Nueva Zelanda fue el último gran territorio habitable de la Tierra en recibir seres humanos. Cuando las canoas polinesias tocaron sus costas, hacia el año 1250-1300 de nuestra era, ya florecían las universidades europeas y el imperio mongol se extendía por Asia. La evidencia arqueológica —dataciones por radiocarbono, análisis de polen y ceniza volcánica, y el estudio de la extinción de la fauna— converge en esas fechas, mucho más recientes que las de casi cualquier otra migración humana. Los recién llegados provenían del este de Polinesia: las islas de la Sociedad, las Cook del sur y las Australes, y en su tradición oral esa patria ancestral se llama Hawaiki, el lugar de origen y de retorno de las almas.
Llegaron en waka hourua, grandes canoas dobles de casco gemelo capaces de cruzar miles de kilómetros de océano abierto. Sus navegantes leían las estrellas, las corrientes, el oleaje y el vuelo de las aves con una precisión asombrosa. La tradición maorí recuerda los nombres de las grandes waka fundadoras —Tainui, Te Arawa, Mātaatua, Aotea, Kurahaupō, Takitimu, Tokomaru—, cada una vinculada al origen de tribus concretas y a sus derechos sobre la tierra. La idea decimonónica de una «Gran Flota» de siete canoas que zarpó a la vez fue una construcción de etnógrafos europeos como Percy Smith; la evidencia apunta más bien a múltiples viajes a lo largo de varias generaciones.
Aquellos primeros colonos, a veces llamados moa-hunters (cazadores de moa), se encontraron con un mundo sin mamíferos terrestres pero repleto de aves, entre ellas el moa gigante —un ave no voladora de hasta tres metros y medio— y el águila de Haast, la mayor rapaz conocida. En pocos siglos cazaron el moa hasta la extinción y transformaron su economía hacia la horticultura del kūmara (batata), la pesca y la recolección. Nació así el mundo maorí: una sociedad tribal organizada en iwi y hapū, gobernada por rangatira (jefes) bajo el consejo de los ancianos, cuya cosmovisión —Te Ao Māori— se estructuraba en torno al whakapapa (la genealogía que conecta a las personas con sus ancestros y con la tierra), el mana (el prestigio y la autoridad espiritual), el tapu (lo sagrado y prohibido) y la mana whenua (la autoridad sobre el territorio). Los maoríes llamaron a su nueva tierra Aotearoa, «la tierra de la larga nube blanca».
Durante casi cuatro siglos, los maoríes vivieron sin contacto con el resto de la humanidad. El primer europeo en avistar Aotearoa fue el navegante holandés Abel Tasman, que en diciembre de 1642, al servicio de la Compañía Holandesa de las Indias Orientales, buscaba el legendario continente austral. El 13 de diciembre divisó la costa oeste de la Isla Sur, pero el encuentro terminó en sangre: en la bahía que hoy lleva su nombre (Golden Bay), guerreros de Ngāti Tūmatakōkiri embistieron con sus waka un bote holandés y mataron a cuatro marineros. Tasman se marchó sin desembarcar y bautizó al lugar «Bahía de los Asesinos». Cartógrafos holandeses llamaron a la tierra Nieuw Zeeland, en honor a la provincia de Zelanda. Durante 127 años, ningún otro europeo volvió.
El reencuentro llegó en 1769 con el teniente James Cook, al mando del HMB Endeavour. Cook avistó Nueva Zelanda el 6 de octubre y desembarcó dos días después en Poverty Bay (Tūranganui-a-Kiwa), cerca de la actual Gisborne. También aquel primer contacto fue trágico: una serie de malentendidos y disparos causó la muerte de al menos nueve maoríes, y Cook, frustrado por no conseguir provisiones, llamó al lugar «Bahía de la Pobreza». Pese a ese comienzo, Cook llevó a cabo una hazaña cartográfica extraordinaria: en 1769-1770 circunnavegó y cartografió las dos islas principales con notable exactitud, corrigiendo el trabajo inconcluso de Tasman.
A bordo del Endeavour viajaba el navegante tahitiano Tupaia, cuyo conocimiento de la lengua y la navegación polinesias permitió una comunicación mucho más rica con los maoríes, a quienes asombraba que aquel extranjero hablase una lengua emparentada con la suya. Cook regresaría a Nueva Zelanda en sus dos viajes posteriores antes de morir en Hawái en 1779. Sus mapas y relatos abrieron las islas al mundo atlántico: tras él vendrían los cazadores de focas, los balleneros y los comerciantes, y con ellos el fin del aislamiento del mundo maorí.
A partir de la década de 1790, Nueva Zelanda entró en la órbita del comercio del Pacífico. Los cazadores de focas llegaron a Dusky Sound hacia 1792 y arrasaron las colonias del sur en apenas tres décadas; los balleneros faenaban frente a las costas desde 1791, y pronto surgieron estaciones costeras que empleaban a tripulaciones mixtas de europeos, americanos y maoríes. Los comerciantes buscaban lino (harakeke) y madera de kauri. En la Bahía de las Islas, el puerto de Kororāreka (hoy Russell) se convirtió en un hervidero de marineros, tratantes y prostitutas, tan turbulento que se ganó el apodo de «el pozo negro del Pacífico».
El otro gran vector del contacto fue la misión cristiana. El día de Navidad de 1814, el capellán anglicano Samuel Marsden predicó el primer sermón cristiano en suelo neozelandés, en Rangihoua, y estableció la primera estación misionera de la Church Missionary Society. Siguieron las de Kerikeri (1819) y Paihia (1823). Los misioneros aprendieron te reo māori, lo pusieron por escrito y con ello sentaron las bases de una alta alfabetización maorí; también sirvieron de puente —a menudo interesado— para el comercio.
Pero el objeto europeo que más transformó el mundo maorí fue el mosquete. Al canalizar armas de fuego a través de misioneros y balleneros, ciertos jefes obtuvieron una superioridad militar demoledora. El jefe de Ngāpuhi Hongi Hika, en la Bahía de las Islas, fue el gran beneficiario inicial y lanzó campañas devastadoras contra tribus rivales. Así estallaron las Guerras de los Mosquetes (c. 1806-1845), una cadena de conflictos intertribales que, alimentados por la vieja lógica del utu (la reciprocidad y la venganza) pero potenciados por el arma nueva, causaron una mortandad estimada en unas 20.000 personas y redibujaron el mapa tribal de las islas. A esa violencia se sumó el azote de las enfermedades europeas, ante las que los maoríes carecían de defensas. Cuando la Corona británica decidió intervenir, encontró un mundo maorí golpeado, armado y en plena convulsión.
El 6 de febrero de 1840, en la localidad de Waitangi, en la Bahía de las Islas, representantes de la Corona británica y un primer grupo de rangatira maoríes firmaron el documento fundacional de Nueva Zelanda: Te Tiriti o Waitangi, el Tratado de Waitangi. A lo largo de aquel año, más de 500 jefes de todo el país lo suscribieron. La firma respondía a una necesidad práctica: frenar la anarquía de Kororāreka, contener las ambiciones francesas y regular la avalancha de colonos y de compras de tierra. El teniente gobernador William Hobson representaba a la Corona; el misionero Henry Williams y su hijo Edward tradujeron el borrador inglés al maorí de un día para otro, en la noche del 4 al 5 de febrero.
Ahí reside el problema que define al país hasta hoy: el tratado tiene dos textos, y no dicen lo mismo. En la versión inglesa, los jefes cedían a la reina Victoria la «soberanía» (sovereignty) plena sobre sus tierras. Pero en el texto maorí —el que firmó la inmensa mayoría de los rangatira—, los jefes cedían el kāwanatanga, es decir, el «gobierno» o la administración, mientras que el artículo segundo les garantizaba el tino rangatiratanga, la plena autoridad y posesión sobre sus tierras, aldeas y taonga (tesoros). El concepto europeo de «soberanía» no tenía traducción directa en la sociedad maorí, y los traductores emplearon un término mucho más débil. Los maoríes, por tanto, entendieron que conservaban su autoridad y solo cedían a la Corona un derecho de gobierno; los británicos creyeron haber adquirido la soberanía total.
