Chișinău es una de esas capitales que casi nadie tiene en la lista y que, justamente por eso, sorprende. La capital de Moldavia —uno de los países menos visitados de Europa— se despliega en un damero tranquilo de bulevares anchos, tilos, castaños y decenas de parques, con una vida relajada de cafés, mercados y terrazas. No hay grandes catedrales góticas ni multitudes de turistas: hay una ciudad verde, amable y muy barata, donde se camina de un extremo al otro del centro y donde el pasado soviético convive con una energía joven y europea que empuja hacia adelante.
El corazón de la ciudad es el bulevar Ștefan cel Mare și Sfânt, que atraviesa el centro pasando por la catedral de la Natividad, el Arco de Triunfo, el gobierno, la ópera y el parque central presidido por la estatua de Esteban el Grande, el héroe medieval que defendió Moldavia de los otomanos. Alrededor, museos, iglesias ortodoxas, edificios estalinistas y el gran Mercado Central donde se compra queso, vino y frutas. Pero el verdadero motivo para venir a Chișinău suele estar bajo tierra y a las afueras: es la base perfecta para bajar a las bodegas subterráneas más grandes del mundo y para escaparse a los monasterios rupestres del campo moldavo.
Esta guía recorre lo esencial de Chișinău con mirada práctica y cálida: qué ver en el centro caminando, cómo moverse en sus troleibuses y rutieras, cómo organizar las excursiones a las bodegas y a Orheiul Vechi, dónde comer bien y barato, y qué esperar de un país que se paga en leus moldavos y que todavía guarda el encanto de lo poco transitado. Moldavia es una de las grandes potencias vinícolas del mundo, y Chișinău es la llave para descubrirla.
La historia de Chișinău arranca en 1436, cuando aparece mencionada por primera vez como una pequeña aldea en un documento del Principado de Moldavia. Durante siglos fue apenas un villorrio a orillas del río Bâc, bajo la sombra del vecino centro de Orhei y, más tarde, bajo la larga suzeranía otomana. El gran giro llegó en 1812: tras la guerra ruso-turca, el Imperio ruso se anexó la mitad oriental del Principado de Moldavia, la región de Besarabia, y convirtió a Chișinău en su capital provincial. Bajo dominio ruso la ciudad creció rápido, se trazó el damero de bulevares que todavía la define y se levantaron la catedral de la Natividad y el Arco de Triunfo. También fue escenario de páginas oscuras, como el pogromo antijudío de 1903, que conmovió al mundo. Tras la Primera Guerra Mundial, Besarabia se unió a Rumania (1918-1940); luego, por el pacto Ribbentrop-Mólotov, la Unión Soviética la ocupó en 1940 y la convirtió en capital de la República Socialista Soviética de Moldavia. Ese mismo año un terremoto devastador sacudió la ciudad, y poco después la Segunda Guerra Mundial la dejó en ruinas. La Chișinău que se ve hoy es en gran parte una reconstrucción soviética de posguerra, de amplias avenidas y edificios monumentales. En 1991, con la caída de la URSS, Moldavia declaró su independencia y Chișinău se convirtió en la capital de un joven país que hoy mira hacia la Unión Europea. La historia completa está en nuestra página de historia.
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Origen, formación y qué dicen las fuentes.
En 1436, cuando Chișinău aparece por primera vez en un documento, no era más que una minúscula aldea a orillas del río Bâc, en el corazón del Principado de Moldavia. Aquel documento, firmado por los voivodas Ilie y Ștefan, mencionaba una pequeña propiedad rural junto a un manantial, y de esa palabra —según una de las etimologías más difundidas, del rumano antiguo 'chișla nouă', 'la fuente nueva'— derivaría el nombre de la futura capital. Nada anunciaba entonces que ese caserío perdido en los codros, los bosques de robles de Moldavia central, llegaría a ser una ciudad.
