Antes que árabe, antes que musulmán, Marruecos es una tierra amazigh. Los amazigh —nombre que se traduce como "hombres libres" y que la tradición grecorromana deformó en "bereberes", del griego bárbaros— pueblan el norte de África desde hace al menos cinco o seis mil años. Organizados en tribus y confederaciones, dedicados al pastoreo, la agricultura de montaña y el comercio caravanero, desarrollaron una lengua propia, el tamazight, con su alfabeto milenario, el tifinagh, y una fuerte cultura de autonomía tribal que ninguna potencia extranjera logró jamás borrar del todo.
Desde comienzos del primer milenio antes de Cristo, la costa marroquí entró en la órbita de los grandes navegantes del Mediterráneo. Los fenicios, mercaderes venidos del actual Líbano, fundaron factorías comerciales en el litoral atlántico y mediterráneo: Lixus (cerca de la actual Larache), Tingis (Tánger) y, según la tradición, un puesto en la isla de Mogador, frente a Esauira, donde se explotaba la púrpura, el tinte más caro de la antigüedad. Tras la caída de Cartago, su heredera, esas colonias pasaron a la esfera púnico-cartaginesa y luego a Roma.
De aquel encuentro entre el mundo amazigh del interior y los comerciantes mediterráneos de la costa nació el molde de toda la historia marroquí posterior: un país con dos caras, la de las llanuras y ciudades abiertas al mar y a las influencias de fuera, y la de las montañas del Atlas y del Rif, refugio de las tribus que preservaron la lengua y las costumbres bereberes. Todavía hoy, entre un cuarto y la mitad de los marroquíes hablan alguna variante del tamazight, y desde la Constitución de 2011 es, junto al árabe, lengua oficial del reino.
En el cambio de era, el norte del actual Marruecos formaba el reino de Mauritania, gobernado por dinastías amazigh aliadas de Roma. Su figura más brillante fue Juba II, un príncipe norteafricano educado en Roma, esposo de Cleopatra Selene —hija de Cleopatra de Egipto y Marco Antonio—, a quien el emperador Augusto colocó hacia el año 25 a.C. al frente de Mauritania. Juba II fue un rey erudito, geógrafo y mecenas que hizo de Volubilis una de las capitales de su reino y llenó sus ciudades de arte helenístico, manteniendo su trono a cambio de reconocer la soberanía de Roma.
Cuando su hijo Ptolomeo fue ejecutado por orden del emperador Calígula, hacia el año 40 d.C., estalló una revuelta encabezada por Aedemón. Sofocada la rebelión, Roma anexionó el reino y lo organizó como provincia con el nombre de Mauritania Tingitana, es decir "la de Tingis", la actual Tánger, que fue su capital. La provincia abarcaba el norte de Marruecos, desde el Estrecho hasta las ciudades de Sala (junto a Rabat) y Volubilis, y quedó unida administrativamente más al mundo hispano que al africano.
Volubilis, en una fértil llanura de olivares cerca de la actual Meknes, fue la principal ciudad del interior: recibió el rango de municipio romano y se llenó de foro, basílica, arco de triunfo, termas y casas señoriales con espléndidos mosaicos que todavía pueden verse. Roma explotó la región por su trigo, su aceite y sus fieras para los circos. Hacia el año 285, el emperador Diocleciano replegó la frontera y abandonó Volubilis y buena parte del interior, aunque la ciudad siguió habitada durante siglos por comunidades latinas, cristianas, judías y bereberes. Sus ruinas, hoy Patrimonio Mundial, son el testimonio más elocuente de la antigüedad marroquí.
En el siglo VII, la gran expansión del islam desde Arabia llegó al Magreb. Entre los años 680 y 710, los ejércitos árabes, tras duras campañas contra la resistencia bereber —encarnada en figuras legendarias como el caudillo Kusayla o la reina guerrera Kahina—, incorporaron el norte de África al califato omeya. La conversión de las tribus amazigh al islam fue rápida y masiva, y desde Marruecos, en el año 711, un ejército mayoritariamente bereber al mando de Táriq ibn Ziyad cruzó el Estrecho e inició la conquista de la península ibérica: el nombre de Gibraltar viene de Yabal Táriq, "el monte de Táriq".
Marruecos, sin embargo, no quiso ser mera provincia de un califato lejano. En el año 788, un descendiente del profeta Mahoma llamado Idris ibn Abdallah, huido de Oriente tras una revuelta fallida contra los abasíes, fue acogido por las tribus bereberes de la región de Volubilis y proclamado imán. Fundó así la dinastía de los idrisíes, considerada la primera dinastía propiamente marroquí, que unió por primera vez el islam con un poder político local independiente de Bagdad. Idris I fue envenenado por sus enemigos, pero su hijo póstumo, Idris II, consolidó el reino.
El gran legado de los idrisíes fue la ciudad de Fez. Idris I trazó un primer asentamiento hacia el 789 y su hijo Idris II lo refundó en el 809 como capital, atrayendo a oleadas de refugiados: familias árabes venidas de Kairuán (en Túnez) y, sobre todo, andalusíes expulsados de Córdoba, que dieron nombre al barrio de los Andaluces. En el año 859, una piadosa mujer originaria de Kairuán, Fátima al-Fihri, financió la construcción de la mezquita y universidad de al-Qarawiyyin, reconocida por la Unesco como la institución de enseñanza superior en funcionamiento continuo más antigua del mundo. Fez nacía ya como capital espiritual e intelectual del islam occidental.
Hacia mediados del siglo XI, del corazón del desierto surgió una fuerza nueva. Los almorávides (al-murabitun, "los del ribat", la fortaleza-convento) eran bereberes nómadas de la confederación sanhaya, procedentes de los confines del Sahara occidental, en la actual Mauritania. Movidos por una predicación de islam riguroso, se lanzaron a la conquista bajo el liderazgo de Yúsuf ibn Tashfin y en pocas décadas unificaron por primera vez todo Marruecos y buena parte del noroeste de África.
Hacia el año 1070, los almorávides fundaron una nueva capital en la llanura al pie del Alto Atlas: Marrakech, la ciudad que acabaría dando su nombre a todo el país ("Marruecos" deriva de "Marrakech"). Desde allí gobernaron un imperio que se extendía desde el río Senegal hasta el Ebro. En 1086, llamados por los reyes de taifas andalusíes acosados por los cristianos, cruzaron el Estrecho y derrotaron a Alfonso VI de Castilla en la batalla de Sagrajas (Zallaqa), cerca de Badajoz. Poco después anexionaron al-Ándalus, uniendo bajo un mismo cetro el sur de la península y el Magreb.
Los almorávides trajeron a Marruecos la refinada civilización andalusí: arquitectura, artesanos, poetas y sabios. Levantaron mezquitas y sistemas de regadío —las khettaras subterráneas que aún riegan los palmerales de Marrakech— y acuñaron una moneda de oro apreciada en toda Europa. Su rigorismo religioso, en cambio, les enfrentó a filósofos y místicos y les hizo perder apoyos. A comienzos del siglo XII, un nuevo movimiento reformista nacido en las montañas del Atlas, el de los almohades, terminó por derribarlos: en 1147 los almohades tomaron Marrakech, y con ella el imperio.
