Antes que árabe, antes que musulmán, Marruecos es una tierra amazigh. Los amazigh —nombre que se traduce como "hombres libres" y que la tradición grecorromana deformó en "bereberes", del griego bárbaros— pueblan el norte de África desde hace al menos cinco o seis mil años. Organizados en tribus y confederaciones, dedicados al pastoreo, la agricultura de montaña y el comercio caravanero, desarrollaron una lengua propia, el tamazight, con su alfabeto milenario, el tifinagh, y una fuerte cultura de autonomía tribal que ninguna potencia extranjera logró jamás borrar del todo.
Desde comienzos del primer milenio antes de Cristo, la costa marroquí entró en la órbita de los grandes navegantes del Mediterráneo. Los fenicios, mercaderes venidos del actual Líbano, fundaron factorías comerciales en el litoral atlántico y mediterráneo: Lixus (cerca de la actual Larache), Tingis (Tánger) y, según la tradición, un puesto en la isla de Mogador, frente a Esauira, donde se explotaba la púrpura, el tinte más caro de la antigüedad. Tras la caída de Cartago, su heredera, esas colonias pasaron a la esfera púnico-cartaginesa y luego a Roma.
De aquel encuentro entre el mundo amazigh del interior y los comerciantes mediterráneos de la costa nació el molde de toda la historia marroquí posterior: un país con dos caras, la de las llanuras y ciudades abiertas al mar y a las influencias de fuera, y la de las montañas del Atlas y del Rif, refugio de las tribus que preservaron la lengua y las costumbres bereberes. Todavía hoy, entre un cuarto y la mitad de los marroquíes hablan alguna variante del tamazight, y desde la Constitución de 2011 es, junto al árabe, lengua oficial del reino.
En el cambio de era, el norte del actual Marruecos formaba el reino de Mauritania, gobernado por dinastías amazigh aliadas de Roma. Su figura más brillante fue Juba II, un príncipe norteafricano educado en Roma, esposo de Cleopatra Selene —hija de Cleopatra de Egipto y Marco Antonio—, a quien el emperador Augusto colocó hacia el año 25 a.C. al frente de Mauritania. Juba II fue un rey erudito, geógrafo y mecenas que hizo de Volubilis una de las capitales de su reino y llenó sus ciudades de arte helenístico, manteniendo su trono a cambio de reconocer la soberanía de Roma.
Cuando su hijo Ptolomeo fue ejecutado por orden del emperador Calígula, hacia el año 40 d.C., estalló una revuelta encabezada por Aedemón. Sofocada la rebelión, Roma anexionó el reino y lo organizó como provincia con el nombre de Mauritania Tingitana, es decir "la de Tingis", la actual Tánger, que fue su capital. La provincia abarcaba el norte de Marruecos, desde el Estrecho hasta las ciudades de Sala (junto a Rabat) y Volubilis, y quedó unida administrativamente más al mundo hispano que al africano.
Volubilis, en una fértil llanura de olivares cerca de la actual Meknes, fue la principal ciudad del interior: recibió el rango de municipio romano y se llenó de foro, basílica, arco de triunfo, termas y casas señoriales con espléndidos mosaicos que todavía pueden verse. Roma explotó la región por su trigo, su aceite y sus fieras para los circos. Hacia el año 285, el emperador Diocleciano replegó la frontera y abandonó Volubilis y buena parte del interior, aunque la ciudad siguió habitada durante siglos por comunidades latinas, cristianas, judías y bereberes. Sus ruinas, hoy Patrimonio Mundial, son el testimonio más elocuente de la antigüedad marroquí.
En el siglo VII, la gran expansión del islam desde Arabia llegó al Magreb. Entre los años 680 y 710, los ejércitos árabes, tras duras campañas contra la resistencia bereber —encarnada en figuras legendarias como el caudillo Kusayla o la reina guerrera Kahina—, incorporaron el norte de África al califato omeya. La conversión de las tribus amazigh al islam fue rápida y masiva, y desde Marruecos, en el año 711, un ejército mayoritariamente bereber al mando de Táriq ibn Ziyad cruzó el Estrecho e inició la conquista de la península ibérica: el nombre de Gibraltar viene de Yabal Táriq, "el monte de Táriq".
