La Laguna Churup es una de las caminatas de aclimatación clásicas de Huaraz: una laguna de aguas turquesa encajonada al pie del nevado Churup, a unos 4.450 metros de altura, dentro del Parque Nacional Huascarán. Su cercanía a la ciudad y su recorrido relativamente corto, aunque exigente por la altura y por algún tramo de roca, la convierten en la opción ideal para poner el cuerpo a prueba antes de afrontar trekkings mayores como la Laguna 69 o el circuito de Santa Cruz.
El sendero parte del pueblo de Pitec, a las afueras de Huaraz, y asciende por la quebrada Quillcayhuanca entre pastizales de puna, roca y vegetación de altura. La parte final incluye un tramo empinado donde hay que ayudarse con las manos y con sogas fijas para superar unas paredes de roca, lo que añade un toque de aventura. La recompensa es una laguna de un turquesa profundo bajo las paredes nevadas del Churup.
Esta guía detalla cómo llegar al inicio del sendero desde Huaraz, la dificultad y duración de la caminata, los cuidados por la altura y por qué Churup es una de las salidas de día más recomendadas para aclimatarse y disfrutar del paisaje de la Cordillera Blanca sin alejarse demasiado de la ciudad.
La Laguna Churup es una laguna glaciar formada por los deshielos del nevado homónimo, dentro del Parque Nacional Huascarán, creado en 1975 y declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO. El nevado y la laguna han sido durante siglos parte del paisaje sagrado de los pueblos del Callejón de Huaylas, que veneraban a los apus o montañas tutelares de la Cordillera Blanca.
Leer la historia completa ↓La región de las cumbres nevadas: entre la Cordillera Blanca —la más alta de los trópicos— y el Callejón de Huaylas, hogar del Huascarán, del templo de Chavín, del alud que sepultó Yungay y de lagunas turquesa.
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Origen, formación y qué dicen las fuentes.
Imaginá una cubeta de roca a 4.450 metros de altura, tallada a golpe de hielo durante decenas de miles de años, que un día quedó llena de agua turquesa: eso es, en pocas palabras, la Laguna Churup. Es una laguna de origen glaciar, una de las muchas que salpican las quebradas de la Cordillera Blanca, la cadena montañosa tropical más alta del mundo. Se formó por la acción de los glaciares que excavaron la quebrada al pie del nevado Churup; al retroceder el hielo, el agua de deshielo quedó retenida en esa cubeta rocosa, dando lugar a la laguna que hoy se ve bajo las paredes y los glaciares colgantes de la montaña.
El color turquesa de sus aguas se debe, como en otras lagunas de la cordillera, a la harina glaciar: partículas finísimas de roca molida por el hielo que quedan en suspensión y tiñen el agua de tonos lechosos entre el verde y el azul. La laguna se alimenta de los deshielos del nevado, de modo que su nivel y su aspecto varían con las estaciones y, a largo plazo, con el retroceso de los glaciares provocado por el calentamiento global. No es un dato menor: la Cordillera Blanca ha perdido una parte importante de su superficie glaciar en las últimas décadas, y lagunas como esta son, a la vez, un espectáculo y un termómetro del cambio climático en los Andes.
La quebrada de Churup forma parte de la red de valles glaciares que descienden de la Cordillera Blanca hacia el Callejón de Huaylas, el valle que separa la Cordillera Blanca de la Cordillera Negra y donde se asienta la ciudad de Huaraz, a unos 3.050 metros. Estas quebradas, con sus lagunas y nevados, son hoy el principal atractivo de la región y un destino de montaña reconocido en todo el mundo. Por eso la caminata a Churup, corta pero de altura, se volvió una de las primeras experiencias con que el viajero mide sus fuerzas al llegar al Callejón de Huaylas.
Para los pueblos andinos del Callejón de Huaylas, los nevados nunca fueron solo accidentes geográficos: eran y son apus, montañas tutelares consideradas seres vivos y protectores. En la cosmovisión andina, los apus velan por las comunidades, controlan el clima, el agua y la fertilidad de la tierra, y reciben ofrendas y respeto. El nevado Churup, como tantas otras cumbres de la Cordillera Blanca, formaba parte de ese paisaje sagrado.
