Mucho antes de que existiera el nombre "Luxemburgo", estas tierras onduladas entre el Mosela y las Ardenas estaban habitadas por los tréveros, un pueblo celta —con fuerte influencia germánica— que Julio César sometió durante la conquista de la Galia, a mediados del siglo I a.C. Su gran centro urbano quedaba justo al otro lado de la frontera actual, en la que sería Augusta Treverorum, la Tréveris romana, una de las ciudades más importantes del Imperio en el norte de Europa y a un paso del actual Gran Ducado.
Durante los siglos de dominio romano, el territorio se llenó de calzadas, villas agrícolas y pequeñas explotaciones. Sobrevivieron restos notables, como los mosaicos romanos que hoy se exhiben en Diekirch. Cuando el orden imperial se derrumbó, a partir del siglo V, quienes ocuparon el vacío fueron los francos, un pueblo germánico que se fue asentando en la región y que le daría a Europa su primera gran monarquía medieval.
Bajo los merovingios y después los carolingios, la zona formó parte del corazón del imperio de Carlomagno. Del reparto de ese imperio, sellado en el Tratado de Verdún de 843, saldría la larga historia de las tierras "del medio" —la Lotaringia— disputadas eternamente entre lo que sería Francia y lo que sería Alemania. Luxemburgo nacería, siglos después, justo sobre esa costura.
La fecha fundacional del país es precisa: el año 963. Ese año, el conde Sigfrido (Siegfried), un noble emparentado con las grandes casas de la región, hizo un intercambio de tierras con la abadía de San Maximino de Tréveris y se quedó con un promontorio rocoso que dominaba un recodo del río Alzette, el peñón conocido como el Bock. Ahí levantó una fortaleza a la que llamó Lucilinburhuc, palabra del germánico antiguo que significa, más o menos, "pequeña fortaleza". De esa deformación —Lucilinburhuc, Lützelburg, Luxembourg— salió el nombre del castillo, después de la ciudad y finalmente del país entero.
La elección no fue casual: el Bock era una posición defensiva casi perfecta, un espolón rodeado por los barrancos del Alzette y su afluente el Pétrusse. Alrededor del castillo se fueron instalando caballeros y soldados en la parte alta, mientras que artesanos y comerciantes se asentaban abajo, en el valle, junto al agua. Así nació la distinción, todavía visible hoy, entre la ciudad alta y la ciudad baja —el barrio del Grund—.
Durante el siglo siguiente, los descendientes de Sigfrido consolidaron el condado de Luxemburgo. Una verdadera ciudad, con murallas de piedra, recién terminó de tomar forma en la segunda mitad del siglo XII. Pero la semilla ya estaba plantada: un linaje ambicioso con una roca inexpugnable como base de poder.
Entre los siglos XIII y XV, la modesta casa condal de Luxemburgo protagonizó uno de los ascensos más espectaculares de la Edad Media europea. En 1308, Enrique VII de Luxemburgo fue elegido rey de Romanos y coronado emperador del Sacro Imperio Romano Germánico. Fue el primero de cuatro emperadores salidos de esta dinastía, un logro asombroso para una casa de un territorio tan chico.
La figura más querida de esa época es Juan el Ciego (Jean l'Aveugle), conde de Luxemburgo y rey de Bohemia, un caballero errante y aventurero que se quedó ciego pero igual siguió combatiendo. Murió heroicamente en 1346 en la batalla de Crécy, peleando del lado francés contra los ingleses; se cuenta que pidió que lo llevaran al combate atándole el caballo al de sus compañeros. Todavía hoy es un símbolo nacional y da nombre a la gran fiesta popular de la capital, la Schueberfouer, que él mismo fundó en 1340.
Su hijo, Carlos IV, fue quizás el más grande de todos: emperador y rey de Bohemia, convirtió a Praga en una de las capitales de Europa, fundó su universidad y promulgó en 1356 la Bula de Oro, que fijó por siglos las reglas para elegir al emperador. En 1354, el territorio fue elevado de condado a ducado. La Casa de Luxemburgo dio también a los emperadores Wenceslao y Segismundo, pero se extinguió por línea masculina, y el ducado terminó cayendo, por herencia y compra, en manos de una potencia vecina en ascenso.
En 1443, el duque Felipe el Bueno de Borgoña se apoderó de Luxemburgo por la fuerza y lo incorporó a los vastos dominios borgoñones que ya reunían Flandes, Brabante y buena parte de los Países Bajos. Con esto, Luxemburgo dejó de tener vida propia como principado y pasó a ser una pieza más de un gran conjunto gobernado desde afuera, situación que se prolongaría durante casi cuatro siglos.