Marruecos, sin embargo, no quiso ser mera provincia de un califato lejano. En el año 788, un descendiente del profeta Mahoma llamado Idris ibn Abdallah, huido de Oriente tras una revuelta fallida contra los abasíes, fue acogido por las tribus bereberes de la región de Volubilis y proclamado imán. Fundó así la dinastía de los idrisíes, considerada la primera dinastía propiamente marroquí, que unió por primera vez el islam con un poder político local independiente de Bagdad. Idris I fue envenenado por sus enemigos, pero su hijo póstumo, Idris II, consolidó el reino.
El gran legado de los idrisíes fue la ciudad de Fez. Idris I trazó un primer asentamiento hacia el 789 y su hijo Idris II lo refundó en el 809 como capital, atrayendo a oleadas de refugiados: familias árabes venidas de Kairuán (en Túnez) y, sobre todo, andalusíes expulsados de Córdoba, que dieron nombre al barrio de los Andaluces. En el año 859, una piadosa mujer originaria de Kairuán, Fátima al-Fihri, financió la construcción de la mezquita y universidad de al-Qarawiyyin, reconocida por la Unesco como la institución de enseñanza superior en funcionamiento continuo más antigua del mundo. Fez nacía ya como capital espiritual e intelectual del islam occidental.
Hacia mediados del siglo XI, del corazón del desierto surgió una fuerza nueva. Los almorávides (al-murabitun, "los del ribat", la fortaleza-convento) eran bereberes nómadas de la confederación sanhaya, procedentes de los confines del Sahara occidental, en la actual Mauritania. Movidos por una predicación de islam riguroso, se lanzaron a la conquista bajo el liderazgo de Yúsuf ibn Tashfin y en pocas décadas unificaron por primera vez todo Marruecos y buena parte del noroeste de África.
Hacia el año 1070, los almorávides fundaron una nueva capital en la llanura al pie del Alto Atlas: Marrakech, la ciudad que acabaría dando su nombre a todo el país ("Marruecos" deriva de "Marrakech"). Desde allí gobernaron un imperio que se extendía desde el río Senegal hasta el Ebro. En 1086, llamados por los reyes de taifas andalusíes acosados por los cristianos, cruzaron el Estrecho y derrotaron a Alfonso VI de Castilla en la batalla de Sagrajas (Zallaqa), cerca de Badajoz. Poco después anexionaron al-Ándalus, uniendo bajo un mismo cetro el sur de la península y el Magreb.
Los almorávides trajeron a Marruecos la refinada civilización andalusí: arquitectura, artesanos, poetas y sabios. Levantaron mezquitas y sistemas de regadío —las khettaras subterráneas que aún riegan los palmerales de Marrakech— y acuñaron una moneda de oro apreciada en toda Europa. Su rigorismo religioso, en cambio, les enfrentó a filósofos y místicos y les hizo perder apoyos. A comienzos del siglo XII, un nuevo movimiento reformista nacido en las montañas del Atlas, el de los almohades, terminó por derribarlos: en 1147 los almohades tomaron Marrakech, y con ella el imperio.
Los almohades (al-muwahhidun, "los que proclaman la unicidad de Dios") fueron, quizá, el imperio más poderoso que gobernó Marruecos. Nacieron de la predicación de Ibn Túmart, un reformador bereber del Alto Atlas que se proclamó mahdí (guía enviado por Dios) y denunció la relajación de los almorávides. Su discípulo Abd al-Mumin transformó el movimiento en una potencia militar que entre 1130 y 1160 conquistó no solo Marruecos, sino todo el Magreb hasta Libia y el sur de al-Ándalus, forjando el mayor imperio que jamás tuvo su centro en Marruecos.
Bajo los sultanes almohades, sobre todo Yúsuf y su hijo Yaqub al-Mansur ("el victorioso"), Marruecos vivió su edad de oro. Al-Mansur derrotó a los reyes cristianos en la batalla de Alarcos (1195) y patrocinó a algunos de los mayores pensadores de la Edad Media, como el filósofo cordobés Averroes (Ibn Rushd) y el médico y filósofo Maimónides. Los almohades embellecieron sus capitales con una arquitectura sobria y grandiosa: en Marrakech levantaron la mezquita de la Koutoubia, cuyo alminar es hermano gemelo de la Giralda de Sevilla y de la torre Hassan de Rabat, las tres obra de la misma dinastía y del mismo estilo.
