Moscú es una de esas capitales que abruman por su escala: todo aquí es grande, monumental y cargado de historia. En el centro se levanta el Kremlin, una ciudadela amurallada de torres rojas que ha sido sede del poder ruso desde los zares hasta hoy, y a sus pies se abre la Plaza Roja, coronada por la fantasía de cúpulas de colores de la catedral de San Basilio, la imagen que el mundo entero asocia con Rusia. Alrededor, avenidas anchísimas, rascacielos estalinistas con forma de pastel de bodas, iglesias ortodoxas doradas y un metro tan hermoso que se visita como un museo.
Pero Moscú no es solo poder y piedra. Es también la ciudad de la Galería Tretiakov y sus iconos, del Bolshói y su ballet, de los cafés y bares del bulevar, de los parques enormes donde los moscovitas patinan en invierno y toman sol en verano. Es una metrópolis del siglo XXI que convive con mil años de historia, capital de un país inmenso que se extiende por once husos horarios y desde cuya estación de Yaroslavl arranca el mítico Transiberiano rumbo al Pacífico.
Conviene decirlo con claridad y sin dramatismo: por la guerra en Ucrania y las sanciones internacionales, viajar a Rusia hoy tiene particularidades. No hay vuelos directos desde Occidente, las tarjetas bancarias extranjeras no funcionan y varios gobiernos desaconsejan el viaje. Muchos viajeros de países como Argentina siguen yendo sin problemas, pero informate del estado actual, contratá un seguro y revisá las recomendaciones oficiales antes de decidir. Esta guía es informativa y cultural, para entender y disfrutar la ciudad, no una invitación a ignorar esos riesgos.
Fundada oficialmente en 1147 por el príncipe Yuri Dolgoruki, Moscú era al principio un puesto menor frente a ciudades más antiguas como Nóvgorod o Vladímir. Su ascenso empezó en el siglo XIV, cuando los príncipes de Moscú se convirtieron en recaudadores de los tributos para los mongoles de la Horda de Oro y fueron acumulando poder, hasta que Iván III el Grande sacudió el yugo tártaro en 1480 y unificó las tierras rusas alrededor del Kremlin. Iván el Terrible se coronó primer zar en 1547 y mandó construir San Basilio. Aunque Pedro el Grande trasladó la capital a San Petersburgo en 1712, Moscú siguió siendo el corazón simbólico de Rusia: Napoleón la tomó y la vio arder en 1812, y los bolcheviques la volvieron a hacer capital en 1918. Sobrevivió al asedio nazi de 1941 y fue el centro del poder soviético durante toda la Guerra Fría. La historia completa está en nuestra página de historia.
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Origen, formación y qué dicen las fuentes.
La primera vez que Moscú aparece en las crónicas es en el año 1147, cuando el príncipe Yuri Dolgoruki ('el de los largos brazos') invitó a un aliado a un banquete en un puesto de frontera sobre una colina boscosa junto al río Moscova. De aquella cita casual nació la fecha oficial de fundación de la ciudad. Por entonces Moscú no era nada: un fortín de madera en los confines de la Rus de Kiev, muy por detrás de ciudades ricas y antiguas como Nóvgorod, Vladímir o Kiev.
Todo cambió con la catástrofe de 1237-1240, cuando las hordas mongolas de Batú Kan arrasaron las tierras rusas y sometieron a los principados a la llamada Horda de Oro. Rusia quedó bajo el 'yugo tártaro-mongol' durante casi dos siglos y medio, obligada a pagar tributo. Y ahí, paradójicamente, empezó el ascenso de Moscú. Sus príncipes, hábiles y pacientes, se ganaron el favor de los kanes mongoles y se convirtieron en los recaudadores del tributo de las demás ciudades rusas, quedándose con una parte. Con ese dinero y esa influencia fueron comprando tierras y poder. Iván I, apodado Kalitá ('el bolsillo'), consolidó esa política en el siglo XIV, y logró además que el metropolitano —la cabeza de la Iglesia ortodoxa rusa— trasladara su sede a Moscú, dándole un prestigio religioso decisivo.
En 1380, el príncipe Dmitri Donskói derrotó por primera vez a los mongoles en la batalla de Kulikovo, un triunfo más simbólico que definitivo pero que convirtió a Moscú en la esperanza de la liberación. La ciudad crecía alrededor de su kremlin de madera, varias veces incendiado y reconstruido, sobre la colina Borovitski.
El gran salto llegó con Iván III, llamado Iván el Grande (1462-1505). En 1480 se negó definitivamente a seguir pagando tributo a la Horda de Oro y, tras el llamado 'gran enfrentamiento del río Ugra', selló el fin del dominio mongol. Iván III unificó bajo Moscú las tierras rusas dispersas —incluida la orgullosa república de Nóvgorod, que sometió— y se casó con Sofía Paleóloga, sobrina del último emperador bizantino. De ahí nació una idea poderosa: caída Constantinopla en 1453, Moscú se veía como la 'Tercera Roma', heredera del cristianismo ortodoxo, y adoptó el águila bicéfala bizantina como emblema.
Iván III mandó reconstruir el Kremlin en ladrillo y piedra: trajo arquitectos italianos que levantaron los muros y torres rojas que aún hoy vemos, y las grandes catedrales de la Plaza de las Catedrales, mezclando el estilo ruso con el renacentista. El Kremlin dejó de ser un fortín para convertirse en la sede monumental de un Estado en ascenso.