Cuando la heredera de Borgoña, María, se casó con Maximiliano de Habsburgo, todos esos territorios pasaron a la Casa de Austria. Su nieto, el emperador Carlos V —el mismo que reinaba sobre España y sus colonias americanas—, reunió Luxemburgo dentro de los Diecisiete Provincias de los Países Bajos. Cuando en 1556 Carlos abdicó y repartió su imperio, Luxemburgo quedó del lado español: pasó a formar parte de los Países Bajos españoles, gobernados desde Madrid a través de Bruselas.
Mientras las provincias del norte se rebelaban y fundaban la República Holandesa protestante, Luxemburgo permaneció católico y fiel a los Habsburgo. Fue un territorio de frontera, castigado por las guerras entre España y Francia. En 1684, las tropas de Luis XIV tomaron la fortaleza, y el gran ingeniero militar Vauban la reforzó y la convirtió en una obra maestra de la fortificación. Tras la Guerra de Sucesión Española, en 1714, Luxemburgo pasó de los Habsburgo españoles a los austríacos, y así siguió hasta la irrupción de la Revolución Francesa.
Ninguna imagen define mejor a Luxemburgo a lo largo de su historia que la de su fortaleza. Encaramada sobre los barrancos del Alzette y perfeccionada por sucesivas potencias —borgoñones, españoles, franceses de Vauban, austríacos y finalmente prusianos—, llegó a ser una de las plazas fuertes más poderosas del mundo. Por eso la apodaron el "Gibraltar del Norte": tres anillos de fortificaciones, veinticuatro fuertes, murallas colosales y una red de galerías subterráneas excavadas en la roca, las célebres casamatas, que podían albergar a miles de soldados con sus cañones, talleres y depósitos.
Esa formidable defensa hizo de la ciudad un premio permanente. Fue sitiada y tomada una y otra vez. En 1795, después de un asedio y bloqueo que se prolongó desde noviembre de 1794 hasta junio de 1795, la fortaleza se rindió a los ejércitos de la Revolución Francesa; se dice que fue uno de los sitios más duros de aquellas guerras. Bajo Napoleón, Luxemburgo fue anexado a Francia como el departamento de los Forêts.
La fortaleza fue, al mismo tiempo, la bendición y la maldición del país. Le dio importancia estratégica, pero convirtió a sus habitantes en rehenes de las guerras ajenas y en súbditos de guarniciones extranjeras. Su destino final llegaría en el siglo XIX, cuando las grandes potencias decidieron que esa roca era demasiado peligrosa para dejarla en pie.
Pocos países del mundo perdieron tanto territorio como Luxemburgo. Entre 1659 y 1839, tres particiones sucesivas redujeron el viejo Ducado de unos 10.700 kilómetros cuadrados a los apenas 2.586 que tiene hoy: se quedó con menos de una cuarta parte de lo que había sido.
La primera partición llegó con el Tratado de los Pirineos de 1659, que puso fin a la guerra entre Francia y España: Francia se quedó con las fortalezas de Thionville, Montmédy y Stenay y las tierras que las rodeaban. La segunda fue la más decisiva. Tras la derrota de Napoleón, el Congreso de Viena de 1815 rehízo el mapa de Europa y creó el Gran Ducado de Luxemburgo, cediéndole a la vez una franja oriental a Prusia. La tercera y última llegó con el Tratado de Londres del 28 de abril de 1839: la mitad occidental, de habla francesa, fue entregada a Bélgica —que se había independizado en 1830— y se convirtió en la actual provincia belga de Luxemburgo.
Esa amputación de 1839, aunque dolorosa, tuvo una consecuencia inesperada y fundamental: al fijar sus fronteras definitivas y separarlo de sus vecinos, le dio por primera vez al Gran Ducado un cuerpo propio y estable. La verdadera historia de Luxemburgo como país independiente empieza, en realidad, con lo que perdió en 1839.
Nacido en 1815, el Gran Ducado quedó en una posición ambigua: era un Estado con estatus legal propio, pero unido en unión personal a Guillermo I de Orange-Nassau, rey de los Países Bajos, que lo gobernaba como una posesión personal. Además, formaba parte de la Confederación Germánica, y una guarnición prusiana ocupaba la fortaleza de la capital. Luxemburgo pertenecía a dos mundos a la vez: dinásticamente holandés, militarmente alemán.
Esa contradicción estalló en 1867 en la llamada "crisis de Luxemburgo", cuando Napoleón III intentó comprarle el Gran Ducado al rey holandés y estuvo a punto de provocar una guerra con Prusia. Para desactivar el conflicto, la Conferencia de Londres de 1867 declaró a Luxemburgo Estado neutral a perpetuidad, obligó a los prusianos a retirarse y ordenó demoler la gran fortaleza. Desmantelarla llevó dieciséis años de trabajo —hasta 1883— y costó una fortuna, pero liberó a la ciudad de su corsé militar y le permitió, por fin, crecer.