El imperio empezó a resquebrajarse en 1212, cuando una coalición de reyes cristianos aplastó a los almohades en la batalla de las Navas de Tolosa, en el sur de la actual España. Fue el principio del fin del poder musulmán en la península: a lo largo del siglo XIII, al-Ándalus se redujo al reino de Granada, y el imperio almohade se desintegró en el Magreb, dividido entre dinastías rivales. En Marruecos, el relevo lo tomaron los meriníes.
A partir de mediados del siglo XIII, la dinastía de los meriníes (o benimerines) tomó el poder en Marruecos. A diferencia de almorávides y almohades, los meriníes no traían una nueva doctrina religiosa: eran bereberes nómadas de la confederación zenata que fueron ocupando el país tribu a tribu hasta apoderarse de Marrakech en 1269 y poner fin al imperio almohade. Su reinado, que se prolongó hasta el siglo XV, coincidió con el retroceso definitivo del islam en la península ibérica, pese a sus intentos de ayudar a Granada cruzando el Estrecho.
Los meriníes trasladaron el centro del poder de Marrakech a Fez, que vivió con ellos su época más brillante. Junto a la vieja ciudad idrisí levantaron una capital administrativa nueva, Fez el-Jdid ("la Fez nueva"), con palacios, jardines y el barrio judío, el mellah, uno de los más antiguos de Marruecos. Sobre todo, hicieron de Fez una capital del saber: construyeron algunas de las madrasas —escuelas coránicas residenciales— más hermosas del mundo islámico, como la Bou Inania y la Al-Attarin, joyas de la decoración de estuco tallado, cedro esculpido y azulejo (zellij) que aún hoy deslumbran al visitante.
Bajo los meriníes, Fez fue uno de los grandes focos intelectuales del Mediterráneo, con una universidad, al-Qarawiyyin, que atraía a estudiantes de todo el mundo musulmán y por la que pasó, entre otros, el gran viajero tangerino Ibn Battuta y, más tarde, el geógrafo León el Africano. La ciudad medieval que se formó entonces —la medina de Fez el-Bali, la más extensa y mejor conservada del mundo islámico— es hoy Patrimonio de la Humanidad y sigue siendo el corazón espiritual y artesanal del país. La decadencia de los meriníes, minada por luchas internas, abrió paso a la amenaza de un enemigo nuevo: los portugueses y castellanos, que empezaban a asomarse a las costas marroquíes.
A finales de la Edad Media, las potencias ibéricas se lanzaron sobre las costas de Marruecos. Portugal inauguró su expansión ultramarina con la toma de Ceuta en 1415 y fue apoderándose de una cadena de plazas fuertes en el litoral atlántico y mediterráneo: Tánger, Arcila, Safí, Azemmour, Mazagán (la actual El Jadida) y Santa Cruz do Cabo de Gué (Agadir). España, por su parte, ocupó Melilla en 1497 y otros peñones. Marruecos, dividido y debilitado tras los meriníes, parecía a merced de los cristianos.
La reacción vino del sur. En el valle del Draa y la región de Sus surgió la dinastía de los saadíes, una familia jerifiana —es decir, que se decía descendiente del profeta Mahoma—, que aprovechó el fervor de la yihad contra los invasores para unificar el país. A lo largo del siglo XVI, los saadíes fueron recuperando plazas de manos portuguesas: en 1541 arrebataron Agadir a Portugal, un golpe que precipitó el abandono de casi todas sus posiciones. El punto culminante llegó el 4 de agosto de 1578 en la batalla de Alcazarquivir (Ksar el-Kebir), conocida como "la batalla de los Tres Reyes": el joven rey Sebastián I de Portugal invadió Marruecos con un gran ejército y fue aniquilado. Murieron en el campo los tres protagonistas —el propio Sebastián, el sultán saadí reinante y el pretendiente al que apoyaba—, y la derrota, al dejar a Portugal sin rey ni heredero, desembocó dos años después en la anexión del país por la corona española.
El vencedor real de Alcazarquivir fue el nuevo sultán saadí, Ahmad al-Mansur ("el Victorioso"), que con el enorme rescate cobrado por los nobles portugueses cautivos financió un reinado deslumbrante. Levantó en Marrakech el fastuoso palacio de El Badi, revestido de oro, mármol y ónice, y en 1591 envió a través del Sahara una expedición que conquistó el imperio de Songhay y la ciudad de Tombuctú, en el actual Malí, controlando durante un tiempo el comercio del oro y la sal transahariano. De aquel esplendor quedan en Marrakech las tumbas saadíes, un mausoleo de una riqueza decorativa asombrosa que permaneció oculto y tapiado durante siglos.
