El territorio de la actual Moldavia, encajado entre los ríos Prut y Dniéster, estuvo habitado desde tiempos remotos. En la Antigüedad fue tierra de los getas y los dacios, pueblos tracios emparentados con los que Roma sometería más al oeste, en la actual Rumania. Aunque la provincia romana de Dacia no llegó a abarcar de lleno estas llanuras, la romanización cultural y lingüística de la región se extendió a lo largo de los siglos y sentó las bases del idioma neolatino que hoy se habla en el país.
Durante el primer milenio, esta tierra fue un corredor abierto por el que pasaron oleada tras oleada de pueblos migratorios: godos, hunos, ávaros, búlgaros, magiares, pechenegos y cumanos. La ausencia de barreras naturales al este convirtió la región en una zona de paso permanente entre las estepas de Eurasia y el centro de Europa. En el siglo XIII, la invasión mongola arrasó la zona e integró estas llanuras, durante un tiempo, en la órbita de la Horda de Oro. Ese carácter de frontera, de tierra codiciada y transitada, marcaría toda su historia posterior.
Hacia mediados del siglo XIV surgió al este de los Cárpatos un nuevo Estado: el Principado de Moldavia. La tradición sitúa su fundación alrededor de 1359, cuando el voivoda Bogdan I se independizó de la tutela húngara. El principado tomó su nombre del río Moldova y llegó a extenderse mucho más allá de las fronteras del país actual: abarcaba también buena parte de la Moldavia rumana de hoy y de Bucovina, con capital sucesivamente en Baia, Siret y finalmente Suceava.
Este dato es clave para entender la historia moldava: el principado medieval y la República de Moldavia actual no coinciden en el mapa. El corazón histórico de aquel Estado quedó, tras las particiones posteriores, dentro de Rumania. La República de Moldavia de hoy ocupa sobre todo la mitad oriental de aquel viejo principado, la región que luego se llamaría Besarabia. Aun así, la memoria del principado —su lengua, su fe ortodoxa y sus héroes— es patrimonio compartido de ambos lados del Prut.
Ninguna figura domina la memoria histórica moldava como Esteban el Grande (Ștefan cel Mare), que reinó entre 1457 y su muerte, el 2 de julio de 1504. Sus más de cuarenta y siete años en el trono fueron un logro extraordinario en una época de enorme fragilidad política, y convirtieron a Moldavia en una potencia regional capaz de resistir a la vez a otomanos, húngaros y polacos.
Esteban es recordado sobre todo por su defensa del principado frente al avance otomano. En 1475 aplastó a un ejército del sultán Mehmed II en la batalla de Vaslui, una victoria que resonó en toda la cristiandad europea. Aunque más tarde tuvo que aceptar el pago de tributo al Imperio Otomano para preservar la autonomía de su tierra, mantuvo a Moldavia como principado propio y no como provincia sometida. Su reinado fue también una época de gran florecimiento cultural y religioso: se le atribuye la fundación o el patrocinio de decenas de iglesias y monasterios, muchos de los cuales todavía se levantan a ambos lados de la frontera actual.
Con el paso de los siglos, Esteban se transformó en héroe nacional tanto de Rumania como de Moldavia, e incluso fue canonizado por la Iglesia ortodoxa rumana. Su estatua preside el centro de Chișinău y su nombre bautiza el bulevar principal de la capital: pocos símbolos unen tanto a los moldavos como el recuerdo de aquel príncipe medieval.
Tras la muerte de Esteban el Grande, Moldavia entró en una larga etapa de decadencia y sometimiento. A lo largo del siglo XVI, el principado quedó convertido en Estado vasallo del Imperio Otomano: conservaba sus propias instituciones, su fe ortodoxa y sus príncipes, pero debía pagar tributo a Estambul y aceptar su tutela en política exterior. No fue una ocupación directa como la de los Balcanes —Moldavia nunca se integró plenamente en el Imperio ni se islamizó—, sino una autonomía tutelada que se prolongaría durante siglos.
En el siglo XVIII, la Sublime Puerta empezó a nombrar como príncipes a los llamados fanariotas, familias griegas de Estambul que compraban el trono y gobernaban en nombre del sultán. Fue una época de fuerte presión fiscal y de creciente injerencia extranjera, en la que el principado se convirtió además en campo de batalla de las guerras entre otomanos, rusos y austríacos. En el extremo sur, junto al mar Negro y al bajo Dniéster, los otomanos administraban directamente algunas plazas fuertes, y allí, a lo largo del siglo XIX, se asentarían los gagaúzos, un pueblo de lengua túrquica pero de fe cristiana ortodoxa que había huido de los Balcanes.