El último lazo con los Países Bajos se cortó en 1890. Al morir el rey Guillermo III sin hijos varones, la corona holandesa pasó a su hija Guillermina, pero el trono luxemburgués, regido por el Pacto de Familia de Nassau de 1783 que exigía un heredero varón, pasó a otra rama de la casa: Adolfo de Nassau-Weilburg se convirtió en Gran Duque. Por primera vez desde la Edad Media, Luxemburgo tenía una dinastía propia y residente, la misma que reina hasta hoy.
A mediados del siglo XIX, Luxemburgo era un país pobre y agrícola, del que miles de personas emigraban a América buscando futuro. Todo cambió cuando se descubrió que el sur del país, en la franja fronteriza con Francia, estaba asentado sobre uno de los mayores yacimientos de mineral de hierro de Europa: la Minett, un mineral rojizo que tiñó la región y le dio su apodo, las "Terres Rouges", las tierras rojas.
Desde la década de 1870, con el país integrado en la unión aduanera alemana —el Zollverein—, brotaron altos hornos y acerías en localidades como Esch-sur-Alzette, Dudelange y Differdange. En 1911 nació ARBED, una empresa siderúrgica que llegó a ser gigantesca y que durante casi un siglo fue el corazón de la economía luxemburguesa, su principal empleadora y su símbolo. El acero convirtió a un país campesino en una potencia industrial per cápita y atrajo una oleada de inmigrantes, sobre todo italianos primero y portugueses después, que cambiaron para siempre la composición de la sociedad.
Esa prosperidad de acero tuvo también un costo humano y ambiental duro, con jornadas agotadoras, accidentes y conflictos obreros. Pero cimentó la riqueza del país y creó una clase trabajadora combativa. Cuando la industria pesada entró en crisis en los años setenta, Luxemburgo tuvo que reinventarse; hoy, de ARBED nació el grupo ArcelorMittal, uno de los mayores productores de acero del mundo.
La neutralidad garantizada en 1867 no sirvió de mucho cuando estalló la Primera Guerra Mundial. El 2 de agosto de 1914, el ejército alemán invadió y ocupó Luxemburgo para usarlo como vía de paso hacia Francia, en aplicación del Plan Schlieffen. La ocupación se prolongó hasta 1918. El gobierno y la joven Gran Duquesa Marie-Adélaïde optaron por una política de acomodación con los ocupantes, con la esperanza de preservar la independencia del país.
Esa actitud le costó carísimo a la monarquía. Terminada la guerra, con los aliados victoriosos y el país lleno de resentimiento, se acusó a Marie-Adélaïde de haber sido demasiado condescendiente con los alemanes. Bajo fuerte presión interna y externa, abdicó en enero de 1919 en favor de su hermana Charlotte, que reinaría durante casi medio siglo y se convertiría en una figura muy querida.
En medio de esa crisis, hubo incluso intentos republicanos y presiones para unir el país a Bélgica o a Francia. Para zanjar el asunto, en 1919 se convocó un referéndum: los luxemburgueses votaron abrumadoramente por mantener la monarquía con Charlotte y por estrechar lazos económicos. En 1921, el país firmó una unión económica con Bélgica (la UEBL), que ató las dos economías durante décadas. Luxemburgo salió del trance con su corona y su independencia intactas, pero con una lección grabada a fuego sobre la fragilidad de su neutralidad.
El 10 de mayo de 1940, la Alemania nazi volvió a invadir Luxemburgo, esta vez con intenciones muy distintas. La Gran Duquesa Charlotte y su gobierno lograron huir y formaron un gobierno en el exilio, primero en Londres, desde donde la voz de la soberana en la radio se volvió un símbolo de la resistencia. El país fue puesto bajo la administración de un Gauleiter, Gustav Simon, con un objetivo explícito: borrar la identidad luxemburguesa y "germanizar" a la población, a la que los nazis consideraban alemana. Se prohibieron el francés y hasta los apellidos afrancesados, y en 1942 el territorio fue anexado de hecho al Reich.
Los luxemburgueses respondieron con una resistencia notable. El episodio más famoso fue el censo de octubre de 1941: cuando las autoridades preguntaron a cada habitante por su nacionalidad, su lengua materna y su origen étnico esperando respuestas alemanas, la abrumadora mayoría contestó las tres veces "luxemburgués", un plebiscito silencioso contra la anexión. Cuando en agosto de 1942 los ocupantes impusieron el reclutamiento forzoso de los jóvenes en la Wehrmacht, estalló una huelga general que arrancó en Wiltz y paralizó el país. La represión fue brutal: 21 huelguistas fueron condenados a muerte y fusilados, y cientos de personas fueron deportadas. Miles de jóvenes luxemburgueses fueron obligados a vestir el uniforme alemán y enviados al frente oriental, donde muchos murieron o desertaron.
