Madeira es una montaña verde clavada en medio del Atlántico. A casi mil kilómetros de Lisboa y más cerca de África que de Europa, esta isla portuguesa de origen volcánico se levanta abrupta desde el mar, con acantilados de vértigo, picos envueltos en niebla, cascadas y un bosque de laurisilva tan antiguo y valioso que la Unesco lo declaró Patrimonio de la Humanidad. La llaman 'la isla de la eterna primavera' por su clima suave todo el año, y es uno de los destinos de naturaleza y senderismo más queridos de Europa.
Su capital, Funchal, es una ciudad amable y florida que trepa por el anfiteatro de montañas frente al puerto. Desde ahí sale el teleférico que sube al Monte, y desde el Monte bajan los famosos carros de cesto: trineos de mimbre empujados y frenados por dos 'carreiros' con botas de goma, una tradición del siglo XIX que se convirtió en una de las experiencias más divertidas del mundo. Pero el alma de Madeira está en sus levadas, los canales de riego centenarios cuyos senderos permiten caminar entre bosques, túneles y precipicios, y en la travesía entre sus picos más altos, con vistas que parecen de otro planeta.
Ojo con una expectativa: Madeira no es un destino de playa clásico. Casi no hay arena —la costa es de roca volcánica— y quien busca playón dorado debe cruzar a la vecina Porto Santo. Lo que sobra aquí es otra cosa: piscinas naturales de lava en Porto Moniz, el mirador de cristal de Cabo Girão sobre uno de los acantilados más altos de Europa, pueblitos de pescadores como Câmara de Lobos, el vino de Madeira que sedujo a reyes y a los Padres Fundadores de Estados Unidos, y una calma atlántica difícil de olvidar. Esta guía te lleva por lo esencial, con precios reales y consejos prácticos.
Madeira estaba deshabitada cuando los navegantes portugueses João Gonçalves Zarco y Tristão Vaz Teixeira, al servicio del infante Enrique el Navegante, la 'descubrieron' oficialmente en 1419 (tras avistar Porto Santo en 1418). El poblamiento comenzó hacia 1425 y pronto se quemó buena parte del bosque para plantar; la laurisilva que sobrevivió es hoy Patrimonio Mundial. La isla se volvió en el siglo XV el principal productor de azúcar de Europa, una economía de plantación levantada en gran parte sobre mano de obra esclava. Cuando el azúcar americano la desplazó, llegó el vino de Madeira, que hizo famosa a la isla entre los ingleses y el mundo entero. Cristóbal Colón vivió una temporada en Porto Santo, casado con la hija del capitán de la isla. En el siglo XIX, su clima suave la convirtió en sanatorio y destino de la aristocracia europea, con hoteles legendarios como el Reid's Palace. Madeira obtuvo su autonomía política el 1 de julio de 1976, tras la Revolución de los Claveles, y hoy es célebre en todo el mundo por ser la cuna de Cristiano Ronaldo. La historia completa está en nuestra página de historia.
Leer la historia completa ↓El Portugal oceánico: Madeira, la isla-jardín del azúcar, la esclavitud de los ingenios y el vino célebre; y las Azores, nueve islas volcánicas en medio del Atlántico, escala de la Carrera de Indias, tierra de balleneros y de una vasta emigración a América.
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Origen, formación y qué dicen las fuentes.
Cuando las carabelas portuguesas la avistaron, Madeira no tenía un solo habitante. Era una montaña abrupta cubierta hasta la costa por un bosque tan denso que, según las crónicas, apenas se veía la tierra bajo los árboles. De ahí su nombre: 'madeira', madera en portugués.
El 'descubrimiento' oficial ocurrió en el marco de las expediciones que el infante Enrique el Navegante impulsaba por la costa africana. En 1418, dos capitanes al servicio de la corona, João Gonçalves Zarco y Tristão Vaz Teixeira, fueron empujados por una tormenta hasta una pequeña isla a la que llamaron Porto Santo, 'puerto santo', por haberse salvado allí del temporal. Al año siguiente, en 1419, regresaron mejor preparados y alcanzaron la isla mayor que se adivinaba en el horizonte cubierta por una nube: Madeira. Se sumó un tercer capitán, Bartolomeu Perestrelo, que recibió Porto Santo.
