, los criollos descendientes de esclavos liberados que se consideraban libres y se negaban a trabajar la tierra de las plantaciones, porque para ellos eso era volver a la esclavitud. Esa negativa mantenía a las roças siempre cortas de brazos.
En 1953 corrió el rumor de que el gobierno colonial obligaría a los forros a trabajar como contratados en las plantaciones y les quitaría tierras para entregárselas a colonos llegados de Cabo Verde. La indignación derivó en protestas. El gobernador Carlos Gorgulho acusó a los forros de estar manipulados por comunistas y, el 3 de febrero de 1953, desató una feroz represión: la policía colonial, secundada por colonos blancos y trabajadores contratados, se lanzó contra los criollos.
La violencia dejó centenares de muertos —las cifras exactas se siguen discutiendo— en detenciones, torturas y ejecuciones. Una investigación posterior concluyó que la supuesta conspiración comunista nunca había existido, pero, lejos de castigarlo, la administración protegió a Gorgulho: lo llamó a Lisboa y hasta lo ascendió. Para los santotomenses, Batepá se convirtió en la herida fundacional del nacionalismo, la prueba de que bajo el mito salazarista de la "armonía multirracial" latía el racismo colonial. El 3 de febrero es hoy feriado nacional, el Día de los Mártires de la Libertad.
El eco de Batepá y la ola descolonizadora africana alimentaron el nacionalismo santotomense. En 1960 se fundó en el exilio el Comité de Libertação de São Tomé e Príncipe, que en 1972 se transformó en el Movimento de Libertação de São Tomé e Príncipe (MLSTP), liderado por Manuel Pinto da Costa. A diferencia de otras colonias portuguesas, no hubo aquí una guerra de guerrillas prolongada: la lucha fue sobre todo política y diplomática.
La llave la abrió la propia metrópoli. La Revolución de los Claveles de abril de 1974 derrocó a la dictadura portuguesa y abrió el camino a la descolonización de todo el imperio. Portugal reconoció al MLSTP como representante del pueblo y negoció el traspaso del poder.
El 12 de julio de 1975, São Tomé y Príncipe proclamó su independencia. Manuel Pinto da Costa se convirtió en el primer presidente y Miguel Trovoada en primer ministro. Nacía así la República Democrática de São Tomé e Príncipe, uno de los Estados más pequeños de África, con la enorme tarea de sostener una economía que dependía casi por completo de un cacao en decadencia y de unas roças que los colonos abandonaban a toda prisa.
La joven república adoptó al principio un régimen de partido único en torno al MLSTP, con una economía planificada de inspiración socialista y fuertes lazos con el bloque del Este y con Angola —en gratitud, la mayor roça del país, la antigua Rio do Ouro, fue rebautizada Roça Agostinho Neto en honor al presidente angoleño—. Pero la nacionalización de las plantaciones no frenó la caída del cacao, y la crisis económica erosionó al gobierno.
A fines de los años ochenta, São Tomé fue uno de los primeros países africanos en girar hacia la apertura. Una nueva Constitución, aprobada por referéndum en agosto de 1990 con cerca del 95% de los votos, instauró el multipartidismo y limitó el mandato presidencial. En las primeras elecciones libres, en 1991, Miguel Trovoada llegó a la presidencia. Desde entonces el país es una de las democracias más estables y pacíficas de África, aunque con una política agitada por mociones de censura y hasta breves intentos de golpe.
Durante años, la gran esperanza fue el petróleo del golfo de Guinea. A comienzos de los 2000 se firmaron acuerdos y una zona de desarrollo conjunto con Nigeria, y se soñó con convertir a las islas en un pequeño emirato africano; pero las perforaciones no dieron los resultados prometidos y el maná petrolero nunca llegó de verdad. Hoy São Tomé y Príncipe vive del cacao de calidad, la pesca y, cada vez más, de un ecoturismo que descubre sus roças, su selva ecuatorial y sus playas casi vírgenes. Un país minúsculo y tranquilo que carga una historia inmensa: la del lugar donde se inventó la plantación esclavista atlántica.
