A una hora de Niamey, sobre la carretera de Dosso, hay una meseta de matorral rayado y campos de mijo donde caminan las últimas jirafas salvajes de África Occidental. No hay alambrados, no hay portón de parque nacional, no hay lodges: las jirafas conviven con las aldeas, comen de las acacias que bordean los campos y cruzan la ruta cuando les da la gana. Es una de las historias de conservación más improbables y más conmovedoras del continente.
La jirafa peralta, endémica de la región, llegó a estar reducida a 49 individuos a mediados de los años noventa: prácticamente extinguida. Hoy la población se cuenta por cientos —el censo oficial nigerino de 2023 habló de 1.148 ejemplares— gracias a un modelo de conservación que no encerró a los animales sino que trabajó con la gente que vive entre ellos, a través de la Asociación para la Salvaguarda de las Jirafas del Níger y de un cuerpo de guías locales que vive del ecoturismo.
Y hay que decir lo otro. Kouré fue escenario, el 9 de agosto de 2020, del asesinato de seis cooperantes franceses y de su chofer y su guía nigerinos, en un ataque reivindicado por el Estado Islámico. Está en Tillabéry, la región más golpeada del país. La reserva sigue viva y recibe visitas organizadas, pero cualquier viaje acá exige permisos, guía autorizado y el dispositivo de seguridad que las autoridades determinen. Esta guía cuenta lo que Kouré es, con esa advertencia por delante.
La jirafa de África Occidental ocupaba hace un siglo una franja continua desde Senegal hasta el lago Chad. La caza, la desaparición de su hábitat y las grandes sequías del Sahel la fueron borrando país por país hasta dejarla, a mediados de los años noventa, reducida a 49 individuos concentrados en una meseta al sureste de Niamey. Que sobrevivieran allí no fue casualidad: en esa zona no quedaban ni leones ni hienas que las depredaran, y la población local nunca las cazó de forma sistemática. A partir de 1996 el Estado nigerino, con apoyo internacional y con la Asociación para la Salvaguarda de las Jirafas del Níger creada en 2001, montó un esquema de conservación comunitaria —guías locales, microcréditos, pozos, viveros— que apostó a que a los vecinos les conviniera tener jirafas. Funcionó: la población se multiplicó por más de diez y la UICN bajó la subespecie de En Peligro a Vulnerable en 2018. Entre 2018 y 2022, la operación Sahel Giraffe trasladó doce animales más de 800 kilómetros, bajo protección militar, hasta la Reserva de Biosfera de Gadabedji, para crear una segunda población.
Leer la historia completa ↓La franja fértil del país: la capital que creció junto al río, la tierra zarma de Dosso y las últimas jirafas salvajes de África Occidental, en Kouré.
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Origen, formación y qué dicen las fuentes.
La jirafa de África Occidental, Giraffa camelopardalis peralta, es una de las nueve subespecies reconocidas de jirafa y la más aislada genéticamente de todas. Se distingue a simple vista por sus manchas de tono más claro —de un ocre pálido en lugar del castaño intenso de sus parientes del este y del sur— y de bordes difuminados, que le dan un aspecto casi descolorido, y por un ocre más suave en las patas.
Hace apenas un siglo su área de distribución dibujaba una franja continua a través del Sahel, desde Senegal y Mauritania hasta el lago Chad, pasando por Malí, Burkina Faso, Níger y Nigeria. Era la jirafa del Sahel, el gran mamífero de los paisajes de acacia que separan el Sáhara de la sabana.
Esa franja se fue borrando a lo largo del siglo XX. La caza —por la carne, por la piel, por deporte colonial—, la expansión de los cultivos, la tala de acacias para leña y forraje y, sobre todo, las grandes sequías sahelianas de 1968-1974 y 1983-1985 acabaron con población tras población. En los años ochenta la subespecie ya había desaparecido de casi todos los países donde vivía.
A mediados de los años noventa quedaban 49 ejemplares. Cuarenta y nueve jirafas en todo el mundo, concentradas en una meseta de matorral al sureste de Niamey. Nadie habría apostado por su futuro.