Ese desajuste no fue un mero accidente lingüístico: se convirtió en la falla sobre la que se construyó toda la historia posterior de Nueva Zelanda. El artículo tercero garantizaba a los maoríes los derechos y protecciones de súbditos británicos, y una cláusula anexa otorgaba a la Corona el derecho de tanteo (preferencia) en la compra de tierras. En los años siguientes, la interpretación británica se impuso por la fuerza, y las promesas de Te Tiriti quedaron sistemáticamente incumplidas. Hoy, legalmente existe un solo Tratado pese a sus dos textos, y desde 1975 el Tribunal de Waitangi tiene la autoridad exclusiva para interpretar sus significados y dirimir las diferencias entre versiones. El 6 de febrero, Día de Waitangi, es la fiesta nacional: una jornada que celebra el nacimiento del país y, a la vez, recuerda una promesa traicionada.
La colonización tras Waitangi trajo consigo un choque inevitable por la tierra y la soberanía. Entre 1845 y 1872 se desarrollaron las Guerras de Nueva Zelanda (New Zealand Wars, también llamadas Guerras Maoríes o Guerras de la Tierra), una serie de conflictos entre la Corona y diversos iwi. El primero fue la Guerra del Norte (1845-1846), en la Bahía de las Islas, donde el jefe de Ngāpuhi Hōne Heke —irónicamente, el primero en firmar el Tratado— expresó su rechazo al dominio británico talando repetidas veces el asta de la bandera colonial en la colina Maiki, sobre Kororāreka, y atacando el poblado en 1845.
El corazón del conflicto se trasladó luego a la Isla Norte central. En Taranaki, la disputada venta del bloque de Waitara desató la Primera Guerra de Taranaki en 1860, cuando Wiremu Kīngi Te Rangitāke resistió con un ingenioso pā (fortaleza) capaz de soportar el bombardeo de la artillería. Pero el episodio decisivo fue la invasión del Waikato en julio de 1863: el gobernador George Grey lanzó a 12.000 soldados imperiales contra el corazón del Kīngitanga, el movimiento del Rey Maorí surgido en 1858 para unir a las tribus. En batallas como Rangiriri (noviembre de 1863) y Ōrākau (1864), unos pocos miles de guerreros a tiempo parcial resistieron heroicamente antes de ser desbordados. El rey Tāwhiao y su pueblo se replegaron a un exilio de más de veinte años en la región que pasó a llamarse el King Country.
La consecuencia más duradera de la derrota fue el raupatu, la confiscación de tierras. La New Zealand Settlements Act de 1863 permitió a la Corona apropiarse, sin las garantías legales debidas, de vastos territorios de los iwi que habían combatido —y, muchas veces, también de aliados leales—. Bajo el pretexto de fomentar el asentamiento europeo, su verdadero fin era castigar a los maoríes. Las mayores confiscaciones ocurrieron en Waikato y Taranaki, pero también en Tauranga, la Bahía de Plenty y Hawke's Bay; en total se arrebataron cerca de un millón de hectáreas. La resistencia continuó de otras formas, desde la guerra de guerrillas del profeta Te Kooti hasta la resistencia pacífica de Parihaka. Las Guerras de Nueva Zelanda dejaron a muchos iwi desposeídos y empobrecidos, y sembraron agravios que solo empezarían a repararse un siglo más tarde.
Mientras el norte ardía en guerra, en el sur se levantaba una Nueva Zelanda europea. Las compañías de colonización británicas, en especial la New Zealand Company de Edward Gibbon Wakefield, promovían un asentamiento «ordenado» y con frecuencia idealizado por confesiones religiosas. En 1848, colonos de la Iglesia Libre de Escocia fundaron Otago y su capital, Dunedin —una versión gaélica de Edimburgo—, a bordo de los barcos John Wickliffe y Philip Laing. En 1850, la Canterbury Association desembarcó a los «Peregrinos de Canterbury» en Lyttelton, en los célebres «Primeros Cuatro Barcos», para fundar una colonia anglicana en torno a Christchurch. Nelson y Wellington habían nacido de forma parecida desde 1840-1842.
El gran acelerador fue el oro. El 25 de mayo de 1861, el buscador Gabriel Read descubrió oro en un arroyo de Otago —vio el metal «brillando como las estrellas de Orión en una noche fría y oscura»—, desatando la primera gran fiebre del oro del país en Gabriel's Gully. En pocos meses, 14.000 personas acamparon en los yacimientos, y Otago se convirtió de golpe en la provincia más rica y poblada de Nueva Zelanda; Dunedin pasó a ser su centro comercial e industrial. La fiebre se extendió al interior de Central Otago, en torno al lago Wakatipu y la naciente Queenstown.
Apenas tres años después, en 1864, el hallazgo de oro en la costa oeste (West Coast) desató una nueva estampida, esta vez sobre la selva húmeda y agreste del litoral occidental de la Isla Sur. Hokitika, junto a la desembocadura de su río, llegó a ser en 1866 el asentamiento más poblado del país, con más de 25.000 habitantes y más de cien tabernas. El oro atrajo a decenas de miles de buscadores de las Islas Británicas, Europa, América, Australia y también de China, que sufrieron una intensa hostilidad racista. La riqueza aurífera financió ferrocarriles, puertos y ciudades, fundó la Universidad de Otago (1869, la más antigua del país) y desplazó el centro de gravedad demográfico hacia el sur, consolidando a Nueva Zelanda como una próspera colonia de colonos británicos.
En las últimas décadas del siglo XIX, Nueva Zelanda se labró una reputación de «laboratorio social» del mundo. El hito más resonante llegó el 19 de septiembre de 1893, cuando el país se convirtió en el primero del mundo en conceder el voto a las mujeres a nivel nacional. La victoria fue fruto de una campaña incansable liderada por Kate Sheppard y la Unión Cristiana de Mujeres por la Templanza: presentaron al Parlamento una petición firmada por casi 32.000 mujeres, un rollo de 270 metros que se desplegó dramáticamente en la cámara. Pese a la oposición del primer ministro Richard Seddon, la Ley Electoral de 1893 salió adelante, y ese mismo año el 65% de las neozelandesas ejerció su nuevo derecho. La noticia inspiró a los movimientos sufragistas de todo el planeta.
En 1907, Nueva Zelanda ascendió de colonia a Dominio del Imperio británico, un cambio más de nombre que de fondo: seguía autónoma en lo interno y ligada a Londres en lo exterior. Esa lealtad imperial se puso a prueba en la Primera Guerra Mundial. El 25 de abril de 1915, tropas neozelandesas y australianas —el cuerpo conjunto ANZAC— desembarcaron bajo el fuego otomano en la península de Gallipoli, en una campaña desastrosa que se estancó ocho meses. Para un país de poco más de un millón de habitantes, la guerra fue una sangría: unos 18.000 neozelandeses murieron y decenas de miles resultaron heridos. De aquel desastre nació, sin embargo, un mito fundacional: el espíritu ANZAC, con sus valores de coraje, sacrificio y camaradería. El 25 de abril, Anzac Day, es hoy la conmemoración más solemne del calendario.
La entreguerra trajo la Gran Depresión, que golpeó con dureza a un país dependiente de la exportación agraria, y una respuesta política audaz. En 1935 llegó al poder el Primer Gobierno Laborista de Michael Joseph Savage, que construyó uno de los primeros estados de bienestar integrales del mundo: la Ley de Seguridad Social de 1938 estableció pensiones universales y las bases de un sistema público de salud. Nueva Zelanda tardó en asumir plena soberanía —recién adoptó el Estatuto de Westminster en 1947—, pero cuando estalló la Segunda Guerra Mundial volvió a movilizarse junto a Gran Bretaña. La caída de Singapur en 1942 y la amenaza japonesa en el Pacífico hicieron, como en Australia, que el país empezara a mirar hacia Estados Unidos como garante de su seguridad, iniciando un lento giro desde Europa hacia su propia región.
Durante buena parte del siglo XX, los maoríes fueron una minoría marginada en su propia tierra. La migración masiva del campo a la ciudad tras la Segunda Guerra Mundial —que llevó a la mayoría de la población maorí a centros urbanos como Auckland— aceleró la pérdida de la lengua y el debilitamiento de los lazos tribales. Pero a partir de la década de 1970, una nueva generación protagonizó lo que se conoce como el renacimiento maorí (Māori renaissance): un resurgir de la lengua, el arte, la literatura y, sobre todo, la reivindicación política de los derechos consagrados en Te Tiriti.
