Mucho antes de que existiera el nombre "Luxemburgo", estas tierras onduladas entre el Mosela y las Ardenas estaban habitadas por los tréveros, un pueblo celta —con fuerte influencia germánica— que Julio César sometió durante la conquista de la Galia, a mediados del siglo I a.C. Su gran centro urbano quedaba justo al otro lado de la frontera actual, en la que sería Augusta Treverorum, la Tréveris romana, una de las ciudades más importantes del Imperio en el norte de Europa y a un paso del actual Gran Ducado.
Durante los siglos de dominio romano, el territorio se llenó de calzadas, villas agrícolas y pequeñas explotaciones. Sobrevivieron restos notables, como los mosaicos romanos que hoy se exhiben en Diekirch. Cuando el orden imperial se derrumbó, a partir del siglo V, quienes ocuparon el vacío fueron los francos, un pueblo germánico que se fue asentando en la región y que le daría a Europa su primera gran monarquía medieval.
Bajo los merovingios y después los carolingios, la zona formó parte del corazón del imperio de Carlomagno. Del reparto de ese imperio, sellado en el Tratado de Verdún de 843, saldría la larga historia de las tierras "del medio" —la Lotaringia— disputadas eternamente entre lo que sería Francia y lo que sería Alemania. Luxemburgo nacería, siglos después, justo sobre esa costura.
La fecha fundacional del país es precisa: el año 963. Ese año, el conde Sigfrido (Siegfried), un noble emparentado con las grandes casas de la región, hizo un intercambio de tierras con la abadía de San Maximino de Tréveris y se quedó con un promontorio rocoso que dominaba un recodo del río Alzette, el peñón conocido como el Bock. Ahí levantó una fortaleza a la que llamó Lucilinburhuc, palabra del germánico antiguo que significa, más o menos, "pequeña fortaleza". De esa deformación —Lucilinburhuc, Lützelburg, Luxembourg— salió el nombre del castillo, después de la ciudad y finalmente del país entero.
La elección no fue casual: el Bock era una posición defensiva casi perfecta, un espolón rodeado por los barrancos del Alzette y su afluente el Pétrusse. Alrededor del castillo se fueron instalando caballeros y soldados en la parte alta, mientras que artesanos y comerciantes se asentaban abajo, en el valle, junto al agua. Así nació la distinción, todavía visible hoy, entre la ciudad alta y la ciudad baja —el barrio del Grund—.
Durante el siglo siguiente, los descendientes de Sigfrido consolidaron el condado de Luxemburgo. Una verdadera ciudad, con murallas de piedra, recién terminó de tomar forma en la segunda mitad del siglo XII. Pero la semilla ya estaba plantada: un linaje ambicioso con una roca inexpugnable como base de poder.
Entre los siglos XIII y XV, la modesta casa condal de Luxemburgo protagonizó uno de los ascensos más espectaculares de la Edad Media europea. En 1308, Enrique VII de Luxemburgo fue elegido rey de Romanos y coronado emperador del Sacro Imperio Romano Germánico. Fue el primero de cuatro emperadores salidos de esta dinastía, un logro asombroso para una casa de un territorio tan chico.
La figura más querida de esa época es Juan el Ciego (Jean l'Aveugle), conde de Luxemburgo y rey de Bohemia, un caballero errante y aventurero que se quedó ciego pero igual siguió combatiendo. Murió heroicamente en 1346 en la batalla de Crécy, peleando del lado francés contra los ingleses; se cuenta que pidió que lo llevaran al combate atándole el caballo al de sus compañeros. Todavía hoy es un símbolo nacional y da nombre a la gran fiesta popular de la capital, la Schueberfouer, que él mismo fundó en 1340.
Su hijo, Carlos IV, fue quizás el más grande de todos: emperador y rey de Bohemia, convirtió a Praga en una de las capitales de Europa, fundó su universidad y promulgó en 1356 la Bula de Oro, que fijó por siglos las reglas para elegir al emperador. En 1354, el territorio fue elevado de condado a ducado. La Casa de Luxemburgo dio también a los emperadores Wenceslao y Segismundo, pero se extinguió por línea masculina, y el ducado terminó cayendo, por herencia y compra, en manos de una potencia vecina en ascenso.
En 1443, el duque Felipe el Bueno de Borgoña se apoderó de Luxemburgo por la fuerza y lo incorporó a los vastos dominios borgoñones que ya reunían Flandes, Brabante y buena parte de los Países Bajos. Con esto, Luxemburgo dejó de tener vida propia como principado y pasó a ser una pieza más de un gran conjunto gobernado desde afuera, situación que se prolongaría durante casi cuatro siglos.