El Principado de Moldavia vivía por aquellos años su época de esplendor bajo Esteban el Grande (Ștefan cel Mare, que reinó entre 1457 y 1504), el voivoda que defendió el territorio de húngaros, polacos, tártaros y, sobre todo, del creciente poder del Imperio otomano. Esteban ganó batallas legendarias y levantó decenas de iglesias y monasterios, y con el tiempo se convertiría en el gran héroe nacional y hasta en santo de la Iglesia ortodoxa. Su estatua preside hoy el centro de Chișinău, aunque él nunca vio la ciudad tal como la conocemos.
Tras la muerte de Esteban, Moldavia cayó bajo la suzeranía otomana: siguió siendo un principado con sus propios príncipes, pero vasallo del sultán, obligado a pagar tributo. Chișinău quedó así en una tierra de frontera, disputada durante siglos entre otomanos, tártaros de Crimea, polacos y, cada vez más, el Imperio ruso que avanzaba hacia el sur. Durante todo ese tiempo fue apenas un pueblo de mercado y de artesanos, a la sombra del cercano y más importante centro de Orhei. Su historia como ciudad de verdad todavía no había empezado.
El destino de Chișinău cambió para siempre en 1812. Ese año, al final de una nueva guerra ruso-turca, el Imperio otomano cedió a Rusia la mitad oriental del Principado de Moldavia, el territorio entre los ríos Prut y Dniéster que pasaría a llamarse Besarabia. Rusia necesitaba una capital para su nueva provincia, y eligió a Chișinău, entonces un pueblo grande, por su posición central. En pocas décadas, la aldea se transformó en una ciudad imperial.
Bajo el dominio ruso se trazó el damero de amplios bulevares que todavía define el centro de Chișinău, muy distinto del casco viejo enrevesado de la parte baja. Se levantaron los grandes edificios del período: la Catedral de la Natividad de Cristo con su campanario, encargada en la década de 1830, y el Arco de Triunfo, erigido en 1840 para celebrar una victoria rusa sobre los otomanos. La población creció de manera vertiginosa: de unos pocos miles de habitantes a comienzos del siglo XIX pasó a más de 90.000 hacia 1862 y a unos 125.000 en 1900, con una mezcla de moldavos (rumanos), rusos, ucranianos, judíos, búlgaros, gagaúzos y armenios.
Ese crecimiento tuvo también un capítulo trágico. Chișinău tenía una gran comunidad judía, y en abril de 1903 estalló allí uno de los pogromos más brutales de la Europa de la época: durante varios días, turbas atacaron el barrio judío dejando decenas de muertos, cientos de heridos y un enorme número de casas y comercios destruidos. El pogromo de Kishinev —así se conocía la ciudad en ruso— conmovió a la opinión pública mundial, inspiró poemas y campañas de denuncia, y aceleró la emigración judía y el movimiento sionista. Es una página oscura que forma parte, también, de la memoria de la ciudad.
El derrumbe del Imperio ruso en 1917, con la revolución bolchevique, abrió un breve tiempo de incertidumbre. En 1918, en medio del caos, el consejo nacional de Besarabia (el Sfatul Țării) proclamó primero la autonomía y luego la unión con el Reino de Rumania. Durante el período de entreguerras, entre 1918 y 1940, Chișinău fue una ciudad rumana de provincia: se rumanizó la administración y la enseñanza, se construyeron algunos edificios de estilo interbélico, aunque la ciudad quedó algo relegada frente a Bucarest y otras capitales regionales.
Ese período se cortó de golpe en 1940. El pacto secreto Ribbentrop-Mólotov, firmado entre la Alemania nazi y la Unión Soviética en 1939, había repartido Europa oriental en zonas de influencia, y en junio de 1940 la URSS exigió y obtuvo Besarabia. El Ejército Rojo entró en Chișinău y la ciudad se convirtió en capital de la nueva República Socialista Soviética de Moldavia. Apenas unos meses después, en noviembre de 1940, un terremoto de gran magnitud sacudió la región y causó daños importantes, sumando destrucción a la ya convulsa situación política.
