Mucho antes de que existiera Portugal, el occidente de la península ibérica estaba habitado por pueblos que los romanos llamaron genéricamente lusitanos, además de galaicos en el extremo norte y otras tribus celtas e íberas. Vivían en poblados fortificados de piedra en lo alto de los cerros, los castros, dedicados al pastoreo, la agricultura y la guerra. En las costas habían dejado huella también los navegantes fenicios y griegos, que comerciaban con los metales del interior, y más tarde los cartagineses.
La expansión de Roma por Hispania, a partir del siglo III a.C., encontró en los lusitanos a uno de sus adversarios más tenaces. Su resistencia tuvo un nombre propio: Viriato, un pastor y caudillo que entre los años 147 y 139 a.C. mantuvo en jaque a las legiones romanas mediante una brillante guerra de guerrillas, infligiéndoles varias derrotas humillantes. Roma no pudo vencerlo en el campo de batalla: recurrió al soborno de tres de sus lugartenientes, que lo asesinaron mientras dormía. La frase que la tradición atribuye a los romanos —"Roma no paga traidores"— y la figura de Viriato lo convirtieron, siglos después, en un símbolo de la identidad tanto portuguesa como española.
Sofocada la resistencia, Roma organizó el territorio. Bajo Augusto se creó la provincia de Lusitania, con capital en Emerita Augusta (la actual Mérida, ya en España), que abarcaba buena parte del actual Portugal al sur del Duero. Se fundaron ciudades como Olisipo (Lisboa), Bracara Augusta (Braga), Conimbriga (junto a Coímbra) o Ebora (Évora), se trazaron calzadas, puentes, acueductos y templos —como el que todavía se alza en Évora—, y se latinizó profundamente la tierra: del latín vulgar hablado en estas provincias nacería, con los siglos, la lengua portuguesa. La romanización dejó, además, la vid, el olivo y una organización del paisaje que perdura.
La crisis del Imperio romano de Occidente arrastró también al extremo atlántico de Hispania. A comienzos del siglo V, en el año 409, pueblos germánicos cruzaron los Pirineos y se repartieron la península. En el noroeste —la antigua Gallaecia, que incluía el norte del actual Portugal— se instalaron los suevos, que hacia el 411 fundaron uno de los primeros reinos germánicos de Europa occidental, con capital en Bracara Augusta (Braga). El Reino Suevo duró más de siglo y medio y llegó a convertirse al catolicismo, dejando una impronta duradera en el norte portugués.
Mientras tanto, en el resto de Hispania se imponía el pueblo más poderoso: los visigodos, que desde su reino con capital en Toledo fueron sometiendo a los demás. Hacia el año 585, el rey visigodo Leovigildo conquistó y anexó el Reino Suevo, unificando bajo la corona visigoda casi toda la península. Portugal, como territorio diferenciado, todavía no existía: la tierra que hoy ocupa era simplemente la parte occidental del reino hispanogodo.
La época visigoda fue de continuidad más que de ruptura: se mantuvo el latín, la organización eclesiástica y buena parte de las estructuras romanas, cristianizadas. Pero fue también un período de inestabilidad, con una monarquía electiva sacudida por conspiraciones y guerras civiles entre facciones nobiliarias. Esa debilidad interna resultaría fatal: en el año 711, una de las facciones enfrentadas llamó en su auxilio a las tropas musulmanas del norte de África, y aquella intervención se transformó en una conquista que barrería al reino visigodo en apenas unos años y cambiaría por completo la historia de la península.
A partir del año 711, los ejércitos musulmanes —árabes y sobre todo bereberes del norte de África— conquistaron con extraordinaria rapidez casi toda la península ibérica, que pasó a llamarse al-Ándalus. El territorio del actual Portugal, en el extremo occidental, recibió el nombre de Gharb al-Ándalus, es decir "el occidente de al-Ándalus". Durante los siglos siguientes, mientras el norte montañoso quedaba en manos de núcleos cristianos, el centro y el sur vivieron plenamente integrados en la civilización andalusí.