Cuando la heredera de Borgoña, María, se casó con Maximiliano de Habsburgo, todos esos territorios pasaron a la Casa de Austria. Su nieto, el emperador Carlos V —el mismo que reinaba sobre España y sus colonias americanas—, reunió Luxemburgo dentro de los Diecisiete Provincias de los Países Bajos. Cuando en 1556 Carlos abdicó y repartió su imperio, Luxemburgo quedó del lado español: pasó a formar parte de los Países Bajos españoles, gobernados desde Madrid a través de Bruselas.
Mientras las provincias del norte se rebelaban y fundaban la República Holandesa protestante, Luxemburgo permaneció católico y fiel a los Habsburgo. Fue un territorio de frontera, castigado por las guerras entre España y Francia. En 1684, las tropas de Luis XIV tomaron la fortaleza, y el gran ingeniero militar Vauban la reforzó y la convirtió en una obra maestra de la fortificación. Tras la Guerra de Sucesión Española, en 1714, Luxemburgo pasó de los Habsburgo españoles a los austríacos, y así siguió hasta la irrupción de la Revolución Francesa.
Ninguna imagen define mejor a Luxemburgo a lo largo de su historia que la de su fortaleza. Encaramada sobre los barrancos del Alzette y perfeccionada por sucesivas potencias —borgoñones, españoles, franceses de Vauban, austríacos y finalmente prusianos—, llegó a ser una de las plazas fuertes más poderosas del mundo. Por eso la apodaron el "Gibraltar del Norte": tres anillos de fortificaciones, veinticuatro fuertes, murallas colosales y una red de galerías subterráneas excavadas en la roca, las célebres casamatas, que podían albergar a miles de soldados con sus cañones, talleres y depósitos.
Esa formidable defensa hizo de la ciudad un premio permanente. Fue sitiada y tomada una y otra vez. En 1795, después de un asedio y bloqueo que se prolongó desde noviembre de 1794 hasta junio de 1795, la fortaleza se rindió a los ejércitos de la Revolución Francesa; se dice que fue uno de los sitios más duros de aquellas guerras. Bajo Napoleón, Luxemburgo fue anexado a Francia como el departamento de los Forêts.
La fortaleza fue, al mismo tiempo, la bendición y la maldición del país. Le dio importancia estratégica, pero convirtió a sus habitantes en rehenes de las guerras ajenas y en súbditos de guarniciones extranjeras. Su destino final llegaría en el siglo XIX, cuando las grandes potencias decidieron que esa roca era demasiado peligrosa para dejarla en pie.
Pocos países del mundo perdieron tanto territorio como Luxemburgo. Entre 1659 y 1839, tres particiones sucesivas redujeron el viejo Ducado de unos 10.700 kilómetros cuadrados a los apenas 2.586 que tiene hoy: se quedó con menos de una cuarta parte de lo que había sido.
La primera partición llegó con el Tratado de los Pirineos de 1659, que puso fin a la guerra entre Francia y España: Francia se quedó con las fortalezas de Thionville, Montmédy y Stenay y las tierras que las rodeaban. La segunda fue la más decisiva. Tras la derrota de Napoleón, el Congreso de Viena de 1815 rehízo el mapa de Europa y creó el Gran Ducado de Luxemburgo, cediéndole a la vez una franja oriental a Prusia. La tercera y última llegó con el Tratado de Londres del 28 de abril de 1839: la mitad occidental, de habla francesa, fue entregada a Bélgica —que se había independizado en 1830— y se convirtió en la actual provincia belga de Luxemburgo.
Esa amputación de 1839, aunque dolorosa, tuvo una consecuencia inesperada y fundamental: al fijar sus fronteras definitivas y separarlo de sus vecinos, le dio por primera vez al Gran Ducado un cuerpo propio y estable. La verdadera historia de Luxemburgo como país independiente empieza, en realidad, con lo que perdió en 1839.
Nacido en 1815, el Gran Ducado quedó en una posición ambigua: era un Estado con estatus legal propio, pero unido en unión personal a Guillermo I de Orange-Nassau, rey de los Países Bajos, que lo gobernaba como una posesión personal. Además, formaba parte de la Confederación Germánica, y una guarnición prusiana ocupaba la fortaleza de la capital. Luxemburgo pertenecía a dos mundos a la vez: dinásticamente holandés, militarmente alemán.