El primer gran hito institucional fue la creación, en 1975, del Tribunal de Waitangi, un órgano encargado de investigar las violaciones del Tratado por parte de la Corona. Inicialmente solo podía examinar agravios recientes, pero en 1985 se amplió su jurisdicción para abarcar reclamaciones que se remontaban hasta 1840. El Tribunal abrió la vía a un largo proceso de acuerdos (settlements) por los que la Corona reconoció injusticias históricas, pidió disculpas y devolvió tierras o compensaciones a los iwi: hitos como el acuerdo con Waikato-Tainui en 1995 o con Ngāi Tahu en 1998 repararon en parte las confiscaciones y despojos del siglo XIX.
El otro frente decisivo fue la lengua. Ante el riesgo real de que el te reo māori desapareciera, líderes maoríes lanzaron en 1982 el movimiento de los kōhanga reo, los «nidos de lengua»: guarderías donde los niños se sumergían en el idioma desde la más tierna infancia. Le siguieron las kura kaupapa (escuelas de inmersión) y las wānanga (institutos superiores). En 1987, la Ley de la Lengua Maorí declaró al te reo lengua oficial de Nueva Zelanda y creó una Comisión para su promoción. De este modo, en apenas dos décadas el país adoptó el biculturalismo como principio rector: la idea de que las culturas maorí y pākehā (europea) pueden coexistir en pie de igualdad. La haka de los All Blacks, los topónimos maoríes recuperados y la presencia del te reo en la vida pública dan hoy testimonio de aquella transformación profunda.
La Nueva Zelanda moderna forjó buena parte de su identidad internacional en torno a una causa: el rechazo a las armas nucleares. Durante los años setenta y ochenta, el país lideró la protesta contra los ensayos nucleares franceses en el Pacífico. La tensión alcanzó su punto álgido el 10 de julio de 1985, cuando agentes de los servicios secretos franceses hundieron con explosivos el buque de Greenpeace Rainbow Warrior en el puerto de Auckland, matando al fotógrafo Fernando Pereira. Lejos de amedrentar al país, el atentado galvanizó al movimiento antinuclear. En 1987, el gobierno laborista de David Lange aprobó la ley que declaró a Nueva Zelanda zona libre de armas nucleares y prohibió la entrada a sus aguas de buques con capacidad nuclear. Estados Unidos consideró que aquello violaba el pacto de defensa ANZUS y degradó su relación con Wellington, que pasó a ser «un amigo, pero no un aliado». La política nuclear-free se convirtió en un pilar del orgullo nacional y sigue vigente.
En lo interno, el país vivió a partir de 1984 una radical liberalización económica —la llamada «Rogernomics»— que desmanteló el viejo estado regulador. En 1996 adoptó un sistema electoral proporcional mixto (MMP) que dio mayor voz a los partidos pequeños y a la representación maorí. El jefe de Estado sigue siendo el monarca británico, representado por un gobernador general, aunque el debate republicano resurge periódicamente. Nueva Zelanda se consolidó como una democracia estable y próspera, con una economía volcada a la exportación de lácteos, carne, vino y turismo, y crecientemente integrada en la región de Asia-Pacífico.
Los desafíos del siglo XXI han puesto a prueba la cohesión del país: los devastadores terremotos de Christchurch (2010-2011), el atentado terrorista contra dos mezquitas de esa misma ciudad en 2019 —al que la primera ministra Jacinda Ardern respondió con una firmeza y una empatía que resonaron en el mundo entero— y la pandemia de COVID-19. Por encima de todo, la relación bicultural sigue evolucionando: el nombre dual «Aotearoa Nueva Zelanda» gana terreno en el uso oficial, el te reo māori vive un florecimiento inédito y los acuerdos del Tratado continúan reparando agravios históricos. País pequeño en población pero de enorme peso simbólico, Aotearoa entra en el segundo cuarto del siglo como una nación que sigue negociando, con más honestidad que muchas otras, las dos herencias —maorí y europea— que la constituyen.
Las 13 historias, una detrás de la otra. Usá los botones de arriba para saltar a la que buscás.
El istmo de Auckland, poblado desde alrededor del año 1350, fue uno de los territorios más disputados del mundo maorí, tan fértil y estratégico que recibió el nombre de Tāmaki Makaurau, «Tāmaki la deseada por muchos». Entre los siglos XVII y XVIII, las tribus de Tāmaki aterrazaron los conos volcánicos —Maungawhau (Mount Eden), Maungakiekie (One Tree Hill) y otros— para construir pā fortificados, y cultivaron unas 2.000 hectáreas de jardines de kūmara. El poblado de Ihumātao, junto al aeropuerto actual, es considerado el asentamiento más antiguo de la región.
Las Guerras de los Mosquetes (c. 1810-1840) devastaron el istmo, y hacia 1840 el iwi Ngāti Whātua-o-Ōrākei, muy reducido en número, retenía el control del centro pero temía las incursiones de Ngāpuhi. Ese temor tuvo consecuencias históricas.
En 1840, el jefe Te Kawau, de Ngāti Whātua, dio un paso estratégico: invitó al primer gobernador británico, William Hobson, a instalar la capital de la colonia en el istmo, buscando protección frente a sus rivales del norte. Ngāti Whātua Ōrākei hizo un tuku (obsequio estratégico) de unas 1.400 hectáreas a orillas del puerto de Waitematā, y así nació Auckland, capital de Nueva Zelanda de 1840 a 1865.
La ciudad creció como centro administrativo y comercial, pero su posición demasiado septentrional resultó incómoda a medida que la población y la riqueza se desplazaban al sur con el oro. En 1865, la capital se trasladó a Wellington, más central. Auckland, sin embargo, ya estaba lanzada como el mayor centro urbano del país.
A lo largo del siglo XX, Auckland se transformó en la gran metrópoli de Nueva Zelanda. La migración maorí del campo a la ciudad tras la Segunda Guerra Mundial y, sobre todo, la llegada de decenas de miles de isleños del Pacífico —samoanos, tonganos, niueanos, isleños de las Cook— la convirtieron en la ciudad polinesia más grande del mundo. Barrios enteros vibran hoy con la cultura del Pacífico, celebrada cada año en el multitudinario festival Pasifika.
Hoy el Gran Auckland concentra más de un tercio de la población del país. Su skyline, dominado por la Sky Tower, se despliega entre dos puertos y frente a un golfo salpicado de islas, desde la volcánica Rangitoto —que emergió del mar hace unos 600 años, en tiempos maoríes— hasta la vinícola Waiheke. Ciudad de las velas, cosmopolita y multicultural, Auckland es el motor económico de Nueva Zelanda.
La historia de Auckland también encierra los agravios del despojo colonial. Tierras de Ngāti Whātua y otros iwi fueron confiscadas o compradas a bajo precio tras las Guerras de Nueva Zelanda, y buena parte del istmo volcánico ancestral quedó bajo la ciudad europea. Sitios como los campos de piedra de Ōtuataua, en Ihumātao, conservan los vestigios de la agricultura maorí precolonial.
En 2019, Ihumātao volvió al centro de la escena nacional cuando un movimiento liderado por jóvenes maoríes ocupó pacíficamente un terreno ancestral para impedir la construcción de viviendas sobre él, en una protesta que atrajo la atención de todo el país y reavivó el debate sobre la tierra, el tratado y la justicia histórica. La historia de Auckland es, así, la del encuentro y el desencuentro entre la mayor ciudad del país y su sustrato maorí.
La región central de la Isla Norte, del interior de Rotorua a la costa de la Bahía de Plenty, es el territorio de Te Arawa, una confederación de iwi que traza su whakapapa a la waka del mismo nombre, llegada desde Hawaiki. Sus antepasados se asentaron en torno a los lagos y la actividad geotermal de Rotorua, aprovechando las aguas termales para cocinar, bañarse y calentarse: una relación íntima con el fuego de la tierra que perdura hasta hoy.
La costa de la Bahía de Plenty —bautizada así por Cook en 1769 por su abundancia de alimentos, en contraste con la «Bahía de la Pobreza»— fue hogar de iwi como Ngāi Te Rangi y Ngāti Ranginui en torno a Tauranga. Toda esta zona fue escenario de intensa actividad durante las Guerras de Nueva Zelanda, y Tauranga sufrió confiscaciones de tierra tras los combates de Gate Pā y Te Ranga en 1864.
A mediados del siglo XIX, la región albergaba una de las maravillas naturales más célebres del Imperio británico: las Terrazas Rosa y Blanca (Pink and White Terraces), en el lago Rotomahana. Formadas durante siglos por el goteo de aguas silíceas termales, descendían como escalinatas de coral hasta el agua y ofrecían pozas para el baño. Visitantes de todo el mundo viajaban a través de la aldea de Te Wairoa, guiados por los maoríes de Tūhourangi, para contemplarlas. Fue aquí, más que en ningún otro sitio, donde nació la industria turística de Nueva Zelanda.
