La Isla de los Ciervos -Île aux Cerfs en francés- es el islote más famoso de Mauricio y el destino estrella de las excursiones en barco de la costa este. A pesar del nombre, hoy no hay ciervos: se los llamó así por los que los colonos soltaron para cazar. Lo que sí hay son unas 87 hectáreas de playas de arena blanca, palmeras, filaos y una laguna de un turquesa casi irreal, protegida por el arrecife, que la convirtieron en la postal por excelencia de la isla.
El islote se encuentra frente al pueblo de Trou d'Eau Douce, dentro de una laguna enorme y poco profunda. Se llega solo por mar, y ahí está buena parte de su encanto: la forma clásica de visitarlo es a bordo de un catamarán o una lancha, en una excursión de día completo que suele incluir la parada en la cascada de Grand River South East (GRSE), snorkel en la laguna, almuerzo barbacoa a bordo o en la playa, y varias horas para disfrutar de la arena.
En la isla hay un campo de golf de 18 hoyos de nivel internacional (Le Touessrok Golf Course), deportes acuáticos -parasailing, banana, kayak, jet ski-, bares y restaurantes, además de amplias zonas de playa pública. No se pernocta: es un paraíso diurno. Muy concurrida en temporada alta, sigue siendo una experiencia obligada para quien quiere el Mauricio de agua transparente y catamarán, ideal para combinar con Mahébourg, Blue Bay y el resto del este y sureste.
Île aux Cerfs debe su nombre a los ciervos de Java que los colonos europeos soltaron en el islote para cazar en tiempos de la Isla de Francia; hoy ya no quedan. Durante siglos fue un rincón silvestre de la laguna del este, hasta que en el siglo XX el turismo lo transformó en el islote más visitado de Mauricio, con playas acondicionadas, deportes náuticos y un campo de golf. La historia completa -de la laguna colonial al ícono turístico- está en la página de historia.
Leer la historia completa ↓El sureste de Grand Port, donde desembarcaron holandeses y se libró la batalla naval de 1810, junto a la laguna de Mahébourg y los islotes turquesa de la costa este.
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Origen, formación y qué dicen las fuentes.
La Isla de los Ciervos es un fragmento de coral y arena en el borde de una de las lagunas más grandes de Mauricio, frente a la costa este, en el distrito de Flacq. Como toda la isla principal, es de origen volcánico, pero su fisonomía la modelaron el mar y el arrecife: una barrera de coral encierra una laguna somera y calma que, a lo largo de milenios, fue depositando la arena blanca que hoy forma sus playas. Con unas 87 hectáreas, Île aux Cerfs es apenas un punto en el mapa, pero un punto privilegiado por la transparencia de sus aguas.
Antes de la llegada de los europeos, la isla principal y sus islotes estaban cubiertos de bosque nativo y poblados por una fauna endémica hoy en gran parte extinta. Los islotes de la laguna, como Île aux Cerfs, participaban de ese ecosistema aislado, con vegetación costera, aves marinas y reptiles. No había presencia humana: Mauricio fue de las últimas tierras habitables del planeta en ser poblada, y solo lo fue a partir del siglo XVII, con la colonización.
Ese punto de partida -una isla sin humanos y con una naturaleza única- es clave para entender la historia de Île aux Cerfs y de todo Mauricio: casi todo lo que hoy vemos, desde los ciervos que le dieron el nombre hasta las palmeras y los propios turistas, es fruto de lo que trajeron, soltaron o construyeron los que llegaron después.
El nombre del islote encierra una pequeña ironía: se llama Isla de los Ciervos, pero hoy no hay ciervos. La explicación está en la época colonial. Bajo el dominio de la Isla de Francia -y ya desde los tiempos holandeses-, los europeos introdujeron en Mauricio el ciervo rusa o ciervo de Java (Rusa timorensis), traído desde el sudeste asiático para la caza y para abastecer de carne a la colonia. Estos ciervos se multiplicaron en la isla principal y, según la tradición, también fueron soltados en algunos islotes de la laguna, entre ellos este, que pasó a llamarse Île aux Cerfs, 'isla de los ciervos'.