El año 1812 marca un antes y un después en la historia del país. Por el Tratado de Bucarest, firmado el 28 de mayo de 1812 y con el que terminó la guerra ruso-turca de 1806-1812, el Imperio Otomano cedió a Rusia la mitad oriental del Principado de Moldavia, es decir, toda la tierra entre el Prut y el Dniéster. Los rusos bautizaron a esta nueva provincia con el nombre de Besarabia, un topónimo que originalmente designaba solo el extremo sur pero que pasó a nombrar todo el territorio.
Con aquella anexión, el viejo principado quedó partido en dos: la mitad occidental siguió como principado autónomo bajo tutela otomana —y más tarde se uniría a Valaquia para formar Rumania—, mientras que la mitad oriental, Besarabia, se integró en el Imperio Ruso. Comenzó así más de un siglo de gobierno zarista, con una política de rusificación que fomentó la llegada de colonos rusos, ucranianos, alemanes, búlgaros y gagaúzos, y que fue relegando poco a poco al idioma rumano de la administración y las escuelas. La fractura abierta en 1812 —entre una Moldavia rumana al oeste y una Besarabia rusa al este— está en la raíz de casi todos los debates de identidad que el país arrastra hasta hoy.
El derrumbe del Imperio Ruso en 1917 abrió una ventana histórica. En medio de la Revolución rusa y el caos de la Primera Guerra Mundial, en Besarabia se formó un consejo nacional, el Sfatul Țării, que primero proclamó una república democrática moldava y luego, el 27 de marzo de 1918 (según el calendario de la época), votó la unión con el Reino de Rumania. Por primera vez desde 1812, las dos orillas del Prut volvían a estar bajo un mismo Estado.
El período rumano de entreguerras (1918-1940) fue una etapa de reintegración cultural, con la vuelta del rumano como lengua oficial y de administración. Pero la Unión Soviética, heredera del Imperio Ruso, nunca reconoció aquella unión y siguió reclamando Besarabia como territorio propio. Para reforzar ese reclamo, Moscú creó en 1924, en la orilla izquierda del Dniéster —territorio que nunca había pertenecido al principado y que entonces formaba parte de la Ucrania soviética—, una República Autónoma Socialista Soviética de Moldavia. Aquella entidad artificial, con capital en Tiraspol, sembró la semilla de lo que mucho después sería Transnistria.
El 23 de agosto de 1939, la Unión Soviética y la Alemania nazi firmaron un pacto de no agresión conocido como pacto Molotov-Ribbentrop. Contenía un protocolo secreto —revelado recién tras la derrota alemana en 1945— que repartía Europa oriental en esferas de influencia. En ese reparto, Alemania aceptó su desinterés por Besarabia, cediéndola de hecho a la órbita soviética.
El 26 de junio de 1940, tras la caída de Francia, la URSS lanzó a Rumania un ultimátum exigiendo la evacuación de Besarabia y del norte de Bucovina. Sin apoyos y bajo amenaza de invasión, Rumania cedió. El 28 de junio las tropas soviéticas entraron en el territorio, y el 2 de agosto de 1940 el Sóviet Supremo creó la República Socialista Soviética de Moldavia, uniendo la mayor parte de Besarabia con una franja de la antigua república autónoma del Dniéster. Los distritos del sur, junto al mar Negro, y el norte de Bucovina se traspasaron a Ucrania: por eso Moldavia quedó sin salida al mar y con el trazado de fronteras que conserva hasta hoy.
Los años de la Segunda Guerra Mundial fueron durísimos. Entre 1941 y 1944 la región volvió a manos rumanas y alemanas, y bajo esa administración se cometieron matanzas y deportaciones contra la población judía de Besarabia en el marco del Holocausto; decenas de miles de judíos fueron asesinados o enviados a morir a los campos de Transnistria. Con el regreso soviético en 1944 llegaron a su vez nuevas deportaciones de campesinos y opositores a Siberia, y la gran hambruna de 1946-1947, agravada por las requisas del régimen, que costó decenas de miles de vidas. Son páginas negras que forman parte inseparable de la historia del país.
Durante casi cinco décadas, Moldavia fue una de las quince repúblicas de la Unión Soviética. El régimen impulsó una industrialización acelerada, sobre todo en la orilla izquierda del Dniéster, alrededor de Tiraspol, donde se concentraron las grandes fábricas y una población en buena parte rusohablante. La agricultura se colectivizó y el país se convirtió en un gran productor de vino, frutas y tabaco para todo el bloque soviético.
En el terreno de la identidad, Moscú desplegó una política deliberada: sostuvo que el "moldavo" era una lengua distinta del rumano —cuando en realidad se trata del mismo idioma— y lo impuso escrito en alfabeto cirílico para subrayar la separación cultural respecto de Rumania. Se promovió también la inmigración de rusos y ucranianos y el ruso se volvió la lengua del ascenso social y la administración. Esa ingeniería identitaria, pensada para borrar el vínculo rumano, dejó una sociedad partida entre quienes se sentían rumanos y quienes se identificaban con el mundo soviético y ruso: una fractura que estallaría con fuerza en cuanto el sistema se debilitó.