Todo terminó en la madrugada del 10 de junio de 1886, cuando el monte Tarawera entró en una violenta erupción. La explosión, de índice 5 en la escala de explosividad volcánica, sepultó las aldeas cercanas, mató a unas 120 personas —en su mayoría maoríes de Tūhourangi y Ngāti Rangitihi— y destruyó las Terrazas. La catástrofe transformó el paisaje y creó nuevos campos geotérmicos, como el de Waimangu.
Lejos de acabar con el turismo, la erupción lo reorientó hacia la propia Rotorua, cuyos géiseres, pozas de barro burbujeante y aguas termales sulfurosas se convirtieron en la nueva atracción. A principios del siglo XX, el gobierno impulsó a Rotorua como balneario (spa town), y el valle geotermal de Whakarewarewa, con el géiser Pōhutu, se abrió a los visitantes de la mano de los guías maoríes de Te Arawa.
Rotorua es hoy la capital de la cultura maorí viva para el visitante: en Te Puia, Tamaki Māori Village y las aldeas de Whakarewarewa se experimentan el haka, el hangi (comida cocinada en horno de tierra), el arte del tallado y el pōwhiri (ceremonia de bienvenida). El inconfundible olor a azufre que impregna la ciudad, sus lagos y sus fenómenos geotérmicos hacen de Rotorua uno de los destinos más singulares del país.
Al sur de Rotorua se extiende la Meseta Volcánica Central, dominada por el mayor lago del país, el Taupō, que ocupa la caldera de una de las erupciones más colosales de la historia de la Tierra (la del Oruanui, hace unos 26.500 años). Es territorio ancestral de Ngāti Tūwharetoa, tangata whenua de la zona desde hace unos 700 años, cuyo ancestro fundador Ngātoroirangi, según la tradición, ascendió y nombró estas montañas sagradas.
En los tres volcanes que se alzan sobre la meseta —Tongariro, Ngāuruhoe y Ruapehu— se escribió un capítulo pionero de la conservación mundial. En 1887, el jefe supremo Horonuku Te Heuheu Tūkino IV cedió las cumbres a la Corona para protegerlas de la fragmentación y la venta, con la condición de que fueran preservadas. Así nació en 1894 el Parque Nacional Tongariro, el primero de Nueva Zelanda y uno de los primeros del mundo, y el primero jamás donado por un pueblo indígena. Hoy es Patrimonio Mundial mixto (natural y cultural) y su travesía, el Tongariro Alpine Crossing, es considerada la mejor caminata de un día del país; el monte Ngāuruhoe encarnó al Monte del Destino en el cine.
Las vastas llanuras de Canterbury, las más extensas del país, fueron habitadas primero por el iwi Waitaha a mediados del siglo XIII, luego por Kāti Māmoe y finalmente absorbidas por Ngāi Tahu (Kāi Tahu), el gran iwi de la Isla Sur. Estos pueblos recorrían las llanuras y los Alpes en busca de alimento (mahinga kai) —anguilas, aves, pounamu (jade)— siguiendo antiguas rutas estacionales.
La montaña más alta, Aoraki, ocupa un lugar central en su cosmología: según la tradición de Ngāi Tahu, Aoraki y sus hermanos eran hijos del cielo cuya waka encalló y se petrificó, formando la Isla Sur (Te Waka o Aoraki). La relación de Ngāi Tahu con esta tierra y con la Corona quedaría marcada por compras de tierra desiguales, como la «Kemp's Deed» de 1848, que redujo drásticamente las reservas prometidas y originó una reclamación que duraría 150 años.
Christchurch nació de un proyecto colonizador con vocación religiosa. La Canterbury Association, ligada a la Iglesia de Inglaterra, se propuso fundar en las llanuras una colonia anglicana modélica, una «pequeña Inglaterra» en las antípodas. Los llamados «Primeros Cuatro Barcos» —el Randolph, el Charlotte Jane, el Sir George Seymour y el Cressy— trajeron a los primeros 792 «Peregrinos de Canterbury» al puerto de Lyttelton en diciembre de 1850.
Los colonos cruzaron las colinas de Port Hills y fundaron Christchurch en la llanura, trazando una ciudad ordenada en torno a una catedral, con el río Avon serpenteando entre parques y jardines. Con sus edificios neogóticos, sus sauces y su ambiente inglés, Christchurch se ganó el apodo de «la ciudad jardín» y «la más inglesa fuera de Inglaterra».
Al oeste de las llanuras se alza el techo de Nueva Zelanda: Aoraki/Mount Cook, con 3.724 metros, la mayor cumbre del país, rodeada de glaciares y de otras dieciocho cimas de más de 3.000 metros en los Alpes del Sur. Su Parque Nacional fue escuela del montañismo neozelandés —Edmund Hillary, primer hombre en coronar el Everest, se entrenó aquí— y su valle Hooker ofrece uno de los paisajes alpinos más deslumbrantes del hemisferio sur.
En la cuenca de Mackenzie, a los pies de los Alpes, el lago Tekapo despliega sus aguas turquesas de origen glaciar junto a la pequeña capilla del Buen Pastor. La región forma parte de una de las mayores reservas de cielo oscuro (Dark Sky Reserve) del mundo, un santuario para la observación de la Vía Láctea y las estrellas del hemisferio austral. El paso alpino de Arthur's Pass, atravesado por el célebre tren escénico TranzAlpine, conecta Canterbury con la costa oeste entre montañas habitadas por el kea, el único loro alpino del planeta.
La historia reciente de Canterbury está marcada por la tierra que tembló. El 4 de septiembre de 2010, un fuerte terremoto sacudió la región sin causar muertes; pero el 22 de febrero de 2011, una réplica de magnitud 6,3, más superficial y cercana, golpeó Christchurch a mediodía y mató a 185 personas, en el quinto desastre más mortífero de la historia del país. El centro histórico quedó devastado, la catedral en ruinas y miles de edificios hubieron de ser demolidos. Con más de 40.000 millones de dólares en daños, fue la catástrofe natural más costosa de Nueva Zelanda.
De los escombros surgió una ciudad renovada con creatividad y resiliencia: instalaciones temporales como la «catedral de cartón» del arquitecto Shigeru Ban, arte urbano, espacios verdes y una reconstrucción que integró por primera vez de forma central la cultura y el diseño de Ngāi Tahu. Christchurch, puerta de entrada a la Isla Sur, es hoy un símbolo de renacimiento tras la adversidad. Cerca, la península de Banks alberga Akaroa, un pueblo de raíces francesas fundado en 1840 en un cráter volcánico inundado, hogar del raro delfín de Héctor.
La costa este de la Isla Norte es el territorio de Ngāti Kahungunu, el tercer iwi más numeroso de Nueva Zelanda, cuyo pueblo desciende tanto de los primeros pobladores de la región como del ancestro epónimo Kahungunu, llegado en el siglo XVI. Mediante alianzas matrimoniales y guerras, Ngāti Kahungunu se convirtió en el grupo dominante a lo largo de una franja costera que va de la Bahía de Plenty a Wairarapa. En torno a Gisborne vivían además iwi como Te Aitanga-a-Māhaki, Rongowhakaata y Ngāi Tāmanuhiri.
Gisborne, por su posición extrema en el este, es la primera ciudad del mundo en recibir la luz del sol cada día. Su bahía, Tūranganui-a-Kiwa, tiene además un lugar decisivo en la historia del país: fue el primer punto donde un europeo pisó suelo neozelandés.
El 8 de octubre de 1769, James Cook y la tripulación del Endeavour desembarcaron en la bahía de Tūranganui-a-Kiwa, cerca de la actual Gisborne: el primer contacto físico entre europeos y maoríes en Nueva Zelanda. El encuentro fue trágico. Una serie de malentendidos culminó en enfrentamientos en los que murieron al menos nueve maoríes. Incapaz de conseguir las provisiones que necesitaba tras semanas en el mar, Cook bautizó al lugar «Poverty Bay», la Bahía de la Pobreza, y siguió su rumbo hacia el sur.
El sitio del desembarco, hoy la reserva histórica Puhi Kai Iti / Cook Landing Site, conmemora aquel encuentro fundacional. Con el paso del tiempo, el significado del lugar ha sido reinterpretado para dar voz también a la perspectiva maorí sobre un contacto que cambió para siempre el curso de su historia.