La pequeña comunidad judía del país sufrió la persecución y el exterminio: la mayoría fue obligada a huir o deportada a los campos, y varios cientos fueron asesinados en el Holocausto. La guerra volvió con toda su violencia en el invierno de 1944-1945, cuando la ofensiva alemana de las Ardenas —la batalla del Bulge— arrasó el norte del país; localidades como Clervaux, Wiltz, Vianden y Diekirch quedaron devastadas y unos 500 civiles murieron. La liberación definitiva llegó a comienzos de 1945.
La traumática experiencia de dos invasiones alemanas en treinta años convenció a Luxemburgo de que la neutralidad ya no lo protegía. Después de 1945, el país abandonó ese principio y se volcó de lleno a la cooperación internacional: fue miembro fundador de la ONU, integró el Benelux junto a Bélgica y los Países Bajos, y en 1949 se sumó a la OTAN, rompiendo con más de ochenta años de neutralidad declarada.
Y entonces le tocó un papel de protagonista en el nacimiento de la Europa unida. Robert Schuman, considerado uno de los "padres de Europa", había nacido en 1886 en Clausen, un barrio de la ciudad de Luxemburgo, aunque hizo su carrera política en Francia como ministro de Asuntos Exteriores. El 9 de mayo de 1950 —fecha que hoy se celebra como el Día de Europa— lanzó la Declaración Schuman, la propuesta de poner el carbón y el acero franco-alemanes bajo una autoridad común para hacer la guerra entre esos países "no solo impensable, sino materialmente imposible". De ahí nació en 1951 la Comunidad Europea del Carbón y del Acero (CECA), el primer ladrillo de la actual Unión Europea.
Que el proyecto naciera alrededor del acero le venía como anillo al dedo a un país acerero, y la ciudad de Luxemburgo fue elegida sede de la Alta Autoridad de la CECA. Desde entonces, el Gran Ducado se consolidó como una de las tres capitales de la UE, junto a Bruselas y Estrasburgo: en su meseta de Kirchberg tienen su sede el Tribunal de Justicia de la Unión Europea, el Banco Europeo de Inversiones, el Tribunal de Cuentas y la Secretaría del Parlamento Europeo, entre otras instituciones.
La crisis mundial de la siderurgia en los años setenta golpeó de lleno a un país que dependía casi por completo del acero. En lugar de hundirse, Luxemburgo hizo una apuesta audaz por diversificarse y convertirse en centro financiero internacional. Aprovechó una legislación favorable —que venía de la ley de sociedades holding de 1929—, una fiscalidad atractiva y su posición en el corazón de Europa. En 1963 se emitió y cotizó en su Bolsa el primer eurobono de la historia, y a partir de ahí la plaza financiera no dejó de crecer.
Hoy Luxemburgo es uno de los mayores centros de banca privada de la eurozona y, sobre todo, la segunda plaza mundial de fondos de inversión después de Estados Unidos, con billones de euros administrados. Esa transformación lo convirtió en uno de los países con mayor PBI por habitante del planeta, aunque también le trajo críticas y controversias internacionales por su papel en la ingeniería fiscal de grandes multinacionales, un debate que sigue abierto.
El otro rasgo que define al Luxemburgo actual es su carácter plurilingüe y cosmopolita. El país es oficialmente trilingüe: el luxemburgués (Lëtzebuergesch), una lengua germánica que es el idioma nacional desde la ley lingüística de 1984 y la lengua del corazón y la vida cotidiana; el francés, usado en las leyes y la administración; y el alemán, presente en la escuela y la prensa. A eso se suma que casi la mitad de sus residentes son extranjeros y que cada día cientos de miles de trabajadores fronterizos cruzan desde Francia, Bélgica y Alemania para emplearse en el Gran Ducado. Pocos lugares condensan tan bien, en tan poco espacio, la vieja encrucijada europea convertida en laboratorio del continente.
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La ciudad de Luxemburgo es, literalmente, el origen del país. Todo empezó en el año 963, cuando el conde Sigfrido levantó su castillo sobre el peñón del Bock, un espolón rocoso rodeado por los meandros del río Alzette y su afluente el Pétrusse. La geografía hizo el resto: la ciudad se ordenó en dos niveles, la ciudad alta amurallada sobre las mesetas y la ciudad baja en los valles, una disposición vertiginosa que todavía hoy asombra a quien la visita.
