Los lagos de Ubari son uno de esos lugares que parecen un error del paisaje: espejos de agua salada, algunos de un rojo intenso por sus algas, rodeados de palmeras y encerrados entre dunas de cien metros de altura, en pleno corazón del Sahara. No son un oasis cualquiera, sino los últimos restos visibles de un lago gigantesco —el llamado Megafezzan, con una superficie comparable a la de la República Checa en su momento de mayor extensión— que cubrió toda esta región hace unos 200.000 años y que se secó por completo hace apenas entre tres mil y cinco mil años.
Hoy sobreviven unos veinte de esos lagos, alimentados exclusivamente por el acuífero fósil que corre bajo el Sahara, sin ningún río que los reponga: por eso su salinidad es extrema, hasta cinco veces la del mar en algunos casos, comparable solo a la del Mar Muerto. El más visitado, Gaberoun, conserva junto a sus aguas las ruinas de un antiguo poblado tuareg de pescadores abandonado, una de las imágenes más melancólicas y a la vez más fotografiadas del Sahara libio.
Esta página describe ese patrimonio natural con el detalle que merece. Pero hay que decirlo con la misma claridad con la que se cuenta la historia: Libia está en nivel 4, «No viajar», y el Fezzan, donde están los lagos de Ubari, suma aislamiento extremo y una situación de acceso que en la práctica depende por completo de operadores especializados.
Hace unos 200.000 años, en uno de los períodos húmedos que atravesó el Sahara de forma cíclica, un lago gigantesco conocido como Megafezzan cubría buena parte del actual sur de Libia, alcanzando en su momento de mayor extensión unos 120.000 km², una superficie comparable a la de la República Checa. Cuando el clima sahariano volvió a secarse, entre hace 5.000 y 3.000 años, ese lago se evaporó casi por completo, dejando como único vestigio visible unos veinte lagos salados atrapados entre las dunas del mar de arena de Ubari, alimentados desde entonces solo por el acuífero fósil que corre bajo el desierto. Durante siglos, comunidades tuareg se asentaron junto a algunos de estos lagos, como el de Gaberoun, viviendo de la pesca de una especie de pez adaptada a la altísima salinidad y del cultivo de palmeras datileras en el entorno inmediato del agua. La región formó parte del territorio garamante y, más tarde, del área de influencia tuareg del Fezzan occidental. El pueblo de Gaberoun fue abandonado en las últimas décadas, aunque siguió recibiendo turismo desértico hasta el estallido de la guerra civil libia en 2011. Desde entonces, el acceso a los lagos depende enteramente de operadores especializados, en un contexto de inestabilidad regional y de una amenaza a más largo plazo: el proyecto del Gran Río Artificial libio, que extrae agua del mismo acuífero fósil que alimenta los lagos para irrigar la costa, con un riesgo estimado de agotamiento del recurso en 50 a 100 años.
Leer la historia completa ↓La tercera Libia, la sahariana: cuna del reino garamante, cruce tuareg de rutas transaharianas y hogar del arte rupestre más antiguo del país, en un Sahara que hace milenios fue verde.
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Origen, formación y qué dicen las fuentes.
Para entender los lagos de Ubari hace falta remontarse mucho antes de la historia humana, hasta los ciclos climáticos que atravesó el Sahara a lo largo de cientos de miles de años. Durante los llamados períodos húmedos africanos, fases en las que el monzón se desplazaba mucho más al norte de lo habitual y regaba con regularidad el corazón del desierto, ríos y arroyos alimentaron una cuenca gigantesca en la actual región del Fezzan: el llamado lago Megafezzan, que en su momento de mayor extensión, hace unos 200.000 años, llegó a cubrir aproximadamente 120.000 km², una superficie comparable a la de un país como la República Checa.
Ese lago no fue un fenómeno único ni permanente: se expandió y contrajo varias veces a lo largo de los últimos cientos de miles de años, siguiendo el ritmo de los ciclos húmedos y secos del Sahara, hasta que, en el episodio más reciente, entre hace unos 5.000 y 3.000 años, el clima se secó de forma definitiva y el gran lago se evaporó casi por completo. Ese proceso coincide, no por casualidad, con el final del llamado Período Húmedo Africano, el mismo fenómeno climático que explica la desertificación general del Sahara documentada también en el arte rupestre del cercano Tadrart Acacus.
Lo que hoy se conoce como los lagos de Ubari son, literalmente, los últimos restos visibles de ese lago gigantesco: unas veinte cuencas menores, atrapadas entre las dunas del mar de arena de Idehan Ubari, que sobreviven exclusivamente gracias al acuífero fósil que sigue corriendo bajo el desierto, sin ninguna conexión con ríos superficiales.
La región del mar de dunas de Ubari formó parte del área de influencia del reino garamante, cuya capital, Garama (la actual Germa), se encuentra a poca distancia, en el mismo Wadi al-Ajal. Los garamantes desarrollaron un sofisticado sistema de pozos subterráneos, las foggaras, que les permitió irrigar cultivos en pleno desierto durante más de mil años; aunque los lagos de Ubari no formaban parte directa de ese sistema de irrigación agrícola, sí funcionaron como puntos de referencia y de recurso hídrico dentro del territorio garamante más amplio.