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Frente a la punta sur de São Tomé, separado por el estrecho Canal das Rolas, se encuentra el Ilhéu das Rolas, un islote con una particularidad geográfica notable: la línea del ecuador lo cruza, de modo que se puede poner un pie en cada hemisferio terrestre.
Ese hecho está marcado por un monumento erigido en 1936. Fue el célebre cartógrafo y navegante portugués Gago Coutinho quien demostró que la latitud cero pasaba exactamente por el Ilhéu das Rolas, y no —como se creía antes— por el canal que lo separa de la isla mayor. El hito, con su esfera y su rosa de los vientos, se convirtió en uno de los atractivos más buscados del país.
Hoy el islote combina ese valor simbólico con playas tranquilas, buenos fondos para el snorkel y un resort que aprovecha su aislamiento. Subir hasta el monumento del ecuador, entre la selva del islote, es una de esas experiencias geográficas que quedan grabadas: estar, literalmente, sobre la mitad exacta del mundo.
La costa del extremo sur de São Tomé está sembrada de playas espectaculares, y una de las más celebradas es Praia Piscina. Su nombre lo dice todo: entre las rocas, el mar forma piscinas naturales de agua cristalina y calma, protegidas del oleaje, ideales para bañarse y descansar sobre la arena dorada.
Es una de las playas más fotogénicas del país, con su combinación de arena clara, roca volcánica, palmeras y aguas transparentes. La zona forma parte del distrito de Caué, el más selvático y despoblado de la isla, donde la naturaleza domina y los pueblos de pescadores mantienen un ritmo de vida sereno.
Este litoral sur, todavía poco desarrollado, es el reverso del norte seco: aquí la selva llega casi hasta la orilla y las playas se suceden entre acantilados y desembocaduras de ríos. Praia Piscina y sus vecinas son el broche natural de un recorrido por el sur, donde São Tomé muestra su cara más paradisíaca y menos transitada.
Todo este extremo meridional pertenece al distrito de Caué, el más grande en superficie y el menos poblado de São Tomé. Es una tierra de selva cerrada, ríos, cascadas y una costa recortada donde la civilización se adelgaza hasta casi desaparecer: el rincón más salvaje y remoto del país.
Su carácter procede del origen volcánico del archipiélago. São Tomé y Príncipe son las cumbres emergidas de una cadena de volcanes alineada sobre la llamada línea del Camerún, una fractura de la corteza que atraviesa el golfo de Guinea. De ese fuego antiguo nacieron los suelos fértiles, las agujas de lava como el Pico Cão Grande y las playas de arena oscura del sur.
Caué es también un territorio ligado a la historia de los Angolares y a la conservación: aquí anidan tortugas marinas, la selva del Obô baja hasta cerca del mar y el turismo llega con cuentagotas. Para el viajero, alcanzar la punta sur —y el cercano Ilhéu das Rolas, sobre el ecuador— es llegar, de algún modo, al fin del mundo santotomense: latitud cero, selva y océano en su estado más puro.
El extremo noroeste de São Tomé es, paradójicamente, la zona más seca de una isla ecuatorial famosa por su humedad. Protegido de las lluvias, este rincón tiene un paisaje inesperado de sabana, palmeras y sobre todo baobabs, esos árboles africanos de tronco descomunal que aquí crecen a metros del mar.
Entre ese decorado se abre la Lagoa Azul, una bahía de aguas transparentes y calmas de un turquesa intenso, una de las postales más bellas del país y uno de sus mejores puntos para nadar, hacer snorkel y bucear. La claridad del agua y la ausencia de grandes olas la convirtieron en un imán para el naciente ecoturismo santotomense.
Este litoral norte, junto al cercano y ruinoso faro y a los pueblos de pescadores, muestra una São Tomé distinta de la selva del sur: más luminosa, más árida, más abierta al mar. Es también una de las zonas de más fácil acceso desde la capital, lo que la volvió una de las primeras en abrirse al turismo de playa.
En el norte de la isla se alza la roça más grande del país: la antigua Rio do Ouro ("río de oro"), una plantación colonial de más de tres mil hectáreas que fue el buque insignia de la economía del cacao. Con su hospital, su capilla, sus almacenes, sus talleres y su red de vías férreas, era casi una ciudad autosuficiente dedicada por entero a un solo cultivo.
