Steg y el Valünatal son el secreto mejor guardado de la montaña de Liechtenstein: un rincón de calma absoluta a 1.300 metros, a un paso del bullicio esquiador de Malbun pero en las antípodas de su ajetreo. Steg es una aldea diminuta en la carretera de montaña; el Valünatal, el valle lateral que se abre a su lado, es un remanso de prados, bosques y el rumor del arroyo Samina, uno de esos lugares donde el tiempo parece detenerse.
En invierno, el Valünatal se convierte en el paraíso del esquí de fondo del país: kilómetros de pistas preparadas (la Valünaloipe) serpentean por el valle nevado, con un tramo iluminado para deslizarse al anochecer, y un sendero de invierno acompaña el arroyo entre árboles cubiertos de nieve. En verano, el mismo valle se llena de verde y de silencio, perfecto para caminar sin prisa. Es la cara más tranquila y contemplativa de la alta montaña de Liechtenstein.
Esta guía recorre Steg y el Valünatal con mirada práctica y cálida: qué hacer en cada estación, cómo llegar por la carretera de montaña y su histórico túnel, dónde practicar esquí de fondo o pasear, y cómo combinar este remanso con la vecina Malbun. Es un destino para amantes de la naturaleza y la calma, que buscan el lado más sereno del principado, lejos de las multitudes.
Como Malbun, Steg y el Valünatal fueron durante siglos pastos de altura ('alpen') del municipio de Triesenberg, usados en verano por los ganaderos walser que subían el ganado desde el valle del Rin. El nombre 'Valüna' y su valle, atravesado por el arroyo Samina, formaban parte de esa economía de trashumancia de alta montaña. La gran transformación llegó con la apertura de la carretera de montaña que une Vaduz con Malbun: en 1947 se inauguró el túnel de Gnalp-Steg, una obra clave que hizo accesible durante todo el año esta zona alta, antes aislada por la nieve y el terreno abrupto. A partir de entonces, Steg y el Valünatal se integraron en el desarrollo turístico de la montaña de Liechtenstein, especializándose en el esquí de fondo y el senderismo tranquilo, como complemento sereno de la estación de esquí alpino de Malbun. La historia completa de la montaña y de los walser que la poblaron está en nuestra página de historia.
Leer la historia completa ↓La cara alpina del país: Malbun, la única estación de esquí del principado, y el valle vecino de Steg y el Valünatal, un rincón de alta montaña para caminar, esquiar de fondo y respirar calma.
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Origen, formación y qué dicen las fuentes.
A pocos minutos del bullicio esquiador de Malbun, la carretera de montaña roza una aldea diminuta de la que casi nadie habla, y a su lado se abre un valle que parece de otro tiempo. Es Steg, y es el Valünatal: el rincón más callado de la montaña de Liechtenstein, un lugar donde el ruido más fuerte es el del arroyo Samina saltando entre las piedras, y donde en invierno solo se oye el susurro de los esquís de fondo sobre la nieve. Si Vaduz es la vitrina del país y Malbun su patio de recreo, el Valünatal es su rincón de silencio.
La historia de Steg y el Valünatal no es una historia de grandes acontecimientos, de castillos ni de príncipes. Es una historia humilde y profunda: la del uso paciente de la alta montaña por generaciones de pastores, y la de una obra de ingeniería que, en pleno siglo XX, sacó a este valle de su aislamiento y lo abrió al mundo. Es, en pequeño, la misma historia de todo Liechtenstein: la de un lugar remoto y pobre que la modernidad transformó sin borrar del todo su alma.
Conocer ese pasado ayuda a caminar el Valünatal con otros ojos: sabiendo que esos prados fueron pastos ganados a la montaña, que ese túnel que se cruza en segundos cambió la vida del valle, y que la calma que hoy se busca como un lujo fue, durante siglos, simplemente soledad.
Durante la mayor parte de su historia, Steg y el Valünatal no fueron un lugar de residencia permanente, sino pastos de altura ('alpen') del municipio de Triesenberg. Y Triesenberg, como se cuenta en su propia historia, fue el pueblo fundado en el siglo XIII por los walser, los colonos alpinos llegados del Valais suizo que se especializaron en colonizar y explotar las tierras altas que nadie más quería.