Esa contradicción estalló en 1867 en la llamada "crisis de Luxemburgo", cuando Napoleón III intentó comprarle el Gran Ducado al rey holandés y estuvo a punto de provocar una guerra con Prusia. Para desactivar el conflicto, la Conferencia de Londres de 1867 declaró a Luxemburgo Estado neutral a perpetuidad, obligó a los prusianos a retirarse y ordenó demoler la gran fortaleza. Desmantelarla llevó dieciséis años de trabajo —hasta 1883— y costó una fortuna, pero liberó a la ciudad de su corsé militar y le permitió, por fin, crecer.
El último lazo con los Países Bajos se cortó en 1890. Al morir el rey Guillermo III sin hijos varones, la corona holandesa pasó a su hija Guillermina, pero el trono luxemburgués, regido por el Pacto de Familia de Nassau de 1783 que exigía un heredero varón, pasó a otra rama de la casa: Adolfo de Nassau-Weilburg se convirtió en Gran Duque. Por primera vez desde la Edad Media, Luxemburgo tenía una dinastía propia y residente, la misma que reina hasta hoy.
A mediados del siglo XIX, Luxemburgo era un país pobre y agrícola, del que miles de personas emigraban a América buscando futuro. Todo cambió cuando se descubrió que el sur del país, en la franja fronteriza con Francia, estaba asentado sobre uno de los mayores yacimientos de mineral de hierro de Europa: la Minett, un mineral rojizo que tiñó la región y le dio su apodo, las "Terres Rouges", las tierras rojas.
Desde la década de 1870, con el país integrado en la unión aduanera alemana —el Zollverein—, brotaron altos hornos y acerías en localidades como Esch-sur-Alzette, Dudelange y Differdange. En 1911 nació ARBED, una empresa siderúrgica que llegó a ser gigantesca y que durante casi un siglo fue el corazón de la economía luxemburguesa, su principal empleadora y su símbolo. El acero convirtió a un país campesino en una potencia industrial per cápita y atrajo una oleada de inmigrantes, sobre todo italianos primero y portugueses después, que cambiaron para siempre la composición de la sociedad.
Esa prosperidad de acero tuvo también un costo humano y ambiental duro, con jornadas agotadoras, accidentes y conflictos obreros. Pero cimentó la riqueza del país y creó una clase trabajadora combativa. Cuando la industria pesada entró en crisis en los años setenta, Luxemburgo tuvo que reinventarse; hoy, de ARBED nació el grupo ArcelorMittal, uno de los mayores productores de acero del mundo.
La neutralidad garantizada en 1867 no sirvió de mucho cuando estalló la Primera Guerra Mundial. El 2 de agosto de 1914, el ejército alemán invadió y ocupó Luxemburgo para usarlo como vía de paso hacia Francia, en aplicación del Plan Schlieffen. La ocupación se prolongó hasta 1918. El gobierno y la joven Gran Duquesa Marie-Adélaïde optaron por una política de acomodación con los ocupantes, con la esperanza de preservar la independencia del país.
Esa actitud le costó carísimo a la monarquía. Terminada la guerra, con los aliados victoriosos y el país lleno de resentimiento, se acusó a Marie-Adélaïde de haber sido demasiado condescendiente con los alemanes. Bajo fuerte presión interna y externa, abdicó en enero de 1919 en favor de su hermana Charlotte, que reinaría durante casi medio siglo y se convertiría en una figura muy querida.
En medio de esa crisis, hubo incluso intentos republicanos y presiones para unir el país a Bélgica o a Francia. Para zanjar el asunto, en 1919 se convocó un referéndum: los luxemburgueses votaron abrumadoramente por mantener la monarquía con Charlotte y por estrechar lazos económicos. En 1921, el país firmó una unión económica con Bélgica (la UEBL), que ató las dos economías durante décadas. Luxemburgo salió del trance con su corona y su independencia intactas, pero con una lección grabada a fuego sobre la fragilidad de su neutralidad.
El 10 de mayo de 1940, la Alemania nazi volvió a invadir Luxemburgo, esta vez con intenciones muy distintas. La Gran Duquesa Charlotte y su gobierno lograron huir y formaron un gobierno en el exilio, primero en Londres, desde donde la voz de la soberana en la radio se volvió un símbolo de la resistencia. El país fue puesto bajo la administración de un Gauleiter, Gustav Simon, con un objetivo explícito: borrar la identidad luxemburguesa y "germanizar" a la población, a la que los nazis consideraban alemana. Se prohibieron el francés y hasta los apellidos afrancesados, y en 1942 el territorio fue anexado de hecho al Reich.