Su nieto, Iván IV el Terrible, fue coronado en 1547 como el primer 'zar' (del latín 'césar') de toda Rusia. Conquistó los kanatos tártaros de Kazán (1552) y Astracán, abriendo la ruta del Volga, y para celebrar la toma de Kazán mandó erigir en la Plaza Roja la catedral de San Basilio, con sus cúpulas de colores. Pero su reinado también fue de terror: creó la oprichnina, una guardia personal que sembró el miedo, y en un ataque de furia mató a su propio hijo heredero. A su muerte, sin sucesor firme, Rusia se hundió en el caos del 'Período Tumultuoso' (Smútnoye Vremia): hambrunas, impostores y la ocupación de Moscú por tropas polacas. En 1612, una milicia popular dirigida por el carnicero Kuzmá Minin y el príncipe Pozharski liberó la ciudad, y en 1613 la asamblea eligió zar a Miguel Románov, fundador de la dinastía que reinaría hasta 1917.
En 1712, Pedro el Grande, decidido a modernizar Rusia y a abrirla al mar, trasladó la capital a su flamante ciudad de San Petersburgo, en el Báltico. Moscú perdió el rango de capital, pero no su alma: siguió siendo el corazón espiritual y tradicional del país, la ciudad de la coronación de los zares (que se seguían coronando en la catedral de la Dormición del Kremlin) y de la Rusia antigua frente a la Rusia europeizada del norte.
El episodio más dramático de su historia moderna llegó en 1812, durante la invasión napoleónica. Tras la sangrienta batalla de Borodinó, el ejército ruso decidió abandonar Moscú sin defenderla. Napoleón entró en la ciudad el 14 de septiembre esperando la rendición del zar, pero encontró una ciudad casi vacía. Esa misma noche estallaron incendios que en pocos días devoraron dos terceras partes de Moscú, entonces mayormente de madera. Sin víveres, sin refugio y con el invierno encima, Napoleón tuvo que emprender la desastrosa retirada que destruiría a la Grande Armée. El incendio de Moscú se convirtió en un símbolo del sacrificio y la resistencia rusa, inmortalizado por Tolstói en 'Guerra y paz'. La ciudad se reconstruyó en las décadas siguientes, ahora en piedra, con nuevos bulevares, y en su honor se levantó la monumental catedral de Cristo Salvador.
El siglo XX trajo la revolución. En 1917, la caída del zar Nicolás II y luego la toma del poder por los bolcheviques de Lenin cambiaron el país para siempre. En marzo de 1918, temiendo un ataque alemán sobre San Petersburgo (rebautizada Petrogrado), el gobierno soviético devolvió la capitalidad a Moscú, y Lenin se instaló en el Kremlin, que volvió a ser el centro del poder tras dos siglos.
Con Stalin, Moscú se transformó a golpe de planes quinquenales. Se demolieron iglesias y barrios enteros para abrir avenidas colosales; en 1931 se dinamitó la catedral de Cristo Salvador para levantar en su lugar un gigantesco Palacio de los Sóviets que nunca se terminó (en su solar se construyó luego una piscina al aire libre, y en los años noventa se reconstruyó la catedral). En 1935 se inauguró el metro, concebido como 'palacio para el pueblo', con estaciones de mármol y mosaicos. Tras la Segunda Guerra Mundial se erigieron los 'Siete Rascacielos de Stalin', esas moles neogóticas que dominan el horizonte, entre ellas la Universidad Estatal.
El momento más dramático fue el otoño de 1941, cuando la Alemania nazi lanzó la Operación Tifón para tomar Moscú. Los alemanes llegaron a pocas decenas de kilómetros del centro; se podían ver desde las afueras. La ciudad se preparó para la lucha calle a calle, pero una feroz defensa, la llegada de refuerzos siberianos y el crudísimo invierno frenaron la ofensiva. La batalla de Moscú fue la primera gran derrota de Hitler en tierra y un punto de inflexión de la guerra. La capital soviética resistió, y en 1945 fue el escenario del gran Desfile de la Victoria en la Plaza Roja.
Durante la Guerra Fría, Moscú fue la capital de una superpotencia: sede del Kremlin soviético, punto de partida de la carrera espacial (el monumento a los cosmonautas y el VDNJ son de esa época), escenario de los Juegos Olímpicos de 1980 —boicoteados por Occidente— y centro de un imperio que se extendía por medio mundo. En 1991, la disolución de la Unión Soviética se decidió aquí: los moscovitas vivieron el intento de golpe de agosto de ese año, con los tanques en las calles y Borís Yeltsin subido a uno de ellos frente a la Casa Blanca (el edificio del parlamento ruso), y en 1993 una nueva crisis constitucional que terminó con el mismo edificio bombardeado.
Los años noventa fueron duros: crisis económica, mafias y desigualdad. Pero desde comienzos del siglo XXI Moscú se transformó en una metrópolis reluciente y cara, con rascacielos de vidrio en el distrito de Moscú-City, parques renovados como el Gorki, un metro que no para de crecer y una vida cultural intensa. Hoy es una de las ciudades más grandes de Europa, con más de doce millones de habitantes, capital de un país que se extiende por once husos horarios.
Moscú es también el centro del poder que, desde 2022, lleva adelante la guerra en Ucrania, lo que ha traído sanciones internacionales, el fin de los vuelos directos con Occidente y el aislamiento de buena parte del mundo. Para el viajero, la ciudad sigue siendo un destino monumental y fascinante, pero conviene mirarla con esa doble conciencia: la de mil años de una historia extraordinaria y la de un presente cargado de tensiones. Entender su pasado —el yugo mongol, los zares, el incendio de 1812, la revolución, la guerra— es la mejor manera de leer lo que hoy se ve al pie de las torres rojas del Kremlin.