La mañana del 3 de febrero de 1931, a las 10:47, un terremoto de magnitud 7,8 sacudió Hawke's Bay durante dos minutos y medio. Fue el peor desastre natural de la historia de Nueva Zelanda: mató a 256 personas y arrasó las ciudades de Napier y Hastings. Los incendios que siguieron ardieron durante 36 horas, destruyendo lo que el temblor había dejado en pie. El fondo marino frente a la costa se elevó más de dos metros y medio, drenando la laguna de Ahuriri —sobre cuyo terreno recuperado se asienta hoy el aeropuerto.
De la tragedia nació algo singular. La reconstrucción de Napier se llevó a cabo íntegramente durante los años treinta, en pleno apogeo del estilo art déco, lo que dio como resultado una de las colecciones de arquitectura art déco más completas y armónicas del mundo. Napier renació como «la ciudad más nueva del planeta», y hoy celebra ese legado en su festival anual del art déco, uno de los grandes atractivos de la región.
El clima soleado y templado de Hawke's Bay la convirtió en una de las grandes regiones agrícolas del país: es a la vez «la huerta frutícola de Nueva Zelanda» y una de sus más prestigiosas regiones vinícolas, célebre por sus tintos de Burdeos y su Syrah, con bodegas históricas como Mission Estate, fundada por misioneros en 1851, la más antigua del país. Gisborne, por su parte, se hizo un nombre con el Chardonnay.
La costa ofrece además un espectáculo natural excepcional: en Cape Kidnappers, cerca de Napier, anida la mayor colonia continental de alcatraces (gannets) del mundo, accesible al visitante. Entre viñedos, arte déco, raíces maoríes profundas y una naturaleza generosa, Hawke's Bay y la Costa Este condensan buena parte del encanto de la Isla Norte.
El nordeste de la Isla Sur, donde los valles inundados por el mar forman el intrincado laberinto de los Marlborough Sounds, fue habitado por los maoríes desde época temprana. La zona formaba parte de Te Tau Ihu y, como el resto de la región, vio transformado su mapa tribal por las conquistas de Ngāti Toa y otros iwi del norte durante las Guerras de los Mosquetes, a comienzos del siglo XIX. Los Sounds ofrecían abundante pesca y marisco, y en Ship Cove (Meretoto), en el Queen Charlotte Sound, James Cook fondeó repetidamente durante sus viajes, usándolo como base para reabastecerse.
El valle del río Wairau, la gran llanura donde hoy se asienta Blenheim, fue precisamente el escenario del sangriento incidente de 1843 entre colonos y Ngāti Toa. Con el tiempo, la región se dedicó a la ganadería ovina, la cebada y la lucerna, sin sospechar el cultivo que la haría mundialmente famosa.
La historia moderna de Marlborough se escribe en las viñas. El 24 de agosto de 1973, Frank Yukich, de la bodega Montana Wines, plantó las primeras vides comerciales en el valle de Brancott. El Sauvignon Blanc se plantó en 1975, y la primera cosecha comercial de Marlborough salió al mercado en 1979. Nadie imaginaba lo que vendría.
El momento decisivo llegó en 1985, cuando la bodega Cloudy Bay, fundada por el australiano David Hohnen con el enólogo Kevin Judd, lanzó un Sauvignon Blanc de aromas explosivos —cítricos, hierba, fruta de la pasión— que cautivó al mundo y estableció un estilo de referencia global. Marlborough se convirtió así en la mayor y más célebre región vinícola de Nueva Zelanda, y su Sauvignon Blanc, en uno de los vinos que redefinieron el paladar internacional. Hoy la región produce la inmensa mayoría del vino del país.
Al sur de Marlborough, donde los Alpes del Sur caen abruptamente al océano, se encuentra Kaikoura, cuyo nombre significa «comida de crayfish (langosta)». La zona fue habitada por Ngāi Tahu —en particular el hapū Ngāti Kuri— desde al menos 1670. Su relación con las ballenas es ancestral y profunda, tejida en su whakapapa y sus relatos.
La colonización europea llegó en 1842, cuando el escocés Robert Fyffe estableció una estación ballenera; la Fyffe House, construida ese año sobre cimientos de hueso de ballena, aún se conserva. En 1859, un tratado entre la Corona y Ngāti Kuri traspasó el bloque de Kaikoura —unos 2,8 millones de acres— a cambio de apenas 300 libras y unas reservas. En una notable ironía histórica, la villa que vivió de cazar ballenas se reinventó en el siglo XX viviendo de mostrarlas: gracias a un profundo cañón submarino junto a la costa, Kaikoura permite avistar cachalotes durante todo el año, además de ballenas, delfines y albatros, en una de las experiencias de fauna marina más notables del planeta. En 2016, un potente terremoto sacudió la zona y elevó el fondo marino hasta dos metros.
El extremo septentrional de la Isla Sur, conocido en maorí como Te Tau Ihu («la proa de la canoa»), fue habitado durante siglos por diversos iwi, cuyo mapa tribal quedó transformado en el siglo XIX por las migraciones de las Guerras de los Mosquetes: pueblos del norte como Ngāti Toa, Ngāti Rārua, Ngāti Tama y Te Āti Awa se asentaron en la región tras conquistarla.
Fue precisamente aquí, en la bahía que hoy se llama Golden Bay, donde en diciembre de 1642 el holandés Abel Tasman tuvo el primer contacto registrado entre europeos y maoríes de Nueva Zelanda, un encuentro que terminó con la muerte de cuatro de sus marineros a manos de Ngāti Tūmatakōkiri. Tasman se marchó sin desembarcar, y bautizó el lugar «Bahía de los Asesinos». Pasarían dos siglos antes de que los europeos volvieran a asentarse.
Entre 1839 y 1842, la New Zealand Company negoció con algunos maoríes el establecimiento de una colonia en Whakatū (la bahía de Tasman) y Taitapu (Golden Bay). El primer barco de inmigrantes, el Fifeshire, llegó el 1 de febrero de 1842, fundando la ciudad de Nelson. La colonia, sin embargo, nació con un problema grave: la Compañía había prometido a los colonos mucha más tierra de la que había adquirido legítimamente de los maoríes, lo que la empujó a expandirse sobre territorios cuya venta los iwi disputaban.
Esa presión por la tierra conduciría, apenas un año después, a la primera colisión armada grave entre maoríes y colonos tras la firma del Tratado de Waitangi, un episodio que marcaría a fuego a la joven colonia.
El 17 de junio de 1843, un grupo armado de colonos de la New Zealand Company, encabezado por un magistrado, marchó al valle de Wairau para arrestar a los jefes de Ngāti Toa, Te Rauparaha y Te Rangihaeata, y hacer valer una disputada escritura de compra de tierras. Los jefes se negaban a reconocer la venta. En el enfrentamiento que siguió, en Tuamarina, murieron 22 europeos y 4 maoríes; varios colonos que se habían rendido fueron ejecutados en represalia por la muerte de la esposa de Te Rangihaeata.
El «incidente de Wairau» (o «Wairau Affray») fue el primer choque armado significativo entre maoríes y británicos después de Waitangi, y conmocionó a la colonia. Sorprendentemente, el gobernador FitzRoy investigó los hechos y dio la razón a Ngāti Toa, reconociendo que la escritura era inválida, en un gesto de justicia poco común que enfureció a muchos colonos.
Nelson y Tasman superaron su convulso comienzo para convertirse en una de las regiones más apacibles y luminosas del país: Nelson es célebre por ser la ciudad con más horas de sol de Nueva Zelanda, lo que la hizo prosperar con la horticultura, los huertos, el lúpulo y la viticultura. Ese clima y esa calidad de vida atrajeron a artistas, artesanos y cerveceros, y la ciudad tiene hoy una vibrante escena creativa.
Su mayor tesoro natural es el Parque Nacional Abel Tasman, el más pequeño del país pero uno de los más queridos: una sucesión de playas de arena dorada, aguas turquesas y bosque nativo que se recorre a pie por el Abel Tasman Coast Track o en kayak, entre focas y aves marinas. Golden Bay, la bahía donde todo empezó con Tasman, y los manantiales cristalinos de Te Waikoropupū completan el atractivo de esta esquina soleada de la Isla Sur.
El extremo norte de la Isla Norte es, según la tradición, uno de los lugares donde primero se asentaron los polinesios. La waka Māmari y otras canoas fundadoras vincularon la región a la genealogía de Ngāpuhi, hoy el iwi más numeroso de Nueva Zelanda. En el cabo Reinga (Te Rerenga Wairua), en la punta septentrional donde chocan los mares de Tasmania y el Pacífico, se sitúa un lugar de profunda carga espiritual: según la creencia maorí, es allí donde las almas de los difuntos parten hacia Hawaiki, la patria ancestral.