Tras la muerte de Ahmad al-Mansur, el poder saadí se hundió en guerras civiles. De la crisis emergió, hacia mediados del siglo XVII, la dinastía que todavía reina en Marruecos: los alauíes (o filalíes), otra familia jerifiana descendiente del profeta, originaria del oasis de Tafilalt, en el sudeste, junto al desierto. Su fundador, Muley Rashid, reunificó el país hacia 1666-1669, poniendo fin a la anarquía. Pero fue su sucesor quien dejó una huella imborrable.
Muley Ismail (Moulay Ismaïl), que reinó entre 1672 y 1727, más de medio siglo, fue uno de los soberanos más poderosos y temidos de la historia marroquí, contemporáneo y admirador rival de Luis XIV de Francia. Con mano de hierro sometió a las tribus, expulsó a los ingleses de Tánger (1684) y a los españoles de La Mamora y Larache, y creó un ejército permanente de esclavos negros traídos del sur, la célebre Guardia Negra (los Abid al-Bujari), que le dio una autonomía inédita frente a las tribus. Su reinado fue a la vez de orden y de crueldad legendaria, recordado por la severidad de sus castigos.
Muley Ismail trasladó la capital a Meknes, que convirtió en una "Versalles marroquí": la rodeó de más de cuarenta kilómetros de murallas, levantó palacios, mezquitas, inmensos graneros y caballerizas para miles de caballos y un gran estanque-embalse, el Agdal. La monumental puerta Bab Mansour, terminada bajo su hijo, es una de las más bellas del mundo islámico. Tras su muerte, el país volvió a sumirse en luchas por la sucesión, pero la dinastía alauí sobrevivió y, con altibajos, ha gobernado Marruecos hasta hoy, lo que la convierte en una de las casas reinantes más antiguas del mundo.
Durante el siglo XVIII y buena parte del XIX, Marruecos siguió siendo un Estado soberano, gobernado por sultanes alauíes, en un mundo en el que casi todo el resto del norte de África iba cayendo bajo dominio otomano o europeo. Fue notable la política comercial de Sidi Mohammed ben Abdallah (Mohammed III), que a finales del siglo XVIII abrió el país al comercio internacional, fundó en 1764-1765 el puerto de Esauira (Mogador) y, en 1777, fue uno de los primeros soberanos del mundo en reconocer la independencia de los recién nacidos Estados Unidos.
Pero la industrialización europea alteró el equilibrio. A lo largo del siglo XIX, Francia —que había conquistado la vecina Argelia en 1830— y España presionaron cada vez más a un Marruecos militarmente atrasado. El país sufrió dos derrotas humillantes: en 1844, tras apoyar la resistencia argelina, fue batido por Francia en la batalla de Isly; y en 1859-1860, en la llamada Guerra de África o Guerra de Tetuán, España derrotó a Marruecos, ocupó Tetuán y le impuso una fuerte indemnización y la ampliación de sus plazas en el norte.
Las potencias europeas se disputaron entonces la influencia sobre el sultanato. En la Conferencia de Madrid (1880) y, sobre todo, en la de Algeciras (1906), las grandes potencias —Francia, España, Reino Unido, Alemania— negociaron entre ellas el futuro de un Marruecos cada vez más endeudado y penetrado por bancos, empréstitos y cónsules extranjeros. Las crisis de Tánger (1905) y de Agadir (1911), en las que Alemania desafió las ambiciones francesas, estuvieron a punto de provocar una guerra europea. El desenlace estaba escrito: en pocos años, la independencia marroquí, mantenida durante más de mil años, se apagaría bajo el sistema de los protectorados.
El 30 de marzo de 1912, el sultán Abd al-Hafid firmó el Tratado de Fez, por el que Marruecos quedaba bajo protectorado de Francia. Ese mismo año, un acuerdo franco-español repartió el territorio: Francia se quedó con el grueso y más rico del país, gobernado desde Rabat, y España obtuvo dos franjas —el norte montañoso, con capital en Tetuán, y una zona en el extremo sur, cerca del Sahara—. La ciudad de Tánger, por su valor estratégico en el Estrecho, recibió en 1923 un estatuto especial de zona internacional, administrada por una comisión de varias potencias. Formalmente el sultán seguía reinando, pero el poder real estaba en manos de los residentes generales europeos; el primero y más influyente, el mariscal francés Lyautey, modernizó infraestructuras y creó ciudades nuevas junto a las medinas, pero al servicio de los intereses coloniales.
