Mucho antes de que existiera una nación mongola, las vastas estepas de Asia central y oriental fueron dominio de sucesivas confederaciones de pueblos nómades a caballo, maestros del arco y de la vida trashumante. La primera gran potencia esteparia documentada fue la de los xiongnu, que hacia el año 209 a. C., bajo su caudillo Modu Chanyu, forjaron un imperio tribal que se extendió por la actual Mongolia y el norte de China. Su presión constante sobre las dinastías chinas Qin y Han fue una de las razones que impulsaron la construcción y ampliación de la Gran Muralla. Durante siglos, chinos y nómades se enfrentaron y comerciaron a lo largo de esa frontera móvil entre el mundo sedentario y el mundo de la yurta.
A la desintegración de los xiongnu siguieron otros pueblos: los xianbei, los rouran y, sobre todo, los turcos (göktürks), que en el siglo VI fundaron el primer y el segundo kaganato turco, imperios que por primera vez dejaron testimonios escritos en lengua propia. Las célebres inscripciones de Orkhon, talladas en piedra hacia el año 732 en honor del príncipe Kül Tegin y su hermano el kagan Bilge, se levantan todavía en el valle del río Orkhon y son el registro escrito más antiguo de una lengua túrcica. En ellas, los soberanos advertían a su pueblo sobre los peligros de abandonar la estepa y dejarse seducir por las riquezas de China.
En el siglo VIII, el poder pasó a manos de los uigures, que entre 744 y 840 gobernaron un kaganato con capital en Ordu-Baliq (Karabalgasun), también en el valle del Orkhon, y que adoptaron el maniqueísmo como religión de Estado. Su caída, provocada por los kirguises, dispersó a los uigures hacia el oeste. Durante los siglos siguientes, el mosaico de tribus de la estepa —mongolas, tártaras, keraítas, naimanas, merkitas— vivió fragmentado y en guerra permanente entre sí. De ese universo de clanes rivales, endurecido por el clima extremo y la lucha por los pastos, nacería el hombre que unificaría a todos bajo un solo estandarte.
Hacia 1162 nació, a orillas del río Onon en la actual provincia de Khentii, un niño llamado Temüjin, hijo de un jefe de clan asesinado por los tártaros cuando el chico era todavía pequeño. Su infancia fue de pobreza, cautiverio y huida, pero también de una habilidad política y militar excepcional. A lo largo de tres décadas fue derrotando o sumando a su causa a las tribus rivales de la estepa —keraítas, naimanas, merkitas, tártaros— mediante una combinación de alianzas, matrimonios, traiciones castigadas y una lealtad basada en el mérito y no en la sangre. En 1206, un gran kurultai o asamblea de jefes reunido en las fuentes del río Onon lo proclamó Gengis Kan, "soberano universal", y selló el nacimiento de la nación mongola unificada.
Gengis Kan reorganizó a su pueblo en un ejército disciplinado dividido en unidades decimales (arban, zuun, mянган, tumen), promulgó un código de leyes llamado Yassa, adoptó la escritura uigur para el mongol y creó un sistema de postas y correos, el yam, que permitía transmitir órdenes a velocidades asombrosas a través de miles de kilómetros. Con esa máquina de guerra lanzó una expansión sin precedentes: sometió a los tanguts de Xia Occidental y a los Jin del norte de China, y en 1219 se volvió hacia el oeste, arrasando el imperio corasmio en Asia central. La combinación de arqueros a caballo, movilidad, inteligencia militar y terror calculado hizo casi imbatibles a los ejércitos mongoles.
Gengis Kan murió en 1227, pero sus hijos y nietos continuaron la expansión hasta forjar el imperio terrestre contiguo más extenso de la historia: en su apogeo, hacia fines del siglo XIII, se estima que cubría alrededor de 24 millones de kilómetros cuadrados, desde Corea y el mar de China hasta las estepas de Hungría y las puertas de Viena, y desde Siberia hasta Persia y Mesopotamia. Bajo el reinado de su hijo y sucesor Ögedei, el imperio se dotó de una capital fija: Karakórum, fundada hacia 1235 en el valle del Orkhon, se convirtió en el centro político de un mundo que se extendía por casi toda Eurasia. Aquella "paz mongola" (Pax Mongolica) reactivó la Ruta de la Seda y permitió que viajeros como Marco Polo o el fraile Guillermo de Rubruck recorrieran el continente.