Northland fue un enclave densamente poblado y agrícola, con innumerables pā (fortalezas) y jardines de kūmara. Su clima subtropical y sus abundantes recursos marinos sostuvieron a numerosos hapū. La región concentra hasta hoy una de las mayores proporciones de población maorí del país, y su historia es inseparable de la de Ngāpuhi y sus grandes jefes.
La Bahía de las Islas fue el escenario del primer contacto sostenido entre maoríes y europeos. El día de Navidad de 1814, Samuel Marsden predicó allí el primer sermón cristiano y estableció una misión en Rangihoua; siguieron las de Kerikeri (1819) —donde aún se conservan la Kemp House y el Stone Store, los edificios europeos más antiguos del país— y Paihia (1823). Frente a ellas creció Kororāreka (hoy Russell), un puerto ballenero tan desenfrenado que se lo apodó «el pozo negro del Pacífico».
El gran protagonista de la época fue Hongi Hika, jefe de Ngāpuhi con base en el pā de Kororipo. Ávido de tecnología y comercio europeos, acogió a misioneros y tratantes, y con los mosquetes que obtuvo lanzó campañas devastadoras contra otras tribus durante las Guerras de los Mosquetes. La Bahía de las Islas fue así, a la vez, la ventana del mundo maorí a Europa y el epicentro de una violencia sin precedentes.
El 6 de febrero de 1840, sobre el prado que se extiende frente a la Bahía de las Islas, se firmó Te Tiriti o Waitangi, el Tratado de Waitangi, entre la Corona británica y los primeros rangatira maoríes. El jefe de Ngāpuhi Hōne Heke fue el primero de los 45 jefes del norte en estampar su firma. El lugar —hoy los Waitangi Treaty Grounds, con su casa del tratado, su whare rūnanga (casa de reuniones tallada) y su gran waka ceremonial— es el sitio histórico más importante del país y el corazón simbólico de la nación.
Cada 6 de febrero, el Día de Waitangi convierte a este rincón de Northland en el centro del debate nacional sobre el significado del tratado y sobre la relación entre maoríes y pākehā. Aquí se conmemora, con celebración y con protesta a un tiempo, el documento cuyas dos versiones —en inglés y en te reo— siguen definiendo a Nueva Zelanda.
Apenas cinco años después de firmar el tratado, Hōne Heke se convirtió en su primer gran opositor armado. Descontento con el traslado de la capital a Auckland, la caída del comercio en Kororāreka y la creciente autoridad británica, Heke expresó su desafío talando repetidamente el asta de la bandera colonial sobre la colina Maiki. En marzo de 1845, junto a un centenar de guerreros de Ngāpuhi, atacó y saqueó el poblado de Kororāreka, dando inicio a la Guerra del Norte, la primera de las Guerras de Nueva Zelanda.
El conflicto, en el que Heke y el jefe Kawiti se aliaron frente a las tropas imperiales (y a otros maoríes leales a la Corona, como Tāmati Wāka Nene), mostró la eficacia de los pā maoríes modernos frente a la artillería británica. Terminó sin un vencedor claro en 1846, pero dejó anticipado el largo pulso por la tierra y la soberanía que marcaría las décadas siguientes.
Otago nació como un proyecto de colonización de la Iglesia Libre de Escocia (Free Church), una confesión presbiteriana surgida en 1843. En marzo de 1848 llegaron los dos primeros barcos de inmigrantes, el John Wickliffe y el Philip Laing, procedentes del Firth of Clyde, y fundaron una colonia en el sur profundo de la Isla Sur. Aunque se barajó el nombre de «New Edinburgh», la ciudad se llamó Dunedin, la forma gaélica de Edimburgo.
La impronta escocesa quedó grabada para siempre en Otago: en su presbiterianismo, su arquitectura, sus topónimos y su carácter. Buena parte de los primeros colonos pertenecían a la Free Church, y a lo largo de la década de 1850 llegaron miles más. Sobre esa base sobria y trabajadora se levantaría una sociedad que pronto viviría una transformación vertiginosa.
El 25 de mayo de 1861, el buscador Gabriel Read descubrió oro en un arroyo del interior de Otago, en el lugar que se llamaría Gabriel's Gully. La noticia desató la primera gran fiebre del oro de Nueva Zelanda: en diciembre acampaban ya unas 14.000 personas en los yacimientos, y en 1861 llegaron 256 barcos al puerto de Port Chalmers cargados de buscadores. La población de Otago se multiplicó por cinco entre 1861 y 1864, y muchos mineros llegaron desde los agotados campos de Australia.
La fiebre transformó a Otago en la provincia más rica y poblada del país, y a Dunedin en su capital comercial e industrial y su mayor ciudad. La riqueza aurífera financió edificios monumentales, ferrocarriles y la fundación, en 1869, de la Universidad de Otago, la más antigua de Nueva Zelanda. La fiebre atrajo también a miles de mineros chinos, que sufrieron una fuerte discriminación pero dejaron una huella duradera, visible aún en pueblos históricos como Arrowtown.
La fiebre del oro llevó a los buscadores hacia el interior montañoso de Central Otago, a las orillas de los grandes lagos alpinos. Queenstown, a orillas del lago Wakatipu y bajo la escarpada cordillera de The Remarkables, nació como campamento minero en la década de 1860. Cuando el oro se agotó, su espectacular entorno de montañas, lagos y ríos la reinventó, en el siglo XX, como la capital mundial de los deportes de aventura: aquí se inventó el bungy jumping comercial (en el puente de Kawarau, en 1988), y hoy es meca del esquí, el jet boat, el paracaidismo y el senderismo.
A poca distancia, el lago Wanaka ofrece una versión más serena de la belleza alpina, con el famoso árbol solitario en sus aguas (#ThatWanakaTree) y acceso al Parque Nacional del Monte Aspiring. Entre viñedos de Pinot Noir de fama mundial, paisajes de cine y adrenalina, Central Otago se ha convertido en uno de los destinos más deseados del país.
Dunedin conserva hasta hoy su carácter de «Edimburgo del sur»: arquitectura victoriana y eduardiana de piedra, herencia escocesa, la calle residencial más empinada del mundo (Baldwin Street) y una vibrante vida universitaria en torno a la Universidad de Otago. La ciudad fue, en su apogeo aurífero, la más importante del país, y su patrimonio edilicio da testimonio de aquella riqueza.
Junto a la ciudad, la península de Otago es un santuario de vida salvaje excepcional: alberga la única colonia continental de albatros reales del mundo, en Taiaroa Head, además de pingüinos de ojos amarillos (hoiho), lobos y leones marinos. Herencia escocesa, oro y naturaleza austral se dan la mano en este rincón del sudeste de la Isla Sur.
El extremo meridional de la Isla Sur es conocido por los maoríes como Murihiku, «la última articulación de la cola», en la imagen tradicional de la Isla Sur como la waka (canoa) de Aoraki. Sus primeros habitantes fueron los Waitaha, seguidos por Kāti Māmoe y Kāi Tahu (Ngāi Tahu). En este clima frío y austral, los maoríes pescaban anguilas en los ríos, cazaban aves y recogían tītī (pardelas o «muttonbirds») en las islas frente a Rakiura, una tradición que perdura hasta hoy.
El 10 de junio de 1840, Tūhawaiki, jefe supremo de Kāi Tahu, firmó el Tratado de Waitangi a bordo del HMS Herald en la isla Ruapuke. En 1853, la «compra de Murihiku» por Walter Mantell transfirió vastas extensiones a la Corona con promesas de escuelas y hospitales que nunca se cumplieron, y con límites tan imprecisos que Kāi Tahu siempre sostuvo que Fiordland no estaba incluido en la venta.
Southland y Fiordland fueron de las primeras zonas del país en recibir a los europeos. El Endeavour de Cook exploró la costa en 1770 y bautizó accidentes como Doubtful Sound. Los cazadores de focas llegaron en la década de 1790 y en apenas treinta años exterminaron las colonias de la zona; el negocio se hundió, pero lo relevó la caza de ballenas, que estableció estaciones costeras con tripulaciones mixtas de europeos y maoríes.
