Hay lugares que parecen detenidos en el tiempo, y Mdina es uno de ellos. Encaramada sobre una meseta en el centro de Malta, esta ciudad amurallada de apenas unos cientos de habitantes fue durante siglos la capital de la isla, la sede de la nobleza y del poder. Hoy es 'la Ciudad del Silencio': un laberinto de callejuelas de piedra dorada, palacios señoriales con enormes portones, iglesias barrocas y placitas donde el único ruido, cuando se van los grupos de turistas, es el eco de los propios pasos. Entrar por su gran puerta es cruzar un umbral hacia la Edad Media.
Su historia es la de Malta misma. Aquí hubo un asentamiento desde la Edad del Bronce; los fenicios y los romanos la amurallaron y la llamaron Melite; los árabes le dieron su nombre actual, Mdina (de 'medina', ciudad), y el trazado laberíntico que aún conserva; y la nobleza maltesa hizo de ella su bastión durante siglos. La tradición cuenta que aquí vivió el gobernador romano Publio, convertido al cristianismo por San Pablo tras su naufragio en la isla. Cuando la Orden de San Juan llegó en 1530 y trasladó el poder al puerto, Mdina quedó como la 'ciudad vieja' de los nobles, congelada en su esplendor aristocrático.
Esta guía recorre Mdina con mirada práctica y cálida: cómo llegar y moverse, qué ver sin perderse la catedral ni los miradores, cómo aprovechar la magia del atardecer, dónde tomar el famoso pastel de chocolate con vistas y cómo encadenarla con Rabat y Dingli. Pequeña, silenciosa y de una belleza intacta —tanto que sirvió de escenario a series como Juego de Tronos—, Mdina premia al viajero que se toma el tiempo de perderse por sus calles y dejarse envolver por su quietud.
Mdina es la ciudad más antigua de Malta y fue su capital durante casi toda su historia hasta el siglo XVI. El lugar estuvo habitado desde la Edad del Bronce, pero fueron los fenicios quienes fundaron aquí una ciudad hacia el siglo VIII a.C., que los romanos ampliaron y llamaron Melite, mucho más extensa que la Mdina actual. Según la tradición cristiana, en el año 60 d.C. el apóstol San Pablo naufragó en Malta y convirtió al gobernador romano Publio, considerado el primer obispo de la isla, en lo que hoy es Mdina. Con la conquista árabe en el siglo IX, la ciudad se redujo a su núcleo amurallado, recibió el nombre de Mdina (del árabe 'medina') y adquirió su característico trazado laberíntico de callejuelas estrechas. Bajo dominio normando y luego de los reinos de Sicilia y Aragón, Mdina fue la sede de la nobleza y del Consejo (Università) que gobernaba Malta, y se llenó de palacios señoriales. Cuando la Orden de San Juan llegó en 1530, la nobleza le entregó las llaves de la ciudad, pero los caballeros prefirieron instalarse junto al Gran Puerto; tras el Gran Asedio de 1565 fundaron La Valeta, y Mdina quedó relegada como la 'ciudad vieja'. Un fuerte terremoto en 1693 dañó la ciudad, que fue reconstruida en parte con el esplendor barroco que hoy se admira, sobre todo en tiempos del gran maestre Vilhena. Despojada de poder pero cuidada como joya histórica, conservó intacto su carácter. La historia completa está en nuestra página de historia.
Leer la historia completa ↓El interior antiguo de Malta: la vieja capital medieval de Mdina, el Rabat de las catacumbas paleocristianas y los templos y acantilados del corazón de la isla.
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Origen, formación y qué dicen las fuentes.
La historia de Mdina se remonta al alba de la civilización maltesa. La meseta elevada sobre la que se asienta, en el centro de la isla, fue un lugar habitado desde la Edad del Bronce: su posición dominante, con control visual sobre buena parte de Malta y difícil de atacar, la convirtió naturalmente en un refugio y un centro de poder. Cuando los fenicios llegaron al archipiélago hacia el siglo VIII a.C., establecieron aquí una ciudad, aprovechando esa colina defendible tierra adentro, lejos de los peligros de la costa.