La muerte de cada gran kan abría una lucha por la sucesión, y el inmenso imperio pronto se fragmentó en varios kanatos autónomos: la Horda de Oro en las estepas rusas, el Ilkanato en Persia, el Kanato de Chagatai en Asia central y el kanato del gran kan en el este. El nieto de Gengis, Kublai Kan, se impuso en esa disputa y trasladó el centro de gravedad del poder de la estepa mongola hacia China. En 1271 proclamó una nueva dinastía de estilo chino, la dinastía Yuan, y en 1279, tras derrotar a los últimos Song del sur, se convirtió en el primer emperador extranjero que gobernó toda China.
Kublai fundó una nueva capital, Dadu —la actual Pekín—, y desplazó a Karakórum a un papel secundario. Su corte, descrita con asombro por Marco Polo, mezclaba la tradición nómada mongola con la sofisticación administrativa china. El imperio Yuan impulsó el comercio, la circulación de papel moneda, las artes y la tolerancia religiosa, y por primera vez puso a China en contacto directo y fluido con Persia y Europa. Sin embargo, los mongoles siguieron siendo una minoría gobernante sobre una inmensa población china, a la que mantuvieron en una posición social subordinada, lo que alimentó resentimientos duraderos.
El dominio Yuan duró menos de un siglo. Las luchas internas, las inundaciones del río Amarillo, las epidemias y una economía en crisis desataron rebeliones populares. En 1368, la revuelta campesina liderada por Zhu Yuanzhang expulsó a los mongoles de China y fundó la dinastía Ming. La corte del último emperador Yuan se retiró a las estepas del norte, dando origen al período conocido como Yuan del Norte. De vuelta en su tierra de origen, y sin el botín ni el poder de los tiempos imperiales, los mongoles volvieron a fragmentarse en tribus rivales enfrentadas durante siglos, entre las agrupaciones khalkha del norte, los oirates del oeste y los mongoles del sur o interiores.
Aunque los mongoles ya habían tenido contacto con el budismo tibetano en tiempos de Kublai Kan, la conversión masiva del pueblo llegó recién en el siglo XVI. En 1578, el poderoso caudillo Altan Kan, de los mongoles tumed, se reunió con el líder de la escuela gelug del budismo tibetano y le concedió el título de Dalai Lama —"océano de sabiduría"—, un nombre mongol que desde entonces distinguiría a los máximos jerarcas del budismo tibetano. A cambio, la nueva fe se difundió con rapidez por las estepas, desplazando al viejo chamanismo y transformando profundamente la cultura, el arte y la vida cotidiana de Mongolia. Se levantaron cientos de monasterios que se volvieron centros de saber, arte y poder, y una parte enorme de los varones tomó los hábitos.
La figura cumbre de ese renacimiento budista fue Zanabazar (1635-1723), reconocido de niño como la reencarnación de un gran maestro y proclamado primer Jebtsundamba Khutuktu, la máxima autoridad espiritual del budismo en la Mongolia khalkha, cargo equivalente a un "Buda viviente". Zanabazar fue mucho más que un líder religioso: fue un genio del Renacimiento mongol, escultor extraordinario cuyas figuras de bronce dorado son consideradas obras maestras del arte budista asiático, además de arquitecto, pintor y lingüista. Hacia 1686 creó la escritura soyombo para transcribir textos sagrados, y de ella derivó el símbolo soyombo, emblema nacional que figura en la bandera de Mongolia desde comienzos del siglo XX.
El linaje de los Jebtsundamba Khutuktu se convirtió así en un poder espiritual y también político de primer orden en la Mongolia exterior. Sus monasterios más importantes —Erdene Zuu, junto a las ruinas de Karakórum; Amarbayasgalant, en el norte; y el gran centro de Ikh Khüree, germen de la futura Ulán Bator— fueron los núcleos alrededor de los cuales se organizó la vida del país durante los siglos siguientes. Ese arraigo del budismo, tan profundo, explicaría más tarde por qué las purgas del siglo XX se ensañaron especialmente con los monasterios y los monjes.
Mientras Mongolia se fragmentaba, en China ascendía una nueva potencia: los manchúes, que en 1644 fundaron la dinastía Qing. A lo largo del siglo XVII, los distintos príncipes mongoles fueron cayendo bajo su órbita. Los khalkha del norte, presionados por los oirates de Zungaria, se sometieron a la protección del emperador Qing en la asamblea de Dolonnor en 1691, y con el tiempo toda la Mongolia exterior quedó incorporada al imperio manchú como una periferia autónoma pero tutelada. Durante más de dos siglos, la dinastía Qing gobernó Mongolia a través de la nobleza local y de la jerarquía budista, imponiendo cargas fiscales y de servicio, controlando el comercio y desalentando la unidad política de los mongoles.