Cada verano, los ganaderos walser subían el ganado desde la ladera de Triesenberg y desde el valle del Rin hasta estos pastos elevados —Steg, el Valüna, Malbun—, aprovechando la hierba de altura durante la estación cálida. Construían cabañas, ordeñaban, hacían queso y segaban el heno, en una economía de trashumancia vertical que marcó el ritmo de la vida durante siglos. Con la llegada del otoño y la nieve, abandonaban las alturas y bajaban de nuevo al valle. El Valünatal quedaba entonces desierto, blanco y silencioso, hasta la primavera siguiente.
Ese uso pastoril modeló el paisaje que hoy admiramos: los prados abiertos, los senderos, las cabañas dispersas son herencia de aquel trabajo secular. El nombre mismo del valle, Valüna, y el del arroyo, Samina, pertenecen a esa toponimia antigua de la montaña. Steg y el Valünatal eran, en definitiva, la despensa estival de los walser de Triesenberg: un lugar de trabajo duro y estacional, no de ocio ni de turismo.
El punto de inflexión en la historia de Steg y el Valünatal llegó con una obra de ingeniería. Durante siglos, subir a estas alturas fue difícil y, en invierno, casi imposible: el terreno abrupto y la nieve dejaban la zona aislada del valle del Rin. Eso limitaba cualquier desarrollo más allá del pastoreo estival. La solución fue perforar la montaña.
En 1947 se inauguró el túnel de Gnalp-Steg, que atravesó la barrera rocosa entre la ladera de Triesenberg y la zona alta de Steg y Malbun. Por primera vez, existía un acceso rodado y permanente durante todo el año a estas alturas. Fue una transformación radical: lo que antes era un remoto pasto estacional se convirtió en una zona accesible, abierta al automóvil, al autobús y, con ellos, al turismo. Sin ese túnel, ni el Malbun esquiador ni el Valünatal del esquí de fondo existirían tal como hoy los conocemos.
La apertura del acceso coincidió con el gran salto económico de Liechtenstein tras la Segunda Guerra Mundial, cuando el país empezó a enriquecerse y a mirar sus montañas como recurso turístico. Steg y el Valünatal se integraron entonces en ese desarrollo, pero con un papel propio y distinto del de Malbun: mientras el vecino se orientaba al esquí alpino y a un turismo más animado, Steg y su valle se especializaron en algo más sereno y contemplativo, el esquí de fondo y el senderismo tranquilo, conservando su carácter de remanso.
Ese camino de montaña, con sus curvas y su túnel, es hoy en sí mismo parte de la experiencia del viaje: el trayecto en el bus de línea desde Vaduz, ganando altura entre bosques y precipicios hasta salir del túnel al valle nevado, resume el enorme contraste que Liechtenstein encierra en pocos kilómetros. En apenas media hora se pasa del valle del Rin, con sus bancos y sus fábricas, a un mundo de alta montaña que hasta hace pocas generaciones quedaba fuera de alcance buena parte del año.
El Steg y el Valünatal de hoy son la cara más apacible del turismo de montaña de Liechtenstein. En invierno, el valle acoge la Valünaloipe, la gran pista de esquí de fondo del país, con unos quince kilómetros de recorridos preparados y un tramo iluminado que permite deslizarse al anochecer, además de un sendero de invierno que sigue el arroyo Samina entre árboles nevados. En verano, el mismo valle se llena de verde y de silencio, ideal para caminatas suaves entre prados, bosques y montañas. Es un destino que no compite con los grandes centros alpinos, sino que ofrece justo lo contrario: calma, naturaleza y espacio.
Esa vocación tranquila tiene incluso un aire principesco: el esquí de fondo en el Valünatal ha sido celebrado como uno de los placeres más serenos y 'nobles' de la montaña del país, lejos del vértigo y la velocidad. Steg, con su puñado de casas y hoteles a 1.300 metros, se ha consolidado como una base tranquila para quienes buscan la montaña sin el ajetreo, combinando el silencio del Valünatal con la cercanía de Malbun.
En el fondo, la historia de Steg y el Valünatal resume una paradoja hermosa de la Liechtenstein moderna: la de un país rico, industrializado y financiero que guarda, a media hora de su capital, un valle donde lo más valioso es precisamente lo que no se puede comprar ni fabricar: el silencio, el aire limpio, el rumor de un arroyo de montaña y la calma de un paisaje que los walser trabajaron durante ochocientos años y que hoy se disfruta, simplemente, caminando despacio.