Bajo los sucesores púnicos y luego los romanos, la ciudad creció hasta convertirse en la capital de la isla, con el nombre de Melite (del que deriva 'Malta'). La Melite romana era mucho más extensa que la Mdina actual: ocupaba también buena parte de la vecina Rabat, y estaba rodeada por una muralla que abarcaba un perímetro considerable. Era una ciudad próspera, con templos, foros y ricas residencias decoradas con mosaicos, como los que hoy se conservan en la Domus Romana, en el límite entre Mdina y Rabat.
A esta época pertenece uno de los episodios fundacionales de la identidad maltesa. Según los Hechos de los Apóstoles y la tradición cristiana, hacia el año 60 d.C. el apóstol San Pablo naufragó en Malta camino de Roma y permaneció tres meses en la isla. Durante su estancia habría convertido al cristianismo a Publio, el hombre principal o gobernador de la isla, cuya residencia se situaba en Melite, en el lugar donde hoy se alza la catedral de Mdina. Publio es venerado como el primer obispo de Malta, y aquel naufragio marca, según la tradición, el nacimiento del cristianismo maltés, uno de los más antiguos del mundo.
El giro decisivo en la forma y el nombre de la ciudad llegó con la conquista árabe. Hacia el año 870 d.C., los musulmanes del norte de África (el emirato aglabí de Ifriqiya, luego integrado en el mundo árabe-siciliano) tomaron Malta. Bajo su dominio, la vieja Melite romana fue profundamente transformada. Los árabes redujeron la ciudad a su núcleo más defendible, en la parte alta de la meseta, y la separaron del resto mediante un foso y nuevas murallas; el sector que quedó fuera pasó a llamarse Rabat (que en árabe significa 'arrabal' o 'suburbio'), nombre que conserva hasta hoy.
El propio nombre de la ciudad cambió: de Melite pasó a Mdina, del árabe 'medina', que significa sencillamente 'ciudad' o 'ciudad amurallada'. Y con los árabes llegó también el rasgo urbano más característico que Mdina conserva: su trazado laberíntico de callejuelas estrechas, sinuosas y a menudo sin salida, típico de las medinas islámicas. Ese diseño no era casual: dificultaba el avance de un enemigo que lograra entrar, favorecía la sombra frente al calor y creaba un entramado íntimo y protegido. Aún hoy, perderse por las calles de Mdina es caminar por una herencia árabe de más de mil años.
La huella de este período fue profunda y duradera. La lengua maltesa, que todavía se habla, deriva del árabe que se implantó en aquellos siglos, con posteriores aportes del siciliano, el italiano y el inglés: es la única lengua semítica escrita en alfabeto latino y oficial de la Unión Europea. Mdina, con su nombre árabe y su plano de medina, es el testimonio urbano más elocuente de esa etapa que moldeó para siempre la identidad de Malta.
En 1091, los normandos del conde Roger I de Sicilia arrebataron Malta a los musulmanes, y la isla entró en la órbita del reino de Sicilia, ligada después a la corona de Aragón y de España. Durante toda la Edad Media, Mdina siguió siendo la capital de Malta y el centro de su vida política y aristocrática. La ciudad se llenó de palacios de las familias nobles maltesas, que formaban la élite dirigente, y de iglesias y conventos.
El gobierno de la isla recaía en un consejo local, la Università (que no era una universidad de estudios, sino el órgano de gobierno municipal), formado por la nobleza y los notables, con sede en Mdina. Desde aquí se administraba justicia, se organizaba la defensa frente a las incursiones de corsarios y se representaba a los malteses ante los reyes de Sicilia. Los edificios de esta época dieron a Mdina su carácter señorial: palacios de piedra con ventanales geminados de estilo siculo-normando, como el que aún se ve en el Palazzo Falson, y estrechas calles nobles.