El derrumbe del imperio Qing abrió la puerta a la independencia. Cuando la Revolución de Xinhai de 1911 puso fin a la monarquía en China, los príncipes y lamas mongoles proclamaron, el 29 de diciembre de 1911, la independencia de la Mongolia exterior y entronizaron al octavo Jebtsundamba Khutuktu como soberano teocrático con el título de Bogd Kan, "soberano sagrado". Nacía así el kanato de Bogd, una monarquía budista que buscó el respaldo de la Rusia zarista frente a las pretensiones chinas. Pero la posición del nuevo Estado era frágil: en 1919 tropas chinas reocuparon la capital, y poco después el aventurero ruso Roman von Ungern-Sternberg, el "barón loco", la tomó por las armas en 1921 en medio del caos de la guerra civil rusa.
De esa encrucijada surgió la revolución que definiría el siglo XX mongol. Un grupo de jóvenes revolucionarios, entre ellos Damdin Sükhbaatar, organizó con apoyo del Ejército Rojo soviético el Partido Popular Mongol y un ejército partisano. En julio de 1921, las fuerzas de Sükhbaatar, junto con las tropas soviéticas, liberaron la capital, rebautizada más tarde Ulán Bator ("héroe rojo") en su honor. El Bogd Kan fue mantenido como monarca simbólico y con poderes recortados hasta su muerte, en 1924. Ese mismo año, con el soberano teocrático desaparecido, se proclamó la República Popular de Mongolia, el segundo Estado socialista del mundo después de la Unión Soviética.
Durante casi siete décadas, Mongolia fue el satélite más fiel de la Unión Soviética, tan alineado con Moscú que a veces se lo llamó "la decimosexta república soviética". Bajo la dirección del Partido Popular Revolucionario, el país adoptó el modelo soviético: economía planificada, colectivización del ganado, alfabetización masiva, sustitución de la escritura tradicional mongola por el alfabeto cirílico y un ateísmo de Estado que chocó de frente con la Iglesia budista, que a comienzos del siglo XX concentraba una parte enorme de la población masculina y de la riqueza del país.
El episodio más sombrío de ese período fueron las purgas estalinistas de fines de la década de 1930, ejecutadas bajo el mando del líder Khorloogiin Choibalsan y con la asesoría directa de la policía secreta soviética. Este tema exige sobriedad: entre 1937 y 1939, en apenas año y medio, el terror de Estado se abatió sobre los monasterios, la vieja nobleza, los intelectuales y los propios cuadros del partido acusados de conspiración. Según los registros históricos, más de 18.000 lamas fueron ejecutados y unos 746 monasterios quedaron destruidos o clausurados; la comunidad monástica, que en septiembre de 1937 rondaba los 80.000 monjes, había quedado reducida a menos de quinientos a fines de 1938. El número total de víctimas mortales de la represión de aquellos años suele estimarse entre 20.000 y más de 30.000 personas, una cifra colosal para un país que entonces tenía menos de un millón de habitantes. Ese trauma, silenciado durante décadas, recién pudo investigarse y conmemorarse tras la caída del régimen.
Más allá del horror de las purgas, la Mongolia socialista vivió también procesos de modernización: se construyeron ciudades, escuelas, hospitales y una red industrial y ferroviaria con ayuda soviética, y el país participó del bloque comunista como miembro del Consejo de Ayuda Mutua Económica. En 1939, tropas soviéticas y mongolas derrotaron a los japoneses en la batalla de Khalkhin Gol, en la frontera oriental, un choque decisivo que alejó la amenaza de invasión. Durante toda la Guerra Fría, Mongolia permaneció encajonada entre las dos grandes potencias comunistas, la URSS y China, y dependió por completo del apoyo económico de Moscú.
Cuando la perestroika sacudió a la Unión Soviética a fines de los años ochenta, sus ecos llegaron a Ulán Bator. A comienzos de 1990, una serie de manifestaciones pacíficas, huelgas de hambre y reclamos por reformas —lideradas por jóvenes intelectuales y sin apenas violencia— forzaron la renuncia de la vieja cúpula comunista y la apertura del sistema. Aquella revolución democrática, notable por su carácter incruento, desembocó en las primeras elecciones libres y en una nueva Constitución sancionada en 1992, que consagró la democracia parlamentaria, el multipartidismo, la economía de mercado y las libertades individuales. Mongolia se convirtió así, casi de la noche a la mañana, en una de las democracias más estables de Asia central.