El dominio musulmán en el sur portugués fue largo y hondo, especialmente en el Algarve y el Alentejo, donde se prolongó más de cinco siglos, hasta mediados del siglo XIII. Ciudades como Xelb (Silves) —capital de una taifa y célebre por sus poetas—, Yābura (Évora), Shantarīn (Santarém), Qulumriyya (Coímbra) o al-Ushbūna (Lisboa) florecieron como centros urbanos con mezquitas, baños, mercados y huertas. Los andalusíes introdujeron nuevos cultivos y técnicas de regadío, cítricos, el almendro, avances en agronomía, matemáticas y medicina, y dejaron una arquitectura de la que quedan castillos, cisternas y trazados urbanos.
Esa herencia sigue viva en el Portugal de hoy, sobre todo en el sur: en las casas encaladas y las chimeneas caladas del Algarve, en las azoteas y patios, en topónimos que empiezan por "Al-" (Albufeira, Alcácer, Aljezur) y en centenares de palabras portuguesas de origen árabe (alface, azeite, almofada, oxalá). La convivencia entre musulmanes, cristianos mozárabes y comunidades judías fue compleja y no siempre pacífica, pero legó a la futura nación portuguesa un sustrato cultural mediterráneo y africano que la distingue. Sobre ese Gharb andalusí avanzaría, lenta y violentamente, la Reconquista cristiana desde el norte.
En el extremo noroeste, entre los ríos Miño y Duero, sobrevivía desde la época sueva y visigoda un poblamiento cristiano que a fines del siglo XI quedó bajo el dominio del reino de León y Castilla. Para defender y repoblar esa frontera, el rey Alfonso VI entregó hacia 1096 el condado Portucalense —cuyo nombre venía de la vieja ciudad de Portucale, el actual Oporto— a un noble cruzado borgoñón, Enrique (Henrique) de Borgoña, casado con su hija Teresa. Aquel condado, todavía dependiente de León, fue el embrión de Portugal.
A la muerte del conde Enrique, su viuda Teresa gobernó el condado, pero su acercamiento a la nobleza gallega enfrentó a los barones portucalenses y a su propio hijo. El 24 de junio de 1128, en la batalla de São Mamede, cerca de Guimarães, el joven Afonso Henriques derrotó a las tropas de su madre Teresa y de su aliado gallego, el conde Fernão Peres de Trava. Aquella victoria le dio el control del condado y marcó el comienzo del camino hacia la independencia. Afonso Henriques se fue afirmando como caudillo autónomo y guerreó contra los musulmanes al sur: en 1139, tras la victoria de Ourique, empezó a titularse rey.
El reconocimiento formal llegó en 1143 con el Tratado de Zamora, por el cual su primo Alfonso VII de León y Castilla admitió a Afonso Henriques como rey de Portugal (aunque en un juego de vasallajes propio de la época). La consagración definitiva fue eclesiástica: en 1179, el papa Alejandro III, mediante la bula Manifestis Probatum, reconoció a Afonso Henriques como rey y a Portugal como reino independiente bajo la protección de la Santa Sede. Guimarães, donde el rey había nacido y crecido, quedó en la memoria como la cuna de la nación: "Aqui nasceu Portugal".
Con el reino ya reconocido, los sucesores de Afonso Henriques dedicaron el siglo siguiente a empujar la frontera hacia el sur, a costa del al-Ándalus musulmán. En 1147, con ayuda de cruzados del norte de Europa que se dirigían a Tierra Santa, Afonso Henriques conquistó Lisboa tras un largo asedio, un hito decisivo que puso la desembocadura del Tajo en manos cristianas. A lo largo del siglo XII y XIII fueron cayendo, una tras otra, las ciudades del Alentejo y del sur: Évora, Beja, Santarém, Alcácer do Sal.
