El Parque Nacional Abel Tasman es el más pequeño de Nueva Zelanda y, a la vez, uno de los más amados: una costa de bahías de arena dorada, aguas turquesas, bosque nativo exuberante y granito esculpido por el mar, en el soleado extremo norte de la Isla Sur. Su joya es el Abel Tasman Coast Track, uno de los nueve Great Walks del país, un sendero costero de unos 60 km que serpentea entre playas de ensueño, cruza estuarios con la marea y regala vistas de postal a cada vuelta. No hace falta caminarlo entero: gracias a los taxis acuáticos, se puede armar una excursión de un día combinando caminata y navegación.
La otra gran forma de vivir Abel Tasman es desde el agua, en kayak de mar. Las aguas resguardadas del parque son ideales para remar entre las bahías, acercarse a colonias de focas de Nueva Zelanda en Tonga Island, entrar a calas escondidas y acampar en playas solitarias. Los operadores de Marahau y Kaiteriteri ofrecen desde salidas guiadas de medio día hasta expediciones de varios días combinando kayak, caminata y taxi acuático. Es un destino perfecto para todos los niveles: familias, caminantes ocasionales y aventureros.
El parque lleva el nombre del navegante neerlandés Abel Tasman, primer europeo en avistar Nueva Zelanda, que en diciembre de 1642 tuvo aquí -en Golden Bay/Mohua, justo al norte- un primer y trágico encuentro con los maoríes de Ngāti Tūmatakōkiri. Esta es tierra de iwi como Ngāti Rārua, Te Ātiawa y Ngāti Tama, con siglos de historia. Creado en 1942 para conmemorar los 300 años de aquella llegada, hoy Abel Tasman combina naturaleza espectacular, historia densa y accesibilidad como pocos lugares de Oceanía.
El Parque Nacional Abel Tasman lleva el nombre del navegante neerlandés que en diciembre de 1642 fue el primer europeo en avistar Nueva Zelanda y tuvo, en la cercana Golden Bay/Mohua, un primer encuentro trágico con los maoríes de Ngāti Tūmatakōkiri, en el que murieron cuatro de sus hombres; Tasman bautizó el lugar 'Bahía de los Asesinos' y siguió de largo sin desembarcar. Esta costa es territorio ancestral de varios iwi (Ngāti Rārua, Te Ātiawa, Ngāti Tama, entre otros). El parque se creó el 18 de diciembre de 1942, en el 300º aniversario de aquella llegada, gracias al empuje de la conservacionista Pérrine Moncrieff. La historia completa está en la página de historia.
Leer la historia completa ↓El soleado extremo norte de la Isla Sur, primer punto de contacto europeo (Tasman, 1642) y sede de la colonia de la New Zealand Company de 1842, cuya expansión desató el sangriento incidente de Wairau en 1843. Hoy es tierra de arte, sol y de las playas doradas del Parque Nacional Abel Tasman.
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Origen, formación y qué dicen las fuentes.
Mucho antes de que esta costa llevara el nombre de un navegante neerlandés, sus bahías de arena dorada y bosque nativo eran territorio maorí, poblado y conocido durante siglos. Toda la zona del norte de la Isla Sur -lo que hoy se llama Te Tau Ihu, 'la proa de la canoa'- fue habitada por sucesivas oleadas de pueblos. La región de Golden Bay/Mohua, justo al norte del actual parque, y las bahías de la costa de Abel Tasman fueron ricas en mahinga kai: pesca, mariscos, aves y recursos del bosque.
Hacia mediados del siglo XVI, el iwi Ngāti Tūmatakōkiri cruzó desde la Isla Norte y se estableció con fuerza en Golden Bay/Mohua y a lo largo de esta costa, extendiéndose incluso hacia Te Tai Poutini (la costa oeste). Para finales de ese siglo, Ngāti Tūmatakōkiri era el pueblo dominante de la zona, con aldeas, pā y una densa red de sitios y nombres. Cuando el primer barco europeo apareció en el horizonte, en 1642, no llegó a una tierra vacía sino a un territorio con dueños, historia y organización propia.
Esa presencia maorí de siglos es la primera capa -y la más profunda- de la historia de Abel Tasman. Los estuarios que hoy cruzan los caminantes del Coast Track, las playas donde acampan los kayakistas, las rocas de granito frente a la costa: todo tiene nombres, relatos y significado en te reo māori. El parque que celebramos como paraíso natural es, antes que nada, un paisaje cultural maorí.
En diciembre de 1642, dos barcos de la Compañía Neerlandesa de las Indias Orientales, al mando de Abel Janszoon Tasman, se convirtieron en las primeras embarcaciones europeas en avistar Nueva Zelanda. Tasman buscaba el legendario continente austral y rutas comerciales; lo que encontró fue una costa desconocida y un pueblo que no tenía intención de dejar entrar a extraños. Los barcos anclaron frente a Wainui, en Golden Bay/Mohua, los días 18 y 19 de diciembre de 1642.
El encuentro fue un desastre de malentendidos. Para los Ngāti Tūmatakōkiri, la llegada de barcos extraños y de hombres que soplaban trompetas -que ellos respondieron con sus propias caracolas, en lo que probablemente era un desafío ritual- fue una intrusión. Cuando un bote neerlandés se movió entre los barcos, una waka maorí lo embistió y en la refriega murieron cuatro tripulantes de Tasman. Los neerlandeses dispararon sus cañones; los maoríes se retiraron a la costa. Tasman, sin haber pisado tierra, bautizó el lugar 'Moordenaersbaay' -Bahía de los Asesinos- y zarpó.
