Madagascar fue una de las últimas grandes masas de tierra habitables que el ser humano colonizó. Durante milenios estuvo deshabitada, y su fauna evolucionó sin depredadores humanos. Los primeros pobladores estables llegaron, según la evidencia arqueológica y lingüística, en algún momento en torno a mediados del primer milenio de nuestra era —las estimaciones habituales van de los siglos I a VII—, y su origen es uno de los grandes enigmas resueltos de la historia humana: no vinieron de la vecina África, sino del sudeste asiático.
Eran pueblos austronesios embarcados desde el archipiélago indonesio, muy probablemente desde Borneo. Cruzaron miles de kilómetros del océano Índico en piraguas con balancín, llevando consigo el arroz, el banano, la caña de azúcar y las técnicas de cultivo de arrozales en terrazas que todavía definen el paisaje de las Tierras Altas. La prueba más contundente de ese origen es la lengua: el malgache pertenece a la familia austronesia, y su pariente más cercano es el maanyan, hablado por una comunidad dayak del interior de Borneo, a más de 7.000 kilómetros de distancia.
A esa base asiática se sumaron, entre los siglos VII y XIII, oleadas de pueblos bantúes llegados desde África Oriental, que aportaron el ganado cebú —hoy central en la cultura malgache—, vocabulario y rasgos físicos y culturales. Más tarde influyeron también comerciantes árabes y suajilíes, sobre todo en el noroeste y la costa, que dejaron su marca en la escritura sorabe, el calendario y la adivinación. De esa fusión única de Asia y África, cocida a lo largo de siglos, surgió un solo pueblo, el malgache, con una única lengua común pese a repartirse en una veintena de grupos regionales, de los merina y betsileo del altiplano a los sakalava, antandroy o vezo de las costas.
Mucho antes de que las Tierras Altas dominaran la isla, el poder estuvo en las costas. A partir del siglo XVI, sobre la fachada occidental que mira al canal de Mozambique, se levantó el imperio sakalava, el más extenso de su tiempo: los reinos de Menabe, en torno a la actual Morondava, y de Boina, más al norte, controlaron vastos territorios gracias al ganado, al comercio de esclavos y armas con los mercaderes del Índico, y a una monarquía sostenida por el culto a las reliquias de los reyes difuntos.
En la costa oriental, la historia tomó un giro insólito con la llegada de los piratas. Entre finales del siglo XVII y comienzos del XVIII, la isla de Sainte-Marie (Nosy Boraha) y otros fondeaderos del este se convirtieron en refugio de bucaneros europeos que asaltaban los barcos cargados de riquezas de la ruta de la India; se calcula que en su apogeo llegó a haber más de mil piratas operando en la zona. De la unión de esos aventureros con mujeres malgaches nació una descendencia mestiza, los zana-malata.
Uno de ellos, Ratsimilaho —hijo, según la tradición, del pirata inglés Thomas Tew y de una princesa malgache—, unificó hacia 1712 a los pueblos dispersos del litoral oriental en la confederación betsimisaraka, cuyo nombre significa "los muchos inseparables". Su reino se extendió por más de 300 kilómetros de costa y prosperó con el comercio, pero tras su muerte, hacia 1750, comenzó a desmembrarse. Fue en ese contexto donde, en 1750, la isla de Sainte-Marie fue cedida a Francia por la princesa Bety, hija de Ratsimilaho: un primer y pequeño pie francés en la isla que anticipaba, con más de un siglo de antelación, lo que vendría después.
El gran giro de la historia malgache llegó desde el corazón de la isla. En las Tierras Altas centrales, la región de Imerina había pasado casi ocho décadas fragmentada por guerras civiles hasta que un soberano excepcional la reunificó. Andrianampoinimerina, que gobernó desde 1787 hasta 1810, reunió los reinos rivales del altiplano hacia finales del siglo XVIII y proclamó una ambición que se volvería célebre: que el mar fuera la única frontera de su reino ("Ny ranomasina no valaparitr'ny taniko").
