Casablanca es la cara moderna, urbana y trabajadora de Marruecos, una metrópoli de rascacielos, tráfico y negocios que sorprende a quien llega esperando medinas milenarias y zocos de cuento. No es una ciudad imperial ni un destino turístico clásico: es la capital económica del país, su mayor puerto y su motor industrial y financiero, una ciudad de casi cuatro millones de habitantes que mira más al futuro que al pasado. Por eso muchos viajeros la cruzan de paso; pero Casablanca tiene su propia personalidad y merece al menos un día.
Su símbolo indiscutible es la Mezquita Hassan II, una de las mayores del mundo, levantada en parte sobre el océano Atlántico y coronada por el minarete religioso más alto del planeta. Es, además, una de las poquísimas mezquitas de Marruecos que los no musulmanes pueden visitar por dentro, en visitas guiadas, y su interior es sencillamente sobrecogedor. El otro gran atractivo de Casablanca es su arquitectura: el legado art déco y neomorisco de los años del protectorado francés, que hace del centro un museo al aire libre de fachadas de los años veinte y treinta.
Esta guía recorre lo esencial de Casablanca con mirada práctica: la Mezquita Hassan II y cómo visitarla, la arquitectura del centro, la antigua medina y el barrio de Habous, la Corniche de Ain Diab y su ambiente, y consejos para moverse en tranvía y taxi sin que te inflen la tarifa. Ojo con el mito del cine: la película 'Casablanca' (1942) no se rodó aquí, sino en estudios de Hollywood, aunque la ciudad ha sabido sacarle partido con lugares como el Rick's Café. Casablanca no es la postal de Marruecos, pero es su realidad más viva y contemporánea.
Casablanca creció sobre un antiguo puerto bereber llamado Anfa, que en la Edad Media fue base de corsarios hasta que los portugueses lo arrasaron en el siglo XV y levantaron después una fortaleza que llamaron Casa Branca ('casa blanca'); de ahí, y de su traducción española Casablanca, viene el nombre. Tras el terremoto de Lisboa de 1755, los portugueses abandonaron la plaza y el sultán alauí Sidi Mohammed ben Abdallah la reconstruyó en el siglo XVIII con el nombre árabe de Dar el-Beida. Pero la gran transformación llegó con el protectorado francés (1912-1956): el mariscal Lyautey y el urbanista Henri Prost convirtieron el modesto puerto en una gran ciudad moderna, con un puerto artificial, barrios de trazado europeo y una explosión de arquitectura art déco y neomorisca que la hizo célebre. Tras la independencia de 1956, Casablanca se consolidó como capital económica del país. Su monumento más reciente y emblemático, la Mezquita Hassan II, se inauguró en 1993. La historia completa está en nuestra página de historia.
Leer la historia completa ↓El eje del poder marroquí: Casablanca, la metrópoli económica de la época colonial; Rabat, la capital tranquila sobre el Atlántico; Meknes, la Versalles de Muley Ismail; Fez, la capital espiritual y su medina milenaria; y Volubilis, la ciudad romana en los olivares.
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Origen, formación y qué dicen las fuentes.
Antes de ser Casablanca, este tramo de la costa atlántica se llamó Anfa, y su historia se remonta a la Antigüedad. Hubo aquí presencia fenicia y romana, y en la Edad Media Anfa fue un puerto bereber de cierta importancia, cabeza de un pequeño estado independiente en los siglos XII y XIII y activo centro de comercio con el Mediterráneo y el norte de Europa. Pero Anfa se hizo tristemente célebre por otra actividad: la piratería. Desde su puerto, los corsarios lanzaban ataques contra los barcos portugueses y españoles y contra las costas ibéricas, convirtiéndose en una amenaza constante para la navegación atlántica.
Esa piratería selló su destino. En 1468, una gran expedición portuguesa arrasó Anfa como represalia y castigo, dejándola en ruinas y despoblada. Décadas después, ya entrado el siglo XVI, los portugueses regresaron y levantaron sobre el lugar una fortaleza y una factoría a la que llamaron Casa Branca —'casa blanca' en portugués—, por el color de las construcciones que se divisaban desde el mar. De esa denominación, y de su equivalente español 'Casablanca', deriva el nombre actual de la ciudad, mientras que en árabe se la conoce como Dar el-Beida, que significa exactamente lo mismo: 'la casa blanca'.
La presencia portuguesa, sin embargo, fue frágil y discontinua. Casa Branca nunca llegó a ser una gran plaza como las que Portugal mantenía en Safi o Mazagán, y su suerte quedó ligada a los vaivenes de la costa marroquí.
El destino de la pequeña Casa Branca dio un giro por culpa de una catástrofe lejana. El gran terremoto de Lisboa de 1755, que asoló la capital portuguesa y se sintió en toda la fachada atlántica, dañó también las construcciones de la costa marroquí, y los portugueses acabaron abandonando definitivamente el enclave. Durante unas décadas, el lugar quedó semidespoblado.
Fue el sultán alauí Sidi Mohammed ben Abdallah (Mohammed III), el mismo que fundó el puerto de Esauira en 1760, quien decidió reconstruir la plaza en la segunda mitad del siglo XVIII. Mandó levantar de nuevo la ciudad, con su mezquita, su medina amurallada y sus fortificaciones, y le dio el nombre árabe de Dar el-Beida. La nueva ciudad era todavía un modesto puerto, a la sombra de otras plazas marroquíes más importantes, pero empezó a recuperar actividad comercial.
