A unos 40 kilómetros de Chișinău, escondido entre los bosques de robles de los Codri, el monasterio de Căpriana es uno de los lugares más queridos y venerados de Moldavia. Fundado en los tiempos del Principado de Moldavia medieval, es uno de los monasterios más antiguos del país y estuvo ligado, desde sus orígenes, a los grandes voivodas, empezando por Esteban el Grande. Llegar hasta aquí, por caminos que atraviesan aldeas y bosques, es también un pequeño viaje al corazón rural y espiritual de Moldavia.
El conjunto reúne tres iglesias de distintas épocas —una de ellas, la iglesia de la Dormición, considerada la más antigua que se conserva en pie en toda Moldavia—, además de las celdas de los monjes, un cementerio monástico donde reposan personalidades del país y jardines cuidados. Cerrado y saqueado durante el período soviético, Căpriana fue de los primeros monasterios en reabrir con la 'perestroika', a finales de los años 80, y se restauró como símbolo del renacer de la identidad moldava.
Esta guía práctica te cuenta qué ver en Căpriana, cómo llegar desde Chișinău en transporte o con una excursión, qué esperar de la visita a un monasterio en funcionamiento (con sus normas de vestimenta y respeto) y cómo combinarlo con la naturaleza de los Codri. Es una escapada tranquila, gratuita y muy auténtica, ideal para entender la Moldavia profunda más allá de la capital y las bodegas.
La historia de Căpriana se remonta a la primera mitad del siglo XV, en pleno Principado de Moldavia. La primera mención documental importante data de 1429, cuando el voivoda Alejandro el Bueno (Alexandru cel Bun) le concedió el rango de monasterio real. Poco después, el gran Esteban el Grande (Ștefan cel Mare) lo tomó bajo su protección y mandó construir hacia 1545, ya bajo su sucesor Petru Rareș, la iglesia de piedra de la Dormición de la Virgen, que se considera la iglesia más antigua conservada en Moldavia. Durante siglos, Căpriana fue uno de los centros monásticos más importantes del principado, con tierras, una valiosa biblioteca y un papel destacado en la cultura religiosa moldava, aunque también pasó por etapas de decadencia y por su vinculación con monasterios del monte Athos. En el siglo XIX, bajo el Imperio ruso, se levantaron las otras dos iglesias del conjunto: la de San Nicolás (1840) y, ya a comienzos del siglo XX, la de San Jorge (1907). El golpe más duro llegó con el período soviético: como tantos monasterios, Căpriana fue clausurado y su actividad religiosa prohibida durante décadas, y el recinto se usó para otros fines. Con el despertar nacional del final de la URSS, el monasterio reabrió en 1989 —fue uno de los primeros en hacerlo— y desde entonces ha sido restaurado y convertido de nuevo en un gran centro de peregrinación y en símbolo del renacimiento espiritual e identitario de Moldavia. La historia completa está en nuestra página de historia.
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Origen, formación y qué dicen las fuentes.
En el corazón de los Codri, los densos bosques de robles y hayas que en la Edad Media cubrían el centro de Moldavia y servían de refugio a su gente, nació uno de los monasterios más antiguos y venerados del país: Căpriana. La tradición sitúa sus orígenes a comienzos del siglo XV, cuando aquel paraje boscoso, entonces llamado Codrii Lăpușnei, albergaba a ermitaños y pequeñas comunidades religiosas atraídas por su soledad y su silencio.
La primera mención documental de peso data de 1429, en tiempos del voivoda Alejandro el Bueno (Alexandru cel Bun), que gobernó el Principado de Moldavia entre 1400 y 1432 y fue uno de sus grandes organizadores. En un documento de ese año, Căpriana aparece elevada a la categoría de monasterio real, es decir, protegido y sostenido directamente por el príncipe. Esa vinculación con la corte convirtió al monasterio, desde muy temprano, en algo más que un simple retiro espiritual: pasó a ser una institución con tierras, rentas y un papel en la vida del principado.
El Principado de Moldavia era entonces un estado joven pero pujante, encajado entre grandes potencias —el reino de Hungría, Polonia, los tártaros y el creciente Imperio otomano— y con una fuerte identidad ortodoxa. Los monasterios como Căpriana eran centros de fe, de cultura y de poder económico, y muchos estaban ligados personalmente a los voivodas, que los fundaban o los protegían como una forma de piedad y también de afirmación de su autoridad. Căpriana nació en ese mundo y a él debe su importancia.
El nombre que da a Căpriana su mayor prestigio es el de Esteban el Grande (Ștefan cel Mare), el voivoda que reinó entre 1457 y 1504 y que se convirtió en el gran héroe de Moldavia. Esteban ganó decenas de batallas defendiendo el principado de otomanos, húngaros y polacos, y a lo largo de su reinado fundó o dotó una impresionante cantidad de iglesias y monasterios —la tradición habla de casi medio centenar—, muchos de ellos como acción de gracias tras sus victorias. Căpriana quedó bajo su protección y su cuidado, lo que reforzó su rango y su patrimonio.
El edificio más valioso del monasterio, sin embargo, se levantó ya bajo uno de los sucesores de Esteban: su hijo Petru Rareș. Hacia mediados del siglo XVI (en torno a 1542-1545), se construyó en piedra la iglesia de verano de la Dormición de la Virgen (Adormirea Maicii Domnului), que hoy se considera la iglesia más antigua conservada en pie en toda Moldavia. Con sus muros gruesos, su planta compacta y su silueta sobria, es un ejemplo precioso de la arquitectura religiosa moldava medieval y el tesoro que sigue atrayendo a peregrinos y visitantes.