Los almohades (al-muwahhidun, "los que proclaman la unicidad de Dios") fueron, quizá, el imperio más poderoso que gobernó Marruecos. Nacieron de la predicación de Ibn Túmart, un reformador bereber del Alto Atlas que se proclamó mahdí (guía enviado por Dios) y denunció la relajación de los almorávides. Su discípulo Abd al-Mumin transformó el movimiento en una potencia militar que entre 1130 y 1160 conquistó no solo Marruecos, sino todo el Magreb hasta Libia y el sur de al-Ándalus, forjando el mayor imperio que jamás tuvo su centro en Marruecos.
Bajo los sultanes almohades, sobre todo Yúsuf y su hijo Yaqub al-Mansur ("el victorioso"), Marruecos vivió su edad de oro. Al-Mansur derrotó a los reyes cristianos en la batalla de Alarcos (1195) y patrocinó a algunos de los mayores pensadores de la Edad Media, como el filósofo cordobés Averroes (Ibn Rushd) y el médico y filósofo Maimónides. Los almohades embellecieron sus capitales con una arquitectura sobria y grandiosa: en Marrakech levantaron la mezquita de la Koutoubia, cuyo alminar es hermano gemelo de la Giralda de Sevilla y de la torre Hassan de Rabat, las tres obra de la misma dinastía y del mismo estilo.
El imperio empezó a resquebrajarse en 1212, cuando una coalición de reyes cristianos aplastó a los almohades en la batalla de las Navas de Tolosa, en el sur de la actual España. Fue el principio del fin del poder musulmán en la península: a lo largo del siglo XIII, al-Ándalus se redujo al reino de Granada, y el imperio almohade se desintegró en el Magreb, dividido entre dinastías rivales. En Marruecos, el relevo lo tomaron los meriníes.
A partir de mediados del siglo XIII, la dinastía de los meriníes (o benimerines) tomó el poder en Marruecos. A diferencia de almorávides y almohades, los meriníes no traían una nueva doctrina religiosa: eran bereberes nómadas de la confederación zenata que fueron ocupando el país tribu a tribu hasta apoderarse de Marrakech en 1269 y poner fin al imperio almohade. Su reinado, que se prolongó hasta el siglo XV, coincidió con el retroceso definitivo del islam en la península ibérica, pese a sus intentos de ayudar a Granada cruzando el Estrecho.
Los meriníes trasladaron el centro del poder de Marrakech a Fez, que vivió con ellos su época más brillante. Junto a la vieja ciudad idrisí levantaron una capital administrativa nueva, Fez el-Jdid ("la Fez nueva"), con palacios, jardines y el barrio judío, el mellah, uno de los más antiguos de Marruecos. Sobre todo, hicieron de Fez una capital del saber: construyeron algunas de las madrasas —escuelas coránicas residenciales— más hermosas del mundo islámico, como la Bou Inania y la Al-Attarin, joyas de la decoración de estuco tallado, cedro esculpido y azulejo (zellij) que aún hoy deslumbran al visitante.
Bajo los meriníes, Fez fue uno de los grandes focos intelectuales del Mediterráneo, con una universidad, al-Qarawiyyin, que atraía a estudiantes de todo el mundo musulmán y por la que pasó, entre otros, el gran viajero tangerino Ibn Battuta y, más tarde, el geógrafo León el Africano. La ciudad medieval que se formó entonces —la medina de Fez el-Bali, la más extensa y mejor conservada del mundo islámico— es hoy Patrimonio de la Humanidad y sigue siendo el corazón espiritual y artesanal del país. La decadencia de los meriníes, minada por luchas internas, abrió paso a la amenaza de un enemigo nuevo: los portugueses y castellanos, que empezaban a asomarse a las costas marroquíes.
A finales de la Edad Media, las potencias ibéricas se lanzaron sobre las costas de Marruecos. Portugal inauguró su expansión ultramarina con la toma de Ceuta en 1415 y fue apoderándose de una cadena de plazas fuertes en el litoral atlántico y mediterráneo: Tánger, Arcila, Safí, Azemmour, Mazagán (la actual El Jadida) y Santa Cruz do Cabo de Gué (Agadir). España, por su parte, ocupó Melilla en 1497 y otros peñones. Marruecos, dividido y debilitado tras los meriníes, parecía a merced de los cristianos.
La reacción vino del sur. En el valle del Draa y la región de Sus surgió la dinastía de los saadíes, una familia jerifiana —es decir, que se decía descendiente del profeta Mahoma—, que aprovechó el fervor de la yihad contra los invasores para unificar el país. A lo largo del siglo XVI, los saadíes fueron recuperando plazas de manos portuguesas: en 1541 arrebataron Agadir a Portugal, un golpe que precipitó el abandono de casi todas sus posiciones. El punto culminante llegó el 4 de agosto de 1578 en la batalla de Alcazarquivir (Ksar el-Kebir), conocida como "la batalla de los Tres Reyes": el joven rey Sebastián I de Portugal invadió Marruecos con un gran ejército y fue aniquilado. Murieron en el campo los tres protagonistas —el propio Sebastián, el sultán saadí reinante y el pretendiente al que apoyaba—, y la derrota, al dejar a Portugal sin rey ni heredero, desembocó dos años después en la anexión del país por la corona española.
El vencedor real de Alcazarquivir fue el nuevo sultán saadí, Ahmad al-Mansur ("el Victorioso"), que con el enorme rescate cobrado por los nobles portugueses cautivos financió un reinado deslumbrante. Levantó en Marrakech el fastuoso palacio de El Badi, revestido de oro, mármol y ónice, y en 1591 envió a través del Sahara una expedición que conquistó el imperio de Songhay y la ciudad de Tombuctú, en el actual Malí, controlando durante un tiempo el comercio del oro y la sal transahariano. De aquel esplendor quedan en Marrakech las tumbas saadíes, un mausoleo de una riqueza decorativa asombrosa que permaneció oculto y tapiado durante siglos.
Tras la muerte de Ahmad al-Mansur, el poder saadí se hundió en guerras civiles. De la crisis emergió, hacia mediados del siglo XVII, la dinastía que todavía reina en Marruecos: los alauíes (o filalíes), otra familia jerifiana descendiente del profeta, originaria del oasis de Tafilalt, en el sudeste, junto al desierto. Su fundador, Muley Rashid, reunificó el país hacia 1666-1669, poniendo fin a la anarquía. Pero fue su sucesor quien dejó una huella imborrable.
Muley Ismail (Moulay Ismaïl), que reinó entre 1672 y 1727, más de medio siglo, fue uno de los soberanos más poderosos y temidos de la historia marroquí, contemporáneo y admirador rival de Luis XIV de Francia. Con mano de hierro sometió a las tribus, expulsó a los ingleses de Tánger (1684) y a los españoles de La Mamora y Larache, y creó un ejército permanente de esclavos negros traídos del sur, la célebre Guardia Negra (los Abid al-Bujari), que le dio una autonomía inédita frente a las tribus. Su reinado fue a la vez de orden y de crueldad legendaria, recordado por la severidad de sus castigos.