Tras la independencia, en un gesto de gratitud hacia Angola por su apoyo político y militar, la roça fue rebautizada en 1979 con el nombre de Agostinho Neto, el primer presidente angoleño. La plantación siguió produciendo cacao, banana, café y copra, y su imagen llegó a estampar los antiguos billetes de 5.000 dobras.
Hoy Roça Agostinho Neto es un impresionante conjunto semiabandonado, con edificios monumentales que la selva reconquista poco a poco y con familias que aún habitan sus viejos barracones. Caminar por su enorme hospital vacío o por sus galerías cubiertas de vegetación es una de las experiencias más fuertes del país: la grandeza y la miseria del sistema de las roças concentradas en un solo lugar.
El norte de São Tomé fue uno de los grandes escenarios del ciclo del cacao que, entre fines del siglo XIX y comienzos del XX, convirtió al archipiélago en uno de los mayores productores del mundo. La planta del cacao, llegada de América y difundida desde estas islas hacia el resto del golfo de Guinea, encontró aquí un suelo volcánico y un clima ideales, y sobre él se levantó la fortuna de las roças.
Esa prosperidad tuvo un costo humano brutal. Las plantaciones del norte, como las del resto del país, funcionaban con serviçais, los "trabajadores contratados" traídos de Angola que en la práctica eran esclavos, atados a contratos que se renovaban sin fin y con tasas de mortalidad altísimas. El escándalo internacional del "cacao de esclavos" y el boicot de las chocolateras británicas en 1909 golpearon de lleno a esta economía.
Con la independencia y la caída de los precios, muchas de estas grandes roças fueron nacionalizadas y luego abandonadas, y el cacao dejó de ser el motor de otros tiempos. Hoy el país reorienta su producción hacia un cacao fino y orgánico de alta calidad, mientras las viejas plantaciones del norte, entre la ruina y la selva, se abren al ecoturismo como testigos de aquel ciclo que lo definió todo.
El sureste de la isla es el corazón de la cultura angolar, uno de los grupos criollos más singulares del país. Según la tradición, los Angolares descienden de esclavos africanos que sobrevivieron hacia 1540 al naufragio de un barco negrero en los arrecifes de Sete Pedras y llegaron a nado a la costa sur; los estudiosos añaden que probablemente se sumaron esclavos fugados de las plantaciones. De esa mezcla nació una comunidad de pescadores con lengua propia, el angolar, que se refugió en el sur selvático.
De ese pueblo salió el primer gran héroe santotomense. En 1595, Rei Amador, esclavo rebelde, encabezó al frente de los Angolares y de esclavos de las roças la más importante sublevación de la historia insular: marchó sobre el interior, incendió plantaciones y llegó a dominar buena parte de la isla antes de ser capturado y ejecutado por los portugueses. Hoy es símbolo nacional de la resistencia y su figura aparece incluso en la moneda del país.
El pueblo de São João dos Angolares es el centro de esa cultura. Allí, una vieja roça reconvertida en hotel-restaurante se hizo famosa por su cocina criolla de autor, y la zona conserva las tradiciones pesqueras y la lengua de una comunidad que hizo de la selva del sur su territorio de libertad.
El sur de São Tomé está cubierto por una densa selva ecuatorial protegida en el Parque Natural Obô, que junto con su equivalente en Príncipe ampara los bosques más valiosos del país. La palabra obô significa, precisamente, "selva" o "bosque" en el criollo local, y da nombre a una de las joyas naturales del golfo de Guinea.
El aislamiento oceánico de las islas hizo de ellas un laboratorio de la evolución, comparado a veces con Galápagos por su altísima proporción de especies endémicas. En el Obô viven aves que no existen en ningún otro lugar del planeta, junto a orquídeas, helechos gigantes, begonias y una exuberante flora tropical, en un paisaje de cascadas, ríos y piletas naturales.
Recorrer el Obô —siempre a pie y con guía local— es adentrarse en una de las selvas más húmedas y biodiversas de África. La conservación de este bosque, amenazado históricamente por la expansión de las roças y hoy por la presión humana, es una de las grandes apuestas ambientales del país y uno de los pilares de su ecoturismo.