El verdadero despegue llegó en el siglo XIX. A medida que Europa se industrializaba y crecía la demanda de materias primas, Dar el-Beida se convirtió en un puerto exportador cada vez más dinámico, sobre todo de lana, cereales y otros productos agrícolas de la fértil llanura de la Chaouia que la rodea. Se instalaron comerciantes y cónsules europeos, la población creció y la ciudad empezó a desbordar sus viejas murallas. A comienzos del siglo XX, Casablanca era ya el principal puerto comercial de Marruecos, y ese peso económico atrajo, como un imán, la codicia de las potencias coloniales.
En 1907, tras episodios de violencia en el puerto en los que murieron obreros europeos, Francia bombardeó y ocupó Casablanca, un anticipo de lo que vendría. En 1912, el Tratado de Fez estableció el protectorado francés sobre Marruecos, y Casablanca se convirtió en la gran obra urbana de la Francia colonial en el país.
El artífice fue el mariscal Hubert Lyautey, primer residente general, que eligió Casablanca como capital económica y motor del Marruecos moderno, y encargó su planificación al urbanista Henri Prost. Entre 1912 y los años treinta, Casablanca se transformó de un modo espectacular: se construyó un gran puerto artificial, se trazó una ciudad nueva de bulevares, plazas monumentales y barrios residenciales fuera de la vieja medina, y se levantó una de las mayores concentraciones de arquitectura moderna de su tiempo. Arquitectos europeos y marroquíes cubrieron la ciudad de edificios art déco, art nouveau y del característico estilo 'mauresque' o neomorisco, que fundía las formas europeas con la decoración tradicional marroquí. La Plaza Mohammed V (entonces Place de France o de Lyautey) y el Boulevard Mohammed V se convirtieron en el escaparate de esa Casablanca cosmopolita, próspera y en pleno crecimiento demográfico, que atrajo a una enorme población de marroquíes del campo y de europeos.
Durante la Segunda Guerra Mundial, Casablanca fue escenario de un hecho histórico de primer orden: en enero de 1943, en el barrio de Anfa, se celebró la Conferencia de Casablanca, en la que el presidente estadounidense Franklin D. Roosevelt y el primer ministro británico Winston Churchill se reunieron para planificar la estrategia aliada y proclamaron la política de la 'rendición incondicional' de las potencias del Eje. La ciudad, ocupada por los Aliados tras el desembarco en el norte de África, era ya un cruce de caminos internacional, la Casablanca cosmopolita e intrigante que el cine de Hollywood mitificaría ese mismo año.
Casablanca desempeñó un papel destacado en el movimiento nacionalista y en la lucha por la independencia de Marruecos. Sus barrios obreros y populares, crecidos al calor de la industrialización, fueron escenario de huelgas, manifestaciones y disturbios contra el poder colonial en los años cuarenta y cincuenta. Cuando Marruecos recuperó la independencia en 1956, Casablanca era ya con diferencia la mayor ciudad del país y su indiscutible capital económica, aunque la capital política se mantuvo en Rabat.
En las décadas siguientes, la ciudad vivió un crecimiento acelerado y desordenado. La industria, el puerto (uno de los mayores de África), la banca y los servicios convirtieron a Casablanca en el corazón productivo de Marruecos, atrayendo a millones de personas del campo en busca de trabajo. Ese crecimiento trajo también enormes retos: barrios de chabolas (bidonvilles), desigualdades sociales y tensiones que estallaron en episodios de violencia urbana, como los graves disturbios de 1965 y 1981. En 2003, la ciudad sufrió además una serie de atentados terroristas que causaron decenas de muertos y golpearon su imagen.
Pese a todo, Casablanca siguió modernizándose y afirmándose como escaparate del Marruecos contemporáneo. En 1993 se inauguró su monumento más ambicioso y emblemático, la gigantesca Mezquita Hassan II, levantada en parte sobre el océano por deseo del rey Hassan II y financiada en buena medida por suscripción popular; con su minarete de 210 metros, se convirtió al instante en el símbolo de la ciudad y en una de las mayores mezquitas del mundo.
La Casablanca del siglo XXI es una metrópoli de casi cuatro millones de habitantes, la mayor del Magreb junto a otras grandes urbes de la región, y una de las principales de África. Es el corazón financiero, industrial y comercial de Marruecos: aquí están la Bolsa de Casablanca, las sedes de los grandes bancos y empresas, el mayor puerto del país y un centro financiero internacional (Casablanca Finance City) que aspira a convertir a la ciudad en la puerta de las inversiones hacia África.
La ciudad ha invertido en modernizar su transporte con una extensa red de tranvía y autobús rápido, ha desarrollado nuevas zonas como la Corniche de Ain Diab y grandes centros comerciales como el Morocco Mall, y trata de proteger —con más dificultades— su excepcional patrimonio arquitectónico art déco, uno de los conjuntos más notables del mundo, aunque muchos edificios sufren el deterioro y la presión inmobiliaria. Asociaciones ciudadanas luchan por salvar esa herencia única.
Casablanca no ofrece al viajero las medinas milenarias ni los palacios de las ciudades imperiales; es una ciudad más para vivir y trabajar que para el turismo tradicional. Pero su mezcla de modernidad y contrastes, su ambiente cosmopolita, su gastronomía, su patrimonio del siglo XX y, sobre todo, la sobrecogedora Mezquita Hassan II sobre el Atlántico hacen de ella una parada que resume, como ninguna otra, el rostro contemporáneo de Marruecos: un país que mira a la vez a su pasado y a su futuro.