El deshielo de la perestroika desató en Moldavia un poderoso movimiento nacional. A finales de los años ochenta, las multitudes salieron a la calle para reclamar el regreso del rumano como lengua oficial y su vuelta al alfabeto latino, algo que el Parlamento aprobó en 1989. El renacer de la identidad rumana entusiasmó a una parte de la población y alarmó a otra: las minorías rusa, ucraniana y gagaúza temieron quedar marginadas en una república que parecía encaminarse hacia la unión con Rumania.
Con la Unión Soviética en plena desintegración, el 27 de agosto de 1991 la república proclamó su independencia y adoptó el nombre de Moldavia. La década siguiente fue muy dura: colapso económico, hiperinflación, corrupción y una emigración masiva de cientos de miles de moldavos que se fueron a trabajar al extranjero. El país quedó, además, dividido entre quienes soñaban con reunirse con Rumania y quienes preferían mantener un Estado moldavo propio, más cercano a Rusia.
La tensión entre las dos identidades del país estalló en la orilla izquierda del Dniéster. Allí, la mayoría rusohablante y las élites soviéticas locales rechazaron las reformas lingüísticas y proclamaron su propia república separatista con capital en Tiraspol. Los primeros choques armados se produjeron ya en 1990 en Dubăsari, pero la guerra abierta se desató en marzo de 1992 y se prolongó de forma intensa durante varios meses.
El factor decisivo fue la presencia del 14.º Ejército soviético, luego ruso, acantonado en la región, que apoyó a los separatistas. Superadas militarmente, las fuerzas moldavas no pudieron recuperar el territorio. El 21 de julio de 1992 se firmó en Moscú un acuerdo de alto el fuego entre Moldavia y Rusia que estableció una fuerza de paz conjunta y congeló el conflicto. Desde entonces, Transnistria funciona como un Estado de facto no reconocido por ningún país miembro de la ONU, con su propia moneda, sus fronteras y una guarnición de tropas rusas todavía presente. El de Transnistria es el ejemplo clásico de "conflicto congelado": sin guerra abierta desde 1992, pero también sin solución, y con un fuerte impacto sobre la soberanía y las opciones internacionales de Moldavia.
Al mismo tiempo que estallaba la guerra en el Dniéster, en el sur del país otra minoría planteaba su propio reclamo. Los gagaúzos —un pueblo de lengua túrquica pero de fe cristiana ortodoxa, asentado en la región desde el siglo XIX— proclamaron en 1990 su propia república en torno a la ciudad de Comrat, por temor a una eventual unión con Rumania en la que perderían su identidad. A diferencia de Transnistria, sin embargo, aquí la violencia fue esporádica y el conflicto encontró una salida pacífica.
En 1994, el Parlamento moldavo aprobó una ley que otorgó a Gagauzia un estatuto especial de autonomía dentro de Moldavia, con su propia Asamblea Popular y un gobernador (bașkan) elegido de forma directa. La ley incluso prevé que, si Moldavia decidiera unirse a otro Estado, Gagauzia tendría derecho a la autodeterminación. Aquel acuerdo suele citarse como un ejemplo relativamente exitoso de resolución negociada de un conflicto separatista, en contraste con el callejón sin salida de Transnistria, aunque las tensiones políticas entre Comrat y Chișinău reaparecen cada tanto.
Las primeras décadas del siglo XXI encontraron a Moldavia oscilando entre dos orientaciones: la que mira hacia Rusia y el mundo postsoviético, y la que aspira a integrarse en Europa. Ese péndulo se inclinó con claridad hacia el oeste a partir de 2020, cuando la proeuropea Maia Sandu llegó a la presidencia. La invasión rusa de Ucrania, en febrero de 2022, aceleró todo el proceso: el 3 de marzo de 2022 Moldavia presentó su solicitud de ingreso en la Unión Europea, y el 23 de junio de ese mismo año recibió el estatuto de país candidato, junto con Ucrania.
En diciembre de 2023 el Consejo Europeo decidió abrir las negociaciones de adhesión, que arrancaron formalmente en junio de 2024. En 2024, además, los moldavos aprobaron por un margen estrecho en referéndum inscribir el objetivo europeo en la Constitución, y Maia Sandu fue reelegida presidenta. El camino, sin embargo, sigue siendo cuesta arriba: el país arrastra la incógnita de Transnistria, una fuerte dependencia energética, campañas de desinformación e injerencia externa, y una sociedad todavía dividida. Moldavia encara así su futuro como lo que ha sido siempre: una tierra de frontera entre dos mundos, buscando por fin decidir su propio rumbo.