La transición no fue sencilla. El fin de los subsidios soviéticos hundió a la economía en una crisis profunda a lo largo de los años noventa, con desabastecimiento, desempleo y un duro proceso de privatizaciones. Con el nuevo siglo, la salida llegó de la mano de sus recursos naturales: el subsuelo mongol guarda enormes reservas de cobre, oro, carbón y otros minerales. Gigantescos proyectos como la mina de cobre y oro de Oyu Tolgoi, en el Gobi, y los yacimientos de carbón de Tavan Tolgoi convirtieron a la minería en el motor de la economía y atrajeron una fuerte inversión extranjera, sobre todo de la vecina China, que se transformó en el gran comprador de las materias primas mongolas.
La Mongolia del siglo XXI vive las tensiones de ese cambio acelerado. La bonanza minera trajo crecimiento pero también dependencia de los precios internacionales, desigualdad y problemas ambientales, mientras el clima extremo —los duros inviernos conocidos como dzud— sigue golpeando a los pastores nómadas y empuja a miles de familias hacia Ulán Bator, una capital que hoy concentra a casi la mitad de la población del país y sufre una severa contaminación del aire. Con todo, Mongolia sostiene su democracia, recupera con orgullo la figura de Gengis Kan como emblema nacional tras décadas de censura soviética, revive el budismo y las tradiciones perseguidas, y mantiene viva, en sus estepas infinitas, una de las últimas grandes culturas nómadas del planeta.
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Ulán Bator es una capital de origen sorprendente: nació como un monasterio ambulante. En 1639 se fundó Örgöö, la sede del joven Zanabazar, primer Jebtsundamba Khutuktu, un campamento monástico que durante más de siglo y medio se trasladó decenas de veces por la estepa siguiendo los pastos y la conveniencia política. Recién hacia fines del siglo XVIII se estableció de forma permanente en su emplazamiento actual, en el valle del río Tuul, al pie de la montaña sagrada Bogd Khan Uul. Conocida entonces como Ikh Khüree o Niislel Khüree ("el gran monasterio", "el campamento capital"), fue durante siglos el centro religioso y comercial del país.
Tras la revolución de 1921 y la muerte del Bogd Kan, la ciudad fue rebautizada en 1924 con el nombre de Ulán Bator, que en mongol significa "héroe rojo", en homenaje al líder revolucionario Damdin Sükhbaatar. Convertida en capital de la República Popular, se transformó según el modelo soviético, con grandes edificios, plazas monumentales y barrios de bloques de departamentos.
Mongolia es uno de los países menos densamente poblados del mundo, y esa singularidad se refleja en su capital: Ulán Bator concentra hoy a cerca de la mitad de la población nacional, mientras kilómetros y kilómetros de estepa vacía la rodean por todos lados. La ciudad ofrece un contraste feroz entre torres de vidrio y centros comerciales modernos, herencia del boom minero, y los enormes barrios periféricos de gers (las yurtas tradicionales), donde se instalan las familias de pastores que abandonan el campo, muchas veces empujadas por los inviernos catastróficos.
Ese crecimiento acelerado y desordenado tiene un costo alto: durante el largo y gélido invierno, la quema de carbón para calefaccionar las yurtas convierte a Ulán Bator en una de las capitales con peor calidad del aire del planeta. Aun así, la ciudad es el centro político, económico y cultural del país, sede del Gran Jural del Estado (el parlamento) y punto de partida obligado de casi todos los viajes por Mongolia.
El principal tesoro espiritual de Ulán Bator es el monasterio de Gandantegchinlen, más conocido como Gandan, uno de los pocos que sobrevivió parcialmente a las purgas de los años treinta y que hoy vuelve a estar en plena actividad, con sus monjes, sus ruedas de plegaria y la colosal estatua dorada de Migjid Janraisig, de más de veinte metros de altura, reconstruida tras la caída del comunismo. En el centro de la ciudad se abre la plaza Sükhbaatar (rebautizada por un tiempo plaza Gengis Kan), presidida por el palacio de gobierno y por un gran monumento al conquistador.
La capital reúne además los grandes museos del país: el Museo Nacional de Mongolia, que recorre la historia desde la prehistoria hasta hoy, y el Museo de Bellas Artes Zanabazar, que exhibe las delicadas esculturas de bronce del maestro del siglo XVII. A las afueras sobrevive el palacio de invierno del Bogd Kan, último monarca teocrático, convertido en museo. Todo ello hace de Ulán Bator la puerta imprescindible para entender el pasado mongol.
A un par de horas de la capital se extiende el parque nacional Gorkhi-Terelj, uno de los paisajes más accesibles y visitados de Mongolia: praderas alpinas, bosques, ríos y formaciones rocosas caprichosas como la célebre Roca Tortuga, salpicadas de campamentos de gers donde los viajeros prueban por primera vez la vida nómada. Es la escapada natural clásica de quienes llegan a Ulán Bator con poco tiempo.