Muley Ismail trasladó la capital a Meknes, que convirtió en una "Versalles marroquí": la rodeó de más de cuarenta kilómetros de murallas, levantó palacios, mezquitas, inmensos graneros y caballerizas para miles de caballos y un gran estanque-embalse, el Agdal. La monumental puerta Bab Mansour, terminada bajo su hijo, es una de las más bellas del mundo islámico. Tras su muerte, el país volvió a sumirse en luchas por la sucesión, pero la dinastía alauí sobrevivió y, con altibajos, ha gobernado Marruecos hasta hoy, lo que la convierte en una de las casas reinantes más antiguas del mundo.
Durante el siglo XVIII y buena parte del XIX, Marruecos siguió siendo un Estado soberano, gobernado por sultanes alauíes, en un mundo en el que casi todo el resto del norte de África iba cayendo bajo dominio otomano o europeo. Fue notable la política comercial de Sidi Mohammed ben Abdallah (Mohammed III), que a finales del siglo XVIII abrió el país al comercio internacional, fundó en 1764-1765 el puerto de Esauira (Mogador) y, en 1777, fue uno de los primeros soberanos del mundo en reconocer la independencia de los recién nacidos Estados Unidos.
Pero la industrialización europea alteró el equilibrio. A lo largo del siglo XIX, Francia —que había conquistado la vecina Argelia en 1830— y España presionaron cada vez más a un Marruecos militarmente atrasado. El país sufrió dos derrotas humillantes: en 1844, tras apoyar la resistencia argelina, fue batido por Francia en la batalla de Isly; y en 1859-1860, en la llamada Guerra de África o Guerra de Tetuán, España derrotó a Marruecos, ocupó Tetuán y le impuso una fuerte indemnización y la ampliación de sus plazas en el norte.
Las potencias europeas se disputaron entonces la influencia sobre el sultanato. En la Conferencia de Madrid (1880) y, sobre todo, en la de Algeciras (1906), las grandes potencias —Francia, España, Reino Unido, Alemania— negociaron entre ellas el futuro de un Marruecos cada vez más endeudado y penetrado por bancos, empréstitos y cónsules extranjeros. Las crisis de Tánger (1905) y de Agadir (1911), en las que Alemania desafió las ambiciones francesas, estuvieron a punto de provocar una guerra europea. El desenlace estaba escrito: en pocos años, la independencia marroquí, mantenida durante más de mil años, se apagaría bajo el sistema de los protectorados.
El 30 de marzo de 1912, el sultán Abd al-Hafid firmó el Tratado de Fez, por el que Marruecos quedaba bajo protectorado de Francia. Ese mismo año, un acuerdo franco-español repartió el territorio: Francia se quedó con el grueso y más rico del país, gobernado desde Rabat, y España obtuvo dos franjas —el norte montañoso, con capital en Tetuán, y una zona en el extremo sur, cerca del Sahara—. La ciudad de Tánger, por su valor estratégico en el Estrecho, recibió en 1923 un estatuto especial de zona internacional, administrada por una comisión de varias potencias. Formalmente el sultán seguía reinando, pero el poder real estaba en manos de los residentes generales europeos; el primero y más influyente, el mariscal francés Lyautey, modernizó infraestructuras y creó ciudades nuevas junto a las medinas, pero al servicio de los intereses coloniales.
La ocupación no fue pacífica. La resistencia más célebre estalló en las montañas del Rif, en la zona española. Allí, el líder rifeño Abd el-Krim (Mohammed ben Abd el-Karim al-Jattabi) encabezó una rebelión de las tribus bereberes y, en julio de 1921, infligió al ejército español una de las mayores catástrofes de su historia: el Desastre de Annual, donde murieron unos trece mil soldados. Abd el-Krim proclamó una efímera República del Rif, con instituciones modernas, que resistió varios años. Solo una coalición franco-española de enorme envergadura, que empleó de forma masiva —y hoy condenada— armas químicas de gas mostaza contra la población rifeña, logró aplastar la resistencia; Abd el-Krim se rindió en 1926. Su lucha inspiraría a movimientos anticoloniales de todo el mundo.
Bajo el protectorado, Marruecos se transformó: se tendieron ferrocarriles y carreteras, creció Casablanca hasta convertirse en una gran metrópoli, se explotaron los fosfatos y se instalaron colonos europeos que se apropiaron de las mejores tierras. Pero la mayoría de la población marroquí quedó al margen de esa modernización, y en las ciudades fue surgiendo un movimiento nacionalista, articulado en los años treinta y cuarenta en torno a partidos como el Istiqlal ("Independencia"), que en 1944 reclamó formalmente el fin del protectorado.
La figura que encarnó la lucha por la independencia fue el sultán Mohamed V, que apoyó al movimiento nacionalista. En 1953, las autoridades francesas lo depusieron y lo enviaron al exilio, primero a Córcega y luego a Madagascar. La medida provocó una oleada de protestas y atentados que hizo ingobernable el protectorado, y Francia terminó cediendo: Mohamed V regresó triunfalmente en 1955 y, el 2 de marzo de 1956, Marruecos recuperó su independencia de Francia; el 7 de abril, España devolvió su protectorado del norte. Tánger se reintegró ese mismo año y, en los años y décadas siguientes, Marruecos fue recuperando otros territorios (Ifni en 1969, la zona sur), aunque España conservó las ciudades de Ceuta y Melilla. Mohamed V adoptó el título de rey.
A su muerte en 1961 le sucedió su hijo Hassan II, que reinó con mano firme durante casi cuarenta años. Su reinado consolidó la monarquía y una cierta apertura, pero también estuvo marcado por los llamados "años de plomo": una etapa de represión política, con detenciones, desapariciones y cárceles secretas para los opositores, sobre todo tras dos intentos de golpe militar contra el rey en 1971 y 1972. En 1975, ante la retirada de España del Sahara Occidental —su última colonia—, Hassan II organizó la Marcha Verde: unos 350.000 civiles marroquíes cruzaron pacíficamente la frontera para reclamar el territorio. España lo cedió mediante los Acuerdos de Madrid a Marruecos y Mauritania, pero el movimiento independentista saharaui, el Frente Polisario, proclamó la República Árabe Saharaui Democrática y libró una larga guerra, hasta el alto el fuego auspiciado por la ONU en 1991. El estatuto definitivo del Sahara Occidental sigue sin resolverse: Marruecos administra y reclama la mayor parte del territorio y propone una autonomía bajo su soberanía, mientras el Frente Polisario reivindica un referéndum de autodeterminación; Naciones Unidas lo considera todavía un territorio pendiente de descolonización, y es un asunto sensible sobre el que existen posiciones enfrentadas.
