Bajo la tierra, al norte de Chișinău, se esconde una de las maravillas más inesperadas de Europa: Cricova, una ciudad entera hecha de vino. No es una metáfora. La bodega de Cricova ocupa más de 120 kilómetros de galerías excavadas en la roca caliza, a decenas de metros de profundidad, con calles que tienen nombres —Cabernet, Pinot, Feteasca— y por las que se circula en auto o en pequeño tren eléctrico. Es una de las bodegas subterráneas más grandes del mundo y uno de los grandes orgullos de Moldavia, una de las potencias vinícolas del planeta.
Descender a Cricova es una experiencia única: túneles interminables a 12-14 grados constantes, muros de piedra, botellas apiladas por millones, salas de cata suntuosas excavadas en la roca y una colección histórica que incluye vinos rarísimos, algunos con décadas a sus espaldas. La bodega guarda incluso una célebre 'colección' con botellas de enorme valor histórico, y ha recibido a jefes de Estado y celebridades. Todo se visita con guía y termina, cómo no, con una cata de los espumantes que Cricova elabora por el método clásico, su especialidad.
Esta guía práctica te cuenta cómo visitar Cricova: los distintos paquetes y precios, cómo reservar, cómo llegar desde Chișinău en bus, taxi o excursión, qué esperar del recorrido bajo tierra y algunos consejos (empezando por el más importante: no manejes si vas a catar). Es, junto a Mileștii Mici, la visita imprescindible de Moldavia y la mejor forma de entender por qué el vino está en el corazón de la identidad de este país.
La historia de la bodega de Cricova está ligada a la piedra caliza extraída durante siglos del subsuelo de la zona para construir Chișinău y otras ciudades. Al excavar la roca se fueron formando enormes galerías subterráneas que, por su temperatura y humedad naturales, resultaron ideales para conservar y elaborar vino. A mediados del siglo XX, en época soviética, esas cavidades se transformaron en una gran bodega estatal: la 'Combinatul de Vinuri Cricova' se fundó en 1952, y a partir de 1954 comenzó a usar los túneles para la producción y el añejamiento de vinos, especialmente espumantes elaborados por el método tradicional (champenoise). Con el tiempo, Cricova creció hasta convertirse en una de las mayores bodegas del mundo, con más de 120 km de galerías, y en un emblema del vino soviético y luego moldavo. Sus cavas guardan colecciones históricas de gran valor, entre ellas botellas antiquísimas y vinos legendarios reunidos a lo largo de décadas; la tradición cuenta que allí se conservó parte de una colección de vinos vinculada a la Segunda Guerra Mundial. Cricova ha recibido a numerosos mandatarios y personalidades, y hoy es Patrimonio Nacional de Moldavia y uno de los principales atractivos turísticos del país. La historia completa está en nuestra página de historia.
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Origen, formación y qué dicen las fuentes.
La historia de Cricova no empieza con el vino, sino con la piedra. Durante siglos, el subsuelo de esta zona al norte de Chișinău fue explotado como cantera: de aquí se extrajo la piedra caliza con la que se construyeron edificios de Chișinău y de otras ciudades de Besarabia. A medida que los canteros iban arrancando bloques de roca, dejaban tras de sí un vacío que crecía año tras año: kilómetros y kilómetros de galerías y salas excavadas en la profundidad de la tierra.
Con el tiempo, alguien reparó en que aquellas cavidades tenían una propiedad extraordinaria. A decenas de metros bajo la superficie, la temperatura se mantenía constante en torno a los 12-14 grados durante todo el año, con una humedad alta y estable. Eran, sin saberlo, las condiciones ideales para conservar y madurar vino: frescas, oscuras, tranquilas, sin las oscilaciones del clima exterior. Lo que había sido un simple hueco dejado por la extracción de piedra escondía un potencial enológico enorme.
Esa combinación —una red inmensa de túneles ya excavados y un microclima perfecto para el vino— es el origen de todo. Moldavia tenía además una larguísima tradición vitivinícola, heredada de siglos de cultivo de la vid en sus suaves colinas. Solo faltaba unir las dos cosas: el vino de la superficie y las galerías del subsuelo. Eso ocurriría a mediados del siglo XX, y daría lugar a una de las bodegas más asombrosas del planeta.
El nacimiento de la bodega tal como la conocemos se produjo en plena época soviética. En 1952 se fundó el Combinado de Vinos de Cricova (Combinatul de Vinuri Cricova), y a partir de 1954 las antiguas galerías de la cantera empezaron a transformarse en una gran bodega estatal dedicada a la producción y el añejamiento de vinos. Fue un proyecto ambicioso, acorde con la escala monumental que caracterizaba a muchas empresas soviéticas.