En el camino hacia Terelj, en Tsonjin Boldog, se alza uno de los monumentos más impresionantes del país: la estatua ecuestre de Gengis Kan, una figura de acero inoxidable de unos cuarenta metros de altura, inaugurada en 2008, que muestra al conquistador a caballo mirando hacia el este. Es la mayor estatua ecuestre del mundo y un símbolo del renovado orgullo mongol por su fundador tras décadas de silencio impuesto durante el período soviético.
Cerca de la capital, el parque nacional de Khustai (Khustain Nuruu) protagoniza una de las grandes historias de conservación de Mongolia: la reintroducción del takhi o caballo de Przewalski, el único caballo verdaderamente salvaje que queda en el mundo, nunca domesticado por el ser humano. Esta subespecie llegó a extinguirse en estado silvestre a mediados del siglo XX, y solo sobrevivió gracias a los ejemplares de algunos zoológicos.
A partir de la década de 1990, un programa internacional devolvió a estos caballos a las lomas de Khustai, donde hoy forman manadas libres que pueden verse pastando, sobre todo al atardecer, junto a ciervos, gacelas y marmotas. El parque se convirtió así en un símbolo de la recuperación de la fauna esteparia mongola y en una excursión muy popular desde Ulán Bator.
El desierto del Gobi, que se extiende por el sur de Mongolia y el norte de China, es uno de los grandes desiertos del planeta, pero desafía la imagen clásica de un mar de arena: la mayor parte es una vasta estepa árida de grava, con macizos montañosos, cañones, praderas ralas y solo algunos cordones de dunas. Es un desierto frío, de temperaturas extremas, que en invierno puede caer muy por debajo de cero. Ese entorno duro es hogar de una fauna adaptada y singular: el camello bactriano salvaje, el asno salvaje asiático (khulan), la gacela, el íbice y hasta el escurridizo oso del Gobi (mazaalai), uno de los animales más amenazados del mundo.
El Gobi mongol está protegido en buena parte por el parque nacional Gobi-Gurvansaikhan ("las tres bellezas del Gobi"), uno de los mayores del país. Para el viajero, es la región estrella del sur: se recorre durante días en vehículos 4x4, durmiendo en campamentos de gers y compartiendo la vida de las familias de pastores y camelleros que habitan este paisaje inmenso y casi vacío.
La principal base logística para explorar el Gobi es Dalanzadgad, capital de la provincia (aimag) de Ömnögovi, la más meridional de Mongolia. Es una de las pocas ciudades del sur con aeropuerto propio y conexión aérea regular con Ulán Bator, lo que la convierte en la puerta de entrada habitual para quienes no quieren afrontar los largos y polvorientos trayectos por tierra desde la capital.
Desde Dalanzadgad parten los circuitos hacia las grandes atracciones del Gobi: los cañones de Yolyn Am, las dunas de Khongoryn Els y los acantilados de Bayanzag. La provincia de Ömnögovi vive hoy un fuerte impulso económico gracias a la minería, ya que en su territorio se encuentran los gigantescos yacimientos de cobre y oro de Oyu Tolgoi y las minas de carbón de Tavan Tolgoi, motores de la economía mongola del siglo XXI.
En pleno desierto, entre las montañas del Gobi-Gurvansaikhan, se abre Yolyn Am, una garganta estrecha y profunda cuyo nombre significa "la boca del quebrantahuesos" o "valle de los buitres", en referencia a las grandes aves que anidan en sus paredes. Su gran rareza es climática: pese al calor abrasador del verano en el desierto circundante, el fondo sombrío del cañón conserva un río helado, una gruesa capa de hielo que en algunos años resiste buena parte de la estación cálida.
Recorrer a pie el estrecho desfiladero, entre acantilados que se cierran sobre el visitante y con el hielo crujiendo bajo los pies mientras el sol castiga afuera, es una de las experiencias más memorables del Gobi. La zona forma parte del parque nacional Gobi-Gurvansaikhan y es hábitat del íbice, el argali y numerosas rapaces.
Cuando el Gobi sí muestra sus dunas, lo hace a lo grande. Khongoryn Els, también llamadas Duut Mankhan o "dunas que cantan", forman un mar de arena de más de cien kilómetros de largo cuyas crestas más altas superan los 200 y hasta 300 metros de altura. Reciben su apodo del sonido profundo, casi un rugido, que producen los granos de arena al deslizarse en masa por las laderas empujados por el viento.