En 1999, Hassan II fue sucedido por su hijo Mohamed VI, el actual rey. Su reinado inició una etapa de reformas: un nuevo código de familia (la Mudawana de 2004) que amplió los derechos de las mujeres, una Instancia de Equidad y Reconciliación que investigó los abusos de los años de plomo, y una apertura económica que ha impulsado grandes obras —puertos, energías renovables, el primer tren de alta velocidad de África—. En 2011, en el contexto de la llamada Primavera Árabe, un movimiento de protesta (el 20 de Febrero) llevó a una reforma constitucional que amplió poderes del Parlamento y reconoció el tamazight como lengua oficial, aunque el rey conservó las competencias esenciales. Marruecos afronta hoy los retos de las desigualdades sociales, el desempleo juvenil y el desarrollo, con la mirada puesta a la vez en África, en Europa y en el mundo árabe.
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Casablanca, la mayor ciudad de Marruecos, es también una de las más jóvenes en su forma actual. En su lugar existió desde la Edad Media un modesto puerto bereber llamado Anfa, que llegó a ser un nido de corsarios; por eso los portugueses lo arrasaron en el siglo XV y XVI. En el siglo XVIII, el sultán alauí Sidi Mohammed ben Abdallah reconstruyó la ciudad y le dio el nombre árabe de Dar el-Beida, "la casa blanca", que los comerciantes españoles tradujeron como Casablanca.
El gran salto llegó con el protectorado. A partir de 1912, los franceses eligieron Casablanca como principal puerto y centro económico del país. En pocas décadas, la ciudad creció de forma vertiginosa, pasando de unos pocos miles de habitantes a convertirse en una metrópoli de más de un millón. Los urbanistas franceses la dotaron de amplios bulevares y de un notable conjunto de arquitectura art déco y de estilo neomorisco (el "mauresque"), que todavía hoy da su sello al centro y la convierte en un museo al aire libre de la arquitectura de entreguerras.
Casablanca fue escenario de momentos históricos: en 1943, en plena Segunda Guerra Mundial, Roosevelt y Churchill se reunieron aquí en la célebre Conferencia de Casablanca, donde acordaron exigir la rendición incondicional de las potencias del Eje. La ciudad quedó fijada para siempre en el imaginario mundial por la película homónima de 1942, aunque esta se rodara íntegramente en estudios de Hollywood. Hoy Casablanca es el corazón económico y financiero del país, coronado por la gigantesca mezquita Hassan II, inaugurada en 1993, con uno de los alminares más altos del mundo, en parte construida sobre el mar.
Rabat, la capital de Marruecos, guarda en su nombre su origen: viene de ribat, la fortaleza-monasterio donde los guerreros de la fe se preparaban para la yihad. Su historia se remonta más atrás: junto a la ciudad, en la desembocadura del río Bu Regreg, están las ruinas de Chellah, sobre el emplazamiento de la antigua Sala romana, convertida siglos después en necrópolis real meriní, con murallas, mezquita en ruinas y jardines habitados hoy por cigüeñas.
El gran impulso vino en el siglo XII, cuando el sultán almohade Yaqub al-Mansur quiso hacer de Rabat una capital imperial. Levantó una vasta muralla, la monumental puerta de Udaya (Bab er-Rouah) y empezó a construir la que iba a ser una de las mayores mezquitas del mundo, de la que solo llegó a alzarse el alminar: la torre Hassan, gemela inacabada de la Koutoubia y la Giralda, que aún domina la ciudad junto al moderno mausoleo de Mohamed V. A su muerte, el proyecto se abandonó y Rabat languideció durante siglos.
Su renacer llegó en la época moderna. En el siglo XVII se instalaron aquí y en la vecina Salé numerosos moriscos expulsados de España, que fundaron la belicosa república corsaria de Salé, temida por sus incursiones piráticas por todo el Atlántico. Y en 1912, el residente general francés Lyautey trasladó la capital administrativa del país de Fez a Rabat, que ha seguido siéndolo desde entonces. Su casco antiguo, la kasbah de los Udayas y su patrimonio moderno-colonial fueron declarados Patrimonio Mundial en 2012, como ejemplo de encuentro entre la tradición árabe-musulmana y el urbanismo del siglo XX.
Meknes debe su grandeza a un solo hombre: el sultán Muley Ismail, que reinó entre 1672 y 1727 y la eligió como capital de su imperio. Fundada siglos antes por una tribu bereber, los Miknasa, de la que toma el nombre, Meknes había sido una plaza secundaria hasta que Muley Ismail decidió convertirla en el escaparate de su poder, una ciudad palaciega comparable, en su ambición, a la Versalles que por esos mismos años levantaba su contemporáneo y rival Luis XIV de Francia.
Con el trabajo de miles de obreros y cautivos, Muley Ismail rodeó Meknes de una triple línea de murallas de más de cuarenta kilómetros, salpicadas de puertas monumentales, y construyó dentro de ellas una ciudad imperial propia: palacios, mezquitas, jardines, cuarteles para su Guardia Negra, gigantescos graneros y caballerizas capaces de albergar miles de caballos, y un enorme estanque, el Agdal, para el regadío y el abastecimiento de agua. La joya del conjunto es la puerta de Bab Mansour, terminada bajo su hijo, considerada una de las puertas monumentales más bellas del norte de África, con su exquisita decoración de azulejos y mármoles reaprovechados de Volubilis.
Tras la muerte de Muley Ismail, la corte se trasladó de nuevo y Meknes perdió su papel de capital, pero conservó su extraordinario legado monumental. En el mausoleo de Muley Ismail reposa el sultán, en uno de los pocos santuarios de Marruecos abiertos a los visitantes no musulmanes. La ciudad imperial de Meknes es Patrimonio de la Humanidad desde 1996, testimonio del apogeo del Marruecos alauí del siglo XVII y de la desmesura de uno de sus soberanos más poderosos.
Fez es el alma histórica de Marruecos. La fundaron los idrisíes a finales del siglo VIII y comienzos del IX —Idris I trazó un primer núcleo hacia el 789 y su hijo Idris II lo refundó en 809— y desde el principio fue crisol de culturas: acogió a miles de familias árabes venidas de Kairuán y a refugiados andalusíes de Córdoba, que poblaron respectivamente las dos orillas del río y dieron nombre a los barrios de los Kairuaníes y de los Andaluces. En el año 859 nació allí la mezquita y universidad de al-Qarawiyyin, fundada por Fátima al-Fihri, reconocida como la institución de enseñanza superior en funcionamiento continuo más antigua del mundo.
Bajo los meriníes, en los siglos XIII y XIV, Fez alcanzó su cenit. Se convirtió en capital del reino y en uno de los grandes focos intelectuales del islam, con sus madrasas de decoración exquisita —la Bou Inania, la Al-Attarin—, sus bibliotecas y su universidad, por la que pasaron sabios de todo el Mediterráneo. Junto a la vieja ciudad idrisí levantaron Fez el-Jdid, con el palacio real y el mellah, el barrio judío. La medina de Fez el-Bali, con sus miles de callejones donde no entran los coches, sus fondouks, sus mezquitas y sus curtidurías (las famosas tenerías de Chouara, donde el cuero se sigue tiñendo como hace siglos), es la mayor zona urbana peatonal del mundo y la medina medieval mejor conservada del planeta.
