Mucho antes de que existiera una nación mongola, las vastas estepas de Asia central y oriental fueron dominio de sucesivas confederaciones de pueblos nómades a caballo, maestros del arco y de la vida trashumante. La primera gran potencia esteparia documentada fue la de los xiongnu, que hacia el año 209 a. C., bajo su caudillo Modu Chanyu, forjaron un imperio tribal que se extendió por la actual Mongolia y el norte de China. Su presión constante sobre las dinastías chinas Qin y Han fue una de las razones que impulsaron la construcción y ampliación de la Gran Muralla. Durante siglos, chinos y nómades se enfrentaron y comerciaron a lo largo de esa frontera móvil entre el mundo sedentario y el mundo de la yurta.
A la desintegración de los xiongnu siguieron otros pueblos: los xianbei, los rouran y, sobre todo, los turcos (göktürks), que en el siglo VI fundaron el primer y el segundo kaganato turco, imperios que por primera vez dejaron testimonios escritos en lengua propia. Las célebres inscripciones de Orkhon, talladas en piedra hacia el año 732 en honor del príncipe Kül Tegin y su hermano el kagan Bilge, se levantan todavía en el valle del río Orkhon y son el registro escrito más antiguo de una lengua túrcica. En ellas, los soberanos advertían a su pueblo sobre los peligros de abandonar la estepa y dejarse seducir por las riquezas de China.
En el siglo VIII, el poder pasó a manos de los uigures, que entre 744 y 840 gobernaron un kaganato con capital en Ordu-Baliq (Karabalgasun), también en el valle del Orkhon, y que adoptaron el maniqueísmo como religión de Estado. Su caída, provocada por los kirguises, dispersó a los uigures hacia el oeste. Durante los siglos siguientes, el mosaico de tribus de la estepa —mongolas, tártaras, keraítas, naimanas, merkitas— vivió fragmentado y en guerra permanente entre sí. De ese universo de clanes rivales, endurecido por el clima extremo y la lucha por los pastos, nacería el hombre que unificaría a todos bajo un solo estandarte.
Hacia 1162 nació, a orillas del río Onon en la actual provincia de Khentii, un niño llamado Temüjin, hijo de un jefe de clan asesinado por los tártaros cuando el chico era todavía pequeño. Su infancia fue de pobreza, cautiverio y huida, pero también de una habilidad política y militar excepcional. A lo largo de tres décadas fue derrotando o sumando a su causa a las tribus rivales de la estepa —keraítas, naimanas, merkitas, tártaros— mediante una combinación de alianzas, matrimonios, traiciones castigadas y una lealtad basada en el mérito y no en la sangre. En 1206, un gran kurultai o asamblea de jefes reunido en las fuentes del río Onon lo proclamó Gengis Kan, "soberano universal", y selló el nacimiento de la nación mongola unificada.
Gengis Kan reorganizó a su pueblo en un ejército disciplinado dividido en unidades decimales (arban, zuun, mянган, tumen), promulgó un código de leyes llamado Yassa, adoptó la escritura uigur para el mongol y creó un sistema de postas y correos, el yam, que permitía transmitir órdenes a velocidades asombrosas a través de miles de kilómetros. Con esa máquina de guerra lanzó una expansión sin precedentes: sometió a los tanguts de Xia Occidental y a los Jin del norte de China, y en 1219 se volvió hacia el oeste, arrasando el imperio corasmio en Asia central. La combinación de arqueros a caballo, movilidad, inteligencia militar y terror calculado hizo casi imbatibles a los ejércitos mongoles.
Gengis Kan murió en 1227, pero sus hijos y nietos continuaron la expansión hasta forjar el imperio terrestre contiguo más extenso de la historia: en su apogeo, hacia fines del siglo XIII, se estima que cubría alrededor de 24 millones de kilómetros cuadrados, desde Corea y el mar de China hasta las estepas de Hungría y las puertas de Viena, y desde Siberia hasta Persia y Mesopotamia. Bajo el reinado de su hijo y sucesor Ögedei, el imperio se dotó de una capital fija: Karakórum, fundada hacia 1235 en el valle del Orkhon, se convirtió en el centro político de un mundo que se extendía por casi toda Eurasia. Aquella "paz mongola" (Pax Mongolica) reactivó la Ruta de la Seda y permitió que viajeros como Marco Polo o el fraile Guillermo de Rubruck recorrieran el continente.
La muerte de cada gran kan abría una lucha por la sucesión, y el inmenso imperio pronto se fragmentó en varios kanatos autónomos: la Horda de Oro en las estepas rusas, el Ilkanato en Persia, el Kanato de Chagatai en Asia central y el kanato del gran kan en el este. El nieto de Gengis, Kublai Kan, se impuso en esa disputa y trasladó el centro de gravedad del poder de la estepa mongola hacia China. En 1271 proclamó una nueva dinastía de estilo chino, la dinastía Yuan, y en 1279, tras derrotar a los últimos Song del sur, se convirtió en el primer emperador extranjero que gobernó toda China.