El tramo final fue la conquista del Algarve, la región más meridional y la que había estado más profundamente islamizada. Entre 1238 y 1249, las órdenes militares —sobre todo la Orden de Santiago, con su maestre Paio Peres Correia— y las tropas reales fueron tomando plaza por plaza: Silves, la antigua capital de la taifa, Loulé, Aljezur, Albufeira. La campaña culminó en 1249, cuando el rey Afonso III conquistó Faro, el último bastión musulmán importante. Con ello quedó completada, en lo esencial, la Reconquista portuguesa, más de dos siglos antes de que Castilla tomara Granada.
La conquista del Algarve consolidó las fronteras de Portugal, que desde entonces apenas cambiarían, convirtiéndolo en uno de los estados más antiguos de Europa con límites estables. Los reyes portugueses empezaron a titularse "reyes de Portugal y del Algarve", subrayando que se trataba casi de dos reinos unidos. Bajo el rey Dinis (1279-1325), "el labrador", el joven reino se afianzó: se fomentó la agricultura y la repoblación, se plantó el gran pinar de Leiría, se fundó la universidad (que acabaría en Coímbra) y el portugués sustituyó al latín como lengua oficial, dotando a la nación de una identidad cultural propia.
A fines del siglo XIV, la independencia portuguesa estuvo a punto de perderse. En 1383 murió el rey Fernando I sin dejar heredero varón. Su única hija, Beatriz, estaba casada con el rey Juan I de Castilla, de modo que la corona amenazaba con caer en manos castellanas y Portugal con ser absorbido por su poderoso vecino. Se abrió así un período de guerra civil y contra Castilla conocido como la crisis de 1383-1385.
Una parte de la nobleza y buena parte del pueblo de Lisboa, los comerciantes y las clases urbanas se opusieron a la solución castellana y se agruparon en torno a João, Maestre de Avis, hijo ilegítimo del rey Pedro I. En diciembre de 1383, João mató al conde Andeiro, favorito de la reina viuda Leonor Teles, y fue proclamado "regidor y defensor del reino". Juan I de Castilla invadió Portugal y en 1384 puso sitio a Lisboa, que resistió heroicamente pese al hambre y la peste. Las Cortes de Coímbra proclamaron rey a João de Avis en 1385.
El desenlace llegó el 14 de agosto de 1385 en la batalla de Aljubarrota. Un ejército portugués muy inferior en número, mandado por el rey João I y su genial condestable Nuno Álvares Pereira, y reforzado por arqueros ingleses, aplastó al numeroso ejército castellano empleando tácticas defensivas aprendidas en la Guerra de los Cien Años. La derrota castellana fue tan rotunda que aseguró definitivamente la independencia de Portugal y entronizó a la dinastía de Avis. De esa alianza militar nació también la Alianza anglo-portuguesa, sellada en el Tratado de Windsor de 1386 y considerada la alianza diplomática más antigua del mundo aún vigente. Portugal, salvado e independiente, quedaba listo para lanzarse al océano.
Con la dinastía de Avis, Portugal inauguró la era de los descubrimientos, la epopeya que lo convertiría en la primera potencia marítima global. El punto de partida simbólico fue la conquista de Ceuta, en el norte de África, en 1415. A partir de ahí, bajo el impulso del infante Enrique el Navegante (Henrique o Navegador), hijo del rey João I, Portugal organizó desde el Algarve —en torno a Sagres y Lagos— expediciones metódicas que fueron bajando por la costa de África occidental. Se poblaron Madeira y las Azores, se dobló el temido cabo Bojador (1434) y se perfeccionaron la carabela y las técnicas de navegación oceánica.
La aceleración fue vertiginosa. En 1488, Bartolomeu Dias dobló el extremo sur de África, el cabo que el rey João II rebautizó "de Buena Esperanza". En 1498, Vasco da Gama llegó por mar hasta Calicut, en la India, abriendo la ruta de las especias que enriquecería a Portugal. En 1500, la flota de Pedro Álvares Cabral tocó las costas de Brasil el 22 de abril antes de seguir hacia Oriente. En pocas décadas, los portugueses tejieron una red de puertos y fortalezas que iba de Brasil a Goa, Malaca, Ormuz, Macao y las Molucas: un imperio comercial sin precedentes.