Aunque perdió la capitalidad política, primero ante Marrakech y Meknes y finalmente ante Rabat en 1912, Fez conservó siempre su prestigio como capital religiosa, cultural y artesanal de Marruecos. De su seno salieron dinastías de eruditos, teólogos y comerciantes, y su universidad formó a las élites del país durante más de mil años. La medina de Fez fue de los primeros lugares de Marruecos inscritos como Patrimonio de la Humanidad, en 1981, y sigue siendo el corazón espiritual de la nación.
A pocos kilómetros de Meknes, en una llanura de olivares al pie del monte Zerhún, se alzan las ruinas de Volubilis, el testimonio más completo de la antigüedad romana en Marruecos. El lugar estuvo habitado desde tiempos prehistóricos y fue un asentamiento bereber y mauretano antes de que el rey Juba II lo convirtiera, hacia el cambio de era, en una de las capitales de su reino de Mauritania, aliado de Roma.
Tras la anexión romana, hacia el año 44 d.C., Volubilis recibió el rango de municipio y prosperó como la principal ciudad del interior de la provincia de Mauritania Tingitana, enriquecida por el comercio del aceite de oliva, el trigo y las fieras para los circos del imperio. En su época de esplendor pudo tener unos veinte mil habitantes. De aquel apogeo quedan su foro, la basílica, el capitolio, el arco de triunfo de Caracalla y, sobre todo, las grandes casas señoriales con espléndidos mosaicos —los Trabajos de Hércules, Orfeo, Baco— que todavía se conservan en su sitio, a cielo abierto.
Cuando Roma replegó su frontera hacia el año 285, Volubilis no quedó abandonada del todo: siguió habitada durante siglos por poblaciones latinas cristianas, judías y bereberes, y la tradición cuenta que fue aquí, en la vecina Walili, donde se refugió Idris I antes de fundar Fez, de modo que la ciudad enlaza la antigüedad romana con el nacimiento del Marruecos islámico. El terremoto que destruyó Lisboa en 1755 arruinó buena parte de lo que quedaba en pie, y sus mármoles fueron saqueados para construir Meknes. Hoy, declarada Patrimonio Mundial en 1997, Volubilis es el yacimiento romano más importante y mejor conservado del país.
Tánger vigila el punto donde el Mediterráneo se une al Atlántico y donde África casi toca Europa, a apenas catorce kilómetros de España a través del Estrecho de Gibraltar. Esa posición ha marcado toda su historia. Fundada por los fenicios y llamada por los romanos Tingis, fue la capital de la provincia de Mauritania Tingitana. Por su estrecho pasaron todos los que quisieron unir los dos mundos: los ejércitos musulmanes que en 711 cruzaron para conquistar Hispania partieron de aquí, y de Tánger era el mayor viajero de la Edad Media, Ibn Battuta, que en el siglo XIV recorrió medio mundo conocido.
Por su valor estratégico, Tánger fue codiciada por todas las potencias. La ocuparon los portugueses en 1471, pasó a manos españolas y luego, curiosamente, a los ingleses, que la recibieron en 1661 como parte de la dote de una princesa portuguesa casada con Carlos II de Inglaterra. Los ingleses la fortificaron pero, hostigados sin tregua por las tropas del sultán Muley Ismail, la abandonaron y volaron sus defensas en 1684. Devuelta al dominio marroquí, se convirtió con el tiempo en la ciudad diplomática del país, sede de las legaciones extranjeras.
Esa condición cosmopolita cristalizó en el siglo XX. Por su importancia para todas las potencias, Tánger no fue asignada ni a Francia ni a España, sino que en 1923 recibió un estatuto propio como zona internacional, gobernada por una comisión de varios países. Fue una etapa singular que hizo de la ciudad un lugar aparte dentro de Marruecos, hasta que se reintegró al reino con la independencia, en 1956 (aunque la soberanía plena no se completó hasta 1960).
Entre 1923 y 1956, la zona internacional de Tánger fue uno de los lugares más singulares del mundo: una ciudad sin dueño, con administración compartida por varias potencias, moneda libre, banca sin controles y una atmósfera de permisividad que atraía a toda clase de personajes. Durante la Segunda Guerra Mundial, su condición de territorio neutral la llenó de refugiados que huían de Europa, de diplomáticos, contrabandistas, traficantes y espías de todos los bandos, en una trama de intrigas digna de una novela.
Esa libertad —y su costo de vida barato— convirtió a Tánger, sobre todo en los años cuarenta, cincuenta y sesenta, en un imán para artistas y escritores de vanguardia. Aquí vivió durante décadas el novelista estadounidense Paul Bowles, autor de El cielo protector; aquí escribieron y se reunieron los referentes de la generación beat —William Burroughs, que redactó en Tánger buena parte de El almuerzo desnudo, Jack Kerouac, Allen Ginsberg—, además de pintores, músicos y aristócratas excéntricos. La ciudad se ganó una leyenda de bohemia, tolerancia y decadencia elegante que todavía forma parte de su identidad.
Tras la reintegración a Marruecos en 1956, Tánger perdió su estatuto especial y vivió décadas de cierta marginación. Pero en el siglo XXI ha renacido con fuerza: el rey Mohamed VI la convirtió en prioridad, y la ciudad se dotó de un gigantesco puerto, Tánger-Med, uno de los mayores del Mediterráneo y de África, de zonas industriales y de conexiones que la han transformado en un motor económico del país. La ciudad cosmopolita de escritores y espías es hoy también una gran puerta logística entre Europa y África, fiel a su vocación milenaria de puente entre dos mundos.
Encaramada en las montañas del Rif, Chefchaouen (o Chauen) es uno de los pueblos más bellos y singulares de Marruecos, célebre en el mundo entero por sus casas pintadas de un intenso azul añil que trepan por la ladera. Pero su color, tan fotografiado hoy, es lo de menos frente a su historia: la ciudad nació como bastión de la resistencia contra la expansión ibérica. Fue fundada en 1471 por Muley Ali ben Rachid para frenar el avance de los portugueses, que ocupaban las plazas de la costa.
Chefchaouen se convirtió muy pronto en refugio de los expulsados de la península. Tras la caída de Granada en 1492 y las sucesivas expulsiones, llegaron aquí oleadas de musulmanes andalusíes y de judíos sefardíes que huían de España, y que dejaron su huella en la arquitectura de casas blancas con tejados de teja, patios y balcones —muy semejante a la de los pueblos de Andalucía—, en la artesanía, la música y las costumbres. Durante siglos, la ciudad permaneció casi cerrada al exterior: era un lugar santo, prohibido a los cristianos, y se cuenta que apenas un puñado de europeos logró entrar antes del siglo XX.