El ritual clásico consiste en subir con esfuerzo hasta la cresta al atardecer, cuando la arena se tiñe de dorado y rojizo, para contemplar el contraste entre el desierto, las montañas del Altái del Gobi al fondo y los oasis verdes a los pies de las dunas. Todo el paisaje se recorre a menudo a lomo de camello bactriano, el camello de dos jorobas típico de Asia central, criado por las familias nómadas de la zona.
Uno de los lugares más famosos del Gobi es Bayanzag, conocido en inglés como los Flaming Cliffs, los "acantilados en llamas": unas paredes de arenisca roja que, bajo la luz del atardecer, parecen arder con tonos anaranjados y escarlata sobre la estepa. Pero su celebridad no es solo estética. En 1922 y 1923, la expedición estadounidense dirigida por el paleontólogo Roy Chapman Andrews, del Museo Americano de Historia Natural, realizó allí un hallazgo revolucionario: los primeros nidos con huevos de dinosaurio fosilizados reconocidos por la ciencia.
Desde entonces, el Gobi mongol se convirtió en uno de los yacimientos paleontológicos más ricos del mundo, con hallazgos espectaculares de dinosaurios como el Velociraptor, el Protoceratops y el Oviraptor, muchos de ellos excepcionalmente bien conservados. Bayanzag y los desiertos vecinos siguen siendo un destino de peregrinación para amantes de la paleontología y un símbolo del pasado remoto que guarda la arena del Gobi.
El norte de Mongolia es un mundo distinto al de las estepas y desiertos del sur: aquí el paisaje se cubre de bosques de alerces y pinos, la taiga siberiana que baja desde Rusia, con montañas, ríos caudalosos y lagos de agua dulce. Es una región más húmeda y fría, de larga tradición ganadera y también de pueblos que conservan formas de vida muy antiguas, ligadas al bosque más que a la estepa abierta.
En estas tierras del norte, en la provincia de Khentii y sus alrededores, hunde sus raíces la historia mongola: por allí, a orillas de los ríos Onon y Kherlen, nació y creció el joven Temüjin, el futuro Gengis Kan. La cercanía con Siberia marcó siempre la vida y el comercio de la región, y durante el período soviético reforzó los lazos con la vecina Unión Soviética.
La joya natural del norte es el lago Khövsgöl, apodado el "lago azul" o la "perla de Mongolia". Se trata de un enorme lago de agua dulce, profundo y de una transparencia extraordinaria, situado cerca de la frontera con Rusia, en un marco de bosques y montañas. Es uno de los lagos más antiguos y limpios del mundo, hermano menor del vecino Baikal siberiano con el que comparte cuenca hidrográfica, y contiene una parte muy importante del agua dulce del país.
En sus orillas se instalan campamentos de gers, y la región ofrece un ambiente de naturaleza salvaje muy diferente al del Gobi: senderismo, paseos a caballo, kayak en verano y, en el gélido invierno, la superficie se congela por completo, tanto que se han llegado a realizar travesías sobre el hielo. Es hogar también de comunidades de pastores darkhad y de los tsaatan, los pastores de renos.
En los confines del norte, en la taiga montañosa cercana al lago Khövsgöl y en torno al remoto pueblo de Tsagaan Nuur, vive uno de los pueblos más singulares de Asia: los tsaatan o dukha, los últimos pastores de renos de Mongolia. Se trata de una comunidad muy reducida, de origen túrcico y tradición chamanista, que habita en tipis de corteza y lona en lo alto de la montaña y basa toda su vida en el reno, del que obtienen leche, transporte y compañía, sin sacrificarlo salvo en casos de necesidad.
Su modo de vida, adaptado al frío extremo y a la trashumancia por la taiga, está hoy amenazado por los cambios sociales, la caza restringida y el turismo. Visitarlos exige llegar hasta Tsagaan Nuur y luego internarse a caballo durante horas en el bosque, en uno de los viajes más exigentes y remotos que ofrece el país, testimonio de una cultura nómada milenaria que resiste al borde de la desaparición.
Escondido en un valle del norte, en la provincia de Selenge, se levanta Amarbayasgalant, considerado uno de los monasterios budistas más bellos y armoniosos de Mongolia. Fue construido entre 1727 y 1736 por orden del emperador Qing Yongzheng para honrar a Zanabazar, el primer Jebtsundamba Khutuktu y padre del renacimiento budista mongol, cuyos restos reposaron allí. Su arquitectura, de un notable estilo manchú-chino y de una gran simetría, lo distingue del resto de los monasterios del país.