Sobre la selva del sur se clava, vertical, uno de los monumentos naturales más espectaculares de África: el Pico Cão Grande ("pico del perro grande"), una aguja volcánica que se eleva unos 663 metros casi a plomo sobre el manto verde de la selva.
Es un neck volcánico: el tapón de lava solidificada dentro de la chimenea de un antiguo volcán, que quedó al descubierto cuando la erosión se llevó las capas más blandas que lo rodeaban. El resultado es una torre de roca desnuda, a menudo envuelta en niebla, que se ha convertido en el ícono visual del país y en un desafío legendario para escaladores de todo el mundo.
El Pico Cão Grande resume la naturaleza volcánica de São Tomé y Príncipe, un archipiélago nacido del fuego en la línea de fractura del golfo de Guinea. Su silueta, imposible y elegante, aparece en fotos, sellos y postales, y es una parada obligada para quien recorre la carretera del sur entre plantaciones y selva.
En el extremo sur de la isla, donde la selva se encuentra con el mar, se abre Praia Jalé, una playa virgen de arena oscura rodeada de vegetación. Lejos de los circuitos masivos, es uno de los rincones más salvajes y tranquilos de São Tomé.
Su mayor tesoro son las tortugas marinas. Praia Jalé es un importante sitio de anidación, y en temporada de desove se organizan recorridos nocturnos de conservación en los que, de la mano de guías y proyectos comunitarios, se puede ver a las hembras subir a la playa a poner sus huevos y, más tarde, a las crías emprender su carrera hacia el océano.
La protección de las tortugas es un ejemplo del giro del país hacia un turismo de bajo impacto, que busca dar valor económico a la naturaleza para conservarla. En Jalé, la pesca tradicional, la conservación y el ecoturismo conviven en una de las playas más remotas y memorables del sur santotomense.
La ciudad de São Tomé es la capital y el mayor núcleo del país, fundada en las últimas décadas del siglo XV al calor del auge azucarero. Nació como puerto y almacén del comercio portugués en el golfo de Guinea, y durante siglos fue el centro administrativo de la colonia, salvo el paréntesis en que la capital se mudó a Santo António de Príncipe (1753-1852).
Es una capital minúscula y de ritmo lento, de calles tranquilas y casas coloniales portuguesas de colores desvaídos. Su catedral, remodelada varias veces desde el siglo XVI, el palacio presidencial rosado, el bullicioso mercado municipal y la avenida costera resumen el encanto adormecido de una ciudad ecuatorial donde no pasa casi nada y en la que conviven la herencia lusa y la cultura criolla forra.
Desde São Tomé se organiza la vida del país y se accede al este de la isla, la región de las grandes plantaciones. La ciudad es, además, el escenario donde se escribió buena parte de la historia nacional: de aquí partieron las decisiones coloniales, aquí desembocaron los ecos de la masacre de Batepá y aquí se izó, el 12 de julio de 1975, la bandera de la nueva república independiente.
El monumento más emblemático de la capital es el fuerte de São Sebastião, una fortaleza de piedra levantada por los portugueses en 1575 para defender el puerto azucarero de los ataques de piratas y corsarios franceses y neerlandeses. Su planta angular y sus muros bajos vigilan todavía la bahía de Ana Chaves.
Esas defensas no siempre alcanzaron: los neerlandeses llegaron a ocupar São Tomé entre 1641 y 1648, y la inseguridad permanente fue una de las razones por las que la capital se trasladó temporalmente a Príncipe en 1753. El fuerte sobrevivió a todo y se convirtió en símbolo de la ciudad.
Hoy el fuerte de São Sebastião alberga el Museo Nacional, el principal del país. Entre sus muros se guardan arte religioso colonial, mobiliario, mapas y objetos de la época de las plantaciones, un recorrido por cinco siglos de historia insular. Visitarlo es la mejor manera de entender, en un solo lugar, cómo el azúcar, el cacao y la esclavitud moldearon a São Tomé y Príncipe.
Al este y al sur de la capital se extiende la región donde el cacao escribió su capítulo más intenso. Allí se levantan algunas de las roças más imponentes del país, esas plantaciones-pueblo autosuficientes que a fines del siglo XIX y comienzos del XX convirtieron a São Tomé en uno de los mayores productores de cacao del mundo.