El célebre azul de sus muros tiene varias explicaciones: hay quien lo atribuye a la tradición judía, que asocia ese tono al cielo y a lo divino; otros lo vinculan a un uso práctico, para refrescar las casas y ahuyentar los mosquitos. Fuera cual fuese su origen, se generalizó en el siglo XX y hoy es la seña de identidad del pueblo. Chefchaouen quedó dentro del protectorado español del norte, y todavía se percibe esa herencia: no pocos de sus habitantes mayores hablan algo de español. Rodeada de las montañas del Rif, sigue siendo un lugar tranquilo y luminoso, entre la memoria andalusí y el paisaje bereber.
Las montañas del Rif, que se extienden por todo el norte de Marruecos, han sido siempre tierra de tribus bereberes indómitas, de difícil acceso y fuerte sentido de la independencia, que resistieron por igual a los sultanes y a los colonizadores. Fue aquí donde estalló, en los años veinte del siglo XX, una de las mayores rebeliones anticoloniales de la época y una de las páginas más dramáticas de la historia de España en Marruecos.
El líder de la rebelión fue Abd el-Krim (Mohammed ben Abd el-Karim al-Jattabi), un rifeño culto, antiguo funcionario y periodista, que unió a las tribus contra la ocupación del protectorado español. En julio de 1921, en la batalla de Annual, sus combatientes infligieron al ejército español una derrota catastrófica: murieron unos trece mil soldados, incluido el general al mando, en lo que se conoció como el "Desastre de Annual", un trauma nacional que sacudió la política española y contribuyó, años después, a la caída de la monarquía. Sobre su victoria, Abd el-Krim proclamó la República del Rif, un intento pionero de Estado moderno con instituciones propias.
La resistencia rifeña resistió varios años, hasta que Francia y España unieron sus fuerzas en un enorme despliegue militar. Para doblegar a la población, ambos ejércitos —sobre todo el español— emplearon de forma masiva armas químicas, lanzando gas mostaza sobre las aldeas y los mercados del Rif, un episodio hoy documentado y condenado por su crueldad contra la población civil. Vencido, Abd el-Krim se rindió en 1926 y fue desterrado. Su lucha, sin embargo, se convirtió en referencia para los movimientos de liberación de todo el mundo colonial, y la memoria de aquella guerra sigue viva en la identidad, a menudo reivindicativa, de la región del Rif.
El norte de Marruecos formó, entre 1912 y 1956, el grueso del protectorado español, con capital en Tetuán. Aquella etapa dejó una impronta particular que distingue a la región del resto del país. Mientras la mayor parte de Marruecos quedó bajo influencia francesa, el norte y el Rif miraron durante décadas hacia España: se difundió el idioma español, se construyeron ensanches de aire andaluz, plazas, teatros y escuelas, y quedaron lazos humanos y culturales que aún perduran, sobre todo entre las generaciones mayores, muchas de las cuales todavía hablan español.
Tetuán, la capital de aquel protectorado, es una ciudad de fuerte personalidad, cuya medina —una de las mejor conservadas y menos alteradas de Marruecos— fue declarada Patrimonio de la Humanidad en 1997. Fundada y repoblada por andalusíes y moriscos expulsados de España, conserva un urbanismo, una arquitectura, una gastronomía y una artesanía de raíz claramente andalusí, lo que le valió el sobrenombre de "la hija de Granada". Junto con ciudades como Larache o Alcazarquivir, forma un norte de identidad muy definida.
Este norte tiene también sus tensiones. Es una región montañosa, densamente poblada y tradicionalmente más pobre y menos atendida por el poder central que el eje Casablanca-Rabat, lo que ha alimentado un sentimiento de agravio que en distintos momentos ha desembocado en protestas, como el movimiento social del Rif de 2016-2017. A la vez, es una zona de gran riqueza cultural y paisajística: del Estrecho de Gibraltar a las cumbres del Rif, del azul de Chefchaouen a las medinas andalusíes de Tetuán, el norte marroquí es una región puente, entre África y Europa, entre el árabe, el bereber y el español.
En el camino que une Marrakech con el desierto, tras cruzar el Alto Atlas por el puerto de Tizi n'Tichka, aparece uno de los paisajes más icónicos de Marruecos: el ksar de Ait Ben Haddou, un conjunto fortificado de casas de adobe color ocre que trepa por la ladera de una colina junto al río Ounila. Un ksar es un poblado fortificado de tierra, típico del sur marroquí, y este es el más espectacular y mejor conservado de todos.
Su razón de ser fue el comercio. Ait Ben Haddou se levantó en la vieja ruta caravanera que, durante siglos, unió Marrakech con el Sahara y, más allá, con el África subsahariana. Por aquí pasaban las caravanas cargadas de oro, sal, especias, marfil y esclavos que subían de Tombuctú y del Sudán hacia las ciudades del norte. Las familias notables construían estas kasbahs de barro —casas-torre con muros decorados— tanto para vivir como para defenderse y almacenar mercancías. El material, la tierra apisonada (tapial) y el adobe, es a la vez humilde y frágil: exige un mantenimiento constante, porque las lluvias lo van deshaciendo.
Ese escenario de tierra roja, murallas almenadas y torres decoradas convirtió a Ait Ben Haddou en un plató natural: sus muros han servido de decorado a películas como Lawrence de Arabia, La joya del Nilo, La última tentación de Cristo, Gladiator o La momia, y a series como Juego de Tronos, donde fue la ciudad de Yunkai. Declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco en 1987, es hoy uno de los lugares más visitados del sur y el símbolo de la arquitectura de tierra marroquí.
Uarzazate, a los pies del Alto Atlas y a las puertas del desierto, es la gran ciudad del sur marroquí y un cruce de caminos histórico entre el norte del país y el Sahara. Su nombre, de origen bereber, se suele traducir como "sin ruido" o "lugar sin confusión". Durante siglos fue un punto de paso de las caravanas y una plaza controlada por poderosas familias locales; en la kasbah de Taourirt, a la entrada de la ciudad, tuvo su sede el Glaoui, el clan que llegó a dominar todo el sur de Marruecos a comienzos del siglo XX.
Durante el protectorado, los franceses hicieron de Uarzazate una base militar y administrativa para controlar las tribus del sur y la frontera del desierto, y le dieron su trazado moderno. Pero lo que la ha hecho famosa en el mundo entero es el cine. La calidad de su luz, la variedad de sus paisajes —montañas, oasis, gargantas, dunas, kasbahs— y la cercanía de escenarios como Ait Ben Haddou convirtieron a la región en uno de los grandes decorados naturales del planeta.
Desde mediados del siglo XX, decenas de superproducciones se han rodado aquí, y la ciudad alberga grandes estudios cinematográficos —los Atlas Studios, entre los mayores del mundo por superficie— que le han valido el apodo de "el Hollywood del desierto" o "Ouallywood". Por sus paisajes han pasado desde epopeyas bíblicas y romanas hasta películas de aventuras y series de fantasía. Hoy Uarzazate combina esa industria del cine con el turismo del desierto y con proyectos punteros, como la gigantesca central solar Noor, una de las mayores plantas de energía solar concentrada del mundo, símbolo de la apuesta de Marruecos por las renovables.