Durante siglos, la vida de la ciudad estuvo dominada por su condición de plaza fuerte. Cada potencia que la controló —borgoñones, españoles, franceses, austríacos, prusianos— fue agregando anillos de murallas, baluartes y fuertes, hasta hacer de ella una de las fortalezas más poderosas de Europa. Esa muralla constante limitó su crecimiento: la ciudad no pudo expandirse libremente hasta que las fortificaciones fueron demolidas tras 1867. La parte antigua de la ciudad y sus fortificaciones fueron declaradas Patrimonio de la Humanidad por la Unesco en 1994, un reconocimiento a ese paisaje único de barrancos, murallas y puentes.
Lo más impresionante de la fortaleza de Luxemburgo no está a la vista, sino excavado en la propia roca. Las casamatas del Bock y del Pétrusse son una red de galerías subterráneas tallada en la piedra arenisca a partir del siglo XVIII, primero por los españoles y luego perfeccionada por austríacos y franceses. Llegaron a sumar kilómetros de túneles capaces de albergar a miles de soldados con sus cañones, caballos, talleres, cocinas y depósitos: una verdadera ciudad militar bajo tierra.
Cuando la Conferencia de Londres de 1867 ordenó desmantelar la fortaleza, demoler estas galerías por completo habría puesto en peligro medio centro urbano, así que buena parte se conservó. Esa suerte permitió que las casamatas cumplieran un último servicio inesperado: durante la Segunda Guerra Mundial funcionaron como refugios antiaéreos para la población civil, con capacidad para decenas de miles de personas. Hoy son una de las visitas imprescindibles de la ciudad y el testimonio más vívido de su pasado guerrero.
Al pie de los acantilados, en el fondo del valle del Alzette, se extienden los barrios de la ciudad baja: el Grund, Clausen y Pfaffenthal. Fue ahí donde, desde los orígenes medievales, se instalaron los artesanos, los curtidores, los cerveceros y la gente de oficio, mientras la nobleza y las guarniciones ocupaban la ciudad alta. Con sus casas de piedra apiñadas junto al agua, sus puentes y sus antiguas abadías, el Grund conserva el aire de la Luxemburgo popular de antaño.
El barrio de Clausen tiene un valor especial para la historia europea: ahí nació en 1886 Robert Schuman, uno de los padres fundadores de la Unión Europea. Hoy la ciudad baja, antaño humilde, es una de las zonas más pintorescas y animadas de la capital, con bares y restaurantes junto al río, conectada con la ciudad alta por un ascensor panorámico excavado en la roca que salva de un salto los casi setenta metros de desnivel.
En la meseta de Kirchberg, al noreste del centro histórico, se levanta la Luxemburgo del siglo XXI. Donde antes había campos y antiguos terrenos militares, a partir de los años sesenta se fue construyendo un barrio de instituciones europeas y torres de vidrio. Fue la consecuencia natural de que la ciudad hubiera sido elegida en 1952 sede de la Alta Autoridad de la Comunidad Europea del Carbón y del Acero, el embrión de la actual Unión Europea.
Hoy Kirchberg alberga el Tribunal de Justicia de la Unión Europea, el Banco Europeo de Inversiones, el Tribunal de Cuentas, la Secretaría del Parlamento Europeo y otras oficinas comunitarias, además de bancos, el museo de arte moderno Mudam y la sala de conciertos Philharmonie. Junto con Bruselas y Estrasburgo, la ciudad de Luxemburgo es una de las tres capitales de la Unión, un papel enorme para una urbe de apenas unos 130.000 habitantes.
En la plaza de la Constitución, asomada al barranco del Pétrusse, se alza el monumento más querido de la capital: la Gëlle Fra, la "dama dorada", una figura de la Victoria sobre un obelisco erigida en 1923 en homenaje a los luxemburgueses caídos como voluntarios en la Primera Guerra Mundial. Su historia resume la del país en el siglo XX: durante la ocupación nazi, en 1940, los alemanes derribaron el monumento por considerarlo un símbolo del patriotismo luxemburgués. La estatua desapareció durante décadas y recién fue recuperada y reinstalada en 1985.
La capital guarda muchas otras huellas de esa memoria, desde los refugios de las casamatas hasta los recuerdos de la liberación por las tropas estadounidenses en septiembre de 1944. Muy cerca, en el vecino Hamm, se encuentra el cementerio militar americano donde reposa el general George Patton, junto a miles de soldados caídos en la batalla de las Ardenas, un lugar de peregrinación para entender lo que significó la guerra en esta esquina de Europa.
El norte de Luxemburgo, que los luxemburgueses llaman Éislek (Ösling en alemán, Oesling en francés), es un mundo aparte dentro de un país ya de por sí pequeño. Es la prolongación de la meseta de las Ardenas que se extiende desde Bélgica: un paisaje de colinas boscosas, valles encajados y ríos como el Sûre, el Our y el Clerve, muy distinto de las tierras fértiles y llanas del sur, el Gutland.