Kublai fundó una nueva capital, Dadu —la actual Pekín—, y desplazó a Karakórum a un papel secundario. Su corte, descrita con asombro por Marco Polo, mezclaba la tradición nómada mongola con la sofisticación administrativa china. El imperio Yuan impulsó el comercio, la circulación de papel moneda, las artes y la tolerancia religiosa, y por primera vez puso a China en contacto directo y fluido con Persia y Europa. Sin embargo, los mongoles siguieron siendo una minoría gobernante sobre una inmensa población china, a la que mantuvieron en una posición social subordinada, lo que alimentó resentimientos duraderos.
El dominio Yuan duró menos de un siglo. Las luchas internas, las inundaciones del río Amarillo, las epidemias y una economía en crisis desataron rebeliones populares. En 1368, la revuelta campesina liderada por Zhu Yuanzhang expulsó a los mongoles de China y fundó la dinastía Ming. La corte del último emperador Yuan se retiró a las estepas del norte, dando origen al período conocido como Yuan del Norte. De vuelta en su tierra de origen, y sin el botín ni el poder de los tiempos imperiales, los mongoles volvieron a fragmentarse en tribus rivales enfrentadas durante siglos, entre las agrupaciones khalkha del norte, los oirates del oeste y los mongoles del sur o interiores.
Aunque los mongoles ya habían tenido contacto con el budismo tibetano en tiempos de Kublai Kan, la conversión masiva del pueblo llegó recién en el siglo XVI. En 1578, el poderoso caudillo Altan Kan, de los mongoles tumed, se reunió con el líder de la escuela gelug del budismo tibetano y le concedió el título de Dalai Lama —"océano de sabiduría"—, un nombre mongol que desde entonces distinguiría a los máximos jerarcas del budismo tibetano. A cambio, la nueva fe se difundió con rapidez por las estepas, desplazando al viejo chamanismo y transformando profundamente la cultura, el arte y la vida cotidiana de Mongolia. Se levantaron cientos de monasterios que se volvieron centros de saber, arte y poder, y una parte enorme de los varones tomó los hábitos.
La figura cumbre de ese renacimiento budista fue Zanabazar (1635-1723), reconocido de niño como la reencarnación de un gran maestro y proclamado primer Jebtsundamba Khutuktu, la máxima autoridad espiritual del budismo en la Mongolia khalkha, cargo equivalente a un "Buda viviente". Zanabazar fue mucho más que un líder religioso: fue un genio del Renacimiento mongol, escultor extraordinario cuyas figuras de bronce dorado son consideradas obras maestras del arte budista asiático, además de arquitecto, pintor y lingüista. Hacia 1686 creó la escritura soyombo para transcribir textos sagrados, y de ella derivó el símbolo soyombo, emblema nacional que figura en la bandera de Mongolia desde comienzos del siglo XX.
El linaje de los Jebtsundamba Khutuktu se convirtió así en un poder espiritual y también político de primer orden en la Mongolia exterior. Sus monasterios más importantes —Erdene Zuu, junto a las ruinas de Karakórum; Amarbayasgalant, en el norte; y el gran centro de Ikh Khüree, germen de la futura Ulán Bator— fueron los núcleos alrededor de los cuales se organizó la vida del país durante los siglos siguientes. Ese arraigo del budismo, tan profundo, explicaría más tarde por qué las purgas del siglo XX se ensañaron especialmente con los monasterios y los monjes.
Mientras Mongolia se fragmentaba, en China ascendía una nueva potencia: los manchúes, que en 1644 fundaron la dinastía Qing. A lo largo del siglo XVII, los distintos príncipes mongoles fueron cayendo bajo su órbita. Los khalkha del norte, presionados por los oirates de Zungaria, se sometieron a la protección del emperador Qing en la asamblea de Dolonnor en 1691, y con el tiempo toda la Mongolia exterior quedó incorporada al imperio manchú como una periferia autónoma pero tutelada. Durante más de dos siglos, la dinastía Qing gobernó Mongolia a través de la nobleza local y de la jerarquía budista, imponiendo cargas fiscales y de servicio, controlando el comercio y desalentando la unidad política de los mongoles.
El derrumbe del imperio Qing abrió la puerta a la independencia. Cuando la Revolución de Xinhai de 1911 puso fin a la monarquía en China, los príncipes y lamas mongoles proclamaron, el 29 de diciembre de 1911, la independencia de la Mongolia exterior y entronizaron al octavo Jebtsundamba Khutuktu como soberano teocrático con el título de Bogd Kan, "soberano sagrado". Nacía así el kanato de Bogd, una monarquía budista que buscó el respaldo de la Rusia zarista frente a las pretensiones chinas. Pero la posición del nuevo Estado era frágil: en 1919 tropas chinas reocuparon la capital, y poco después el aventurero ruso Roman von Ungern-Sternberg, el "barón loco", la tomó por las armas en 1921 en medio del caos de la guerra civil rusa.