En el extremo sudeste de Marruecos, donde el país se disuelve en el gran desierto, Merzouga es la puerta a uno de los paisajes más impresionantes del Sahara: el Erg Chebbi, un mar de dunas de arena dorada que se elevan hasta cerca de 150 metros y cambian de color con la luz del día. Es el Marruecos de las postales del desierto, donde los viajeros pasan la noche en campamentos bajo un cielo cuajado de estrellas y recorren las dunas a lomos de dromedario, como hacían las caravanas.
Porque este confín no fue nunca un vacío. Durante más de mil años, el sur marroquí fue el punto de partida y llegada del comercio transahariano, las rutas que atravesaban el mayor desierto del mundo para unir el Magreb con el África negra. Por aquí, y por el vecino oasis de Sijilmasa —hoy en ruinas, cerca de Rissani, en el Tafilalt—, pasaban las caravanas que llevaban al sur sal, tejidos y manufacturas, y traían al norte oro del Sudán, marfil, plumas de avestruz y esclavos. Sijilmasa fue durante siglos una de las ciudades más ricas del país, la "puerta del desierto", y del oasis del Tafilalt, muy cerca de Merzouga, surgió en el siglo XVII la dinastía alauí que todavía reina en Marruecos.
La región es también el territorio de comunidades de larga historia: tribus bereberes, poblaciones árabes nómadas y descendientes de esclavos y comerciantes subsaharianos, cuya mezcla se refleja en la música local, como la de los gnawa o la de los conjuntos de Khamlia, un pueblo cercano habitado por descendientes de africanos del sur del Sahara. Merzouga y su desierto no son, pues, solo un espectáculo natural, sino la memoria viva de los caminos que durante siglos conectaron a Marruecos con el corazón de África.
Al sur de Uarzazate, el valle del Draa dibuja una larga cinta verde en medio de la aridez: un inmenso palmeral que serpentea durante más de cien kilómetros entre montañas peladas y kasbahs de barro, siguiendo el curso del río Draa, el más largo de Marruecos, que en época de crecidas llegaba a alcanzar el Atlántico y hoy suele perderse en las arenas del desierto. Es uno de los oasis más espectaculares del país, un mundo de datileras, huertos, acequias y aldeas de tierra que parecen brotar del propio suelo.
El Draa fue una de las grandes rutas hacia el sur. Por su valle bajaban y subían las caravanas del comercio transahariano, y en sus oasis se desarrolló una sociedad compleja y estratificada, donde convivieron durante siglos tribus bereberes, familias árabes de origen jerifiano, comunidades judías —hoy desaparecidas, pero que dejaron mellahs y sinagogas en muchos pueblos— y los haratines, agricultores de piel oscura descendientes de poblaciones subsaharianas que trabajaban las tierras de los oasis. Del valle del Draa y de la vecina región del Sus procedían, de hecho, los saadíes, la dinastía jerifiana que en el siglo XVI unificó Marruecos y expulsó a los portugueses.
La vida en el Draa siempre giró en torno al agua y a la datilera. El regadío se organizaba mediante sofisticados sistemas de reparto del agua de las crecidas y de las khettaras, y la palmera datilera daba alimento, sombra, madera y fibra. Hoy, el palmeral sufre la sequía, el avance del desierto y la enfermedad del bayoud que ataca a las palmeras, y muchos de sus habitantes han emigrado. Pero el valle conserva su belleza y su cadena de kasbahs —como las de Agdz, Tamnougalt o Zagora, desde donde una vieja señal indicaba "52 días a Tombuctú" en camello— que recuerdan su papel de gran corredor entre Marruecos y el Sahara.
Al noreste de Uarzazate, la ruta que bordea el Alto Atlas por su vertiente sur atraviesa una sucesión de valles y gargantas de una belleza sobrecogedora, jalonados por tantas fortalezas de barro que se la conoce como la "ruta de las mil kasbahs". El valle del Dades discurre entre montañas de formas caprichosas y rocas rojizas, con oasis y aldeas bereberes al pie de las kasbahs; más al este, las gargantas del Todra forman un desfiladero espectacular, donde el río ha excavado un cañón de paredes verticales de hasta trescientos metros de altura, un paraíso para los escaladores y los caminantes.
Toda esta región es, ante todo, tierra amazigh. Las montañas del Atlas fueron siempre el refugio de las tribus bereberes que preservaron su lengua, el tamazight, y sus costumbres frente a las influencias de fuera. Aquí viven pueblos como los ait atta y otras confederaciones que durante siglos gobernaron sus valles de forma casi autónoma, con sus propias asambleas y su derecho consuetudinario, y que resistieron con dureza la penetración colonial: algunas de estas montañas no fueron "pacificadas" por los franceses hasta los años treinta del siglo XX, ya muy avanzado el protectorado.
La arquitectura de tierra —kasbahs, ksur, graneros colectivos (agadires) encaramados en las alturas— es la expresión de esa cultura de montaña, adaptada a un medio duro de veranos tórridos e inviernos gélidos. La vida gira en torno a la agricultura de los oasis y valles regados, la trashumancia de los rebaños entre las alturas y las llanuras, la artesanía de alfombras de vivos colores tejidas por las mujeres y unas tradiciones —música, danzas, fiestas, tatuajes— que hacen del Atlas uno de los grandes reservorios de la identidad amazigh de Marruecos. Recorrer el Dades y el Todra es adentrarse en ese Marruecos profundo, bereber y milenario, muy distinto del de las grandes ciudades imperiales.
Marrakech es una ciudad imperial nacida del desierto y de la fe. La fundaron hacia 1070 los almorávides, los guerreros bereberes venidos del Sahara, como capital de su imperio y base para el control de las rutas caravaneras que subían del sur cargadas de oro, sal y esclavos. De ella tomó nombre todo el país: "Marruecos" no es más que la deformación europea de "Marrakech". Los almorávides la dotaron de murallas de tierra roja —el color que le vale el apodo de "Ciudad Roja"— y de las khettaras, galerías subterráneas que traían el agua del Atlas para regar los inmensos palmerales.
En 1147 la conquistaron los almohades, que hicieron de ella su capital y la embellecieron con su obra más célebre: la mezquita de la Koutoubia, cuyo alminar de casi setenta metros, hermano de la Giralda de Sevilla, domina todavía la ciudad y es su símbolo. Bajo los almohades, Marrakech fue una de las mayores ciudades del mundo islámico, centro de poder de un imperio que iba de España a Túnez. Más tarde, con los meriníes, el poder se trasladó a Fez y Marrakech perdió protagonismo, pero nunca su prestigio.
En el siglo XVI recobró su esplendor con los saadíes, que la volvieron a hacer capital y la llenaron de monumentos. El corazón de la ciudad sigue siendo su medina, hoy Patrimonio Mundial, un laberinto de zocos, mezquitas, riads y talleres artesanales que se organiza en torno a la plaza Jemaa el-Fna, un espacio único donde desde hace siglos se reúnen cuentacuentos, encantadores de serpientes, músicos gnawa, aguadores y puestos de comida. La Unesco la declaró Obra Maestra del Patrimonio Oral e Inmaterial de la Humanidad, reconocimiento a una tradición viva de teatro callejero que se remonta al Marruecos medieval.