Pero aquella gesta tuvo desde el comienzo una cara atroz. Ya en 1444, seis carabelas al mando de Lançarote de Freitas descargaron en Lagos a 235 africanos capturados en la costa de Mauritania, que fueron repartidos y vendidos en presencia del infante Enrique: fue el primer gran mercado de esclavos africanos de la Europa moderna, escena descrita con crudeza por el cronista Gomes Eanes de Zurara. A partir de ahí, Portugal inauguró y organizó la trata atlántica de esclavos, que se prolongaría durante más de cuatro siglos —fue la más larga de todas las potencias europeas— y que llevaría por la fuerza a millones de africanos a Brasil y a las colonias. Los descubrimientos y la esclavitud nacieron, así, de la misma empresa: la grandeza imperial portuguesa se construyó, en buena parte, sobre el sufrimiento de los pueblos esclavizados.
El siglo XVI fue el siglo de oro de Portugal. Lisboa se convirtió en el gran emporio de las especias, el marfil, el oro y los esclavos, y en una de las ciudades más ricas y cosmopolitas de Europa. El imperio se extendía por cuatro continentes: Brasil, factorías y fortalezas a lo largo de las costas de África, Goa y otras plazas en la India, Malaca, las Molucas, Timor y, desde 1557, Macao, en China, la puerta del comercio con Oriente. La lengua portuguesa se volvió lengua franca de los mares de Asia y África. Fue también la época del poeta Luís de Camões, que en Os Lusíadas (1572) cantó la epopeya marítima nacional.
Esa cima ocultaba una fragilidad demográfica y financiera. El desastre llegó en 1578, cuando el joven rey Sebastião I murió con la flor de la nobleza en la batalla de Alcazarquivir (Ksar el-Kebir), en Marruecos, sin dejar heredero. Su muerte abrió una crisis sucesoria que aprovechó el rey Felipe II de España, sobrino del difunto monarca portugués, para hacer valer sus derechos. En 1580, tras una breve campaña, Felipe fue reconocido rey de Portugal: nacía la Unión Ibérica, sesenta años en que Portugal y su imperio compartieron monarca con España, conservando sus leyes e instituciones propias.
La unión, al principio ventajosa, terminó por resultar onerosa: Portugal se vio arrastrado a las guerras de España y perdió plazas del imperio a manos de holandeses e ingleses, enemigos de la corona española. El descontento estalló el 1 de diciembre de 1640, cuando un grupo de nobles depuso a los gobernadores españoles en Lisboa y proclamó rey al duque de Braganza como João IV. Comenzaba la Restauración: una larga guerra con España que se prolongó hasta 1668, año en que Madrid reconoció por fin la independencia portuguesa. La dinastía de Braganza reinaría hasta el fin de la monarquía, en 1910.
El siglo XVIII portugués estuvo marcado por dos hechos opuestos: la riqueza del oro brasileño y la catástrofe del terremoto de Lisboa. A partir de fines del siglo XVII se descubrieron enormes yacimientos de oro y luego diamantes en el interior de Brasil, sobre todo en Minas Gerais. Aquel torrente de metales precioso —extraído en gran medida con trabajo esclavo— financió el reinado suntuoso de João V, que levantó obras faraónicas como el monasterio-palacio de Mafra, pero que se dilapidó sin modernizar la economía del reino.