La ocupación no fue pacífica. La resistencia más célebre estalló en las montañas del Rif, en la zona española. Allí, el líder rifeño Abd el-Krim (Mohammed ben Abd el-Karim al-Jattabi) encabezó una rebelión de las tribus bereberes y, en julio de 1921, infligió al ejército español una de las mayores catástrofes de su historia: el Desastre de Annual, donde murieron unos trece mil soldados. Abd el-Krim proclamó una efímera República del Rif, con instituciones modernas, que resistió varios años. Solo una coalición franco-española de enorme envergadura, que empleó de forma masiva —y hoy condenada— armas químicas de gas mostaza contra la población rifeña, logró aplastar la resistencia; Abd el-Krim se rindió en 1926. Su lucha inspiraría a movimientos anticoloniales de todo el mundo.
Bajo el protectorado, Marruecos se transformó: se tendieron ferrocarriles y carreteras, creció Casablanca hasta convertirse en una gran metrópoli, se explotaron los fosfatos y se instalaron colonos europeos que se apropiaron de las mejores tierras. Pero la mayoría de la población marroquí quedó al margen de esa modernización, y en las ciudades fue surgiendo un movimiento nacionalista, articulado en los años treinta y cuarenta en torno a partidos como el Istiqlal ("Independencia"), que en 1944 reclamó formalmente el fin del protectorado.
La figura que encarnó la lucha por la independencia fue el sultán Mohamed V, que apoyó al movimiento nacionalista. En 1953, las autoridades francesas lo depusieron y lo enviaron al exilio, primero a Córcega y luego a Madagascar. La medida provocó una oleada de protestas y atentados que hizo ingobernable el protectorado, y Francia terminó cediendo: Mohamed V regresó triunfalmente en 1955 y, el 2 de marzo de 1956, Marruecos recuperó su independencia de Francia; el 7 de abril, España devolvió su protectorado del norte. Tánger se reintegró ese mismo año y, en los años y décadas siguientes, Marruecos fue recuperando otros territorios (Ifni en 1969, la zona sur), aunque España conservó las ciudades de Ceuta y Melilla. Mohamed V adoptó el título de rey.
A su muerte en 1961 le sucedió su hijo Hassan II, que reinó con mano firme durante casi cuarenta años. Su reinado consolidó la monarquía y una cierta apertura, pero también estuvo marcado por los llamados "años de plomo": una etapa de represión política, con detenciones, desapariciones y cárceles secretas para los opositores, sobre todo tras dos intentos de golpe militar contra el rey en 1971 y 1972. En 1975, ante la retirada de España del Sahara Occidental —su última colonia—, Hassan II organizó la Marcha Verde: unos 350.000 civiles marroquíes cruzaron pacíficamente la frontera para reclamar el territorio. España lo cedió mediante los Acuerdos de Madrid a Marruecos y Mauritania, pero el movimiento independentista saharaui, el Frente Polisario, proclamó la República Árabe Saharaui Democrática y libró una larga guerra, hasta el alto el fuego auspiciado por la ONU en 1991. El estatuto definitivo del Sahara Occidental sigue sin resolverse: Marruecos administra y reclama la mayor parte del territorio y propone una autonomía bajo su soberanía, mientras el Frente Polisario reivindica un referéndum de autodeterminación; Naciones Unidas lo considera todavía un territorio pendiente de descolonización, y es un asunto sensible sobre el que existen posiciones enfrentadas.
En 1999, Hassan II fue sucedido por su hijo Mohamed VI, el actual rey. Su reinado inició una etapa de reformas: un nuevo código de familia (la Mudawana de 2004) que amplió los derechos de las mujeres, una Instancia de Equidad y Reconciliación que investigó los abusos de los años de plomo, y una apertura económica que ha impulsado grandes obras —puertos, energías renovables, el primer tren de alta velocidad de África—. En 2011, en el contexto de la llamada Primavera Árabe, un movimiento de protesta (el 20 de Febrero) llevó a una reforma constitucional que amplió poderes del Parlamento y reconoció el tamazight como lengua oficial, aunque el rey conservó las competencias esenciales. Marruecos afronta hoy los retos de las desigualdades sociales, el desempleo juvenil y el desarrollo, con la mirada puesta a la vez en África, en Europa y en el mundo árabe.