Los luxemburgueses respondieron con una resistencia notable. El episodio más famoso fue el censo de octubre de 1941: cuando las autoridades preguntaron a cada habitante por su nacionalidad, su lengua materna y su origen étnico esperando respuestas alemanas, la abrumadora mayoría contestó las tres veces "luxemburgués", un plebiscito silencioso contra la anexión. Cuando en agosto de 1942 los ocupantes impusieron el reclutamiento forzoso de los jóvenes en la Wehrmacht, estalló una huelga general que arrancó en Wiltz y paralizó el país. La represión fue brutal: 21 huelguistas fueron condenados a muerte y fusilados, y cientos de personas fueron deportadas. Miles de jóvenes luxemburgueses fueron obligados a vestir el uniforme alemán y enviados al frente oriental, donde muchos murieron o desertaron.
La pequeña comunidad judía del país sufrió la persecución y el exterminio: la mayoría fue obligada a huir o deportada a los campos, y varios cientos fueron asesinados en el Holocausto. La guerra volvió con toda su violencia en el invierno de 1944-1945, cuando la ofensiva alemana de las Ardenas —la batalla del Bulge— arrasó el norte del país; localidades como Clervaux, Wiltz, Vianden y Diekirch quedaron devastadas y unos 500 civiles murieron. La liberación definitiva llegó a comienzos de 1945.
La traumática experiencia de dos invasiones alemanas en treinta años convenció a Luxemburgo de que la neutralidad ya no lo protegía. Después de 1945, el país abandonó ese principio y se volcó de lleno a la cooperación internacional: fue miembro fundador de la ONU, integró el Benelux junto a Bélgica y los Países Bajos, y en 1949 se sumó a la OTAN, rompiendo con más de ochenta años de neutralidad declarada.
Y entonces le tocó un papel de protagonista en el nacimiento de la Europa unida. Robert Schuman, considerado uno de los "padres de Europa", había nacido en 1886 en Clausen, un barrio de la ciudad de Luxemburgo, aunque hizo su carrera política en Francia como ministro de Asuntos Exteriores. El 9 de mayo de 1950 —fecha que hoy se celebra como el Día de Europa— lanzó la Declaración Schuman, la propuesta de poner el carbón y el acero franco-alemanes bajo una autoridad común para hacer la guerra entre esos países "no solo impensable, sino materialmente imposible". De ahí nació en 1951 la Comunidad Europea del Carbón y del Acero (CECA), el primer ladrillo de la actual Unión Europea.
Que el proyecto naciera alrededor del acero le venía como anillo al dedo a un país acerero, y la ciudad de Luxemburgo fue elegida sede de la Alta Autoridad de la CECA. Desde entonces, el Gran Ducado se consolidó como una de las tres capitales de la UE, junto a Bruselas y Estrasburgo: en su meseta de Kirchberg tienen su sede el Tribunal de Justicia de la Unión Europea, el Banco Europeo de Inversiones, el Tribunal de Cuentas y la Secretaría del Parlamento Europeo, entre otras instituciones.
La crisis mundial de la siderurgia en los años setenta golpeó de lleno a un país que dependía casi por completo del acero. En lugar de hundirse, Luxemburgo hizo una apuesta audaz por diversificarse y convertirse en centro financiero internacional. Aprovechó una legislación favorable —que venía de la ley de sociedades holding de 1929—, una fiscalidad atractiva y su posición en el corazón de Europa. En 1963 se emitió y cotizó en su Bolsa el primer eurobono de la historia, y a partir de ahí la plaza financiera no dejó de crecer.
Hoy Luxemburgo es uno de los mayores centros de banca privada de la eurozona y, sobre todo, la segunda plaza mundial de fondos de inversión después de Estados Unidos, con billones de euros administrados. Esa transformación lo convirtió en uno de los países con mayor PBI por habitante del planeta, aunque también le trajo críticas y controversias internacionales por su papel en la ingeniería fiscal de grandes multinacionales, un debate que sigue abierto.
El otro rasgo que define al Luxemburgo actual es su carácter plurilingüe y cosmopolita. El país es oficialmente trilingüe: el luxemburgués (Lëtzebuergesch), una lengua germánica que es el idioma nacional desde la ley lingüística de 1984 y la lengua del corazón y la vida cotidiana; el francés, usado en las leyes y la administración; y el alemán, presente en la escuela y la prensa. A eso se suma que casi la mitad de sus residentes son extranjeros y que cada día cientos de miles de trabajadores fronterizos cruzan desde Francia, Bélgica y Alemania para emplearse en el Gran Ducado. Pocos lugares condensan tan bien, en tan poco espacio, la vieja encrucijada europea convertida en laboratorio del continente.