Históricamente fue la región más pobre y aislada del país, de suelos delgados y clima duro, donde la vida dependía de la agricultura de montaña, la ganadería y la explotación de la pizarra. Esa dureza empujó a muchos de sus habitantes a emigrar en el siglo XIX. Hoy, en cambio, sus bosques, sus ríos y su despoblación relativa la han convertido en un destino de naturaleza, senderismo y turismo tranquilo, salpicado de algunos de los castillos más espectaculares de Europa.
Sobre una colina que domina el valle del Our se alza el castillo de Vianden, uno de los conjuntos fortificados medievales más grandes y bellos al oeste del Rin. Construido entre los siglos XI y XIV sobre antiguos cimientos romanos y carolingios, fue la residencia de los poderosos condes de Vianden, emparentados con las grandes casas del Imperio. Con el tiempo cayó en ruinas, pero fue cuidadosamente restaurado en el siglo XX y hoy es el monumento más visitado del país.
Vianden tiene además un lazo célebre con la literatura. El escritor francés Victor Hugo, exiliado y enamorado del lugar, lo visitó varias veces y pasó allí unos meses en 1871; dejó dibujos de las ruinas del castillo y páginas de admiración por el pueblo. La casa donde se alojó, junto al puente sobre el Our, es hoy un pequeño museo dedicado a él. El pueblo, con sus calles empinadas y su telesilla que sube hasta las alturas, es una de las postales más queridas de Luxemburgo.
Vianden no está solo. El norte de Luxemburgo es, sencillamente, tierra de castillos, sembrada de fortalezas que dan fe de una Edad Media de señoríos, guerras fronterizas y linajes rivales. El castillo de Bourscheid, encaramado sobre un meandro del río Sûre a más de 150 metros de altura, es uno de los más imponentes: unas ruinas medievales de origen milenario con vistas de 360 grados sobre el valle.
En el extremo norte, el castillo blanco de Clervaux domina un pueblo encajado entre laderas boscosas. Además de su interés histórico, alberga desde 1994 una de las exposiciones fotográficas más famosas del mundo, "The Family of Man", concebida por el fotógrafo Edward Steichen —nacido en Luxemburgo en 1879— e inscrita en el registro Memoria del Mundo de la Unesco. Estos castillos, muchos de ellos parcialmente destruidos en las guerras y luego restaurados, son el hilo que cose la identidad histórica del Éislek.
El norte luxemburgués guarda uno de los episodios más heroicos de la resistencia contra el nazismo. En agosto de 1942, cuando el ocupante alemán decretó el reclutamiento forzoso de los jóvenes luxemburgueses en la Wehrmacht, la indignación desató una huelga general que estalló primero en Wiltz, en el corazón de las Ardenas, y se extendió por todo el país paralizando fábricas, escuelas y administraciones.
La respuesta nazi fue implacable: se declaró el estado de excepción, un tribunal especial condenó a muerte a 21 huelguistas, que fueron fusilados, y cientos de personas fueron detenidas y deportadas a campos de concentración. La huelga de 1942 —una de las pocas huelgas generales abiertas contra la ocupación alemana en toda Europa occidental— se convirtió en un símbolo de la dignidad nacional. En Wiltz, un monumento nacional a la huelga recuerda a las víctimas de aquella jornada.
El invierno de 1944-1945 convirtió al Éislek en un campo de batalla. Tras la liberación de la mayor parte del país por las tropas estadounidenses en septiembre de 1944, Hitler lanzó el 16 de diciembre su última gran ofensiva en el oeste a través de las Ardenas de Bélgica y Luxemburgo: la batalla del Bulge. El norte luxemburgués quedó en primera línea. Pueblos como Clervaux, Wiltz, Vianden y Diekirch sufrieron combates encarnizados, bombardeos y destrucción, y decenas de miles de habitantes tuvieron que huir como refugiados; unos 500 civiles luxemburgueses perdieron la vida.
La región conserva viva esa memoria. En Diekirch, el Museo Nacional de Historia Militar está dedicado sobre todo a la batalla de las Ardenas, y en Ettelbruck, nudo de comunicaciones de la zona, un memorial recuerda al general George Patton, cuyo Tercer Ejército liberó definitivamente la región. Cada localidad del Éislek tiene su placa, su tanque expuesto o su monumento a los caídos: el norte de Luxemburgo es, en buena medida, un enorme memorial al aire libre de la Segunda Guerra Mundial.
