Beaufort es uno de esos pueblos que parecen inventados para una postal: en el corazón del Mullerthal, la 'Pequeña Suiza luxemburguesa', esconde no uno sino dos castillos, vecinos y complementarios. Por un lado, las imponentes ruinas de un castillo medieval de arenisca, levantado y ampliado entre los siglos XI y XVII, encaramado sobre un roquedal junto a un pequeño lago. Por otro, justo al lado, un elegante castillo renacentista del siglo XVII, todavía en pie y visitable con guía. Juntos cuentan, en piedra, seis siglos de historia.
Alrededor de los castillos se despliega el paisaje de bosques, arroyos y formaciones rocosas que hace célebre al Mullerthal. Beaufort es un punto de partida perfecto para el senderismo: por aquí pasan rutas del Mullerthal Trail y hay caminatas para todos los niveles entre roquedales cubiertos de musgo. Y hay un detalle goloso: en Beaufort se elabora el 'Cassero', un licor de grosella negra (casis) que se ofrece en cata al visitar el castillo medieval.
Esta guía recorre Beaufort con mirada práctica: los dos castillos y su historia, el lago y los senderos del Mullerthal, cómo llegar (en bus, gratis) y moverse, y cómo combinarlo con Larochette, Echternach y el resto de la comarca. Tranquilo, verde y con dos castillos por el precio de una visita, Beaufort es una de las escapadas más encantadoras del Luxemburgo rural.
El castillo medieval de Beaufort se fue construyendo y ampliando por etapas entre los siglos XI y XVII, empezando por una pequeña fortaleza sobre un peñón de arenisca junto a un lago, que fue creciendo con nuevas torres, murallas y dependencias hasta convertirse en una imponente fortaleza gótica. En el siglo XVII, el gobernador Johann von Beck, un noble luxemburgués que hizo carrera al servicio de los Habsburgo, mandó levantar junto al viejo castillo una nueva residencia renacentista, más cómoda y elegante, acorde con los nuevos tiempos. El castillo medieval quedó abandonado y en ruinas, pero fue restaurado y abierto al público en 1932. Hoy ambos castillos, gestionados por el Centre des Monuments del Gran Ducado, se pueden visitar y son el emblema del pueblo. Todo eso lo contamos en nuestra página de historia.
Leer la historia completa ↓La 'Pequeña Suiza luxemburguesa' del este: bosques y formaciones de arenisca surcados por el Sendero Mullerthal, con Echternach, la ciudad más antigua del país, su abadía de San Willibrord y la procesión danzante Patrimonio de la Unesco.
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Origen, formación y qué dicen las fuentes.
Pocos castillos cuentan su propia historia con tanta claridad como el de Beaufort. A diferencia de las fortalezas levantadas de una sola vez, el castillo medieval de Beaufort creció poco a poco, capa sobre capa, a lo largo de más de seis siglos. Cada generación añadió algo, y por eso sus muros son como los anillos de un árbol: leen los cambios de la Edad Media entera.
Todo empezó en torno al siglo XI con una pequeña fortaleza cuadrada sobre un peñón de arenisca, en el fondo de un valle boscoso del Mullerthal, junto a un pequeño lago. La posición era típica del feudalismo: un lugar defendible desde donde un señor local controlaba las tierras y los caminos de alrededor. Aquella primera torre fortificada fue el germen de todo.
Entre los siglos XII y XVII, los sucesivos señores de Beaufort fueron ampliando la fortaleza: nuevas murallas, torres, un puente, patios, bodegas, mazmorras y hasta una sala de tortura. El resultado, ya en época gótica y renacentista temprana, fue un imponente castillo de arenisca adaptado a las nuevas formas de la guerra, incluida la aparición de la artillería. Ese conjunto, hoy en ruinas pero perfectamente recorrible, es lo que el visitante admira: una fortaleza que es, ella misma, un manual de historia de la arquitectura militar.
El castillo dio nombre a una familia noble, los señores de Beaufort, documentados desde la Edad Media y ligados a la alta nobleza del ducado de Luxemburgo y de las regiones vecinas. Como toda casa señorial de la época, su destino estuvo marcado por las alianzas matrimoniales, las herencias y los cambios de fortuna. A lo largo de los siglos, el señorío de Beaufort pasó por distintas manos a través de matrimonios y sucesiones, y en algunos periodos la propiedad quedó dividida entre varios herederos.