La supervivencia de las jirafas en esta meseta concreta no fue un plan: fue el resultado de una serie de circunstancias que se alinearon a favor.
La primera es ecológica. En la zona de Kouré desaparecieron hace décadas los grandes depredadores. No quedan leones ni hienas manchadas, y sin depredación la mortalidad de las crías —el cuello de botella de cualquier población de jirafas— cae drásticamente. Las jirafas de Kouré son, de hecho, los únicos grandes mamíferos salvajes que quedan en toda la zona.
La segunda es cultural. La población de la meseta, mayoritariamente zarma, agricultora y musulmana, nunca cazó jirafas de forma sistemática. La convivencia no siempre fue idílica —las jirafas comen de los árboles de los huertos, rompen cercos, pisan cultivos— pero nunca derivó en persecución.
La tercera es el paisaje. La meseta está cubierta de brousse tigrée, un ecosistema de bandas alternadas de matorral denso y suelo desnudo que desde el aire dibuja un rayado de tigre y que funciona como una máquina natural de captar la escasa lluvia. Esas franjas de acacias y combretáceas son el comedero de las jirafas en la estación seca; en la estación húmeda los animales bajan hacia el valle del río, donde encuentran otro tipo de forraje. Ese vaivén estacional entre la meseta y el valle es lo que estructura la vida de la población.
Un dato de escala: un adulto consume unos 30 kilos de hojas por día, sobre todo de acacia, y los machos más grandes llegan a los 5,80 metros de altura.
A partir de 1996, cuando quedó claro que la subespecie estaba al borde de la desaparición, el Estado nigerino y sus socios internacionales tomaron una decisión que en aquel momento era poco ortodoxa: no crear un parque cercado ni trasladar a los animales, sino apostar por la convivencia. Nació así la Reserva Natural Nacional de las Jirafas (RNNG), un área protegida sin alambrados donde las jirafas siguen caminando entre campos de mijo y aldeas.
El razonamiento era simple y arriesgado: si las jirafas iban a vivir entre gente, la única forma de salvarlas era que a esa gente le conviniera tenerlas. En 2001 se creó la Asociación para la Salvaguarda de las Jirafas del Níger (ASGN), que desde entonces trabaja en seis comunas de la zona —Harikanassou, Kouré, N'Gonga, Kiota, Dantchandou y Tondikandia— con un paquete de medidas que tiene poco de zoológico y mucho de desarrollo rural: viveros de acacias, bancos de cereales, microcréditos a grupos de mujeres, pozos, educación ambiental y, sobre todo, la formación de un cuerpo de guías locales que vive del ecoturismo.
Ese cuerpo de guías es la pieza clave del sistema. Los guías son vecinos de la zona, rastrean a los animales a diario, reconocen individuos por el dibujo de sus manchas y cobran una tarifa que va a la asociación. Cada visitante que llega a Kouré paga una tasa ministerial y una cuota a la asociación de guías, y ese dinero vuelve a la comunidad.
Los números dieron la razón al experimento. De 49 individuos a mediados de los noventa se pasó a unos 175 en 2007, 310 en 2011 y entre 400 y 450 hacia 2016. El censo oficial nigerino de 2023 informó 1.148 ejemplares —la Giraffe Conservation Foundation manejaba una estimación más conservadora, «más de 600»—. En 2018, la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza bajó a la subespecie de la categoría En Peligro a Vulnerable. Es una de las pocas historias de recuperación de un gran mamífero africano en las últimas décadas.
Una población concentrada en un solo lugar es una población frágil: una epidemia, una sequía extrema o un cambio brusco en el uso del suelo podrían liquidarla de un golpe. Por eso, la siguiente etapa de la conservación de la jirafa peralta fue crear una segunda población, lejos de Kouré.
La elegida fue la Reserva de Biosfera de Gadabedji, en la región de Maradi, un área donde la subespecie había desaparecido décadas atrás. La operación, bautizada Sahel Giraffe, la coordinó la Giraffe Conservation Foundation junto al gobierno de Níger, Sahara Conservation y Wild Africa Conservation.