Como casi todos los grandes centros religiosos de Mongolia, Amarbayasgalant sufrió las purgas de fines de la década de 1930, en las que muchos de sus templos y de sus monjes desaparecieron. Pero, a diferencia de otros, una parte importante del conjunto sobrevivió, y tras la caída del comunismo fue restaurado y devuelto a la vida monástica. Hoy, apartado de las rutas más transitadas, ofrece uno de los ambientes más serenos y auténticos del budismo mongol.
El oeste de Mongolia, y en especial la provincia de Bayan-Ölgii, es una región culturalmente distinta al resto del país. Creada como aimag en 1940, con capital en la ciudad de Ölgii, está poblada en su gran mayoría por kazajos, un pueblo túrcico y musulmán llegado desde Asia central, que conserva su lengua, su religión, su música y sus costumbres. Aquí se escucha el kazajo más que el mongol, se ven mezquitas y se practican tradiciones ausentes en otras regiones, lo que convierte al viaje al oeste en una experiencia doblemente exótica.
Esta identidad propia hace de Bayan-Ölgii una de las zonas más fascinantes para el viajero interesado en la cultura. La provincia mantiene un fuerte carácter nómada y ganadero, con familias que trashuman con sus rebaños entre los valles y las montañas del Altái, y una artesanía textil kazaja de coloridos bordados y tapices que es célebre en todo el país.
La tradición más famosa del oeste mongol es la caza con águila real, una práctica milenaria de los kazajos de las montañas del Altái. Los berkutchi o cazadores con águila capturan y adiestran a estas enormes rapaces para cazar zorros, liebres y hasta lobos durante el invierno, en una relación de profundo respeto y compañía entre el hombre, el caballo y el ave, que tras varios años suele devolverse a la naturaleza. Es una de las formas de cetrería más espectaculares del mundo, transmitida de generación en generación.
Esa tradición se celebra cada otoño en el Festival del Águila Dorada, que reúne en Bayan-Ölgii a decenas de cazadores vestidos con sus mejores galas y sus águilas, en competencias de destreza, carreras a caballo y juegos ecuestres. El festival se convirtió en uno de los grandes atractivos turísticos del país y ayudó a revalorizar y mantener viva una práctica que se estima concentra en esta región a una gran parte de los cazadores con águila que quedan en el planeta.
En el extremo occidental de Mongolia, en la triple frontera con Rusia y China, se elevan las montañas del Altái, la cordillera más alta del país. Allí se encuentra el parque nacional Altái Tavan Bogd ("los cinco santos"), que protege el macizo del mismo nombre, coronado por el monte Khüiten, el punto más alto de Mongolia con unos 4.374 metros, cubierto de nieves perpetuas y grandes glaciares como el Potanin.
El parque es un destino de montaña de primer nivel, con trekkings exigentes, lagos alpinos de color turquesa como el Khoton y el Khurgan, y una fauna que incluye al raro leopardo de las nieves, el argali y el íbice. La zona guarda además un valiosísimo patrimonio arqueológico: miles de petroglifos grabados en la roca a lo largo de milenios —los complejos del Altái mongol están inscritos en la lista de Patrimonio de la Humanidad de la Unesco—, además de kurganes y estelas de piedra de los antiguos pueblos de la estepa.
El valle del río Orkhon, en el centro de Mongolia, es uno de los lugares más cargados de historia de toda Asia interior. Durante más de dos mil años, sus praderas fértiles y sus aguas fueron el asiento del poder de las sucesivas potencias nómades de la estepa: allí gobernaron los xiongnu, los turcos y los uigures, y allí, siglos después, los mongoles instalarían su capital imperial. No es casualidad: quien controlaba el Orkhon controlaba simbólicamente el centro del mundo estepario.
Por su valor excepcional, la Unesco declaró en 2004 el Paisaje Cultural del Valle del Orkhon como Patrimonio de la Humanidad, un conjunto que abarca las ruinas de varias capitales antiguas, monumentos, monasterios y las praderas donde los pastores nómadas siguen apacentando sus rebaños tal como lo hacían sus antepasados. Las célebres inscripciones de Orkhon, del siglo VIII, se cuentan entre los testimonios escritos más antiguos de las lenguas túrcicas.
Hacia 1235, el gran kan Ögedei, hijo y sucesor de Gengis Kan, ordenó construir en el valle del Orkhon una capital fija para el imperio: Karakórum. Durante unas pocas décadas, aquella ciudad de la estepa fue el centro político de un imperio que se extendía por casi toda Eurasia. A ella llegaban embajadas, tributos y artesanos de todo el mundo conocido, y en sus calles convivían budistas, musulmanes, cristianos nestorianos y chamanistas. El fraile flamenco Guillermo de Rubruck, que la visitó hacia 1254, dejó una descripción memorable, incluida la famosa fuente de plata con forma de árbol que manaba distintas bebidas, obra del orfebre parisino Guillaume Boucher.