El poblamiento comenzó hacia 1425 con colonos del continente —nobles, campesinos, presos y también esclavos africanos y guanches traídos como mano de obra—, repartidos en capitanías. Funchal, en la costa sur, protegida y soleada, creció rápido gracias a su puerto y su abundancia de hinojo ('funcho', de donde viene su nombre). En pocas décadas, una isla vacía se convirtió en una de las primeras colonias atlánticas de Europa y en un laboratorio de todo lo que vendría después con la expansión ultramarina portuguesa.
Para cultivar aquella isla cubierta de selva, los colonos hicieron lo más rápido: le prendieron fuego. Las crónicas —quizá exageradas, pero elocuentes— hablan de un incendio que ardió durante años y consumió buena parte del bosque original, obligando incluso a la gente a refugiarse en el mar y en las cuevas mientras las llamas avanzaban. Fuese cual fuese la escala real, el resultado histórico es claro: gran parte del bosque primario desapareció para dar lugar a campos de cultivo y, sobre todo, a la caña de azúcar.
Lo que quedó de aquel bosque es hoy uno de los mayores tesoros de la isla. La laurisilva —un bosque subtropical de laureles, tiles y viñáticos, húmedo y lleno de musgo— es un ecosistema relicto: en tiempos remotos cubría buena parte del sur de Europa, pero desapareció del continente tras las glaciaciones. En Madeira sobrevivió gracias a su clima suave y su aislamiento. Rincones como el bosque de Fanal conservan árboles de 500 a 700 años, con troncos retorcidos que emergen de la niebla.
Por su valor ecológico único, la Unesco declaró en 1999 la Laurisilva de Madeira Patrimonio Mundial de la Humanidad. Cubre hoy alrededor de 15.000 hectáreas, sobre todo en el norte y las cumbres, y es el corazón verde de la isla y el escenario de sus famosas levadas. La historia de Madeira empieza, entonces, con una paradoja: la destrucción de su bosque hizo la fortuna de la isla, y lo que se salvó de aquel fuego es hoy su mayor orgullo.
Sobre las cenizas del bosque creció la caña de azúcar, y con ella la primera gran riqueza de Madeira. A mediados del siglo XV, la isla se había convertido en el principal productor de azúcar de Europa. El 'oro blanco' era entonces un lujo carísimo, y Funchal se llenó de comerciantes genoveses, flamencos y portugueses. Con las ganancias se levantaron iglesias, palacios y la propia catedral de Funchal. El azúcar madeirense endulzó las mesas de las cortes europeas y financió buena parte de la expansión atlántica.
Esa prosperidad tuvo un fundamento sombrío que es honesto nombrar sin eufemismos: la economía de plantación se sostuvo en gran medida sobre trabajo esclavo. Desde alrededor de 1452 se importaron esclavos —bereberes, guanches capturados en las Canarias y africanos subsaharianos— para las durísimas tareas de los ingenios azucareros: cortar la caña, moverla, alimentar los molinos y las calderas. Madeira funcionó así como uno de los primeros modelos de plantación esclavista atlántica, un esquema que Portugal y otras potencias trasladarían después, a mucha mayor escala, a Brasil y al Caribe. Estudiar Madeira es, en parte, estudiar el prototipo de esa historia.
El ciclo del azúcar no duró para siempre. A partir del siglo XVI, la producción masiva y más barata de Brasil y de otras colonias hundió los precios y desplazó a la pequeña Madeira. Los ingenios cerraron o se reconvirtieron, y la isla tuvo que buscar una nueva fuente de riqueza. La encontró en otra planta que se daba bien en sus laderas volcánicas: la vid.
El vino de Madeira nació casi por casualidad y terminó siendo mundialmente famoso. Se descubrió que aquel vino fortificado, sometido al calor de las bodegas y a los largos viajes en las bodegas de los barcos, en lugar de estropearse, mejoraba: se volvía más complejo y prácticamente inmortal. Los toneles que cruzaban los trópicos ida y vuelta volvían mejores, y ese 'vinho da roda' (vino de la vuelta) se puso de moda.