Con el tiempo, los ciervos desaparecieron del islote -por la caza, por su pequeño tamaño o por el cambio de uso- y el nombre quedó como testimonio de aquella Mauricio colonial de plantaciones y cacerías. El ciervo de Java, en cambio, sigue presente en la isla grande, sobre todo en las reservas de caza y estancias del interior, y forma parte de la gastronomía local (el 'cerf' es un plato apreciado). Es un buen ejemplo de cómo la fauna de Mauricio es en buena medida importada, mientras la nativa se extinguía. El caso del ciervo se suma al de los cerdos, ratas, monos macacos, mangostas y liebres que los colonos fueron soltando a lo largo de los siglos, transformando por completo el equilibrio biológico de la isla y contribuyendo, junto con la deforestación, a la desaparición de decenas de especies endémicas, el dodo entre ellas.
Durante los siglos XVIII y XIX, Île aux Cerfs fue poco más que un rincón silvestre de la laguna, sin mayor protagonismo. La vida y la economía del este giraban en torno a la caña de azúcar de tierra firme y a los pueblos pesqueros de la costa, como el que crecería frente al islote: Trou d'Eau Douce, cuyo nombre alude a una fuente o curso de agua dulce cerca del mar.
La transformación de Île aux Cerfs llegó en el siglo XX, y de forma acelerada tras la independencia de Mauricio en 1968. El país, que había vivido de la caña de azúcar, apostó por diversificar su economía con la industria textil y, sobre todo, con el turismo. Las playas y lagunas que durante siglos habían sido apenas paisaje se convirtieron en el gran recurso económico de la isla, y los islotes de aguas transparentes pasaron a ser tesoros comerciales.
Île aux Cerfs, con su combinación de arena blanca, laguna turquesa y cercanía a la costa, era un candidato ideal. A partir de las décadas de 1970 y 1980, con el desarrollo de los grandes resorts de la costa este -entre ellos Le Touessrok, hoy Shangri-La-, el islote se acondicionó para el turismo: se organizaron las playas, se instalaron bares, restaurantes y puestos de deportes acuáticos, y se convirtió en el destino de excursiones en barco que hoy conocemos. En 2002 se inauguró en la isla un campo de golf de 18 hoyos diseñado por Bernhard Langer, que ocupó buena parte de la superficie interior y elevó su perfil internacional.
Así, en pocas décadas, el islote pasó de rincón anónimo de la laguna a ser el lugar más visitado y fotografiado de Mauricio. Los catamaranes que hoy zarpan de Trou d'Eau Douce y del sureste, con música, snorkel y almuerzo barbacoa, son herederos directos de esa apuesta turística que rediseñó por completo el destino. El propio pueblo de Trou d'Eau Douce, antes una modesta villa de pescadores, se reconvirtió en puerto de embarque, con guesthouses, restaurantes y decenas de familias que viven del trajín diario de llevar y traer visitantes al islote.
Hoy Île aux Cerfs es un 'paraíso diurno': cada mañana se llena de visitantes que llegan en lancha y catamarán, y cada tarde se vacía, porque no se pernocta en el islote. Ese ritmo particular es parte de su identidad. La isla ofrece playas públicas y sectores acondicionados, parasailing, jet ski, kayak y snorkel, además del campo de golf y de la clásica parada en la cascada de Grand River South East que casi todas las excursiones incluyen.
Su éxito, sin embargo, trae tensiones que hoy se discuten en Mauricio. La masificación en temporada alta y fines de semana, la presión de las embarcaciones y los deportes a motor sobre la laguna, y la erosión de las playas son problemas reales que obligan a pensar en un turismo más sostenible. Como en otros puntos de la isla, la belleza que atrae a las multitudes es también lo que las multitudes ponen en riesgo. Por eso conviene visitarlo con conciencia: respetar los corales al hacer snorkel, no dejar basura y elegir, cuando se pueda, los días y horarios menos concurridos.
Más allá de esas tensiones, Île aux Cerfs sigue condensando el sueño tropical que hizo famoso a Mauricio: una laguna de agua transparente, arena blanca bajo las palmeras y un catamarán meciéndose en el turquesa. Su historia -de los ciervos coloniales que le dieron el nombre y ya no están, al islote turístico de hoy- es también, en pequeño, la historia de cómo Mauricio se reinventó a sí mismo, para bien y para mal, alrededor de la belleza de su mar.