La Segunda Guerra Mundial golpeó a Chișinău con enorme dureza. En 1941, tropas alemanas y rumanas atacaron la Moldavia soviética; la ciudad fue bombardeada intensamente y tomada tras la resistencia del Ejército Rojo. Durante la ocupación se instaló un gueto y buena parte de la comunidad judía de la ciudad y de Besarabia fue deportada y asesinada en el marco del Holocausto. En 1944, la contraofensiva soviética recuperó Chișinău tras nuevos combates. Al terminar la guerra, la ciudad estaba en gran parte en ruinas: había que reconstruirla casi por completo.
La Chișinău que hoy recorre el viajero es, en buena medida, una ciudad soviética de posguerra. Tras 1945, como capital de la RSS de Moldavia, fue reconstruida y ampliada siguiendo los cánones de la planificación soviética: amplias avenidas, plazas monumentales, edificios administrativos de estilo estalinista y, más tarde, extensos barrios de bloques de viviendas prefabricadas en la periferia para alojar a una población que no dejaba de crecer con la industrialización y la llegada de habitantes de toda la Unión.
De esa época son muchos de los símbolos actuales de la ciudad: la sede del Gobierno y la Presidencia sobre el bulevar central, el Teatro de Ópera y Ballet, numerosos museos y monumentos, y el gran Complejo Memorial 'Eternitate', inaugurado en 1975, con sus cinco 'bayonetas' de hormigón y la llama eterna en honor a los caídos de la guerra. El propio bulevar principal, hoy llamado Ștefan cel Mare și Sfânt, fue el eje de esa capital soviética, jalonado de instituciones y comercios.
Bajo el régimen soviético, Moldavia se especializó, entre otras cosas, en la producción agrícola y muy especialmente en el vino: las gigantescas bodegas subterráneas de Cricova y Mileștii Mici, en las afueras de Chișinău, se desarrollaron en esas décadas hasta convertirse en las mayores del mundo, abasteciendo a todo el bloque soviético. La ciudad vivió una relativa modernización, pero también la rusificación cultural y las tensiones latentes por la identidad rumana de la mayoría de la población, que resurgirían con fuerza en los años finales de la URSS.
A finales de los años 80, con la 'perestroika' de Gorbachov, Chișinău se convirtió en el escenario del despertar nacional moldavo. Grandes manifestaciones reclamaron el reconocimiento del rumano como lengua oficial y el alfabeto latino en lugar del cirílico, y el rechazo al dominio de Moscú. El 27 de agosto de 1991, en medio del desmoronamiento de la Unión Soviética, Moldavia declaró su independencia y Chișinău pasó a ser la capital de un nuevo Estado soberano.
Los primeros años fueron difíciles. En 1992 estalló un conflicto armado con la región del este del Dniéster, de mayoría rusófona, que se declaró independiente como Transnistria (con capital en Tiraspol) y que hasta hoy funciona como un territorio separatista de facto, no reconocido internacionalmente. La transición económica de los años 90 fue dura, con crisis, emigración masiva de moldavos hacia Europa y Rusia, y una lenta reconstrucción de las instituciones. Chișinău, sin embargo, siguió siendo el corazón político, económico y cultural del país.
En el siglo XXI, la capital ha ido modernizándose y mirando cada vez más hacia Europa. Moldavia obtuvo el estatus de país candidato a la Unión Europea en 2022, y Chișinău se ha convertido en símbolo de esa orientación europea, con una vida cultural más activa, un turismo incipiente atraído por el enoturismo y una escena gastronómica en crecimiento. La ciudad conserva su carácter verde y tranquilo, su herencia soviética a la vista y su papel de puerta de entrada a las bodegas subterráneas y a los monasterios rupestres que son el gran tesoro del país. Chișinău es hoy una capital pequeña y en transformación, que empieza a descubrirse ante el viajero como uno de los rincones menos conocidos y más sorprendentes de Europa.