Los comerciantes ingleses fueron clave. Atraídos por el negocio, se instalaron en Funchal y convirtieron el vino de Madeira en un artículo de lujo del mundo atlántico: se bebía en las colonias americanas, en la corte británica y en las mesas más elegantes. Shakespeare lo menciona; y la tradición cuenta que con vino de Madeira se brindó por la Declaración de Independencia de Estados Unidos en 1776. La presencia británica fue tan fuerte que, durante las guerras napoleónicas, el Reino Unido ocupó 'amistosamente' la isla en 1801 y de nuevo entre 1807 y 1814 para evitar que cayera en manos francesas, manteniendo la soberanía portuguesa solo en el papel.
Un siglo antes de todo eso, la isla ya había cruzado su nombre con el de la historia universal. Cristóbal Colón, entonces un joven marino ligado al comercio, pasó una temporada en Porto Santo hacia los años 1480, casado con Filipa Moniz, hija de Bartolomeu Perestrelo, el primer capitán donatario de esa isla. En Porto Santo, Colón habría estudiado corrientes, vientos y los relatos de maderos y semillas que el mar traía desde el oeste: pistas que alimentaron su idea de que se podía llegar a Asia navegando hacia el Atlántico. La casa donde se supone que vivió es hoy un pequeño museo.
En el siglo XIX, Madeira encontró un nuevo destino: el turismo de élite. Su clima suave y estable todo el año, sin fríos ni calores extremos, la convirtió en el lugar de moda para que la aristocracia y la alta burguesía europeas pasaran el invierno, y sobre todo en un sanatorio para enfermos de tuberculosis y otras dolencias respiratorias, en una época en que el 'aire bueno' era casi la única terapia disponible.
Llegaban en barco de vapor damas y caballeros ingleses, alemanes y de media Europa, además de miembros de la realeza. La emperatriz Sissi de Austria pasó temporadas en la isla buscando alivio; más tarde lo haría también el último emperador de Austria, Carlos I, que murió en Madeira en 1922 y está enterrado en la iglesia de Nossa Senhora do Monte. Para alojar a esos visitantes se levantaron hoteles legendarios como el Reid's Palace, inaugurado en 1891 sobre un acantilado de Funchal, que todavía funciona y encarna aquel Madeira elegante y cosmopolita.
Aquella etapa dejó una marca duradera: jardines botánicos, quintas señoriales, una tradición hotelera de calidad y una vocación turística que nunca se perdió. Cuando en el siglo XX llegaron primero los hidroaviones y luego el aeropuerto, y después los cruceros, el turismo dejó de ser cosa de aristócratas y se abrió al mundo. Hoy es el motor económico de la isla, pero sus raíces están en aquellos inviernos decimonónicos en los que Europa entera venía a Madeira a curarse y a mirar el mar.
El siglo XX trajo a Madeira las mismas convulsiones que a Portugal: la caída de la monarquía en 1910, la larga dictadura del Estado Novo de Salazar y, finalmente, la Revolución de los Claveles del 25 de abril de 1974, que devolvió la democracia al país. Para las islas atlánticas, la novedad decisiva llegó justo después: el 1 de julio de 1976, la nueva Constitución convirtió a Madeira en Región Autónoma, con gobierno y parlamento regional propios y competencias amplias sobre sus asuntos, dentro de Portugal y, desde 1986, de la Unión Europea como región ultraperiférica.
Las décadas siguientes transformaron la isla: túneles y carreteras que atravesaron las montañas, una economía volcada al turismo y a los servicios, y grandes obras de infraestructura. La modernización tuvo también episodios trágicos, como las inundaciones y deslaves de febrero de 2010, que causaron decenas de muertos en Funchal y alrededores y obligaron a repensar la gestión del agua y las laderas.
Y en 1985 nació en Funchal, en el humilde barrio de Santo António, el hijo más célebre de la isla: Cristiano Ronaldo dos Santos Aveiro. De pegarle a la pelota en las calles empinadas de Madeira pasó a ser uno de los mejores futbolistas de la historia. La isla lo reivindica con orgullo: el aeropuerto lleva su nombre (Aeroporto Internacional da Madeira Cristiano Ronaldo), hay una estatua suya en el paseo marítimo y el Museo CR7 en Funchal exhibe sus trofeos. Así, la pequeña isla que empezó como un bosque en llamas y se hizo rica con el azúcar y el vino es hoy, para buena parte del mundo, también la tierra de Ronaldo: un final apropiado para una historia siempre atada al Atlántico y a la ambición de mirar más lejos.