Durante los siglos siguientes, Căpriana fue uno de los centros monásticos más influyentes del principado. Acumuló tierras y donaciones, tuvo una valiosa biblioteca con manuscritos y libros religiosos, y participó en la vida cultural de la Iglesia ortodoxa moldava. Como muchos monasterios de la época, conoció también periodos de decadencia y saqueos en tiempos turbulentos, y en cierta etapa quedó vinculado —como 'metocho' o dependencia— a monasterios del Monte Athos, lo que a la vez lo conectaba con el gran mundo ortodoxo y le restaba autonomía.
En 1812, tras la guerra ruso-turca, el Imperio otomano cedió a Rusia la mitad oriental del Principado de Moldavia, la región entre el Prut y el Dniéster que pasó a llamarse Besarabia. Căpriana, como el resto de la zona, quedó dentro del Imperio ruso, y su vida quedó sujeta a la política eclesiástica de San Petersburgo, que buscaba integrar y controlar la Iglesia ortodoxa local dentro de las estructuras rusas.
Durante el siglo XIX, el monasterio se fue transformando y ampliando. En 1840 se construyó la iglesia de invierno de San Nicolás (Sfântul Nicolae), un templo de líneas más clásicas pensado para los oficios de la estación fría, reflejo del gusto y de la administración del período ruso. Ya a comienzos del siglo siguiente, en 1907, se levantó la tercera iglesia del conjunto, dedicada a San Jorge (Sfântul Gheorghe). Así quedó formado el trío de iglesias que el visitante recorre hoy, cada una de una época distinta: la medieval moldava, la del siglo XIX ruso y la de comienzos del XX.
El monasterio siguió siendo un punto de referencia espiritual para la población rural de la zona, mayoritariamente rumanoparlante y profundamente ortodoxa. Tras la Primera Guerra Mundial, con la unión de Besarabia al Reino de Rumania (1918), Căpriana pasó a formar parte de la Iglesia ortodoxa rumana. Ese período rumano, sin embargo, sería relativamente breve: los grandes trastornos del siglo XX estaban por llegar y golpearían con dureza a la vida monástica.
La ocupación soviética de Besarabia en 1940 y, tras el paréntesis de la Segunda Guerra Mundial, la consolidación de la República Socialista Soviética de Moldavia a partir de 1944, marcaron el capítulo más duro en la larga historia de Căpriana. El régimen soviético era oficialmente ateo y hostil a la religión organizada: a lo largo de las décadas siguientes, la mayoría de los monasterios y muchas iglesias de Moldavia fueron cerrados, sus comunidades dispersadas y sus edificios reconvertidos para otros usos o simplemente abandonados.
Căpriana no escapó a ese destino. Su actividad religiosa fue prohibida, la comunidad monástica se disolvió y el recinto se destinó a fines ajenos a su función original, sufriendo el deterioro y el olvido. Buena parte de su patrimonio se perdió o se dispersó. Durante décadas, uno de los monasterios más antiguos y simbólicos del país permaneció mudo, como tantos otros lugares de culto silenciados por el poder soviético.
El renacimiento llegó de la mano del despertar nacional de finales de los años 80. Con la 'perestroika' y el resurgir de la identidad rumana y ortodoxa en Moldavia, Căpriana se convirtió en un símbolo de esa recuperación: reabrió en 1989, siendo uno de los primeros monasterios del país en volver a la vida religiosa. Desde entonces, y ya en la Moldavia independiente tras 1991, el conjunto ha sido objeto de importantes trabajos de restauración que devolvieron dignidad a sus tres iglesias, sus celdas y su recinto.
Hoy, Căpriana es de nuevo un monasterio en pleno funcionamiento y uno de los grandes centros de peregrinación de Moldavia. En sus fiestas patronales y en las grandes celebraciones ortodoxas, el recinto se llena de fieles que llegan desde Chișinău y desde toda la región para asistir a las liturgias, encender velas y venerar el que consideran uno de los lugares más sagrados del país. Su valor no es solo religioso: como cuna de cultura moldava y depositario de siglos de historia, se ha convertido también en emblema de la identidad nacional recuperada.
Para el viajero, Căpriana ofrece una experiencia distinta de la de la capital y las bodegas. Aquí no hay bullicio ni grandes multitudes de turistas, sino el silencio de los bosques de los Codri, el sonido de las campanas y el ritmo pausado de la vida monástica. Recorrer sus tres iglesias —empezando por la venerable iglesia de la Dormición, la más antigua de Moldavia—, pasear por el recinto y asomarse a la aldea y al bosque cercano es una forma de acercarse a la Moldavia profunda, rural y ortodoxa.
El entorno completa el atractivo: los Codri, con la reserva natural más antigua del país, y árboles emblemáticos como el roble asociado a Esteban el Grande, tejen un paisaje cargado de simbolismo. Muchas excursiones combinan el monasterio con la naturaleza o con una comida casera en una casa rural, donde se prueban la cocina y el vino locales. Así, Căpriana resume en un solo lugar buena parte de lo que hace especial a Moldavia: su fe ortodoxa, su historia medieval, su naturaleza serena y su tradición vinícola y campesina, todo a apenas cuarenta kilómetros de Chișinău.