En 2018 se capturaron y trasladaron ocho jirafas; en una segunda misión, en 2022, se sumaron cuatro hembras. En total, doce animales recorrieron más de 800 kilómetros por carretera, en camiones especialmente acondicionados y bajo protección militar, en un país donde el trayecto atraviesa zonas de riesgo. Trasladar una jirafa viva es una operación veterinaria delicada en cualquier lugar del mundo; hacerlo a través del Sahel, con escolta armada, es otra categoría de desafío.
El objetivo se cumplió: por primera vez existe una población satélite de jirafa de África Occidental, lo que amplía su área de distribución y reduce el riesgo de que un solo evento acabe con la subespecie.
La zona de las jirafas era, hasta 2020, la excursión de fin de semana favorita de la comunidad expatriada de Niamey y prácticamente el único producto turístico consolidado de Níger. Estaba a una hora de la capital, por asfalto, y ofrecía algo que no existe en ningún otro lugar del mundo.
El domingo 9 de agosto de 2020, un grupo de hombres armados en motocicleta interceptó un vehículo dentro de la zona. Asesinaron a ocho personas: seis cooperantes franceses de las organizaciones ACTED, con sede en París, e IMPACT Initiatives, con sede en Ginebra, y a sus dos acompañantes nigerinos, el chofer y el guía. Los atacantes mataron primero al guía y al chofer.
La fiscalía antiterrorista francesa abrió una investigación y calificó el hecho como un ataque premeditado contra occidentales. En septiembre de 2020, el Estado Islámico reivindicó la acción a través de su filial en la región, describiéndola como un asalto relámpago en la zona de Kouré. En diciembre de 2021, Francia anunció haber abatido a un sospechoso del atentado.
El efecto fue inmediato y duradero. Kouré desapareció de los itinerarios internacionales y la región de Tillabéry, donde se encuentra, pasó a ser descrita por las cancillerías occidentales como territorio bajo control de organizaciones armadas. El golpe de Estado de julio de 2023 y el deterioro posterior de la seguridad completaron el cuadro: hoy el Departamento de Estado estadounidense mantiene Níger en Nivel 4, «No viajar», y las autoridades nigerinas exigen escolta militar a cualquier extranjero que salga de Niamey.
La paradoja de Kouré es que la conservación funciona mientras el turismo internacional que la financiaba se evaporó. Las jirafas siguen allí, la asociación de guías sigue trabajando y el Estado nigerino sigue contándolas: el censo de 2023 dio 1.148 ejemplares, la cifra más alta jamás registrada para la subespecie.
El turismo, en cambio, cambió de naturaleza. Ya no llegan grupos internacionales sino excursiones internas y visitas institucionales. La apertura de la temporada turística de 2025 se celebró el 5 de abril en Boubon, junto con el lanzamiento de la sexta edición del Festival de las Civilizaciones del Río Níger «Alzanayé», y el domingo 6 de abril una delegación de ministros y de diplomáticos acreditados en Níger, encabezada por la ministra de Turismo y el gobernador de Tillabéry, viajó a Kouré a ver las jirafas. En julio de 2025, una treintena de alumnos de las escuelas de guerra de Níger, Burkina Faso y Malí hicieron una visita de estudio a la reserva. El 20 de junio de 2026, la Agencia de Promoción Turística del Níger organizó otra excursión con motivo del Día Mundial de la Jirafa, que se celebra cada 21 de junio.
Ese turismo doméstico y oficial mantiene viva la actividad, pero no reemplaza los ingresos que generaban los visitantes internacionales, que eran los que sostenían la economía de los guías y buena parte del incentivo comunitario. La pregunta abierta, en Kouré como en todo Níger, es cuánto puede durar un modelo de conservación basado en el ecoturismo cuando el turismo desaparece.
Mientras tanto, la jirafa peralta sigue caminando entre los campos de mijo, comiendo acacias y cruzando la RN1 cuando le da la gana, en el único lugar del planeta donde todavía puede hacerlo.