En el este del país, entre el valle del Sûre y el del Mosela, se extiende la región del Mullerthal, apodada la "Pequeña Suiza luxemburguesa" por su paisaje sorprendentemente abrupto para un país sin montañas verdaderas. No es obra de la altitud, sino de la geología: aquí aflora una gruesa capa de arenisca del Luxemburgo, una roca blanda que el agua y el tiempo han esculpido durante millones de años en gargantas estrechas, farallones, cuevas y bloques caprichosos cubiertos de musgo y helechos.
Esos bosques húmedos y esas formaciones rocosas hicieron del Mullerthal un destino de senderismo célebre en toda Europa. El famoso Sendero Mullerthal (Mullerthal Trail), de más de cien kilómetros, serpentea entre desfiladeros como el Schiessentümpel, con su pequeña cascada y su puente de piedra, una de las imágenes naturales más reproducidas del país. La región ofrece la cara verde y tranquila de Luxemburgo, muy distinta de sus castillos guerreros o sus torres financieras.
A orillas del río Sûre, en la frontera con Alemania, Echternach es la ciudad más antigua de Luxemburgo. Su origen se remonta al año 698, cuando el monje anglosajón Willibrord, evangelizador de la región, recibió unas tierras de la aristócrata Irmina de Oeren y fundó allí una abadía benedictina. Desde ese monasterio, Willibrord —hoy patrón del país— dirigió la cristianización de amplias zonas de Frisia y del noroeste europeo.
La abadía de Echternach se convirtió en un centro cultural de primer orden en plena Alta Edad Media. Su scriptorium produjo manuscritos iluminados de fama europea, como el célebre Codex Aureus de Echternach, joyas del arte medieval. La ciudad conserva la basílica que guarda la tumba de Willibrord y un casco histórico de aire señorial. Con los siglos, la abadía perdió poder —fue disuelta durante la Revolución Francesa—, pero Echternach nunca dejó de ser el corazón espiritual e histórico del este luxemburgués.
Cada martes de Pentecostés, Echternach protagoniza una tradición única en el mundo: la procesión danzante o saltarina (Sprangprëssessioun). Miles de peregrinos avanzan por las calles de la ciudad hacia la tumba de San Willibrord moviéndose al ritmo de una melodía repetida, en filas tomadas por pañuelos, dando una suerte de pasos saltados hacia adelante. Es una manifestación de fe popular que se remonta a la Edad Media y que se ha mantenido viva durante siglos, más allá de guerras y prohibiciones.
En 2010, la Unesco inscribió la procesión saltarina de Echternach en su Lista Representativa del Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad, un reconocimiento a su antigüedad y su vigencia. Junto con la fortaleza de la capital y las fortificaciones, es uno de los grandes emblemas de Luxemburgo en las listas de la Unesco, y convierte a Echternach, una vez al año, en el centro de una devoción multitudinaria.
Como todo Luxemburgo, también el Mullerthal tiene sus castillos, solo que aquí surgen entre roquedales y espesuras. En Beaufort conviven dos fortalezas vecinas: por un lado, las ruinas de un castillo medieval levantado sobre la arenisca a partir del siglo XI, con sus torres y fosos; por otro, un elegante castillo renacentista construido al lado en el siglo XVII. El sitio es célebre además por su licor de grosella negra, el Cassero, elaborado tradicionalmente en el lugar.
Más al oeste, el pueblito de Larochette se encaja en un valle boscoso dominado por las ruinas de un castillo medieval encaramado sobre un acantilado de arenisca. Estos conjuntos, ligados a antiguos señoríos locales, fueron destruidos y abandonados a lo largo de los siglos y luego rescatados como monumentos. Rodeados de senderos, cuevas y formaciones rocosas, son la forma que tiene la historia de asomarse al paisaje del Mullerthal.
El Mullerthal fue siempre una tierra de frontera. El río Sûre, que hoy marca buena parte del límite con Alemania, unió y separó a la vez a las poblaciones de las dos orillas, que durante siglos compartieron lengua, comercio y fe. Echternach y la vecina ciudad alemana quedaron conectadas por puentes y por el trasiego constante de peregrinos, mercaderes y, en tiempos duros, ejércitos.
Esa condición fronteriza dejó su marca en las guerras del siglo XX, cuando el Sûre fue línea de combate durante la ofensiva de las Ardenas y muchas localidades sufrieron daños. Superado aquello, la región apostó por su enorme patrimonio natural: hoy el Mullerthal es un parque de bosques protegidos, senderos y pueblos tranquilos, un destino donde la historia milenaria de Echternach convive con el turismo verde y sostenible. Es, en pequeño, la síntesis de un país que aprendió a transformar sus fronteras de heridas en puentes.
En el sureste del país, el río Mosela dibuja la frontera con Alemania y crea el paisaje más soleado y dulce de Luxemburgo: laderas cubiertas de viñedos en terrazas que se asoman al agua. La viticultura llegó aquí con los romanos, hace casi dos mil años, y nunca se fue: es una de las tradiciones económicas más antiguas y continuas del país.