El esplendor de Karakórum fue breve. Cuando Kublai Kan trasladó la capital a Dadu (Pekín) tras conquistar China, la ciudad perdió su importancia, y con la caída de la dinastía Yuan y las guerras posteriores quedó finalmente arruinada y abandonada. Hoy, del gran centro imperial apenas quedan restos arqueológicos junto al pueblo de Kharkhorin, pero su nombre sigue evocando la cumbre del poder mongol.
Sobre las ruinas de Karakórum y con sus propias piedras, el príncipe Abtai Sain Kan mandó levantar en 1585 el monasterio de Erdene Zuu ("cien tesoros"), el más antiguo que se conserva en Mongolia. El monasterio quedó rodeado por una imponente muralla cuadrada jalonada por 108 estupas, número sagrado en el budismo, y llegó a albergar decenas de templos y a un millar de monjes en su época de mayor esplendor, entre los siglos XVII y XVIII, cuando fue un gran centro religioso y de estudio.
Erdene Zuu sufrió con crudeza las purgas estalinistas de fines de la década de 1930: la mayoría de sus templos fueron destruidos y muchos de sus monjes, ejecutados o dispersados. Sobrevivió apenas como museo durante el período comunista, y recién con la democracia recuperó parte de su vida religiosa. Hoy, con sus estupas blancas recortadas contra la estepa, es uno de los sitios más visitados y fotografiados de Mongolia, símbolo de la resiliencia del budismo mongol.
Más allá de sus ruinas y monasterios, el valle del Orkhon es hoy uno de los mejores lugares del país para conocer la vida nómada tradicional. Sus amplias praderas verdes están salpicadas de campamentos de gers, rebaños de caballos, ovejas, cabras y yaks, y familias de pastores que reciben a los viajeros para compartir el airag (leche de yegua fermentada) y las costumbres de la estepa. Es una región clásica para recorrer a caballo, la forma de transporte que forjó la historia mongola.
Uno de sus atractivos naturales es la cascada del Orkhon, también llamada Ulaan Tsutgalan, un salto de agua de unos veinte metros formado por antiguas erupciones volcánicas y el trabajo del río, que se despeña en un cañón basáltico en medio de la pradera. Su entorno de praderas, bosques y agua convierte a la zona en un destino muy apreciado para el excursionismo y la cabalgata.
La provincia de Khentii, en el nordeste de Mongolia, es para los mongoles una tierra sagrada: allí, a orillas del río Onon, nació hacia 1162 Temüjin, el niño que se convertiría en Gengis Kan. La región de montañas boscosas y ríos, que da nombre a la cordillera de Khentii, fue el escenario de su infancia difícil, de su ascenso y de la unificación de las tribus. Muchos de los episodios narrados en la Historia secreta de los mongoles, la gran crónica del siglo XIII, transcurren en estos parajes.
En el corazón de Khentii se alza el macizo de Burkhan Khaldun, la montaña más venerada de Mongolia, donde según la tradición el joven Gengis Kan se refugió de sus enemigos y a la que rindió culto toda su vida. La tradición sostiene también que el conquistador fue enterrado en algún lugar secreto de esta región tras su muerte en 1227, en una tumba nunca hallada, celosamente oculta según la costumbre. En 2015, la montaña y su entorno fueron declarados Patrimonio de la Humanidad por la Unesco como paisaje sagrado, testimonio del culto a las montañas y del chamanismo mongol que pervive junto al budismo.
A diferencia de la mayor parte del país, la provincia de Orkhon y su capital, Erdenet, son una creación moderna. La ciudad fue fundada en 1974 en torno a un gigantesco yacimiento de cobre y molibdeno, explotado por una empresa conjunta mongolo-soviética. En pocos años, Erdenet pasó de la nada a convertirse en la segunda ciudad más poblada de Mongolia, habitada sobre todo por trabajadores llegados de todo el país y por una importante comunidad soviética durante el período socialista.
La mina de Erdenet llegó a ser una de las mayores explotaciones de cobre a cielo abierto del mundo y una pieza clave de la economía nacional, aportando durante décadas una parte muy significativa de las exportaciones y de los ingresos del Estado. La ciudad simboliza la apuesta minera que, desde el período soviético hasta hoy, marca el rumbo económico de Mongolia, junto con los grandes proyectos posteriores del Gobi como Oyu Tolgoi.