Andrianampoinimerina fue un estadista tanto como un conquistador. Organizó la administración y la justicia, reguló los mercados —el gran zoma de Antananarivo— e impulsó la construcción de arrozales y diques que hicieron del altiplano el granero del reino. Estableció su capital en Antananarivo y convirtió la vecina colina de Ambohimanga en centro espiritual de la dinastía. A su muerte, dejó a su hijo la misión de completar la obra.
Ese hijo, Radama I (1810-1828), llevó la unificación mucho más lejos. Se alió con los británicos —entonces dueños de la vecina Mauricio—, que lo reconocieron como "rey de Madagascar" a cambio de abolir la exportación de esclavos; recibió instructores militares, armas y misioneros. Con un ejército modernizado sometió a buena parte de los pueblos costeros y llegó a controlar cerca de dos tercios de la isla. Los misioneros de la London Missionary Society introdujeron la imprenta, transcribieron el malgache al alfabeto latino, abrieron escuelas y tradujeron la Biblia. Cuando Radama murió en 1828, con apenas 35 años, el Reino de Madagascar era una potencia reconocida internacionalmente y en plena occidentalización.
La muerte de Radama I abrió una era de vaivenes dramáticos. Lo sucedió una de sus esposas, Ranavalona I, que reinó de 1828 a 1861 con mano de hierro. Recelosa de la creciente influencia extranjera, dio marcha atrás en la apertura: expulsó a los misioneros, prohibió el cristianismo y persiguió con dureza a los conversos malgaches, muchos de los cuales fueron ejecutados o sometidos al tanguena, una ordalía con veneno. Su reinado, largo y a menudo brutal, buscó preservar la independencia y las tradiciones del reino frente a Europa, al precio de un aislamiento severo.
Su hijo Radama II (1861-1863) revirtió esa política: restauró la libertad religiosa y reabrió el país a los europeos, pero su gobierno duró apenas dos años, hasta que fue asesinado en un golpe palaciego. A partir de entonces, el poder real pasó de hecho a manos de los primeros ministros, en especial de Rainilaiarivony, que gobernó durante más de tres décadas casándose sucesivamente con tres reinas —Rasoherina, Ranavalona II y Ranavalona III—. Bajo Ranavalona II, en 1869, la corte se convirtió al cristianismo y este se volvió religión de Estado.
El reino se modernizó —códigos legales, escuelas, ejército— pero vivía bajo una presión creciente. Francia, que ya se había instalado en enclaves costeros, reclamaba influencia sobre la isla. Una primera guerra franco-malgache (1883-1885) terminó imponiendo un protectorado nominal que Antananarivo nunca aceptó del todo. La tensión desembocaría, una década más tarde, en la invasión definitiva y el fin de la independencia malgache.
En 1895 un cuerpo expedicionario francés desembarcó en la costa noroeste y marchó sobre Antananarivo; tras un asedio, la capital cayó. En 1896 Francia declaró a Madagascar colonia y al año siguiente abolió la monarquía y desterró a la última reina, Ranavalona III, primero a Reunión y luego a Argelia, donde murió en el exilio. El general Joseph Gallieni, primer gobernador, sofocó la resistencia menalamba ("togas rojas") y aplicó una política de "pacificación" que desmanteló las estructuras del antiguo reino.
El dominio colonial trajo carreteras, ferrocarriles y plantaciones de café, vainilla y clavo, pero sobre la base del trabajo forzado, los impuestos que empujaban a los malgaches a emplearse por salarios ínfimos y la expropiación de tierras. La vainilla convirtió a la isla en el primer productor mundial, una posición que aún conserva. Como en tantas colonias, decenas de miles de malgaches fueron reclutados para combatir por Francia en las dos guerras mundiales, y regresaron con nuevas ideas sobre la libertad.