Esta fragmentación de las herencias fue habitual en la nobleza medieval y tuvo consecuencias muy concretas para los castillos: cuando un feudo se repartía entre varios propietarios, el mantenimiento del edificio se volvía complicado y a veces se descuidaba. En el caso de Beaufort, sin embargo, la fortaleza siguió siendo una residencia señorial importante durante toda la Edad Media, en el corazón de una comarca de bosques, molinos y aldeas.
La vida en un castillo como este combinaba el poder y la incomodidad: muros gruesos y fríos, salas oscuras, defensa ante todo. Con el paso del tiempo y la llegada de la Edad Moderna, esa forma de vivir empezó a quedarse anticuada. La nobleza europea buscaba ya residencias más luminosas y confortables, y Beaufort no fue la excepción.
El gran giro llegó en el siglo XVII de la mano de un personaje fascinante: Johann (Jean) von Beck. Nacido en la región en 1588, en el seno de una familia modesta, Beck hizo una carrera militar y política extraordinaria al servicio de la Casa de Habsburgo, en plena Guerra de los Treinta Años. Llegó a ser gobernador del Luxemburgo español y del condado de Chiny, y fue nombrado conde. Es uno de esos ejemplos de ascenso social meteórico que a veces permitían las guerras del Barroco.
En 1639, Beck adquirió el señorío de Beaufort. Y en lugar de seguir viviendo en la vieja e incómoda fortaleza medieval, mandó construir a partir de 1643, justo al lado, una nueva residencia de estilo renacentista: un castillo más elegante y habitable, con salones amplios, ventanas grandes y una arquitectura pensada para vivir con lujo y representación, no para resistir asedios. El contraste entre los dos edificios —la fortaleza militar y la casa noble— resume el paso de la Edad Media a la Edad Moderna.
Johann von Beck murió en 1648, a consecuencia de las heridas sufridas en una batalla, sin ver del todo terminada su obra, que completaron sus herederos. El castillo renacentista quedó como residencia de los señores de Beaufort, mientras la vieja fortaleza medieval, ya innecesaria, empezaba su lento camino hacia la ruina.
Con la nueva residencia renacentista habitada, el viejo castillo medieval perdió su función. Ya nadie vivía en aquellas salas frías ni necesitaba sus defensas, y sin uso ni mantenimiento, la fortaleza fue deteriorándose. Los tejados cedieron, la lluvia y el hielo hicieron su trabajo sobre la arenisca, y las piedras empezaron a caer. Como tantos castillos medievales de Europa, Beaufort se convirtió poco a poco en una ruina romántica.
Durante los siglos XVIII y XIX, la región vivió los grandes vaivenes de la historia luxemburguesa: el dominio de los Habsburgo, la ocupación revolucionaria francesa, la creación del Gran Ducado en 1815 y su consolidación como país independiente y neutral en 1867. En ese contexto, los castillos rurales como el de Beaufort quedaron al margen de los grandes acontecimientos, envueltos en el silencio de sus bosques.
Precisamente esa ruina abandonada, cubierta de hiedra y reflejada en el lago, empezó a atraer en el siglo XIX la mirada de los viajeros románticos que 'descubrían' el Mullerthal y su apodo de 'Pequeña Suiza'. El castillo en ruinas, lejos de ser un problema, pasó a ser un atractivo: la imagen misma de un pasado medieval evocador y pintoresco.
El siglo XX trajo la salvación del castillo medieval. En 1928, el conjunto fue adquirido por Edmond Linckels, un empresario y político luxemburgués apasionado por el patrimonio, que emprendió una importante labor de consolidación y restauración de las ruinas. Gracias a ese trabajo, el castillo medieval pudo abrir sus puertas al público en 1932, convirtiéndose en una de las primeras grandes atracciones turísticas del Mullerthal.
Desde entonces, Beaufort ha sido un imán de visitantes, que pueden recorrer las estancias, subir a las torres, asomarse a las vistas del lago y del bosque, y conocer la historia del lugar. La visita incluye, además, la cata del 'Cassero', el licor de grosella negra que se elabora en el pueblo y que se ha convertido en su especialidad más famosa. El castillo renacentista, por su parte, se mantuvo como propiedad privada y hoy se visita con guía.
En la actualidad, los castillos de Beaufort están gestionados en el marco del Centre des Monuments del Gran Ducado, dentro de una comarca reconocida en 2022 como Geoparque Mundial de la Unesco (Mëllerdall). El resultado es un lugar único: dos castillos vecinos que, uno junto al otro, cuentan seis siglos de historia, del rudo feudalismo medieval al refinamiento renacentista, en el marco de bosques y roquedales que hacen del Mullerthal una de las joyas naturales de Luxemburgo.