El 1 de noviembre de 1755, día de Todos los Santos, un terremoto de magnitud estimada entre 8,5 y 9 sacudió Lisboa con epicentro en el Atlántico. A la sacudida siguieron un tsunami que arrasó la zona ribereña del Tajo y una serie de incendios que ardieron durante días. La ciudad, una de las más ricas de Europa, quedó devastada; las estimaciones de muertos oscilan mucho, entre unos 12.000 y hasta 50.000 o más, sobre una población de en torno a 200.000 habitantes. El desastre conmocionó a toda Europa e influyó en el pensamiento ilustrado: Voltaire lo evocó en su Cándido como argumento contra el optimismo de que "todo está bien en el mejor de los mundos posibles".
La reconstrucción quedó en manos de Sebastião José de Carvalho e Melo, futuro marqués de Pombal, ministro todopoderoso del rey José I. Con energía implacable —"enterrar a los muertos y cuidar de los vivos"—, Pombal reconstruyó el centro de Lisboa (la Baixa Pombalina) con un trazado racional en cuadrícula, calles anchas y edificios dotados de una estructura antisísmica de madera, la gaiola pombalina, pionera en el mundo. Encarnación del despotismo ilustrado, Pombal modernizó el estado, reformó la enseñanza, impulsó la economía, expulsó a los jesuitas (1759) y abolió la esclavitud en la Portugal continental (1761, aunque no en las colonias). Autoritario y temido, dejó una Lisboa nueva y un país reformado, pero también la memoria de una represión feroz contra sus adversarios.
El siglo XIX comenzó con una humillación y una fuga extraordinaria. En 1807, Napoleón, decidido a cerrar Europa al comercio británico, exigió a Portugal —viejo aliado de Inglaterra— que se sumara al bloqueo. Ante la negativa, envió a sus tropas, que invadieron el país. En noviembre de 1807, con los franceses a las puertas de Lisboa, toda la corte portuguesa, con el príncipe regente Juan (futuro João VI) a la cabeza, se embarcó rumbo a Brasil escoltada por la flota británica. Fue la única vez en la historia en que una monarquía europea trasladó su capital a una colonia: Río de Janeiro se convirtió, de hecho, en el centro del imperio portugués.
Entre 1808 y 1814, Portugal fue escenario de la Guerra Peninsular: tres invasiones francesas fueron rechazadas con el apoyo decisivo del ejército británico del duque de Wellington y de la resistencia popular, en una guerra devastadora. La corte, entretanto, permaneció en Brasil, que fue elevado a la categoría de reino en 1815, en pie de igualdad con Portugal. Cuando João VI regresó por fin a Lisboa en 1821, presionado por la revolución liberal de 1820, dejó en Río como regente a su hijo Pedro.
El desenlace fue la pérdida de la joya del imperio. El 7 de septiembre de 1822, ante el intento portugués de volver a subordinar Brasil, Pedro proclamó su independencia y se hizo coronar emperador Pedro I de Brasil. Portugal perdía su colonia más rica y quedaba reducido, en América, a casi nada. El resto del siglo fue de convulsión: guerras civiles entre liberales y absolutistas (las guerras miguelistas), la instauración de una monarquía constitucional, la abolición definitiva de la esclavitud en todo el imperio en 1869, y un lento declive económico. La creciente desconfianza hacia una monarquía debilitada y desprestigiada culminó el 5 de octubre de 1910, cuando una revolución en Lisboa derrocó al rey Manuel II y proclamó la Primera República Portuguesa.
La Primera República (1910-1926) fue un período agitado e inestable: en dieciséis años se sucedieron decenas de gobiernos, hubo conflictos con la Iglesia, crisis económicas y la participación en la Primera Guerra Mundial junto a los Aliados, con miles de muertos portugueses en Flandes y África. El caos abrió paso a un golpe militar en 1926, que instauró una dictadura. De ese régimen emergió la figura que dominaría Portugal durante casi medio siglo: António de Oliveira Salazar, un austero profesor de economía llamado en 1928 para sanear las finanzas, que en 1932 fue nombrado jefe de gobierno y en 1933 institucionalizó el Estado Novo, un régimen autoritario, corporativista y conservador inspirado en los modelos fascistas de la época.