El estallido llegó la noche del 29 de marzo de 1947. Una insurrección nacionalista, ligada al partido MDRM, se extendió sobre todo por el este de la isla. La represión francesa fue devastadora: duró más de un año y combinó ejecuciones, aldeas incendiadas, torturas y deportaciones. Las cifras de muertos siguen siendo objeto de debate historiográfico: las estimaciones van desde varias decenas de miles hasta cifras muy superiores, y durante décadas Francia minimizó la magnitud de la matanza; conviene dar el rango antes que un dato cerrado. Lejos de apagar el independentismo, la masacre de 1947 lo grabó a fuego en la memoria nacional.
La descolonización africana de posguerra abrió el camino. En el referéndum de 1958 sobre la Comunidad Francesa, Madagascar votó permanecer dentro como república autónoma, un paso transitorio hacia la soberanía plena. Finalmente, el 26 de junio de 1960, la isla alcanzó la independencia, con Philibert Tsiranana como primer presidente de la Primera República. Tsiranana mantuvo lazos estrechos con Francia mediante una serie de acuerdos, una cercanía que con los años le costaría el apoyo popular.
El malestar por el estancamiento económico y la dependencia de París desembocó en las revueltas de 1972, que forzaron la caída de Tsiranana. Tras un período de transición militar, en 1975 llegó al poder Didier Ratsiraka, que proclamó una Segunda República de orientación socialista, nacionalizó la economía y alineó al país con el bloque soviético bajo la "Carta de la Revolución Socialista". El experimento terminó en crisis económica y aislamiento; hacia finales de los años ochenta, Madagascar era uno de los países más pobres del mundo.
Las grandes protestas prodemocráticas de 1991 forzaron la apertura y dieron paso, en 1992, a una Tercera República multipartidista. Desde entonces la política malgache ha sido inestable, marcada por presidencias disputadas y crisis recurrentes: Albert Zafy, el regreso y la caída de Ratsiraka tras la disputada elección de 2001, y sobre todo el enfrentamiento entre Marc Ravalomanana y Andry Rajoelina, que en 2009 desembocó en un golpe respaldado por el ejército, más de un centenar de muertos y años de aislamiento internacional y sanciones. El país retornó al orden constitucional con las elecciones de 2013, pero las mismas figuras siguieron dominando la escena política en los años siguientes.
Madagascar es, a la vez, uno de los tesoros naturales del planeta y uno de sus países más pobres, una paradoja que define su presente. Aislada durante decenas de millones de años, la isla desarrolló una biodiversidad extraordinaria: alrededor del 90% de sus especies no existen en ningún otro lugar. Los lémures —más de un centenar de especies, del diminuto microcebo al indri que canta en la selva—, los camaleones, los baobabs y bosques enteros de vegetación endémica hacen de ella un "laboratorio de la evolución" y uno de los grandes destinos de la naturaleza mundial.
Ese patrimonio está en peligro. La deforestación, provocada sobre todo por la agricultura de tala y quema (tavy), la tala ilegal de maderas preciosas y la caza, ha reducido a una fracción los bosques originales y amenaza a los lémures, considerados el grupo de mamíferos más amenazado de la Tierra. Una red de parques nacionales —Andasibe, Isalo, Ranomafana, los tsingy de Bemaraha, la Montaña de Ámbar— intenta proteger lo que queda, y el ecoturismo se ha vuelto una fuente vital de ingresos y un argumento poderoso para la conservación.
En lo humano, el desafío es enorme. Pese a su riqueza natural y a producir buena parte de la vainilla del mundo, Madagascar figura entre los países con mayor porcentaje de población en pobreza extrema, castigado por la inestabilidad política, los ciclones cada vez más intensos, la sequía en el sur y una economía frágil. Con cerca de treinta millones de habitantes, en su mayoría jóvenes, el país afronta el reto de conservar su irrepetible naturaleza sin condenar a su gente. Su cultura —el culto a los ancestros y el famadihana o "vuelta de los muertos", la música, el ganado cebú, la hospitalidad del fihavanana— sigue siendo el hilo que une a un pueblo único, nacido del encuentro de dos océanos de la historia.