Mdina vivió también momentos de peligro. Las costas de Malta sufrían el azote de piratas y corsarios berberiscos y otomanos, y en más de una ocasión la población del campo se refugió tras las murallas de la 'ciudad vieja'. La posición elevada y fortificada de Mdina, heredada de fenicios, romanos y árabes, siguió cumpliendo su función defensiva. Cuando en 1530 llegó la Orden de San Juan, la nobleza maltesa la recibió en Mdina y le entregó simbólicamente las llaves de la ciudad, en una ceremonia que reconocía el traspaso del poder. Pero aquel gesto marcaría también el principio del declive político de la vieja capital.
La llegada de la Orden de San Juan cambió el destino de Mdina. Los caballeros, una orden naval y militar, necesitaban estar junto al mar y a un gran puerto, no en una ciudad del interior. Por eso se instalaron en Birgu, junto al Gran Puerto, y tras la victoria del Gran Asedio de 1565 fundaron una capital nueva, La Valeta, hacia donde se trasladó todo el poder político, económico y religioso de la isla. Mdina quedó relegada al papel de 'Città Vecchia', la ciudad vieja: sede residual de la nobleza y del cabildo catedralicio, pero apartada de las decisiones.
Ese relativo abandono tuvo, paradójicamente, un efecto conservador: sin la presión de convertirse en una gran urbe moderna, Mdina mantuvo su escala íntima y su carácter aristocrático. La nobleza maltesa siguió residiendo en sus palacios, celosa de sus privilegios, y la ciudad conservó su ambiente señorial y algo melancólico. La relación entre la vieja aristocracia de Mdina y los caballeros de La Valeta no siempre fue fácil, y hubo tensiones por el poder y el prestigio.
En 1693, una catástrofe natural transformó el aspecto de la ciudad: un violento terremoto —el mismo que devastó el este de Sicilia— dañó gravemente Mdina, y derrumbó buena parte de la catedral medieval de San Pablo. La reconstrucción, en las décadas siguientes, se hizo con el lenguaje del barroco. El arquitecto maltés Lorenzo Gafà levantó la nueva catedral (1697-1702), y más tarde, bajo el gran maestre António Manoel de Vilhena, en los años 1720, se remodeló buena parte de la ciudad: se construyó la monumental Puerta de Mdina, el Palazzo Vilhena y otros edificios que dieron a la 'ciudad del silencio' la elegante fisonomía barroca que hoy conserva, superpuesta a su trazado medieval árabe.
Tras siglos apartada del poder, Mdina llegó a la época moderna convertida en lo que es su mayor tesoro: una ciudad histórica casi intacta, un conjunto excepcional donde el trazado árabe medieval y la arquitectura barroca conviven sin apenas interferencias modernas. Bajo el dominio británico y ya en la Malta independiente, Mdina mantuvo su condición de reliquia viva, habitada por unos pocos cientos de personas —muchas de familias nobles de antiguo linaje— y protegida de la expansión urbana que transformó otras zonas de la isla.
Su apodo, 'la Ciudad del Silencio' (the Silent City), nació precisamente de ese ambiente: la ausencia de tráfico (es peatonal), la escasa población y la quietud de sus callejuelas de piedra, que al caer la tarde, cuando se marchan los visitantes, quedan sumidas en un silencio casi absoluto. Ese carácter único, a la vez bello y algo espectral, ha atraído a artistas, escritores y cineastas. Mdina ha servido de escenario a numerosas películas y series, entre ellas la primera temporada de 'Juego de Tronos', que la usó como parte de Desembarco del Rey, lo que multiplicó su fama internacional.
Hoy Mdina vive sobre todo del turismo cultural y de su prestigio como uno de los ejemplos mejor conservados de ciudad amurallada del Mediterráneo. Sus palacios albergan museos y centros culturales, sus bastiones ofrecen unas de las mejores vistas de Malta y sus calles, tan tranquilas de noche, invitan a un paseo fuera del tiempo. Junto a Rabat y su patrimonio paleocristiano, forma el gran polo histórico del interior de la isla. Quien la visita al atardecer, cuando la piedra dorada se enciende y las callejuelas se vacían, entiende por qué Mdina es, para muchos, el lugar más mágico de todo Malta.