La Roça Água Izé es una de las más célebres: una verdadera aldea con su hospital, sus dependencias señoriales, sus barracones para los serviçais y sus vías de tren, hoy en parte en ruinas y en parte habitada. Recorrerla es asomarse al sistema de las roças, donde miles de trabajadores contratados —esclavos con otro nombre— vivían y morían al servicio del cacao que endulzaba a Europa.
Estas plantaciones son el escenario físico del escándalo del "cacao de esclavos" que a comienzos del siglo XX llevó a las chocolateras británicas a boicotear el cacao de las islas. Visitarlas hoy, con la selva reconquistando sus patios y sus galerías, es la forma más elocuente de entender la historia y el chocolate de Santo Tomé.
Príncipe es la menor y más aislada de las dos islas principales, y su única población es Santo António, una de las ciudades más pequeñas del mundo: un puñado soñoliento de casas coloniales junto a un puerto natural excelente. Cuesta imaginar que este lugar diminuto fue durante un siglo la capital de toda la colonia.
Así fue: debido a la inseguridad y a los frecuentes disturbios en São Tomé, en 1753 la capital de la colonia se trasladó a Santo António de Príncipe, cuyo puerto ofrecía mejor abrigo. La ciudad conservó ese rango hasta 1852, cuando la capitalidad volvió a São Tomé. Después, Príncipe fue quedando en un segundo plano, con su economía de cacao y su población menguante.
Hoy Santo António es una base tranquila y encantadora para explorar la isla más virgen del archipiélago. Sus calles adormecidas, su iglesia y sus casas de porches conservan el aire de una capital detenida en el tiempo, testigo de las idas y vueltas de la historia colonial santotomense.
En el norte de Príncipe se encuentra Roça Sundy, una antigua plantación de cacao y café que es escenario de uno de los episodios científicos más importantes del siglo XX. El 29 de mayo de 1919, el astrónomo británico Arthur Eddington instaló allí su expedición para observar un eclipse total de Sol.
Eddington quería medir si la luz de las estrellas cercanas al disco solar se desviaba por la gravedad del Sol, tal como predecía la teoría general de la relatividad de Albert Einstein, publicada pocos años antes. Entre los cacaotales de Sundy, aprovechando los pocos minutos del eclipse, tomó las placas fotográficas que, comparadas con la posición normal de esas estrellas, mostraron la desviación prevista por Einstein. Fue la primera confirmación observacional de la relatividad general, y catapultó a Einstein a la fama mundial.
Que semejante hito de la física moderna ocurriera en una plantación esclavista del golfo de Guinea, construida con el trabajo de miles de serviçais, es una de las grandes paradojas de la historia. Hoy Roça Sundy es un hotel con encanto y ofrece tours de cacao, y una placa recuerda el eclipse de 1919 que cambió nuestra comprensión del universo.
Tras siglos de postergación, Príncipe reclamó y obtuvo una mayor autonomía: el 29 de abril de 1995 se convirtió en Región Autónoma de Príncipe, con gobierno y presupuesto propios, lo que le permitió encarar la reconstrucción de su aeropuerto, sus caminos y su economía. Es una de las escasas regiones autónomas de África.
La isla apostó fuerte por la conservación. En 2012, la UNESCO incluyó a toda Príncipe en la Red Mundial de Reservas de la Biosfera, reconociendo el valor excepcional de su selva y su vida marina. Esa designación orientó el desarrollo hacia un ecoturismo sostenible y la restauración del patrimonio colonial, en lugar de la construcción masiva.
Ese modelo se ve en sus destinos. Bom Bom, un islote unido a la isla por una pasarela de madera, concentra el turismo de lujo entre dos playas paradisíacas; Praia Banana, una media luna perfecta de arena y palmeras, es considerada la mejor playa del país y se hizo famosa por un aviso de Bacardí en los años 90; y el Pico de Príncipe (948 m), la cumbre selvática envuelta en niebla, corona una isla que hoy se presenta como uno de los últimos paraísos vírgenes del planeta.