Con el paso de los siglos, y ya bajo la influencia de las confederaciones tuareg que dominaron el Fezzan occidental tras el declive garamante, algunos de estos lagos —en particular Gaberoun— sostuvieron pequeños asentamientos de pescadores tuareg, que explotaban una especie de pez adaptada a la altísima salinidad del agua y complementaban su dieta con dátiles cultivados en los palmerales que crecen junto a las orillas, alimentados por capas de agua dulce subterránea más superficiales que el agua salada del lago propiamente dicho.
Esa convivencia entre comunidades humanas y un entorno hidrológico extremo —agua salada rodeada de dunas, en pleno desierto— convirtió a los lagos de Ubari en un ejemplo particular de adaptación humana a uno de los ambientes más hostiles del planeta, sostenida durante generaciones gracias al conocimiento acumulado sobre los recursos específicos que ofrecía cada lago.
Entre todos los lagos de Ubari, Gaberoun tiene la historia humana mejor documentada. Durante generaciones sostuvo un pequeño asentamiento tuareg dedicado a la pesca de una especie local adaptada a la salinidad extrema del agua, además del cultivo de dátiles en el palmeral que rodea la orilla. La vida en Gaberoun era, según todos los testimonios disponibles, dura y aislada, sostenida por un equilibrio delicado entre el agua salada del lago, el agua dulce subterránea del oasis y las rutas de intercambio con el resto del Fezzan.
En algún momento de las últimas décadas del siglo XX, el poblado original de Gaberoun fue abandonado por su población, en un proceso de despoblamiento rural que afectó a buena parte de los asentamientos más remotos del Sahara libio, atraída por las oportunidades económicas y los servicios de las ciudades más grandes del Fezzan, como Sabha y Ubari. Las ruinas de adobe del antiguo pueblo, sin embargo, permanecieron en pie junto al lago, y se convirtieron con el tiempo en parte del propio atractivo turístico del lugar.
En las décadas previas a 2011, un pequeño campamento turístico se instaló en el mismo emplazamiento, con cabañas muy básicas de palma y servicios mínimos, aprovechando la combinación única de agua salada flotante, palmeras y las ruinas del pueblo abandonado como telón de fondo. Ese campamento funcionó como uno de los puntos de referencia obligados de cualquier expedición al Fezzan hasta el estallido de la guerra civil libia.
Durante las décadas de gobierno de Muamar Gadafi, y en particular desde los años noventa, los lagos de Ubari se convirtieron en uno de los grandes atractivos del incipiente turismo sahariano libio, que combinaba el patrimonio arqueológico del Fezzan —las ruinas garamantes de Germa, el arte rupestre del Tadrart Acacus— con paisajes naturales espectaculares como este mar de dunas salpicado de lagos.
Las expediciones típicas partían de Sabha o directamente de la ciudad de Ubari, con vehículos 4x4 conducidos por choferes expertos en manejo sobre arena suelta —una habilidad indispensable, dado que el acceso a varios de los lagos exige atravesar dunas de más de cien metros de altura—, e incluían noches de campamento junto al agua, con la posibilidad de flotar sin esfuerzo en los lagos más salados y de disfrutar de la hospitalidad tuareg tradicional en torno al fuego.
Ese circuito, aunque nunca de escala masiva, generó una economía local de guías, conductores y pequeños campamentos como el de Gaberoun, y posicionó a los lagos de Ubari como una de las imágenes más reconocibles del Sahara libio en el imaginario turístico internacional, comparable en su singularidad a otros grandes paisajes desérticos del norte de África.
El estallido de la guerra civil libia en 2011 interrumpió de forma abrupta el turismo organizado hacia los lagos de Ubari, como ocurrió con el resto del Fezzan. Desde entonces, la región ha quedado sujeta a la misma fragmentación política y de seguridad que atraviesa el sur de Libia, con un control territorial disputado entre distintas facciones y una infraestructura turística que, en el mejor de los casos, quedó congelada, y en el peor, se deterioró sin mantenimiento durante más de una década.
Más allá del conflicto, los lagos de Ubari enfrentan una amenaza a más largo plazo y de otra naturaleza: el proyecto libio del Gran Río Artificial (Great Man-Made River), una de las obras de ingeniería hidráulica más ambiciosas del mundo, que desde los años ochenta extrae agua de los mismos acuíferos fósiles del Sahara para irrigar zonas agrícolas y abastecer a las ciudades de la costa mediterránea libia. Ese bombeo masivo reduce progresivamente el nivel del acuífero que alimenta, entre otros puntos, los lagos de Ubari, con estimaciones que apuntan a un riesgo de agotamiento significativo del recurso en un horizonte de entre 50 y 100 años si el ritmo de extracción actual se mantiene.
La combinación de ambas amenazas —la inestabilidad política que impide cualquier forma de turismo o de gestión ambiental organizada, y el drenaje lento pero sostenido del acuífero que sostiene a los lagos— plantea un futuro incierto para uno de los paisajes más singulares del Sahara libio, cuyos últimos restos de un lago que existió durante 200.000 años podrían desaparecer, esta vez, no por un ciclo climático natural sino por la acción humana directa.