La colonización agrícola llegó después. Invercargill, la ciudad más austral de importancia del país, y el puerto de Bluff se convirtieron en los centros de una región dedicada a la ganadería ovina y lechera. Bluff es célebre por sus ostras, y toda la región conserva un fuerte acento escocés en su población y su carácter, herencia de los colonos del sur.
El rincón sudoccidental de la Isla Sur alberga uno de los grandes territorios salvajes del planeta: el Parque Nacional Fiordland, más de 12.000 kilómetros cuadrados de montañas, selva templada, cascadas y fiordos tallados por los glaciares. Su joya es Milford Sound (Piopiotahi), un fiordo de acantilados de más de 1.200 metros que Rudyard Kipling calificó como «la octava maravilla del mundo», coronado por el pico Mitre y habitado por focas, delfines y pingüinos. Doubtful Sound, más vasto y remoto, ofrece un silencio casi absoluto.
Desde la localidad de Te Anau, junto a su gran lago, parten las rutas de senderismo más famosas del país —el Milford Track, apodado «la mejor caminata del mundo», y el Kepler y Routeburn—, así como las visitas a las cuevas de luciérnagas. Prácticamente deshabitado y protegido como Patrimonio Mundial dentro de Te Wāhipounamu, Fiordland es la naturaleza neozelandesa en su estado más puro y sobrecogedor.
Frente a la costa sur, cruzando el estrecho de Foveaux, se extiende la tercera isla de Nueva Zelanda: Stewart Island, cuyo nombre maorí, Rakiura, significa «cielos incandescentes», en alusión a las auroras australes que a menudo tiñen sus noches. Los cazadores de focas y balleneros trabajaron sus costas entre 1800 y 1840. Hoy, con la mayor parte de su superficie protegida en el Parque Nacional Rakiura, la isla es uno de los pocos lugares del mundo donde puede verse al kiwi salvaje en su hábitat natural, incluso de día.
En el continente, la costa de los Catlins, entre Southland y Otago, ofrece una versión salvaje y poco transitada del litoral austral: cascadas, bosques petrificados de 180 millones de años, faros y playas donde descansan leones marinos, focas y pingüinos. Es el extremo sur del país, batido por los vientos del océano Antártico, un paisaje de fin del mundo.
Taranaki toma su nombre de su rasgo definitorio: el monte Taranaki (también llamado Mount Egmont por Cook), un estratovolcán de cono casi perfecto de 2.518 metros, profundamente sagrado (tapu) para los maoríes de la región. Según la tradición, Taranaki fue en tiempos una de las montañas de la Meseta Central que, tras perder una batalla amorosa por la montaña Pihanga, huyó hacia el oeste hasta su emplazamiento actual, abriendo el cauce del río Whanganui a su paso.
La región fue hogar de iwi como Te Āti Awa, Ngāti Ruanui, Taranaki y Ngāruahine, pueblos agrícolas asentados en la fértil llanura volcánica. Las Guerras de los Mosquetes empujaron a muchos hacia el sur en las décadas de 1820 y 1830, pero conservaron sus lazos ancestrales con la montaña y la tierra, que volverían a defender con las armas y con la paz.
Taranaki fue el escenario donde estalló abiertamente el conflicto por la tierra. En 1859, un jefe menor de Te Āti Awa, Te Teira, ofreció vender a la Corona el bloque de Pekapeka, en Waitara, pero el jefe principal, Wiremu Kīngi Te Rangitāke, se opuso a la venta invocando la autoridad colectiva del iwi sobre la tierra. Cuando el gobierno insistió en tomar posesión, Te Rangitāke resistió, y el 17 de marzo de 1860 las tropas británicas abrieron fuego contra su pā, dando comienzo a la Primera Guerra de Taranaki.
El conflicto reveló la eficacia de las fortificaciones maoríes: el pā en forma de L de Te Rangitāke, construido en una sola noche, resistió 200 disparos de artillería y el fuego a corta distancia de 500 soldados. Una tregua en 1861 puso fin a los combates, pero no resolvió la cuestión de fondo. El agravio de las confiscaciones que siguieron alimentaría una nueva forma de resistencia, esta vez sin armas.
En la sombra del monte Taranaki, a mediados de la década de 1860, los profetas Te Whiti-o-Rongomai y Tohu Kākahi fundaron la aldea de Parihaka, que pronto atrajo a maoríes desposeídos de todo el país. Cuando en 1879 el gobierno colonial avanzó para ocupar las fértiles tierras de la llanura de Waimate, confiscadas años antes, Te Whiti y Tohu respondieron con una campaña pionera de resistencia no violenta: sus seguidores arrancaban las estacas de los agrimensores y araban pacíficamente la tierra reclamada. Cerca de 400 «aradores» y «cercadores» fueron arrestados y encarcelados sin juicio.
El 5 de noviembre de 1881, el ministro de Asuntos Nativos John Bryce cabalgó sobre Parihaka al frente de 1.500 hombres armados. Los invasores fueron recibidos por niños que cantaban y por 2.000 habitantes que no opusieron la menor resistencia. Te Whiti y Tohu fueron arrestados y deportados a la Isla Sur, donde permanecieron dos años presos sin juicio; la aldea fue saqueada y en gran parte demolida. Parihaka se convirtió en un símbolo mundial y perdurable de la resistencia pacífica, décadas antes de Gandhi.
Tras las guerras, la fértil tierra volcánica de Taranaki, regada por abundantes lluvias, hizo de la región una de las grandes zonas lecheras del país, con New Plymouth —fundada en 1841 por colonos ingleses— como su ciudad principal y puerto. El descubrimiento de gas y petróleo en el mar frente a la costa, a partir de los años sesenta, añadió una industria energética a la economía regional.
Hoy Taranaki combina el monte sagrado, coronado de nieve y accesible por senderos, con una costa de arenas negras volcánicas famosa por el surf, y con el legado cultural de sus jardines de rododendros y su vibrante escena artística en New Plymouth. La montaña, visible desde casi toda la región, sigue siendo el centro espiritual e identitario de Taranaki.
La región del Waikato —bautizada por su gran río, el más largo del país— fue territorio de la confederación tribal de Tainui, descendiente de la waka del mismo nombre que, según la tradición, arribó desde Hawaiki hacia el siglo XIII. Las fértiles llanuras y humedales del Waikato sostuvieron una densa población agrícola, con extensos cultivos de kūmara y, más tarde, de trigo y patata europeos, que los iwi comerciaban con Auckland.
Hacia mediados del siglo XIX, el Waikato era una de las zonas maoríes más prósperas y organizadas del país, con molinos, cultivos comerciales e incluso barcos propios. Esa fortaleza económica y demográfica lo convirtió, también, en un objetivo para la expansión de los colonos y en la cuna de un movimiento político sin precedentes.
Ante el avance de las ventas de tierra y la erosión de su autoridad, diversas tribus buscaron unirse bajo una figura común que sirviera de contrapeso al gobernador británico. En 1858, el jefe Pōtatau Te Wherowhero fue ungido como el primer Rey Maorí, dando origen al Kīngitanga, el Movimiento del Rey Maorí, con sede en el Waikato. No pretendía desafiar a la reina Victoria, sino proteger la tierra y la autoridad maorí (mana motuhake) frente a la presión colonial.
A la muerte de Te Wherowhero en 1860, lo sucedió su hijo, el rey Tāwhiao. El Kīngitanga se convirtió en el símbolo de la resistencia maorí a la venta de tierras, y el gobierno colonial lo vio como una amenaza a su soberanía. La institución sobrevive hasta hoy: es una de las monarquías indígenas más longevas del mundo y conserva un enorme peso moral y cultural entre los maoríes.
En julio de 1863, el gobernador George Grey, tras exigir a los maoríes del Waikato que juraran lealtad a la reina, cruzó el río Mangatāwhiri e invadió la región con unos 12.000 soldados imperiales. Frente a ellos, menos de 5.000 guerreros a tiempo parcial del Kīngitanga defendieron su tierra en batallas heroicas: Rangiriri (noviembre de 1863), donde unos 500 defensores en trincheras resistieron a 1.500 soldados con artillería y cañoneras; el asalto a la aldea agrícola de Rangiaowhia; y el célebre sitio de Ōrākau (1864), donde los defensores rechazaron la rendición con la frase legendaria «Ka whawhai tonu mātou, āke, āke, āke» («Lucharemos por siempre, por siempre, por siempre»).