El Mosela luxemburgués es tierra de vinos blancos —Riesling, Pinot gris, Auxerrois, el histórico Elbling— y, sobre todo, de crémant, el espumante elaborado según el método tradicional que es hoy uno de los productos estrella del país. Pueblos ribereños como Remich, apodado "la perla del Mosela", y Grevenmacher viven de las bodegas y de las cavas subterráneas donde el vino reposa y se degusta. El paseo fluvial, las catas y los cruceros por el río hacen de esta región vinícola un contrapunto luminoso a los castillos del norte.
En el extremo sur del valle del Mosela, en el punto donde se tocan Luxemburgo, Francia y Alemania, hay un pueblito de viñedos cuyo nombre dio la vuelta al mundo: Schengen. Fue allí, el 14 de junio de 1985, a bordo del barco Princesse Marie-Astrid amarrado en el río, donde representantes de cinco países firmaron el Acuerdo de Schengen, que sentó las bases para suprimir los controles en las fronteras interiores de buena parte de Europa.
La elección del lugar no fue casual: se buscó deliberadamente ese rincón tripartito, símbolo del encuentro entre naciones que durante siglos se habían hecho la guerra. De aquel acuerdo nació el actual espacio Schengen, por el que hoy circulan libremente cientos de millones de personas sin mostrar el pasaporte. Que semejante idea llevara el nombre de un pueblo de Luxemburgo es una síntesis perfecta de la historia del país: la vieja tierra de fronteras y fortalezas convertida en cuna de la libre circulación europea. Hoy Schengen tiene un museo europeo dedicado a esa hazaña.
El sur del país, en la franja fronteriza con Francia, es otro mundo completamente distinto: es la cuna industrial de Luxemburgo. Bajo su suelo se extiende la Minett, el yacimiento de mineral de hierro que a partir de la década de 1870 transformó una comarca campesina en el corazón siderúrgico del país. El mineral rojizo tiñó la tierra y le dio su nombre: las "Terres Rouges", las tierras rojas.
Durante un siglo, los altos hornos de Esch-sur-Alzette, Dudelange, Differdange y Rumelange marcaron el ritmo de la vida. La gran empresa ARBED, fundada en 1911, empleó a generaciones de obreros y atrajo oleadas de inmigrantes italianos y portugueses que rehicieron la sociedad del sur. Fue una región de sindicatos fuertes, de barrios obreros, de una cultura de trabajo y solidaridad muy distinta del resto del Gran Ducado. Cuando la crisis mundial del acero golpeó en los años setenta, el sur sufrió como ninguna otra parte del país el cierre de fábricas y la reconversión.
Esch-sur-Alzette, la segunda ciudad del país, es el símbolo de esa reconversión. Corazón de la siderurgia, tuvo que reinventarse cuando la industria pesada entró en declive. El proyecto más ambicioso surgió en el antiguo complejo siderúrgico de Belval, en Esch: en lugar de demoler los gigantescos altos hornos apagados, se decidió conservarlos como patrimonio y levantar a su alrededor un barrio nuevo.
Así nació la Cité des Sciences, donde en torno a los viejos hornos de Belval se instaló, a partir de 2003, la joven Universidad de Luxemburgo, junto a centros de investigación, viviendas y espacios culturales. La imagen de estudiantes y laboratorios a la sombra de las estructuras oxidadas de la vieja industria es una de las más potentes del país. El reconocimiento culminó en 2022, cuando Esch-sur-Alzette y su región minera fueron Capital Europea de la Cultura, una consagración para una comarca que pasó del hierro al conocimiento.
Más que cualquier otra parte de Luxemburgo, el sur es un crisol. La demanda de mano de obra de las minas y las acerías atrajo desde fines del siglo XIX a decenas de miles de trabajadores extranjeros: primero italianos, que dejaron una huella profunda en la cultura y la gastronomía locales, y desde los años sesenta portugueses, hoy la mayor comunidad extranjera del país. Esa inmigración explica en buena parte por qué Luxemburgo es hoy una sociedad donde casi la mitad de los residentes nació en el exterior.
El sur guarda también una memoria obrera y política intensa. Fue escenario de huelgas históricas y de fuertes tradiciones sindicales y socialistas, y sufrió de lleno las persecuciones durante la ocupación nazi. Museos como el de la mina en Rumelange conservan la memoria de aquel mundo del trabajo bajo tierra. Comprender el sur —su hierro, su gente venida de lejos, sus luchas— es comprender cómo un país diminuto y antaño pobre llegó a convertirse en una de las sociedades más prósperas y diversas de Europa.