El Estado Novo se sostuvo sobre tres pilares que la propaganda resumía como "Dios, Patria y Familia". Fue un régimen de partido único, sin elecciones libres, que suprimió las libertades y encuadró a la sociedad. Su columna represiva fue la policía política, la PIDE (Polícia Internacional e de Defesa do Estado), célebre por la vigilancia, las detenciones arbitrarias, la tortura y una red de informantes que sembró el miedo; los opositores llenaron cárceles como la de Peniche o el campo de Tarrafal, en Cabo Verde. La censura previa (el llamado "lápiz azul") controlaba prensa, libros, teatro y cine. Salazar mantuvo a Portugal neutral en la Segunda Guerra Mundial, aunque con simpatías y negocios ambiguos, y sostuvo un país pobre, rural y aislado, con altísimas tasas de analfabetismo y una fuerte emigración hacia Francia y otros países.
El talón de Aquiles del régimen fue el imperio. Mientras las demás potencias europeas descolonizaban, Salazar se aferró a las colonias africanas —Angola, Mozambique, Guinea-Bissau— proclamando que Portugal era una nación "pluricontinental". A partir de 1961 estallaron guerras de independencia en los tres territorios, y Portugal se enredó en trece años de guerras coloniales (1961-1974) que consumían casi la mitad del presupuesto nacional y enviaban a África a decenas de miles de jóvenes conscriptos, muchos de los cuales murieron o volvieron marcados. Salazar sufrió en 1968 un derrame y fue reemplazado por Marcelo Caetano, que no cambió lo esencial. El desgaste de aquellas guerras interminables acabaría, precisamente, por derribar al régimen.
El 25 de abril de 1974, un movimiento de capitanes del ejército hartos de una guerra colonial sin salida —el Movimiento de las Fuerzas Armadas (MFA)— derrocó al Estado Novo en un golpe casi incruento. Fue la Revolución de los Claveles (Revolução dos Cravos), llamada así porque la población salió a la calle a apoyar a los soldados y las mujeres pusieron claveles rojos en los caños de los fusiles. La emisión por radio de la canción prohibida "Grândola, Vila Morena" fue la señal convenida para el alzamiento. En pocas horas cayó la dictadura más antigua de Europa occidental y Portugal recuperó, tras casi cincuenta años, la libertad.
El período que siguió, el PREC (Proceso Revolucionario En Curso), fue intenso y turbulento: nacionalizaciones, reforma agraria en el sur, pugnas entre corrientes de izquierda y sectores moderados, y un fuerte protagonismo militar, hasta que la crisis se encauzó y la Constitución democrática de 1976 fijó las reglas de una república parlamentaria. Al mismo tiempo se produjo una descolonización acelerada: en 1974-1975, Angola, Mozambique, Guinea-Bissau, Cabo Verde y Santo Tomé accedieron a la independencia, a veces en medio de guerras civiles. Aquella retirada precipitada provocó el retorno a Portugal de cerca de medio millón de personas, los "retornados", muchos nacidos en África, que llegaron en pocos meses y transformaron la sociedad portuguesa. Timor Oriental, invadido por Indonesia en 1975, no lograría su independencia hasta 2002; Macao fue devuelto a China en 1999, cerrando cinco siglos de imperio.
Libre y sin colonias, Portugal miró hacia Europa. En 1986 ingresó en la Comunidad Económica Europea (hoy Unión Europea) junto con España, lo que impulsó una profunda modernización: infraestructuras, inversión, apertura y un ascenso notable del nivel de vida. Adoptó el euro en 1999-2002, organizó la Expo 98 y la Eurocopa 2004, y en 2011 atravesó una dura crisis de deuda que obligó a un rescate financiero y a años de austeridad, superados después con una recuperación que hizo del país un destino turístico y tecnológico en auge. El 25 de abril, hoy fiesta nacional del "Día de la Libertad", sigue siendo la fecha fundacional de la democracia portuguesa: la memoria de que la larga noche del Estado Novo terminó con flores en los fusiles.