Esta relación con las montañas hunde sus raíces en culturas muy anteriores a los incas. En la región de Áncash floreció, hace unos tres mil años, la cultura Chavín, cuyo gran centro ceremonial de Chavín de Huántar se levantó al otro lado de la Cordillera Blanca. Las lagunas de altura, en particular, tenían un fuerte componente simbólico: se las asociaba al agua, al origen de la vida y a lo sagrado, y a menudo eran lugares de culto y ofrenda.
Aún hoy, en las comunidades del Callejón de Huaylas perviven prácticas y creencias ligadas a los apus y a la Pachamama, la Madre Tierra. El caminante que sube a la Laguna Churup atraviesa, por tanto, no solo un escenario natural espectacular, sino también un territorio cargado de significado para quienes lo habitan desde hace milenios, y que merece ser recorrido con respeto. El propio nombre 'Churup', de raíz quechua, y la costumbre de los comuneros de Pitec de pedir permiso a la montaña antes de la temporada de siembra recuerdan que, para la gente del lugar, la laguna no es solo una postal turística sino una fuente de agua viva y un lugar con dueño espiritual.
La Laguna Churup está dentro del Parque Nacional Huascarán, creado en 1975 para proteger la Cordillera Blanca y su excepcional patrimonio natural: decenas de nevados de más de 5.000 y 6.000 metros, centenares de lagunas glaciares y ecosistemas de altura como los bosques de queñua y los rodales de puya Raimondi. En 1977 la zona fue declarada Reserva de Biosfera y, en 1985, Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO, lo que consolidó su prestigio internacional.
A partir de la segunda mitad del siglo XX, Huaraz y el Callejón de Huaylas se convirtieron en uno de los grandes centros mundiales del andinismo y el trekking. Montañistas de todo el planeta llegan para escalar cumbres como el Huascarán, el Alpamayo o el Artesonraju, y para recorrer trekkings célebres como el de Santa Cruz. En ese contexto, las caminatas de día a lagunas cercanas a Huaraz, como Churup, Wilcacocha o la propia Laguna 69, ganaron un papel clave como rutas de aclimatación.
La Laguna Churup, por su cercanía a la ciudad y su altitud moderada, se afianzó como una de las salidas preferidas para que los visitantes adapten su cuerpo a la altura antes de afrontar retos mayores. Hoy es una de las caminatas más populares de la región, gestionada por el SERNANP, que cobra el ingreso al parque y promueve un turismo responsable que cuide los frágiles ecosistemas de la Cordillera Blanca.
El 31 de mayo de 1970, un terremoto de magnitud 7,9 con epicentro frente a las costas de Áncash desencadenó uno de los desastres naturales más letales de la historia de América Latina: un aluvión de hielo y roca se desprendió de la cara norte del Huascarán y sepultó la ciudad de Yungay, a poca distancia del Callejón de Huaylas. Huaraz, hoy la base de casi todo el turismo de la Cordillera Blanca, también quedó devastada y debió reconstruirse casi por completo en las décadas siguientes.
Ese episodio marcó profundamente la relación de la región con sus glaciares y lagunas: se reforzó el monitoreo de posibles desembalses glaciares (los llamados GLOF) y creció la conciencia sobre el poder, tanto vital como destructivo, de estas montañas sagradas. La reconstrucción de Huaraz coincidió, además, con el despegue del turismo de montaña organizado, apoyado en la consolidación del Parque Nacional Huascarán como área protegida.
El sendero a la Laguna Churup parte del pequeño caserío de Pitec, cuyas familias -dedicadas tradicionalmente al pastoreo de ganado en las punas altas- hoy conviven con el flujo constante de excursionistas. La comunidad cobra una pequeña cuota de acceso adicional a la entrada del parque, un mecanismo que reconoce que estas tierras, mucho antes de ser un atractivo turístico, pertenecen a quienes las habitan y las cuidan desde generaciones.