Derrotado, el rey Tāwhiao condujo a su pueblo a un exilio de más de dos décadas en la región que se llamó el King Country. La Corona confiscó cerca de un millón de hectáreas de las mejores tierras de Tainui bajo la New Zealand Settlements Act de 1863. Fue una de las mayores confiscaciones de la historia del país, un despojo cuyas heridas tardarían más de un siglo en empezar a sanar: recién en 1995, Waikato-Tainui firmó un acuerdo histórico de reparación con el gobierno, que incluyó una disculpa formal de la Corona.
Tras las guerras, el Waikato se transformó en el gran distrito lechero y agrícola de Nueva Zelanda, con Hamilton como su ciudad principal. Sus verdes colinas onduladas se hicieron mundialmente famosas cuando el director Peter Jackson las eligió para filmar La Comarca de El Señor de los Anillos: el set de Hobbiton, cerca de Matamata, con sus casas hobbit incrustadas en la ladera, es hoy uno de los mayores imanes turísticos del país.
Al sur, en el King Country, se encuentran las cuevas de Waitomo. En diciembre de 1887, el jefe local Tāne Tinorau y el agrimensor Fred Mace exploraron por primera vez las grutas en una balsa, a la luz de una vela, y descubrieron su techo tapizado por miles de luciérnagas (glowworms). Ya en 1889, Tāne Tinorau abrió la cueva a los visitantes y él mismo guiaba los recorridos. Las cuevas siguen siendo, generaciones después, uno de los espectáculos naturales más queridos de Nueva Zelanda, gestionadas en parte por los descendientes de aquel jefe.
El gran puerto natural sobre el que se asienta Wellington se llama en maorí Te Whanganui-a-Tara, «el gran puerto de Tara», por un explorador ancestral. La región estuvo habitada durante siglos por diversos iwi, pero las convulsiones de las Guerras de los Mosquetes, a comienzos del siglo XIX, alteraron profundamente el mapa tribal: pueblos del norte de Taranaki como Te Āti Awa, junto a Ngāti Toa liderados por el temible Te Rauparaha, migraron hacia el sur y se establecieron en torno al puerto y el estrecho de Cook.
Cuando llegaron los primeros colonos europeos, fueron estos iwi quienes ejercían la mana whenua sobre la región. Las compras de tierra que siguieron —a menudo confusas y disputadas— sembraron agravios que perdurarían y que el Tribunal de Waitangi abordaría más de un siglo después.
Wellington fue la primera y más ambiciosa colonia de la New Zealand Company de Edward Gibbon Wakefield, que promovía un asentamiento «sistemático» de colonos británicos. Los primeros pobladores llegaron a comienzos de 1840 y levantaron sus casas en Petone, en la desembocadura del río Hutt, en un asentamiento que bautizaron Britannia. Pero el terreno resultó pantanoso e inundable, y en pocos meses trasladaron la ciudad al otro lado del puerto, a Thorndon, donde nació la Wellington actual, diseñada por el agrimensor William Mein Smith.
La nueva ciudad hubo de lidiar con un entorno difícil: colinas escarpadas, escasa tierra plana y una intensa actividad sísmica. El gran terremoto de Wairarapa de 1855, de magnitud estimada superior a 8, elevó la costa y creó parte del terreno llano sobre el que la ciudad pudo crecer, además de dejar una lección perdurable sobre la fragilidad del suelo.
A medida que la población y la riqueza se desplazaban hacia el sur con las fiebres del oro, la capital de Auckland quedó demasiado descentrada. En 1865, tras una decisión avalada por comisionados australianos neutrales, la capital de Nueva Zelanda se trasladó a Wellington por su posición central, a orillas del estrecho de Cook, entre las dos islas. El Parlamento sesionó allí por primera vez el 26 de julio de 1865.
Desde entonces, Wellington es el corazón político del país: allí se encuentran el Parlamento —con su singular edificio circular, la «Colmena» (Beehive)—, el Tribunal Supremo, los ministerios y la administración pública. Aunque más pequeña que Auckland, la ciudad concentra el poder y una intensa vida cultural y política.
Wellington se reinventó a finales del siglo XX como una capital vibrante y creativa, célebre por su densidad de cafés, su vida artística y su ambiente bohemio pese al viento constante que le valió el apodo de «Windy Wellington». En 1998 abrió Te Papa Tongarewa, el museo nacional, una institución bicultural pionera que cuenta la historia natural y humana del país desde una perspectiva que integra a maoríes y pākehā.
La ciudad es además el centro de la industria cinematográfica neozelandesa, apodada «Wellywood». Aquí, el director Peter Jackson y su compañía de efectos Weta levantaron el imperio audiovisual que dio vida a las trilogías de El Señor de los Anillos y El Hobbit, rodadas en paisajes de todo el país. El histórico funicular (cable car), los barrios de casas de madera trepando las colinas y el paseo marítimo completan el carácter único de la capital más austral del mundo.
La costa oeste de la Isla Sur —una estrecha franja entre los Alpes del Sur y el mar de Tasmania, azotada por lluvias intensas— fue durante siglos el gran centro del pounamu, el jade o «greenstone» sagrado para los maoríes. Los yacimientos de los ríos Arahura y Taramakau, cerca de la actual Hokitika, proveían la piedra más valiosa de todo el mundo maorí, empleada para herramientas, armas (mere) y adornos (hei-tiki), y comerciada por todas las islas a través de largas rutas.
El control de este recurso precioso enfrentó a los iwi: tras una serie de batallas, Ngāi Tahu arrebató el dominio del pounamu a Ngāti Wairangi. Hasta hoy, la ley reconoce a Ngāi Tahu la propiedad del pounamu de la Isla Sur, y Hokitika sigue siendo el gran centro de su tallado y comercio. El jade encarna, como pocos objetos, la continuidad de la cultura maorí en esta costa remota.
En 1864, dos maoríes, Ihaia Tainui y Haimona Taukau, hallaron oro cerca del río Taramakau, y la noticia desató la fiebre del oro de la West Coast, que se prolongó hasta 1867. Miles de buscadores —muchos procedentes de los agotados campos de Otago y de Australia— se lanzaron sobre la agreste selva costera. Hokitika, junto a la desembocadura de su río, el fondeadero más cercano a los yacimientos, se convirtió en 1866 en el asentamiento más poblado de Nueva Zelanda, con más de 25.000 habitantes y más de cien tabernas, un puerto bullicioso y peligroso donde naufragaron decenas de barcos.
Aquel mundo febril de mineros, especuladores y aventureros —inmortalizado en la novela Las luminarias de Eleanor Catton, ganadora del Booker— se desvaneció casi tan rápido como había surgido cuando el oro se agotó. Pueblos enteros quedaron abandonados, pero la impronta de aquella época sigue viva en la arquitectura y la memoria de la costa.
Cuando el oro declinó, otro recurso sostuvo a la West Coast: el carbón. Desde 1864, la región extrajo unos 142 millones de toneladas, más que ninguna otra de Nueva Zelanda. Los yacimientos de Greymouth, Reefton y Buller alimentaron los barcos de vapor, las locomotoras y la industria del país. La minería del carbón forjó una cultura obrera fuerte, sindicalizada y solidaria, orgullosa y aislada, que dio a la costa un carácter propio y una tradición de lucha política.
Esa historia tuvo también su cara trágica: desastres mineros como el de Brunner en 1896, que mató a 65 hombres —la mayor catástrofe industrial del país—, o el más reciente de Pike River en 2010, que costó la vida a 29 mineros, quedaron grabados en la memoria de la región. La West Coast, con sus pueblos pequeños y su gente recia (los «Coasters»), conserva una identidad singular dentro de Nueva Zelanda.
El mayor atractivo natural de la costa son sus glaciares gemelos. El Franz Josef (Kā Roimata o Hine Hukatere, «las lágrimas de Hine Hukatere» en la tradición de Ngāi Tahu) y el Fox descienden desde los Alpes del Sur casi hasta la selva templada de tierras bajas, un fenómeno raro en el mundo. El geólogo Julius von Haast exploró el Franz Josef en 1865 y lo bautizó en honor al emperador austríaco Francisco José I. Hoy se sobrevuelan en helicóptero para caminar sobre el hielo, aunque el cambio climático los hace retroceder año tras año.
Más al norte, en Punakaiki, las Pancake Rocks —formaciones de caliza estratificada que semejan pilas de panqueques— y sus blowholes (surtidores marinos) ofrecen un espectáculo geológico único cuando el mar embravecido irrumpe entre las rocas. Selva húmeda, glaciares, costa salvaje y pueblos de jade y carbón hacen de la West Coast uno de los rincones más singulares y menos transitados del país.