De esa encrucijada surgió la revolución que definiría el siglo XX mongol. Un grupo de jóvenes revolucionarios, entre ellos Damdin Sükhbaatar, organizó con apoyo del Ejército Rojo soviético el Partido Popular Mongol y un ejército partisano. En julio de 1921, las fuerzas de Sükhbaatar, junto con las tropas soviéticas, liberaron la capital, rebautizada más tarde Ulán Bator ("héroe rojo") en su honor. El Bogd Kan fue mantenido como monarca simbólico y con poderes recortados hasta su muerte, en 1924. Ese mismo año, con el soberano teocrático desaparecido, se proclamó la República Popular de Mongolia, el segundo Estado socialista del mundo después de la Unión Soviética.
Durante casi siete décadas, Mongolia fue el satélite más fiel de la Unión Soviética, tan alineado con Moscú que a veces se lo llamó "la decimosexta república soviética". Bajo la dirección del Partido Popular Revolucionario, el país adoptó el modelo soviético: economía planificada, colectivización del ganado, alfabetización masiva, sustitución de la escritura tradicional mongola por el alfabeto cirílico y un ateísmo de Estado que chocó de frente con la Iglesia budista, que a comienzos del siglo XX concentraba una parte enorme de la población masculina y de la riqueza del país.
El episodio más sombrío de ese período fueron las purgas estalinistas de fines de la década de 1930, ejecutadas bajo el mando del líder Khorloogiin Choibalsan y con la asesoría directa de la policía secreta soviética. Este tema exige sobriedad: entre 1937 y 1939, en apenas año y medio, el terror de Estado se abatió sobre los monasterios, la vieja nobleza, los intelectuales y los propios cuadros del partido acusados de conspiración. Según los registros históricos, más de 18.000 lamas fueron ejecutados y unos 746 monasterios quedaron destruidos o clausurados; la comunidad monástica, que en septiembre de 1937 rondaba los 80.000 monjes, había quedado reducida a menos de quinientos a fines de 1938. El número total de víctimas mortales de la represión de aquellos años suele estimarse entre 20.000 y más de 30.000 personas, una cifra colosal para un país que entonces tenía menos de un millón de habitantes. Ese trauma, silenciado durante décadas, recién pudo investigarse y conmemorarse tras la caída del régimen.
Más allá del horror de las purgas, la Mongolia socialista vivió también procesos de modernización: se construyeron ciudades, escuelas, hospitales y una red industrial y ferroviaria con ayuda soviética, y el país participó del bloque comunista como miembro del Consejo de Ayuda Mutua Económica. En 1939, tropas soviéticas y mongolas derrotaron a los japoneses en la batalla de Khalkhin Gol, en la frontera oriental, un choque decisivo que alejó la amenaza de invasión. Durante toda la Guerra Fría, Mongolia permaneció encajonada entre las dos grandes potencias comunistas, la URSS y China, y dependió por completo del apoyo económico de Moscú.
Cuando la perestroika sacudió a la Unión Soviética a fines de los años ochenta, sus ecos llegaron a Ulán Bator. A comienzos de 1990, una serie de manifestaciones pacíficas, huelgas de hambre y reclamos por reformas —lideradas por jóvenes intelectuales y sin apenas violencia— forzaron la renuncia de la vieja cúpula comunista y la apertura del sistema. Aquella revolución democrática, notable por su carácter incruento, desembocó en las primeras elecciones libres y en una nueva Constitución sancionada en 1992, que consagró la democracia parlamentaria, el multipartidismo, la economía de mercado y las libertades individuales. Mongolia se convirtió así, casi de la noche a la mañana, en una de las democracias más estables de Asia central.
La transición no fue sencilla. El fin de los subsidios soviéticos hundió a la economía en una crisis profunda a lo largo de los años noventa, con desabastecimiento, desempleo y un duro proceso de privatizaciones. Con el nuevo siglo, la salida llegó de la mano de sus recursos naturales: el subsuelo mongol guarda enormes reservas de cobre, oro, carbón y otros minerales. Gigantescos proyectos como la mina de cobre y oro de Oyu Tolgoi, en el Gobi, y los yacimientos de carbón de Tavan Tolgoi convirtieron a la minería en el motor de la economía y atrajeron una fuerte inversión extranjera, sobre todo de la vecina China, que se transformó en el gran comprador de las materias primas mongolas.
La Mongolia del siglo XXI vive las tensiones de ese cambio acelerado. La bonanza minera trajo crecimiento pero también dependencia de los precios internacionales, desigualdad y problemas ambientales, mientras el clima extremo —los duros inviernos conocidos como dzud— sigue golpeando a los pastores nómadas y empuja a miles de familias hacia Ulán Bator, una capital que hoy concentra a casi la mitad de la población del país y sufre una severa contaminación del aire. Con todo, Mongolia sostiene su democracia, recupera con orgullo la figura de Gengis Kan como emblema nacional tras décadas de censura soviética, revive el budismo y las tradiciones perseguidas, y mantiene viva, en sus estepas infinitas, una de las últimas grandes culturas nómadas del planeta.