Tasman siguió navegando por la costa neozelandesa sin volver a desembarcar y dejó el país en manos de su propia historia por más de un siglo, hasta que James Cook llegó en 1769. Desde la perspectiva maorí, aquel encuentro no fue una 'masacre' sino la defensa de su territorio frente a una intrusión no invitada. Hoy, comunidades e historiadores reinterpretan el episodio de 1642 no como un crimen sino como un primer y trágico choque entre dos mundos que no supieron entenderse. El navegante que le dio nombre al parque, en realidad, nunca lo pisó.
La historia maorí de esta costa no se detuvo en 1642. En los siglos siguientes, las guerras y migraciones cambiaron el mapa de Te Tau Ihu. A comienzos del siglo XIX, en el marco de las guerras del mosquete y las grandes migraciones lideradas por Te Rauparaha desde el norte, varios iwi -entre ellos Ngāti Rārua, Te Ātiawa, Ngāti Tama y Ngāti Koata- se desplazaron hacia el norte de la Isla Sur y desplazaron o absorbieron a los pueblos previos, incluido Ngāti Tūmatakōkiri. Estos iwi son hoy los principales tangata whenua de la región.
La colonización europea llegó con fuerza en la década de 1840, cuando la New Zealand Company fundó Nelson (1842) y buscó tierras para sus colonos por toda la región. La costa de Abel Tasman, con su bosque y su granito, fue explotada: se talaron árboles, se extrajo granito de las canteras de Tōtaranui y Tonga -la piedra viajó incluso a edificios de Wellington-, se intentó la agricultura en las bahías, y hubo asentamientos dispersos. El bosque nativo original fue en buena parte arrasado por el fuego y el hacha durante décadas de uso.
Para comienzos del siglo XX, gran parte de la costa había sido deforestada y la tierra estaba degradada. Sin embargo, la naturaleza -el clima cálido y húmedo del norte- empezó a regenerar el bosque, y algunas voces comenzaron a mirar esta costa no como un recurso a explotar sino como un tesoro a proteger. Esa idea, todavía novedosa, encontraría a la persona indicada para volverla realidad.
La heroína de la conservación de Abel Tasman fue Pérrine Moncrieff, una ornitóloga, escritora y activista nacida en Inglaterra que se estableció en Nelson y dedicó su vida a proteger la naturaleza de la región. Alarmada por la posibilidad de que la costa fuera loteada, vendida y explotada aún más, Moncrieff encabezó una campaña para que estas tierras se reservaran como parque nacional. Movió cielo y tierra, presionó a autoridades y logró reunir el apoyo necesario en un momento poco propicio: plena Segunda Guerra Mundial.
La ocasión perfecta era un aniversario: en 1942 se cumplían 300 años del avistaje de Nueva Zelanda por Abel Tasman. Aprovechando esa efeméride, el parque se creó y se inauguró el 18 de diciembre de 1942, con el nombre del navegante neerlandés, en una ceremonia en Tarakohe a la que asistió Charles van der Plas como representante personal de la reina Guillermina de los Países Bajos. Nacía así el Abel Tasman National Park, el más pequeño de Nueva Zelanda, en un acto que unía la conservación, la memoria histórica y un guiño diplomático a los Países Bajos en plena guerra.
La visión de Moncrieff resultó profética. El bosque nativo, protegido, siguió regenerándose; las playas doradas y las aguas turquesas se conservaron; y lo que había sido una costa explotada y degradada se convirtió, con las décadas, en uno de los paisajes más queridos y visitados del país. Moncrieff siguió vigilante durante años, incluso donando tierra al parque. Su figura -una mujer que se adelantó a su tiempo en la defensa del ambiente- es hoy inseparable de la historia de Abel Tasman.
El Abel Tasman contemporáneo es uno de los grandes éxitos del turismo de naturaleza en Nueva Zelanda: un parque pequeño pero espectacular, recorrido cada año por cientos de miles de personas que caminan su Coast Track -uno de los nueve Great Walks del país-, reman sus bahías en kayak y navegan sus aguas en taxis acuáticos. La combinación de playas doradas, bosque regenerado, focas en Tonga Island y una accesibilidad excepcional lo hace único: se puede vivir en un día o en una semana, en familia o en solitario.
Ese éxito trae desafíos. La popularidad presiona sobre el ambiente, y la gestión moderna del parque busca equilibrar el acceso con la conservación: cupos en huts y campings, reglas de mareas y distancias con la fauna, restauración del bosque, control de plagas. Un hito emblemático fue Awaroa: en 2016, un tramo de playa privada salió a la venta y miles de neozelandeses juntaron dinero en una campaña de crowdfunding para comprarla y donarla al parque, un gesto colectivo que mostró cuánto significa esta costa para el país.
Y la memoria histórica sigue madurando. La reinterpretación del encuentro de 1642 -no como una masacre sino como el choque trágico de dos mundos- y el reconocimiento de los iwi de Te Tau Ihu como tangata whenua devuelven a esta costa su profundidad maorí. El parque lleva el nombre de un neerlandés que nunca desembarcó; pero su historia real empieza mucho antes, con los pueblos que ya conocían cada bahía, y sigue con quienes -como Pérrine Moncrieff y los miles que compraron Awaroa- decidieron que valía la pena protegerlo. Caminar Abel Tasman es caminar todas esas historias a la vez.