Los túneles se acondicionaron, se organizaron y se pusieron al servicio del vino. Cricova se especializó desde el principio en los vinos espumantes elaborados por el método tradicional o champenoise —el mismo del champán francés—, en el que la segunda fermentación se produce dentro de la botella y estas maduran durante años en las cavas. Este producto de prestigio convirtió a Cricova en una de las bodegas más valoradas del mundo soviético, cuyos espumantes llegaban a las mesas de todo el bloque del Este.
Con las décadas, la bodega no dejó de crecer, ampliando sus galerías hasta superar los 120 kilómetros de longitud y organizándolas como una auténtica ciudad subterránea, con 'calles' que recibieron nombres de vinos y variedades: Cabernet, Pinot, Feteasca. Cricova se convirtió así en un emblema del enoturismo y la enología moldavos, una obra colosal que combinaba la herencia de las canteras, la tradición vinícola del país y la vocación por lo gigantesco de la industria soviética.
Más allá de su producción, Cricova se hizo célebre por su vinoteca de colección, una de las más importantes del mundo. En lo más profundo de las galerías, la bodega fue reuniendo a lo largo de las décadas cientos de miles de botellas de vinos raros, antiguos y de gran valor, procedentes de distintos países y épocas, conservados en las condiciones perfectas que ofrecen las cavas.
Entre estos tesoros, la tradición de la bodega menciona botellas realmente excepcionales y muy antiguas, verdaderas reliquias enológicas. Uno de los relatos más difundidos cuenta que Cricova custodió parte de una colección de vinos vinculada a la Segunda Guerra Mundial, botellas de gran valor histórico que habrían acabado guardadas en sus profundidades. Sea cual sea el detalle exacto de cada historia, lo cierto es que estas galerías-tesoro convierten a la bodega en un patrimonio tanto enológico como histórico.
Con el prestigio llegaron también los visitantes ilustres. A lo largo de los años, Cricova ha recibido a numerosos jefes de Estado, políticos, diplomáticos y celebridades, agasajados en sus suntuosas salas de cata excavadas en la roca. La bodega se fue rodeando de un aura de lugar único y algo mítico, un sitio donde el vino, la historia y el poder se daban cita bajo tierra. Ese prestigio, cultivado durante la etapa soviética, sobreviviría a la caída de la URSS.
La independencia de Moldavia en 1991, tras el desmoronamiento de la Unión Soviética, abrió una etapa difícil para todo el país, y también para su industria del vino. La pérdida de los mercados garantizados del bloque soviético, las crisis económicas de los años 90 y, más tarde, las tensiones comerciales con Rusia —que en distintos momentos aplicó embargos a los vinos moldavos— golpearon duramente al sector, del que depende buena parte de la economía nacional.
Cricova, sin embargo, supo mantener su posición como una de las joyas del país. La bodega siguió produciendo sus espumantes y vinos, conservó y amplió su colección, y apostó cada vez más por el turismo como fuente de ingresos y de proyección internacional. Recibir visitantes de todo el mundo, mostrarles las galerías y las salas de cata, y venderles el vino de la casa se convirtió en una parte esencial de su actividad, ayudando a dar a conocer el vino moldavo más allá de sus fronteras.
El Estado moldavo reconoció el valor excepcional de la bodega declarándola patrimonio de importancia nacional. Cricova pasó a ser una de las cartas de presentación del país, un lugar del que Moldavia se enorgullece y que aparece de forma destacada en toda la promoción turística. En un país pequeño y poco conocido, la 'ciudad subterránea del vino' se convirtió en un símbolo reconocible y en un motor del incipiente turismo internacional.
Hoy, Cricova es, junto a Mileștii Mici, la visita imprescindible de Moldavia y uno de los grandes íconos del país. Sus más de 120 kilómetros de galerías a 60-80 metros de profundidad, sus 'calles' bautizadas con nombres de vinos, sus salas de cata talladas en la roca y su colección legendaria atraen a viajeros de todo el mundo, curiosos por descubrir una de las bodegas más grandes y espectaculares del planeta.
La visita, siempre guiada y con reserva previa, permite recorrer los túneles en tren eléctrico o en auto, conocer el proceso de elaboración de los espumantes por método tradicional, admirar las botellas de la colección y terminar con una degustación en los famosos salones subterráneos. Distintos paquetes, desde el básico 'Ciudad subterránea' hasta las experiencias premium, se adaptan a distintos bolsillos e intereses, y la tienda de la bodega permite llevarse un recuerdo líquido a precio de origen.
Más allá de la anécdota turística, Cricova encarna algo profundo sobre Moldavia: su condición de gran potencia vinícola, con un vino que forma parte de la identidad nacional, de la economía y de la vida cotidiana. Bajar a sus galerías es entender por qué este pequeño país, tan poco conocido, se toma tan en serio su vino, y por qué el enoturismo es su gran baza para atraer al mundo. En la penumbra fresca de sus túneles, con millones de botellas madurando en silencio, Cricova cuenta la historia de una tierra donde el vino no es un lujo ocasional, sino una manera de ser.