El siglo XVI saadí dejó en Marrakech algunos de sus tesoros más admirados. El sultán Ahmad al-Mansur, enriquecido con el rescate de los nobles portugueses caídos en Alcazarquivir y con el oro de Tombuctú, levantó el palacio de El Badi ("el Incomparable"), revestido de mármol de Italia y oro de Sudán, del que hoy quedan solo las imponentes ruinas. De aquella dinastía se conservan intactas las tumbas saadíes, un mausoleo real de una filigrana asombrosa en estuco, mármol y cedro que un sultán alauí posterior, Muley Ismail, mandó tapiar; permanecieron ocultas y olvidadas hasta que fueron redescubiertas en 1917.
Más tarde, bajo los alauíes y durante el protectorado, la ciudad se enriqueció con palacios como el Bahia, residencia de un gran visir del siglo XIX, y con jardines que se hicieron célebres en el mundo entero. El más famoso es el Jardín Majorelle, creado en los años veinte y treinta por el pintor francés Jacques Majorelle, con su intenso azul cobalto —el "azul Majorelle"—, y salvado décadas después por el modisto Yves Saint Laurent, que lo restauró y cuyas cenizas reposan allí.
Esa mezcla de esplendor histórico y luz del sur convirtió a Marrakech, desde mediados del siglo XX, en un imán para artistas, escritores y viajeros: de Winston Churchill, que la pintaba, a los músicos y cineastas que la eligieron como refugio. Hoy es el gran centro turístico de Marruecos, un lugar donde los riads restaurados, los hoteles de lujo y las galerías conviven con los zocos milenarios, los curtidores y la vida cotidiana de la medina, a la sombra de las cumbres nevadas del Atlas.
En la costa atlántica, batida por los vientos alisios, Esauira es una de las ciudades con historia más singular de Marruecos. En su bahía, los fenicios explotaron ya la púrpura en las islas Purpurarias, y los portugueses construyeron en el siglo XVI una fortaleza que llamaron Mogador, una de sus plazas en el litoral. Pero la ciudad tal como se ve hoy nació en 1764-1765, cuando el sultán alauí Sidi Mohammed ben Abdallah decidió crear un gran puerto real para canalizar el comercio con Europa y encargó su trazado a arquitectos europeos, que la diseñaron con planta regular y sólidas murallas abaluartadas.
El sultán quiso hacer de Esauira el gran emporio del comercio exterior marroquí y para ello atrajo a comerciantes judíos, a los que concedió privilegios: llegaron a formar cerca de la mitad de la población, y algunas familias, los "comerciantes del rey", manejaron el tráfico de mercancías con Europa y el interior de África. Durante más de un siglo, Esauira fue el principal puerto atlántico del país, un lugar cosmopolita donde convivían musulmanes, judíos y cónsules europeos, con su mellah, sus sinagogas y su intenso comercio de goma arábiga, azúcar, marfil y avestruces.
El declive comercial llegó con el auge de Agadir y Casablanca, pero Esauira conservó su encanto de ciudad detenida en el tiempo. En el siglo XX se convirtió en refugio de artistas y músicos —el mismísimo Jimi Hendrix pasó por aquí, alimentando toda clase de leyendas— y en cuna del festival de música gnawa, la tradición de los descendientes de esclavos subsaharianos. Su medina amurallada, magnífico ejemplo de ciudad fortificada del siglo XVIII de traza europea aplicada al norte de África, es Patrimonio de la Humanidad desde 2001.
En el sur atlántico, donde las llanuras del Sus se abren al océano, Agadir tiene una historia de fortificaciones, comercio y catástrofe. A comienzos del siglo XVI, los portugueses levantaron aquí una plaza fuerte, Santa Cruz do Cabo de Gué, parte de su cadena de posiciones en la costa marroquí. Pero en 1541 los saadíes, en plena ofensiva para expulsar a los cristianos, se la arrebataron: la caída de Agadir fue un golpe tan duro para Portugal que precipitó el abandono de casi todas sus demás plazas atlánticas del país.
Bajo los sultanes, Agadir fue un puerto activo, aunque su suerte osciló según los intereses del poder: en el siglo XVIII, Sidi Mohammed ben Abdallah lo cerró para favorecer a su nueva Esauira. En 1911, la ciudad saltó a la primera plana mundial con la "crisis de Agadir", cuando el envío de un cañonero alemán a su bahía, para desafiar la expansión francesa, estuvo a punto de desencadenar una guerra europea, tres años antes de la Primera Guerra Mundial.
La fecha que marcó a Agadir fue, sin embargo, el 29 de febrero de 1960. Esa noche, un violento terremoto arrasó la ciudad en apenas quince segundos y causó unos 12.000 a 15.000 muertos, casi un tercio de su población. Fue una de las mayores tragedias de la historia moderna de Marruecos. El rey Mohamed V decidió reconstruir la ciudad entera unos kilómetros más al sur, con criterios antisísmicos y trazado moderno. Por eso Agadir es hoy una ciudad nueva, sin medina antigua, volcada al turismo de playa y de sol: el gran balneario del país, con largas arenas doradas y clima suave todo el año, sobre las ruinas de una historia mucho más vieja.
La costa atlántica marroquí, de Esauira a Agadir, ha sido siempre una frontera de encuentros. Aquí desembocaron las rutas caravaneras que subían del África subsahariana, y con ellas llegaron, junto al oro y la sal, hombres y mujeres esclavizados traídos del sur del Sahara. De sus descendientes nació una de las expresiones culturales más originales de Marruecos: los gnawa, cofradías místico-musicales que fundieron el islam sufí con ritmos, instrumentos y ritos de trance de origen subsahariano. Su música, con el bajo hipnótico del guembri y el repique metálico de las crótalas, se ha convertido en un emblema de Marruecos y en imán de músicos de todo el mundo, sobre todo en el festival de Esauira.
Esta región es también el país de los amazigh del sur, en particular los chleuh o shilha del Sus y del Antiatlas, que hablan su propia variante del tamazight, el tashelhit. Agricultores del argán y del azafrán, comerciantes tenaces —muchos de los tenderos y ultramarinos de las ciudades marroquíes proceden del Sus—, mantienen vivas tradiciones, poesía y música propias. De sus tierras procede el aceite de argán, exclusivo del suroeste marroquí, hoy célebre en el mundo entero por sus usos culinarios y cosméticos.
La costa atlántica combina, así, tres mundos: el del Atlas y los pueblos bereberes del interior, el de los puertos abiertos al comercio con Europa y el de las herencias africanas llegadas por el desierto. Ese mestizaje —bereber, árabe, andalusí, judío, subsahariano y europeo— es la marca de identidad de todo el sur de Marruecos, y en pocos lugares se percibe tan bien como en las plazas y los zocos de esta franja del país tendida entre el Atlas y el océano.